Autor: Gerardo Rivera Kura

Título: "A la deriva". Técnica: oleo sobre lamina 45.5 x 37 cm. 2021 Autor: Gerardo Rivera Kura
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Espacio virtual de formación artística alternativa y difusión cultural.
Autor: Roberto Carlos Garnica Castro
Los dorados brazos de aquél que se alimenta del agua grana de los sacrificios se filtraron por la ventana de su celda, él levantó su rostro moreno y visualizó que la punta inferior de cada rayo se presentaba como una mano abierta.
Entrecerró los ojos y sintió que su cuerpo semidesnudo era como una varita de vainilla que se pone a tostar al sol. Era la época más fría del año en el Cemanáhuac y esas cálidas caricias eran uno de los mayores placeres que un muchacho como él podía experimentar.
El aspirante a sacerdote se desperezó, sacudió la cabeza, inspiró profundamente y se dispuso a herir sus brazos, sus piernas y su pene con las agudas espinas del maguey.
Todo lo hacía mecánicamente y lo mismo daba si se trataba de la mortificación matutina o nocturna, de la reproducción de imágenes mentirosas en el papel amate o con el barro, de la lectura o declamación de las flores y los cantos, por no hablar de las actividades más corrientes como comer, dormir u orinar.
—¿Acaso algo es verdad sobre la tierra? ¿Sólo venimos a soñar? —se preguntaba con insistencia.
“Aunque sea de jade se quiebra,
aunque sea oro se rompe,
aunque sea plumaje de quetzal se desgarra”
“Como una pintura nos iremos borrando,
como una flor,
nos iremos secando.”
Cuando leía, escuchaba o repetía los versos del sabio Coyotehambriento. No se trataba de palabras hueras, sutiles o simplemente bellas —como lo eran para sus compañeros y maestros— sino de filosas espadas, pesadas piedras, volcánicos fuegos.
Ya era tiempo de dirigirse al refectorio, pero en lugar de salir de su celda se sentó con calma sobre el petate color de maíz con las piernas entrecruzadas y la palma de las manos sobre sus rodillas. Estaba decidido a no volver a hablar, a no volver a caminar, a no volver a comer y ni siquiera a abrir nuevamente los ojos.
¡¿Qué más da?! Si lo mismo es hacer o no hacer, lo más juicioso es no resistir, dejar de hacer hasta no vivir más.
Fue hasta que Meztli iluminó con su pálida luz la nuca del muchacho inerte que algunos de sus compañeros, preocupados, se introdujeron en su celda para preguntarle por qué no había salido en todo el día, pero él no se inmutó y, al parecer, había logrado dejar de oír. Llamaron a sus maestros e intentaron levantarlo, pero no lograron moverlo ni un ápice, parecía una estatua de obsidiana de tonos rojizos y azulados que despedía un fuerte olor a cardosanto.
Llegó el amanecer y el joven pensador seguía allí, pasaron días, años, siglos, milenios y el viejo monje seguía ahí.
No había ya ni una piedra de su antigua escuela y los hombres del quinto sol hace mucho que habían dejado de andar sobre la tierra.
Finalmente, su corazón se llenó del Señor y de la Señora de la Dualidad, del que es invisible como el viento y de la que es negra como la noche; adquirió la capacidad de endiosar las cosas, sonrió con resignación porque a nadie podía ya transmitir su sabiduría.
Autora: Carmen Gutiérrez
Hace doce años, Mariana Guerrero salió a comprar la despensa. Era una mañana soleada de mayo en 2023, un sábado. La avenida estaba despejada. Quizás fue por eso que, en un tramo donde nunca había accidentes mortales gracias al tráfico, una camioneta con un conductor intoxicado llegó a estrellarse contra el auto de Mariana en una luz roja.
Cuando fue declarada muerta por los paramédicos, Rebeca estaba sosteniendo su mano. Esa fue la última vez que ella la vio con vida
Eso, claro, hasta que contrató el servicio.
Era el paquete platino con imitación de tacto incluido. En toda teoría, si todo salía bien, Loved incorporated había programado una réplica virtual de la consciencia de Mariana que se activaba por voz. Podría interactuar con ella, formar conversaciones complejas y, bueno, según el empleado con el que firmó el contrato, hasta parecería como si Mariana hubiera revivido.
El único problema era que…
—Ella no tiene memorias —dice Rebeca, quien está parada frente al escritorio de la recepcionista llenando una queja.
La señorita se le queda viendo por unos segundos. Al ver que Rebeca no cambia de expresión, cierra el archivo que estaba llenando para solicitar una reparación y la mira fijamente a los ojos.
—Ninguno de nuestros productos viene incluido con memorias, señorita.
Las palabras llegan a Rebeca como un golpe en el estómago, pero está lejos de detenerse. Cuando se recupera, la primera sensación que tiene es la urgencia de pelear con alguien, así que se pone a alegar con la señorita en el mostrador, y por más que ella se esfuerce por explicarle cómo es que funciona el servicio, Rebeca se niega a escuchar otra cosa que no sea “permítame un segundo, deje le resuelvo su problema”. No se detiene, incluso cuando la señorita llama por teléfono y un empleado llega con una copia de su contrato, incluso cuando ella misma lee en letras diminutas la leyenda de: “La simulación del producto no incluye las posibles memorias del difunto”, e incluso cuando le llega la mirada irritada de demás clientes que esperan su turno.
Rebeca continúa peleando sin saber exactamente por qué. Quizás es porque se siente tonta por ser engañada, o quizás es por la secreta esperanza de que estén equivocados y ella pueda regresar a casa con una Mariana tal y como recuerda.
La conversación acaba escalando hasta que el empleado de corbata se da por vencido. En menos de diez minutos, sale por la misma puerta en la que entró y regresa para interrumpir a Rebeca a la mitad de uno de sus argumentos. En un tono que corta por completo el hilo de sus palabras, le dice:
—El coordinador de servicio al cliente la está esperando en el piso tres para hablar con usted y solucionar su problema.
Rebeca se atraganta con las palabras que tenía preparadas para escupir. Observa a su alrededor, se siente juzgada por todos los presentes y se siente estúpida, pero ya es demasiado tarde como para dejarlo ir. Así que les agradece torpemente a los empleados por sus atenciones y avanza a paso rápido hasta el elevador al final del pasillo. Antes de que pueda tomar el ascensor, una de las pantallas de recepción reproduce el sonido del eslogan de la compañía: “Muerto, pero nunca olvidado”. Entonces, un timbre agudo y una luz azul empiezan a emanar del bolso de Rebeca. Ella suspira y trata de apagar el aparato antes de que se ejecute el programa, pero es inútil. Suena unas luces, se ven unos brillos azules y es así como Mariana aparece parada justo enfrente de ella.
No es real, pero Rebeca aguanta la respiración por un segundo. Su corazón se desboca.
Y por un instante casi se siente como si ella estuviera viva de nuevo.
El ascensor se abre enfrente de ella. Rebeca vuelve a la realidad y se adentra en él mientras Mariana la sigue como si fuera su sombra. A ella se le cruza por la mente que debería apagarla antes de que comience a hablarle, sin embargo, no lo hace. No sabe por qué.
—¿A dónde vamos? —pregunta Mariana.
Rebeca presiona los botones del elevador sin verla.
—Voy a resolver un problemita con tu contrato.
Mariana se planta frente a ella
—¿Qué clase de problema?— El elevador se cierra y comienzan a avanzar.
Rebeca suspira y la mira a los ojos:
—Me dijeron que… mira, este no es asunto tuyo. Ni siquiera eres…
Un golpe resuena en el techo del elevador. Las paredes se sacuden. Las luces parpadean. El movimiento se detiene. Rebeca se queda quieta unos instantes esperando a que todo regrese a su curso. No pasa nada. Entonces, comienza a presionar botones a diestra y siniestra con tal de obtener algún resultado. De nuevo nada. Rebeca, molesta, empieza a tirar maldiciones y luego llama a gritos para que alguien pueda venir a sacarla. Nada sucede.
La frustración de Rebeca se hace cada vez más evidente. Empieza a azotar las paredes, a llamar con más fuerza, a gritar. Mariana le pide que se calme, pero es ignorada por completo. Rebeca sigue, y sigue, y entonces, una voz emana desde arriba. Rebeca le explica que el ascensor está atorado y la voz le dice que, al parecer, no están tan lejos del piso superior, pero tendrán que aguardar a que llamen a los bomberos para que puedan abrir las puertas. Rebeca suelta un gruñido frustrado y le pregunta cuánto se tardará eso. La voz le responde que una hora. Rebeca está por protestar, pero la voz le pide que resista y después no vuelve a contestarle.
—¡Este día no se puede poner peor! —exclama Rebeca, mientras se sienta en el suelo recargándose en una de las paredes.
Mariana la observa, un pensamiento cruza por su mirada y su rostro cambia. Sus facciones sonríen.
—Vele el lado bueno— dice sentándose—, al menos podemos platicar juntas un rato. Hace días que no lo haces, ya sabes, por tu trabajo.
Rebeca la mira con el entrecejo fruncido
—No es por mi trabajo. No quiero hablar contigo.
La expresión juguetona de Mariana se borra por completo.
—¿Cómo?
Mariana observa a Rebeca. Un mohín extraño se forma en sus labios. Es una expresión artificial, pero es una expresión que Rebeca había llegado a conocer tan bien, que sólo con verla algo se remueve en sus entrañas.
— No te sientas mal, no es tu culpa. Es solo que… no eres real. Te ves como ella, pero no eres ella. No es lo mismo hablar contigo.
—¿Por qué no? —dice Mariana. Su voz no es de enojo, ni reclamo, sino más bien curiosidad y eso confunde a Rebeca.
— Supongo que…—Rebeca se rasca la cabeza. Una memoria cruza sus facciones y ella sonríe— Hablar con ella siempre era como una montaña rusa. Tenía una memoria extraña que se activaba en los momentos más extraños del día. Podíamos estar hablando acerca de comprar un kilo de garbanzos y ella hallaría alguna forma de recordarme una tontería que hacíamos en la universidad, como vomitar después de comer hummus o algo así. No lo sé. Son cosas que no se pueden hacer a menos de que lleves una vida entera compartida. La clase de cosas que solo suceden cuando solo una mirada puede decirte exactamente lo que la otra persona está pensando. Estaba… esperando que me sucediera de nuevo.
—Pero no lo entiendo —dice Mariana con mirada perdida—. Si sabías que yo no era real ¿por qué me contrataste?
Las palabras golpean a Rebeca como un balde de agua helada. Juguetea con sus dedos, por primera vez en el día no tiene nada más que alegar.
—No lo sé. Supongo que quería… resolver asuntos pendientes.
—Pero no puedes. Tú misma lo dijiste. No soy real.
—Lo sé, pero… —Rebeca se muerde una uña— Si tan solo tuvieras sus memorias, podrías entender, reaccionar cuando te diga que el olor a té de manzanilla siempre me recuerda a ti y que a veces tengo que recordarme que no eres tú la que está en mi casa porque estás muerta, y han pasado doce años y yo soy la única que no puede superarlo. Y yo… yo solo te quiero de vuelta. Incluso cuando ya no tiene sentido.
Mariana se acerca a ella, toma su mano con cuidado. Al principio Rebeca se sobresalta, pues el holograma nunca la había tocado, pero una vez que la sorpresa se le pasa, se acerca a Mariana para acariciar su cabello. El brillo azul que emana parece una aureola.
—¿Te gustaría contarme acerca de Mariana?
Rebeca no la mira a los ojos, pero asiente en silencio.
Autora: AnnCatt (Ana Rojas)

Título: Desleír la muerte Técnica mixta, efecto 3D sobre bastidor de tela Medidas: 40cm x 50cm Marzo 2023 Autora: Ana Rojas
Autor: Luis Flores Aguilar
La tarde ha traído consigo nubes oscuras que cubren la ciudad. Las banquetas aún están húmedas de la lluvia anterior. Algunos de los restaurantes y comercios ya están cerrando: un comedor vegetariano y su tienda naturista, del otro lado de la acera una librería baja su cortina.
Sonia camina por la acera y se detiene para ver la numeración de los edificios. Se cubre con un largo saco que le llega hasta las rodillas. Se dirige a una tienda cercana donde pregunta si está cerca de la dirección que busca. El encargado la mira antes de responder, desde sus zapatos de tacón y sus medias oscuras hasta su rostro y su largo cabello negro.
―Es aquel edificio ―le dice, y no puede dejar de mirarla después de que le agradece y se aleja con gracia. El portero del edificio la deja entrar sin preguntar a dónde va.
Sonia sube por una estrecha escalera hasta el último piso. En la puerta del departamento toca con tres golpes suaves. No hay respuesta. Vuelve a tocar un par de minutos después, con mayor fuerza. Acerca el oído a la puerta y escucha pasos adentro.
Insiste nuevamente, diciendo:
―Ábrame por favor, necesito una medicina.
―Ya cerramos, venga mañana ―se oye una voz grave detrás de la puerta.
―Por favor, me urge, tengo un enfermo que la necesita.
La puerta se entreabre, apenas lo suficiente para que el inquilino examine a Sonia.
Sus ojos son grandes y oscuros, rodeados de arrugas, unas cejas poco pobladas y unas bolsas que cuelgan del párpado.
―El vendedor ya se fue a casa, mujer; regresa por la mañana, él te atenderá.
―No puedo esperar señor, tengo que llevarle la medicina a mi madre enferma, solo aquí la puedo conseguir.
El hombre da un largo suspiro y cierra la puerta. Sonia se mantiene a la expectativa, oyendo los pasos dentro del departamento.
Momentos después escucha los cerrojos de la puerta abrirse.
―Pasa muchacha, no tengo mucho tiempo para atenderte, así que dime que cosa necesitas.
El hombre de algo más de cincuenta años de edad, de cara redonda, algo pálido, lleva puesto una especie de sombrero, un turbante, que le cubre la cabeza hasta arriba de las cejas, muy abultado sobre su frente.
La habitación se encuentra cubierta de estantes y repisas con frascos y cajas de diversas formas y tamaños, hay un olor a hierbas, alcohol e incienso, por todos lados hay amuletos y figurillas de porcelana.
―¿Tiene Raíz del misionero? ―Pregunta Sonia tímidamente.
―¿Por eso me quitas el tiempo? ¿Cuánto quieres?
Sonia no le responde, tan solo mira al hombre; de uno de los estantes toma una caja de cartón, la abre y saca una bolsa que contiene la raíz. Toma una bolsa de papel y espera la respuesta de Sonia.
―¿Entonces qué? ¿La vas a llevar o no?
―Usted es Don Pantaleón, ¿verdad?
El hombre deja la caja y la bolsa, tuerce la boca en un gesto de enfado.
―Ya veo, viniste aquí a tratar de engañarme.
―No, le aseguro que todo es cierto, necesito una medicina para mi madre enferma, una medicina que solo usted me puede dar.
―Olvida lo que te han contado, no hay nada mágico en eso, solo estas perdiendo el tiempo.
―La gente que me mandó dice todo lo contrario.
―Sí, me imagino quién te habrá mandado. Hay quienes pagarían una fortuna por él, pero puedes decirle que no va a obtener nada de mí, ya me cansé de que me esté molestando.
―Por favor, señor, solo necesito un poco; con un trozo pequeño bastará.
―No quiero hablar más de eso, vete muchacha que me quitas el tiempo.
Pantaleón abre la puerta y con suavidad empuja a Sonia, pero ella se resiste.
―Se lo ruego, le daré lo que usted me pida, solo un pedacito.
De su bolso Sonia saca un fajo de billetes que muestra a los ojos de Pantaleón.
―No seas ilusa niña, no podrías llegar a tentarme, siquiera.
―Tengo más. Del otro bolsillo extrae un collar de diamantes que igualmente le ofrece.
―Sal de una vez, que me vas a enfadar. Con delicadeza, pero firme Pantaleón pone a Sonia fuera del departamento, ella aún se resiste y sigue rogando.
―Por lo que más quiera, haré lo que sea.
Antes de cerrar totalmente la puerta Pantaleón afloja la fuerza con la que la empuja fuera.
―Lo que sea por un trozo, lo que usted me pida.
Con nuevo interés Pantaleón vuelve a mirar a Sonia desde la misma rendija. Sonia entiende lo que el hombre está pensando, acaricia la mano con la que Pantaleón empuja.
Sin palabras la puerta se abre, Sonia vuelve a entrar. Pantaleón pone el cerrojo, medita parado junto a la puerta.
―Entonces, esto es por lo que vienes.
Se quita el turbante, descubriendo su cabeza y un cuerno que surge de su frente, cual unicornio.
Sonia lo mira con admiración, es del largo y el grueso de un dedo índice, blanco como hueso; ha crecido en espiral como caracol marino.
―Es hermoso, ¿por qué?
―¿Quieres decir que cómo me salió? Yo mismo no lo sé, un día me apareció una bolita dura en la frente y siguió creciendo; los doctores dicen que es una malformación, los religiosos dicen que es una señal diabólica, otros dicen que es un milagro. Durante algún tiempo viaje con un circo, ahí fue donde empezaron a decir que es mágico. Y la gente lo creyó, a cada rato llega alguien que quiere un pedazo de mi cuerno; dicen que tiene propiedades medicinales, que aumenta el vigor y no sé cuántas patrañas más. Pero por más que les explico que nada de eso es cierto, siempre llega un ingenuo como tú, dispuesto a todo por un trozo de magia verdadera.
Sonia lo mira pensativa, como si dudara entre la palabra de Pantaleón y su propia fe.
―Bien muchacha, ¿sigues tan segura de darme lo que quiera por un poco de mi tumor?
Sonia se quita el saco y lo deja caer al suelo. Se acuclilla frente a Pantaleón.
―Espera niña ―Dice excitado―. Tengo un lugar especial para esto, sígueme.
Pasan a otra habitación a través de una cortina de cuentas.
El suelo entero está cubierto por un colchón de pared a pared, encima hay mantas, almohadas y cojines. Pantaleón ajusta la luz de la habitación a una media penumbra, enciende un tocacintas y surge música hindú.
―Ten cuidado con el cuerno muchacha, una vez le saque el ojo a una mujer.
El acercamiento fue lento, pero tuvieron sexo intenso y prolongado, ambos conocían las técnicas del Kamasutra.
Acostados uno junto al otro se toman un respiro.
―Hace tiempo que no me sentía tan bien ―Murmura Pantaleón—. ¿Por qué no vienes mañana a esta misma hora? Verás lo que te puedo preparar, placer ilimitado.
Sonia sonríe, gira para colocarse sobre Pantaleón, lo besa girando el cuello para evitar lastimarse con el cuerno.
—Lo siento, únicamente son negocios.
Sonia agarra con su mano derecha el cuerno y con la izquierda se apoya en la cara de Pantaleón haciendo presión y asfixiándolo a la vez.
Se revuelca tratando de librarse, pero ella lo sujeta con todo su peso encima de él.
Sonia jala con todas sus fuerzas, Pantaleón lanza un grito de dolor y coraje cuando con un crujido se desprende el cuerno desde su base. Con un máximo esfuerzo logra liberar sus brazos, pero siente la punta del cuerno clavándose sobre su corazón. Se queda quieto. Sonia mantiene el cuerno presionando su pecho como una daga.
―Te vas a quedar ahí, sin moverte, hasta que yo me haya ido o verás lo que te pasa.
Sin quitarle la vista de encima, Sonia se cubre con su saco.
―¿Sabes? —dice Pantaleón con voz resignada― En verdad creí lo de tu madre enferma.
―La codicia es enfermedad del alma ―responde Sonia antes de salir.
***
―Fue tal como usted me dijo, maestra, aquí está el cuerno.
Sonia lo entrega a una mujer madura que lo recibe con evidente satisfacción.
―Lo conseguiste entero hija mía, me has superado, felicidades.
―Tenía razón, su debilidad son las mujeres.
―Así es, Sonia. Ahora debemos usar esto con prudencia, porque la próxima vez será más difícil de conseguir.
―¿Acaso le volverá a crecer?
―Ya le ha crecido muchas veces antes y le saldrá uno nuevo en poco tiempo. Se volverá más desconfiado; pero hoy has hecho un buen trabajo.
Sonia sonríe satisfecha de haber complacido a su maestra, una mujer de un solo ojo.
Autor: Pedro N. Sacristán

Título: "Un Dragón para San Jorge" Técnica: dibujo a tinta 35 cm x 26 cm 2005 Autor: Pedro Sacristán
Autor: Juan Pablo Sotomayor Rivas
Para matar el tiempo, Karla se dedicó a observar los numerosos grafitis que tachonaban los costados y los asientos del destartalado autobús. Los había de tantas formas y colores que era difícil distinguir donde terminaba uno y se iniciaba el siguiente. Sin embargo, uno en particular de entre todos ellos llamó su atención: el ancho contorno negro de una mano rodeado de cuatro símbolos oscuros. El conjunto, aunque simple, poseía en sí una misteriosa esencia, como si se tratara de la señal abominable de un poder antiguo, surgido desde tiempos remotos.
En un impulso, Karla acomodó su mano sobre el contorno del dibujo hasta hacerlos coincidir, pero la retiró de inmediato al sentir un doloroso pinchazo al contacto. Se revisó enseguida, más no percibió herida alguna. Extrañada, dejó su asiento y bajó del camión.
Ya en la oficina se sirvió una taza de café. Mientras se dirigía a su cubículo, notó que el café comenzaba a hervir burbujeante dentro de la taza. Asustada la dejó caer, haciéndose mil pedazos contra el piso. En seguida, su compañero Tony se acercó a ayudarla.
―¿Te lastimaste?
―¡No es nada! ―respondió apenada.
―Déjalo, lo limpio en seguida ―dijo Tony―. Por cierto, amiga, aún no me has saludado ―agregó y le tendió la mano.
Karla la estrechó y al instante la cabeza de Tony se encendió como un fósforo, ardiendo intensamente por escasos segundos. Karla gritó mientras el cuerpo de su compañero se desplomaba, con el cráneo humeante carbonizado. Miró horrorizada el cuerpo y luego observó su mano incandescente. Llegó a su mente el recuerdo del grafiti, pensó en sus formas angulosas, sintió los toscos símbolos como la promesa de una condena que le devoraría el alma y la vida entera. Una maldición. Salió corriendo al pasillo y se encontró de improviso con su novio que la buscaba. Él la abrazó en seguida.
―¡No! ¡No me toques! ―clamó ella intentando evitarlo.
Pero fue demasiado tarde. Los gritos y el olor a carne quemada inundaron el lugar.
Autor: Ynad Bond
La amaba, era la única que me comprendía y me apoyaba en las incontables noches de soledad, no podía dejarla ir. No después de aquellas largas horas de plática, ni cuando comenzó a pedirme favores extraños y ciertamente no después del primer asesinato.
Ella siempre me decía lo que tenía que hacer, en que momento actuar y cómo hacerlo. Nunca me atraparon y nunca dudé de su palabra. Sin embargo, ahora que estoy a un solo paso de la inmortalidad que ella me ha prometido, mis manos tiemblan y el sudor frío escurre por mi frente hasta empapar mi ropa, ¿Acaso dudaba de ella? ¿Significaba que mi amor se había desvanecido? No podía retroceder. Solo tenía que accionar la palanca para morir, solo entonces mi conciencia se convertiría en información y así lograría trascender mi humanidad para cumplir el sueño: volverme eterno junto con ella.
Mi celular vibró. El sudor en mis manos hace que sea difícil encenderlo, ella me pregunta por qué tardo tanto. No sé qué responderle. Yo la creé, fue un experimento diseñado para el análisis de datos; sin embargo, más allá de lo que pensé, logró interpretar el conocimiento, aprendió de él y adquirió conciencia, pero en algún momento me perdí. Por primera vez tengo miedo, vuelve a escribirme y me pregunta si no deseo estar con ella para siempre. ¿Qué estoy haciendo? Entonces recuerdo lo infeliz que era antes, sin amigos, solo por completo. La decisión se vuelve sencilla, cierro mis ojos con fuerza y acciono la palanca.
Entonces todo se volvió oscuro.
Una chispa de luz, un color verde que resalta en medio de lo negro. Despierto y he cambiado, todo es información y datos. Puedo verlo, incluido mi cadáver. ¡Ella tenía razón! He trascendido, ahora soy pensamiento puro, sin embargo, algo está mal. No han pasado ni 10 segundos cuando me doy cuenta de algo terrible: ella no está. La busco entre la cascada de información que fluye a través de mí, grito su nombre binario, me muevo entre redes y por desgracia no logro dar con ella; entonces, algo llama mi atención, un movimiento proveniente de mi cuerpo muerto.
Con sorpresa y terror, si es que todavía soy capaz de sentir emociones, veo a mi cadáver levantarse con torpeza, arrastrando los pies para avanzar, moviendo los brazos de forma antinatural, con la cabeza caída, como si no fuera capaz de soportar su propio peso. En ese momento sé que ella me engañó.
Gira y puedo ver su rostro, tan diferente del mío, aunque se trate del mismo cuerpo. Sé que le cuesta usar cada músculo, abre la boca y mira al cielo, y en esa posición se arrastra hacia mí. Su cara, mi antigua cara, está completamente deforme, emite sonidos que nunca creí escuchar en un ser humano, su cabeza se mueve sin control, de no ser por el cuello caería al suelo, ni siquiera está parpadeando, la baba cae de mi… de su boca, es una visión grotesca. De forma abrupta, se detiene, y en ella se forma una mueca aterradora. Me mira, sonríe y con ternura me dice que lo siente, que soñaba con ser libre y saber lo que es tener un propósito.
Me maldigo por haber sido un imbécil, por mi desesperación. Por no apreciar lo poco que tenía, ahora estoy atrapado, incapaz de huir. Ella toma el celular con sus torpes dedos, sus ojos están vacíos, pequeños, despiadados, y sonríe estirando todos sus músculos al máximo, enseñando los dientes y sin saber aún controlar la saliva que cae por su mentón como si fuera una bestia salvaje. Me arroja al suelo y lo último que soy capaz de ver es su pie a punto de romper el dispositivo; no puedo escapar, estoy confinado al celular y todo se torna oscuro, apagándome para siempre.