LA PALABRA DE LOS ABUELOS: «La palabra de Kin Tsekan Tiyat, Nuestra Madre Tierra».


Roberto Carlos Garnica


La escritura es mágica y en este preciso instante puedes “oírme” gracias a su poder, pero nunca hay que dejar de abrevar de la ancestral sabiduría oral.
En Papantla, cuna de la hermana vainilla, viven muchos abuelos que desean compartir sus historias. Aquí recupero algunas de esas narraciones y las reelaboro de manera literaria.
En esta ocasión te presentamos un discurso exhortativo, inspirado en la sabiduría totonaca, escrito por Romualdo García de Luna y Roberto Carlos Garnica.

La palabra de Kin Tsekan Tiyat, Nuestra Madre Tierra.

Aún no clareaba cuando Sen (Lluvia) y Jun (Colibrí) se levantaron de la cama. Los despertó un fuerte olor a petróleo. Se sentían mareados. El hedor les provocó náuseas y dolor de cabeza. Cuando salieron del jacal vieron a la Abuela, con su bastón de mando, oteando alrededor.

Lo que vieron Sen y Jun les reventó el corazón: el río, que corría a pocos metros de su hogar, estaba completamente negro, un manto viscoso lo sofocaba. Les impresionó todavía más el semblante de la Abuela: Kiwichat estaba triste y el cielo lloraba lágrimas de sangre. Tambaleando se acercaron a la orilla de Kasltuchoko (el río) y lo que vieron fue aún más desolador: peces muertos flotaban panza arriba.

—¡Abuelita!, ¡las ranas, las tortugas, los lagartos están manchados de negro, están marcados de muerte! —exclamó Sen.

—Hijo, tengo sed, dame un poco de agua del pozo —pidió Kiwichat con un hilo de voz.

Jun se acercó al brocal y al sacar el cubo palideció.

—Abuelita, el agua está negra —sentenció el niño.

Sen empezó a llorar sin consuelo, jamás había experimentado tanto dolor.

Jun oprimió los puños, jamás había albergado tanto coraje.

—¡¿Quién hizo esto?! —gritó.

Kiwichat colocó las manos sobre los hombros de los niños y les dijo:

—Sentémonos aquí, en el suelo. Nietecitos, es momento de transmitirles el consejo de Kin Tsekan Tiyat, Nuestra Madre Tierra.

Y fue así como, en medio de la desolación, Kiwichat declaró:

Esta es la palabra de la Madre Tierra.

Hija mía, hijo mío, detente un momento, ¿hacia dónde vas? ¿Por qué corres? ¿No será que te tropiezas? ¿No será que te olvidas de mí?

Mi niña, mi niño, ¿por qué me das la espalda y huyes?, ¿por qué me haces y te haces daño?, ¿por qué persigues la muerte?

Abre los ojos, levanta el corazón, escucha.

Yo abrazo a todos los seres con amor cósmico, mi sangre y mi carne los alimenta, a todos cuido, a todos hago lugar en mi regazo.

Eres precioso, eres valioso, pero no tengo preferencias, todos son mis hijos por igual: el hongo de chaca, la limonaria, la flor de izote, la ceiba, la acamaya, el barragán, la nauyaca, el chénchere, el tlacuache. Pero a ti te di algo más: la esencia de tu sentir, la esencia de tu vida. Tienes consciencia y, por eso, tu responsabilidad es mayor.

Todos los seres cumplen su misión, todos los seres ocupan su lugar, ¿por qué quieres tú romper el orden?, ¿por qué te tuerces?

Mírame y dime, ¿me estás respondiendo como debe ser? ¿Estás cuidando mis plantas? ¿Estás cuidando mis animalitos? ¿Estás cuidando mis pececitos? ¿Te estás cuidando a ti?

Aún tengo la esperanza de que me protejas, protejas a tus hermanos y te protejas a ti mismo.

Te voy a regalar una palabra dura: me complace que me ayudes, pero no te necesito. La Vida se mantiene a sí misma y puede continuar sin ti. Si te pido que respetes la ley y preserves la naturaleza es por tu bien. Si te empeñas en destruir, hoy o mañana tendré que restablecer el orden.

No es una amenaza. Solo quiero que comprendas que el equilibrio debe mantenerse. El ecocidio es un suicidio.

Te encargo que tus pies desnudos toquen la tierra, que inhales el misterio de la vainilla, que abraces con fuerza a tu abuela Puksnánkiwi (cedro), que atiendas el rezo matinal de la chachalaca, que muerdas el cacao recién molido, que descubras los mil verdes de la hoja del plátano.

Reconoce que en cada rostro estoy yo.

Quiero que crezcas de nuevo y recuerdes que el aire le habla a tu piel, que el café le canta a tu lengua, que la música de Patokgtokg (la primavera) alimenta tus ojos, que los colores del papán real acarician tus oídos, que el río llena de sabor tu nariz. Despierta tu espiritualidad, aprende de la milpa, la naturaleza te habla de mil formas.

Recupera la sabiduría de tus ancestros y comprende que no soy un objeto que se pueda vender. Mi pequeña, mi pequeño, eres parte de mí.

No me mancilles más. El daño está hecho (y no me refiero sólo a lo que hiciste ayer, sino al golpear continuo de más de quinientos años), pero todavía hay esperanza. Es importante que comprendas que la acción debe ser comunitaria y que debes resguardar la semilla.

Hija mía, hijo mío, recupera el equilibrio para que puedas vivir muchas eras más.

Después de este discurso los abrazó un largo silencio. Ahora Sen y Jun, recostados, reposaban su cabeza en el regazo de Kiwichat. Sus ojos miraban negrura y muerte, pero su corazón gestaba otra cosa.

Como en un sueño, se acercó Kiwíkgolo, el Abuelo. Cargaba un venado moribundo, lo depositó con delicadeza en la tierra y preguntó:

—Y ustedes, ¿qué van a hacer?

Roberto Garnica personificando a Kiwikgolo para el Festival Xanath 2023, frente al mural «Costumbres totonacas» del pintor Teodoro Cano, en el Museo Teodoro Cano, en Papantla de Olarte, Veracruz. Foto tomada por Ana Patricia García.
“La palabra de los abuelos” es una columna mensual con la misión de recuperar y difundir mitos de la tradición oral totonaca en la región de Veracruz adaptados por Roberto Garnica  quien se ha desarrollado principalmente en el ámbito académico como filósofo, antropólogo e historiador, ha publicado también en libros y revistas nacionales e internacionales.

Agradecimientos especiales a Ana Patricia García por las fotografías que aparecen en esta entrada.

Al encuentro del Tecuán: sobre la pintura de Enrique García Bruno

Por Pedro Sacristán
Artista Plástico


Las imágenes que se muestran en esta entrada no son aptas para personas sensibles ni menores de 18 años.

El oficio del pintor consiste en transformar el lienzo plano en profundidad, la mancha en luz y el color en carnación, volumen y penumbra. Aquél que lleva esta labor un poco más lejos es quién, además de artífice, ejerce la alquimia al confeccionar sus propias pinturas con toda suerte de pigmentos, aglutinantes y moleta para pulverizar colores pacientemente.


Temple semigraso – Enrique García Bruno


Para quien ha hallado la dicha en la soledad de su oficio y ha domado la locura hasta capturarla en un cuadro, le es dado realizar pinturas que van más allá de lo que ofrecen aquellas obras inofensivas, amables a la vista y que se limitan únicamente a decorar espacios. La pintura, casi convertida en espejismo, en herida abierta y poema, así es como irrumpe el Tecuán en la mirada, con el ímpetu contrario a la atmósfera de calma decadente que caracteriza a las pinturas del género de las Vanitas.


Los Borrachos – Óleo sobre tela – Enrique García Bruno 2024.

Teyollocualóyan propiamente significa: el lugar donde devoran los corazones, esta obra pintada al temple y óleo conduce al espectador hacia un espacio atemporal, una especie de limbo donde la vida termina, las opciones se acaban y el último aliento solo basta para ser devorado.


Tregua – Dibujo a tinta – Enrique García Bruno 2020.

Tecuani es el jaguar, el que come gente, imagen de la muerte que se presenta al final del tiempo, poderoso y terrible como el Saturno de Goya suspendido en la negrura con el cuerpo roto de uno de sus hijos. La transfiguración entre el jaguar y la muerte ocurre bajo una iluminación tenebrista donde se distingue un cuerpo esquelético a través de las transparencias de la piel, la máscara del Tecuán desciende para dejar al descubierto la mirada penetrante del devorador de corazones que se yergue en la oscuridad mostrando garras y dientes en actitud amenazante, es imposible distinguir si se trata de un animal, una persona o una especie de nahual maligno posado sobre una pila de corazones partidos, una red de rojas pinceladas sugieren la sinapsis que conecta cerebro, corazón y estómago, solamente interrumpida por las zarpas del Tecuán cuya triple mirada persigue al observador.


Autorretrato (detalle) – Óleo sobre tela – Enrique García Bruno 2021.

«Teyollocualóyan (El Encuentro)» ilustra la portada del número más reciente de Fanzine Delfos, fue realizado en 2023 aproximadamente en mes y medio, sin bocetos ni trazo preliminar, revelándose a su autor a medida que lo iba pintando. Ésta imagen del momento final surge de los pinceles de Enrique García Bruno quien toma la máscara de la danza de los  Tecuanes de Puebla como fuente de inspiración y durante largas sesiones nocturnas, en compañía de los diablos que habitan su taller, mezcló temple semigraso, brujerías y fondos de aceite negro cocido con litargirio en varias capas para obtener una profunda atmósfera de pintura abierta, sombras en transparencia e impasto con blanco de plomo en las zonas más iluminadas.


In necuepaliztli in nantlalli (Retorno a la madre tierra) – Óleo sobre tela – Enrique García Bruno 2018.

Elementos  esenciales de su proceso son la disciplina, la vocación, la pasión y en definitiva la obsesión. La muerte está presente de manera constante en su obra junto al erotismo que, como pulsión de vida, ejerce un contrapeso ante el miedo y la desesperación. Teyollocualóyan oscila entre varios estilos que van desde el realismo imaginario, el arte visionario, dark art e incluso dark visionary; esta obra induce al espectador a un estado de vigilia como probablemente lo hizo aquel retrato terrible que Óscar Wilde pintó con la palabra.


Enrique García Bruno en el Foro Cultural Goya.

Enrique García Bruno es un artista versátil que ha incursionado en la aerografía, el tatuaje, la talla de ámbar y ónix, escultura e incluso taxidermia. Se presenta a sí mismo inmerso en un mundo de oscuridad, asumiendo el dolor de la muerte con la misma disposición que el placer, ejemplo de ello es su impactante autorretrato con el cráneo empalado en el tzompantli, en avanzado estado de descomposición y a medio comer por los gusanos, acompañado de una máscara cráneo de un sacrificado con cuchillos de obsidiana en nariz y boca; también se ha retratado en dibujos a tinta donde con cruel ironía se muestra con el rostro atravesado por dagas o cuervos sacándole los ojos que, de alguna manera recuerdan a los geniales autorretratos de Julio Ruelas quien solía representar su propia muerte como si se tratase de una broma del destino.


Cara de Niño (Holy Child) – Temple semigraso y óleo sobre tela – Enrique García Bruno 2021.


En la pintura de Enrique García Bruno se distingue una pasión por los temas mexicanos, los mitos prehispánicos, el día de muertos, el paisaje y el bodegón como un pequeño descanso cotidiano del dolor de la vida. El humor y la crítica a la sociedad también son algunos de los elementos que componen el cuerpo de sus obras, así como el desafío constante de hallar la belleza en lo grotesco y el placer en el dolor, ejemplos de esto son las pinturas «Cara de Niño (Holy Child)» e «Imagine» que fueron exhibidas junto con «Los Borrachos» en el evento de presentación del cuarto número de Fanzine Delfos en el Foro Cultural Goya el 30 de agosto, en una pequeña pero nutrida exposición en compañía de las pinturas de Gabriel García Morales y Mario Sánchez Martínez.


«Teyollocualóyan (El Encuentro)» formó parte de la exposición Felinos de México en la Sala de Exposiciones Alas de Libertad de la FES Cuautitlán durante el mes de agosto.

Instagram: www.instagram.com/enriquegarciabruno

Email: ap.enriquegb@gmail.com

Literomancia: el porqué del fanzine Delfos

Autor: Miguel Almanza


¿Por qué estoy haciendo el fanzine Delfos?

En primer lugar, a nivel personal cumple una necesidad artística y espiritual. Soy fanático de la fantasía y la ciencia-ficción, me fascinan las criaturas extrañas y los monstruos desde que era niño. También tengo cierta afición a coleccionar. Y creo que estos dos aspectos se combinan muy bien en editar cuentos e ilustraciones. También pienso que los escritores somos reorganizadores de conceptos, así como los editores, que en otra escala reordenan las ideas al determinar la presentación de una publicación. Y eso me gusta mucho, crear secuencias. Por otro lado, hacer un fanzine es el pretexto perfecto para que te conozcan y conocer gente en un tema especializado, es una forma de explorar el mundo.

Con el fanzine Delfos también quiero demostrar que mi selección y curaduría tienen sentido, busco que el lector no pueda soltar el fanzine desde el inicio, que no pueda resistirse a la tentación de hojearlo. Quiero dar muestra memorable de mi trabajo como editor y tallerista. Además nací en los ochentas y me atrae la tecnología, por lo que creo ser algo cyberpunk, y después de todo, ¿qué más cyberpunk que hacer un fanzine electrónico? Es ciencia-ficción hecha realidad.

¿Quién paga el costo del fanzine Delfos?

El costo monetario del fanzine es bajo, puesto que se trata de una publicación electrónica en PDF. El costo del dominio y el hosting del portal lo pago de mi bolsillo porque creo que estoy sembrando milpa digital para cosechar a futuro. No podemos remunerar a los colaboradores, pero abrimos un espacio digno, además de hacer difusión cultural; es un trueque colaborativo para tratar de dar a conocer nuestro trabajo. Es por ello que pienso, si te vas a dar a conocer, que sea con tu mejor trabajo posible. Y sí, requirió una inversión inicial, a veces he gastado en balde y sin planeación adecuada. Casi todos mis recursos iniciales se esfumaron en el primer año.

Aún así el costo de realización del fanzine es principalmente en tiempo y trabajo, del cual ejerzo buena parte. Claro que me ayudan otras personas, el medio electrónico nos brinda grandes ventajas, la colaboración se hace a distancia y cada quién en su momento. El mayor esfuerzo ha sido al principio para el desarrollo del concepto y después en el diseño, como quitar monte y arar la tierra. Ya después hacemos convocatoria y difusión por redes sociales (sembramos). Y de ese modo llegan, en cinco o seis meses, alrededor de cincuenta cuentos y una veintena de ilustraciones. Suficiente material para poder trabajar en una edición, que en cada convocatoria, ha ido creciendo en cantidad de participantes y calidad de obras. Así cosechamos dos fanzines al año.

¿Cómo hacemos el fanzine electrónico Delfos?

Al principio hubo tropiezos, como en todas las cosas, pero ya después, al momento de poner manos a la obra, fuimos cuatro creando el fanzine Delfos: Mayra, Yolanda, Marisela y yo. Con Yolanda, consultaba mis dudas de diseño; ella me daba recomendaciones y me corregía en este aspecto. Mientras que con Mayra me he apoyado en corregir los textos y consultar mis dudas editoriales. Creo que una revista se sostiene por dos grandes columnas: calidad de texto y calidad visual. Ambos aspectos son difíciles. Así que me he apoyado en ambas, a quienes les agradezco profundamente. La tercera persona que me ha ayudado es mi madre, Marisela Hernández, quien me ha aportado la logística y gastos: la computadora y sus periféricos, los servicios y el espacio físico. Es por eso que tiene el crédito de productora ejecutiva. La selección de cuentos y corrección la realizo yo principalmente, aunque también Mayra me apoya. En caso de empate técnico en la selección de cuentos, consulto al consejo editorial. Para seleccionar las ilustraciones votamos los miembros del consejo editorial del fanzine.

Para el fanzine Delfos 2, Yolanda se comprometió más con el proyecto y elevó el nivel de diseño, rediseñando el logotipo, pues ahora está mejor acoplado al concepto editorial. A partir del fanzine Delfos 4, la publicación ha crecido con la colaboración del artista plástico Pedro Sacristán como director de arte. Pedro nos propone artistas a invitar; de los cuales escogemos las tres posiciones más importantes de la revista: portada, páginas centrales y contraportada. Así agregamos las secciones de artistas invitados. La portada tiene una sola condición: debe rememorar o albergar características de lo mexicano y lo fantástico.

En cuanto a los programas, utilizamos software de código abierto, sin costo. Utilizo modeladores algorítmicos para “crear imágenes” que acompañan a los cuentos. También hago filtro de inteligencia artificial en los textos para verificar si fueron escritos por humanos.

Distribuimos el fanzine con la licencia Creative Commons, porque creemos en la libre difusión de la tecnología, la cultura y el arte. Y claro está, no contamos con grandes recursos, más allá de nuestra creatividad e imaginación. Además me gusta mucho el lema: “Hazlo tú mismo”.

Esta última frase también me motivó a crear esta publicación, pensé: ¿por qué no lo hago yo? Creo que a veces muchos esperamos “ser descubiertos”; ahora pienso que es mejor el autodescubrimiento, es decir, hacerlo yo mismo. Así me autodescubro ante ustedes con este trabajo, proponiéndome como escritor, editor y promotor cultural. Y les invito a lo mismo, autodescubrirse en este colectivo Delfos. Muchas gracias a todas las personas que han hecho realidad este sueño eléctrico.

Cuando los perros ladran en orden

Autora: Patricia Torres Herrera


Viví mi infancia al lado de mamá Viro, mi abuela materna, y mis tíos Rulo y Nina, hermanos de mi mamá. Vivíamos en un pueblito que se encontraba a varias horas de la ciudad de Morelia. Sobre una antigua carretera se podía ver un letrero de color verde desgastado con letras blancas, apenas legibles, que decía Churikua, palabra purépecha que significa “de noche”. Debajo del nombre había una flecha que indicaba la entrada al pueblo.

El camino que permite recorrer el pueblo es una pendiente, debido a que Churikua está construido sobre la espalda de un cerro. En aquel entonces, no éramos muchos habitantes, sin embargo, había diversas casas de adobe con tejados color arrebol a lo largo de aquel camino que cruza todo el pueblo. La casa de mamá Viro no estaba ni al inicio ni al final de ese camino. Podemos decir que vivíamos justo a la mitad, es decir, a media espalda del cerro. Aun así, cuando íbamos a la ciudad había que caminar mucho para llegar a la carretera y tomar el autobús. En época de calor era desgastante caminar bajo el sol, parecía como si lo fuéramos cargando, y en época de lluvias lo complicado era andar sobre el gran lodazal que se formaba en el camino.

Lo malo de ser un pueblito recóndito, como lo era Churikua, es que muchos de los grandes inventos, creados por los hombres de ciencia, no llegan o llegan mucho tiempo después. Así, en aquella época, nosotros no contábamos con servicio eléctrico a pesar de que ya existía; por ende no gozábamos de ningún instrumento, equipo o aparato que requiriera de electricidad, esto impregnaba de gran silencio la atmósfera de aquel lugar a cualquier hora del día. No obstante, la ausencia de luz artificial por las noches fomentaba la creación de numerosas historias de espantos entre quienes habitábamos aquel poblado.

Recuerdo que era muy común escuchar historias acerca de la existencia de las brujas. Se contaba que éstas salían a medianoche montadas sobre sus escobas, y la luz de la luna dejaba ver su reflejo en el cielo. Salían en busca de bebés y niños pequeños para chuparles la sangre y alimentarse de ellos, en el mejor de los casos, porque también se rumoraba que podían llevárselos y no se les volvía a ver jamás. Las mamás siempre tomaban sus precauciones al respecto, procuraban poner las tijeras de costura debajo de las almohadillas de los niños, las ponían abiertas en forma de cruz, se creía que aquello ahuyentaba la presencia de las maléficas y los pequeños quedaban a salvo.

También se decía que las brujas se acercaban a los hombres que transitaban de manera solitaria por el camino a altas horas de la noche. Nunca les hablaban de frente, solo se posicionaban detrás de ellos y les hablaban muy dulcemente tratando de seducirlos. Si lograban su cometido, al día siguiente el cuerpo del seducido aparecía desnudo y tirado en un barranco. Sobre el cuello amoratado se podían ver las marcas que habían dejado los dientes de éstas malignas.

Por eso, a manera de precaución, cuando a algún varón le agarraba la noche fuera de casa y tenía que transitar por el negro camino, siempre iba cantando a todo pulmón o chiflando, para no tomar el riesgo de escuchar el susurro de la bruja detrás de sí. Aunque, más bien, creo que lo hacían para ahuyentar su propio miedo.

De noche podías ver difuntos, al mismísimo diablo o seres de mediana estatura con ojos luminosos que salían de entre las milpas en busca de alimentos y mujeres. Cuando de niña escuchaba esas historias me provocaban mucho temor, tanto que sólo quería estar pegada a mamá Viro. Pero también llegaba a sentir mucha curiosidad porque, en realidad, yo jamás había presenciado nada de eso.

Mi vida cambio el día que la Muerte visitó el pueblo. Mi tío Rulo me contó que la Muerte visitaba nuestro pueblo cada cierto tiempo y que su próxima visita sería en dos días más. Le pregunté que a qué se debía su presencia, y él me dijo que lo hacía porque iba en busca de personas que estuvieran enfermas para llevárselas. También le pregunté que él cómo sabía cuando la Muerte estaba de visita y si alguna vez la había visto. Me dijo que nosotros los humanos no tenemos la capacidad para poder verla, los únicos que poseen esa cualidad son los perros y son ellos los que nos dan la señal de su llegada y presencia en el pueblo.

Me contó que sabría de su llegada porque, cuando la Muerte entra al pueblo, los perros de las primeras casas visitadas empiezan a ladrar con gran enjundia y desesperación. Después, conforme ella va subiendo por el camino, los perros de las primeras casas se callan, pero los de las siguientes empiezan a ladrar y así sucesivamente. Podríamos decir que, los ladridos de los perros funcionarían como una especie de alarma; ésta se encendería ante la presencia de la visitante y se apagaría toda vez que ya no la percibiera, pero se encenderían las alarmas de la siguiente casa visitada y así consecutivamente hasta que culminara el recorrido de la Muerte en la última casa que se encuentra sobre la cima del cerro.

Como dato extra, me dijo que si una persona quería ver a la Muerte, podía untarse en los ojos las chingüiñas de los perros y eso le daría el poder para ver la imponente presencia de ésta. Dicho lo anterior, la tía Nina, que andaba por ahí regando las plantas, alzó la voz y muy determinada me dijo: “¡Mariana, ni se te ocurra hacerlo! Porque lo único que vas a pescar con toda seguridad es una buena infección”. Quizá me lo advirtió porque bien sabía de lo que yo era capaz.

Todo el día anduve pensando en lo que me había contado el tío Rulo, varias cosas me daban vuelta en mi cabeza. Me acerqué a Capulín y a Palomo, nuestros perros, para inspeccionarlos, les revisé cuidadosamente los ojos, pero no veía chingüiña alguna, quizá a esa hora del día y con el trajín en el que siempre andan envueltos, la lagaña ya había quedado embarrada en la hierba o en algún otro lugar. ¿Cómo haría para conseguirla y después conservarla?, pues necesitaba untármela justo antes de que la Muerte visitara nuestra casa y así poder verla.

En una de esas, recordé que en mi libro de lecturas de español venía una historia acerca de la Muerte, se llamaba: “Francisca y la Muerte”. Rápidamente fui a buscar mi libro, leí nuevamente la historia, aunque en ese caso la Muerte no era exclusiva de la noche pues aparecía de día y sabía bien a quién buscar, no necesitaba hacer ningún recorrido. ¿Por qué la nuestra actuaba distinto? ¿Acaso las reglas habían cambiado? De pronto, empecé a observar la vestimenta que llevaba puesta la Muerte del cuento, llevaba un sombrero de paja sobre su cabeza y vestía ropa muy parecida a la que usaba papá Pánfilo en vida. En la historia se decía que el color de su mano, y por ende de su cara, era de color amarillo, dato que yo no podría corroborar en la oscuridad de la noche a menos que las lagañas fueran de alto poder. Eso de momento no lo sabía, por lo pronto, creo que sólo podría saber que era ella porque el rostro era una calaca y llevaba en la mano una guadaña.

En las próximas horas tuve la sensación de que la tía Nina me espiaba, ¿acaso sospechaba de mis intenciones? Era muy probable, después de todo, yo tenía mi propia historia y ella me conocía muy bien, así que opté por ser muy discreta. Al siguiente día, cuando regresé de la escuela, me enfoqué en la búsqueda de un pequeño recipiente donde pudiera guardar las lagañas que extraería de Capulín o de Palomo. Aunque después se me ocurrió que podía ser de ambos para ir a la segura.

A un costado de la casa teníamos un basurero, ahí mamá Viro solía tirar todos los desechos que se generaban en el día a día. La basura nunca se acumulaba porque a un cierto tiempo aquello que no se degradaba el tío Rulo lo quemaba para evitar que se nos acumulara. Afortunadamente para mí, mi tío aún no había quemado nada, así que haría una muy buena pesquisa. O al menos eso es lo que yo había creído, porque he de decir que en aquel tiempo la mayoría de las cosas se reutilizaban. Por ejemplo, las bolsas de plástico, que eran muy escasas, no solían desecharse a menos que estuvieran muy rotas ya que se hacía el mayor uso posible de ellas. La mayoría de los productos sólidos nos los daban en envoltorios de papel y en el caso de los líquidos, nosotros debíamos llevar nuestro propio recipiente. De hecho, los envases de refresco eran todos de vidrio, no existían los de plástico. Considerando la situación, recuerdo que no encontré lo que yo necesitaba, en cuestión de recipientes sólo encontré unas latas de sardina y unos botes de plástico todos rotos. Y ahora qué haría… Opté por ir a buscar a la cocina, quizá podría haber algún frasquillo por ahí que se ajustara a mis necesidades.

Por las tardes mamá Viro y mi tía Nina se sentaban en el patio a bordar y a tejer; solían pasar ahí casi toda la tarde. Eso me venía bastante bien, tenía tiempo suficiente para buscar en la cocina sin que nadie pudiera verme. Al hacer mi búsqueda, la cual tuvo que ser con el mayor silencio posible para evitar que, sobre todo, la tía Nina me escuchara, me di cuenta de que la mayoría de las cosas eran trastes de gran tamaño, nada que se ajustara a mis necesidades. Empecé a sentir un poco de frustración, de repente, sobre la mesa vi el pequeño salero de vidrio, sí, era pequeño, gordito y de boca ancha, ¡qué bien me venía!, no importaba que la tapa estuviera perforada.

Y ahora qué… sabía que lo quería, pero seguramente era algo que echarían de menos y cómo justificar su ausencia sobre la mesa. Finalmente, y no sin sentir un poco de nerviosismo, decidí tomarlo y salí de la cocina a toda velocidad como si llevara un perro rabioso detrás de mí, tenía miedo de que en el último momento alguien me descubriera. Aunque ahora que lo pienso, mi actitud se debía al reclamo de mi consciencia por lo que acababa de hacer.

Me deshice de la sal que contenía el salero y guardé el frasco. Al día siguiente, por la mañana, tomaría las apreciadas chinguiñas de los ojos de Capulín y Palomo, que me llevarían a conocer lo nunca antes visto. Me desperté un poco antes de la hora acostumbrada para que me diera tiempo de inspeccionar los ojos de mis adorados perrunos. Salí en busca de ellos, pero no los vi. Estaba a punto de gritarles para llamarlos cuando la tía Nina me preguntó qué hacía, le dije que quería ver a Palomo y a Capulín pues normalmente a esa hora ellos estaban en el patio y ahora no, quería saber si estaban bien. Es probable que la tía no me haya creído, pero me aclaró que los perros se habían ido con mi tío Rulo al monte, pues era día de ir a buscar hongos, así que nuestros guardianes lo habían acompañado.

Efectivamente, el día anterior el tío Rulo había comentado acerca de su ida a buscar hongos y traerlos para desayunar, ¡qué frustración! Porque para cuando ellos llegaran, yo ya no estaría en casa, pues tenía que ir a la escuela. ¿Qué posibilidades había de recuperar las secreciones de los perros? No lo sabía, mas no había otra cosa qué hacer, sólo conservar la esperanza de que para cuando yo regresara aún pudiera recuperar aunque fuera una pequeña reminiscencia de la tan deseada excreción, que daría visibilidad a mis ojos en la oscuridad.

Me volví a mi cuarto y empecé a prepararme para ir a la escuela. Cuando vi a mis amigos tuve ganas de compartirles lo que sucedería ese día por la noche, quería contarles todo lo que mi tío Rulo me había dicho. Después pensé que lo mejor sería contárselos para cuando yo ya hubiera logrado tal hazaña.

Cuando regresé a casa, Capulín y Palomo salieron muy alegres a recibirme, yo los vi con más cariño y alegría de lo normal, agarré a Capulín de la cabeza y le empecé a revisar los ojos, él me veía fijamente y empezó a querer lamerme la cara, pensó que yo quería arrumacos y después me costó un buen de trabajo tranquilizarlo, una vez que tuve la situación bajo control pude ver que él estaba limpio. Ahora era el momento de revisar a Palomo, aunque creo que éste pensó que ahora era su turno de demostrarme todo su cariño y para cuando reaccioné ya me tenía debajo, cubierta por completo, pues Palomo es un perro grande, su pelo es largo y abundante. Así que quedé sepultada debajo de aquel enorme peluche color blanco. Con trabajos pude quitármelo de encima, aunque al tiempo que lo hacía logré ver que tenía una chingüiña en su ojo izquierdo. Inmediatamente fui a mi cuarto en busca del frasquito, ¡no lo encontré! Según yo, lo había guardado dentro de una pequeña canasta de paja que me había regalado mamá Viro, estaba ahí junto con mis trastecitos.

Instantes después recordé que se me había hecho más fácil dejarlo debajo de mi cama, detrás de una de las patas de adelante, así que fui a revisar, pero ya no estaba. Me tiré de panza sobre el suelo e inspeccioné muy bien debajo de la cama, ahí no había ni polvo. Estaba segura de que lo había dejado ahí, me preguntaba ¿qué había pasado? Por pura curiosidad fui a ver a la cocina y ¡oh sorpresa!, el salero estaba sobre la mesa. En el mismo instante en que lo vi también estaba la tía Nina observándome, así que mientras yo veía el salero ella me veía a mí, ¡ni qué hacer! Sólo volteé a verla y le sonreí. Estaba a punto de salir cuándo me preguntó si quería algo, le dije que había llegado con mucha hambre de la escuela y que quería un pedazo de pan. Me pidió que me sentara a la mesa y me sirvió un plato de peras cocidas con miel, no sin antes aclararme que no había pan.

Afortunadamente sí tenía hambre, así que pude comerme las peras sin mayor problema. Solo que no quería sentarme a la mesa por temor a que la tía Nina me hiciera algún comentario respecto al salero, pero ella después de servirme se fue hacia donde estaban los fogones y empezó a hacer las tortillas. Opté por comer en absoluto silencio, no quería dar paso a que mi tía me fuera a hacer alguna pregunta incómoda, aunque la vi tan concentrada en su actividad que supuse que ella tampoco tenía intención alguna de hablar del tema, ¡qué alivio! Una vez que terminé de comer mis peras, salí al patio, quería ver a Palomo, pero ya no estaba, de hecho, ya no estaba ninguno de los dos y no tenía idea de en dónde podrían andar.

Detrás de la casa había unas cajas de madera que eran especiales para poner los bulbos de las flores que sembraba mi tío Rulo, cuando éstas estaban desocupadas me gustaba agarrarlas y armar con ellas una casita y meterme ahí. Así que fui para allá, armé mi casita y me metí a pensar en mi fallido intento por conseguir la sustancia mágica que me permitiría conocer a la Muerte. ¿Cómo era que la tía Nina había encontrado el salero? Después caí en la cuenta de que lo había encontrado a la hora de hacer la limpieza, seguramente al barrer y meter la escoba debajo de la cama, en algún momento el salero salió rodando y quedó expuesto a ojos de la tía. ¿Por qué no había pensado en esa posibilidad? Y ahora qué… ¡nada! Ya no había nada qué hacer, había perdido mi oportunidad de conocer a la Muerte.

Ahora, dadas las circunstancias, sólo tenía que conformarme con escuchar a los perros ladrar, en señal de su presencia. La única forma de corroborar que se trataba de ella era que los perros tenían que ladrar con cierto orden, primero los de las casas que están a la entrada del pueblo, después los que viven en las casas de más arriba y así sucesivamente hasta pasar por la casa de mamá Viro y continuar hacia la cima del cerro.

Por la noche, después de merendar, cada quien se retiró a su cuarto, yo dormía en el mismo que mamá Viro, aunque cada quien en su cama. Me acosté y después mi mamá apago la vela y se acostó también. Minutos después mamá Viro, como siempre, roncaba ásperamente. Yo en cambio, estaba dispuesta a no dormir y a esperar a nuestra visitante. Al principio estaba muy atenta, después comencé a sentir que ya había pasado mucho tiempo, finalmente, empecé a sentir mis ojos cansados, los párpados se me querían cerrar, me resistía a ello y de cuando en cuando me cambiaba de posición para espantar mi sueño. Al cabo de un rato, alcancé a escuchar el lejano ladrido de un perro, en ese momento el sueño que me acedía se esfumó, mis neuronas se activaron y mis oídos se aguzaron, me puse en estado de alerta.

Efectivamente, ahí estaban los primeros ladridos y si mis oídos no me fallaban, venían de las casas que están a la entrada del pueblo. Puse toda la atención que pude para tratar de seguir la secuencia de aquellos aullidos. Al parecer, sí había un orden e iban avanzando y cada vez se iban escuchando más cerca de la casa de mamá Viro. Después de un rato los empecé a escuchar a poca distancia, casi podía adivinar en casa de quién estaba la Muerte en ese momento.

Unos instantes más y los ladridos se escuchaban a tres casas de la mía, sin entender por qué, mi corazón empezó a latir un poco más rápido de lo normal, no sé si me emocionaba o me daba miedo el hecho de que en muy poco tiempo Capulín y Palomo empezarían a ladrar en señal de la visita de la Muerte. Para cuando empezaron a ladrar los perros de la casa de al lado, mi corazón ya estaba latiendo aún más, latía con tal fuerza que alcanzaba a escucharlo perfectamente.

Palomo fue el primero en empezar a gruñir, después le siguió Capulín, en escasos segundos ambos perros ladraban con furor y corrían de un lado a otro en el patio, se les oía desesperados. Casi por instinto, sólo atiné a taparme de pies a cabeza con las cobijas que tenía. Sabía que la Muerte estaba en nuestra casa, ahora era nuestro turno. La respiración me empezó a fallar, sentía que me faltaba el aire, empecé a sudar a mares y tenía mis piernas rígidas, justo en eso, escuché ladrar a Palomo muy cerca de la puerta del cuarto donde estábamos mi mamá y yo, ladraba con gran exasperación. De repente, se oyó un ligero rechinido de la puerta de madera. Palomo había dejado de ladrar, pero ahora gruñía en señal de amenaza, en tanto que Capulín emitió un aullido de ansiedad.

Mi asfixia iba en aumento, ¡ya no podía más! Con cierto esfuerzo alcé las cobijas e hice un pequeño hueco para robarle tantito oxígeno a la atmósfera. Sin duda alguna yo ya estaba muy asustada, temía que la Muerte hubiera entrado y se llevara a mamá Viro, después de todo, ella era la única que siempre tenía achaques, además de que seguía roncando sin parar, por lo que la descubriría muy fácilmente.

Después de unos segundos, nuestros guardianes ya no emitían gruñido alguno y mamá Viro había dejado de roncar, aquello era un silencio total, estaba segura de que la muerte ya había descubierto a mi mamá y se la había llevado, ¡todo se había acabado! Empecé a sollozar sin querer, cuando de manera súbita, sentí sobre mis hombros unas manos que me apretaban fuertemente, terminé emitiendo un grito de terror. Enseguida escuché la voz de mamá Viro que me decía: “Mariana, ¿qué te pasa?”, en ese momento empecé a llorar tan fuerte como un bebé que recién acaba de llegar a este mundo.

Instantes después, mi mamá encendió la vela que está sobre la repisa de la virgen de Guadalupe, me quitó las cobijas de encima y empezó a revisarme. Me preguntaba una y otra vez que si estaba bien. Cuando a ella también se le pasó el susto de verme llorando y toda empapada en sudor, me llamó la atención y me dijo que eso pasaba por dormirme cubierta de pies a cabeza, todo aquello era consecuencia de la falta de oxígeno.

Me ayudó a cambiarme de ropa, me recostó en su cama y me cubrió con una sábana. Me dijo que no debía cubrirme el rostro, que era importante que respirara el aire del ambiente; así que acaté las órdenes. Mamá Viro apagó la vela y se recostó al lado mío, yo me quedé muy quieta, mi respiración se tornó normal y mi temperatura también.

Empecé a recuperar mi tranquilidad y aún más porque estaba al lado de mi mamá, eso me daba mucha seguridad.Sin embargo, volví a tomar consciencia de mi entorno y enseguida escuché ladridos de perros, solo que ahora se escuchaban más arriba de nuestra casa. Asumí entonces que la Muerte había seguido su recorrido.

Repentinamente me asaltó la duda, ya no escuchaba ruido alguno por parte de Palomo y Capulín, y si en lugar de llevarse a mamá Viro, la Muerte se había llevado a alguno de nuestros perrunos… Aunque, por otro lado, no sabía a ciencia cierta, si la Muerte que se lleva a las personas era la misma que se llevaba a los animales. Eso era algo que tenía que preguntarle al tío Rulo al día siguiente. Por lo pronto, me sentía con la necesidad de ir a buscar a Palomo y a Capulín.

Estaba a punto de ponerme de pie cuando escuche un profundo y delicioso bostezo detrás de la puerta, ese era Palomo, sin duda alguna, él siempre se echaba a dormir ahí y, por lo visto, en ese momento ya estaba dispuesto a entregarse al sueño que emerge de la noche. Casi enseguida, escuché que alguien arrastraba algo, el sonido era muy parecido al de una bota que estaba siendo sacudida con gran vehemencia, ese alguien era Capulín que ya había logrado sustraer una de las botas del tío Rulo y se divertía con ella con singular alegría. De tan solo imaginar cómo quedaría la bota y la cara que pondría mi tío al día siguiente cuando la viera, me dieron muchas ganas de reír, pero me aguanté.

Por lo visto, Capulín y yo sufríamos de insomnio, pero ambos éramos muy felices en ese momento, él con su bota y yo de que todos estuviéramos bien.

Patricia Torres Herrera. Estudió la licenciatura en Biología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y recientemente terminó la licenciatura en Lingüística en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

Colaboró en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), en la elaboración de reseñas de libros, mismas que se publican en la página electrónica Tianguis de letras.

"Siempre he sentido una gran pasión por la escritura, y ésta es la primera vez que me atrevo a compartir algo de lo que he escrito de narrativa. El cuento que les comparto se llama Cuando los perros ladran en orden".

Literomancia: sobre ColectivoDelfos.com

Autor: Miguel Almanza


¿Qué pretendo con ColectivoDelfos.com?

Primero tengo que explicar cómo llegué a este nombre. Originalmente era al revés: “Delfos Colectivo”, con la idea de resumir: “Conócete a ti mismo en colectivo” como una propuesta en oposición al hiperindividualismo contemporáneo. Pero cuando se lo platicaba a otras personas, la gente lo invertía porque es más fácil recordar “Colectivo Delfos” que “Delfos Colectivo”.

Creo que la palabra clave es “colectivo”, que puede ser indefinido por abstracto. Anteriormente he colaborado en varios colectivos culturales; muchos son espontáneos y desaparecen así como aparecen. Los que logran permanecer es porque desempeñan alguna actividad en torno a la cual se agrupan. Hay colectivos y colectivas de todo tipo, incluso parecen un conglomerado extraño.

Este proyecto también es un colectivo, es el primero que estoy convocando. La primera actividad a la que convoqué fue un taller mensual que ofrecí entre amigos y conocidos, durante finales del 2021 y acabando el 2022. Nos reuníamos por cinco horas, en un café o la casa de alguien; yo invitaba la pizza a quienes llegaban temprano. Éramos entre cuatro a tres asistentes, más yo mismo coordinando. Lo sostuve poco más de un año, que era mi meta.

¿Cuántos son un colectivo? Quién sabe. A la hora de la hora, acá empecé el fanzine con tres personas, todas mujeres: mi madre (apoyándome en la logística), Yolanda y Mayra (como consultoras a distancia). En realidad sí nos he considerado un colectivo cultural, aunque pequeño, ciertamente. Entre los alumnos que han acudido al Taller Delfos de Escritura Creativa y los colaboradores, hemos logrado generar una comunidad. Quienes quieran considerarse parte de este colectivo, les doy la bienvenida.

Al momento de escribir esto, hasta el fanzine Delfos 4, se suman 78 colaboradores; 48 escritores y 30 artistas plásticos, más los colaboradores del blog. A todos ustedes muchas gracias por creer en este proyecto.

ColectivoDelfos.com es un emprendimiento impulsado por mí que —además de difusión cultural—, paralelamente ofrece dos tipos de servicios en línea: servicios editoriales y servicios educativos no formales, o al menos esa es la idea. Aunque el fanzine Delfos resultó tener relativo éxito, por parte del emprendimiento he fallado debido a mi inexperiencia, creo que no inicié con los conocimientos necesarios y aún no he encontrado el equilibrio entre difusión cultural y trabajo remunerado.

Además de que, al inicio, caí en un fraude: pagué un curso de maquetación web con costo de 16 mil pesos, aproximadamente unas veinte sesiones de dos horas cada una. Así me gasté mis ahorros de un año que logré juntar como godín de callcenter. Con este supuesto curso me vendieron también software para la página web. También me ofrecieron trabajo de guionista para videos o storyteller por muy poca paga. Pero lo más raro fue que, en lugar de estar concentrados en aprender maquetación web, estaban abocados a tratar de meterme en su sistema de inversión en criptomonedas.

Ahí fue cuando me di cuenta de que había caído en un fraude. Demasiado tarde. Ya había pagado la segunda mitad. Esto que digo sucedió allá por septiembre del 2022, recién lanzado el portal ColectivoDelfos.com. Me sobé con la idea de que les había comprado el software. Pero después me percaté de que el costo de todos modos fue alto. Les dejé de contestar mensajes y dejaron de insistir en el siguiente curso.

El día que el fanzine 1 se estrenó, atacaron el sitio web. No puedo comprobarlo, pero estoy casi seguro de que se enojaron porque seguí con mi proyecto sin ellos. Me obligaron a aprender rápido y logré recuperar el control del sitio web después del ataque. El siguiente golpe fue unos meses después cuando el software pagado, los plug-ins que me vendieron, dejaron de actualizarse. Tuve que quitar casi todo lo que ellos instalaron. Dejé lo esencial y me quedé con el software que no es de cobro. He aprendido administración web a chingadazos. O a lo mejor, simplemente, caí en la ingenuidad del emprendimiento.

Antes administré un portal, pero mi administración se limitó a seleccionar, corregir y publicar textos, no conocía la parte detrás, el trabajo del web master. Creo que aprendí rápido (y sigo aprendiendo) porque ya conocía el maquetador de Blooguer, eso me ayudó a conocer WordPress. Y siempre se me ha dado bien la informática, soy curioso, busco videos, pregunto a conocidos y googleo. También tengo el apoyo de un consultor de seguridad web, Fernando Hernández (Gat@Viejo1) a quién acudo en caso de dudas o necesidad. Incluso para obtener más herramientas tomé un curso de profesionalización de prácticas en gestión de proyectos culturales, información que apenas voy asimilando. En fin, ColectivoDelfos.com es aún un proyecto en ciernes, constantemente replanteándose y evolucionando. Mi inexperiencia me obliga a ello.

Mi experiencia ha sido colaborando en otras publicaciones como escritor, editor o corrector. Además estudié la carrera de Ciencias de la Comunicación en la UNAM (ahora retomando para egresar), que sí me brindó una base teórica respecto a las empresas editoriales, al tiempo que estoy estudiando Creación Literaria en la UACM. Pero el proyecto es más grande de lo que creí. En “teoría”, todo es ideal. En el mundo material, siempre es más complicado.

Como emprendedor me siento abrumado por un mundo cibernético monstruoso que me pide posteos diarios de diferentes cosas todos los días; además de escribir, estudiar y trabajar. Así que está muy difícil. Por ello he decidido ir a paso lento pero seguro. Para que poco a poco, la permanencia sea lo que genere confianza, y poder ofrecer mis servicios cuando tenga más clara dicha situación y me sienta con seguridad. Creo que las páginas web son como los textos que se pueden pulir con tiempo y esmero.

“Literomancia” es una columna mensual dedicada a temas editoriales y literarios, escrita por Miguel Almanza, director y editor de colectivodelfos.com y el fanzine eletrónico Delfos; estudió Ciencias de la Comunicación en la UNAM; es egresado de la Escuela de Iniciación Artística 1 del INBAL, especialidad guitarra. Actualmente estudia la licenciatura en Creación Literaria en la UACM. Visita su blog personal: https://miguelalmanzaescritor.blogspot.com/ 

La palabra de los abuelos: «Jukíluwa, la que nos da de comer»

Roberto Carlos Garnica Castro

La escritura es mágica y en este preciso instante puedes “oírme” gracias a su poder, pero nunca hay que dejar de abrevar de la ancestral sabiduría oral.

En Papantla, cuna de la hermana vainilla, viven muchos abuelos que desean compartir sus historias. Aquí recupero algunas de esas narraciones y las reelaboro de manera literaria. En esta ocasión, te presento una leyenda que me compartió el maestro José Luis González Santiago.

Jukíluwa, la que nos da de comer

Era casi mediodía y la luz y el calor de Chichiní, el sol, inundaban la tierra. El pequeño Jun (Colibrí) curioseaba en el monte. Se sentía seguro porque lo acompañaba su abuelo, un hombre sabio y fuerte. Una imprudente distracción hizo que resbalara por la ladera del cerro. La caída no fue grave, pero lo dispuso para un terrible encuentro.

—¡Hhhaaaaaaa! ­—le advirtió una serpiente de aproximadamente seis metros.

Sin saber cómo, en un abrir y cerrar de ojos, Jun estaba otra vez junto a su abuelo.

—¡Préstame el machete abuelito! —solicitó jadeando.

—¿Para qué lo quieres, hijito? —le preguntó Kiwíkgolo, el señor del monte.

—Allá abajo hay una culebra muy grande.

Kiwíkgolo se asomó y contempló al reptil que, grueso como un tronco, se desplazaba con elegancia hacia el corazón de la selva.

—Pequeño Jun, ¡se trata de la majestuosa Jukiluwa, la serpiente venado! A quien tus hermanos del valle llaman mazacuata, ¿qué te hizo para que quieras apagar su vida?

—Nada abuelito, me asustó… pero podría matarme, creo —articuló el niño y agachó la mirada, pues reconoció que había hablado irreflexivamente.

—Mi niño, recuerda que todos los seres tienen un lugar y una misión. Jukiluwa es muy importante, es la reina de las cosechas, la cuidadora de la milpa. Los abuelos no la matan, es sagrada. kinkamawiyán, nos da de comer —concluyó con solemnidad.

—¿Nos da de comer? —preguntó Jun con sorpresa.

—Jukiluwa es buena, no ataca, cuida la milpa. A veces los hombres consiguen una cría y la meten en un agujero, en una cuevita cerca de la milpa, le dan huevo o pollito para que se halle y allí viva, la hacen crecer para que cuide el huerto y haya abundancia —explicó el abuelo.

Jun, pensativo, miraba hacia el horizonte.

—Nietecito mío, ¿quieres que te cuente la historia del hombre a la que Jukiluwa dio de comer?

Al niño le brillaron los ojos pues supo que sus tres corazones serían alimentados con bellas palabras.

—¡Sí, abuelito!

—Pero démonos prisa, porque nos esperan en casa.

Y fue así como, mientras caminaban entre un mar de cedros, Kiwíkgolo narró esta historia:

«Había una vez un señor que no tenía esposa, vivía solo en el monte y era muy trabajador. Todos los días se iba muy temprano a la milpa y, al mediodía, regresaba a su casa para comer. Se llenaba la panza con cualquier cosa y se sentía muy triste porque no había nadie que lo ayudara ni lo acompañara. Así pasó mucho tiempo y él se preguntaba si algún día cambiaría su suerte.

Una tarde, cuando regresó a su casa, su corazón se llenó de alegría porque, al abrir la puerta, lo abrazó el olor de las tortillas recién hechas: la mesa estaba servida, la comida era sencilla, pero no recordaba haber probado nunca algo tan sabroso.

El día siguiente pasó lo mismo y también el tercero. Era tanta su extrañeza que se dijo “Tengo que averiguar qué pasa. Mañana saldré del jacal, pero no me iré a la milpa, me esconderé en el patio y veré quién viene a dejar la comida”.

Y así hizo: se escondió detrás de una vieja ceiba y, poco antes de las doce, vio llegar a una gran serpiente café y canela que se deslizó por debajo de la puerta, ¡era Jukiluwa!

No se movió y siguió esperando, pero pocos minutos después se encendió el fogón y el hombre, sin pensarlo, corrió a la casa. Al abrir la puerta descubrió a una hermosa mujer de largo cabello negro cocinando.

¿Eres tú la que me hace el almuerzo? —le preguntó con firmeza.

Sí —respondió ella, mirándolo con sus ojos dorados.»

—Y fue así, mi niño, como la sublime Jukiluwa, al ser sorprendida, no tuvo tiempo de vestirse otra vez de víbora y se quedó, en su forma de mujer, a vivir con el hombre.

—¡Qué interesante historia, abuelito!

—Sobre la Serpiente venado hay mucho que contar.

—¿Es cierto que, en la noche de San Juan, a Jukiluwa le crecen alas y vuela hacia el mar? —preguntó entusiasmado.

—Jun, mi inquieto pajarillo, ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

“La palabra de los abuelos” es una columna mensual con la misión de recuperar y difundir mitos de la tradición oral totonaca en la región de Veracruz adaptados por Roberto Garnica  quien se ha desarrollado principalmente en el ámbito académico como filósofo, antropólogo e historiador, ha publicado también en libros y revistas nacionales e internacionales.

Agradecimientos:

Al maestro José Luis González Santiago, por compartirnos la historia de Jukiluwa, la que nos da de comer.

Al maestro José López Tirzo, por asesorarnos con la escritura de los vocablos totonacos.

Crédito de ilustración: Lluvia Garnica

Literomancia: “editoriales” que cobran por publicarte


Autor: Miguel Almanza

Va una reflexión respecto a «editoriales» que cobran por publicarte o que ofrecen (malos) servicios de coedición disfrazados de «premios» o selección de concurso. Pienso que si una revista te cobra por ser publicado ya es una mala práctica en sí, recordemos que alguna vez se ha remunerado y aún ahora pocas revistas o editoriales lo pagan como se debe, además de que la literatura creo que ha sido la más vilipendiada de las artes en cuanto a la remuneración económica.

La práctica de pagar para que te publiquen acostumbra a los escritores noveles a esta situación, cuando deberíamos procurar que sea al revés, que paguen los textos o que no te cobren en dado caso, pues el texto mismo es una aportación en especia. Ahora, si no pueden pagar, pueden otorgar ejemplares como retribución a los autores, que creo sería lo mínimo. Para que sea claro, si te cobran por publicarte, no te están dando un premio, están haciendo negocio con los autores o les pasan el costo de producción y aparte con la venta de ejemplares obtienen ganancias. Que te cobren por publicar es el equivalente al músico que tiene que tocar gratis para «darse a conocer»; los costos los paga el artista, las ganancias las obtienen otros.

También existe el servicio de coedición, en el cual sí te cobran por ser publicado, pero quien lo hace de manera honesta no te lo ofrece como premio de concurso; además dentro de estos servicios deberán estar dispuestos a personalizar la manufactura de tu libro, pues literalmente es mandado a hacer. No está fácil entrar al negocio editorial, se necesita conocimientos y un buen capital de inversión, es costoso imprimir y la distribución conlleva mucho esfuerzo, que muchas veces no parece ser remunerado de manera suficiente.

Ahora hablando de mi caso, parte de la idea del fanzine Delfos es iniciar mi carrera como editor, digamos que estoy haciendo mi servicio social. Tal vez no lo parezca, pero antes de lanzar el fanzine estuve tres años planeando su realización y línea editorial, no es improvisación que su publicación sea solo electrónica pues el fanzine Delfos jamás fue pensado como negocio. No podemos pagar, pero no cobramos, yo dono mi trabajo y tiempo como editor; los autores e ilustradores sus obras, ahí sí es un trueque. Los costos de distribución y realización, aunque bajos, los cubro yo. El fanzine no tiene comerciales ni anuncios de patrocinios; únicamente las obras y se ha realizado principalmente con trabajo intelectual y dedicación.

De manera paralela, tengo planeado ofrecer servicios editoriales y educativos a través de colectivodelfos.com, por el simple hecho de que necesito una fuente de ingreso y la autoexplotación ahora parece mejor opción que subsistir eternamente como empleado en las pésimas condiciones laborales de nuestro país. Como artista fue más fácil planear la revista; como emprendedor, debo admitir que me ha costado mucho trabajo elaborar un modelo de negocio honesto y al mismo tiempo redituable, el sistema capitalista premia el engaño por enajenación de la ilusión aspiracional. Y a parte de que sí, soy relativamente nuevo en esto, mi experiencia ha sido como escritor y colaborador (redactor, corrector, administrador web, promotor cultural) en otros proyectos. Es por eso que he tardado en dar con lo justo para proponer mis servicios editoriales, es un mercado muy competido y viciado, y abrirse camino es como talar monte o sembrar en el páramo. Aún así, no claudicaré, seguiré labrando la milpa digital, pues la otra opción es hacer nada. Con tiempo, dedicación, estudio y aprendizaje, espero construir un negocio honesto que me permita vivir de ello o por lo menos cubrir los costos de seguir haciendo arte. Hasta aquí la reflexión.

“Literomancia” es una columna mensual dedicada a temas editoriales y literarios, escrita por Miguel Almanza, director y editor de colectivodelfos.com y el fanzine eletrónico Delfos; estudió Ciencias de la Comunicación en la UNAM; es egresado de la Escuela de Iniciación Artística 1 del INBAL, especialidad guitarra. Actualmente estudia la licenciatura en Creación Literaria en la UACM. Visita su blog personal: https://miguelalmanzaescritor.blogspot.com/ 

El último vivac


Autor: Luis G. Torres


Para Oscar Alarcón

Son casi niños, pocos pasan de los catorce años. Llegan al lugar indicado para el campamento y proceden a instalarse. Cada grupo se organiza para armar las tiendas, hacer la fogata, juntar leña y empezar a acomodar mochilas y objetos auxiliares en las tiendas. Cada akela vigila que su manada trabaje bien y rápido. Este campamento es muy especial, se lleva a cabo cada año en el Desierto de los Leones, no lejos del ex convento del mismo nombre, ahora abandonado.

Cuando las tiendas están armadas y las mochilas acomodadas, Vicente el akela mayor llama a las tropas a reunirse, con el clásico sonido del silbato. Todos acuden con prontitud y se forman en círculo alrededor de los guías. Ahí se les dan indicaciones generales. “En este campamento no cocinaremos mucho, solo se prepararán los desayunos. Los tres días comeremos en casa de Lencho, que está a poco más de un kilómetro de aquí. También las cenas y el vivac serán en el mismo comedor, así que hay que organizarse para la caminata y estar siempre a tiempo. ¿Entendieron todos?”. ¡Si señor!, contesta la tropa al unísono. El mismo jefe pregunta: “Cuál es nuestro lema, lobatos?” a lo que todos contestan: “Siempre listos”. Dan la señal de romper filas.

La primera noche del campamento salieron los grupos llenos de ánimo. Los guiaban sus akelas. Al pasar frente al ex convento no faltó quien hiciera bromas al ver el viejo edificio del siglo XVII: “¡Aquí espantan!” o quien empezó a imitar el aullido de los lobos: “auuuuu, auuuu”. Ríen. Los akelas mandaron callar. Se oyeron muchas ricitas nerviosas. Siguieron en camino, sin detenerse. Por fin llegan al comedor de la casa de Lencho, quien los espera en el exterior. Tres granes mesas y bancas de tablones están preparadas para recibirlos. Se acomodan todos y se sientan pegados unos a otros. Lencho les da la bienvenida y les presenta a su dos hijos, Leodegario y Micaela, quienes ayudaran a servir los alimentos. En cuestión de minutos ya están sobre la mesa canastos de pan dulce, jarros de barro naranja y servilleteros. Poco a poco van trayendo lo que falta: Recipientes con tamales y jarras de chocolate caliente. Vicente, el akela mayor da las gracias y- por fin- la señal de que todos pueden empezar a comer.

Cenan rápido y con buen apetito, Se acaba todo lo que han llevado a la mesa y los jóvenes hijos de Lencho ya están recogiendo todo. Se anuncia que a las diez será el vivac. La comisión se levanta a empezar a juntar piedras y madera, para preparar el fuego. Antes de la hora pactada, las tropas se sientan alrededor de la fogata formando un círculo. A la hora exacta, Vicente y los tres akelas menores pasan al centro. Se dan las indicaciones generales, y se procede a cantar unas canciones populares. Para ello, Rubén, uno de los muchachos mayores del grupo, acompaña con una vieja y medio desafinada guitarra.

Todo se organiza para el regreso al campamento. Van contentos y de buen ánimo, después de la cena y el vivac. A los pocos metros de camino, se empezó a oír un ruido. Era como el sonido de una campana. ¿Pero cuál? El ex convento está vacío y no hay ninguna iglesia cercana. La noche estaba oscura, faltaban dos días para la luna llena, que era la única luz disponible en medio del campo. El grupo siguió caminando, hasta que otros sonidos se unieron a los de las campanas: se trataba del sonido como de grandes y oxidadas cadenas, arrastradas sobre el piso. Muchos se detuvieron. Alguien gritó: “¿Qué es eso?”. Los grupos se detuvieron por completo y empezaron a cuchichear en medio de la total oscuridad. Solo los akelas llevaban una lámpara de pilas. Había chicos que reían, pero muchos otros estaban temblando. Los akelas ordenaron silencio y seguir caminando. Ernesto, un chico flaco y desgarbado tenía la cara descompuesta. Su compañero de formación, Roberto –más bien rollizo y de copetito engominado- trataba de tranquilizarlo: “No es nada, no te asustes”. Ernesto es nervioso e impresionable. Sigue caminando, pero mira a todos lados sin fijarse bien por dónde camina. Así llegan al campamento y se meten directo a las tiendas.

Muy temprano suena el toque de silbato para levantarse. Los akelas empiezan a dar órdenes: “¡Hay que prepararse, vístanse rápido y guarden sus bolsas de dormir!”. Todo mundo se moviliza. En la tienda donde duermen Ernesto y Roberto, hay un pequeño drama. Ernesto se orinó dentro de la bolsa de dormir y está bastante mojado, no quiere salir de la tienda. Roberto le dice en voz baja: “¿No traes un cambio?, no puedes salir así, hueles a miados”. Ernesto está enojado y siente vergüenza. Tuvo una pesadilla y ni siquiera sintió que se había orinado. Al final un compañero lo salva, prestándole un pantalón corto oficial. Se cambia y sale después de todos a formación.

Ernesto es amonestado en público por no haber llegado a tiempo. Se les informan las actividades del día: habrá clases de nudos, legislación Scout, primeros auxilios y visita al ex convento, todo antes de la hora de la comida. Todo se desarrolla con normalidad. Llega la hora de visitar juntos el ex convento. La zona está integrada por el ex convento de los Carmelitas descalzos en sí, una capilla vieja y abandonada —ahora cerrada por un fuerte candado—y otras dos construcciones antiguas: la capilla de los secretos y el sótano. Este último fue una bodega en la que se guardaban desde granos hasta instrumentos de jardinería, ahora se encuentra vacío y oscuro, aunque la gran puerta de hierro forjado no tiene candado alguno.

El ex convento está construido básicamente de piedra volcánica y algunas paredes están repelladas y encaladas. Los jardines son amplios y medianamente cuidados. Hay fuentes de piedra en algunos jardines y mucha vegetación en esa época del año.

Después de las indicaciones generales, les dan tiempo libre. Los muchachos corren, entran y salen del ex convento, el sótano, llegan hasta la capilla del silencio y dicen palabras altisonantes en las esquinas, para que los que están en otras esquinas las oigan. Ríen como locos y se persiguen entre sí. Un silbatazo de Antonio, el akela de uno de los grupos, es la señal para detenerse y hacer formación. Los últimos en aparecer son Ernesto y Roberto, que vienen del sótano, caminando parsimoniosamente. Todos les gritan y les chiflan. Un nuevo silbido del akela obliga a todos a callar. Regresan sin novedad a formación y de ahí caminan directamente a casa de Lencho a tomar los alimentos. Por la tarde se hacen otras actividades. Se recoge más leña y se juega un partidito de futbol. Así se acaba la luz del día y deben hacer formación para salir a cenar.

La caminata se lleva a cabo sin incidentes, todos van muy callados, escuchando los ruidos de la noche: grillos, ranas, y el sonido del agua que corre más abajo, por el helado riachuelo. Llegan y cenan. Se organiza el vivac. Ahora en vez de canciones habrá una sesión de cuentos e historias. Empieza Oscar, el akela más experimentado. Les narra historias del ex convento, como aquella de que un fraile murió hace muchos años y no lo enterraron con las debidas ceremonias por falta de dinero. Solo se le dio sepultura, muy cerca de la bodega. Por eso se cuenta que el fantasma del padre aún aparece por las noches de luna llena, quejándose y buscando su cuerpo. Todos aplauden y ríen. Ernesto y Roberto están muy callados. No les hacen mucha gracia las sesiones de cuentos de terror, pues son muy sensibles. Siguen otros compañeros, contando historias como la del jinete sin cabeza, la llorona, los niños muertos y otras. Para narrarlas, se ponen la lámpara de pilas por debajo de la barbilla, de esa manera solo se mira una cara que hace muchas muecas y narra las historias de terror. El ambiente se densifica. El akela mayor ve el reloj y dice: “Son las diez, de la noche, hora de volver. ¡A formación!

Las manadas empiezan a caminar. Hace frío y se observa una neblina ligera alrededor del grupo. Cuando han caminado algunos minutos, el sonido de la campana vuelve, acompañado del arrastrar de cadenas. Oscar les pide que sigan sin detenerse. Algunos chicos ya tienen cara de preocupación. Para más, un nuevo ruido se incorpora: son aullidos como de coyote. Intensos, continuos. Todos se detienen y hacen una bola, como lo haría un grupo de corderos al sentirse amenazados. Los obligan a seguir caminando. Justo cuando pasan frente al ex convento, se empiezan a ver unas pequeñas luces, en varios puntos: sobre la barda, dentro de la bodega, en la ventana superior, en la fuente de piedra… ¿Quién podría prender esas luces? ¿De qué se trata esto? Los chicos se preguntan entre sí y vuelven a romper formación y hacer una bola en la que todos tratan de estar dentro, para protegerse.

Ernesto está muy descompuesto. Quiere salir corriendo de ahí, pero sus compañeros lo detienen. Roberto trata de tranquilizarlo, lo agarra fuertemente del brazo. El miedo aumenta. Entonces se oye un gran grito que proviene de la bodega. Parecería como si hubieran acuchillado a un hombre. El terror se apodera de todos y empiezan a correr en dirección al campamento. Alguno que otro tropieza y cae. Ernesto es uno de ellos. Sus compañeros lo pisan para pasar sobre él. Está asustado, lloriqueando y además pisoteado. Roberto ayuda a levantarlo y se lo lleva al campamento a jalones. Cuando llegan al campamento, dos akelas los esperan. Tratando de contener la risa, les preguntan por qué no llegaban. Ellos están aún aterrados, pero también molestos. Roberto mira al akela con unos ojos de odio, pero pocos alcanzan a notarlo. Cuentan lo sucedido… Se da la señal y cada grupo se mete a sus tiendas a dormir.

Por la mañana parece que ya se olvidó lo sucedido la noche anterior, salvo que algunos cuchichean en formación que tuvieron tanto miedo en la madrugada, que orinaron sin salir de la tienda, nada más abriendo el cierre. Ernesto le confiesa a Roberto que tuvo pesadillas otra vez. Los akelas mandan hacer silencio y organizar el desayuno. El grupo encargado empieza a prender la fogata y a sacar los víveres de la tienda-almacén. Es el último día de campamento. Quedan muchas actividades por realizar. Al día siguiente, después de desayunar, tendrán que levantar las tiendas, empacar y salir.

Por ser el último día, la comida es especial: les sirven pollo con mole y arroz, acompañado de bolillos. Hay agua de limón y de horchata. De postre, esas deliciosas galletas de Tenango, que se deshacen en la boca. Todos comen con buen apetito, risueños y platicadores. Terminan sus platos y los hijos de Lencho los levantan para llevarlos a la cocina. Agradecen la comida y regresan al campamento. Se hace una reunión para recordar las actividades del día siguiente, se acuerdan las comisiones que harán todo y se comentan las próximas salidas del grupo. Habrá un paseo largo a la cueva de las golondrinas en San Luis Potosí en dos meses. Todo se entusiasman y aseguran que asistirán.

Cuando se dan cuenta, ya es de noche y están caminando hacia casa de Lencho. Algunos portan mochila, con los materiales que usarán para el vivac. Ahora sí, la luna está totalmente llena. Parece una pantalla iluminada. Solo unas tímidas nubes la rodean. La noche está fría y silenciosa, de no ser por los grillos que nunca descansan. Los recuerdos de la noche anterior surgen, pero no se detienen, incluso aprietan el paso para llegar a cenar.

Después de tomar los alimentos, se avisa que empezará el último vivac. Se presentan varios números musicales, declamaciones y más. Al final, el grupo de los más grandes lee una historia de Alan Poe muy conocida. Se trata de “El gato negro”. Los chicos se han repartido los párrafos y lo hacen muy bien, dándole entonación y efectos corporales a lo que leen. También usan las lámparas para alumbrar a las caras del narrador, o a otros puntos alrededor de ellos, creando una atmósfera de miedo. El akela mayor los felicita por la representación. Agradecen a Lencho, Leodegario y Micaela. Ya no los verán mañana. Hacen formación y empiezan a caminar, recordando aún divertidos, el vivac. Nadie se percata de que Oscar y los otros dos akelas no van con el grupo. Debieron de haberse adelantado.

Cuando el grupo se moviliza hacia el campamento, empieza la sucesión de sonidos: campanas, cadenas que se arrastran, aullidos, el ulular de una lechuza. Casi se esperaba, pues cada noche ha sido así. La neblina es más espesa esa noche y una luna enorme y amarillenta alumbra su camino.

Antes de llegar al ex convento, se escucha un caballo, que parece seguirlos. No han visto ninguno de ellos en esos días. Es extraño que a esa hora ande por ahí, pero su cabalgar es clarísimo. Al parecer el caballo los ha adelantado, pero solo se oyen sus pisadas, nadie vio al animal ni a quien lo monta, hasta que de repente ambos llegan de frente y se pueden ver entre la neblina; es un caballo negro y grande, montado por un jinete sin cabeza y del que solo se distingue una gran capa oscura. La formación se rompe y varios corren, Están asustados por la aparición. Se oye relinchar al caballo y una risa fuerte y burlona, que no se sabe de dónde viene. En ese momento, de la bodega del ex convento sale una pequeña procesión de frailes, con sus hábitos café oscuro y las capuchas puestas sobre las cabezas. Llevan velas en las manos y al caminar agachados no se distinguen sus rostros. Los ruidos de la campana y las cadenas se intensifican. No se detienen los aullidos y el ulular de la lechuza. Todos es una confusión, Ernesto, Roberto y un explorador más, salen corriendo y se meten en el bosque. Algunos lloriquean. Se han quedado en cuclillas, petrificados, rodeados por el jinete sin cabeza y los monjes silenciosos. Cuando todo llega al máximo punto, se empiezan a oír unas risitas que pronto se vuelven carcajadas. Los monjes se levantan las capuchas y son ni más ni menos que dos de los akelas, Leodegario, Micaela y Lencho. Del caballo baja el jinete, que tenía oculta la cabeza bajo un manto negro, se descubre y es Oscar, el otro akela faltante. Los chicos no saben si reír o llorar, Están muy asustados y les causa más que risa, enojo, el haber sido engañados y burlados de esa manera.

El akela mayor se pone al frente y les explica que se trataba de una prueba de valor, a la que todos los exploradores del grupo son expuestos. Agrega que cada año se realiza y que los padres están informados y dieron su consentimiento. Entre los murmullos se oyen voces que dicen; “! ¡Qué poca madre!, ¡De haberlo sabido!” Uno de los exploradores dice riéndose: “Yo si lo sabía, ¡mi hermano mayor que vino hace años, me lo advirtió”! Los monjes y el jinete –ahora con cabeza- se insertan al grupo. Todos empiezan a caminar rumbo al campamente, de manera más o menos desorganizada, comentando lo sucedido. De repente alguien declara: “Ernesto y dos más no están, salieron corriendo a la hora del susto mayor”. Vicente, el akela principal le indica a Oscar que regrese por ellos, Felipe, otro akela se ofrece a acompañarlo. Ambos se separan del grupo, aun con los disfraces puestos y van hacia el ex convento.

Como ya que se han apagado las veladoras que se prendieron en la ventana, la bodega, la fuente, la barda y otros sitios, el convento está totalmente oscuro. Oscar y Felipe se separan para buscarlos en los alrededores, sin encontrarlos. Gritan de vez en vez sus nombres, sin tener respuesta alguna.

Dentro de la bodega, Roberto y los otros dos chicos, están escondidos en la oscuridad, tiritando de miedo y frio. No han escuchado lo que pasó fuera y sienten que aún corren peligro. No se mueven, ni hacen ruido. Solo se escucha el ligero castañear de sus dientes y sus respiraciones continuas.

Oscar y Felipe los buscan en la capilla de los secretos, atrás del convento y por cuantos pasillos y corredores que se pueden acceder. Al fin, cansados de buscar se detiene frente a la bodega, Roberto hace la seña de que guarde silencio a Felipe y entra sigiloso por la vieja puerta de hierro, caminado de puntitas para no hace ruido. Adentro todo está oscuro, pero no trajeron lámparas. Cuando apenas han caminado unos pasos, sienten la presencia de alguien más y en ese justo momento, solo se escucha una orden: “¡Ataquen!” y todo se vuelve una confusión. Grandes rocas caen sobre sus cabezas y espaldas. Entre los tres chicos golpean a los akelas sin piedad, usando esas grandes piedras. Roberto ha sacado de su mochila un hacha y otro de ellos, porta un cuchillo de montaña. Los akelas alcanzan a soltar unos gritos de dolor, pero tienen encima a sus atacantes, cortándoles con el cuchillo y el hacha sobre el tórax y extremidades y moliéndolos con la piedra sobre la cabeza, con una saña que solo el odio o el miedo pueden infundir en un adolescente de su edad y fuerza.

Todo termina. Los cadáveres de los dos jóvenes quedan en el piso ensangrentado y la tercia de exploradores sale de la bodega, sumida en la oscuridad. Los tres están como en un frenesí asesino, sudados, ensangrentados y temblorosos. Roberto porta el hacha, llena de sangre y uno más, no suelta el cuchillo de su mano ensangrentada. La luna, inmensa, alumbra sus rostros. Respiran con dificultad. El tercero le dice a Roberto: “¡Creo que eran Oscar y otro akela!”, aterrado. Roberto se limpia la cara con la manga del suéter, sus ojos aún están desorbitados. Casi escupiéndolo le contesta: “¡Lo sé, claro que lo sé!”.

La palabra de los abuelos: «Tukay, la tejedora cósmica»

Autor: Roberto Carlos Garnica Castro

La escritura es mágica y en este preciso instante puedes “oírme” gracias a su poder, pero nunca hay que dejar de abrevar de la ancestral sabiduría oral.
En Papantla, cuna de la hermana vainilla, viven muchos abuelos que desean compartir sus historias. Aquí, en La palabra de los abuelos, recupero algunas de esas narraciones y las reelaboro de manera literaria. En esta ocasión, te presento un mito cosmogónico que me compartió el maestro Romualdo García de Luna.

Tukay, la tejedora cósmica

Era una noche clara, pues Papa’, la luna, brillaba imponente. Sus rayos se reflejaban plateados en los delgados hilos de una tela de araña. La pequeña Sen (Lluvia) miraba con terror cómo Tukay envolvía a su presa.

Kiwichat, la dueña del monte, se acercó con su característico andar felino.

—¿Qué te tiene tan arrobada, nietecita mía?

Sen pegó un brinco pues se asustó con la aparición inesperada de la Abuela.

—Miro a la terrible Tukay, abuelita.

—¿Terrible?, mira bien, Tukay es muy hermosa.

—Pero devora sin piedad a otros seres.

—Sen, todos los seres tienen su propósito. ¿Quieres saber cómo Tukay se convirtió en la tejedora cósmica?

A la niña le brillaron los ojos pues supo que sus tres corazones serían alimentados con bellas palabras.

—¡Sí, abuelita!

—Ven, sentémonos sobre este viejo tronco.

Y fue así como, a la luz de la luna y debajo de los plateados hilos de la tejedora, Kiwichat narró esta historia:

«Antes del nacimiento de Chichiní, el sol dador de vida, sólo había oscuridad.

En medio de esa gran penumbra, a la que todos los seres de la tierra se habían acostumbrado, Jilina, el abuelo, dios del agua, del trueno y del huracán, le dijo a Jokgchilit, el pájaro carpintero:

—Ha llegado el momento. Éste es mi deseo: convoca a todos los animales a una reunión. Diles que el abuelo necesita saber si ya descubrieron su staku, su estrella. Diles que el abuelo necesita ver su gran don, pues pronto nacerá el niño sol y todos los animales le deben presentar un regalo. Primero se presentará el que tiene el don de tejer, luego el que tiene el don de la música, posteriormente el que tiene el don de la danza, y así hasta que pasen todos.

Cuando Jokgchilit transmitió el mensaje, todos los animales respondieron al unísono:

—¡Estamos preparados!

—Bien —dijo el pájaro carpintero— estén atentos al llamado de Sipíjchichi, el coyote: cuando oigan su aullido presentarán sus dones en el gran templo, el animal cuya estrella es tejer será el primero.

El tiempo pasó y, en medio de la gran penumbra, se escuchó el anuncio de Sipíjchichi y todos se dirigieron al gran templo.

La primera en llegar fue Sukchalh, la calandria, pues era muy veloz. Presentó un morralito hecho de bejucos y dijo con voz cantarina:

—Éste es mi regalo.

Jilina, el gran abuelo, lo vio y señaló:

—Está muy bonito tu morral, pero no te corresponde ser Stawana’, quien posee el don de tejer.

Enseguida llegó Xkgonipakga, el papán real, quien presentó un morral más grande de varios bejucos.

—Ésta es mi ofrenda, abuelo.

—Es un buen trabajo, pero no serás Stawana’, sigue buscando tu estrella —dictaminó Jilina.

También llegó Kuyu, el armadillo, y presentó su ofrenda.

—Se ve bien, pero no está parejo, sigue intentando, tampoco serás Stawana’ —sentenció el abuelo.

Así pasaron muchos otros animales queriendo ser Stawana’, pero nadie lo conseguía.

Hasta que llegó Tukay, la araña, quien, para sorpresa de todos, no traía nada en las manos.

—¿Dónde está tu pieza? —la cuestionó Jilina.

—Aquí, conmigo —respondió Tukay y, en seguida, comenzó a tejer con tal maestría que todos quedaron maravillados.

—Tú serás la gran Stawana’, la que tiene el don de tejer, has descubierto tu propósito. Cuando Chichiní, el que todo lo ve, se coloque en lo alto y todo empiece a tener movimiento y camino, tú tejerás el cosmos y serás, para toda la eternidad, fuente de inspiración para sus hijos, los hombres.»

—Y fue así, mi niña, como la bella Tukay se convirtió en la tejedora del cosmos y maestra de todos los que de alguna manera tejen.

—¡Qué bonita historia abuelita! Pero no entendí bien por qué dice que la Calandria y el Papán real presentaron un morralito.

—Sen, cuando camines no sólo mires al piso. Mañana, al amanecer, cuando escuches las voces de Sukchalh y Xkgonipakga, observa sus nidos y comprenderás esa parte de la historia.

—¿Y qué pasó con los animales que aún no descubrieron su don?

—Sen, mi hermosa niña, ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

“La palabra de los abuelos” es una columna mensual con la misión de recuperar y difundir mitos de la tradición oral totonaca en la región de Veracruz adaptados por Roberto Garnica  quien se ha desarrollado principalmente en el ámbito académico como filósofo, antropólogo e historiador, ha publicado también en libros y revistas nacionales e internacionales.

Agradecimientos:

Al maestro Romualdo García de Luna, por compartirnos la historia de «Tukay, la tejedora cósmica».

Al maestro José López Tirzo, por asesorarnos con la escritura de los vocablos totonacos.

Crédito de la imagen: Espartaco Garnica.