Tierra de nadie


Cristian Fernando Guevara Hincapié


Todo empezó en un foro de la deepweb, con una vieja fotografía de un edificio llamado Surovyy-27, extremo noreste de la ciudad de Verfall: tierra de nadie. Olvidado por la historia, Surovyy-27 tenía un estilo que se inspiraba en el brutalismo soviético, ya saben: geometría radical, futurista, abrumadora casi laberíntica.

Decía un usuario anónimo que, dentro del edificio, había un muro jamás pintado: uno de los pocos muros vírgenes en todos los que había en la ciudad. Tildándolo además de lienzo sagrado.

Entonces un conocido en el negocio de las criptomonedas ofreció un pago a quien encontrara ese lienzo e hicieran un grafiti. Sencillo y directo. Podría casi parecer un timo, pero teniendo en cuenta la deplorable situación socioeconómica en la ciudad… ¿quién no se arriesgaría…?

Axolotl, RataZeta, Fiona, Machete y GatoSeco —seudónimos de artistas en la escena artística de Verfall— decidieron reunirse, colaborar para ganarse ese premio. Dividirlo.

Mientras tanto algunas voces empezaron a replicarse en el foro, decían que varios artistas estaban desapareciendo durante la búsqueda del lienzo.

¿Verdad o mentira? Dicen que los seres humanos asumimos riesgos esperando recompensas prometidas, no es necesario ir demasiado lejos, claramente tenemos los apostadores en los casinos.

Riesgo innecesario, imprudencia o vehemencia —como quieran decirle—, el grupo de artistas exploraron el noreste de la ciudad, cruzaron un enmallado, hasta encontrar varios edificios entre ellos Surovyy-27: agónico, carcomido por la falta de cuidado, intemperie y tiempo.

Cuando cruzaron el umbral de puertas oxidadas, empezaron a vivir el horror porque la puerta que les dio acceso al edificio, terminó atrapándolos, regresándoles al interior del edificio.

Descubrieron que las leyes físicas colapsaban al interior del monstruo arquitectónico como un castillo de naipes —y digo monstruoso: ni figurada ni alegórica ni metafórica ni simbólicamente— monstruoso de manera literal. Atrapándolos en un intrincado sistema interconectado.

Las paredes —recubiertas de incontables grafitis— se extendían en corredores que parecían infinitos y que, algunos, al atravesarlos, los regresaban al punto de origen.

Cada puerta estaba conectada a apartamentos en otros pisos, que variaban con cada apertura. Cada ventana reflejaba escenas que no coincidían con sus ubicaciones.

Notaron como, retirando la vista, así fuera momentáneamente, el edificio mutaba, cambiaba como si fuera un metamorfo gigante, dándole sentido a la paradoja del gato de Schrödinger: dependencia del observador. Y los grafitis, los malditos grafitis que recubrían las paredes, se deshacían y recomponían cada vez que no los miraban: reptaban, evolucionaban, intercambiaban sus lugares, tamaños, colores y apariencias.

—¿Qué? —dijo Fiona, cuando descubrió el cambio. Observaba un grafiti de una mujer siendo quemada en una hoguera y después de parpadear había un hombre siendo empalado, y cuando parpadeó de nuevo, había una mujer lapidada. Fiona sintió pavor y náuseas—. Tengo… miedo.

—Tenemos —dijo GatoSeco, sudando por montones—. Tenemos, Fiona.

—¡Marica, esto es una mierda…! —gritó RataZeta, pálido, cuando cruzó por tercera vez al mismo pasillo. Pateó la puerta con fiereza.

—¡¿Cómo salimos de aquí?! —interrogó Machete, oteando todas las direcciones con la presteza de una ardilla, llevándose ambas manos a las sienes de su cabeza: notablemente desesperado.

Pero para la desgracia del grupo, ya no había forma de salir. Solo caer en el desespero. Y, la desesperación los invadió, con una sensación que, sin siquiera haberlo visto, había alguien más ahí: observándolos en algún rincón de ese escenario abstracto, pesadilla infernal. Esperando. ¿Esperando para qué…?

Fiona, después de cruzar una puerta, dejó de ser vista por los demás, reapareció caminando en el techo, cabeza abajo. Estaba notablemente confundida:

—¡¿Có-Cómo bajo?!

—Regresa —indicó GatoSeco con sus ojos abiertos hasta más no poder.

—¡Miren! —irrumpió RataZeta con el chillido de un animal herido.

Había un grafiti: una calavera siniestra, fotorrealista, que parecía mirarlos, atrás, siluetas humanas, exhibiendo sufrimiento. Y, en la base del grafiti, una frase: “Benditos aquellos que sufren porque sus almas están llenas de delicias…”.

—¡¿Qué demonios?! —chilló GatoSeco cuando leyó.

—Tengo miedo… —expresó Fiona, mirando desde su posición invertida.

—¡Baja! —habló Axolotl.

Fiona, apresurándose, regresó por un pasillo, pero esa fue la última vez que la vieron. GatoSeco decidió buscarla, pero también desapareció.

Machete intentó buscarlos, pero Axolotl le advirtió:

—¡No! Permanezcamos juntos —invitó a ambos: Machete y RataZeta, quienes aceptaron sin dilación.

Ahí entendieron que era verdad lo de los artistas desaparecidos, seguramente atrapados en algunas de las habitaciones perpetuas.

Establecieron un complejo plan: marcaron el camino con aerosol rojo. Pero se dieron cuenta que las marcas también cambiaban de lugar o desaparecían al dejar de mirarlas. El espacio parecía estar vivo. Fue así que Machete en un momento estaba siguiéndoles y después ya no: desapareció.

Axolotl, analítico, lo entendió cuando ya era muy tarde, el edificio no era solo un lugar: era un organismo viviente, sintiente, siempre cambiante, como un parásito dimensional que atrapaba a las personas. Que, dándole un sentido simbólico, atrapaba las almas creativas, las que osaban imponer su versión de la realidad, externalizarlas en los lienzos de concreto. Súbita crítica social al sistema de oposición, porque ser diferente implica ser devorado por la sociedad… por la urbe… “porque lo diferente debía sancionarse…” ¿no? “Benditos aquellos que sufren porque sus almas están llenas de delicias…” porque los artistas sufren…

Axolotl sacudió la cabeza intentando volver en sí. Exhaló profundo. ¿Qué podían hacer? Estaban siendo devorados, no solo por las fauces y entrañas del edificio, sino por sus miedos más primitivos.

Axolotl y RataZeta empezaron a alucinar con cosas que habían vivido y sufrido; infancias destrozadas, adolescencias voraces, juventudes en frenetismo.

—¡Marica…! —expresó RataZeta cuando se detuvo a observar un grafiti.

Axolotl también observó el grafiti: todos sus amigos artistas desaparecidos estaban en un collage macabro. Cinco personas caminaban en una estructura no euclidiana, misma en la que estaban atrapados. Y su firma estaba ahí plasmada: Axolotl.

Y ambos sintieron consternación cuando vieron que en ese grafiti había una entidad abominable, que por piel tenía hileras de ojos de diferentes tamaños, con cadenas que finalizaban en garfios. Acechándolos.

Axolotl no alcanzó a reaccionar. RataZeta fue atrapado por unas cadenas, similares a las del ser abominable en el grafiti, provenientes del fondo del pasillo. No pudo hacer nada mientras su amigo chillaba. Solo pudo correr, para minutos más tarde darse cuenta que había regresado al mismo lugar donde RataZeta fue atrapado, sin rastro de él o del ser.

Cayó de rodillas, confundido.

Ese lugar atrapaba a las víctimas como un trauma psicológico. Persiguiéndolos toda la vida. Enredando cada una de sus acciones. Porque la vida es igual de compleja que ese edificio. Que una cadena enredada. ¿Acaso el edificio era una extensión de la vida misma? Axolotl entendió que nadie respondería esa pregunta cuando escuchó resonar las cadenas detrás suyo.

Cristian Guevara es un escritor y psicólogo colombiano, (1989, Cali). Considera la escritura un espacio para explorar los límites de lo real. Se especializa en poesía y cuento, con una inclinación hacia el suspenso, ciencia ficción y terror. A lo largo de su carrera, ha publicado en un centenar de revistas y antologías hispanoamericanas, algunas son: Pactum, Dogevena, Codex Sulpurista, Revista Albores Caipell, Paladín, Inquisidor, Revista Narrativa, Sonámbulo, El Creacionista, Clan Kütral, Sarape de Neón, La Navaja Extraviada, Nova Talassa, Crónicas Omicron, Aion.MX. Revista Cultural Casa Usher, Voces Indelebles, y otras, consolidando su presencia en el ámbito literario. 

Bitácora de la doctora Xóchitl

Miguel López González


Hospital San Rafael

Turno: Vespertino

8:30 a.m. – Consulta, masculino, 37 años.

Nombre del paciente: Víctor Castro Álvarez.

Motivo de consulta: Dolor agudo en el flanco izquierdo, irradiado hacia la región inguinal. El paciente se mostraba visiblemente incómodo. Describió la molestia como punzante y sumamente dolorosa. Comenzó un día antes y el primer síntoma fue orina con sangre. Sus signos revelaban una hipertensión y febrícula.

Durante la exploración, el paciente señaló que hace un par de años había presentado cálculos renales, pero la situación, sus palabras, no se podía comparar a la de aquella vez.

09:15 a.m. – Hipótesis y estudios:

Análisis de orina: Evidencia de hematuria.

Ultrasonido renal: Presencia de dilatación de la pelvis renal izquierda. Se identificó una sombra acústica, urolitiasis, sin embargo, la sombra posee una morfología atípica, no se parece a algo que haya visto en pacientes o en libros.

Diagnóstico probable: Presencia de cálculos y/o cuerpos extraños; posible litiasis ureteral con obstrucción parcial.

11:45 a.m. – Ingreso del paciente.

Se ingresó al paciente, afortunadamente, había cama disponible. Se administraron analgésicos y antiespasmódicos vía intravenosa, así como suero para mantenerlo hidratado. El paciente expresó: Doctora, ayúdeme por favor. Siento que me desgarro por dentro. Lucía asustado, pude escuchar una leve risa, deben ser sus nervios. Se programó una cirugía para más tarde.

12:27 p.m. – Toma de signos preoperatoria.

La enfermera Laguna, tomó los signos. El paciente mostraba un ritmo cardiaco de 110 latidos por minuto, algo normal dada la situación que experimentaba. Con él se encontraba un colega de su trabajo que funge como contacto de emergencia; se le informó de la situación, sin embargo, solo se limitó a asentir y sonreír.

1:27 p.m. – Cirugía: litiasis renal.

Debido al tamaño, la litotripsia extracorpórea no fue una opción. Se optó por la nefrolitotomía percutánea litiasis renal. Realizar el abordaje percutáneo fue sencillo, rutinario diría sin duda, sin embargo, al introducir el elemento flexible comenzaron los problemas.

Dicho elemento fue introducido con sumo cuidado, como siempre se ha realizado, más grande fue nuestra sorpresa cuando el catéter flexible fue halado hacia adentro del cuerpo del paciente con una velocidad impresionante. El doctor Terrones tuvo que soltarlo pues la fricción quemó sus guantes y ambas manos, tan solo pudo cortar la tira con un escalpelo antes de que toda desapareciera dentro del paciente.

El monitor no mostró nada anómalo, todo era estático salvo la sombra del tubo flexible enrollado en forma de espiral dentro del riñón. La operación no pudo ser llevada a cabo como se planeó; dadas las extrañas circunstancias, se votó por realizar una extracción total del órgano. Al realizar el primer corte escuchamos una risa ahogada, nos miramos los unos a los otros y el anestesista revisó a Víctor, pero este se encontraba sedado.

Terrones trajo el instrumental para laparoscopia, tres tubos con cámaras para maniobrar correctamente. Al realizar las otras dos incisiones la risa se hizo más fuerte, se escuchó cavernosa y líquida; venía del interior de Víctor. La enfermera Cruz, aterrada por lo que escuchó, abandonó su puesto y no puedo culparla, la situación ya poseía tintes inverosímiles; solo quedamos Terrones, García el anestesiólogo y yo.

No fingiré que me encontraba tranquila, no creo que exista una persona con nervios de acero que pudiese mantenerse enteramente calmada ante a lo que nos enfrentamos.Entonces lo vimos, por tan solo unos breves segundos, quizá milésimas, antes de que la cámara fuera destrozada y tuviéramos que retirar el endoscopio. Yo quedé helada, Terrones logró pinchar esa cosa con la aguja de Veress y la escuchamos chillar; fue espantoso y repugnante.

Nos miramos a los ojos, incrédulos de lo que acababa de pasar. Sin embargo, no podíamos dejar al paciente con eso dentro de él. No tuvimos elección, no nos dejó extirparlo con métodos no invasivos. Terrones y yo decidimos hablamos susurrando, no fue intencional, fue una reacción meramente instintiva. Utilizaríamos un método que se califica como salvaje en estos tiempos. Me concentré y dejé atrás mi nerviosismo, puesto Terrones al atacar aquella cosa ya no se encontraba en las condiciones ideales; podía ver en su rostro una expresión de asco, miedo y duda. Considero que yo tampoco contaba con una estabilidad perfecta sobre todo porque aquella asquerosa risa seguía y seguía.

Realicé la incisión correspondiente para la nefrectomía radical. Mi pulso tembló un poco, pero nada significativo que hubiera comprometido la vida del paciente; tal vez dejaría una cicatriz irregular. La sangre fluyó de manera normal, nada extraño, si dejamos de lado la risa de aquello, hasta que llegamos a la zona; tomamos mucha precaución pues si aquella anomalía había podido trozar el instrumento nuestros dedos no le producirían ningún problema. Coloqué los fórceps y lo observamos claramente. Era un riñón, mostraba una sonrisa retorcida y ensangrentada; pudimos distinguir incisivos, premolares y caninos. Mi estómago se comprimió y los pies me temblaron cuando abrió su cavidad bucal para soltar esa risa vomitiva.

Abrimos lo más que pudimos la incisión, el órgano lanzaba mordiscos al azar; Terrones vigilaba aquella criatura, dueña de esa enferma dentadura, con mucho cuidado de que ninguno de los dos fuera presa de sus salvajes mordidas. Tuve que actuar rápido y acepto la culpa por el trabajo tan descuidado realizado en el paciente, sin embargo, a riesgo de sonar repetitiva, la situación desbordaba al equipo. Al finalizar con la última incisión y separar aquella cosa, comenzó a chillar y a reír más fuerte; sentí mis oídos perforados, juro que sentí recorrer esa carcajada por todo mi ser; me descuidé.

Justo cuando lo retirábamos el riñón dio una gran mordida a los tejidos del paciente, vimos brotar su sangre y terminó por romperme. Solté los fórceps con el monstruo y este rodó por el suelo, dejando un rastro de sangre tras él. Doy gracias al cielo que García intervino; tomó un hemostato y apuñaló a esa cosa que se encontraba ahogándose y riendo con la carne de Víctor. Terrones le proporcionó un recipiente redondo para cubrirla.

No sabíamos qué hacer y pensé en el alcohol y grité: ¡Tenemos que quemarlo, ahora!

Corrí por la botella y con mucho cuidado levantamos un lado del cuenco y vertí dentro el líquido, afortunadamente García además de ser un excelente anestesiólogo es un fumador consumado; tomó sus cerillos y le prendió fuego. Aquello se retorcía, gritaba y reía de manera frenética hasta que paró después de unos minutos.

Tuvimos miedo de levantar el recipiente, pues no estábamos seguros de que aquel “ser” estuviera muerto. Terrones colocó todo lo que pudo sobre él cuenco y procedimos a controlar la hemorragia de Víctor para estabilizarlo y revisar el daño que habíamos provocado y la monstruosa mordida que sufrió.

4:52 p.m. – Postoperatorio.

El riñón, el monstruo, no sé cómo referirme a eso, fue llevado por García al incinerador para eliminarlo por completo. Víctor estuvo sedado y monitorizado ante cualquier anomalía. El equipo y yo estuvimos preocupados por la situación, decidimos realizar un reporte normal, pues nadie podría creer lo vivido en la cirugía. El paciente despertó y honestamente desearía que eso no hubiera pasado.

Víctor mencionó encontrarse bien, adolorido como era de esperarse y con una presión extraña en el pecho. Al momento de auscultar, lo escuché. Entre los palpitares, una etérea risa se manifestaba en su corazón. Abandoné la habitación sin decir nada y presenté mi renuncia.

12:43 a.m. – En casa.

No pienso volver al hospital. Aún percibo esa maldita risa, ¿está grabada en mi mente? Rio de nerviosismo…eso es… sólo se trata de nerviosismo.

Colaboración especial de Iván Ambrouken quien ilustró este cuento con su obra «La Criatura».

Colmillos en la Jalisco

Adriana de Jesús Casas Moreno


Todo comenzó una noche cualquiera en el Parque Rojo. Yo había salido a despejarme porque el WiFi de mi casa se fue, y con él, mi voluntad de vivir. Caminaba como zombi, pero no de los cool de las películas. Yo era más bien un desempleado con acné adulto, o sea: un triste mortal.

Y ahí estaba ella.

Sentada en una banca, como si estuviera esperando desde hace siglos. Vestía de negro, con un corset que parecía sacado de una subasta gótica del 1800. No pestañeaba. No se movía. No parpadeaba. Claramente, pensé: esta morra es arte… o me va a asaltar.

—¿Te perdiste? —me preguntó con una voz tan dulce como la de Alexa, pero más hipnotizante.

—Eh… no. Bueno, un poco sí. De la vida.

Sonrió. Sus colmillos, largos y afilados, brillaron con la luz de la farola. Pero mi mente, en su infinita negación, decidió ignorarlos como ignoro las notificaciones del SAT.

—Soy Vanessa. ¿Y tú?

—Ulises, como el del libro. Pero sin barco. Ni gloria.

Esa noche hablamos horas. De literatura, de la muerte, de cómo los mangos con chile del parque Rojo están sobrevalorados. Todo muy normal, salvo porque ella nunca parpadeó ni una vez. Tampoco respiró. Yo, por supuesto, no le di importancia. Estaba ocupado enamorándome.

Pasaron varias noches. Un día, Vanessa me invitó a su casa en la colonia Jalisco. «Vive con su abuela», pensé. «O con gatos.» Lo que no pensé es que viviría… en un ataúd.

—¿Ese es tu… clóset horizontal? —pregunté, fingiendo calma mientras veía el sarcófago tapizado en terciopelo rojo.

—Es mi lecho eterno —respondió mientras se quitaba los botines. ¿Quién se quita los botines para meterse a un ataúd? Ella.

—¿Eres…? —no me salían las palabras. Ni la saliva.

—No muerta. Vampira. Vampiresa, si prefieres el término con perspectiva de género.

Yo, que hasta entonces solo había lidiado con exnovias pasivo-agresivas, estaba ante una mujer que dormía en ataúd y tomaba sangre. Y sin embargo, le dije:

—Muérdeme.

—¿Estás seguro?

—Mi única otra opción era volver con mi ex o trabajar en un call center.

Esa noche me mordió el cuello con ternura y firmeza, como quien da el primer beso pero también te chupa el alma. Cuando desperté, tenía colmillos, sed de sangre… y una inexplicable necesidad de burlarme de los humanos.

Desde entonces, Vanessa y yo nos convertimos en los Bonnie y Clyde vampíricos de la colonia Jalisco. Nadie sospechaba. Con nuestras chamarras negras, parecíamos pareja darks saliendo del Salón Guadalajara. Pero en realidad, estábamos cenando.

Nuestro menú: transeúntes imprudentes, amantes distraídos, y ocasionalmente, vendedores de seguros. Para despistar, les robábamos la cartera después del mordisco, así los medios decían que fue «la maña». Pero la verdadera maña éramos nosotros: dos muertos vivientes con problemas de control de impulsos.

El tiempo pasó. Llegaron los tianguis navideños. ¡Benditos sean los buñuelos y las multitudes! Para nosotros era como un bufet nocturno: luces de colores, posadas, niños cantando villancicos mientras nosotros cazábamos en silencio.

Yo me encargaba de los que se quedaban atrás, tomándose selfies con inflables de Santa Claus. Vanessa era más poética: elegía a quienes compraban piñatas de Hello Kitty. “Nadie que compre eso merece vivir”, decía, mientras les daba el beso final.

A veces nos escondíamos entre los puestos de luces LED y películas piratas. Escogíamos bien. Nada de niños ni ancianos. Solo adultos medio tontos. O sea, bastantes.

Y así, en cada banqueta húmeda de la colonia, dejábamos cuerpos exangües con cara de haber visto algo más feo que el recibo de la luz.

Nunca nos atraparon.

Una noche, mientras descansábamos en el techo de una casa de lámina, Vanessa me miró con esa mirada que solo los muertos saben dar.

—¿Te arrepientes?

—Solo de no haberte conocido antes. Cuando todavía tenía seguro médico.

Nos reímos. Un perro ladró. Una sirena de patrulla pasó de largo. Ahí seguimos. Enamorados. Eternos. Raros.

Si alguna vez visitas la colonia Jalisco de noche y ves dos sombras besándose cerca del tianguis… corre.

O mejor quédate. Puede que te toque un beso que dure para siempre.

El hombre del sur

David Barrera Sánchez


Don Luis fue un chamán que dedicó su vida curar a los enfermos y afligidos por medio de plantas y raíces. Sin embargo, durante sus últimos años, y de manera inesperada, aquel pulcro anciano dejó a sus enfermos, se volvió huraño y descuidado en su arreglo personal.

—¡Ya no voy a curar a nadie! —le gritó en una ocasión a un grupo que tocó a su puerta—. ¡Lárguense!

Así pues, la clientela dejó de hacer fila frente a la casa del anciano y creyó que éste se había ido de la ciudad pues, paulatinamente, la basura se acumuló en la puerta y aparecieron grafitis obscenos en la fachada de lo que antes se consideró un templo.

Por otro lado, yo tenía un serio problema: el alcohol. Disponía de dinero y tiempo para beber a diario; además, no tenía familia y los amigos y amigas nunca faltaron en mi casa, por lo que bebí a rienda suelta cualquier botella que cayera en mis manos sin importarme la resaca, al fin de cuentas, me aliviaba con más alcohol.

Así llevé mi vida durante varios años hasta que aparecieron ligeras palpitaciones en mi abdomen que con el tiempo se convirtieron en intensos dolores acompañados de vómito y diarrea. Consulté a varios doctores y me sometí a los tratamientos que señalaron, pero no mejoré; antes bien, mi piel se tornó amarillenta y me vi obligado a quedarme en casa sin otra cosa más que hacer que beber, beber y beber.

Una tarde, mientras padecía por el malestar, salí al patio para tomar aire fresco y, luego de caminar alrededor de mi árbol de zapote, tosí con tanta violencia que escupí sangre en la base del tronco.

—Te espera una muerte lenta y dolorosa —oí de repente una voz y de inmediato miré en dirección del sonido. Enseguida, vi una cabeza colmada de abundante cabello entrecano que se asomaba sobre el muro que divide mi casa de la de don Luis.

—¿Quién eres? —pregunté.

—Luis, tu vecino —dijo.

Acto seguido, el anciano apoyó sus manos sobre la barda y me horroricé al ver sus uñas gruesas color ámbar que rebasaban el metro de largo. Más que parecer garras, sus uñas eran un grotesco desorden de puntas que se curvaban hacia adentro o hacia fuera según el dedo del que habían nacido. Y pude ver el mismo fenómeno cuando don Luis apoyó los pies en la barda.

–—Don Luis! —exclamé, mientras recuperaba el aliento y sentía la sangre escurrir por la boca—. ¡Qué le pasó!

Los ojos del chamán parecieron brillar entre sus abundantes cabellos que le llegaban hasta la cintura. Me miró en silencio por varios segundos y, de pronto, me habló con aquella voz aguardentosa que tanto le caracterizaba:

—Lo que me haya pasado no importa. Mejor pregúntate qué te pasó a ti. ¿Por qué no has ido al doctor?

—He visto a muchos doctores y ninguno me ha podido ayudar –dije–. Creo que ya no tengo cura.

—No digas eso —dijo, al tiempo que dio un brinco y cayó en mí patio—, es indudable que te ves acabado, pero, con el tratamiento adecuado podrás vivir. Si quieres yo te puedo curar.

—Creí que ya había dejado de dar consultas.

—Lo he dejado, sin duda –afirmó–. Soy muy viejo para ese trabajo, pero haré una excepción contigo. Del precio hablaremos después. Por lo pronto, entra a tu cocina y te diré qué debes preparar para que no vuelvas a vomitar sangre.

Don Luis me dijo qué ingredientes debía usar para las pociones que yo mismo debía preparar pues, debido a la longitud de sus uñas, al chamán le era imposible manipular objetos.

—¿Por qué se ha dejado las uñas tan largas? —pregunté.

—Pronto lo sabrás —respondió y, acto seguido, señaló hacia su casa con la larga uña de su índice—. Ahora, ve a mi casa y trae yerbas, muchas yerbas.

El constante burbujear del agua y los vapores espesos que salían de cada olla nublaron mi vista y despidieron un olor a yerbas, hongos, moho y raíces. Acalorado, intenté abrir la ventana, pero don Luis extendió su mano y con sus largas uñas me impidió avanzar.

—No dejes que se vayan esos vapores —dijo el anciano—. Deja que entren por tus poros y que te hagan sudar.

Al principio, las pociones eran insípidas y me provocaron somnolencia; pero con el paso de los días, adquirieron un sabor sumamente amargo que me provocó diarrea, vómito, insomnio y hasta alucinaciones.

—Imagina que es una cerveza caliente —dijo don Luis al ver mi aversión por tomar las pociones.

—Ya no quiero —dije—. Me siento peor. Si no muero de cirrosis, moriré por sus brebajes.

—Es normal que te de diarrea o que alucines —afirmó con indiferencia—. Mejor eso a que te mueras.

Día tras día, las infusiones y los vapores me azotaban con nausea y vómito. Al mismo tiempo, el chamán se acostaba en mi sofá y extendía sus horribles pies y manos, cuyas uñas se habían engrosado y llegaban al metro y medio de largo.

Una tarde, don Luis me pidió que me acostara en mi cama y respirara profundamente. Entonces, frotó mi espalda a la altura de mis riñones y dio golpecitos de vez en vez que me causaron un agudo dolor y que me angustiaron, pues sus largas uñas rozaban mi cabeza y mi espalda o se enredaban entre mi cabello. Tras el masaje dormí profundamente.

Desperté una vez que había caído la noche. Enseguida, me sentí libre de la enfermedad que me había atormentado y hasta tuve ganas de beber, pero, al levantarme, vi a don Luis sentado en una silla de mimbre en medio de los claroscuros de mi habitación. El anciano apoyaba sus manos en los descansabrazos y las uñas caían al suelo como si fueran lianas, mientras que las uñas de los pies se proyectaban hacia enfrente de manera desordenada.

—Muchacho, debes saber que mi muerte está cerca —dijo el anciano—. Por ello, fíjate bien lo que vas a hacer como pago por haberte sanado: me llevarás en tu camioneta a mi pueblo y, una vez que lleguemos, regresarás a tu casa y no le dirás a nadie que te curé, ni mucho menos que me llevaste al sur, ¿entendido?

A la mañana siguiente, preparé una mochila y le ayudé a don Luis a acostarse en el asiento trasero. Entonces, cerré la puerta, me senté frente al volante y encendí el motor sin saber de antemano a dónde iba.

—Agarra para el sur como si fueras a Tuxtla Gutiérrez —dijo don Luis—, y conduce sin desesperarte porque el viaje será largo… Muy largo.

—Está bien —dije—. Pero, antes de partir, me gustaría que al fin me dijera por qué se ha dejado las uñas tan largas.

—Mis uñas… Pues verás —dijo y soltó una risita nerviosa—: quiero batir el récord del hombre con las uñas más largas del mundo.

—¿En serio? —pregunté, luego de soltar una risotada.

—Sí, señor —dijo—. El representante de los récords llegará a mi pueblo para darme mi diploma. Seré famoso antes de estirar la pata.

Pasamos por muchos poblados y ciudades hasta que nos acercamos a la frontera con Guatemala. Durante el trayecto, la selva pareció querer invadir las pronunciadas curvas, mientras las nubes nos persiguieron con chaparrones y truenos apocalípticos. Don Luis viajó acostado y en completa tranquilidad; dormía la mayor parte del tiempo y hablaba sólo para dar indicaciones.

—Sigue por ahí, sigue —decía sin siquiera levantarse de su asiento—. No te distraigas porque el camino se pondrá peor.

Y vaya que tuvo razón pues las pronunciadas curvas nos mostraron barrancos por los que se apreciaban cadenas de montañas bajo las nubes espesas y lloronas. De pronto, al entrar en una recta techada por los brazos de los árboles, las aves cantaron de manera desquiciada y se desplazaron entre las ramas sin quitarnos la mirada de encima. «Qué diablos le pasa a esos pájaros», pensé.

—Oríllate, por favor —dijo don Luis con urgencia—. Oríllate, necesito orinar.

Entonces, estacioné la camioneta y bajé del auto.

—Apúrate, por favor —afirmó el anciano—. Ya no aguanto.

Tras abrirle la puerta, don Luis descendió como si hubiera sido un reptil puesto en libertad y se internó entre los troncos mohosos hasta perderse de mi vista. Asustado por su forma de desplazarse, me quedé en silencio y lo seguí con la mirada.

Esperé con paciencia minuto tras minuto pero el anciano no regresó, así que me vi obligado a ir en su búsqueda. Enseguida, me interné entre la densa vegetación y seguí las huellas que el curandero había dejado a su paso; mi frente escurría sin cesar, mientras sentía un insoportable bochorno.

Así y todo, anduve hasta que llegué a una zona casi despejada en donde me encontré, como a unos ocho o diez metros de distancia, con dos pirules y una parvada que volaba en círculos sobre ellos. Al no ver rastro alguno, llamé a don Luis en varias ocasiones hasta que oí un grito que vino de los dos árboles que se levantaban frente a mí. Antes de correr en dirección del sonido, el suelo tembló con violencia e hizo que las copas se agitarán y dejaran caer sus hojas. Entonces, apareció una multitud de ramas detrás de los pirules que se movían como si fueran dedos deseosos de atrapar a los pájaros; y, una vez que las ramas llegaron a una altura de unos quince o veinte metros, se poblaron de hojas en cuestión de segundos hasta camuflarse con el resto del paisaje.

Cuando terminó de temblar, vi correr a muchos animales en dirección del árbol. Parecían una estampida ansiosa de ver al nuevo inquilino que brillaba entre el resto de sus semejantes. Al llegar, me asombré cuando vi que los tlacuaches, jaguares, monos, venados, armadillos y demás especies olfateaban meticulosamente al árbol; además, se trepaban a él y se frotaban contra su dura corteza una y otra vez. Aquella imagen me pareció irreal —casi como sacada de un cuento de fantasía o de una propaganda religiosa—, pues, en circunstancias normales los animales se atacarían y los más pequeños huirían de sus depredadores. Pero no sucedió así. Sin lugar a dudas, un poder desconocido los obligaba a hacer tregua. Quizá estaba frente a un acuerdo antiguo, secreto e instintivo que ellos daban por hecho y que estaba vedado para el hombre.

Paulatinamente, los animales se fueron y yo me acerqué al árbol. Vi su superficie áspera en donde se deslizaba una culebra que dejaba atrás a una fila de hormigas. Levanté la vista y vi a una multitud de quetzales que cantaban con arrebatada alegría, mientras hinchaban su colorido plumaje entre las ramas colmadas de frutos y hojas endiabladamente verdes. «Esto no parece real», pensé

Regresé a mi camioneta y conduje sin importar a dónde iba. «Necesito un trago», me decía de manera reiterada, al tiempo que la carretera se convertía en un camino fangoso, estrecho y sin señalamientos: «Estoy perdido… Qué maldita suerte tengo».

Conduje hasta llegar a las inmediaciones de un poblado y me sorprendí al ver —quizá a unos quince metros de distancia— una figura encorvada, enjuta y de largas uñas y cabellos que andaba con lentitud a un lado del camino.

—¡Don Luis! —grité, al tiempo que emparejaba la camioneta con el anciano—. ¡Don Luis! ¡Deténgase!

El hombre inclinó la cabeza y aceleró su marcha.Vaya viejo loco. Detuve la camioneta y corrí hacia él. Y una vez que le di alcance, lo tomé de los hombros y lo sacudí ligeramente.

—¡Sabe cuánto tiempo lo he buscado! —exclamé, pero él inclinó la mirada y sus cabellos cubrieron su rostro—. Hable, viejo loco. ¡Hablé!

—Déjeme por favor —dijo al fin—. Déjeme ir.

—Ahora mismo me va a decir cómo regresar a mi casa, ¿entiende?

—¡No, no! —respondió sin dejar de sollozar.

De pronto, oí un silbido a mi costado y vi a un joven que cargaba un machete.

—¿Qué ocupas de mi abuelo? —preguntó el joven de manera hosca al tiempo que un grupo de hombres y mujeres me rodearon.

—Este hombre me hizo conducir desde México hasta este pueblo —respondí—. Exijo que al menos me diga cómo regresar.

—Mi abuelo nunca ha salido de este pueblo —dijo—. Suéltalo o te cortaré las manos.

Tras oírlo, miré a las personas que se habían reunido y noté que los ancianos tenían el cabello y las uñas muy largos a diferencia de los jóvenes que vestían con pulcritud y llevaban el cabello bien recortado.

—Suelta a mi abuelo —reiteró el joven del machete.

Obedecí. Acto seguido, el hombre me permitió ver su rostro y, pese al gran parecido que tenía con don Luis, noté que aquel anciano era tuerto.

—Vete o te corto el cuello —dijo el muchacho.

Aproveché la indulgencia y me apresuré a mi vehículo; no obstante, la gente mayor me siguió y me gritó con furia. Una vez dentro de mi camioneta, traté de encender el motor, mientras los ancianos golpeaban el parabrisas y las ventanillas con sus largas uñas. Repentinamente, las piedras comenzaron a golpear los vidrios y creí que mi linchamiento era inevitable hasta que el motor encendió y aceleré.

«Necesito un buen trago», pensé.

Bebitos

G. Maraña


Lo encontré convaleciente junto a la lavadora. Pequeño y arrugado. Al principio pensé que era una ardilla bebé que el gato había traído, pero tenía manitas y una dentadura humana demasiado grande para su cuerpo. Lo metí en una caja, le puse unos periódicos y le di agua y pan como si se tratara de un pajarito lastimado. Para que no sintiera frío, lo dejé junto al calentador que estaba en mi cuarto. Era feo, pero me inspiraba una incomprensible ternura y yo, que siempre pensé tener el instinto maternal de una lenteja, me sentí de pronto tocada por el amor, como iluminada bajo una luz suave.

Esa noche casi no pegué ojo. El animalito roncaba desde su caja y el ruido se parecía mucho al que haría un mandril si alguien decidiera meterlo en una trituradora. Me quedé escuchándolo en la oscuridad, sintiéndome extrañamente conmovida, como si ese berrido horrendo fuera el latido de mi corazón. Al día siguiente fui a la farmacia. Compré fórmula de bebé y un biberón.

Lo senté en mis rodillas y le di de comer. Tuve que sostener la botella firmemente para evitar que me la arrancara de las manos. Era mucho más fuerte de lo que su cuerpo demacrado y enfermizo dejaba suponer. Al terminar, lanzó un eructo digno de un trailero.

Una mañana, entré al baño y lo descubrí retorciéndose junto al excusado, mucho más delgado que el día anterior. Alarmada, porque pensé que se me estaba muriendo, me incliné para levantarlo y me di cuenta de que él no era él. Se le parecía mucho, pero ya viéndolo mejor, tenía sus patitas peludas y palmeadas.

Fui a la cocina para preparar un biberón con fórmula, luego regresé al baño y, con mucho cuidado, lo levanté y lo alimenté. Al igual que su hermano, era fuerte. Después, lo dejé en la caja. Poco a poco, fueron apareciendo por toda mi casa distintas versiones de esa misma cosa. Con cola, sin cola, con alas desplumadas de gallina hervida, con hocicos alargados de coyote flaco o caras planas de chango disecado. La única constante era la dentadura. Blanca. Enorme.

Mi cariño se fue haciendo más profundo. Puse un colchón en la base de la caja para que estuvieran más cómodos y hasta les dejé un osito de peluche que destriparon a los dos minutos de tenerlo. Los bañaba en la tina con agua tibia (y guantes para soldar porque mordían); les leía cuentos a pesar de que sus enormes ojos de murciélago ciego y confundido no parecían entender nada, y los vestía con mamelucos de colores. Parecían tlacuaches sarnosos disfrazados de muñeca, pero para mí eran preciosos (imagino que es una sensación muy parecida a la que experimentan las personas que tienen esas ratas sin pelo de mascota).

Pronto ya no cupieron en la caja, así que decidí dejarles mi cama. Todas las noches los arropaba y los besaba en sus frentecitas calvas. Lo hacía despacio, porque, como dije, mordían (mis lindos bichitos espantosos eran bastante gruñones). Yo saqué un catre del cuarto de servicio y me acomodé junto a ellos. Aunque había terminado por acostumbrarme a sus ronquidos, frecuentemente me despertaba en la oscuridad con el pecho hecho una tripa, temiendo que les hubiera pasado algo.

Tenía pesadillas donde se me perdían o se morían. Entonces, me levantaba y prendía la lámpara de la cómoda para asegurarme de que se encontraran bien. Ahí estaban, con los ojos abiertos (eran incapaces de cerrarlos, ni siquiera parpadeaban), mirando la nada. Después volvía a acostarme, pero el susto ya no me dejaba dormir y me quedaba escuchando esos bramidos que se habían convertido para mí en una segunda respiración.

Mi ternura ocupaba todo. Ignoraba el teléfono cuando sonaba, descuidé mi trabajo hasta que me despidieron. En la cocina los platos se acumulaban y mis muebles se llenaban de polvo. No leía, no escuchaba música, no veía televisión y, si no era para salir a comprarles comida, no salía. Lo único que hacía era cuidar a mis animalitos que con los días se habían ido multiplicando.

El mundo a su alrededor se volvía cada vez más borroso. Solo los veía a ellos. A veces olvidaba bañarme. A veces pasaba el día entero sin comer o tomar agua. No me percaté de lo mucho que había adelgazado hasta que los pantalones se me empezaron a caer; y me tomó un buen rato darme cuenta de que el gato llevaba ya varios días sin aparecerse. Encontré su collar, pero de él ni rastro. Me sorprendió lo poco que me importó, hasta hace no mucho había sido mi adoración.

Una semana después, mientras venía de regreso a mi casa con la bolsa del supermercado cargada de leche en polvo, oí por casualidad a dos vecinas hablando en la calle; al parecer un animal raro se había metido en la casa de una de ellas y se había comido a su canario.

―Era un como chango o tlacuache con alas ―explicaba―. Alcancé a verlo con el rabillo del ojo. No sé qué cosa era, pero era fea. Abrió la jaula y se lo tragó de un bocado.

Pronto comenzaron a desaparecer otras mascotas. Los folletos con perros y gatos extraviados se multiplicaban por mi calle. Sabía que eran ellos. Escondían los huesos en las macetas, bajo la cama, entre la estufa y la pared. Al principio pensé que era porque no querían que los encontrara, pero cuando vi que no les afectaba en nada verme sacar un fémur de abajo de uno de los cojines del sillón, me di cuenta de que lo hacían por instinto nada más, como las ardillas que guardan sus nueces en algún rincón.

De haber sido una buena madre (porque a esas alturas ya eran mis niños) los habría regañado, pero cuando veía sus caritas tan horrorosas y tan lindas, el corazón se me hacía un durazno tierno y no podía. Lo único que quería era abrazarlos y besarlos, aunque amenazaran con arrancarme los dedos a mordidas. Entonces, empezaron a desaparecer niños.

En las calles veía a las patrullas desfilar y a los padres llorando y gritando mientras le explicaban a la policía que no entendían cómo había podido pasar una cosa así. Las historias que contaban eran inverosímiles, animales de una raza indeterminada secuestraban a sus hijos de sus cunas o sus camas. Supe que estaba albergando pequeños asesinos y la idea me horrorizó brevemente. Consideré entregarlos. Vi de pronto mi casa hecha una sopa incongruente de mugre y ropa sucia tirada por todas partes, vi mi cuerpo delgado, mi cara demacrada, el pelo que se me caía a jirones por no comer, por no dormir, y tuve ganas de sonarme la pared a patadas; pero luego, casi de inmediato, me sentí culpable.

Me dije que esto había pasado por haber sido tan permisiva. Los había malcriado. Ellos, pobrecitos, no hicieron nada malo. Necesitaban que los guiara y les fallé. Decidí reunirlos. Los puse en un semicírculo y les expliqué que comer niños era malo. Lo hice con mucha dulzura, claro. Lo último que quería era dañar su autoestima. Ellos eran inocentes en todo esto. Sin embargo, los niños siguieron desapareciendo, luego los ancianos y, por último, los adultos. Pero para ese punto yo había llegado a la conclusión de que mis espantosos bebitos preciosos necesitaban comer carne humana. Son como cualquier ser vivo, me decía a mí misma, solo quieren sobrevivir. Y cuando pensaba en sus cuerpecitos huesudos y sus patéticos ojitos amoratados de pájaro recién nacido recorriendo este mundo cruel, el cariño me rebasaba y me entraban ganas de llorar.

Así que ignoré lo que estaba pasando y seguí haciendo lo que hasta ahora había hecho: preparar, obsesivamente, una olla tras otra de leche en polvo que ya ni siquiera probaban porque era evidente que lo que se les antojaba era algo muy distinto. El líquido blanco que se quedaba sobre la estufa o la encimera, eventualmente se llenaba de moho y empezaba a apestar. Sin embargo, no tenía el valor para tirarlo.

Un día, mientras tendía la cama donde mis hijitos dormían (la única cosa que me molestaba en mantener limpia y ordenada), me desplomé del cansancio. El primero de todos, el más arrugado y el más querido por ser mi primogénito, viéndome ahí tirada sin poder levantarme, se me acercó y me mordió la pierna. Uno a uno sus hermanos siguieron su ejemplo. Lo único que podía hacer mientras me devoraban, era preguntarme angustiada qué iba a ser de mis niños lindos ahora que yo ya no estaba.

Nahual

Rebeca Perez Gutiérrez


Los rayos del sol, taciturnos, acariciaban los zacatonales. Una víbora de cascabel se encontraba enroscada debajo de uno de ellos, con sus ojos de fuego observaba las borregas, que rumiaban, a unos cuantos metros de distancia.

Antonio, después de contar las cuarenta borregas, se recostó sobre el colchón de hojas secas, resguardado en la sombra del enorme pino. Las garapiñas jugueteaban con el viento otoñal. El humo que despedía el cigarro formaba siluetas extrañas, las cuales al momento se esfumaban como los años de su vida.

A lo lejos se escuchaba el cauce del río, al cual seguido lo comparaba con su vida inquieta. A veces se sentía como la corriente que chocaba con las rocas y arrastraba todo a su paso. En otras ocasiones se reflejaba en las pozas de agua turbia. Y unas más en la frialdad de las aguas.

Su alforja con la letra de su nombre grabado siempre lo acompañaba al igual que su yegua colorada. Él se aferró a la vasija y refrescó su garganta. Recostó su cabellera parduzca en la piedra que le servía de almohada y cerró los ojos para mezclarse con los sonidos de su entorno.

La sensación de estar siendo observado lo puso inquieto, lo primero que descubrió en la primera rama frondosa fueron las garras, bien sujetadas, de un enorme gato de monte. Los ojos meticulosos del depredador estaban fijos en él, no en los animales, lo cual lo ponía en una situación difícil. El animal retraía los labios dejando al descubierto los colmillos de una forma que causaba escalofrío.

Las borregas tenían más carne que él, quien estaba casi en los huesos, pero el animal que acababa de saltar a la rama más próxima estaba interesado en su pellejo. Cuando lo tuvo más cerca encontró en sus ojos de fuego algo familiar, pero no pudo entender porqué, el animal retrocedía y estiraba su cabeza como si estuviera jugando con él, el olor a miedo que le provocaba lo divertía.

Antonio tenía que ser cuidadoso, cualquier movimiento en falso podría marcar el fin de su vida y dejar a su esposa y nueve hijos desamparados. Con el sigilo del depredador resbaló su mano debajo de su jorongo —en cuya imagen que lo recorría se reflejaba la pelea de dos gallos encolerizados— y tomó su escuadra colocando el dedo en el gatillo. La pistola fue heredada por Ciro, su hermano menor, y la llevaba como fiel amante.

En un movimiento veloz dejó al descubierto el arma que daría final al enorme gato plomizo. Sin perder más tiempo presionó el gatillo. Para su sorpresa la bala pasó a milímetros de la cabeza del gato, quién demostró contar con una inteligencia maquiavélica.

—Nunca he fallado un solo tiro —refunfuñó.

Antes de que la segunda bala se disparara el enorme gato dio un salto. Cuando Antonio estuvo de pie, sobresaltado y rojo de ira, el gato tomó forma humana, una que conocía bien.

—¡Tranquilo! ¡No me vayas a matar! Yo solo estaba jugando —bromeó con su voz escandalosa Ciro, que se encontraba completamente desnudo.

—¡Maldita sea! ¿Qué maleficio es este?

Braulio se acercó hasta un zacatonal para tomar sus ropas raídas. Mientras se colocaba la camisola se reía peor que loco.

—¡Sácateme de aquí! Antes de que en verdad te mate —le advirtió Antonio encolerizado, la escuadra temblaba en sus dedos.

—Ya me voy hermano, ya me di cuenta de que no andas de humor —respondió entre risas y se perdió entre los zacatonales.

«¿Qué visión ha sido esta?», se cuestionó Antonio mientras caminaba para recoger sus cosas.

Antes de agacharse para sacar la botella llena de pulque, se encontró con una sorpresa desagradable. Sin pensarlo dos veces, vació el cargador en la cabeza de la víbora de cascabel que estaba enroscada en la alforja. Los ojos de fuego del animal lo observaron lastimosamente y el ruido de los cascabeles le taladró el cerebro. Tomó una roca, puntiaguda, y con ella destrozó la cabeza del animal descargando lo que le quedaba de ira.

Cuando vacío la botella decidió que lo mejor era regresar a casa así que se subió al lomo de su caballo y emprendió el viaje de regreso.

—¿Vienes borracho? —lo interrogó su esposa, ella era mujer robusta de piel tan blanca como la leche de vaca. Sus ojos quisquillosos recorrieron los surcos de tierra en la frente de su esposo

—Si te contara lo que me acaba de pasar —le respondió mientras se bajaba del lomo del caballo y las borregas se metían en el corral.

—Lo sé, viejo —contestó su mujer afligida—, y lo siento mucho.

Ella restregaba sus dedos en el babero manchado de guacamole.

—¿Por qué lo sientes? —le preguntó él mientras ella lo abrazaba.

—Encontraron a tu hermano Ciro, desnudo y cocido a tiros con la cara destrozada, en la entrada del magueyal. El rastro de sangre indica que el pobre intentó pedir ayuda, pero la muerte se lo llevó antes de que don Luis lo encontrara. Solo Dios sabe que debía para que le hicieran eso.

—¿A qué hora pasó eso? —la cuestionó mientras se apartaba de ella.

—Antes de que llegaras.

—¿Cómo ha podido pasar?

—Ve y alcanza a tus hermanos, ellos se fueron al monte a buscar al asesino.

Para entonces el cielo ya se estaba cubriendo por estrellas y la luna creciente se asomaba a lo lejos.

«La Criatura» portada del Fanzine Delfos 6

Iván Ambrouken


Nombre de la pieza: "La Criatura"
Técnica: Acuarela, lápices de grafito y lápices de color sobre papel
Medidas: 40x30cm
Autor: Iván Ambrouken 
Año: 2025
Valúo: $1,690°°


“La Criatura” es una obra creada por Iván Ambrouken para ilustrar el cuento “Diario de la doctora Xóchitl” de Miguel López González; llena de horror corporal muestra un rostro grotesco que sugiere un movimiento visceral y monstruoso que perturba y fascina al espectador.

Boca del Diablo


Por David Barrera Sánchez


Aquellos días fueron tan asfixiantes y abrasadores que los habitantes del puerto, al intuir lo que estaba por venir, empezaron a hablar con dramatismo mientras limpiaban sus frentes con las manos temblorosas. Pero no era propiamente a la canícula a lo que temían, sino a lo que ésta anunciaba: la visita del Diablo y el inevitable hecho de que se llevaría a alguno de ellos.

¿A quién tendrá en mente en esta ocasión?, se preguntaba la gente.
Debido al inusual calor, los apagones sumieron al puerto en la penumbra. Y durante noches enteras me vi obligado a dormir en la hamaca que colgaba en mi patio.

Mi casa se encuentra en los límites de la ciudad y la reserva natural conocida como Boca del Diablo, la cual es el hábitat de los monos aulladores a quienes había estudiado durante más de veinte años. Fueron ellos el motivo por el cual me había mudado al puerto y la razón por la que me dediqué a hacer todo cuanto pudiera para salvarlos de la depredación.

Se volvió común que a cualquier hora se oyeran vociferaciones provenientes de las zonas protegidas. Era una repentina y demencial mezcolanza de aullidos, cacareos, rugidos y demás exclamaciones al unísono que se prolongaban durante diez o quince segundos hasta apagarse con lentitud. «¿Qué diablos los hace reaccionar así?», pensaba. Por desgracia, fueron pocas mis incursiones a la reserva durante la canícula y no pude descubrir la causa hasta muchos días después.

Cierta mañana, salí temprano para comprar comida y medicamentos. Como ningún servicio de taxi estuvo disponible —o mejor dicho, nadie quiso trabajar—, me trasladé a pie a pesar del horrible calor. El camino, custodiado por enormes árboles parecía concentrar la humedad. No había viento. Y de vez en vez, oía caer los mangos hasta golpear el suelo con un sonido seco. Aquellos frutos eran invadidos casi de inmediato por las moscas; y el infecto olor de los que ya llevaban días en el suelo me provocó náuseas.

Cuando recorrí unos ochenta metros, me detuve al oír la voz de mi vecina, Dolores, quien me hacía una seña para que me acercara a su casa cuyo patio estaba sombreado por un árbol de aguacates. Su rostro lucía brilloso por el sudor, sus trenzas se veían chuecas y comía un mango petacón al que le dio una mordida:

—¿Qué no sabe que hay que guardarse hasta que se acabe el calorón?

—Necesito hacer algunas compras —respondí—. Y de paso no me caería mal echarme un chapuzón.

—¡Válgame el cielo! —Exclamó con nerviosismo.— ¡No se le ocurra hacer semejante cosa! —Y movió las manos como si las tuviera acalambradas.— Sepa usted que, mientras caiga fuego del cielo, Él dominará las aguas y la tierra.

—¿Quién? —pregunté.

—¡Pues quién más! —Y agarró sus trenzas entrecanas y las levantó como si fueran cuernos. 

Solté una carcajada al ver su ridícula caracterización.

—¡No, no se ría! —Dijo después de bajar sus trenzas.— Dios no quiera que le metan un buen susto por andar en donde no se debe.

—¿No me diga que cree en esas patrañas?

—Qué gano con mentirle —contestó—. Siga mi consejo y quédese encerrado.

—¿Encerrado sin ventilador?

—Así es. En estos días hasta el patio es peligroso.

—Vaya locura —dije mientras me rascaba las ronchas del brazo—. No se puede vivir así. Simplemente no se puede.

—Hay que aguantarse, don Fausto. No hay de otra. Aunque fíjese que para estos calores ayuda mucho comer carne de chango. Es buenísima porque tiene una vitamina muy especial que vigoriza el cuerpo y el alma. Si quiere le preparo uno.

—¡Vaya descaro! ¡Qué no sabe que está prohibido cazarlos!

—Ay, relájese, señor. Para usted todo está prohibido. Nada le quita si prueba un poco —dijo con desenfado—. Ya verá qué sabroso me queda y, sobre todo, lo mucho que le va a ayudar a aguantar el calor.

—Quisiera saber cómo va a conseguir al simio ahora que las leyes son más severas.

—Serán más severas en el papel, pero en la vida real no hacen ni cosquillas. Le adelanto que voy a conseguir al chango de la misma manera en que he conseguido a los otros animales. Pero no se preocupe, siempre dejaré unos cuantos para que los pueda ver con esa cara de bobo que pone —dijo y, de inmediato, puso los ojos en blanco y se quedó con la boca abierta.

Enojado, di media vuelta y, tras recorrer un par de metros, escuché de nuevo su voz:

—¡Se lo dejo en su cocina, como la vez anterior que preparé tortuga!

Acabada la charla, seguí mi camino y resonó en mi mente aquella frase que había usado Dolores: «cuando cae fuego del cielo». La primera vez que la escuché fue durante mi primer visita a la Boca del Diablo.

Tendría acaso veintitrés años cuando el camión me dejó en la terminal de autobuses en donde contacté a un guía, quién me llevó por las calles principales hasta desembocar en el camino que lleva a la boca. Durante el trayecto, las nubes se tornaron grises al tiempo que aparecieron robustos árboles por donde volaban aves y trepaban simios que nos miraban con curiosidad.

Más adelante, el sendero se volvió escarpado, pedregoso y con raíces que se asomaban de la superficie; no obstante, avancé cuesta arriba con todo y tropiezos hasta que los árboles quedaron atrás y me permitieron ver la famosa Boca del Diablo que estaba a unos treinta o cuarenta metros de distancia. Vista desde lejos la boca me infundió temor, pero una vez que estuve frente a ella me di cuenta de que sólo se trataba de un cúmulo de árboles y enredaderas que formaban una abertura como de unos diez metros de alto en donde se amontonan las sombras.

—¿Qué te parece? —preguntó el guía.

—Desde mi punto de vista, es una simple tomada de pelo o una broma pesada por parte de la naturaleza. No menosprecio el valor que pueda tener su leyenda, pero estoy más interesado en su valor biológico.

—Tal vez tienes razón —dijo el guía, mientras el ruido del trueno me estremecía—. Algunas personas creen que este lugar no es la Boca del Diablo. De hecho, hay gente mayor que sugiere que la boca no está en un lugar en específico, sino que puede aparecer en cualquier parte. Hay un par de ancianos que cuentan haber visto el momento en que la boca apareció. Uno de ellos dice que la vio en la playa, y el otro en plena avenida costera.

—¿Y te contaron cómo era? —pregunté.

—Sólo dicen que es un lugar horrible y que aparece cuando cae fuego del cielo.

«Cuando cae fuego del cielo», pensé mientras me refugiaba bajo la sombra de una marquesina y secaba mi arrugada frente. Tuvieron que pasar más de veinte años para que volviera a oír esa frase y, sobre todo, para que pudiera entender su significado. Mi paso lento y un tanto torpe me llevó a las calles del centro.

Semanas antes, en aquel lugar, la brisa agitó los cabellos de las muchachas bronceadas que sonreían a sus amantes con la inocencia y el deseo de la juventud. No había lugar que no fuera perfumado por las flores, la fruta y el café recién tostado; especialmente en la pequeña librería en donde los gatos se echaban en las mesas repletas de libros para dejarse rascar la panza.

Pero, durante los días de la canícula, las calles fueron gobernadas por una inquietante inmovilidad al tiempo que oleadas de luz solar parecían calcinar con lentitud la viveza multicolor de las casas. Si bien el silencio no era total, pesaba lo suficiente como para hacer notar que había algo único y perturbador. Así lo sentí y creo que así lo sintió también la poca gente que deambulaba nerviosa y que se perdía al dar vuelta de manera brusca en los cruces, con lo que daban la impresión de ser fantasmas.

En algunos comercios y casas —sobre todo los más cercanos al malecón—había electricidad. Sin embargo, conforme avanzó la mañana, la electricidad se volvió intermitente y el mal humor se evidenció en los rostros de los trabajadores y clientes que buscaban refugio en el aire acondicionado. Poco a poco, las discusiones por cualquier nimiedad transformaron el rostro de los clientes que empezaron a insultar y a desear que el diablo viniera por los dueños de la tienda. A pesar de todo, hice mis compras y dejé atrás aquel hervidero para encaminarme a la playa.

Dejé mis bolsas debajo de una solitaria sombrilla y contemplé al inmenso monstruo salado que me llamaba con el rumor de su oleaje. Me dirigí a él y, poco a poco, su frialdad alivió el bochorno que llevaba a cuestas, al tiempo que su constante ir y venir me relajó. Y cuando el agua me llegó al pecho, nadé como en mis buenos tiempos y me quedé boca arriba una vez que ya estaba exhausto. Después, miré en dirección a la playa y vi la ciudad que parecía un conjunto de gemas multicolores. Detrás de ella, se veían los picos de los cerros colmados de verdor y, encima, el inmenso firmamento endiabladamente azul. «Y pensar que el caos reina en aquella ciudad tan callada», pensé.

De pronto, me pareció oír sutiles murmullos a mi alrededor, por lo que miré en todas direcciones pero sólo el océano estaba presente con su inquietante movimiento. Sin embargo, los murmullos continuaron y se convirtieron en burlas hechas por una voz rasposa que hizo que me estremeciera y nadara de regreso pero, durante el trayecto, alguien me sujetó de la cabeza y me sumergió con violencia hasta que mis pies tocaron fondo. Rasguñe y golpeé aquellas manos que se sentían de acero y que estaban saturadas de pelos gruesos cuyas uñas se enterraron en mi cabeza. La lucha fue inútil. Los segundos hicieron que mis fuerzas se acabaran.

Creí que perdería el conocimiento pero, sorpresivamente, las mismas manos que me tenían sujeto me sacaron del agua con un movimiento y me arrojaron por el aire hasta caer de nuevo en el mar. Saqué la cabeza y jalé aire con desesperación. El mar estaba embravecido y me empujó una y otra vez con desprecio hasta dejarme arrumbado en la playa como si fuera un cadáver indeseado.

Ya en la playa, escupí el agua salada y un intenso ardor me castigó las heridas que tenía en el rostro. Entonces, al normalizar mi respiración, vi cómo el mar pasó del fragor al sosiego en cuestión de segundos. Me quedé perplejo ante tan brusco cambio; fue como si aquel inmenso monstruo azul hubiera obedecido una orden. Y una vez que las olas restablecieron ese ir y venir hipnótico, vino de nuevo a mis oídos ese murmullo ronco que, en ese momento, se expresó de forma burlona:

—¿Quieres entrar otra vez?

Asustado, corrí hacia la avenida que bordea la costa y me llevé las manos a la sienes.

—¡Cálmate, cálmate! ¡No fue real, no fue real! —dije una y otra vez hasta que vi mis manos manchadas de sangre.

Para mi fortuna, no estaba muy lejos la sombrilla en donde había dejado mis compras, así que las tomé y regresé a la avenida en donde vi un taxi estacionado. Al acercarme, noté que el chofer se pasó una botella de cerveza por la frente y luego bebió con avidez como si tomara de una simple botella de agua.

—Por favor, ayúdeme —dije con voz temblorosa.

El hombre no volteó, pues aún estaba en el éxtasis que provoca un buen trago de cerveza. No obstante, una vez que bajó la botella, soltó un ronco eructo y su rostro se puso pálido al verme.

—Por favor, ayúdeme.

—No… no puedo —respondió—. No estoy en servicio.

—Por favor, necesito que me lleve al doctor. Ya no puedo caminar con este calor y me duelen mucho las heridas de mi rostro.

El chófer no quitaba su cara de terror. Insistí y le conté mi horrible experiencia. Entonces, paulatinamente, su expresión cambió a la de un estúpido que miraba sin reaccionar hasta que, luego de carraspear y escupir hacia la calle, fijó sus ojos en mí al tiempo que le dio un trago a la botella.

—¿Qué no sabe que en estos días no se debe andar en la calle? —preguntó.

—Necesitaba comprar medicinas y comida.

De inmediato me ayudó a subir al auto y condujo hasta un pequeño consultorio en donde me esperó. Me sentí contento al subir de nuevo a su auto, pensé que mi pesadilla se había acabado, pero mi tranquilidad terminó cuando vi la cara del chofer que me veía por el espejo retrovisor.

—Tiene que saber que hace más de veinte años vi al diablo a la cara —dijo y abrió otra botella de cerveza a la que le dio un buen trago—. En ese entonces llegó en forma de viejito y era muy parecido a usted… Bueno, quizá era un poco más alto, pero se veía igual de flaco y estaba lleno de vellos en los brazos. Usaba pantalón blanco, guayabera, sombrero tipo Panamá y lentes de sol. Me acuerdo que cuando entró al auto se quitó las gafas y el sombrero, su cabello era abundante y blanco. Sus ojos eran de un azul diabólico, casi como el que se puede ver en el mar durante estos días de calor.

—No sé si sentirme halagado o avergonzado por tal semejanza, pero pierda cuidado, no soy el diablo y no pienso llevarlo conmigo.

—Ya sé que no es usted. Y si lo fuera, qué más da si me lleva. Confieso que no he sido el mejor cristiano. La verdad es que le he sido infiel a mi mujer en un par de ocasiones; nada fuera de lo normal para estas tierras en donde todos engañan a todos. Pero el tema no soy yo… Sino usted.

Noté que sus ojos tenían una expresión burlona que rayaba en la locura:

—¿Yo?

—Sí, usted. Debería pensar en que si ya lo atacó mientras nadaba, puede que le prepare algo peor.

Tras sus palabras, y a pesar del calor, mi cuerpo se congeló y sentí que un sudor frío corría por mi espalda.

—Tome en cuenta lo que le pasó, señor… En fin, yo ya cumplí con decirle. Espero equivocarme.

Las palabras del chófer hicieron eco en mi cabeza incluso después de haber llegado a casa. No pude leer ni hacer nada como hubiera querido. En su lugar, recorrí las habitaciones y pasillos con una sensación de espanto; y cuando entré al baño y vi mi rostro pálido y bañado en sudor, pensé que estaría a un paso de volverme loco. Entonces, abrí la llave de la regadera y dejé que el agua relajara mis viejos músculos.

«Te tienes que calmar, Fausto —me dije—. Vaya calamidad: mi nombre no ayuda en mucho para esta situación. ¡Serénate, hombre! El chofer estaba borracho… Y lo que pasó en el mar debe tener alguna explicación, sí, debe tener alguna explicación. No hay razón para que te lleve a ti, no has hecho nada malo… ¿O sí?».

La noche llegó colmada de profundas sombras, cuyas entrañas eran habitadas por los mosquitos hambrientos. No tuve otra opción que dormir en mi hamaca; pero mi sueño fue intranquilo y despertaba a los pocos minutos con pesadez en los ojos y bañado en sudor. Noté que las sombras se acumulaban delante de mí, y nunca antes me habían parecido tan espantosas pues me imaginé que alguien las habitaba: «¡El Diablo está por llegar! ¡El Diablo está cerca! ¡Está cerca!», pensaba una y otra vez.

En medio de mis pensamientos, repentinamente, oí un alarido… Pero, por curioso que parezca, no me causó miedo pues lo reconocí de inmediato. 
Fui hacia la ventana de la sala y, al recorrer la cortina con discreción, vi una sombra en medio del camino iluminada por la luz de la luna. Miré por varios segundos pero la sombra no se movió. Entonces, abrí lentamente la ventana y apunté la linterna hacia aquel personaje oscuro. ¡Y cuál fue mi sorpresa cuando la luz mostró la inconfundible y extraordinaria figura de un mono aullador que, al sentir la luz, desplegó su cola y puso sus ojos en mí!

—¡Qué bello ejemplar! —dije al ver su tamaño y su pelaje negro y brilloso. Noté que estaba asustado y de su hocico escurría sangre; además, parecía que abrazaba un objeto contra su pecho que ocultaba de mi vista. «Esconde a su cría», pensé. El mono comenzó a aullar, así que, sin haber cerrado la ventana, me metí a la cocina y corté una manzana. Cuando regresé a la sala, los aullidos ya no se oían y me topé con una extraña sorpresa: Dolores se asomaba hacia el interior de mi casa desde la ventana que yo había dejado abierta. 

—¿Qué diablos hace aquí? —pregunté de manera hosca—. ¡No quiero su maldito guisado, váyase!

—Olvídate del guisado, Fausto —dijo Dolores—. Vengo por ti… ¡Vengo por ti miserable fisgón! —entonces soltó una risita siniestra cuyo tono agudo cambió lentamente a uno grave y rasposo.

—¿Qué le pasa?

Acto seguido, la cabeza de Dolores se movió como si fuera la de un títere: se inclinaba de un lado a otro al tiempo que sonreía. Enseguida, me sobresalté al notar que del cuello colgaban nervios y venas como jirones de ropa y que una pequeña mano la sujetaba de la columna vertebral. O, mejor dicho, lo que quedaba de la columna.

—He venido por ti, Fausto. ¡He venido por ti! —dijo el titiritero y saltó al marco y comenzó a aullar.

El terror me hizo huir. Quizá tropecé en un par de ocasiones, pero me levanté cada vez que oía las pisadas del mono. De pronto, lo vi trepar con rapidez de una copa a otra con la cabeza de Dolores en su mano.

—¡Se hizo chango! ¡Se hizo chango! —gritó la anciana una y otra vez— ¡Lo iba a cocinar y resultó que era Él! ¡Era Él!

Oí las exclamaciones de los animales y me dieron la impresión de que celebraban los actos del simio. También creí que se reían de mí, de mi vejez y de lo ignorante que había sido al creer que conocía todo sobre ellos.

Exhausto, tropecé y sentí que mi pecho iba a estallar. Puse mis manos en el suelo y cerré los puños al palpar la tierra. Entonces, para mi asombro, la luna comenzó a apagarse con lentitud al tiempo que los alaridos se intensificaron. De pronto, levanté la vista y me encontré dentro de una inmensa bóveda oscura que me pareció tan vasta como el universo, sólo que no tenía estrellas y era habitada por el grito de las especies al que se añadieron voces de hombres y mujeres que eran torturados.

—¡Se hizo chango! ¡Se hizo chango! —escuché la voz de Dolores entre tanta vociferación hasta que la debilidad me atenazó y perdí el conocimiento.

Madre Terrible

Eduardo Honey


Mantengo mi forma humana al correr por la calle de Madero rumbo a la plaza central, el Zócalo. Son las cuatro de la mañana y los antros aún no vomitan a sus borrachos ni drogos antes de los afters. Solo algún vagabundo arropado con sucias cobijas y periódicos que duerme encima de cartones a pesar de la ligera llovizna. En una que otra esquina te topas a algún policía refugiado y embutido en su uniforme para aguantar el frío o, a pesar de la baja temperatura, examinando su celular.

—Doña Jacinta —dice por el auricular Sonia, mi compañera de aventuras y mi sombra vía dron— comenta que Huitzilopochtli está por aparecer en el lugar donde dio su mandato. Y no es donde décadas atrás pusieron esa estatua tan gacha… Está a un costado del Templo Mayor donde colinda con la Plaza Manuel Gamio.

Miento madres por el tiempo que tardé en eliminar una tzitzimime en La Alameda. Iba con tiempo suficiente para llegar al lugar que me indicó doña Jacinta y su grupo de curanderas. El Syndicat des Ténèbres no las consideraba dignas de atención aún cuando tuvimos el incidente en el Cerro de la Estrella. Si no es por ellas y su clan con apoyo de Eulogio, se habría terminado el mundo en el ciclo de 52 años. Desde entonces las cosas se pusieron raras, algo no se cerró o no se ató de forma adecuada.

Desaparecieron las plagas habituales de Europa y Asia que intentaban asentarse en la smógpolis central de México. Los k’pterion en las sombras de los edificios antiguos, indicadores del balance con la otredad en el mundo, no emergían de las paredes. Le comenté a Donatello, quien por primera vez, calló y me dio la espalda.

Desemboco en el Zócalo. Del lado izquierdo está la Catedral, al frente Palacio Nacional y a la derecha, la Jefatura del gobierno citadino. Al centro se levanta la inmensa asta de donde cuelga el lábaro patrio. Por encima refulge una luna creciente. Me percato de su presencia junto con sus huestes que llueven desde cada estrella.

—¡Sonia! ¡Que el grupo de asalto no avance! ¡Sácalos de allí!

—¿Qué? ¿Por qué?

—Aquí está nuestra querida Itzpapalotl, la inestimable mariposa de obsidiana. Y no viene sola. Trajo una horda de tzitzimitl de las cuatro regiones del Tamoanchan. No importa que contemos con licántropos, strigoi o ghoules —expreso. Teníamos una posibilidad de distraer a un dios pero no a dos y menos con lo que se viene encima.

—¿Qué diablos? Alfredo, no te atrevas…

—Es un buen día para morir, besos como siempre —contesto mientras tiraba el auricular y me despojaba de la ropa.

A mi alrededor caen enormes jaguares y perros que de inmediato se convierten en las mujeres descarnadas de más de dos metros y medio de altura, con el rostro, cuello y pecho sin piel; aunque las mamas, largas y secas, les colgaban a la par que el collar de corazones y cráneos. Debajo del costillar, apenas sostenido por tejidos, se ven el hígado, estómago y otras vísceras. Sus brazos, esqueléticos, terminan en garras. Debajo de la falda sobresale tanto la cabeza como el cascabel de una víbora. A los lados de ella se abren de una forma obscena, como si estuviera trozada la cadera al dar a luz, dos piernas esqueléticas que finalizan en las garras de un águila. Sin embargo, lo que más detesto son los ojos y dentaduras arriba de cada articulación. No tiene punto ciego.

Al quedar desnudo me transformo en mi nahual, un coyote. Continúo mi carrera. Casi al llegar a la asta bandera se forman grietas en el suelo de concreto. Ahora debo cuidarme del cielo y del infierno. Por fin puedo ver más allá de la reja que rodea al Sagrario y la Catedral Metropolitana: de una rajadura flotante de borde rojo y negro, emerge Huitzilopochtli con su penacho, escudo y un macuáhuitl de color azul con sus dos líneas laterales de obsidianas incrustadas.

Desde Palacio Nacional, los soldados y la guardia presidencial disparan por doquier en un rapto frenético. Me sobrevuela una lluvia de flechas que lanzan las tzitzimitl a mis espaldas. Caen los soldados y agentes del gobierno. El dios levanta el escudo a la par que crece a seis metros de altura. Ningún proyectil lo alcanza, hace girar su arma y una negra nube de hojas de obsidiana salen proyectadas. Maldigo en una de las necrolenguas y tengo que desviarme cuando de una de las grietas del suelo emerge un guerrero águila recién llegado del inframundo, del Mictlan.

No me hace caso y se lanza contra una tzitzimime que aterriza y se transforma. A una veintena de metros de Huitzilopochtli alcanzo a ver mi objetivo alrededor de su cuello. De sorpresa Itzpapalotl se arroja a sus espaldas desde el cielo. De inmediato cambio mi trayectoria hacia la izquierda, al tiempo que ella lo impacta y lo golpea con sus oscuras alas de obsidiana. Ruedan una decena de metros y aprovecho para ojear el Zócalo: cientos son los que combaten arrancándose extremidades, partiéndose el cráneo al tiempo de lanzar gritos de guerra. Al ser entes descarnados y almas de personas fallecidas, no sangran ni aúllan de dolor.

Me llega el sonido agudo, como de enormes avispas desde el cielo. Son varios drones de combate que se enfilan a donde se baten ambos dioses. Rápido retrocedo y me refugio detrás de la reja de la catedral. El plan era usar uno o dos, no la docena que trajimos. El estallido es brutal y, apenas pasa la onda expansiva con su ola de fuego, corro en cuatro patas a donde Huitzilopochtli está tirado de espaldas intentando entender qué pasó. De un salto llego a su pecho, con otro a su cuello y empleando a fondo mis mandíbulas, corto la cuerda de cuero entretejido del que cuelga el dije. Un brinco más me lleva al pavimento e inicio una desaforada carrera por la calle de Moneda. A cuadras de distancia escucho cómo retumba el combate.

—¿Qué madres pasó ahí? —grité arrojando el dije en la mesa del comedor en la casona del centro de Coyoacán.

Alrededor estaban doña Jacinta, sus curanderas y sabias; don Eulogio con el capitán de su escuadra de xólotls y nahuales; Sonia y, para mi sorpresa, Donatello. Están rodeados de velas, veladoras y sahumerios. El suelo y las paredes refulgen con las invocaciones de protección pintadas con el humo, perfume de cempasúchil y cenizas de peyote. A un lado del altar está una televisión encendida.

—Lo siento mi niño —habla Jacinta con su ronca voz, llena de eras pasadas—, no lo vimos venir. Ni siquiera la Tonantzin, está muy atribulada y siente una enorme pena.

—Tampoco supimos de esto en las mesas —continúa don Eulogio—, nada indicaron los rezos ni las danzas…

—O sea —arrebaté la palabra a un Mayor, era mucho mi enojo—, apenas sobrevivo el ensayo de un Ragnarok y ninguno recibió el memo. Si no es por Sonia y sus drones, no salgo de allí. ¿No se supone que están en comunión y comunicación con el mithocosmos mesoamericano? ¿O qué ch…

—Sssssssiento interrumpirte Alfredo —corta Donatello—, pero ssssssssi había “memo” —hizo el gesto de entrecomillar con largos y pálidos índices de cinco falanges—. Essssssstaba trassssssspapelado en Missssssskatonic.

Callo. Conozco bien buena parte de su biblioteca maldita y allí, fuera de cierto códex hecho con piel humana que recuperé en mi primer caso, no tienen material prehispánico. En el Vaticano, bajo bóvedas y trampas mágicas, se esconde un buen de material al que ni siquiera el Concilio del Syndicat tiene acceso.

Donatello deposita una caja de madera en la mesa. Me contengo de tomarla al primer impulso. Las imágenes en la vieja televisión muestran que amanece y los dioses, combatientes y caídos se esfuman ante la luz solar. Quedó solo un feo cráter donde impactaron los drones, así como multitud de grietas a lo largo y ancho de la Plaza Mayor y calles aledañas. Los comentaristas están muy alarmados y el ejército despliega sus fuerzas.

Tomo la caja y la abro. En su interior encuentro un cristal de forma casi triangular del doble de mi puño. El interior son multitud de metales, otros minerales y material que no supe distinguir. Casi invisible y difuso al principio, se ilumina con una tonalidad verde que crece en intensidad hasta cegar al tiempo que un vaivén surge del suelo, nos eleva unos centímetros y nos deja caer. Disminuye la intensidad de la luz y se apaga. De inmediato lo regreso y cierro la tapa.

Donatello la recoge para desaparecerla debajo de la capa que siempre porta. De allí extrae un cuadernillo y me lo pasa. En la carátula está pirograbado: A.H. Claramente era del siglo XIX y un post-it amarillo indicaba la página que debía leer.

—En corto, Donatello, ¿qué encontraste?

—Anexxxxxxxo al diario de Alexxxxxxxander Humboldt, lo olvidó en Missssssskatonic en un viaje. Junto con un baúl y la cajita. Que el cristal le fue dado por un grupo de anccccccianosssssss en la ssssssserranía del sssssssur de México. Cuando se enccccccendiera, la Madre Terrible essssssstaría por dessssssspertar.

—¿Quién es esa Madre Terrible? —pregunto algo desconcertado.

—Cipactli, mi niño —contesta en tono muy serio doña Jacinta—. La diosa cósmica madre del origen, aquella que al morir de su cuerpo se creó el mundo. Las escamas de su piel son las montañas y el cristal es un fragmento de una de ellas.

—Pero el morir para ella —continúa don Eulogio— es un momento del dormir y del soñar. No es morir en el sentido que trajeron los europeos. Ellas, las múltiples diosas que a la vez son las madres, creadoras y destructoras, están regresando, Alfredo. Hay un cambio en el orden y las jerarquías. La Gran Madre Terrible lo sabe y despierta. Y nada puedes hacer tú, en especial.

Me quedo estupefacto. Mi grupo de irregulares tolerados por el Syndicat, hemos estado ocupados una veintena de años resolviendo casos donde ellos nunca intervendrían. Más de una vez ayudamos a mantener la mithósfera en equilibrio a pesar de las seelies, primigenios y némesis vangelsianos. Incluso detuvimos la intromisión de los angeloups gracias a una antigua bruja y un loup garoup.

—No significa que estemos condenados a un final del mundo —interviene mi querida Sonia—. Es que eres varón, un varón que será inútil en el cambio que viene.

—Pérame, barajeámela más despacito. ¿Cómo que soy un inútil, Sonia?

—Entendiste mal, veamos cómo te lo explico. ¿Te acuerdas del yin-yang? Allí donde tú haces equipo conmigo, combinados: tú el yang con su trocito del yin y yo viceversa. Pues, para lo que haremos, necesitamos solo del yin en la creación de la nueva senda. En eso eres inútil.

—Pero, pero… —intenté argumentar.

—Mi niño, ¿puedes cargar una vida en tu vientre y parirla? —cuestiona doña Jacinta.

—No, pero…

—Eso zanja la cuestión —continúa doña Jacinta—. Sonia hará lo que nosotras le digamos, ¿quedó claro? Tú ayudarás por detrás pero no puedes intervenir, ¿entendido?

Es extraño estar rodeado solo por elementos masculinos de mi grupo de choque. Donatello, con sus extraños contactos o lanzando hechizos, nos consiguió un centro móvil de comando y control del Ejército Mexicano. Veinte strigoi, loup garoups además de xólotls y guerreros de las mesas de don Jacinto están sentados frente a las consolas de triple pantalla. Cuidan a doña Jacinta y sus brujas en el Cerro de la Estrella, así como a las santeras y curanderas en el extinto afluente en Chapultepec. Han iniciado el rito para dormir a Cipactli.

Un tercer grupo debería estar donde Huitzilopochtli demandó la fundación de Tenochtitlan, pero él sostiene su posición inicial junto con los guerreros jaguar y águila que el Mictlan le cedió. Si no se puede el rito en paz y armonía, será el baño de sangre.

En la esquina lejana del Zócalo yace Itzpapalotl muy mal herida. El combate, aunque oculto por la luz solar, duró tres días. La cuidan otras diosas madre, Mayahuel y Xochiquetzal. El panteón mesoamericano es muy complejo, queda claro que están divididos en un bando masculino y otro femenino además de un grupo que no interviene como Quetzalcóatl, Tláloc o la pareja que rige el inframundo. Sospecho que tiene que ver con que es la guerra para que terminen las guerras y representan a los pacifistas.

Esta tercera noche es vital, es cuando la Luna de Sangre colgará cual orejera en la noche. Otro sismo inicia y el CC&C se bambolea lado a lado por dos minutos. Leo en pantalla que fue de 7.2 en escala Richter. Cada vez son más seguidos y de mayor duración. Don Eulogio dice que cuando pase de doce grados y no pare, es que Cipactli ha despertado y estará levantándose. Espero que no lleguemos a eso.

Sonia, tras la bendición de Tonantzin a través de doña Jacinta, será la Gran Comandante. Su clan infectó a las tzitzimitl con los gusanos que los vuelven una unimente que se puede coordinar en masa, por grupos, o actuar de forma independiente. Está apoyada por strigoi hembra, nyx, black seelies que llegaron sin pedírselos, además de banshees y otras entes del Syndicat de la capital de México.

A diferencia de las huestes de Huitzilopochtli que atacan a lo bruto, ellas traen consigo la coordinación, estrategia, tecnología y magia de miles de años. Deben crear un frente de punta de flecha para que por allí logre penetrar Sonia y su escuadrón de apoyo. De súbito las vermii reinas, que han atraído como distractor a cientos de personas infectadas, casi zombificadas, desbordan el perímetro y las calles del centro de la ciudad.

Si sale el plan, Huitzilopochtli quedara a distancia de tiro del atlatl de Sonia, el lanzador jabalina en cuyo extremo está el espejo humeante que robé, ya cortado, pulido y afilado. Debe atinarle al corazón o, de perdis, a un ojo para matarlo. A continuación, lo desmembrará como él lo hizo con Coyolxauqhui, su hermana. Con eso lograremos tanto generar un equilibrio como que Coatlicue, la madre de ellos y otros dioses, se tranquilice en su dolor. Esto, a su vez, hará que Cipactli duerma otra vez. En verdad es enredado este cosmos de la mithósfera.

—Sonia —aviso—, el CC&C listo. Seré tu sombra de aquí al final.

—Gracias, Alfredo. Empezamos en diez, nueve, ocho…

Estamos tranquilos, siempre hemos sido un gran equipo, un yin-yang. Algún día nos tocará el verdadero final del mundo. Hoy no dejaremos que ocurra.

Archivo muerto

Mayra Daniel


La silla era blanca, de dimensiones estandarizadas y totalmente anodina. La habían elegido por su precio, seguramente. Pasaba totalmente desapercibida en un largo corredor de pequeños cubículos donde se resolvían toda clase de asuntos sin importancia.

La verdad no me molestaba la burocracia. Toda la vida había llevado a cabo mis propios asuntos, tanto por un tema de discreción como por tener “todo el tiempo del mundo”. En la puerta estaba el letrero “Dirección general de asuntos generales”, un nombre de lo más conspicuo solo para ocultar su verdadera actividad, la Dirección General de Asuntos Vampíricos.

Necesaria en cualquier país, la Dirección General de Asuntos Vampíricos trabajaba en una red de colaboración Internacional para relocalizar a vampiros por el mundo, darles documentos oficiales, renovar actas de nacimiento, pasaportes, agilizar contratos de compraventa para que el dueño no fuera, por siglos, la misma persona viva. Esta oficina también ofrecía asesoría en derecho vampírico según la legislación vigente en cada país y los gobiernos la procuraban en demasía por los generosos aportes a los impuestos que siempre hicimos.

En ningún país había tenido yo problemas con la Dirección general de asuntos generales, pero recientemente había decidido mover mi residencia permanente a México por los beneficios fiscales que todos presumían. Sin embargo, me aclararon: “Bueno, viejo, es que México… Ya verás. Es otra cosa.”

Y allí estaba yo: sobre de papel manila con todo lo que me pidieron en original, dos copias, tres sellos. Todo lo que venía en la muy discreta, oculta y secreta página de la Dirección General de Asuntos Vampíricos, para formalizar mi ciudadanía vampírica en México. Cambiar de residencia: que engorro.

La puerta se abrió. La oficina solo operaba de noche, así que la luz fría de la oficina mostró una silueta rechoncha: era un tipo con una camisa azulada y una corbata a juego, ligeramente más oscura. Las manchas de sudor se le destacaban en la tela. El anómalo calor de la media noche hacía que el espacio encerrado tuviera un olor mezcla de sudor y colonia herbal barata. Parecía que había podado el pasto en algún parque público.

De su piel grasienta se le desprendía un leve brillo, como si recién hubiera salido del transporte público; sus zapatos ligeramente roídos por el tiempo parecían lustrosos, quizá demasiado, como si el zapato y el cepillo se conocieran de largo tiempo y se saludaran diario.

Una breve inspección me hizo saber que era soltero y vivía solo, atendiendo diversos malestares; apestaba a ansiedad y antiácidos.

—Víctor Ramos, a su servicio —aseguró, tendiendo su mano regordeta. La rocé ligeramente, por protocolo.

—Dígame, ¿en qué podemos ayudarlo?

—Verá usted, llené una forma XT-596 para renovar mi residencia y establecer una nueva identidad en México, pero cuando estaba por enviarlo todo vi que es un trámite que tenía que realizarse en persona.

—Así es, así es. La nueva legislación vigente nos exige unos biométricos; sin tanta importancia, no se preocupe. Además, son importantes para su afiliación tributaria. Con XT-596 podrá usted ser un vampiro mexicano —una sonrisilla jocosa se dibujó en su cara, como si hubiera contado un chiste muy gracioso. No me dio gracia y se hizo un silencio incómodo.

Le tendí el sobre de papel manila, desganadamente. Él abrió el hilillo con pasmosa lentitud, sacó el legajo y revisó todos los originales con minuciosa atención, como quien se toma muy en serio su labor o hace algo realmente importante. ¡Por favor, son copias, no neurocirugía!

Yo creía que ya no podría disimular más mi asco y mi desprecio, cuando me señaló una puerta adicional.

—Sí, sí, todo está completo; gracias. Por favor pase al otro cuarto, para tomar sus biométricos.

Vergonzoso, mínimo, que a un vampiro de mi linaje y mi alcurnia le quieran tomar fotografías, pero esta vez era una medición del iris y huellas dactilares.

Humillante.

Fatídico.

Fastidioso.

Intentando no girar los ojos al cielo permití la tramitología del caso.

—¡Hemos terminado!

—Excelente, ¿cuándo estará listo el documento de ciudadanía?

—Probablemente en unos meses, nosotros le avisa…

—¿Cómo que unos meses? ¿No se tramita en esta misma oficina?

—Pues sí, sí, pero tenemos varios documentos más en la fila, usted entenderá…

—¿Cómo podemos arreglarlo más rápido?

Un destello rápido se mostró en sus ojos, como un rayo. Vi un tigre cazando a su presa, se volvió más sigiloso. (Bueno, en su caso más que un tigre podría haber sido un gatito rechoncho que vio un periquito).

—Claro, claro, siempre se puede agilizar todo. Después de todo, es México.

—Claro —afirmé yo—, ¿cómo nos arreglamos?

—Pues verá… siempre he querido ser un vampiro, me encanta la cultura vampírica, cuando logré entrar a la Dirección General de Asuntos Generales lo consideré la cumbre de mi carrera, pero ahora veo yo que lo mío, lo mío, será ser vampiro. Tantos años de verlos pasar por esas puertas me han convencido.
Traté de imaginar a Víctor Ramos en un baile de vampiros, en una reunión con mis amigos o en una cena elegante. Quise enseguida borrar esa imagen de la cabeza para no traslucir una sonrisa socarrona.

—Ya veo.

—¡Y sé mucho sobre la conversión! —un entusiasta Víctor Ramos era peor que un desganado Víctor Ramos. Lo averigüé enseguida. Durante unos minutos describió a detalle el rito de transición sacado posiblemente de una película o una novela para señoras bobaliconas aficionadas al romance.
Luego imaginé la cara de mi cofradía si sabían que había integrado a Víctor al mundo vampiro.

Vergonzoso.

Humillante.

Fatídico.

Fastidioso.

—Ya veo, sí, está muy enterado. ¿Qué tal mañana?
Parecía que empezaría a llorar de la alegría.

Llovía esa noche. Un olor a drenaje se colaba por toda la ciudad y la convertía en una cloaca descubierta. Vi llegar al lugar de la cita a Víctor Ramos con su paso ligeramente renqueante, como si alguien le hubiera dado un pisotón en el traslado hacia la oficina. Traía en la mano el documento con mi acelerado trámite de ciudadanía. Se había esmerado un poco en su arreglo, como si quisiera empezar su transición a vampiro con sus mejores galas. Me hizo esbozar una sonrisa.

Me acerqué a él con cautela. Un rápido movimiento de mi daga le cortó la yugular. Me gusta pensar que ni se enteró. Su cuerpo despatarrado quedó tirado en ese callejón, con la garganta abierta, lívido y sin gracia. Tuve la tentación de dejarle algún sello de la familia, pero preferí no aportar nada a la policía: solo un caso más al que darle carpetazo y colocar en el archivo muerto de una gran ciudad.

Tomé su cartera para hacerlo parecer un robo. Ya la tiraría después por allí. El sobre manila con mi documento tenía algunas manchas de lodo y sangre, pero posiblemente terminara en algún cajón de mi biblioteca, sin usar.