
Título:“Atormentada”
Técnica:Mixta sobre papel algodón
Dimensión:48X28 cm
Año de realización:2023
ColectivoDelfos.com licensed by https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/
Espacio virtual de formación artística alternativa y difusión cultural.

Título:“Atormentada”
Técnica:Mixta sobre papel algodón
Dimensión:48X28 cm
Año de realización:2023
Satori Ko
Al despertar.
Me doy cuenta.
Hoy es el día en que me casaré.
Sólo lo sé. Aunque no he tenido novia en años, ni siquiera prospecto, estoy seguro de que hoy es el día. Nunca he pensado con seriedad en casarme, mas esta certeza, tan firme que incluso me ha despertado, vino acompañada de una tenue y agradable sensación de bienestar. Es un buen día para casarme.
Permanezco aún un rato en la cama. No pienso en nada en especial, sólo son los nervios. No es inseguridad, sólo esa presión cuando algo de enorme importancia está a punto de suceder.
Saco mi mano de entre las sábanas y la miro entre las tinieblas. Trato de adivinar su forma mientras mis ojos se acostumbran a la penumbra. Mi mano. Ahí está ya, la veo con nitidez. Reparo en su complexión algo cuadrada, tal vez pequeña y me pregunto cómo serán las manos de otras personas. Al final, he decidido que es una buena mano, pero… ¿es en ésta en la que se lleva el anillo
Lo averiguaré en su momento, pienso. En su momento. Lo sabré justo como he sabido que me casaría desde el momento en que me desperté.
El despertador no alcanza a sonar. Mi mano, más habituada a la obscuridad que mis propios ojos, lo apaga sin hacer casi ruido. Me levanto con tranquilidad y comienzo el ritual matutino. Me paro, busco las sandalias con mis pies, me quito la pijama y me dirijo al armario. No tengo más que hurgar un momento antes de encontrar lo que busco.
Es el traje con el que se había desposado mi abuelo. No recuerdo la forma exacta en que acabó ahí. Tal vez me lo habían regalado o había llegado por accidente de la tintorería o acaso perdió su lugar en un viaje entre casa y casa. No importa, ahora está allí, justo en el momento más oportuno. Lo tomo con cierta naturalidad y me lo pongo. Me queda perfecto (bueno, un poquito largo). Me dirijo fuera del cuarto para regresar momentos después.
«Soy muy descuidado, así que será mejor que deje aquí el saco mientras desayuno y me lavo los dientes».
Desayuno con tranquilidad, me acompañan las últimas sombras de la madrugada. Disfruto la comida. El día anterior no le habría prestado atención, dado que suelo desayunar a toda prisa, inquieto, basándome en mi vieja creencia de que el desayuno con celeridad equivale a otros pocos minutos de sueño. Hoy es diferente, lo hago con lentitud, deseando saborear cada instante. Cada mordida de este pan equivale a una mordida de sosiego. Disfruto de mi último desayuno a solas, a partir de mañana seré un hombre casado. Y una sonrisa cruza por mi cara.
Después de lavarme los dientes, peinarme y ponerme algo de loción de lavanda, me coloco el saco. Sólo falta la corbata. Al terror de saberme incapaz de tal hazaña de nudos corredizos (o cómo se les llame) le sigue la tranquilidad de ver una corbata con el nudo ya hecho (¿previsión tal vez de mi madre?). Salgo como siempre, rumbo a la universidad. Llevo únicamente los útiles necesarios, nada más. No debo llevar mucho equipaje para este día tan especial. Me vuelvo a preguntar mientras espero el camión:
«¿En qué mano va el anillo?».
Me subo con cuidado pues no deseo estropear el traje. Tengo suerte y logro encontrar un lugar donde sentarme, junto a la ventana, para así poder ver las luces que la noche había prendido, la madrugada sigue manteniendo y el alba aún no despacha.
Las personas a mi alrededor me ven con cierta curiosidad. No es normal ver a un tipo de traje tan formal a esas horas de la mañana. Pero cuando uno se va a casar, tiene que lucirse un poco y vestirse lo mejor posible. El resto de los pasajeros no pueden sino coincidir con mi pensar y todos seguimos tranquilos nuestro camino. Y si algún nuevo pasajero ingresa para hacer uso del servicio público, alguien le dirá con voz cordial y amable: «ese tipo se casa hoy, debe verse bien», a lo que el nuevo asentirá con cierta complicidad.
Me bajo donde siempre y un escalofrío de emoción me recorre, falta menos para mi boda. ¿Y la novia? No lo sé, no la conozco. Pero así como yo había sabido, al despertar, que este día me casaría, lo mismo le habrá pasado a ella. La reconoceré al verle, pues en caso de que alguna duda quede, ella llevará sin falta su vestido de novia. No me cabe la menor duda en nada de ello.
Las clases pasan sin contratiempos, las felicitaciones de compañeros y maestros ante mis súbitas e inesperadas nupcias no se hacen esperar, para después seguir con el tema del día: la historia de la filosofía antigua (Heráclito y su obsesión con el devenir) o los comentarios sobre un accidente fatal del día anterior (una chica de nuestra edad que apenas logro ubicar).
Salgo de clases, entro en otras, como (con mucho cuidado para no ensuciar mi traje), y regreso a las aulas. Siempre muy atento al frufrú que pueda delatar la compleja falda de una novia así como cualquier otra señal de índole semejante. Al final, el cielo comienza a teñirse de naranja. Calculo que serán las seis de la tarde, y justo donde golpea aquel rayo anaranjado de luz me quedo estático. Aquí es el lugar. En este pequeño cruce de caminos en un remoto sitio del campus. Éste es el lugar donde conoceré por fin a la novia. Y he llegado a tiempo, compruebo con alegría al ver mi reloj. Así que espero.
Espero.
Me siento a esperar.
Y sigo esperando cuando ya la noche enciende luces por aquí y por allá.
¿Será que no se enteró de que hoy es el día de nuestros esponsales? Eso no puede ser, debe ser otra cosa, algo debió retrasarla, no es posible que no sepa que éste es el día de nuestra boda.
Nervioso y desesperado, comienzo a dar vueltas a grandes pasos, exigiendo una explicación. ¡Porque debe haberla! Si no está aquí, ¡debe haber una razón!
¡Una razón enorme, tan grande como para no asistir a su propia boda!
¡Algo como…!
Recuerdo.
Me doy cuenta de todo.
Ella no vendrá.
Ella no puede…
Hay una razón… una razón poderosa… absoluta.
Recuerdo a aquella chica, la encontraba todos los miércoles en este mismo cruce. No sé mucho de ella, pero ahora que la veo en mi mente, no me cabe de que ella es quien sería mi esposa. Pero aquel comentario de la mañana, en clases, sobre un accidente fatal cualquiera. De esos que se sienten tan lejanos incluso cuando te incumben. Ella. La chica que apenas lograba ubicar. La víctima del accidente… Ahora me era obvio por qué no había llegado.
Hoy me casaba, y ayer había enviudado.
Regreso a casa con la mirada tranquila y anegada en tristeza. La sonrisa triste y amable. Ceno aturdido, habíame hecho ya a la idea de que no volvería a comer solo durante algún tiempo. Reflexiono un momento sobre el funeral de mi esposa. ¿Dónde se llevará a cabo?, es la pregunta. A ella la habría reconocido sin problemas, ¿pero a su familia? ¿Habrá forma de contactarme con sus amigos? ¿Será buena idea ir de velorio en velorio, pasando por los dolorosos abrazos de rigor antes de echar un vistazo indiscreto al féretro? Mientras esas preguntas se suceden como en una procesión fúnebre, entro a mi cuarto y revuelvo el clóset, preguntándome si también el traje para el velorio estará ahí, listo, justo como en la mañana lo estuvo mi traje nupcial.
Pero no encuentro nada.
Con gran parsimonia me siento sobre mi cama y me debato si ir con este traje será lo mejor. Pero el cansancio del día se empieza a agolpar y con la lentitud de la melancolía me recuesto para dejar pasar las ideas y las interrogantes. Mi conciencia se adormece, se adelgaza, deja de poner atención mientras sentimientos y recuerdos dispares se suceden.
Mi cuerpo está relajado. Inmóvil y pesado. En un resquicio mental pienso que estoy casi inerte… como mi esposa. La tristeza se derrama sobre mí, concentrada y pura. Sin la multitud de mensajes que mi sistema nervioso suele enviar y sin pensamientos de fuerza suficiente como para ocupar mi conciencia. Estoy vacío, en blanco. Como una hoja de papel inmaculada donde un sentimiento cae áspero y nítido como una mancha de tinta negra. Tristeza sin diluir que abre grietas y las llena, quemando como ácido frío.
La imagen de una mañana, una comida en compañía, miradas tras el velo, sonrojos, rutinas que no llegaron a existir más allá del germen, el paseo con la familia, mi familia, mi esposa, mi hija, sonrien….
¡Mi hija…!
Abro los ojos aterrado.
Mi conciencia se reestablece y todos mis músculos responden al llamado del sistema nervioso central. Me concentro:
«Mi hija, ¿dónde está mi hija?».
Busco con la mirada alrededor del cuarto en busca de una pista sobre lo que debo hacer. Pero las tinieblas callan, negándome la respuesta que sólo puedo encontrar en mí. Cierro los ojos. Mi hija, huérfana de madre ahora, está afuera, en algún lugar. Será grave no asistir al funeral de mi propia esposa, pero mi hija está primero, ella, mi querida esposa, que en paz descanse, lo habría querido así.
Salto de la cama. Por la ventana ya se vislumbran las primeras luces del amanecer. No puedo perder más tiempo. Pido un auto prestado y salgo en busca de mi niña. No repararé hasta dentro de varios días que no sé manejar, pero uno hace cosas increíbles por los hijos.
Cerca de las once, tras una infructuosa mañana de vueltas erráticas por toda la ciudad, la encuentro en una intersección de avenidas vendiendo dulces a los conductores. Le pido que se acerque y ella parece intuir la noticia, pues se echa a llorar apenas se acerca lo suficiente para reconocerme. Trato de consolarla con toda la torpeza de un papá primerizo. Por una vez el tráfico es condescendiente con nosotros. Nadie brama o desgañita su auto, ella ha perdido a su mamá y yo, a mi esposa.
Regresamos a casa juntos, haciendo un pequeño desvío para comprar algunos enseres. En otra situación habría sido una actividad jubilosa, todo un jolgorio. Pero en este caso nos sonreímos tratando de animarnos el uno al otro.
Ya en la casa, toma un baño y se pone ropas limpias (las que recién compramos). Se suelta a llorar nuevamente hasta dormirse con los ojos cansados. Su mano no deja de apretar mi camisa, así que decido dormir a su lado. La verdad, yo tampoco quiero dormir solo.
Mientras veo su cara dormida, al fin descansando, reconozco mis rasgos en ella con el orgullo que todo padre siente. También reconozco la figura de mi esposa, su recuerdo encoge mi corazón con un escalofrío helado que amenaza con dejarme la cara lívida, pero aprieto los dientes, obligándome a mantenerme firme.
No sé cuánto tiempo me quede de vida, podría morir mañana mismo, pero mientras tanto, todavía hay algo que puedo hacer. No le ha tocado conocer a su mamá (a quien yo apenas llegué a ver) pero eso no ha de ser obstáculo para que viva una vida plena, hermosa. Quiero asegurarme de que le quede cuando menos el recuerdo de ésta, nuestra hermosa familia.
Por Miguel Ángel Castelo
En uno de los tantos domingos que salía de trabajar, dando gracias a Dios que ya no iría lunes y martes, me desvié a casa de mis padres. Hacía algunas semanas que no los visitaba. Cuando llegué, me llevé la grata sorpresa de que mi tío Ambrosio, hermano de mi papá, y su esposa Avelina llegaron desde la Ciudad de México. La última vez que los vi fue cuando estaba en cuarto semestre de preparatoria. Los saludé gustoso. Mi mamá me ofreció, aparte de una silla, un vaso de Coca Cola bien fría y, de paso, sirvió también a mi tío. Mi tía rechazó el refresco, pero aceptó una manzana.
—Hace tiempo, a una de mis hijas se le hinchó la cara. El lado derecho. Así nomás, como si le hubieran pegado. Fuimos con los doctores y le dijeron que estaba bien. Que si no era alérgica a nada —dijo mi tío.
—Capaz que era ojo… —habló mi papá, mientras soplaba su café para dar un sorbo.
—Una vez a mí el ojo derecho se me infló como globo. ¿Se acuerdan? —volteé a ver a mis papás.
—Sí. Estuvo feo. Creí que le iba a explotar el ojo —dijo mi madre.
—¿Y tú lo curaste? —preguntó mi tía Avelina.
—Sí, lo curé —respondió mi papá.
—Ambrosio también es brujo —contó mi tía mientras mordía la manzana.
—Pues es que nuestro abuelo nos enseñó. ¿Sí o no, carnal? —mi papá dio una palmada en la espalda su hermano.
—Sí. Nuestro tata Macario sabía mucho. Nomás que ya no le hago a eso.
—Fue desde aquella vez que llegaste de madrugada, todo blanco y frio —dijo mi tía mientras masticaba otro pedazo de manzana.
—Sí, lo recuerdo, nomás que no te lo he contado —mi tío se acomodó en su lugar. Yo bebí un poco de Coca.
—De verdad doy gracias a Dios —se levantó levemente la gorra que traía—, que ese día llegué a la casa. Esto ya pasó hace tiempo y creo, mujer, aprovechando que estamos aquí, es hora de contarte:
En una noche de borrachera, tú te has de acordar bien, estábamos como cuatro o cinco en el patio de la casa. Nosotros vivimos en la Xico. Casi cada semana nos juntábamos algunos vecinos a tomar y esa vez llegó un señor que no había visto. No estaba tan grande, tenía como 35 años. Conforme pasaba la noche, llegó la mujer de este chavo.
—¿No te da vergüenza, Elías? —así se llamaba este amigo. Hasta ese rato supe su nombre—, saliste de trabajar a las 6 de la tarde y prefieres tragar mierda que ver a tu hija enferma —La voz de la señora, aparte de enojada, se oía muy triste.
—¿Qué le pasa a su hija? —le pregunté yo.
—Nada —Me contestó de rápido él —. Está mal de su cabeza.
—Esa es tu gran explicación. Yo sé que mi niña no está loca.
—Conste que yo no lo dije —le contestó casi riéndose el marido. Aquí ya empecé a dudar y le volví a preguntar a la señora.
—Pues nomás se la pasa en el rincón del cuarto como agachadita. Dice que en el techo andan caminando gatos negros y que se le quieren aventar encima, que la quieren arañar —la señora empezó a llorar—. No sale en el día, ni a la escuela la puedo llevar. Y a veces, en las noches, camina sola para afuera de la casa, pero está dormida. Y no la despierto porque dicen que es peligroso.
—Ya te dije, Pilar, que esa chamaca está loca. Se debe internar antes de que nos haga algo a tí o a mí —dijo Elías.
—¡Tiene 12 años! ¡No nos puede hacer nada!
—¿Le ha notado golpes? ¿O que su color es diferente? —le pregunté.
—Sí, en los brazos sobre todo y cada día está más pálida. Pareciera que la muerte la reclama.
Me puse a pensar mientras ellos discutían. Recordé que en el pueblo le pasó lo mismo a una chamaquilla y nuestro tata la curó. Me acabé la cerveza y me levanté.
—¿Me deja ver a su niña? —le dije a la señora en buen plan.
—¿Y tú qué sabes? ¿Eres doctor o qué? —Elías también se levantó y se me puso muy cerca, como si me quisiera pegar.
—Esto no es cosa de médicos.
—¡Creencias de gente pendeja!
—¡Cálmate, Elías! —le gritó la mujer.
—¿De veras usted sabe curar?
—Sí —le dije—. Yo sé de esas cosas.
—Créame que la he llevado con muchos doctores, hasta particulares, y ninguno me ha sabido dar respuesta. Vamos, pues. No pierdo nada con que usted la vea.
Y pues me llevó a su casa en Tláhuac. Pasé a ver a la niña y sí, estaba bastante mal. Pareciera como la niña de la película esta “El aro”: blanca, blanca, con el pelo negro, negro para enfrente, con moretones en las piernitas y los bracitos. Le hablé y me miró muy feo, como si estuviera endemoniada. Le pedí a Elías que se saliera del cuarto. Se enojó mucho más que cuando me ofrecí a ver a su hija, pero se salió mentando madres.
—Mija, este señor te va a curar —le dijo su mamá.
—¿De veras, mamá? —preguntó la niña.
Para ese rato su mirada se le cambió a algo más normal.
—¿Ya no se me van a venir los gatos encima? —me preguntó la niña.
—Pues vamos a hacer lo posible —le contesté—. Acuéstate en tu cama, así como estás.
Cuando se acostó, accidentalmente se le alzó un poco el shortsito negro que traía puesto y le alcancé a ver unas marcas como de dedos arriba de las piernas, casi en el muslo. Le dije a Pilar que le alzara más la ropa y, aparte de las marcas, había golpes. Pedí tres huevos criollos, alcohol, ruda, albahaca y pirul. Me salí junto con la señora y vi a Elías en el marco de la puerta fumando, muy quitado de la pena. Pilar lo mandó por las cosas y él, de mala gana, salió a la calle. Me quedé afuera y al rato llegó Elías. Se me quedó viendo como con desprecio.
—No hubo huevos criollos. Nomás de los normales.
—No le hace. Sirven para lo mismo.
—¿Quién te enseñó?
—Mi abuelo. No sé si era brujo, pero de que sabía, sabía.
—Bueno, pues ya veremos.
Entramos juntos al cuarto de la niña. Encima de una mesita puso las cosas. Cuando me acerqué a tomar las hierbas, empezó a oler como a drenaje, pero horrible, tanto así que me mareó el aroma. Mojé con un poco de alcohol mi mano y la acerqué a la nariz. Armé el manojo, le eché alcohol, me persigné y empecé a ramearla por todo su cuerpito. Desde arriba hasta abajo. Bien, bien rameada. Mientras rezaba un Padre Nuestro, me andaba mareando, ya no por el olor, sino por la vibra que se andaba quitando. Después le pasé los tres huevos, de uno en uno. Ahí me vinieron más mareos, pero logré acabar.
—¿Tienes gasolina? ¿Petróleo? ¿Algo fuerte para quemar? —le pregunté a la señora.
—Sí —me dijo. Me llevó gasolina, una caja de cerillos y salimos a la calle.
Puse los tres huevos en triangulo, eché suficiente gasolina. Les pedí que se alejaran un poco para que no les cayera llama. Elías se quedó en la puerta de nuevo, fumándose otro cigarro. Prendí un cerillo, lo aventé y en cuanto prendió, la lumbre se alzó alto, muy alto y los huevos empezaron a tronar, como si anduvieran echando balazos.
Cuando acabó de tronar, a lo lejos se escuchó unos gritos, pero fuertísimos, como si alguien se estuviera quemando. Nos sorprendimos mucho, la sincera verdad. Ardió por mucho tiempo eso y hasta remolinos se hacían y eso que no había aire. Yo nomás rezaba. Ya que se quemó bien todo, fuimos a ver a la niña. Estaba dormidita, pero el color le volvió. Fui todavía a curarla unas tres o cuatro veces.
—Pero no fue ese día. Fue más después, que llegaste al día siguiente —interrumpió mi tía.
—Espérate, mujer. Esto nomás fue un… ¿cómo le llaman a esto? Cuando quieres explicar antes…
—Un preámbulo, tío… —le dije yo. Volví a dar un sorbo a mi vaso.
—Ándale, un preámbulo a lo que pasó esa vez:
Varias noches después, Elías volvió a la casa a tomar. Ya andaba más calmado. Me llamó aparte, ya bien borrachos.
—Te voy a invitar a una fiesta, como agradecimiento por la curada de mi hija.
—No fue nada —le dije yo—. No te preocupes. Es más, hasta creí que no te importaba tu chamaca.
—Pues ya ves, uno que le anda jugando al descreído. Ándale, no me desprecies. Nos la vamos a pasar bien —me dijo.
Y pues le dije que sí. Nos fuimos caminando de Xico. Caminamos casi una hora. Empecé a ver que nos alejábamos de la colonia. Nomás veía las casas allá lejos con sus lucecitas bien chiquitas. Llegamos como a un desierto.
—¿Cuánto falta? —le pregunté. Ya andaba cansado.
—No mucho —me dijo—. Es nomás aquí adelante. Ya mero llegamos.
Bueno, seguimos. Ya llegamos a un cerro. Había unas cuantas casitas en la base. Caminando más derecho, vi como una cueva que se metía adentro del cerro. Se miraba una luz, pero como roja y en la entrada, un montón de muchachas bonitas. Entramos, nos acercamos a la barra, él pidió cerveza y tomamos otro poco. Una de las muchachas se me acercó y me dijo que si no le invitaba una cerveza. Le hice seña de que se fuera, que no tenía dinero. Andaba muy cansado y me quería ir, pero Elías me dijo que nada más nos acabábamos esa cerveza y me llevaba de regreso.
Como a la hora ya nos salimos los dos. Empezamos a caminar de regreso y cuando andábamos por el desiertito ese, empezó a oler como a quemado. Caminé otro poco y, luego, luego, salieron de la nada unas llamaradas bien altas y como a unos metros enfrente de mí, una lumbrada como de dos metros de alto, pero bien roja. Todo alrededor se veía. Sentí que alguien estaba tras de mí y que me agarra del cuello con su brazo.
—¡Ahora sí! ¡Te voy a matar, brujo jijo de la chingada! —por la voz, reconocí que era el papá de la niña. Inocentemente caí en una trampa.
—Yo no te he hecho nada. ¿Por qué me quieres matar? —empecé a escuchar muchas voces, pero muchas, como si estuvieran cantando en la iglesia.
—Ahora te voy a mandar con el Hermano… —me dijo.
Al otro lado de la lumbre, vi sombras, pero de a madres. Estaban encapuchadas y nomás se les veían los ojos rojos, eran como del color de la sangre. Como pude me le zafé y corrí. Hasta la borrachera se me bajó. Conforme me alejaba, las voces se escuchaban más y más lejos. Cuando vi casas, empecé a tocar las puertas, pero nadie me escuchó. Me escondí en una barda. Yo nomás oía los gritos de aquel: «¡Sal, brujo jijo de la chingada! ¡Te voy a matar! Hijo de tu puta madre, ¡sal que te mato!». Y pues no salí y no salí, hasta que ya no lo escuché.
Corrí viendo hacia atrás, hasta que llegué como a una carretera. Fácil eran las tres de la mañana. No tenía ni un peso y no pasaban carros para la ciudad. Anduve un buen tramo, hasta que me encontré con una pareja de viejitos en una carretita jalada por dos burros. Andaban los dos de blanco, pero la señora traía un rebozo azul cielo que le tapaba la cabeza, pero se le veía la cara.
—¿Qué andas haciendo a esta hora, hijo? —me preguntó la señora.
—Me quisieron matar. Ando perdido —le dije.
—¿Para dónde vas? —me preguntó el señor.
—A Tláhuac.
—No mijo. Tláhuac está pa’l otro lado. Camínale pa’allá y llegarás a Tláhuac.
—Gracias.
—Que Dios te cuide —me dijo la señora.
Me fui para donde me dijeron. De rato volteaba y ya no los vi, ni se oía el ruido de la carreta. Se fueron para el silencio. En ese momento ni me importó. Luego vi una panadería. Ya tenía la luz prendida. Me acerqué a tocar y no me quisieron abrir. A lo mejor me vieron desde la ventana y pensaron que les quería robar. Seguí caminando y como a la hora vi una luz. Era una combi. Le hice señas y se orilló. Creí que se pasaría de largo.
—¿Qué te pasó?
—Me quisieron matar.
—¿Y eso?
—No lo sé.
—¿Para dónde vas?
—A Tláhuac.
—¿Y de ahí?
—A Xico.
—Súbete, te llevo.
Y me llevó hasta la base para agarrar el carro a Xico. Cuando me bajé ahí, me dio dinero para pagar el transporte a la casa. Ya andaba amaneciendo. Llegué casi a las siete de la mañana.
—Ya llegué, gracias a Dios. Bendito Dios que ya estoy en mi casa.
—¿Tú qué traes que andas bendiciendo tan temprano?
—Ya llegué, mujer —me quité la chamarra y me acosté—. Abrázame, por favor.
—No, vete para allá. Andas muy frio.
—Ese día que entró al cuarto, lo vi blanco, blanco. Y le toqué la mano y estaba fría, fría, peor que muerto —dijo mi tía mientras soltaba una risita y tiraba la basura de la manzana.
—¿Y en qué acabó todo eso? —preguntó mi papá.
—Resultó que Elías estaba abusando de la niña, por eso los moretones en las piernas. Y aparte, me dijo Pilar después que, a los días, llegó una mujer toda quemada a su casa a pedirles perdón. Ella confesó que Elías la buscó para hacerle un trabajo a la niña para que la mamá no se enterara de las barbaridades que este cabrón le hacía.
—Pero también a él le fue mal —dijo mi tía—. Como a los dos meses, lo encontraron muerto bajo un puente. Según, que por sobredosis de droga.
—Eso dicen, mujer. Cuando haces el mal se te regresa y al doble. Yo por eso nomás le pido a Dios —volvió a levantarse la gorra— que nos vaya bien. Este mundo está lleno de maldad.
Mis tíos se irán mañana. Una verdadera lástima. Estoy seguro que como esta, tienen más historias, pero ya no me tocará oírlas hasta que ellos vuelvan. Espero que se animen a volver.

Título:“Transgresiones”
Técnica:Mixta sobre papel algodón
Dimensiones: 32X48 cm
Autora: Martha Baxin
Año de realización:2023

Título:"Viaje Imaginario en el Lago"
Técnica: Grabado en linóleo.
Autora: Violeta Juárez
2018.

Título:"Viaje Imaginario en el Lago"
Técnica:Grabado en linóleo.
Autora:Violeta Juárez
2018.
Miguel Almanza
Despierta como antigua madre o destino indudable. Desde allá: lejos y hace tiempo, en una trayectoria constante como pensamiento se intensifica —no puede escapar de sí—; resucita del archivo muerto de la memoria como devorador de hombres, entre limo viviente, el último de la familia inesperado invade nuestras conciencias. Así llega este número hasta tu mirada, una colección de sueños y pesadillas de artistas mexicanos emergentes.
Las culturas chocan y luchan, se conocen y mezclan; lo quieran o no. Así lo mexicano, una amalgama surgida de culturas milenarias y conquistadores europeos. Es difícil definir lo mexicano como algo homogéneo, las generalizaciones inducen al error: el estereotipo es una parodia. Tal vez, una característica mexicana es la diversidad de formas, los colores y el alto contraste.
Un reflejo de ello es la comida, la mezcla del dulce y lo picante. Así también se busca la diversidad de voces y miradas en los estilos de ilustración y cuento, el uso de los símbolos endémicos es un recurso, pero no un requisito. Que ni el chovinismo o el nacionalismo nos engañe, lo que buscamos es autonomía de pensamiento.
La propuesta es mostrar una visión de lo mexicano sin caer en el cliché, sin generalizar; al contrario, tal vez lo mejor sea particularizar cada región, cada lengua relegada, cada historia no dicha. En estos cuentos e ilustraciones se implica la visión del creador, y a la vez, se representa su tiempo y espacio.
No basta que los sucesos ocurran en México, es la visión particular desde esta parte del mundo: la perspectiva de cómo se ve en lo cotidiano y lo fantástico aquello que da miedo, fascina y aterroriza: lo diferente. Es un llamado al autoconocimiento, a dejar de buscar en temas o arquetipos importados lo que siempre ha estado en nosotros; a revelarnos ante la colonización cultural y la guerra cognitiva que nos han dicho que lo nuestro no es suficientemente válido, bello o complejo.
Buscamos la perspectiva artística particular del mexicano(a) asumiéndose como tal, en un mundo cada vez más tecnologizado y globalizado. Y de esta perspectiva, esta colección da digno ejemplo.

«Ojo de Pez.»
Grabado en linóleo.
Violeta Juárez
2016.
Violeta Juárez
ARTISTA GRÁFICA
Diseñadora de la Comunicación Gráfica por la UAM y Maestría en curso de Artes Visuales con especialidad en Grabado en Posgrado de Artes y Diseño FAD-UNAM, Estancia Académica e investigación en la Universidad Politécnica de Valencia, Taller de Buril en La Universidad Politécnica de Valencia.
Incursión en diversos talleres como: talleres libres de Serigrafía Artística y Grabado en Academia de San Carlos UNAM, taller de Litografía en La Ceiba Gráfica A.C., Taller Veta Gráfica y Taller Nacional de la Universidad de las Artes de Aguascalientes.
Ha participado en diversas Ferias de grabado a nivel nacional e internacional
como La Guelaguetza Gráfica ‘19, el Salón de Mini Estampa ‘18, el Encuentro de Gráfica Libre e Independiente en Guadalajara, La Feria Nacional e Internacional de Grabado en Aguascalientes en diversas ediciones, Tianguis C.A.C.A.O. de la UNAM en Oaxaca, Exposición Mujeres Mexicanas México – UK, en Newcastle Inglaterra, así como reseñas culturales en la revista “Nolyx Anitnegra” de la Sociedad de grabadores Xylon de Argentina y publicación de imágenes en revistas y suplementos de periódicos como “La Soldadera” de Zacatecas,
referentes a la cultura y el arte en México Ha participado en diversas exposiciones colectivas, e intercambio de obra a nivel nacional e internacional.

Autor: Miguel Almanza
La forma nos permite acceder a conceptos, nos facilita entender la intención del mensaje, su naturaleza. La forma, es el medio, un vehículo que afecta cómo percibimos. El fanzine se refiere a una forma de expresión rebelde y parte de su protesta radica en su esencia “sin ánimos de lucro” que le permite ser libre. No está condicionado a patrocinadores o clientes que impongan —bajo amenaza de revocar sus apoyos económicos—, lineamientos que no sean aquellos que el fanzine se propone, acordes a sus ideales y línea editorial.
El trabajo no lucrativo en un sistema económico capitalista, molesta; es una subversión que permite ver qué hay más allá del trabajo lucrativo. Y no es que sea ilegítimo lucrar, pero a veces el contraste puede evidenciar el abuso de la forma para ver qué hay en el fondo. El fanzine se debe a sí mismo, surge como parte de una necesidad espiritual —sea ideológica, política o artística—, permite la expresión desde un espacio inusitado. Es esta expresión libre la que lleva al arte a ser subversivo: la propuesta, no sólo el deleite de la estética o lo bello; sino una voz que clama: ¡no, no es suficiente!
El cuento y la ilustración son formas del arte que nos permiten escapar a la terrible cordura de la realidad, o tal vez, ampliar nuestra comprensión de ella. En esta edición, una vez más tenemos el placer de compartirles estas visiones: monstruos grotescos de nuestra sociedad, actualizaciones a las ruinas del sistema del mundo, futuros fantásticos y horrorosos; aventuras que abruman la mente y revelan el espanto de la verdad.