Madre Terrible

Eduardo Honey


Mantengo mi forma humana al correr por la calle de Madero rumbo a la plaza central, el Zócalo. Son las cuatro de la mañana y los antros aún no vomitan a sus borrachos ni drogos antes de los afters. Solo algún vagabundo arropado con sucias cobijas y periódicos que duerme encima de cartones a pesar de la ligera llovizna. En una que otra esquina te topas a algún policía refugiado y embutido en su uniforme para aguantar el frío o, a pesar de la baja temperatura, examinando su celular.

—Doña Jacinta —dice por el auricular Sonia, mi compañera de aventuras y mi sombra vía dron— comenta que Huitzilopochtli está por aparecer en el lugar donde dio su mandato. Y no es donde décadas atrás pusieron esa estatua tan gacha… Está a un costado del Templo Mayor donde colinda con la Plaza Manuel Gamio.

Miento madres por el tiempo que tardé en eliminar una tzitzimime en La Alameda. Iba con tiempo suficiente para llegar al lugar que me indicó doña Jacinta y su grupo de curanderas. El Syndicat des Ténèbres no las consideraba dignas de atención aún cuando tuvimos el incidente en el Cerro de la Estrella. Si no es por ellas y su clan con apoyo de Eulogio, se habría terminado el mundo en el ciclo de 52 años. Desde entonces las cosas se pusieron raras, algo no se cerró o no se ató de forma adecuada.

Desaparecieron las plagas habituales de Europa y Asia que intentaban asentarse en la smógpolis central de México. Los k’pterion en las sombras de los edificios antiguos, indicadores del balance con la otredad en el mundo, no emergían de las paredes. Le comenté a Donatello, quien por primera vez, calló y me dio la espalda.

Desemboco en el Zócalo. Del lado izquierdo está la Catedral, al frente Palacio Nacional y a la derecha, la Jefatura del gobierno citadino. Al centro se levanta la inmensa asta de donde cuelga el lábaro patrio. Por encima refulge una luna creciente. Me percato de su presencia junto con sus huestes que llueven desde cada estrella.

—¡Sonia! ¡Que el grupo de asalto no avance! ¡Sácalos de allí!

—¿Qué? ¿Por qué?

—Aquí está nuestra querida Itzpapalotl, la inestimable mariposa de obsidiana. Y no viene sola. Trajo una horda de tzitzimitl de las cuatro regiones del Tamoanchan. No importa que contemos con licántropos, strigoi o ghoules —expreso. Teníamos una posibilidad de distraer a un dios pero no a dos y menos con lo que se viene encima.

—¿Qué diablos? Alfredo, no te atrevas…

—Es un buen día para morir, besos como siempre —contesto mientras tiraba el auricular y me despojaba de la ropa.

A mi alrededor caen enormes jaguares y perros que de inmediato se convierten en las mujeres descarnadas de más de dos metros y medio de altura, con el rostro, cuello y pecho sin piel; aunque las mamas, largas y secas, les colgaban a la par que el collar de corazones y cráneos. Debajo del costillar, apenas sostenido por tejidos, se ven el hígado, estómago y otras vísceras. Sus brazos, esqueléticos, terminan en garras. Debajo de la falda sobresale tanto la cabeza como el cascabel de una víbora. A los lados de ella se abren de una forma obscena, como si estuviera trozada la cadera al dar a luz, dos piernas esqueléticas que finalizan en las garras de un águila. Sin embargo, lo que más detesto son los ojos y dentaduras arriba de cada articulación. No tiene punto ciego.

Al quedar desnudo me transformo en mi nahual, un coyote. Continúo mi carrera. Casi al llegar a la asta bandera se forman grietas en el suelo de concreto. Ahora debo cuidarme del cielo y del infierno. Por fin puedo ver más allá de la reja que rodea al Sagrario y la Catedral Metropolitana: de una rajadura flotante de borde rojo y negro, emerge Huitzilopochtli con su penacho, escudo y un macuáhuitl de color azul con sus dos líneas laterales de obsidianas incrustadas.

Desde Palacio Nacional, los soldados y la guardia presidencial disparan por doquier en un rapto frenético. Me sobrevuela una lluvia de flechas que lanzan las tzitzimitl a mis espaldas. Caen los soldados y agentes del gobierno. El dios levanta el escudo a la par que crece a seis metros de altura. Ningún proyectil lo alcanza, hace girar su arma y una negra nube de hojas de obsidiana salen proyectadas. Maldigo en una de las necrolenguas y tengo que desviarme cuando de una de las grietas del suelo emerge un guerrero águila recién llegado del inframundo, del Mictlan.

No me hace caso y se lanza contra una tzitzimime que aterriza y se transforma. A una veintena de metros de Huitzilopochtli alcanzo a ver mi objetivo alrededor de su cuello. De sorpresa Itzpapalotl se arroja a sus espaldas desde el cielo. De inmediato cambio mi trayectoria hacia la izquierda, al tiempo que ella lo impacta y lo golpea con sus oscuras alas de obsidiana. Ruedan una decena de metros y aprovecho para ojear el Zócalo: cientos son los que combaten arrancándose extremidades, partiéndose el cráneo al tiempo de lanzar gritos de guerra. Al ser entes descarnados y almas de personas fallecidas, no sangran ni aúllan de dolor.

Me llega el sonido agudo, como de enormes avispas desde el cielo. Son varios drones de combate que se enfilan a donde se baten ambos dioses. Rápido retrocedo y me refugio detrás de la reja de la catedral. El plan era usar uno o dos, no la docena que trajimos. El estallido es brutal y, apenas pasa la onda expansiva con su ola de fuego, corro en cuatro patas a donde Huitzilopochtli está tirado de espaldas intentando entender qué pasó. De un salto llego a su pecho, con otro a su cuello y empleando a fondo mis mandíbulas, corto la cuerda de cuero entretejido del que cuelga el dije. Un brinco más me lleva al pavimento e inicio una desaforada carrera por la calle de Moneda. A cuadras de distancia escucho cómo retumba el combate.

—¿Qué madres pasó ahí? —grité arrojando el dije en la mesa del comedor en la casona del centro de Coyoacán.

Alrededor estaban doña Jacinta, sus curanderas y sabias; don Eulogio con el capitán de su escuadra de xólotls y nahuales; Sonia y, para mi sorpresa, Donatello. Están rodeados de velas, veladoras y sahumerios. El suelo y las paredes refulgen con las invocaciones de protección pintadas con el humo, perfume de cempasúchil y cenizas de peyote. A un lado del altar está una televisión encendida.

—Lo siento mi niño —habla Jacinta con su ronca voz, llena de eras pasadas—, no lo vimos venir. Ni siquiera la Tonantzin, está muy atribulada y siente una enorme pena.

—Tampoco supimos de esto en las mesas —continúa don Eulogio—, nada indicaron los rezos ni las danzas…

—O sea —arrebaté la palabra a un Mayor, era mucho mi enojo—, apenas sobrevivo el ensayo de un Ragnarok y ninguno recibió el memo. Si no es por Sonia y sus drones, no salgo de allí. ¿No se supone que están en comunión y comunicación con el mithocosmos mesoamericano? ¿O qué ch…

—Sssssssiento interrumpirte Alfredo —corta Donatello—, pero ssssssssi había “memo” —hizo el gesto de entrecomillar con largos y pálidos índices de cinco falanges—. Essssssstaba trassssssspapelado en Missssssskatonic.

Callo. Conozco bien buena parte de su biblioteca maldita y allí, fuera de cierto códex hecho con piel humana que recuperé en mi primer caso, no tienen material prehispánico. En el Vaticano, bajo bóvedas y trampas mágicas, se esconde un buen de material al que ni siquiera el Concilio del Syndicat tiene acceso.

Donatello deposita una caja de madera en la mesa. Me contengo de tomarla al primer impulso. Las imágenes en la vieja televisión muestran que amanece y los dioses, combatientes y caídos se esfuman ante la luz solar. Quedó solo un feo cráter donde impactaron los drones, así como multitud de grietas a lo largo y ancho de la Plaza Mayor y calles aledañas. Los comentaristas están muy alarmados y el ejército despliega sus fuerzas.

Tomo la caja y la abro. En su interior encuentro un cristal de forma casi triangular del doble de mi puño. El interior son multitud de metales, otros minerales y material que no supe distinguir. Casi invisible y difuso al principio, se ilumina con una tonalidad verde que crece en intensidad hasta cegar al tiempo que un vaivén surge del suelo, nos eleva unos centímetros y nos deja caer. Disminuye la intensidad de la luz y se apaga. De inmediato lo regreso y cierro la tapa.

Donatello la recoge para desaparecerla debajo de la capa que siempre porta. De allí extrae un cuadernillo y me lo pasa. En la carátula está pirograbado: A.H. Claramente era del siglo XIX y un post-it amarillo indicaba la página que debía leer.

—En corto, Donatello, ¿qué encontraste?

—Anexxxxxxxo al diario de Alexxxxxxxander Humboldt, lo olvidó en Missssssskatonic en un viaje. Junto con un baúl y la cajita. Que el cristal le fue dado por un grupo de anccccccianosssssss en la ssssssserranía del sssssssur de México. Cuando se enccccccendiera, la Madre Terrible essssssstaría por dessssssspertar.

—¿Quién es esa Madre Terrible? —pregunto algo desconcertado.

—Cipactli, mi niño —contesta en tono muy serio doña Jacinta—. La diosa cósmica madre del origen, aquella que al morir de su cuerpo se creó el mundo. Las escamas de su piel son las montañas y el cristal es un fragmento de una de ellas.

—Pero el morir para ella —continúa don Eulogio— es un momento del dormir y del soñar. No es morir en el sentido que trajeron los europeos. Ellas, las múltiples diosas que a la vez son las madres, creadoras y destructoras, están regresando, Alfredo. Hay un cambio en el orden y las jerarquías. La Gran Madre Terrible lo sabe y despierta. Y nada puedes hacer tú, en especial.

Me quedo estupefacto. Mi grupo de irregulares tolerados por el Syndicat, hemos estado ocupados una veintena de años resolviendo casos donde ellos nunca intervendrían. Más de una vez ayudamos a mantener la mithósfera en equilibrio a pesar de las seelies, primigenios y némesis vangelsianos. Incluso detuvimos la intromisión de los angeloups gracias a una antigua bruja y un loup garoup.

—No significa que estemos condenados a un final del mundo —interviene mi querida Sonia—. Es que eres varón, un varón que será inútil en el cambio que viene.

—Pérame, barajeámela más despacito. ¿Cómo que soy un inútil, Sonia?

—Entendiste mal, veamos cómo te lo explico. ¿Te acuerdas del yin-yang? Allí donde tú haces equipo conmigo, combinados: tú el yang con su trocito del yin y yo viceversa. Pues, para lo que haremos, necesitamos solo del yin en la creación de la nueva senda. En eso eres inútil.

—Pero, pero… —intenté argumentar.

—Mi niño, ¿puedes cargar una vida en tu vientre y parirla? —cuestiona doña Jacinta.

—No, pero…

—Eso zanja la cuestión —continúa doña Jacinta—. Sonia hará lo que nosotras le digamos, ¿quedó claro? Tú ayudarás por detrás pero no puedes intervenir, ¿entendido?

Es extraño estar rodeado solo por elementos masculinos de mi grupo de choque. Donatello, con sus extraños contactos o lanzando hechizos, nos consiguió un centro móvil de comando y control del Ejército Mexicano. Veinte strigoi, loup garoups además de xólotls y guerreros de las mesas de don Jacinto están sentados frente a las consolas de triple pantalla. Cuidan a doña Jacinta y sus brujas en el Cerro de la Estrella, así como a las santeras y curanderas en el extinto afluente en Chapultepec. Han iniciado el rito para dormir a Cipactli.

Un tercer grupo debería estar donde Huitzilopochtli demandó la fundación de Tenochtitlan, pero él sostiene su posición inicial junto con los guerreros jaguar y águila que el Mictlan le cedió. Si no se puede el rito en paz y armonía, será el baño de sangre.

En la esquina lejana del Zócalo yace Itzpapalotl muy mal herida. El combate, aunque oculto por la luz solar, duró tres días. La cuidan otras diosas madre, Mayahuel y Xochiquetzal. El panteón mesoamericano es muy complejo, queda claro que están divididos en un bando masculino y otro femenino además de un grupo que no interviene como Quetzalcóatl, Tláloc o la pareja que rige el inframundo. Sospecho que tiene que ver con que es la guerra para que terminen las guerras y representan a los pacifistas.

Esta tercera noche es vital, es cuando la Luna de Sangre colgará cual orejera en la noche. Otro sismo inicia y el CC&C se bambolea lado a lado por dos minutos. Leo en pantalla que fue de 7.2 en escala Richter. Cada vez son más seguidos y de mayor duración. Don Eulogio dice que cuando pase de doce grados y no pare, es que Cipactli ha despertado y estará levantándose. Espero que no lleguemos a eso.

Sonia, tras la bendición de Tonantzin a través de doña Jacinta, será la Gran Comandante. Su clan infectó a las tzitzimitl con los gusanos que los vuelven una unimente que se puede coordinar en masa, por grupos, o actuar de forma independiente. Está apoyada por strigoi hembra, nyx, black seelies que llegaron sin pedírselos, además de banshees y otras entes del Syndicat de la capital de México.

A diferencia de las huestes de Huitzilopochtli que atacan a lo bruto, ellas traen consigo la coordinación, estrategia, tecnología y magia de miles de años. Deben crear un frente de punta de flecha para que por allí logre penetrar Sonia y su escuadrón de apoyo. De súbito las vermii reinas, que han atraído como distractor a cientos de personas infectadas, casi zombificadas, desbordan el perímetro y las calles del centro de la ciudad.

Si sale el plan, Huitzilopochtli quedara a distancia de tiro del atlatl de Sonia, el lanzador jabalina en cuyo extremo está el espejo humeante que robé, ya cortado, pulido y afilado. Debe atinarle al corazón o, de perdis, a un ojo para matarlo. A continuación, lo desmembrará como él lo hizo con Coyolxauqhui, su hermana. Con eso lograremos tanto generar un equilibrio como que Coatlicue, la madre de ellos y otros dioses, se tranquilice en su dolor. Esto, a su vez, hará que Cipactli duerma otra vez. En verdad es enredado este cosmos de la mithósfera.

—Sonia —aviso—, el CC&C listo. Seré tu sombra de aquí al final.

—Gracias, Alfredo. Empezamos en diez, nueve, ocho…

Estamos tranquilos, siempre hemos sido un gran equipo, un yin-yang. Algún día nos tocará el verdadero final del mundo. Hoy no dejaremos que ocurra.

Archivo muerto

Mayra Daniel


La silla era blanca, de dimensiones estandarizadas y totalmente anodina. La habían elegido por su precio, seguramente. Pasaba totalmente desapercibida en un largo corredor de pequeños cubículos donde se resolvían toda clase de asuntos sin importancia.

La verdad no me molestaba la burocracia. Toda la vida había llevado a cabo mis propios asuntos, tanto por un tema de discreción como por tener “todo el tiempo del mundo”. En la puerta estaba el letrero “Dirección general de asuntos generales”, un nombre de lo más conspicuo solo para ocultar su verdadera actividad, la Dirección General de Asuntos Vampíricos.

Necesaria en cualquier país, la Dirección General de Asuntos Vampíricos trabajaba en una red de colaboración Internacional para relocalizar a vampiros por el mundo, darles documentos oficiales, renovar actas de nacimiento, pasaportes, agilizar contratos de compraventa para que el dueño no fuera, por siglos, la misma persona viva. Esta oficina también ofrecía asesoría en derecho vampírico según la legislación vigente en cada país y los gobiernos la procuraban en demasía por los generosos aportes a los impuestos que siempre hicimos.

En ningún país había tenido yo problemas con la Dirección general de asuntos generales, pero recientemente había decidido mover mi residencia permanente a México por los beneficios fiscales que todos presumían. Sin embargo, me aclararon: “Bueno, viejo, es que México… Ya verás. Es otra cosa.”

Y allí estaba yo: sobre de papel manila con todo lo que me pidieron en original, dos copias, tres sellos. Todo lo que venía en la muy discreta, oculta y secreta página de la Dirección General de Asuntos Vampíricos, para formalizar mi ciudadanía vampírica en México. Cambiar de residencia: que engorro.

La puerta se abrió. La oficina solo operaba de noche, así que la luz fría de la oficina mostró una silueta rechoncha: era un tipo con una camisa azulada y una corbata a juego, ligeramente más oscura. Las manchas de sudor se le destacaban en la tela. El anómalo calor de la media noche hacía que el espacio encerrado tuviera un olor mezcla de sudor y colonia herbal barata. Parecía que había podado el pasto en algún parque público.

De su piel grasienta se le desprendía un leve brillo, como si recién hubiera salido del transporte público; sus zapatos ligeramente roídos por el tiempo parecían lustrosos, quizá demasiado, como si el zapato y el cepillo se conocieran de largo tiempo y se saludaran diario.

Una breve inspección me hizo saber que era soltero y vivía solo, atendiendo diversos malestares; apestaba a ansiedad y antiácidos.

—Víctor Ramos, a su servicio —aseguró, tendiendo su mano regordeta. La rocé ligeramente, por protocolo.

—Dígame, ¿en qué podemos ayudarlo?

—Verá usted, llené una forma XT-596 para renovar mi residencia y establecer una nueva identidad en México, pero cuando estaba por enviarlo todo vi que es un trámite que tenía que realizarse en persona.

—Así es, así es. La nueva legislación vigente nos exige unos biométricos; sin tanta importancia, no se preocupe. Además, son importantes para su afiliación tributaria. Con XT-596 podrá usted ser un vampiro mexicano —una sonrisilla jocosa se dibujó en su cara, como si hubiera contado un chiste muy gracioso. No me dio gracia y se hizo un silencio incómodo.

Le tendí el sobre de papel manila, desganadamente. Él abrió el hilillo con pasmosa lentitud, sacó el legajo y revisó todos los originales con minuciosa atención, como quien se toma muy en serio su labor o hace algo realmente importante. ¡Por favor, son copias, no neurocirugía!

Yo creía que ya no podría disimular más mi asco y mi desprecio, cuando me señaló una puerta adicional.

—Sí, sí, todo está completo; gracias. Por favor pase al otro cuarto, para tomar sus biométricos.

Vergonzoso, mínimo, que a un vampiro de mi linaje y mi alcurnia le quieran tomar fotografías, pero esta vez era una medición del iris y huellas dactilares.

Humillante.

Fatídico.

Fastidioso.

Intentando no girar los ojos al cielo permití la tramitología del caso.

—¡Hemos terminado!

—Excelente, ¿cuándo estará listo el documento de ciudadanía?

—Probablemente en unos meses, nosotros le avisa…

—¿Cómo que unos meses? ¿No se tramita en esta misma oficina?

—Pues sí, sí, pero tenemos varios documentos más en la fila, usted entenderá…

—¿Cómo podemos arreglarlo más rápido?

Un destello rápido se mostró en sus ojos, como un rayo. Vi un tigre cazando a su presa, se volvió más sigiloso. (Bueno, en su caso más que un tigre podría haber sido un gatito rechoncho que vio un periquito).

—Claro, claro, siempre se puede agilizar todo. Después de todo, es México.

—Claro —afirmé yo—, ¿cómo nos arreglamos?

—Pues verá… siempre he querido ser un vampiro, me encanta la cultura vampírica, cuando logré entrar a la Dirección General de Asuntos Generales lo consideré la cumbre de mi carrera, pero ahora veo yo que lo mío, lo mío, será ser vampiro. Tantos años de verlos pasar por esas puertas me han convencido.
Traté de imaginar a Víctor Ramos en un baile de vampiros, en una reunión con mis amigos o en una cena elegante. Quise enseguida borrar esa imagen de la cabeza para no traslucir una sonrisa socarrona.

—Ya veo.

—¡Y sé mucho sobre la conversión! —un entusiasta Víctor Ramos era peor que un desganado Víctor Ramos. Lo averigüé enseguida. Durante unos minutos describió a detalle el rito de transición sacado posiblemente de una película o una novela para señoras bobaliconas aficionadas al romance.
Luego imaginé la cara de mi cofradía si sabían que había integrado a Víctor al mundo vampiro.

Vergonzoso.

Humillante.

Fatídico.

Fastidioso.

—Ya veo, sí, está muy enterado. ¿Qué tal mañana?
Parecía que empezaría a llorar de la alegría.

Llovía esa noche. Un olor a drenaje se colaba por toda la ciudad y la convertía en una cloaca descubierta. Vi llegar al lugar de la cita a Víctor Ramos con su paso ligeramente renqueante, como si alguien le hubiera dado un pisotón en el traslado hacia la oficina. Traía en la mano el documento con mi acelerado trámite de ciudadanía. Se había esmerado un poco en su arreglo, como si quisiera empezar su transición a vampiro con sus mejores galas. Me hizo esbozar una sonrisa.

Me acerqué a él con cautela. Un rápido movimiento de mi daga le cortó la yugular. Me gusta pensar que ni se enteró. Su cuerpo despatarrado quedó tirado en ese callejón, con la garganta abierta, lívido y sin gracia. Tuve la tentación de dejarle algún sello de la familia, pero preferí no aportar nada a la policía: solo un caso más al que darle carpetazo y colocar en el archivo muerto de una gran ciudad.

Tomé su cartera para hacerlo parecer un robo. Ya la tiraría después por allí. El sobre manila con mi documento tenía algunas manchas de lodo y sangre, pero posiblemente terminara en algún cajón de mi biblioteca, sin usar.

Britany

Héctor Cruz Pineda


La patrulla paró en calzada Tlalpan, toda la avenida estaba medio vacía, con una que otra luz de auto pasando en gran velocidad. Yo veía como pasaban como flashes desde atrás de la patrulla, sintiendo como poco a poco mi ojo derecho se iba hinchando. Del lado de la calle solo los anuncios de hoteles y moteles que hay en la calzada brillaban, y bajo ellos prostitutas con cara de aburrición esperaban a algún cliente.

—Es hora de trabajar compañero —dijo el policía en el asiento del copiloto, mientras una risita tonta salía de su boca decorada con un bigote ralo.

El otro policía, gordo y con la cara hinchada se limitó a gruñir aprobando. Con una sonrisa tonta, el policía de bigote ralo salió de la patrulla. Vi cómo se acercaba una de las prostitutas, mucho más alta que el policía y con un vestido tan corto que apenas la cubría en una noche tan fría.

—Oficial Ruíz, ¿cómo estás guapo? ¿Se te ofrece algo? —alcancé a escuchar la voz ronca de la prostituta. Mientras el oficial Ruíz prendía un cigarrillo y reía con más ganas como estúpido.

—¡Jajaja! No preciosa, esta noche no. Tú sabes a que vine, así que, no te hagas pendeja —dijo, mientras extendía la mano. La cara de la prostituta cambio totalmente, con asco y disgusto, la sonrisa coqueta se le borró de inmediato.

—¡No mames Camilo, con lo que te doy a ti y a Juan me quedo sin nada!

—Si quieres te meto a la patrulla, le haces compañía al drogo que tengo ahí atrás.

—¡Huevos! —le gritó, pero de mala gana le dio un pequeño fajo de billetes.

—Ya está. Ahora lárgate que estoy trabajando.

—Vale, ya quedamos preciosa. Solo un favorcito más. Acá el compañero, anda buscando a Britany ¿de casualidad no la haz visto?

—¡Ash! —soltó de hartazgo la prostituta—. Estaba en la esquina de más adelante, con un cliente.

—¡Gracias, y suerte en el trabajo! —gritó burlándose de ella, mientras entraba en la patrulla. Se andaba riendo como si hubiera escuchado un buen chiste, en lo que contaba los billetes que antes le habían dado.

Yo me quedé pegado a la ventana viendo a las chicas, y la misma que le dio el dinero al oficial Ruíz me pintó dedo. Oía como pasaba sus manos flacas en los billetes y reía con una sonrisa simplona.

—Su parte compañerito —le entregó unos billetes y el otro policía solo gruñó, agarrando el dinero—. Y me dicen que aquí adelantito anda la Britany, pero a ver si la encontramos, que está atendiendo a otro caballero —dijo con voz burlona, aunque parecía que al otro oficial no le importó.

La patrulla avanzó lentamente por la calzada, y llegamos a la siguiente esquina. Estaba muy oscura, el poste de luz estaba fundido y se podía oler a orines de vagabundo. Más al fondo en la calle oscura, se veía un montón de bolsas de basura negra y encima una capa de piel, parecía un perro acostado. Estacionaron la patrulla, apagaron las luces, y el oficial Ruíz tiró por la ventana su cigarrillo.

—Se me hace que no está, mi querido compañero. Ni modo, ya mejor mañana vuelve.

Su compañero volvió a gruñir, pero no movió el auto. Con el auto detenido en medio de la oscuridad, sentí como aumentaba el frío de la noche, sobre todo, me entraba frío donde me habían golpeado, en el abdomen y las piernas. Empecé a toser y temblar, tratando de acostarme en la parte de atrás.

—¡Cállate cabrón! —gritó el oficial Ruíz—. Y te sientas bien, estas arrestado, cabrón, no es un motel barato para que descanse la princesa.

Mientras me volvía a sentar en el asiento, volteé a mi derecha, mi ojo hinchado estaba casi cerrado, y de la calle oscura pude ver una sombra acercándose poco a poco a la patrulla. Era la figura de una mujer, delgada, pero desde la sombra se notaba voluptuosa, su andar era hipnótico, sin prisa cada paso revelaba su figura sexy y de a poco unos tacones sonaban. Cuando llegó junto a la ventana de Ruíz, reveló su rostro fino y pelo tan oscuro como la calle de donde salió.

—Hola Manuelito —dijo con una voz aguda y femenina—, ¿cómo haz estado?

El oficial al volante, con su cara regordeta y nariz chata estaba serio, pero noté en sus ojos un deseo muy raro, estaba concentrado en el rostro y cuerpo de la mujer. Gruñendo le dio un codazo a Ruíz y lo obligo a bajarse de la patrulla.

—Ya voy compañerito, no hay necesidad de la violencia —dijo mientras bajaba y corría a abrir la puerta de atrás donde yo estaba recargado—. Tú disculparas preciosa, pero vas a tener compañía de este animal. ¡A ver wey, muévete y hazle espacio a la señorita ¡Permítame limpiar el cochinero que trae aquí este cabrón, ¡ya está! Siéntese, señorita.

Britany se sentó junto a mi sutilmente, con elegancia, mientras Ruíz cerraba la puerta. No podía evitar mirar a Britany, había algo en ella que hacía que no le quitara los ojos de encima, su piel era tan blanca que parecía brillar en medio de la oscuridad del lugar. Y más se notaba por la brillantina que parecía tener en su cuerpo. En ese momento ella volteó a verme, y me dio una sonrisa coqueta con sus labios rojos intensos. Pero de sus ojos noté un brillo verdoso que me asustó, porque no se movían, parecían ojos muertos.

La patrulla avanzó por la calle oscura de donde había salido Britany, se paró justo al lado de la pila de bolsas de basura. No podía dejar de notar el brillo de la piel de la chica, también que el frío era casi insoportable en mis huesos y manos, inclusive los policías y yo exhalábamos vaho, solo Britany parecía cómoda.

—Ahora sí. Date gusto compañerito. Aquí yo te cuido al drogadicto de atrás, y pues disfrutaremos el show. ¿O no, mi pendejo? —dijo Ruíz volteándome a ver desde el retrovisor.

El oficial Manuel volvió a gruñir, mientras con fuerza abría su puerta y salía con trabajos de la patrulla. Yo seguía temblando por el frío, mientras veía a Britany, sus ojos con un brillo verde raro y muertos, su piel brillosa, o acaso ¿viscosa? Esta pregunta pasaba por mi mente, cuando del oído de la mujer empezó a brotar un líquido verde espeso, que resbalaba lentamente por su cara. No pude evitar gritar, mientras el corazón se me aceleraba y traté de abrir la puerta con pánico. Ella se limpió el líquido con la mano, se me quedó viendo y lentamente lamió su mano con una sonrisa juguetona.

—¿Qué paso drogadicto? ¿Te dan miedo las mujeres? ¡Ya cállate! O voy a ir ahí atrás a terminar de romperte tu jeta de animal que tienes.

El oficial Manuel abrió la puerta de Britany, pero ella no dejaba de verme, sonriendo, aún con restos del líquido verde en sus dientes. Con gentileza el policía la sacó de la patrulla. Yo traté de salir gateando por esa puerta, pero de la nada volví a sentir todo el puño del policía gordo en mi mandíbula, lo que llenó de sangre mi boca. El oficial cerró la puerta y me quedé solo con la risa estúpida de Ruíz.

—Tú no te preocupes cabroncito. Solo disfruta el show. ¡Jajajajajaja! ¿Dónde está mi linterna? Quiero ver.

Me levanté como pude, y limpié la ventana empañada de la patrulla. Afuera, junto a la basura, el oficial Manuel estaba pegando contra la pared sucia y despedazada a Britany. Apenas se distinguían en la oscuridad, y solo se oían sonidos de atragantamiento. En ese momento la linterna de Ruíz se encendió, y mis ojos vieron algo que al día de hoy no encuentro explicación.

La linterna mostró a Britany parada desnuda, con la boca enorme y abierta, su mandíbula llegaba hasta las rodillas y unos dientes desiguales como pedazos de vidrio se mostraban. De la enorme mandíbula abierta parecía que salía una enorme lengua roja y viscosa, que chorreaba ese líquido espeso, que caía lentamente en gotas al suelo. La lengua estaba alrededor del oficial Manuel como una anaconda carmesí, cargándolo, lo estaba introduciendo en su boca; ya solo podíamos ver la mitad baja del policía, el resto se perdía en la oscuridad de las fauces del monstruo. Ruíz y yo nos quedamos congelados ante la escena, no podíamos quitar los ojos de lo que veíamos. Vimos cómo, lentamente, mientras se atragantaba, iba introduciendo en su interior lo que sobraba del oficial Manuel. Su lengua fue poco a poco regresando a su interior, mientras la criatura chorreaba de todos sus orificios el líquido.

Cuando terminó, su mandíbula empezó a retorcerse, parecía que le causaba mucho dolor. Pero terminó por quedar como la había conocido. En todo ese tiempo no parecía habernos notado, o simplemente no le importamos. Desnuda empezó a caminar hacía la calzada, y volteo a verme, con esos ojos muertos, se limpió la boca roja del líquido verde y me lanzó un beso. Se volteó y siguió caminando, en ese momento Ruíz apago la linterna.

Por fin pude moverme, mi cuerpo se descongelo y me despegue de la ventana de la puerta. Ninguno de los dos habló, escuchaba el sollozo de Ruíz en la oscuridad del auto. Mi cabeza estaba reventándome, y me acurruque con el frío de la noche. No recuerdo haber dormido, tal vez si lo hice, no estoy seguro, pero cuando el Sol salió, Ruíz abrió la puerta de atrás. Salí a rastras, me dolía todo el cuerpo, ya afuera vi el rostro de Ruíz, perdido, con ojeras y no parpadeaba. No me dijo nada y yo tampoco a él. Caminé a la calzada, las prostitutas ya no estaban y su lugar era tomado por un mar de gente saliendo y entrando al metro.

Llegue a una pequeña farmacia, pedí que me atendiera un doctor, aunque el encargado me vio con asco me dijo que me sentara en la sala de espera, el doctor no iba a tardar en llegar. Así que me senté, y esperé en silencio.

Limo y sangre

Miguel López González


Un auto a toda velocidad derrapa dejando una estela de polvo, se detiene a escasos centímetros de la orilla de un canal. El conductor baja con mucho cuidado de no caer a las aguas negras y se dirige a la parte de atrás del auto. Una segunda persona abre la puerta del pasajero; cuando coloca el primer pie en la tierra sucia, corta cartucho de una reluciente escuadra de 9mm y acompaña al otro sujeto.

Juntos abren el cofre de su automóvil y sacan a un hombre que está atado de pies y manos, con la boca amordazada por un cinturón cubierto de su saliva espumosa. Lo toman de los hombros y pies para arrojarlo con fuerza al suelo seco y duro. El gatillero le apunta, este se pone de rodillas con mucha dificultad; el otro tipo se acerca sereno y retira el cinturón que le tiene la boca cerrada

—Puto asco, ya me llenaste de baba, pendejo.

—Perdón, perdón. No me hagan nada, no diré nada, ya tienen mi cámara. Déjenme aquí y no me volverán a ver, yo veo cómo me regreso.

—¿Cómo ves a este wey? ¿A poco crees que te vamos a dejar ir así nomás?

—No carnalito, a ti no te queda de otra más que un balazo.

El rostro del hombre que pide clemencia se transforma de manera drástica. Pasando por el miedo absoluto, el color de su rostro cambió a un pálido casi como el color de sus dientes. Bajó la mirada comprendiendo su situación mientras lloraba.

—Mira este wey, ya se orinó, ¡ja, ja, ja, ja!

—Muchos huevos pa’ tomar fotos de nuestros bisnes, pero ya a la mera hora te frunces, pinche zacatón.

Los sollozos paran y levanta la vista hacia sus dos captores, los ojos reflejan una enorme furia, inyectados de sangre y casi saliéndose de las órbitas.


—Par de pendejos, me van a matar, pero no crean que no sé cómo van a terminar. ¡Bien pinches muertos, de seguro por alguna pendejada que se les va a regresar como siempre les pasa a vergas como ustedes! Qué pinche lástima que no voy a estar para verlos todos cagados del susto como yo.

El par de criminales abren los ojos sorprendidos por el cambio de actitud, aunque se echan a reír segundos después.

—Ay compita, que mamadas dices. Ya métele un balazo a ese ojete.
Un tiro en medio de los ojos, con una ligera inclinación hacia la derecha, acaba con la vida de su rehén. De nueva cuenta, lo toman de los pies y hombros, arrojándolo al canal; por un último segundo, antes de que cayera a las aguas contaminadas, aquellos hombres observan su rostro, el de un hombre muerto con mucha ira. Suben a su destartalado auto marchándose a toda velocidad.


Kilómetros más adelante de ese mismo canal, hacía tiempo se había gestado una forma de vida particular. Se trata de una masa viscosa, burbujeante y de un apetito insaciable. Su morada consiste en un tapón enorme de basura, con el tamaño de un campo de fútbol, y aquella sustancia se encuentra al frente de ese corcho de podredumbre urbana. ¿Su origen? Desconocido, ¿cuánto tiempo lleva ahí?, quizá años, tal vez antes de que se formara el tapón (o el tapón se formó debido a ella, difícil de saber). Su dieta consiste, principalmente, en todo lo orgánico que es llevado ante ella por la corriente del canal: desperdicios alimenticios, desechos médicos de hospitales, y cadáveres de animales que caían al canal o que sus dueños los arrojaban para deshacerse de ellos cuando morían.

Las sucias corrientes llevan el fiambre de aquel hombre de forma lenta pero directa hasta donde aquella masa amarillenta y gelatinosa se encuentra. Es bien recibida, pues, aunque la cosa viscosa había comido perros de tamaño no mayor a un rottweiler, lo más probable es que nunca se haya topado con semejante festín. Comienza devorando los pies, es fácil para ella, su composición y condición de ebullición perpetua, le resulta práctica para consumir de manera rápida la carne, con los huesos se toma un poco más de tiempo, aunque solo es cuestión de segundos extra el ingerirlos. Al momento de llegar a la cabeza consume primero los ojos, deslizándose por las cuencas entrando directo al cerebro. En el instante en que lo termina un ruido chirriante es emitido por la masa.

Aquel limo se retorcerse, tiembla, se hace jirones y finalmente se derrite para volverse a unir en su habitual constitución en un abrir y cerrar de ojos. Algo ha cambiado después de aquellos movimientos, comienza a moverse de manera lenta, precavida o quizá asustada; se arrastra contra corriente sin dificultad y al mismo tiempo va consumiendo lo que llega hasta ella, el hambre no la ha abandonado. Comió un par de ratas que se encontraban cerca de la orilla del río, las atrapa transformando partes de su cuerpo en tentáculos finos, rápidos como látigos; una nueva habilidad ha sido adquirida.

Sigue su camino, surcando las aguas del sucio canal, saliendo de ellas un poco para atrapar algún animal hambriento. Un perro blanco de pelo rizado se acerca a ella; la masa reacciona y el perro emite un quejido fugaz, el cual, es sofocado por los apéndices amarillos que rodean su pequeño hocico; en el forcejeo para llevarlo hasta donde se encuentra su depredador, el collar azul que llevaba puesto se rompe y queda cerca de la orilla. La placa mostraba un grabado con el nombre de “Muñeca”.

Después de ese peludo tentempié, retoma su trayecto, aunque un poco lenta, pues consumir aquel cuerpo humano y a Muñeca le ha hecho ganar peso; debe comer más para compensar el gasto calórico que le provoca su nuevo tamaño.
El atardecer ilumina el cielo con una mezcla de ligero violeta y un anaranjado crepuscular, los últimos rayos de sol que caen sobre aquel monstruo le dan una tonalidad casi dorada y llamativa que sobresale en las aguas negras. Cerca de una orilla del canal, un niño, no mayor a diez años, que, con una improvisada red hecha de rafia, recoge la basura que pesca de las aguas; recolecta latas y botellas, lo demás lo regresa. Arroja la red de nuevo, el subirla le presenta un gran esfuerzo, sin embargo, cuando vislumbra esa enorme cosa dorada consigue más energía; desea eso tan brillante.

Aquella sustancia glutinosa responde de manera violenta, recorre la red tomando su forma y llega hasta los delgados brazos del niño, él grita horrorizado. El alarido es escuchado, aunque solo por otro pequeño que al ver aquel lodo denso y áureo derretir el rostro de su hermano mayor, echa a correr lejos de la asquerosa y violenta escena. Los huesos del infante, al poseer una mayor flexibilidad, son más rápidos de consumir, así que, al terminar de ingerirlo por completo, la masa, ahora de un color amarillo más oscuro, toma la forma de una pelota y se va rodando hasta el canal. Parece empecinada en seguir navegándolo.

Al anochecer, y después de mucho viajar, la criatura llega a lo que parece ser su destino: el lugar donde una noche antes el hombre al que había devorado fue asesinado. Por fin se anima a salir en su totalidad del canal, se arrastra un poco, pero se detiene después de unos metros, es lenta, muy lenta. Al cabo de unos segundos comienza a separarse en algunos fragmentos, unos pequeños y otro más grande; al final, los más reducidos adoptan la forma de ratas, y el más grande, en aquel perro llamado Muñeca. Al terminar su transformación, los falsos animales se dispersan; el perro pegó su nariz al suelo y comenzó a caminar mientras olfateaba.


—¿Ya viste bien las fotos que nos tomó el wey de anoche?

—Nel, ni tiempo tuve. ¿Salí guapo?

—Ya quisieras, wey. Pinche chango, nos tomó bien atorados, wacha acá se ve como nos entregan los paquetes de coca.

—Iiiiii, no pues si nos había agarrado bien acá. Lo chido que se la peló el wey. Te rifaste con el plomazo, padrino.

—Simón, pero no te creas we, si me sacó de pedo. El vato se fue bien enchilado.

—Al final le salieron los huevos, lástima que ya lo habíamos agarrado.
La plática es interrumpida por golpeteos en la puerta de la casa en obre negra donde esos tipos se encuentran. El llamado a la puerta de aluminio suena desesperado y al final de cada toquido se escucha como si algo se restregara en ella.

—Cámara, wey. Ponte vergas. Suena raro.

—Simón, deja saco mi cuete.

Uno de los hombres, el portador del arma, se acerca a la puerta tomando sus precauciones mientras los toquidos siguen. El otro tipo abre de súbito; una chica con las manos ocupadas cargando una hielera que parecía muy pesada era la que estaba tocando.

—Ora, weyes. Ni me abren y esta madre está bien pesada.

—Pinche Lupe, nos asustaste.

—Pa’ la otra si te meto el balazo.

Uno de ellos sujeta la hielera que le entregó la mujer, ella lucía muy feliz y sorprendida.

—’Iren lo que me encontré de camino pa’ acá. Está bien chistoso, ¿verdad?
Detrás de ella, un can con el pelaje y ojos ocre asoma su cabeza y corre para meterse dentro de la casa.

—No mames Lupe, saca esa madre o le voy a tirar un plomazo.

Aquel hombre le apunta con la pistola al extraño perrito; esté comenzó a vibrar y burbujear hasta disolverse en un charco amarillento. En su shock, el dedo del matón aprieta fuerte el gatillo en dos ocasiones, dejando dos agujeros sobre aquel líquido viscoso que cierran casi al instante. Esa acción parece molestar de sobremanera al fluido; este se abalanza sobre el pecho de su atacante comenzando la ingesta.

—¡Ayúdenme, culeros! ¡Esta madre me está quemando!

Los otros dos presentes se quedaron paralizados al ver semejante suceso, con los ojos bien abiertos y las piernas temblando.

Detrás de Lupe aparecieron algunas de las ratas amarillentas; corren con gran agilidad para arrojarse como proyectiles al pobre infeliz que ya estaba con el costillar expuesto. Las ratas se unen con la masa para aumentar su tamaño y abarcar por completo el tórax y las piernas, las cuales al verse consumidas por completo hicieron que el cuerpo cayera de lado y así le fuera más fácil de consumir.

—Ayúdenme…

Ese débil susurro proveniente de lo que quedaba de la cabeza de su compañero espabila a los dos que quedaban. Lupe huye aterrada por donde vino, gritando y manoteando al aire, pensando tal vez que puede tener pegado algún pedazo de aquello tan grotesco que la devoraría. Por su parte, el hombre restante corre a la parte trasera de la casa, atravesando una reja derribando unos tambos de plástico azul en su pavorosa carrera, provocando que cayera de cara en el pasto seco del traspatio. Aturdido, levanta la mirada para ver la figura de un niño.

—Niño, niño, ¡ayúdame!

Sujeta por un pie al pequeño y su mano comenzó a derretirse, la retira de manera abrupta dejando ver un muñón con una horrible quemadura. El infante se disuelve de manera lenta, a su vez, la otra parte de la criatura sale de la casa de forma tranquila, todavía se aprecian algunos de los huesos del primer hombre en su interior; su color ahora luce azafranado por la cantidad de carne que ha comido.

—¡Mi mano, mi mano!

Antes de que el chiquillo tomara su verdadera forma por completo, la cabeza queda por encima de un charco grumoso, similar a alguien asomando su cabeza por encima del agua para tomar aire. Sus labios comenzaron a hablar con un sonido acuoso y pesado:

—MirA Esste weEy, ya sE Ooorinó, jAaa, jaaa, jAa, jaAa.

El otro fragmento réplica esa risa asquerosa y sobrenatural; le responde:

—AaaA laa meeEra hoOora te frUuncees, jjaja, jAaa, jAjja, jAa.

Ambas plastas se dirigen hacia el infeliz para poder degustarlo de forma tranquila; él se retuerce y llora, pues nada puede hacer. El limo hace pequeños cortes sobre la piel y se introduce por ellos, aunque todo lo disolvía en cuestión de segundos, esta ocasión se dilató, lo estaba disfrutando. La fibra muscular se transforma en pudín de carne, los nervios se trozan cuales cuerdas podridas, el cartílago que cubre los huesos es retirado como un envoltorio de papel. Lo único que deja aquel ser es el cerebro, lo saca de sí misma, semejante a cuando un niño pequeño escupe alguna verdura

Al finalizar todo, la masa se funde en una sola, ahora es una sustancia color granada, brillante por las pocas luces de las casas. Toma de nuevo la forma de bola, solo que ahora aún más grande que la primera vez; rueda tranquila y satisfecha, retomando su camino hacia el canal. Se da un gran chapuzón en aquellas aguas negruzcas, desplegando todo su volumen y nada a contra corriente, pues la ruta que eligió es la que le lleva de vuelta a su hogar.

Allá lejos y hace tiempo

Por Miguel Ángel Castelo


En uno de los tantos domingos que salía de trabajar, dando gracias a Dios que ya no iría lunes y martes, me desvié a casa de mis padres. Hacía algunas semanas que no los visitaba. Cuando llegué, me llevé la grata sorpresa de que mi tío Ambrosio, hermano de mi papá, y su esposa Avelina llegaron desde la Ciudad de México. La última vez que los vi fue cuando estaba en cuarto semestre de preparatoria. Los saludé gustoso. Mi mamá me ofreció, aparte de una silla, un vaso de Coca Cola bien fría y, de paso, sirvió también a mi tío. Mi tía rechazó el refresco, pero aceptó una manzana.


—Hace tiempo, a una de mis hijas se le hinchó la cara. El lado derecho. Así nomás, como si le hubieran pegado. Fuimos con los doctores y le dijeron que estaba bien. Que si no era alérgica a nada —dijo mi tío.
—Capaz que era ojo… —habló mi papá, mientras soplaba su café para dar un sorbo.
—Una vez a mí el ojo derecho se me infló como globo. ¿Se acuerdan? —volteé a ver a mis papás.
—Sí. Estuvo feo. Creí que le iba a explotar el ojo —dijo mi madre.
—¿Y tú lo curaste? —preguntó mi tía Avelina.
—Sí, lo curé —respondió mi papá.
—Ambrosio también es brujo —contó mi tía mientras mordía la manzana.
—Pues es que nuestro abuelo nos enseñó. ¿Sí o no, carnal? —mi papá dio una palmada en la espalda su hermano.
—Sí. Nuestro tata Macario sabía mucho. Nomás que ya no le hago a eso.
—Fue desde aquella vez que llegaste de madrugada, todo blanco y frio —dijo mi tía mientras masticaba otro pedazo de manzana.
—Sí, lo recuerdo, nomás que no te lo he contado —mi tío se acomodó en su lugar. Yo bebí un poco de Coca.
—De verdad doy gracias a Dios —se levantó levemente la gorra que traía—, que ese día llegué a la casa. Esto ya pasó hace tiempo y creo, mujer, aprovechando que estamos aquí, es hora de contarte:



En una noche de borrachera, tú te has de acordar bien, estábamos como cuatro o cinco en el patio de la casa. Nosotros vivimos en la Xico. Casi cada semana nos juntábamos algunos vecinos a tomar y esa vez llegó un señor que no había visto. No estaba tan grande, tenía como 35 años. Conforme pasaba la noche, llegó la mujer de este chavo.
—¿No te da vergüenza, Elías? —así se llamaba este amigo. Hasta ese rato supe su nombre—, saliste de trabajar a las 6 de la tarde y prefieres tragar mierda que ver a tu hija enferma —La voz de la señora, aparte de enojada, se oía muy triste.
—¿Qué le pasa a su hija? —le pregunté yo.
—Nada —Me contestó de rápido él —. Está mal de su cabeza.
—Esa es tu gran explicación. Yo sé que mi niña no está loca.
—Conste que yo no lo dije —le contestó casi riéndose el marido. Aquí ya empecé a dudar y le volví a preguntar a la señora.
—Pues nomás se la pasa en el rincón del cuarto como agachadita. Dice que en el techo andan caminando gatos negros y que se le quieren aventar encima, que la quieren arañar —la señora empezó a llorar—. No sale en el día, ni a la escuela la puedo llevar. Y a veces, en las noches, camina sola para afuera de la casa, pero está dormida. Y no la despierto porque dicen que es peligroso.
—Ya te dije, Pilar, que esa chamaca está loca. Se debe internar antes de que nos haga algo a tí o a mí —dijo Elías.
—¡Tiene 12 años! ¡No nos puede hacer nada!
—¿Le ha notado golpes? ¿O que su color es diferente? —le pregunté.
—Sí, en los brazos sobre todo y cada día está más pálida. Pareciera que la muerte la reclama.
Me puse a pensar mientras ellos discutían. Recordé que en el pueblo le pasó lo mismo a una chamaquilla y nuestro tata la curó. Me acabé la cerveza y me levanté.
—¿Me deja ver a su niña? —le dije a la señora en buen plan.
—¿Y tú qué sabes? ¿Eres doctor o qué? —Elías también se levantó y se me puso muy cerca, como si me quisiera pegar.
—Esto no es cosa de médicos.
—¡Creencias de gente pendeja!
—¡Cálmate, Elías! —le gritó la mujer.
—¿De veras usted sabe curar?
—Sí —le dije—. Yo sé de esas cosas.
—Créame que la he llevado con muchos doctores, hasta particulares, y ninguno me ha sabido dar respuesta. Vamos, pues. No pierdo nada con que usted la vea.
Y pues me llevó a su casa en Tláhuac. Pasé a ver a la niña y sí, estaba bastante mal. Pareciera como la niña de la película esta “El aro”: blanca, blanca, con el pelo negro, negro para enfrente, con moretones en las piernitas y los bracitos. Le hablé y me miró muy feo, como si estuviera endemoniada. Le pedí a Elías que se saliera del cuarto. Se enojó mucho más que cuando me ofrecí a ver a su hija, pero se salió mentando madres.
—Mija, este señor te va a curar —le dijo su mamá.
—¿De veras, mamá? —preguntó la niña.
Para ese rato su mirada se le cambió a algo más normal.
—¿Ya no se me van a venir los gatos encima? —me preguntó la niña.
—Pues vamos a hacer lo posible —le contesté—. Acuéstate en tu cama, así como estás.
Cuando se acostó, accidentalmente se le alzó un poco el shortsito negro que traía puesto y le alcancé a ver unas marcas como de dedos arriba de las piernas, casi en el muslo. Le dije a Pilar que le alzara más la ropa y, aparte de las marcas, había golpes. Pedí tres huevos criollos, alcohol, ruda, albahaca y pirul. Me salí junto con la señora y vi a Elías en el marco de la puerta fumando, muy quitado de la pena. Pilar lo mandó por las cosas y él, de mala gana, salió a la calle. Me quedé afuera y al rato llegó Elías. Se me quedó viendo como con desprecio.
—No hubo huevos criollos. Nomás de los normales.
—No le hace. Sirven para lo mismo.
—¿Quién te enseñó?
—Mi abuelo. No sé si era brujo, pero de que sabía, sabía.
—Bueno, pues ya veremos.
Entramos juntos al cuarto de la niña. Encima de una mesita puso las cosas. Cuando me acerqué a tomar las hierbas, empezó a oler como a drenaje, pero horrible, tanto así que me mareó el aroma. Mojé con un poco de alcohol mi mano y la acerqué a la nariz. Armé el manojo, le eché alcohol, me persigné y empecé a ramearla por todo su cuerpito. Desde arriba hasta abajo. Bien, bien rameada. Mientras rezaba un Padre Nuestro, me andaba mareando, ya no por el olor, sino por la vibra que se andaba quitando. Después le pasé los tres huevos, de uno en uno. Ahí me vinieron más mareos, pero logré acabar.
—¿Tienes gasolina? ¿Petróleo? ¿Algo fuerte para quemar? —le pregunté a la señora.
—Sí —me dijo. Me llevó gasolina, una caja de cerillos y salimos a la calle.
Puse los tres huevos en triangulo, eché suficiente gasolina. Les pedí que se alejaran un poco para que no les cayera llama. Elías se quedó en la puerta de nuevo, fumándose otro cigarro. Prendí un cerillo, lo aventé y en cuanto prendió, la lumbre se alzó alto, muy alto y los huevos empezaron a tronar, como si anduvieran echando balazos.
Cuando acabó de tronar, a lo lejos se escuchó unos gritos, pero fuertísimos, como si alguien se estuviera quemando. Nos sorprendimos mucho, la sincera verdad. Ardió por mucho tiempo eso y hasta remolinos se hacían y eso que no había aire. Yo nomás rezaba. Ya que se quemó bien todo, fuimos a ver a la niña. Estaba dormidita, pero el color le volvió. Fui todavía a curarla unas tres o cuatro veces.


—Pero no fue ese día. Fue más después, que llegaste al día siguiente —interrumpió mi tía.
—Espérate, mujer. Esto nomás fue un… ¿cómo le llaman a esto? Cuando quieres explicar antes…
—Un preámbulo, tío… —le dije yo. Volví a dar un sorbo a mi vaso.
—Ándale, un preámbulo a lo que pasó esa vez:


Varias noches después, Elías volvió a la casa a tomar. Ya andaba más calmado. Me llamó aparte, ya bien borrachos.
—Te voy a invitar a una fiesta, como agradecimiento por la curada de mi hija.
—No fue nada —le dije yo—. No te preocupes. Es más, hasta creí que no te importaba tu chamaca.
—Pues ya ves, uno que le anda jugando al descreído. Ándale, no me desprecies. Nos la vamos a pasar bien —me dijo.
Y pues le dije que sí. Nos fuimos caminando de Xico. Caminamos casi una hora. Empecé a ver que nos alejábamos de la colonia. Nomás veía las casas allá lejos con sus lucecitas bien chiquitas. Llegamos como a un desierto.
—¿Cuánto falta? —le pregunté. Ya andaba cansado.
—No mucho —me dijo—. Es nomás aquí adelante. Ya mero llegamos.
Bueno, seguimos. Ya llegamos a un cerro. Había unas cuantas casitas en la base. Caminando más derecho, vi como una cueva que se metía adentro del cerro. Se miraba una luz, pero como roja y en la entrada, un montón de muchachas bonitas. Entramos, nos acercamos a la barra, él pidió cerveza y tomamos otro poco. Una de las muchachas se me acercó y me dijo que si no le invitaba una cerveza. Le hice seña de que se fuera, que no tenía dinero. Andaba muy cansado y me quería ir, pero Elías me dijo que nada más nos acabábamos esa cerveza y me llevaba de regreso.
Como a la hora ya nos salimos los dos. Empezamos a caminar de regreso y cuando andábamos por el desiertito ese, empezó a oler como a quemado. Caminé otro poco y, luego, luego, salieron de la nada unas llamaradas bien altas y como a unos metros enfrente de mí, una lumbrada como de dos metros de alto, pero bien roja. Todo alrededor se veía. Sentí que alguien estaba tras de mí y que me agarra del cuello con su brazo.
—¡Ahora sí! ¡Te voy a matar, brujo jijo de la chingada! —por la voz, reconocí que era el papá de la niña. Inocentemente caí en una trampa.
—Yo no te he hecho nada. ¿Por qué me quieres matar? —empecé a escuchar muchas voces, pero muchas, como si estuvieran cantando en la iglesia.
—Ahora te voy a mandar con el Hermano… —me dijo.
Al otro lado de la lumbre, vi sombras, pero de a madres. Estaban encapuchadas y nomás se les veían los ojos rojos, eran como del color de la sangre. Como pude me le zafé y corrí. Hasta la borrachera se me bajó. Conforme me alejaba, las voces se escuchaban más y más lejos. Cuando vi casas, empecé a tocar las puertas, pero nadie me escuchó. Me escondí en una barda. Yo nomás oía los gritos de aquel: «¡Sal, brujo jijo de la chingada! ¡Te voy a matar! Hijo de tu puta madre, ¡sal que te mato!». Y pues no salí y no salí, hasta que ya no lo escuché.
Corrí viendo hacia atrás, hasta que llegué como a una carretera. Fácil eran las tres de la mañana. No tenía ni un peso y no pasaban carros para la ciudad. Anduve un buen tramo, hasta que me encontré con una pareja de viejitos en una carretita jalada por dos burros. Andaban los dos de blanco, pero la señora traía un rebozo azul cielo que le tapaba la cabeza, pero se le veía la cara.
—¿Qué andas haciendo a esta hora, hijo? —me preguntó la señora.
—Me quisieron matar. Ando perdido —le dije.
—¿Para dónde vas? —me preguntó el señor.
—A Tláhuac.
—No mijo. Tláhuac está pa’l otro lado. Camínale pa’allá y llegarás a Tláhuac.
—Gracias.
—Que Dios te cuide —me dijo la señora.
Me fui para donde me dijeron. De rato volteaba y ya no los vi, ni se oía el ruido de la carreta. Se fueron para el silencio. En ese momento ni me importó. Luego vi una panadería. Ya tenía la luz prendida. Me acerqué a tocar y no me quisieron abrir. A lo mejor me vieron desde la ventana y pensaron que les quería robar. Seguí caminando y como a la hora vi una luz. Era una combi. Le hice señas y se orilló. Creí que se pasaría de largo.
—¿Qué te pasó?
—Me quisieron matar.
—¿Y eso?
—No lo sé.
—¿Para dónde vas?
—A Tláhuac.
—¿Y de ahí?
—A Xico.
—Súbete, te llevo.
Y me llevó hasta la base para agarrar el carro a Xico. Cuando me bajé ahí, me dio dinero para pagar el transporte a la casa. Ya andaba amaneciendo. Llegué casi a las siete de la mañana.
—Ya llegué, gracias a Dios. Bendito Dios que ya estoy en mi casa.
—¿Tú qué traes que andas bendiciendo tan temprano?
—Ya llegué, mujer —me quité la chamarra y me acosté—. Abrázame, por favor.
—No, vete para allá. Andas muy frio.



—Ese día que entró al cuarto, lo vi blanco, blanco. Y le toqué la mano y estaba fría, fría, peor que muerto —dijo mi tía mientras soltaba una risita y tiraba la basura de la manzana.
—¿Y en qué acabó todo eso? —preguntó mi papá.
—Resultó que Elías estaba abusando de la niña, por eso los moretones en las piernas. Y aparte, me dijo Pilar después que, a los días, llegó una mujer toda quemada a su casa a pedirles perdón. Ella confesó que Elías la buscó para hacerle un trabajo a la niña para que la mamá no se enterara de las barbaridades que este cabrón le hacía.
—Pero también a él le fue mal —dijo mi tía—. Como a los dos meses, lo encontraron muerto bajo un puente. Según, que por sobredosis de droga.
—Eso dicen, mujer. Cuando haces el mal se te regresa y al doble. Yo por eso nomás le pido a Dios —volvió a levantarse la gorra— que nos vaya bien. Este mundo está lleno de maldad.
Mis tíos se irán mañana. Una verdadera lástima. Estoy seguro que como esta, tienen más historias, pero ya no me tocará oírlas hasta que ellos vuelvan. Espero que se animen a volver.

El container

Autora: Carmen Macedo Odilón


«Nadie aguanta más de una semana en esta chamba». Fueron las palabras que un apenas despierto jefe dirigió con aire senil a Damaris, su nueva empleada, sin molestarse en explicar más.


En los alrededores del muelle, los contenedores oxidados armonizaban con las olas de espuma aceitosa. Cajones inmensos de acero donde Dios ocultaba lo que no quería mostrar a los creyentes: un depósito de granadas decomisadas, dos toneladas de fayuca y los futuros muebles de un junior a quien se le cruzó la aduana. Damaris se haría cargo del container REST 901366 6, repleto de cajas envueltas en plástico de burbujas. A diario, debía correr los pasadores, abrir las puertas metálicas y limpiar caja por caja para espantar a las ratas, con la esperanza de que alguien acudiera a reclamar la mercancía.


El interior del container le recordaba a la celda de aislamiento, solo que más limpia y sin las paredes pintarrajeadas. Veinte años atrás, jamás hubiera creído que ese sería su papel en la vida; jugar a la casita en una lata rectangular, solo que sin esposo. «Otra vez». Al medio día, Damaris se dio de golpecitos en la espalda, debajo de la cicatriz de la puñalada ahora sensible al frío. Se sonó la nariz y tosió por el exceso de cloro y la nula ventilación del container. Levantó un rollo de plástico para embalaje que envolvía a medias las orillas de una caja mal clavada, arrumbada al fondo de la bodega.


Un puñado de cucarachas salió huyendo y Damaris no se contuvo de aplastarlas con el pie. «Ahora, a arreglar este desmadre». Quitó el plástico viejo y se asomó al agujero de la caja. Desde la penumbra, una mirada se clavó en los ojos de Damaris, luego la madera se sacudió. La mujer soltó una maldición, y altiva pateó la caja, pero solo escuchó el tintinear de vidrios que se estrellaban. Buscó una barreta y abrió el cajón; pipas rotas con restos de humo, probetas y jeringas usadas. Humedeció su dedo y lo deslizó sobre un mortero para recoger restos de polvo que se llevó a los labios; nada que le sirviera. Dejó todo en su lugar y se fue al albergue.


La siguiente mañana, Damaris descubrió huellas de botas y restos de lodo, así como la falta de la caja de madera. En su lugar, había una de cartón tan envuelta en plástico de burbujas que parecía un enorme huevo de araña al que se le ha aplastado con los dedos. La única orilla visible estaba desgarrada. En el suelo, se expandía un charco de líquido rojizo, tan espeso que reflejaba el techo; con aroma semejante al metal. Familiar y a la vez tan lejano. El cuajo se adhería al plástico mientras que el fluido en descomposición se expandía por el piso. Damaris tomó un trapeador y jergas, trajo dos cubetas de agua, un fardo de periódico, jabón y cloro, el único limpiador que podía contra la sangre. Talló el suelo hasta que las lágrimas le nublaron la vista, entre estornudos y un ardor al respirar. «Pendejos, tan fácil que es desaparecer un cuerpo, lo malo es cuando le echan el pitazo a la tira». Tras una inspección del jefe, Damaris se contuvo el mencionar su hallazgo. «Qué capo, y tan inofensivo que se veía el ruco como para esconder esas chingaderas».


—Se le pasó la mano con el cloro, doñita. —El jefe se llevó el antebrazo al rostro—. Ventílele o nos intoxicamos.


En medio de un inquietante silencio, Damaris siguió sacudiendo y reacomodando las demás cajas, entre excremento de rata, telarañas y peces de plata. A media tarde empezó a llover; un rayo alertó a Damaris a salir del metal antes de que el trueno, que vino también de adentro, hiciera canon con el sacudir de la caja envuelta. El líquido rojo volvió a filtrarse por el plástico de burbujas. Damaris regresó con furia al fondo del container, volteó a todos lados por la sensación de ser observada, tomó con ambas manos el plástico y antes de que se manchara todo a su paso, arrastró la caja hasta la esquina más alejada, mas por la base humedecida, el cartón no resistió y se desfundó. Una gelatina humana, restos coagulados de lo que parecía ser un hombre: vísceras, cabello y restos de piel. La mitad de un cadáver.


«Pobrecito», pensó entre arcadas, «casi igualito que Ignacio». La mujer se acarició la cicatriz de la puñalada, «Algo hizo para acabar así». Se enjuagó la boca con el agua sobrante de una cubeta, y apenas lúcida acercó con la escoba cada despojo para meterlo de vuelta en una caja vacía, a la que tuvo que escribirle el número de inventario por si alguien venía a reclamarla. Buscó el rollo de plástico y cubrió con dos vueltas para que no se saliera nada. La caja vencida tenía una de las orillas hecha jirones e incluso se distinguían marcas de dientes. Damaris trapeó con torpeza y vació el galón de cloro que debía rendirle el mes completo para dejar todo como si nada hubiera pasado. «Ya estoy vieja para estos juegos».


Afuera, apenas si lloviznaba. La mujer cerró lentamente las puertas del container y por el rabillo del ojo alcanzó a distinguir una sombra que se dirigía hacía su hallazgo. Entre los murmullos de la noche, un olfateo salvaje y una respiración asesina se apoderaron de la oscuridad. Ese «algo» destrozaba el cartón recién envuelto buscando alimento, cual espíritu vengativo que demanda su cuerpo arrebatado en esos rincones olvidados de Dios. «Nadie aguanta más de una semana en esta chamba…» Recordó Damaris.

—Perdóname, Ignacio, pero yo ya aguanté veinte años.


La vacante sigue publicada en el periódico.

The summoning of Felinara

Autor: Andrés Lechuga


Título: “The Summoning of Felinara”

Año de realización: 2024.

Técnica mixta sobre marquilla: Prismacolor, acuarela, acrílico, pastel, tintas & hoja de oro.

Dimensión: 42×60 cm

SINOPSIS DE OBRA
Esta obra es la culminación de un proceso que tomo 5 años, el concepto evoluciono a través de varios bocetos, ilustraciones pequeñas e ilustraciones completas que se fusionan para esta pieza. Representa un aquelarre adorando a una diosa recién nacida, durante la noche de Samhain. La obra culmina también una investigación de magia apotropaica de diversas culturas y se integra con la intención original del autor, tener una memoria de/para todos los gatos que
han estado en compañía de la humanidad y han partido en situaciones lamentables y dolorosas.


“Familiares fieles e inocentes, guardianes de los sueños, han partido y ahora yacen arropados por la noche. Aun veo sus ojos en las estrellas, escucho su llamado y lloro su partida en 13 lunas”.

Felinara es un nombre original y es parte de una historia en desarrollo de esta obra.