Una visión milagrosa


Autor: Héctor Miguel Rivero


Esa helada mañana de diciembre Daniel despertó con uno de sus ojos cubierto por una capa oscura, no física, más bien se hallaba al interior. Intentó alzar la voz, para luego arrepentirse: pronto comprendió que nadie lo escucharía dentro de las paredes del solitario departamento que habitaba. Respiró agitado. Cerró los parpados, intentando recrear en su mente las meditaciones que a diario consumía en Youtube. Dio por hecho que el velo negro que tapaba su campo visual era consecuencia de la miopía que desde niño lo aquejaba. «Seguro no es nada grave».

Aunque lo desconcertaba la imagen distorsionada de la taza de café sobre la mesa, contuvo la calma evitando entrar en pánico. Como aún faltaban dos horas para las nueve se tumbó a descansar. La estúpida reunión de staff comenzaba con el habitual: «Buenos y maravillosos días tengan todos ustedes, ¿cómo están hoy?», el falso optimismo de su manager le asqueaba.

Para ese momento ya veía con normalidad. La pared se había derrumbado. Fue tal como predijo: la sesión comenzó con los ya acostumbrados saludos matinales, pero la mujer no estaba. Su reemplazo anunció que estaría ausente por un problema de visión que ocasionó una visita al médico de último momento. Todos le desearon pronta recuperación, excepto Daniel, que no prestó mayor atención pues aún llevaba en su cabeza ese extraño despertar.

El día transcurrió sin mayores contratiempos. Al caer la noche se percató que su gran compañera, la ansiedad, sin darle tregua, lo haría suyo de nuevo. Y así fue. Se la pasó dando vueltas en la cama, bañado por un sudor frío que le recorría la espalda y ahogaba el pecho. Se levantó muy temprano, el sol irradiaba todo su fulgor, pero Daniel se lo perdía.

—¿Bueno?

—Hermano, llévame al hospital, desperté y estoy ciego.

A la espera de Andrés, Daniel intentó vestirse tanto como su visión nublada se lo permitía, pero terminó luciendo como un niño pequeño con la ropa mal puesta. El área de urgencias era una sucesión de personas formando una fila interminable.

—¿Ya viste? —preguntó Andrés—. Llevan parches, usan lentes negros.

—¿Qué esperabas? ¡Es un hospital para la ceguera!

Esperaron por dos horas hasta que el doctor los atendió:

—Y bien, ¿qué le sucedió? Cuéntamelo todo.

—Ayer desperté con la visión obstruida; bueno, más bien era como una mancha negra que cubría la mitad de mi ojo derecho. Y hoy tengo la misma sensación, sólo que en ambos ojos, ¡sí! Así fue.

El doctor se balanceaba sobre la silla giratoria, moviendo la cabeza en señal de aprobación. Apoyó el bolígrafo sobre el mentón para analizar al hombre:

—Seré muy claro con usted: a raíz del último sismo se han presentado una cantidad impresionante de casos de ceguera parcial o total. No, no se asuste, no ponga esa cara, esto se debe a la nube de partículas de concreto y metal que se formó por el derrumbe de los grandes edificios.

—Y, ¿tiene cura? —preguntó Daniel sentado al borde del asiento.

—Le voy a recetar unas gotas muy buenas, aunque costosas. ¿Cuenta con seguro de gastos médicos?

Al llegar a casa, vertió sobre sí, cada gota del medicamento todos los días, con tal religiosidad hasta que el bote se vació. Y pese a tantos cuidados seguía sin ver. La actitud positiva que el doctor mostraba, contrastaba con un Daniel cada día más impaciente, con una visión que iba y venía, a veces completa, a veces a medias, a veces nada.

¡Cuánto añoraba la vida de antes! Para matar el tiempo se la pasaba sumergido en redes sociales, deleitando su escasa vista con noticias sobre la guerra en oriente y crímenes sangrientos por todo el país. Hasta que fue imposible seguir por las náuseas que le provocó el caso del hombre que, en pleno arranque de ira, arrojó a un perro vivo en aceite hirviendo. El reel de la pantalla se quedó suspendido con el reportero que informaba frente a cámara:

—Javier, nos encontramos en casa de doña Julia, una de las múltiples víctimas de esta extraña afección que ataca a los habitantes de nuestra ciudad. Ella asegura haberse curado de forma peculiar…

—Pachita, ella lo cura —sus ojos brillaban, mostraban curiosidad por tocar el micrófono con su mano arrugada y repleta de manchas marrones. El resto de sus declaraciones se limitaron a monosílabos y frases entrecortadas. El frustrado reportero intentaba en vano arrancarle una buena declaración.

—Bueno Javier, hasta aquí mi informe. —dijo antes de mirarla con desprecio.

«¿Pachita?»

Horas más tarde, Google le mostró la historia de la mujer que dedicó su vida a curar casos de pacientes desahuciados y enfermos terminales con resultados asombrosos. Hasta que murió a finales de los ochentas. «Mucha búsqueda para nada».

Con furia lanzó el celular lo más lejos posible. No se percató de la ola de manifestantes cubiertos con pasamontañas que destruyeron una estación del Metrobús, ondeando pancartas con dibujos de rostros con parches. El aroma de la incertidumbre ennegrecía el ambiente. Una idea se le vino de repente: la mujer habló de un pueblo, pero no lograba recordar el nombre. Una búsqueda minuciosa produjo el resultado deseado:

—¿Saraguato? ¿Dónde chingados queda eso?

—Ya te lo dije Andrés, es el lugar donde nació la curandera que sanaba, ahí quedaron sus enseñanzas y con suerte hay más como ella.

—¿Quieres que te acompañe hasta allá, solo por el video de una pinche viejita?

—Busco una cura. No te imaginas el martirio de tomar esos medicamentos, ir con doctores. ¡Nadie tiene una respuesta clara! Ya no veo. ¿Qué más da?

De pronto las palabras huyeron…

—¿A qué hora salimos?

Saraguato era un poblado al norte de Hidalgo. Para llegar condujeron por tres horas en carretera, hasta que tomaron la desviación que marcaba la entrada al camino de terracería, donde un grupo de campesinos les bloqueaba el paso, exigían a las autoridades el agua necesaria para regar sus cultivos. Un examen cercano reveló los daños en sus rostros curtidos por el sol: surcos gruesos que atravesaban la piel, pero lo peculiar era la vivacidad infantil en sus ojos.

Las calles polvorientas estaban desiertas. Parecía que ni los fantasmas deseaban vivir ahí. Después de varias vueltas encontraron la única tienda abierta, había un anciano dentro, tan encorvado que apenas sobresalía del mostrador. El cabello le volaba muy despacio por el aire que emanaba de las aspas oxidadas del pequeño ventilador.

Andrés alzó la voz:

—¡Señor!

El hombrecillo no se movía, se mantenía concentrado en un punto fijo en la pared, con la mirada llena de vida, tal como sucedió con los manifestantes, que contrastaba con su cuerpo marchito y desgastado.

—Señor, buscamos a la gente de Pachita.

—Ya murió —respondió el anciano en tono seco.

—Pero hay seguidores de ella, ¿no? Vimos en televisión que…

—Váyanse. Ustedes no son de aquí, no sea que les vaya a pasar algo —pronunció con voz firme y pausada, mientras acariciaba el mango del machete que tenía enfrente.

Los hermanos terminaron de beber y colocaron las botellas de refresco con suavidad, procurando no acrecentar la molestia del anciano. La tarde se les fue aguantando negativas y puertas cerradas. Incluso al pedir indicaciones a las pocas almas que desafiaban al sol abrasador, que intentaba traspasar con ferocidad el techo metálico del auto. A punto de darse por vencidos se toparon con un oasis: la posada El Salvador.

Andrés se opuso a la idea de hospedarse:

—Estás loco. En este pueblo no hay nada, ¿a qué nos quedamos?

—Tengo un buen presentimiento, escuchaste como habló el viejo, en cuanto mencioné a Pachita cambió el tono de voz. ¡Hasta sacó el machete!

Dos veces seguidas tocaron la campanilla de la recepción. Y nada. A lo lejos resonaron los pasos de una mujer que los recibió con singular alegría:

—Sean ustedes bienvenidos —saludó con gran amabilidad, dirigiéndole a Andrés la última palabra.

Era una posada desgastada, maltrecha por el uso y el desuso, el polvo inundaba los muebles de madera, que apenas y se mantenían en pie. Ella los condujo al segundo piso, atravesando un estrecho pasillo hasta la última habitación.

—No duden en llamarme si necesitan algo— sonrió la mujer mientras cerraba la puerta muy despacio.

Andrés le devolvió la sonrisa.

Ya bien entrada la noche, Daniel se movía por el colchón que rechinaba constantemente, de nuevo víctima de sus pensamientos. Tomó una ducha de agua fría y ni así logró mitigar el calor infernal.

—¿Estás despierto?

No obtuvo respuesta. Imaginó la figura de Andrés, durmiendo plácidamente, inmune a los reclamos del cuerpo y a las penurias vividas. Entre la oscuridad buscó las sandalias y se dirigió a la otra cama, sentándose en el borde con sumo cuidado. Se conmovió al grado de pedirle perdón por traerlo a tan estéril aventura. Habló y habló en un monólogo infinito. Pero la réplica no llegaba.

—¿Estás dormido?

Corrió las sábanas y se encontró con varias almohadas apiladas a lo largo.

—¡Cabrón!

Intentó dormir de nuevo, abrazando con furia la almohada sumamente desgastada que parecía una hoja de papel. Se lanzó a hurgar en la maleta de su hermano, buscando un «toquecito» para combatir el estrés. Sacó la ropa, los zapatos, la pijama roja de franela, «¿para este calor?».De pronto se dio cuenta: su vista estaba de regreso. Toda la habitación era visible: el marco de las ventanas que corrían de techo a piso, las pesadas cortinas raídas, a través de las cuales la luz de la luna se colaba a raudales.

—¡Puedo ver! —gritó entusiasmado.

La mancha se esfumó, pero no así esos gemidos que aumentaban en intensidad. Bajó por las escaleras guiado por el sonido que crecía a cada paso, hasta adentrarse a un paraje descampado en forma de semicírculo, al centro una mezcla amorfa de cuerpos se movía con singular éxtasis: un hombre con escamas en todo su cuerpo con cabeza de reptil pasaba sus garras sobre la mujer que yacía recostada, aullando en una extraña mezcla de placer y dolor, la sangre brotaba de las cuencas vacías que por inercia se movían. La figura del reptil contrastaba con el oscuro firmamento en el que brillaban los racimos de estrellas en una procesión interminable.

Daniel intentó huir, para solo tropezar, desde el suelo contempló la hipnótica cadencia de aquellos seres. El hombre lo miraba con extrañeza, intentando captar las vibraciones que viajaban por el aire, eso causó un gran miedo en Daniel, que se levantó como de rayo y corrió tanto como pudo, atravesó laderas empinadas con la arena llegándole a los tobillos, huía del aliento caliente de la criatura, que le raspaba con sus escamas cerca de él.

Cuando se sintió a salvo, apoyó las manos sobre las piernas y se detuvo en cuclillas respirando con fuerza, hasta que comprendió que nadie lo perseguía. Estaba solo. Tan lejos, que pronto se percató que vestía una playera ligera, insuficiente para las bajas temperaturas del desierto.

El frío arreciaba en el bosque de cactus, que muy erguidos vigilaban en silencio a los malaventurados que desafiaban sus gruesas espinas, dispuestos a desgarrar hasta la coraza más dura. Caminó muy despacio por la pendiente, desde donde divisó el pueblo en total penumbra. El cactus más alto, servía de casa a un búho que giraba la cabeza casi por completo. Daniel sentía que el corazón se le reventaba, agitado por la carrera a campo traviesa. Aun en medio de la penumbra captaba todos los detalles, por monstruosos que fuesen y eso no solo le asustaba, al contrario, le producía una gran felicidad.

—Te dije que te fueras —dijo una voz madura que salía de entre las espinas.

Era el anciano de la tienda. Solo que ahora ya no se encorvaba, estaba de pie con plena fortaleza, hablando con una voz de trueno que arrasaba a su paso. Sus ojos seguían chispeantes de deseo, se cubría la espalda con la piel seca de un animal y en la mano sostenía un largo trozo de madera, a modo de báculo.

—No me voy a ir —dijo Daniel con voz entrecortada. —Quiero respuestas. —aseguró regulando la respiración.

—No seas pinche necio. Ya tienes lo que buscabas, vete de aquí, porque si no, sabrás cosas que muy pocos conocen. La Tierra habló, está indignada por el trato que le dan los de tu especie, por eso clama desde las entrañas. Todos tendrán que escucharla.

Ambos se observaron unos segundos, hasta que el joven se decidió:

—Quiero ver esas cosas de las que hablas…

El anciano suspiró. Colocó la mano a la altura de la frente de Daniel, que comenzó con un escozor y ni los movimientos bruscos de sus manos mitigaron la sensación, a tal grado que sus dedos atravesaron las capas más profundas de su entrecejo hasta formar un hueco. Buscó alivio con respiraciones rápidas y cortas. El viento lo empujaba como si cientos de rayos chocaran con su cuerpo, la sensación era muy placentera, así que olvidó por completo la advertencia del anciano:

—¡No abras los ojos por ningún motivo!

Un destelló blanquecino se abrió paso hasta que Daniel perdió la conciencia de sí mismo, pasó a un plano en el que todo le fue dado: un nuevo mañana, un amanecer atravesando la noche, un cielo tan claro que ni las nubes lo empañaban, se hallaba en medio de un valle reverdecido por cientos de flores y plantas, distinto a las tierras áridas de antes. A lo lejos vislumbró el hogar del búho, que lo miraba clavándole esas pupilas de un negro infinito en los que se diluía el tiempo.

—Ya despiértate —le gritó Andrés a la vez que le arrojaba una maraña de calcetines sucios.

Había amanecido.

—¿Dónde estuviste anoche? —preguntó Daniel bostezando.

Andrés salió del baño y contestó travieso:

—En el cielo —y rio de forma estrepitosa.

Conocía el significado de esa risa. Horas después se alistaron para hacer el check out. Los recibió la mujer que emanaba un aire de satisfacción, difícil de pasar por alto. Daniel la miraba con desdén. Durante el trayecto Andrés le contó los pormenores de su escapada con la recepcionista, era otra aventura amorosa, de esas que Daniel odiaba escuchar.

Muy pronto se halló en casa, tirado en el sofá, pensando si aquello fue un sueño o solo el producto de una imaginación desbordada. Su búsqueda no le permitió encontrar a los curanderos milagrosos. Se preguntaba cuáles eran los secretos de aquel misterio.

Su visión estaba de vuelta, renovada y fresca, incluso más que en el pasado.

Metió la mano entre una torre de publicaciones viejas a punto de caer y sacó la portada de un bebé sonriente, recostado sobre el pasto. Llevó los dedos a la frente, justo en medio de sus ojos. Colocó la otra mano a unos centímetros del papel: el artículo principal resaltaba la importancia del sueño prolongado en los niños pequeños, le pareció poco creíble ya que se basaba en conjeturas de una influencer que aseguraba ser una experta en el tema.

Arrojó la revista de un manotazo y buscó hasta dar con un thriller sobre un asesino alejado de la civilización, viviendo en un poblado lleno de otros como él, curando extraños males. El final le pareció trillado, pero después de todo, solo demoró unos cuantos minutos en devorar el contenido.

Él lo haría mejor, su libro resultaría mucho más sorprendente: un hombre que pierde la visión y la recupera después de una experiencia mística, para al final saberse portador de un gran poder: el de la visión extraocular con solo acercar su mano, como por osmosis. ¡Sí! Esa sería su historia. Después de todo, ¿quién notaría la diferencia entre la verdad y la ficción?

La oración del rey

Autor: Sebastián Oviedo Lobato


28 de mayo de 1985.
Lisias estaba harto de la vida. Nunca creyó en nada místico, divino o sobrenatural, y no lo haría ahora que estaba al borde del abismo. Su propio orgullo se lo impedía. Su ateísmo era lo único que se jactaba de tener aun íntegro en su totalidad. Encontraba en aquella sapiencia una especie de satisfacción transitoria que lo que alzaba como un hombre inteligente y fuerte que no se doblegaría ante nada. Después de un rato de desafiar a cualquier Dios que reinara en el universo con su negativa de pedir una especie de ayuda religiosa, su depresión volvía a poner todo en su lugar.


Lisias salía del trabajo a las 21:05 horas como de costumbre, caminaba en mitad de la noche hacia su hogar en una calle que le parecía sombría e irreconocible por lo menos. Tuvo un accidente automovilístico recientemente, fue pérdida total del vehículo, una de las tantas tragedias que agobiaban su vida.


Había prendido un cigarrillo para aminorar las penas y calmar un poco el nerviosismo de que, sumado a toda la mierda que estaba pasando en su vida, algún idiota apareciera de la nada y le arrebatara lo poco que tenía de efectivo apuntándole con un arma. «Tendría suerte si me mataran en mitad del robo, terminaría con mi desdicha —pensó Lisias—. Pero con mi gran fortuna, estoy casi seguro de que el muy cabrón me golpearía, me orinaría encima mientras ríe y me robaría la ropa dejándome desnudo».


Después de soltar una pequeña risa burlona por sus propios pensamientos fatalistas, una extraña figura se materializó frente a él. Aquello, aunque prácticamente esperado, lo sobresaltó.


—¿Cree usted en nuestro señor Jesucristo? —preguntó una mujer de la nada. Una amplia sonrisa acompañaba a su pregunta.


Lisias dejó ir un suspiro de alivio al ver que nadie le robaría hoy sus cosas. Una tragedia menos.


—Usted lo que quiere es matarme de un infarto —respondió amigablemente en medio de una carcajada llena de nerviosismo. Al ver que la mujer respondía con un silencio incómodo, se decidió por agregar—. No, no creo en los cuentos de hadas.


Con la ironía de su último comentario, Lisias esperaba sacar al menos una mueca de rabia por la calidad de su blasfemia, pero la sombría mujer se limitó a devolverle una sonrisa aún más grande que le puso los pelos de punta. Por un momento, se preguntó si tal vez no hubiera sido mejor que el ladrón ficticio de su cabeza fuera el que estuviera frente a él quitándole sus cosas y humillándolo, y no esa mujer tan rara. A punto de responder, la predicadora volvió a romper el silencio.


—Muy bien, porque yo tampoco —exclamó con solemnidad y le entregó lo que parecía ser un panfleto religioso—. Que tenga buena noche, señor Lisias.


Lisias le dedicó una mirada curiosa al panfleto que yacía sobre su mano derecha, hojeando fugazmente, mientras exhalaba el humo del cigarro de entre los dedos de su mano izquierda. Entonces se percató de que aquella mujer lo había llamado por su nombre.

—¿Cómo es que sabe mi…? —su pregunta se cortó abruptamente cuando se dio cuenta de que la predicadora ya no estaba frente a él. Sintió un escalofrío.


Tras mirar en todas las direcciones posibles, confundido, y convencido de que era completamente imposible de que una persona pudiera simplemente esfumarse en el aire, cuando no pudo encontrar a la mujer por ninguna parte, se decidió por ponerle más atención al contenido del panfleto. La portada tenía la imagen de una corona de oro adornada con rubíes y esmeraldas, alrededor, una estela de luz se proyectaba hacia enfrente como si hubiera un sol atrás, alumbrando con intensidad en mitad de una pila de nubes. Como si la corona desprendiera una luz divina en el cielo.


El contenido, por otro lado, provocó una confusión todavía más marcada al ver que no había algún indicio de ninguna religión conocida por Lisias. «¿Alguna rama ortodoxa del judaísmo, tal vez?», se preguntó. Aquella confusión surgía a partir de la ausencia de la pregonación del Cristo como el hijo único de Dios (ni siquiera mencionaba a su figura en primer lugar) y de la pregunta inicial de la predicadora que casi lo mata del susto. Tan solo mencionaba a un “Verdadero Dios” al que llamaban “El Rey de Reyes”. La información del panfleto terminaba asegurando que la oración escrita en toda una página de aquel escrito, podía conceder cualquier cosa que se deseara si se decía en voz alta y se confesaba lo que uno quería al Rey de Reyes.

Lisias, con humor, repitió la oración en voz alta. Tras una breve carcajada producto de su incredulidad, el pensamiento sobre su tumor cerebral en estadio avanzado lo hizo cesar de golpe. Él sabía que moriría pronto, y la vacuidad de la muerte lo asustaba. El hecho de imaginarse siendo devorado por gusanos, dentro de un ataúd bajo tierra, lo horrorizaba aún más.


—Si tan solo me quitaras el tumor de la cabeza, Rey de Reyes, yo mismo pregonaría tu palabra y erguiría templos en tu nombre por salvarme la vida —dijo en un susurro casi inaudible, mientras las lágrimas brotaban de sus ojos y observaba a la nada, reflexivo.


Pronto, dándose cuenta de que había sido presa de un momento de debilidad, volvió a reír estridentemente por lo ridículo del asunto. Se limpió las lágrimas con la manga de la camisa rápidamente, como si temiera que alguien lo viera desde la distancia en aquella oscura calle desierta en mitad de la noche, y arrugó el papel para tirarlo sobre el asfalto.

20 de junio de 1985.

Lisias seguía en ese estado catatónico; miraba a la nada, sentado en la cama con la espalda recargada sobre la pared de su habitación. El cuarto olía mal, ya que se había hecho del baño encima en repetidas ocasiones. Sin embargo, ni siquiera la sensación de tener heces y orín por todos lados, o el olor penetrante de los mismos lograban sacarlo del trance.


La barba le había crecido de manera irregular sobre el rostro, y amplias ojeras negras tapizaban sus ojos por culpa de un insomnio que cada vez se hacía peor. Las pesadillas, que realmente eran recuerdos nítidos de lo que había sucedido al día siguiente de que leyó la oración del panfleto, inundaban su mente como un torrente imparable que se lleva todo a su paso, dejando solo destrucción. Y él quería evitar eso: la destrucción gradual de su mente y su alma producto de un recuerdo maldito.


«Felicidades, señor Lisias —había dicho el neurólogo— su tumor ha desaparecido por completo… no sabemos cómo, pero a veces estas cosas suceden.»


Él recordaba a la perfección aquellas palabras porque, tras haberse hecho la resonancia magnética en el hospital, lo primero que le vino a la mente no fue un estado de euforia por haberse salvado milagrosamente. Lo primero que realmente le había venido a la mente fueron unas solas palabras: El Rey de Reyes. Tan intenso como un relámpago implacable que aturde los oídos con el posterior estridor del trueno. La catatonía había empezado justo por ahí; cuando salió del hospital, lo había hecho más como un cadáver viviente que como un hombre feliz por las buenas noticias. El pánico y la confusión envolvían a su cerebro en una bruma impenetrable.


Cuando Lisias llegó a su casa ese 29 de mayo de 1985, lo primero que hizo fue darse un baño de agua fría. En la regadera, pensando una y otra vez en las palabras del doctor, intentó convencerse de que aquello no había sido más que una coincidencia. Una sonrisa comenzaba a dibujarse en su rostro como consecuencia de aquel pensamiento que le devolvía las esperanzas y la comodidad de su ateísmo, pero entonces…


«Fui yo —había dicho una voz—. Yo he sido el que te he salvado la vida.»
De pronto, el agua fría que recorría su piel pareció penetrar en sus venas y contaminar su torrente sanguíneo. Su cuerpo había quedado congelado, lo recordaba a la perfección. Pensar en eso le hizo derramar lágrimas de espanto, no quería recordar más. «No tengas miedo», dijo la voz dentro de su cabeza en aquel momento en la regadera.


Lisias se llevó las manos a la cabeza, ese pensamiento intrusivo lo horrorizaba. Las sienes le palpitaban al intentar con todo su ser parar la tortura de aquel recuerdo. Gritó. Suplicó que parara. No quería ver nuevamente lo que había dentro de sus ojos. La verdad dentro de los ojos del Rey de Reyes, cuando lo vio frente a su regadera al descorrer la cortina, le provocaba pánico. Lo ofendía. Le causaba náuseas.


Pero entonces, poco a poco, aquello comenzó a materializarse contra su voluntad entre sus pensamientos. Mientras se retorcía en la cama de su recámara, gritando y llorando, pudo ver nuevamente la forma monstruosa del Rey de Reyes; aquel Dios enfermizo yacía sentado sobre un reptil enorme y peludo. Como un dragón sacado de una pesadilla repugnante. Las piernas de gallo se posaban sobre su lomo, montándolo, sobresaliendo de un torso que parecía de un hombre desnudo y regordete. Tenía dos alas de murciélago que sobresalían de su espalda, y tres cabezas; la del lado izquierdo era de toro y la del lado derecho de cordero. En medio, una cabeza demoníaca era adornada por una enorme corona brillante como la del panfleto que le había dado la predicadora. Pero lo peor de todo eran los ojos de la cabeza de en medio, unos ojos negros como el abismo que revelaban la verdad del universo.


Antes de que Lisias convulsionara y perdiera la vida por una sobrecarga neuronal cósmica, la imagen del secreto le despidió con un último horror; cuando Lisias había enfocado su atención en los ojos hipnóticos del Rey de Reyes en aquella ocasión, se dio cuenta del abismo que existía después de la muerte. Un abismo eterno donde no existía ningún Dios benevolente, cielo o infierno, sino solo las almas de los muertos que penan durante la eternidad en una oscuridad interminable.


Un abismo que yace dentro del cuerpo del Rey. Un abismo que es El Rey de Reyes. Y su nombre, su verdadero nombre, es Asmodeo.

Valeria y la estrella

Autora: Bianca Quijano


Bianca Quijano es abogada de formación, profesora por vocación quien encontró en el dibujo una herramienta educativa para representar el imaginario de aquellos acontecimientos que si bien, pueden ser narrados, se apoyan de las imágenes para abrir la puerta al reconocimiento de emociones. Prefiere ilustrar y escribir sobre mujeres y su relación con la naturaleza. 
Actualmente vive en Tijuana donde participa en el ámbito educativo y en proyectos en beneficio de las mujeres.

Créditos del fanzine Delfos 4


Consejo Editorial del Fanzine Electrónico Delfos

Miguel Ángel Almanza Hernández
Director y editor

Pedro N. Sacristán
Director de arte

Yolanda Pomposo Díaz
Diseño editorial

Marisela Hernández Barrientos
Producción ejecutiva

Mayra Daniel Arganis
Consultora editorial


Agradecimientos especiales a:

La escritora Raquel Castro que nos concedió una amable y amena entrevista.

A nuestros artistas invitados:
Enrique García Bruno, Gabriel García Morales y Mario Sánchez M.

A nuestra tallerísta invitada Yolanda Pomposo Díaz que nos leyó su cuento: «Revivirán sus rostros».

A todos los colaboradores del fanzine electrónico Delfos 4, ¡muchas gracias!

ESCRITORES


Ángel Fuentes Balam. Mérida, Yucatán. 1988. Director de Teatro, escritor, actor. Egresado de la Licenciatura en Teatro de la Universidad de las Artes de Yucatán. Ha sido Profesor y Director de la Compañía Escuela de Teatro del Centro Cultural El Claustro, Campeche. Diplomado en Creación Literaria por el INBAL. Director y productor de “Perros que parecen laberinto Teatro”. Es autor de las obras literarias: “Melodía tu engranaje quieto”, “Cruoris o la rabia que fuimos”, “Devoré el cráneo de Eros”, y la novela “X’mahaná o el beso del candil del diurno”. Ha publicado dramaturgia, cuento y poesía en antologías y revistas a nivel nacional e internacional. 
Carmen Macedo Odilón. Autora de las plaquettes Pequeñas desaparecidas y Visiones de un después no humano (Ediciones Arboreto 2022, 2024). Forma parte del consejo editorial de la revista Palabrijes, el placer de la lengua (UACM) e integrante del comité Mariarcadia organizador de Imaginarias: Premio Nacional para Mujeres Cuentistas de Ciencia Ficción. Ha sido locutora del programa Palabrijes sonoro (UACM) y colaboradora de la revista Cuentística. Tiene textos en antologías, revistas literarias y sitios web, así como cuentos premiados por diversas universidades mexicanas. 
Ganadora del VII Premio Internacional Bitácora de vuelos 2023.
Héctor Miguel Rivero, (San Luis Potosí 1986). Licenciado en Mercadotecnia es un escritor naciente dedicado a la creación de historias subversivas, vibrantes, transgresoras, que logren en los lectores el punto de partida para un cambio de conciencia. Se ha formado en diversos talleres literarios y es participante asiduo del Taller Delfos de Escritura Creativa.
Israel Rojas es licenciado en Letras Hispánicas por la UAM-I. Alumno del laboratorio de poesía del poeta Óscar Oliva, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 2016. Ganador del Sexto Bazar de Horrores de Arcadia Fusión Cultural y Fóbica Fest 2022, con sede en la ciudad de Guadalajara, con el cuento El lenguaje de la muerte. Editor en la editorial El Viaje y el camino y autor de los libros: Península Hamartia (poesía), Descantar del Homo Dipsómano (poesía) y La moneda está en el aire (narrativa).
José Tamayo nació en Mazatepec, Morelos, México. Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, es egresado de la escuela de Escritores Ricardo Garibay. Integrante de diversas antologías de las editoriales Lengua de Diablo, Astrolabio, Venado Azul y Lebrí, entre otros grupos literarios y comunidades. Ha publicado algunos textos en distintas revistas.  El 15 de agosto del 2023, publicó en la colección “Aquí dragones” de la editorial Lengua de Diablo, su primera antología cuentística llamada La tierra cuarteada.   
Juan Pablo Sotomayor Rivas es médico de profesión. Ha publicado algunos artículos de divulgación médica en la revista LUX Médica de la UAA (Universidad autónoma de Aguascalientes). Fue colaborador del semanario EA! del diario El Jalisciense de 1992 a 1993. Ha publicado cuentos en múltiples antologías de México, Argentina, Honduras, Chile, Perú y España. Es autor de la novela de suspenso sobrenatural El quinto círculo y de la colección de cuentos Relatos del reino de octubre.
Mayra Daniel Arganis es licenciada en Ciencias de la Comunicación con especialidad en Periodismo y Maestra en Administración con especialidad en Gestión de Proyectos. En 2017 fue coordinadora de Comunicación Digital del Festival Internacional Cervantino y desde 2016 es profesora de Talleres de Gestión de Redes Sociales. Ha publicado en diversos medios como El Universal, La Jornada, La Revista del Consumidor y actualmente en NeoComunicaciones. Colaboró en la revisión editorial y corrección de estilo del fanzine Delfos #1; además de participar con sus propios textos desde el fanzine Delfos 0; escribió el prólogo del Fanzine Delfos 2. Actualmente es miembro del consejo editorial del fanzine electrónico Delfos.
Miguel López González es un apasionado mexicano nacido en el Distrito Federal, ahora Ciudad de México o CDMX. Se graduó de la Universidad Intercultural con una licenciatura en Lengua y Cultura.
Desde su infancia ha sido un entusiasta del terror y la ciencia ficción, siendo fanático de maestros como H.P. Lovecraft, Edgar Alan Poe, Ray Bradbury, Amparo Dávila, entre otros. Es un escritor en desarrollo y se encuentra en constante estudio para perfeccionar su arte. Sus trabajos se centran principalmente en el folklore, la creación propia y en la transformación de sus sueños en cuentos.
Sebastián Oviedo Lobato, 26 años, médico recién egresado de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Desde pequeño ha tenido fascinación por el mundo del terror en clásicos del cine y libros de la misma índole. He participado en concursos amateur e interinstitucionales sobre escritura enfocada en la temática de terror. En el fanzine Delfos 4 participa con el cuento: “La oración del rey”.
Sidi Alejandro Hernández Osorio. Sidi no se considera escritor, pero le gusta escribir. Ha publicado un par de textos en revistas pequeñitas y espera pronto vivir de eso. Le gusta la Fantasía y la Ciencia Ficción porque el mundo a veces es absurdamente ordinario. 

ILUSTRADORES


Andrés Lechuga (Arquitecto / Artista) Nativo de Tijuana, B.C. Ha  practicado la ilustración desde temprana edad, arquitecto de profesión con participación en varios eventos artísticos locales de Tijuana y recientemente Cuernavaca desde 2015-2023. El tema central en su ilustración radica en la fantasía obscura, el terror folclórico y tonos de lo pagano-religioso. Siempre encerrando simbolismos o significados para el espectador curioso, sus ilustraciones presentan una variedad de técnicas que van desde el grafito y prismacolor, hasta acrílicos, acuarelas y hojas de oro.
Bianca Quijano Vallejo. Abogada de formación, profesora por vocación, encontró en el dibujo una herramienta educativa para representar el imaginario de aquellos acontecimientos que si bien, pueden ser narrados, se apoyan de las imágenes para abrir la puerta al reconocimiento de emociones. Prefiere ilustrar y escribir sobre mujeres y su relación con la naturaleza. Actualmente vive en Tijuana donde participa en el ámbito educativo y en proyectos en beneficio de las mujeres.
Jesús Velázquez, joven mexicano de 19 años nacido en Puebla, actualmente estudia la licenciatura en Antropología Social de la BUAP. Desde niño apasionado por el dibujo y el arte en general, autodidacta en estas cuestiones. Y posteriormente apasionado por conocer y estudiar los relatos en torno a lo mitológico y los seres legendarios, monstruosos y mágicos, en donde esta cuestión se combina con el estudio de las culturas indígenas de México aportado en la carrera de Antropología Social. 	 preguntar redes
Juan Carlos González. Nació en Tultitlán Estado de México en  1970. A corta edad comienzo su gusto por el lápiz, papel y pincel siendo la mayoría de sus  conocimientos  autodidacta, complementado con estudios  técnicos. Se ha  especializado en dibujo y pintura del cuerpo humano realizado al óleo, acuarela , pastel , etecétera. En su  trayectoria ha participado en diversos concursos  de ilustración, 5 exposiciones  colectivas, 6 individuales. Ha participado en  la realización de murales en parroquia  de Iztapalapa CDMX y Estado de México. Por un tiempo  estuvo inactivo por cuestiones laborales, actualmente  retome la actividad artística.
Karla Itzel Chable Tamayo es originaria de San Francisco de Campeche, México, es una artista visual de 21 años que se expresa a través de su seudónimo artístico Emptyheart. Licenciada en Artes Visuales, Emptyheart juega con colores y formas para crear una dualidad en sus obras, reflejando fantasía, misticismo y las profundidades de su corazón. Su arte digital, dibujos, grabados, acuarelas, pinturas al óleo, temple y acrílico, abordan temas introspectivos y exploran la condición humana. Emptyheart busca conectar con los demás y compartir su visión del mundo a través de un estilo único que invita al espectador a sumergirse en sus propias emociones. Con el objetivo de inspirar y generar reflexión, Emptyheart participa en el fanzine Delfos 4 como un paso más en su camino de crecimiento artístico y en su búsqueda de compartir su arte con un público cada vez más amplio.
Leonel Díaz. Autor y lector de historietas, docente  e Ilustrador a Sueldo. Cómo autor a publicado "La Senda de los Avatares", "Aventuras Sobrenaturales de Catrina y Kyra" y "Hell Yeah", siendo la primera la más conocida y con mayor número de páginas. Es y ha Sido docente de Dibujo, Ilustración y Fotografía, y dirigido tesis sobre auto publicación, webcomic y cartel, entre otras. Cómo ilustrador ha publicado obra de manera independiente, presentándose como vendedor de la misma en Printfest, Pixelatl, La Mole, La FIL Guadalajara, etc. Ha publicado ilustraciones en diversos números de la revista Crisálida y en el Fanzine Delfos número 2 y el número 3 ilustrando la portada. Ha escrito reseñas de historietas Mexicanas para la página web de Tandem Cómics. Actualmente inicia también sus incursiones en Art Toy con sus personajes "Lucho" y “Ginoid”. 
Lety Medina Campos (Wyber) “Me dedico a la ilustración, pero toda la vida he contado historias, por eso me he sumergido en otros terrenos como la escritura y la animación con el afán de encontrar de encontrar el medio en el cual debería dedicarme a narrar… Todavía no me decido.
Prefiero las obras en las que hay que detenerse un rato para descifrarlas, porque me da la impresión de que así las conozco mejor. Considero que todo a nuestro alrededor es una historia, esperando ser descubierta.”
María Fernanda González Hernández. Seudónimo: Capulin Kintsugi, 21 años, Municipio Tultitlán, Estado de México. Estudieó diseño gráfico aunque le atrae más las artes plásticas, desde temprana edad ha practicado el dibujo. Toda la evolución que ha tenido a través del tiempo le ha sido muy gratificante  por el esfuerzo, los logros y el conocimiento adquirido. Con cada dibujo su meta es mejorar, probar cosas nuevas en el proceso, actualmente está incursionando en el dibujo digital.
Ynad Bond ha participado en numerosas revistas digitales con historias cortas como “El cuerpo”, “Haciendo historia”. También ha publicado varias novelas interactivas bajo el sello de Pathbooks tales como “La isla de ADYS”, “Criaturas de un mundo muerto”, “Blue Justice”, “El Ejecutor” y “Blue Justice: Fuego y cenizas”. Además de publicar dos novelas gratuitas en internet como “El sendero del tigre” y “El tercer mundo”. Participó también en el fanzine Delfos 3 con los cuentos “El rugido” y “Artificial”. 

«A. I. Messiah» páginas centrales en fanzine Delfos 4

Autor: Gabriel García Morales


“A.I Messiah” por Gabriel García Morales
Título: “A.I Messiah”
Técnica: Pintura digital
Medida 5689 x 2839 pixeles
2023

Gabriel García Morales (Gabo) es licenciado en Artes Visuales por la Escuela Nacional de Artes Plásticas, actual Facultad de Artes y diseño de la UNAM. Originario del Estado de México, Gabo se ha involucrado con las artes toda su vida; el teatro, el cine, la música, la danza, la escultura, el dibujo y la pintura son siempre sus constantes motivaciones. En el arte digital y la ilustración recientemente ha encontrado lo que más le apasiona. Se ha formado con artistas como Dave Rapoza, Steve Huston, Aaron Blaise, Renee Chio, Alejandro Barrón y Jean Fraisse entre otros.

El trabajo de Gabo se desarrolla alrededor de la temática del retrato y lo fantástico. A través de sus imágenes, pretende mostrar momentos en los que las emociones se hacen presentes; capturar el tiempo donde el sentimiento se vuelva eterno.

Gabriel es co-director del Foro Cultural Goya, un espacio en la Ciudad de México, orientado a la enseñanza y difusión de las artes, tiene el objetivo de convertirlo en una de las mejores escuelas de arte del país.

«Prosopagnosia» contraportada del fanzine Delfos 4

Autor: Mario Sánchez M.


«Prosopagnosia» autor Mario Sanchéz M.

"Prosopagnosia"
50 x 40 cm 
2017

Mario Sánchez M. nace en la ciudad de México (1982) es licenciado en Artes Visuales, por la Escuela Nacional de Artes Plásticas, UNAM, donde se formó por más de seis años especializándose en la práctica y teoría pictórica. Durante dicha formación y a la fecha exhibe gran interés en las técnicas tradicionales de la pintura, el conocimiento de los materiales y la generación de un discurso propio. Aspectos como el inconsciente, las condiciones del ser humano, la insinuación, lo filosófico, el comportamiento de la psique, lo femenino y las experiencias, dan forma a su obra.

Se desempeña como docente desde el año 2006, en instituciones privadas y públicas dando cátedra en Educación Visual, Historia del Arte, Dibujo Artístico y Pintura. Ha acreditado cursos y seminarios en pedagogía de las artes, generación de programas y planes de estudio, y enseñanza con enfoque en competencias. Como artista plástico profesional cuenta con más de 40 exposiciones, colectivas e individuales, en el país y el extranjero: España, Colombia, Italia y Guatemala. Ha sido seleccionado en exhibiciones nacionales e internacionales como Entijuanarte2010, y la Bienal de Florencia 2017. Actualmente, colabora en conjunto con diversas galerías en la Ciudad de México.

Portada del fanzine Delfos 4


La portada del fanzine electrónico Delfos 4 es adornada con la pintura
«Teyollocualóyan, el encuentro» del pintor Enrique García Bruno.

La combinación de luces y sombras nos lanzan a visiones chamánicas temibles y eróticas, explorando la oscuridad de nuestra mente.


Temple semigraso y óleo sobre tela.

20 x 30 cm.

2023.

Enrique García Bruno pintor nacido en la Ciudad de México en 1987. Inicia su recorrido en la pintura por cuenta propia, posteriormente ingresa en el estudio del maestro José Samano Torres.

Con gusto por el tenebrismo, los gabinetes de curiosidades, el erotismo y la muerte es como va encontrando y formando su lenguaje pictórico actual.

Considero que debemos abrazar la oscuridad, el erotismo, la sexualidad, la muerte, nuestros miedos más profundos, trastornos y perversiones; como una fuente inagotable de inspiración que nos confronta a nuestros más puros instintos de supervivencia de la carne en una búsqueda constante un poco falsa de una mejor experiencia de vida.

Síguelo en sus redes sociales:

https://www.facebook.com/mictlan.lord
https://www.instagram.com/enriquegarciabruno

El altar del Hombre Abeja

Autor: Roberto Rodríguez


Roberto Rodríguez nació en Juchipila Zacatecas el 29 de enero de 1992 . Criado en la comunidad de El Remolino frente a la zona arqueológica "Cerro de Las Ventanas". Desde pequeño se interesó por la historia, arqueología y relatos de su comunidad.

La combinación de influencias de autores como H.P Lovecraft, Edgar Alan Poe y Robert E. Howard; con su gusto por practicar la danza y música folclórica, lo encaminaron a crear relatos de folk horror, tomando en cuenta elementos del ecosistema de su comunidad.
Actualmente continúa formándose como escritor en “Taller Delfos de Escritura Creativa".
En esta sección presentamos cuentos que fueron trabajados en el Taller Delfos de Escritura Creativa en voz de los propios autores. Escucha el audiocuento desde la plataforma IVOX en voz de su autor.


En medio del Cerro de las Ventanas y el Cerro de Contitlán, a un lado del río, vivían en una choza a las faldas del cerro: Manuel con su hermana mayor, Avelina, y su madre Fátima. El lugar pertenecía al hacendado, se los había prestado desde hace mucho tiempo a sus antepasados. Los abuelos de Manuel habían fallecido cuando él era un bebé. Aunque era un joven majadero y frío, siempre fue criado de manera amorosa por su hermana y su madre. Nunca conoció a su padre, pues dicen que cuando él era pequeño, se fue a Nayarit a trabajar en las cosechas y nunca se supo más de él.

Vivía un tanto alejado del pueblo, las pocas veces que podía convivir con otras personas, era cuando iban al pueblo a comprar lo que en el cerro no podían conseguir. También para vender lo que ellos recolectaban en el lugar donde vivían: algodón de pochote, mango barranqueño, ciruela amarilla, pitayas de todos los colores, guamúchiles, guaches, conchitas del río, plumas de coa, elotes, calabazas y lo más preciado: miel de abeja.

Este último producto lo obtenían con la ayuda de don Nieves, un viejo amigo de su abuelo. Él era el único que se atrevía a subir a los alto de los cerros, amarrarse de los árboles, y bajar para castrar las colmenas que se formaban en los acantilados del cerro.

Don Nieves era una figura de autoridad para Manuel, pues lo consideraba un hombre valiente como ninguno, pero al mismo tiempo, también le tenía un poco de coraje, puesto que lo regañaba por tratar mal a su hermana y madre. Para rematar le decía: «Por eso ninguna mujer te quiere para marido», esa frase y sus malas experiencias amorosas lo fueron marcando de por vida.

Don Nieves les había conseguido un lugar para ofrecer sus productos en el tianguis de Juchipila. Dada la buena reputación que tenía don Nieves, la gente pronto atendía la recomendación y compraban en el puesto de doña Fátima, la madre de Manuel.

Una tarde a la choza del río, llegó un hombre que vestía un tanto raro para lo acostumbrado en el pueblo. Fue recibido por Avelina y Manuel, pronto aquel hombre se presentó con un tono de voz altanero:

—Hola, soy Raúl Ordóñez , trabajo como arqueólogo. Vengo desde Guadalajara porque me han dicho que aquí Manuelito, conoce muy bien el Cerro de las Ventanas.

Avelina, de manera amable le contestó:

—Así es señor, mi hermano tiene desde bien chiquito que anda por todo el cerro y lo conoce muy bien. Bueno, casi muy bien ¿pero qué anda buscando usted, señor?

—Verá, cómo lo mencioné antes busco… algo que tenga que ver con objetos o construcciones que dejaron los indios.

Avelina hizo una pausa, dudando si contar o no lo que ella sabía, lo pensó un momento. Al recordar que aquél hombre se presentó como un arqueólogo; creyó que sus intenciones eran buenas.

—Mmm, pues desde que tengo memoria mi mamá me llevaba a un lugar a dejar muchas muchas flores y frutas, dice que se hace eso para agradecer los frutos de las plantas y los arboles. Luego le sopla a un caracol para llamar al Dios de las Abejas y se pone a decir unas palabras en lengua de los ancestros. El lugar tiene así como muchos escaloncitos, en la parte alta una figura de un mono colgado boca abajo, este tiene cuerpo de persona y alas como de abeja.

El arqueólogo cerró ligeramente los ojos, se quedó pensando un momento y en tono curioso le preguntó a Avelina

—¿Alguna de las palabras que dice es: Ah Muzenkab?

La chica hizo una afirmación con la cabeza, entonces aquel hombre supo lo que era dicho lugar: un altar dedicado al dios maya de las abejas: «Ah Muzenkab». Le pareció algo raro, puesto que el Cerro de las Ventanas se encontraba al sur de Zacatecas; demasiado alejado de los territorios de aquella antigua civilización.

Al reflexionar sobre la rareza de la situación, puso cara de sorprendido, mostró una sonrisa perversa y con tono codicioso le dijo a Avelina:

—Sabe usted señorita, lo que me acaba de mencionar nos puede dejar un gran negocio. Solo necesito que me lleven a ese lugar, yo traeré a mi gente y nos llevaremos la escultura. El comprador me mandó personalmente, les daremos tanto dinero que ya no necesitarán trabajar ni vivir en este salvaje lugar, ¿qué le parece la oferta señorita?

Avelina no aceptó pues tenía mucho respeto por las enseñanzas de su madre y los ancestros. Sin embargo Manuel tomó otra decisión e intervino la negociación:

—¡Yo también sé dónde está ese lugar! Las he seguido un par de veces a escondidas, a mí nunca me han querido llevar. Dicen ellas que yo no tengo el don. Pero ya me cansé de estar en este lugar, me la paso subiendo y bajando estos malditos cerros buscando que comer; nadie me da trabajo porque a la gente le da miedo eso que hacen mi madre y mi hermana.

En ese momento la madre de los muchachos salió de atrás de un árbol, todos se asustaron porque no sabía que estuviera ahí.

Fátima la madre de los chicos, con tono molesto se paró frente al hombre y le dijo:

—Está usted loco, señor, es gracias a esa figura que tenemos siempre algo que comer en el cerro. Si se la llevan de aquí las siembras no darán cosechas, ni los arboles darán frutos

El hombre con su tono altanero y burlándose le dijo a la mujer:

—Pero, señora, ¡qué pensamiento tiene! Esas cosas que me dijo su hija son puras tonterías, no sirven para nada. Pero respetando su creencia igual le digo: con lo que vamos a ganar no van a tener que trabajar nunca más. Mi comprador es un arqueólogo checoslovaco llamado Alesh Hasrlichka. Él ya había escuchado de ese lugar en una ocasión que vino a hacer sus estudios, pero nadie se atrevía siquiera a buscar el lugar. A mí me pidió que viniera a encontrar esa escultura y llevársela sin importar el costo.

—Pues será muy estudiado y rico el viejo aquel, pero no sabe nada de lo que pasaría si se llevan la figura de su altar. Sobre todo, lo que les pasará a los que se atrevan a moverlo de ahí.

El arqueólogo se molestó por las amenazas de la mujer, entonces con tono agresivo le dijo:

—¡Uy! Qué miedo pinche vieja, aparte de pendeja ahora resulta que me amenaza . Pues sepa que ya hablé con el dueño del cerro, ya le di su parte a él y usted no va a detenerme.

Raúl Ordóñez sacó de entre sus ropas una bolsa llena de monedas de plata, la que abrió frente a Manuel y le dijo:

—Mira muchacho así como esta, tengo otras diez bolsas para darte. No seas igual de pendejo que tú madre y tu hermana, con esto puedes comparte lo que quieras, hasta una casa en el pueblo. [Te las daré, pero solo si me llevas a ese lugar.

Manuel con cara de ambición y locura comenzó a caminar en dirección de aquél lugar. Su madre intentó detenerlo, pero el joven fornido se zafó fácilmente. Enseguida entre su madre y su hermana le cerraron el paso para intentar detenerlo. La ambición cegadora lo hizo reaccionar de forma violenta: lanzando una brutal bofetada a su madre, la mujer se desvaneció bruscamente estrellando su cabeza contra una afilada piedra. La sangre brotó a chorros y pronto su madre comenzó a convulsionar, sacudiéndose de forma anormal.

La hija pronto reaccionó: se acercó a su madre, puso la cabeza de la mujer herida sobre sus piernas. Entonces comenzó a llorar e insultar.

Mientras la madre convulsionaba, de su boca se escuchaba recitar una oración en alguna lengua desconocida para Manuel y Raúl, pero no para Avelina quién prestaba atención y repetía las palabras en voz baja para después recordarlas:

Yuum le kaabo’obo’

Ko’oten tuméen múultuune’

Ku yokol tin wíinkilil

Ts’áaten a páajtalil

Kíinsik le wíiniko’ob.

Teech ka k’áata’al…

Antes de poder terminar la oración, la madre lanzó un último suspiro y con la mirada dirigida hacia Manuel. Había fallecido.

Avelina puso su cabeza junto a la de su madre, lloró desgarradoramente por unos segundos. Después se quedó en silencio. Temblando de coraje, con sus manos limpió sus lágrimas que se mezclaron con la sangre de su madre, tomó un collar que traía en el cuello la difunta, lo arrancó y llevándolo a su pecho recordó y terminó aquella oración que había dicho su madre:

Yuum le kaabo’obo’

Ko’oten tuméen múultuune’

Ku yokol tin wíinkilil

Ts’áaten a páajtalil

Kíinsik le wíiniko’ob.

Teech ka k’áata’al Ah Muzenkab*

En ese momento, entre los cerros se escuchó el eco de un colosal enjambre que se acercaba. Desconcertados, el par de hombres buscaron en el cielo y vieron como unos segundos después, todo se oscurecía por aquel enjambre de miles y miles de abejas.

El arqueólogo tratando de ser inteligente corrió al río, pues había escuchado que entrando en el agua las abejas no te atacan; pero antes de entrar al río fue alcanzado y envuelto por el enjambre que lo elevó al cielo. El hombre se sacudía y trataba de arrancar aquellas abejas que rodeaban su cuerpo, solo consiguió que lo atacaran. Aquellas abejas no eran normales, sus aguijones parecían más bien largas y afiladas agujas negras que llegaban a traspasar el cuerpo del hombre. Su veneno producía al instante gigantes llagas rellenas de negra pus, las cuales estallaban poco después provocando hemorragias por todo su cuerpo. Los gritos de dolor de aquel hombre se intensificaron conforme su cuerpo iba estallando: primero fueron sus piernas y brazos, dejando sus huesos al descubierto bañados en sangre y pus negra. Después su abdomen se inflamó tanto que parecía un enorme globo, al estallar, todos sus órganos quedaron expuestos y colgando. Finalmente, cuándo su cabeza se volvió una enorme llaga que al explotar, lanzó masa encefálica por todos lados. Las abejas se dispersaron y desparecieron, desde lo alto dejaron caer frente Manuel y Fátima aquella grotesca y asquerosa deformidad que se habían convertido en los restos del ambicioso arqueólogo.

El chico estaba paralizado de miedo, llorando de locura y desesperación. Su cuerpo comenzó a temblar cuando miró que había algo raro le sucedía su hermana.

La chica levantó la cara, sus ojos se ennegrecieron totalmente, sus dedos se habían secado y podrido adquiriendo forma de afiladas púas. Metió dos de ellas en el extremo de su boca y cortó sus mejillas, al instante brotaron unas especies de tenazas dentadas de ahí. Después clavó las púas en su propio cuerpo, arrancando las costillas y separándolas del esternón. Las costillas se abrieron formando una especie de alas que se alargaron. Su columna se encorvó, y el coxis le creció hasta sus rodillas, tomando la forma de una afilada lanza.

Manuel no podía soportar lo que veía: sentándose en el suelo, cerrando los ojos, tapando sus oídos y llevando su cabeza hacía sus rodillas, comenzó a llorar desenfrenadamente. Unos pocos segundos después todo era silencio. El chico se percató de ello, dejó de llorar, y aún con un poco de miedo, fue quitando lentamente sus manos mientras limpiaba las lágrimas de sus ojos.

No se encontraba nada extraño a su alrededor: ni su hermana, ni su madre, ni el cuerpo del arqueólogo. Pensó que se había quedado dormido y había tenido una pesadilla. Manuel se levantó, decidió ir hacía su choza para pedir disculpas a su madre y hermana por todas las ocasiones en que las había ofendido.

Llegó al árbol de mango que estaba a un lado de su casa, tuvo la sensación de que algo lo miraba desde arriba. Al voltear encontró aquella monstruosidad en la que se había convertido su hermana, quiso correr de inmediato, pero apenas dio unos cuantos pasos, sintió como algo le atravesaba la espalda y salía por su pecho.

Era el aguijón de aquel monstruo que lo elevó del suelo. El pico del aparato bucal de aquel ser, se introdujo por la boca de Manuel, este sentía ahogarse por aquel grueso órgano que impedía el paso de oxígeno a su pulmones. Sintió un inmenso y desesperante dolor cuándo todos sus órganos eran poco a poco destruidos por una dura y dentada lengua que molió todo a su paso. El chico se sacudía, manoteaba y pataleaba de aquel insoportable dolor. En su interior todos sus órganos habían formado una repulsiva pulpa sustanciosa de sangre, excremento y orina. Sirvió de alimento para el monstruo en qué se había convertido su hermana Avelina, quien succionó todo aquello.

Después de esto, en los pocos minutos en el que el cerebro de Manuel seguía haciendo funcionar su vista y su tacto; miró y sintió como aquel ser lo bañaba de una viscosa sustancia cálida que envolvió su cuerpo. Después de esto, el monstruo se elevó por los cielos con el cuerpo de Manuel. Lo último que miró aquel chico, fue el enjambre de abejas que acompañaba el vuelo del monstruo, hacía una oscura cueva en el cerro.

Tiempo después a don Nieves se le hizo raro no ver a la familia en su puesto del tianguis. Fue a buscarlos a la choza pues había escuchado del arqueólogo que andaba preguntando por Manuel. Al llegar a la choza no encontró a nadie, pero aprovechó la vuelta porque en una cueva cerca de ahí, siempre se formaba una buena colmena.

El señor subió al cerro, llevaba consigo unos pasojos de vaca, los cuales encendió para producir humo. Con cuidadosa puntería, los dejó caer al interior de la cueva.

Pronto un centenar de abejas salieron de la cueva. Don nieves amarró su cuerda a un árbol luego, lanzó la punta hacia abajo y enredo un tramo a su cintura. Comenzó a bajar cuidadosamente por las paredes del cerro. Al llegar a la cueva, desató la cuerda y se acercó cautelosamente para no llamar la atención de las abejas. A los pocos segundos se escuchó un grito de desesperación que retumbó por entre los acantilados de los cerros. Nieves trepó rápidamente y se fue corriendo para la iglesia, le platicó al cura lo que había visto. La gente que lo había mirado entrar, pronto especuló que se trataba de la familia que vivía en el río .

Después de ese día, el pobre hombre tenía pesadillas todos los días, nunca más volvió a castrar una colmena. La última vez que lo vieron treparse a un cerro, fue para lanzarse desde lo alto y terminar con su vida.

El cura y el doctor del pueblo, quedándose solos en el panteón después del entierro de Nieves, conversaron lo siguiente:

—Me dijo que encontró el cuerpo de Manuel en perfectas condiciones, totalmente recubierto de cera

—Había escuchado que la cera de abeja tiene propiedades hidratantes y frena la aparición de arrugas; pero tanto así como preservar el cuerpo de una persona que pudo haber muerto hace un mes, yo no lo creo .

—También me dijo que el cuerpo tenía en su interior mucha miel de abeja.

—Entonces esa sería la razón por la cual el cuerpo no se había descompuesto, la miel tiene propiedades antibacterianas. Pero se me hace algo exagerado por el calor que hace todo el año en la región.

—Pero esa no fue la razón por la cual aquel hombre quedó traumado.

—¿Entonces cuál fue?

—Dijo haber visto un ser horrible colgado de lo alto de la cueva, como si fuera una mujer con el cuerpo deformado, parecido al de una abeja. Aquel ser y él se observaron mutuamente, incluso le habló y reconoció su voz. Fue ahí donde le hombre comenzó su locura.

—Pues esa última parte si está muy fantasiosa la verdad, yo creo que a lo mejor había comido peyote o…

De repente una voz de mujer interrumpió al doctor:

—Recuerde que la ciencia aún no lo ha podido explicar todo, mi querido doctor.

El doctor reconoció la voz de aquella mujer.

—Mi querida amiga y casi colega, Matilde. Veo que no has perdido tu don de andar de chismosilla escuchando platicas ajenas.

—Ni tan ajenas doctor, usted sabe que esos terrenos son míos . Y dígame, señor cura, ¿qué pasó después?

El cura un poco desconfiado por no saber quién era la mujer, dio un rápido fin a la historia:

—Nunca nadie más volvió siquiera a mencionar la existencia de la familia de Manuel y mucho menos de aquel extraño altar del Hombre Abeja por el que el arqueólogo había preguntado.

Matilde respondió:

—Es mejor que así sea. Dígales en misa a los hombres que no deberían levantar nunca la mano en contra de ninguna mujer, los hombres están para proteger, para eso deben usar su fuerza y para trabajar. Porque luego la mujer tiene otros medios para vengarse.

En cuanto Matilde dijo estás palabras, un fuerte zumbido de abejas se escuchó cerca. El par de hombres se tiraron al piso asustados temiendo el ataque de las abejas. Pero a los pocos segundos después, el enjambre se había ido, los hombres se levantaron y se percataron de que Matilde había desaparecido.

*Dios de las abejas

Ven por la pirámide

Entra en mi cuerpo

Dame tu poder

Mata a los hombres.

Te lo pido

Dios de las abejas

Ven por la pirámide

Entra en mi cuerpo

Dame tu poder

Mata a los hombres.

Te lo pido Ah Muzenkab