Del ensayo especulativo al ensayo ficticio

R. Flores
Traducido al español, dialecto mexicano, por Héctor Sapiña en 2025


Hacia la tercera década del siglo XXI, los humanos habían cuestionado los límites de la verdad tantas veces que las categorías construidas en torno a ella (o por contraste con ella) comenzaron a diluirse. Aquí me referiré específicamente al género del ensayo acompañado por los conceptos especulativo y ficción, este último equivalía a lo que en el siglo XXII denominamos potencias. La principal diferencia, sobre todo en el Periodo del Consumo, es que los humanos añadieron a lo ficcional (o ficticio) un rasgo de ingenuidad infantil; se promovía como simulación para el esparcimiento sin influencia directa sobre la vida cotidiana. Por lo tanto, no significaba un riesgo para el orden establecido.

Hay otras formas de comunicación que empezaron a tambalear por la erosión de la verdad: la noticia, el discurso político, la crónica, historia, la geografía, la reputación pública de personas físicas y de organizaciones —a lo que curiosamente llamaban imagen—, e incluso el discurso de sus artes del universo —que ingenuamente llamaron ciencia, cuyo origen lingüístico indicaba conocimiento.

Desde finales del siglo previo arrancó el proceso de reemplazar la verdad por la verosimilitud, una propiedad que se creía relegada a las artes potenciales o de la ficción. Básicamente, una afirmación verosímil es cualquier enunciado verdadero para el sujeto que lo dice o dentro del contexto en que se dice, aunque no sea cierto en otro. Si bien, este entender resulta perfectamente común para nosotros, para los humanos de la posmodernidad supuso una crisis porque durante al menos doscientos años habían justificado su estructura de poder bajo el supuesto de que la verdad única era comprensible para una cadena de instituciones autorizadas.

Pero no es el objetivo de este texto trazar el panorama histórico de la ficción (esa labor la llevan a cabo nuestros amigos del Proyecto de Erúntica Uqbar, donde quiera que anden ahora), sino explorar una de sus manifestaciones más curiosas: el ensayo especulativo y, su hijo, el ensayo ficticio.

Qué no es el ensayo

Desde los inicios de la educación pública en el Estado Moderno, el ensayo literario se enseñó como un tabique de opiniones de intelectuales donde se explicaba en qué consistía la ideología oficial o por qué era válida (por qué debía considerarse una verdad). A veces se enfocaba en enumerar los rasgos de las identidades nacionales y otras en justificar qué obras artísticas tenían valor por ser compatibles con los dos aspectos previos.

Lógicamente, conforme se resquebrajaban los proyectos nacionales, las afirmaciones ensayísticas se volvían cada vez más obsoletas, o pasaban de lo verdadero a lo verosímil. Aquí un ejemplo. Fragmento conservado del compendio «El laberinto de la soledad» (cuya autoría se perdió en los registros tras la Gran Desconexión del 2117 de la Última Era Nacional, Línea Temporal Terra-1):

El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual. Y esta tendencia beneficia a nuestra imaginación tanto como a nuestra sensibilidad, siempre afinadas y despiertas. (Anónimo, ¶1, §3; c. ½ s. XX e. n.)

Tanto por el soporte material como por el registro dialectal, los archivistas de la ATU han determinado que el texto fue escrito y distribuido en masa principalmente dentro la zona mesoamericana a inicios de la posmodernidad, Periodo del Consumo Pleno (en el entonces México: 1939-1968 e. n.). Del fragmento resulta llamativo que se considera rasgo de mexicanidad a un comportamiento que supuestamente abarca a todos los habitantes de su denominación territorial. Es decir, da por hecho que cualquier individuo que haya nacido al interior de fronteras geopolíticas artificialmente delimitadas apenas un siglo antes compartiría con su grupo la tendencia al festejo. Por las noticias que tenemos sobre el pensamiento de la mitad del siglo XX, para ese momento se consideraba superada la justificación del carácter de los pueblos con base en la genética y los elementos climáticos del entorno; sin embargo, el fragmento citado expresa una visión no menos determinista y esencialista.

¿Acaso no existía un solo grupo, ni una sola persona identificada como mexicana que se resistiera a las fiestas? Y, más allá de la estadística, ¿no había otros pueblos altamente rituales? ¿No, más bien, todos los pueblos poseen sus propios ritos y la excepción mundial sería encontrar uno que careciera de ellos? Más aún, ¿qué pasaría con esta definición de lo mexicano el día en que el concepto de México dejara de existir… tal como sucedió poco más de un siglo después?

Para algunos divulgadores de propaganda de aquella época, el ensayo hubiera dejado de existir si no fuera capaz de superar la prueba de la ideología nacional. O sea, si no funcionara como “expresión del espíritu de un pueblo” para esparcir el punto de vista oficial con solemnidad, erudición y pompa. Por fortuna para las expresiones humanas, el ensayo nunca se redujo únicamente a aparato ideológico. En último caso, se utilizó como herramienta de unificación política en un tiempo en que el mundo requería reflexionar sobre la nacionalidad; y eso sólo en algunos casos más visibilizados por los medios de su época. Claro que había otras maneras del ensayo, en tanto estilización del registro del pensamiento, el género ha sido independiente siempre, si bien se encuentra ligado como toda obra artística a sus coordenadas.

El ensayo, pues, nunca fue un registro de la verdad; pese a que algunos libros de texto de la época parezcan sugerirlo. Si algo compartió con la ciencia no fue la certeza del conocimiento, sino la experimentación. El ensayo, ¡su nombre lo indica!, es un laboratorio. Hacia el declive de la Última Era Nacional (prácticamente todo el siglo XXI), el ánimo relativista permitió el reconocimiento de este rasgo esencial de la escritura ensayística.

La humanidad había perdido toda certidumbre general, pero recuperó (o subrayó) la idea de que el único terreno firme del saber es el puente que se construye entre las diferencias del yo y los otros. Poco a poco, escribir artes dejó de ser una lucha por la legitimidad y se volvió una red de miradas recíprocas. En pocas palabras, terminó el dominio de la autoría y se entabló la búsqueda de la lectoría (palabra bastante desagradable al oído, pero con un proyecto menos impositivo).
¿Qué sí es el ensayo? El despliegue del pensamiento propio frente a un otro que, aunque diferente, está dispuesto a escuchar mi imaginación.

Nacimiento del ensayo especulativo

No nos engañemos, el ensayo siempre fue especulativo, en el sentido de formar conjeturas o hipótesis sobre algún aspecto. Sin embargo, en el siglo XXI se vio obligado a luchar contra el aparato que se le había impuesto para anunciar su capacidad de rebasar los límites de la “verdad”, pues su posibilidad argumentativa se había confundido con la necesidad de demostrar, de llegar a conclusiones. Ese antiguo aparato era —jugando un poco con los latinajos— al mismo tiempo aparare y aparere, es decir, dispositivo preparado con un fin (político) y también apariencia exterior que ofrece una imagen parcial de la realidad.

Desde su origen en el siglo XVI, el ensayo se sumergía en la mirada propia para descubrir en sí a la voz de otros, poner en crisis principios establecidos, imaginar caminos contrafactuales de la historia, asimilar la razón humana al juicio animal. Siempre fue especulativo. Pero desde la ilustración, el positivismo y el nacionalismo, la escritura ensayística fue enjaulada para comprometerse con los paradigmas vigentes.

En esos tiempos, la especulación ensayística no fue perseguida, sino silenciada por quienes aspiraban a un canon ajustado a la intelectualidad, la guardiana de las murallas de la élite. La especulación fue relegada a narrativas producidas en masa (o de distribución limitada), pues se entregaban al gran público a modo de autocomplacencia. El máximo valor estético para mantener el consumo era la identificación moral con el protagonista; así, la audiencia se reafirmaba sin cuestionarse. De ahí que especular ensayísticamente resultara más peligroso porque, en la imaginación argumentativa, no queda tan clara la distinción respecto al mundo “real”: ejercitar la crítica fuera de los marcos de la ficción es demasiado incómodo para un orden que se reproduce mecánicamente.

La paulatina liberación del ensayar especulativo suena como un triunfo emancipador…en realidad no fue así. Fue más bien un movimiento transversal que acompañó a diferentes emancipaciones. Me explico: el renacimiento de la especulación ensayística se da cuando se consolida la descentralización de los valores artísticos al final de la posmodernidad. Antes, en los siglos XIX y XX, se había llevado a cabo la gran centralización de la cultura, donde se jerarquizó con precisión taxonómica la escala de las expresiones humanas: la literatura era la reina de las artes; dentro de ella, la lírica y la novela social sus formas cumbre; de ahí hacia abajo se organizaban el resto de las artes según una dignidad inventada por las autoridades en turno. Geográficamente, mientras más cerca de una capital cultural fuera producida una obra, mayor prestigio; en cuanto al género (gender), reinaba la masculinidad. Desde el siglo XXI, como consecuencia de la Web 2.0 y el surgimiento del prosumidor, comenzó la descentralización de los contenidos.

Aunque mercantil y políticamente la (aparente) descentralización técnica generó un estado de alta confusión ideológica para lograr mayor dominio, en el ámbito de la producción artística permitió el trazo de redes colaborativas que, cuando resultaban bien, visibilizaban voces comúnmente marginadas. La transformación de la cultura hacia estas redes desvaneció poco a poco las capitales físicas de la cultura: se pasó de grandes núcleos culturales a nodos dispersos; después la crisis institucional general se llevó con ella a las capitales del arte y finalmente se transformaron también las autoridades simbólicas. En breve, los premios literarios dejaron de importar y también el reconocimiento del Autor, mito romántico que sobrevivió por un buen tiempo.

En este proceso, la literatura no dejó de ser literatura, sino que volvió a hermanarse con las demás artes. Como era en un principio, cuando nacieron en el entorno creativo rupestre. La palabra dejó de ser frontera de sí misma para reencontrarse con la imagen y el sonido y el espacio. Pronto surgieron fenómenos como arte transmedial, intermedial, escritura caligramática, iconotextualidad, crossmedia, poema objeto, arte tipográfico, fotoensayo, sinestesia artística, media migration, remediation y remix, metamedia, convergencia, cyborgmedia, artes inter-inteligencia —que combinaba obra humana con IA, entre muchos otros.

El ensayo especulativo acompañó este desvanecimiento de las fronteras porque él, en sí mismo, fue siempre el centauro de las artes, y diría yo, una flecha cruzando las potencias. Tradicionalmente se había asociado únicamente a la literatura porque (1) nació en una era que privilegiaba la expresión lingüística, (2) durante siglos fue más fácil ensayar sobre papel que sobre otros soportes. Pero en el entorno de la digitalidad, cada vez le fue más fácil encontrar su cuerpo extenso. Todo esto antes de la Gran Desconexión, claro.

En la segunda década del siglo XXI se encuentra ya un volumen donde se señala esta cualidad transfronteriza del ensayo y aparece, por primera vez (hasta donde tenemos registro), con el apellido de “especulativo”. Se trata de En una orilla brumosa, editado por Verónica Gerber Bicecci. En su prólogo, la editora definía al ensayo especulativo como “una forma de sopesar (dejarse infiltrar por fragmentos del mundo) y diagnosticar (infiltrarse en las cavidades del mundo) con herramientas verbales y visuales que, a su vez, se dirigen al pasado o al futuro para reescribir el presente” (¶3, §1; c. ¼ s. XXI u. e. n.). Esta definición deriva de las etimologías de las dos palabras:

ensayar < exagium = sopesar

+especular < speculari(s) = observar desde lo alto; lo relativo a un espejo.

A esto añade Bicecci que la ensayística exhuma nociones del pasado para reescribir el presente, por su parte, la ficción especulativa se introduce en algún futuro posible para alumbrar el presente. Entonces, la síntesis de ambas “se trataría precisamente de algo así: una conciencia del tiempo ‘al revés’ (…) ensayar especulativamente es considerar que se pueden hacer mundos poniendo atención a lo que nos circunda” (¶4-6, §1; c. ¼ s. XXI u. e. n.). Y los textos contenidos en Una orilla brumosa hicieron justamente eso: empujar la lengua a sus límites para introducirse en el cuerpo, traspasar el tiempo, adoptar perspectivas no humanas, antagonizar la centralidad de lo masculino. El ensayo especulativo sirve como dispositivo de desplazamiento por excelencia: máquina del tiempo y del espacio.

El volumen se corona con el ensayo “Hacer mundos” de Ursula K. Le Guin, texto de 1989 que la editora hizo viajar a su presente para indicar que los nuevos mundos se construyen sobre los anteriores. Le Guin afirma que una artista hace “una selección particularmente hábil del cosmos (…) hace del mundo su mundo” y, aunque en ese ensayo no da el paso hacia el otro cosmos (el ficticio), sugiere que la línea entre nacer, mirar al futuro y escribir ficción es mucho más delgada de lo que parece.

El ensayo ficticio

Para la humanidad actual todo ensayo es ficticio en tanto expresa una potencia. Puesto que es imposible abarcar con certeza la totalidad de un conocimiento, el acto de ensayar es en sí mismo un reconocimiento de que la reflexión sobre la experiencia propia nunca alcanza a establecer hechos universales. La ensayística ni siquiera registra verdades irrevocables para el yo que habla, pues, por su naturaleza dubitativa, el ensayista volverá a titubear sobre sus conclusiones, sea un año más tarde o una hora después de la publicación. Ya Montaigne auguraba la incertidumbre científica cuando criticaba la necedad de registrar un saber acabado:

Yo quisiera que cada cual escribiese sobre aquello que conoce bien (…) pues tal puede hallarse que posea particular ciencia o experiencia de la naturaleza de un río o de una fuente y que en lo demás sea lego en absoluto. Sin embargo, si le viene a las mientes escribir sobre el río o la fuente, englobará con ello toda la ciencia física. De este vicio surgen varios inconvenientes. (¶7, §30; 1590, Era Protonacional)

Todo ensayo que aspira a un conocimiento estable se encuentra condenado a la obsolescencia. Ensayar, por lo tanto, es triangular la vivencia, el saber heredado y la especulación. ¡Pero he ahí algunos que sucumben a la tentación de desbordar el eje de lo especulativo! Y por la necesidad de hacer caso a la voz que aparece en su cabeza arrastran las coordenadas convencionales del ensayo hacia otros mundos. De ello deriva una relocalización del yo ensayístico en el problema del What if? especulativo:

• ¿Qué pasaría si no fuera el yo de Montaigne quien se pregunta por la amistad, sino un colonizador de Marte?
• ¿Qué diría José Arcadio Buendía si se sentara a escribir por qué todos los días son lunes?
• ¿Qué escribiría un prologuista humano de una antología de literatura elaborada por inteligencias artificiales?
• ¿Cómo justificaría un tlacuache su rescate de los libros legados por la humanidad tras el apocalipsis climático?

Aquí se da el paso del ensayo especulativo al ficticio. La diferencia fundamental es que, mientras el primero hace una síntesis del pasado y el futuro desde el presente, el segundo no se resiste a proyectar el futuro (entendiendo futuro no sólo como el devenir en alguna cronología específica, sino como todo lo no visto).

Aunque con antecedentes notables, el ensayo ficticio proliferó a mediados del siglo XXI. Por las razones ya mencionadas y algunas más: relativismo e incertidumbre, reflexión y autorreflexión de la transversalidad mediática, pero también la creciente autonomía de las culturas IA y sus detractores, la disolución definitiva de las fronteras nacionales, el descubrimiento y catalogación de líneas temporales paralelas a las de Terra 1, la posibilidad de la escritura cuántica y el advenimiento de las lenguas no lineales, etc.

En su momento de mayor auge, la noción de autoría se había reemplazado por la de lectoría. No profundizaremos al respecto aquí, pero a grandes rasgos es una consecuencia tardía del surgimiento del prosumidor en las redes culturales: el mito del autor como genio singular responsable de la producción estética cedió su lugar al entendimiento de que un artista configura su obra en colaboración con otros (muertos y vivos), incluido el receptor. El arte, por lo tanto, es fruto de un diálogo colectivo; muchas veces incluso conflictivo.

Los colectivos de lectores de ensayo ficticio más notables en América Latina surgieron de lo que a principios del siglo XXI se llamaba “literatura independiente” por oposición a la literatura comercial y/o institucionalizada. Entre las formas y temas más explorados se encuentran: la reescritura de ensayos de la verdad, los ensayos transmedia e intermedia, las crónicas de posthumanas, las reflexiones sobre la mortalidad en voces inmortales, las diplomacias cyborg-robot y las dignidades animales.

Nota final

Nunca existió la no-ficción. Hoy todavía podemos pasearnos por los restos de las librerías y encontrar estanterías con el rótulo “no ficción”. El término, más que un género discursivo estable, era una etiqueta para inventariar bienes y acelerar el proceso consumo. Si en el siglo XXII nos hemos decantado por el concepto de potencia no ha sido mero capricho, el declive de la idea de ficción se debe a que dependía de la verdad y la referencialidad. Muerta la primera, inestable la segunda y comprobado el multiverso, hemos preferido construir categorías que reemplacen el criterio de lo que no es por lo que puede ser bajo otras condiciones.

El ensayo no habita en un reino, viaja entre todos. Si es o no ensayo depende de sus funciones internas —ante todo, predominio del flujo de pensamiento sobre el lirismo o el relato— y si es o no ficcional depende de qué tanto se aventure a rebasar los límites del yo-ahora. Cuando rompemos el grillete para ingresar en la voz del tú posible, inauguramos otro mundo.

Corredor Abyamericano
Lugosto 2187


Héctor Sapiña. Ensayista, profesor y “postfan”. Obtuvo la maestría en Letras (UNAM) con una investigación sobre ciencia ficción mexicana y es maestrante en Comunicación (UACH). Ganador del 2º lugar en el premio de ensayo sobre una Sociedad Sustentable de la Revista de la Universidad de México. Recientemente publicó la plaquette Crasística y el texto "…es mexicana porque ocurre en México" en el libro Mexafuturismo contemporáneo (Ed. J. L. Ramírez). Participa en varios proyectos de creación y difusión de la ciencia ficción en México. Miembro de la Sociedad Tolkiendili México.
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Boca del Diablo


Por David Barrera Sánchez


Aquellos días fueron tan asfixiantes y abrasadores que los habitantes del puerto, al intuir lo que estaba por venir, empezaron a hablar con dramatismo mientras limpiaban sus frentes con las manos temblorosas. Pero no era propiamente a la canícula a lo que temían, sino a lo que ésta anunciaba: la visita del Diablo y el inevitable hecho de que se llevaría a alguno de ellos.

¿A quién tendrá en mente en esta ocasión?, se preguntaba la gente.
Debido al inusual calor, los apagones sumieron al puerto en la penumbra. Y durante noches enteras me vi obligado a dormir en la hamaca que colgaba en mi patio.

Mi casa se encuentra en los límites de la ciudad y la reserva natural conocida como Boca del Diablo, la cual es el hábitat de los monos aulladores a quienes había estudiado durante más de veinte años. Fueron ellos el motivo por el cual me había mudado al puerto y la razón por la que me dediqué a hacer todo cuanto pudiera para salvarlos de la depredación.

Se volvió común que a cualquier hora se oyeran vociferaciones provenientes de las zonas protegidas. Era una repentina y demencial mezcolanza de aullidos, cacareos, rugidos y demás exclamaciones al unísono que se prolongaban durante diez o quince segundos hasta apagarse con lentitud. «¿Qué diablos los hace reaccionar así?», pensaba. Por desgracia, fueron pocas mis incursiones a la reserva durante la canícula y no pude descubrir la causa hasta muchos días después.

Cierta mañana, salí temprano para comprar comida y medicamentos. Como ningún servicio de taxi estuvo disponible —o mejor dicho, nadie quiso trabajar—, me trasladé a pie a pesar del horrible calor. El camino, custodiado por enormes árboles parecía concentrar la humedad. No había viento. Y de vez en vez, oía caer los mangos hasta golpear el suelo con un sonido seco. Aquellos frutos eran invadidos casi de inmediato por las moscas; y el infecto olor de los que ya llevaban días en el suelo me provocó náuseas.

Cuando recorrí unos ochenta metros, me detuve al oír la voz de mi vecina, Dolores, quien me hacía una seña para que me acercara a su casa cuyo patio estaba sombreado por un árbol de aguacates. Su rostro lucía brilloso por el sudor, sus trenzas se veían chuecas y comía un mango petacón al que le dio una mordida:

—¿Qué no sabe que hay que guardarse hasta que se acabe el calorón?

—Necesito hacer algunas compras —respondí—. Y de paso no me caería mal echarme un chapuzón.

—¡Válgame el cielo! —Exclamó con nerviosismo.— ¡No se le ocurra hacer semejante cosa! —Y movió las manos como si las tuviera acalambradas.— Sepa usted que, mientras caiga fuego del cielo, Él dominará las aguas y la tierra.

—¿Quién? —pregunté.

—¡Pues quién más! —Y agarró sus trenzas entrecanas y las levantó como si fueran cuernos. 

Solté una carcajada al ver su ridícula caracterización.

—¡No, no se ría! —Dijo después de bajar sus trenzas.— Dios no quiera que le metan un buen susto por andar en donde no se debe.

—¿No me diga que cree en esas patrañas?

—Qué gano con mentirle —contestó—. Siga mi consejo y quédese encerrado.

—¿Encerrado sin ventilador?

—Así es. En estos días hasta el patio es peligroso.

—Vaya locura —dije mientras me rascaba las ronchas del brazo—. No se puede vivir así. Simplemente no se puede.

—Hay que aguantarse, don Fausto. No hay de otra. Aunque fíjese que para estos calores ayuda mucho comer carne de chango. Es buenísima porque tiene una vitamina muy especial que vigoriza el cuerpo y el alma. Si quiere le preparo uno.

—¡Vaya descaro! ¡Qué no sabe que está prohibido cazarlos!

—Ay, relájese, señor. Para usted todo está prohibido. Nada le quita si prueba un poco —dijo con desenfado—. Ya verá qué sabroso me queda y, sobre todo, lo mucho que le va a ayudar a aguantar el calor.

—Quisiera saber cómo va a conseguir al simio ahora que las leyes son más severas.

—Serán más severas en el papel, pero en la vida real no hacen ni cosquillas. Le adelanto que voy a conseguir al chango de la misma manera en que he conseguido a los otros animales. Pero no se preocupe, siempre dejaré unos cuantos para que los pueda ver con esa cara de bobo que pone —dijo y, de inmediato, puso los ojos en blanco y se quedó con la boca abierta.

Enojado, di media vuelta y, tras recorrer un par de metros, escuché de nuevo su voz:

—¡Se lo dejo en su cocina, como la vez anterior que preparé tortuga!

Acabada la charla, seguí mi camino y resonó en mi mente aquella frase que había usado Dolores: «cuando cae fuego del cielo». La primera vez que la escuché fue durante mi primer visita a la Boca del Diablo.

Tendría acaso veintitrés años cuando el camión me dejó en la terminal de autobuses en donde contacté a un guía, quién me llevó por las calles principales hasta desembocar en el camino que lleva a la boca. Durante el trayecto, las nubes se tornaron grises al tiempo que aparecieron robustos árboles por donde volaban aves y trepaban simios que nos miraban con curiosidad.

Más adelante, el sendero se volvió escarpado, pedregoso y con raíces que se asomaban de la superficie; no obstante, avancé cuesta arriba con todo y tropiezos hasta que los árboles quedaron atrás y me permitieron ver la famosa Boca del Diablo que estaba a unos treinta o cuarenta metros de distancia. Vista desde lejos la boca me infundió temor, pero una vez que estuve frente a ella me di cuenta de que sólo se trataba de un cúmulo de árboles y enredaderas que formaban una abertura como de unos diez metros de alto en donde se amontonan las sombras.

—¿Qué te parece? —preguntó el guía.

—Desde mi punto de vista, es una simple tomada de pelo o una broma pesada por parte de la naturaleza. No menosprecio el valor que pueda tener su leyenda, pero estoy más interesado en su valor biológico.

—Tal vez tienes razón —dijo el guía, mientras el ruido del trueno me estremecía—. Algunas personas creen que este lugar no es la Boca del Diablo. De hecho, hay gente mayor que sugiere que la boca no está en un lugar en específico, sino que puede aparecer en cualquier parte. Hay un par de ancianos que cuentan haber visto el momento en que la boca apareció. Uno de ellos dice que la vio en la playa, y el otro en plena avenida costera.

—¿Y te contaron cómo era? —pregunté.

—Sólo dicen que es un lugar horrible y que aparece cuando cae fuego del cielo.

«Cuando cae fuego del cielo», pensé mientras me refugiaba bajo la sombra de una marquesina y secaba mi arrugada frente. Tuvieron que pasar más de veinte años para que volviera a oír esa frase y, sobre todo, para que pudiera entender su significado. Mi paso lento y un tanto torpe me llevó a las calles del centro.

Semanas antes, en aquel lugar, la brisa agitó los cabellos de las muchachas bronceadas que sonreían a sus amantes con la inocencia y el deseo de la juventud. No había lugar que no fuera perfumado por las flores, la fruta y el café recién tostado; especialmente en la pequeña librería en donde los gatos se echaban en las mesas repletas de libros para dejarse rascar la panza.

Pero, durante los días de la canícula, las calles fueron gobernadas por una inquietante inmovilidad al tiempo que oleadas de luz solar parecían calcinar con lentitud la viveza multicolor de las casas. Si bien el silencio no era total, pesaba lo suficiente como para hacer notar que había algo único y perturbador. Así lo sentí y creo que así lo sintió también la poca gente que deambulaba nerviosa y que se perdía al dar vuelta de manera brusca en los cruces, con lo que daban la impresión de ser fantasmas.

En algunos comercios y casas —sobre todo los más cercanos al malecón—había electricidad. Sin embargo, conforme avanzó la mañana, la electricidad se volvió intermitente y el mal humor se evidenció en los rostros de los trabajadores y clientes que buscaban refugio en el aire acondicionado. Poco a poco, las discusiones por cualquier nimiedad transformaron el rostro de los clientes que empezaron a insultar y a desear que el diablo viniera por los dueños de la tienda. A pesar de todo, hice mis compras y dejé atrás aquel hervidero para encaminarme a la playa.

Dejé mis bolsas debajo de una solitaria sombrilla y contemplé al inmenso monstruo salado que me llamaba con el rumor de su oleaje. Me dirigí a él y, poco a poco, su frialdad alivió el bochorno que llevaba a cuestas, al tiempo que su constante ir y venir me relajó. Y cuando el agua me llegó al pecho, nadé como en mis buenos tiempos y me quedé boca arriba una vez que ya estaba exhausto. Después, miré en dirección a la playa y vi la ciudad que parecía un conjunto de gemas multicolores. Detrás de ella, se veían los picos de los cerros colmados de verdor y, encima, el inmenso firmamento endiabladamente azul. «Y pensar que el caos reina en aquella ciudad tan callada», pensé.

De pronto, me pareció oír sutiles murmullos a mi alrededor, por lo que miré en todas direcciones pero sólo el océano estaba presente con su inquietante movimiento. Sin embargo, los murmullos continuaron y se convirtieron en burlas hechas por una voz rasposa que hizo que me estremeciera y nadara de regreso pero, durante el trayecto, alguien me sujetó de la cabeza y me sumergió con violencia hasta que mis pies tocaron fondo. Rasguñe y golpeé aquellas manos que se sentían de acero y que estaban saturadas de pelos gruesos cuyas uñas se enterraron en mi cabeza. La lucha fue inútil. Los segundos hicieron que mis fuerzas se acabaran.

Creí que perdería el conocimiento pero, sorpresivamente, las mismas manos que me tenían sujeto me sacaron del agua con un movimiento y me arrojaron por el aire hasta caer de nuevo en el mar. Saqué la cabeza y jalé aire con desesperación. El mar estaba embravecido y me empujó una y otra vez con desprecio hasta dejarme arrumbado en la playa como si fuera un cadáver indeseado.

Ya en la playa, escupí el agua salada y un intenso ardor me castigó las heridas que tenía en el rostro. Entonces, al normalizar mi respiración, vi cómo el mar pasó del fragor al sosiego en cuestión de segundos. Me quedé perplejo ante tan brusco cambio; fue como si aquel inmenso monstruo azul hubiera obedecido una orden. Y una vez que las olas restablecieron ese ir y venir hipnótico, vino de nuevo a mis oídos ese murmullo ronco que, en ese momento, se expresó de forma burlona:

—¿Quieres entrar otra vez?

Asustado, corrí hacia la avenida que bordea la costa y me llevé las manos a la sienes.

—¡Cálmate, cálmate! ¡No fue real, no fue real! —dije una y otra vez hasta que vi mis manos manchadas de sangre.

Para mi fortuna, no estaba muy lejos la sombrilla en donde había dejado mis compras, así que las tomé y regresé a la avenida en donde vi un taxi estacionado. Al acercarme, noté que el chofer se pasó una botella de cerveza por la frente y luego bebió con avidez como si tomara de una simple botella de agua.

—Por favor, ayúdeme —dije con voz temblorosa.

El hombre no volteó, pues aún estaba en el éxtasis que provoca un buen trago de cerveza. No obstante, una vez que bajó la botella, soltó un ronco eructo y su rostro se puso pálido al verme.

—Por favor, ayúdeme.

—No… no puedo —respondió—. No estoy en servicio.

—Por favor, necesito que me lleve al doctor. Ya no puedo caminar con este calor y me duelen mucho las heridas de mi rostro.

El chófer no quitaba su cara de terror. Insistí y le conté mi horrible experiencia. Entonces, paulatinamente, su expresión cambió a la de un estúpido que miraba sin reaccionar hasta que, luego de carraspear y escupir hacia la calle, fijó sus ojos en mí al tiempo que le dio un trago a la botella.

—¿Qué no sabe que en estos días no se debe andar en la calle? —preguntó.

—Necesitaba comprar medicinas y comida.

De inmediato me ayudó a subir al auto y condujo hasta un pequeño consultorio en donde me esperó. Me sentí contento al subir de nuevo a su auto, pensé que mi pesadilla se había acabado, pero mi tranquilidad terminó cuando vi la cara del chofer que me veía por el espejo retrovisor.

—Tiene que saber que hace más de veinte años vi al diablo a la cara —dijo y abrió otra botella de cerveza a la que le dio un buen trago—. En ese entonces llegó en forma de viejito y era muy parecido a usted… Bueno, quizá era un poco más alto, pero se veía igual de flaco y estaba lleno de vellos en los brazos. Usaba pantalón blanco, guayabera, sombrero tipo Panamá y lentes de sol. Me acuerdo que cuando entró al auto se quitó las gafas y el sombrero, su cabello era abundante y blanco. Sus ojos eran de un azul diabólico, casi como el que se puede ver en el mar durante estos días de calor.

—No sé si sentirme halagado o avergonzado por tal semejanza, pero pierda cuidado, no soy el diablo y no pienso llevarlo conmigo.

—Ya sé que no es usted. Y si lo fuera, qué más da si me lleva. Confieso que no he sido el mejor cristiano. La verdad es que le he sido infiel a mi mujer en un par de ocasiones; nada fuera de lo normal para estas tierras en donde todos engañan a todos. Pero el tema no soy yo… Sino usted.

Noté que sus ojos tenían una expresión burlona que rayaba en la locura:

—¿Yo?

—Sí, usted. Debería pensar en que si ya lo atacó mientras nadaba, puede que le prepare algo peor.

Tras sus palabras, y a pesar del calor, mi cuerpo se congeló y sentí que un sudor frío corría por mi espalda.

—Tome en cuenta lo que le pasó, señor… En fin, yo ya cumplí con decirle. Espero equivocarme.

Las palabras del chófer hicieron eco en mi cabeza incluso después de haber llegado a casa. No pude leer ni hacer nada como hubiera querido. En su lugar, recorrí las habitaciones y pasillos con una sensación de espanto; y cuando entré al baño y vi mi rostro pálido y bañado en sudor, pensé que estaría a un paso de volverme loco. Entonces, abrí la llave de la regadera y dejé que el agua relajara mis viejos músculos.

«Te tienes que calmar, Fausto —me dije—. Vaya calamidad: mi nombre no ayuda en mucho para esta situación. ¡Serénate, hombre! El chofer estaba borracho… Y lo que pasó en el mar debe tener alguna explicación, sí, debe tener alguna explicación. No hay razón para que te lleve a ti, no has hecho nada malo… ¿O sí?».

La noche llegó colmada de profundas sombras, cuyas entrañas eran habitadas por los mosquitos hambrientos. No tuve otra opción que dormir en mi hamaca; pero mi sueño fue intranquilo y despertaba a los pocos minutos con pesadez en los ojos y bañado en sudor. Noté que las sombras se acumulaban delante de mí, y nunca antes me habían parecido tan espantosas pues me imaginé que alguien las habitaba: «¡El Diablo está por llegar! ¡El Diablo está cerca! ¡Está cerca!», pensaba una y otra vez.

En medio de mis pensamientos, repentinamente, oí un alarido… Pero, por curioso que parezca, no me causó miedo pues lo reconocí de inmediato. 
Fui hacia la ventana de la sala y, al recorrer la cortina con discreción, vi una sombra en medio del camino iluminada por la luz de la luna. Miré por varios segundos pero la sombra no se movió. Entonces, abrí lentamente la ventana y apunté la linterna hacia aquel personaje oscuro. ¡Y cuál fue mi sorpresa cuando la luz mostró la inconfundible y extraordinaria figura de un mono aullador que, al sentir la luz, desplegó su cola y puso sus ojos en mí!

—¡Qué bello ejemplar! —dije al ver su tamaño y su pelaje negro y brilloso. Noté que estaba asustado y de su hocico escurría sangre; además, parecía que abrazaba un objeto contra su pecho que ocultaba de mi vista. «Esconde a su cría», pensé. El mono comenzó a aullar, así que, sin haber cerrado la ventana, me metí a la cocina y corté una manzana. Cuando regresé a la sala, los aullidos ya no se oían y me topé con una extraña sorpresa: Dolores se asomaba hacia el interior de mi casa desde la ventana que yo había dejado abierta. 

—¿Qué diablos hace aquí? —pregunté de manera hosca—. ¡No quiero su maldito guisado, váyase!

—Olvídate del guisado, Fausto —dijo Dolores—. Vengo por ti… ¡Vengo por ti miserable fisgón! —entonces soltó una risita siniestra cuyo tono agudo cambió lentamente a uno grave y rasposo.

—¿Qué le pasa?

Acto seguido, la cabeza de Dolores se movió como si fuera la de un títere: se inclinaba de un lado a otro al tiempo que sonreía. Enseguida, me sobresalté al notar que del cuello colgaban nervios y venas como jirones de ropa y que una pequeña mano la sujetaba de la columna vertebral. O, mejor dicho, lo que quedaba de la columna.

—He venido por ti, Fausto. ¡He venido por ti! —dijo el titiritero y saltó al marco y comenzó a aullar.

El terror me hizo huir. Quizá tropecé en un par de ocasiones, pero me levanté cada vez que oía las pisadas del mono. De pronto, lo vi trepar con rapidez de una copa a otra con la cabeza de Dolores en su mano.

—¡Se hizo chango! ¡Se hizo chango! —gritó la anciana una y otra vez— ¡Lo iba a cocinar y resultó que era Él! ¡Era Él!

Oí las exclamaciones de los animales y me dieron la impresión de que celebraban los actos del simio. También creí que se reían de mí, de mi vejez y de lo ignorante que había sido al creer que conocía todo sobre ellos.

Exhausto, tropecé y sentí que mi pecho iba a estallar. Puse mis manos en el suelo y cerré los puños al palpar la tierra. Entonces, para mi asombro, la luna comenzó a apagarse con lentitud al tiempo que los alaridos se intensificaron. De pronto, levanté la vista y me encontré dentro de una inmensa bóveda oscura que me pareció tan vasta como el universo, sólo que no tenía estrellas y era habitada por el grito de las especies al que se añadieron voces de hombres y mujeres que eran torturados.

—¡Se hizo chango! ¡Se hizo chango! —escuché la voz de Dolores entre tanta vociferación hasta que la debilidad me atenazó y perdí el conocimiento.

La palabra de los abuelos: «Patokgtokg, la que escucha»

Roberto Carlos Garnica Castro


La escritura es mágica y en este preciso instante puedes “oírme” gracias a su poder, pero nunca hay que dejar de abrevar de la ancestral sabiduría oral.
En Papantla, cuna de la hermana vainilla, viven muchos abuelos que desean compartir sus historias.
Aquí, en La palabra de los abuelos, recupero algunas de esas narraciones y las reelaboro de manera literaria.
En esta ocasión, te presento un mito que me compartió Ramona San Juan Hernández, nana de San Lorenzo Tajín y el maestro Romualdo García de Luna.


Patokgtokg, la que escucha

Dos signos despertaron a Sen (Lluvia) y anunciaron el inicio del día: el canto jovial de Patokgtokg (Primavera) y la luz tibia de Chichiní (Sol).

La niña mira a través de la ventana a un pajarillo pardo y a un ave de plumas negras, amarillas y naranjas. Son Patokgtokg y Sukchalh (Calandria) que, al parecer, actualizan el inmemorial enfrentamiento de voces que anuncia el solsticio de verano.

—Sen, ven a tomar café —llama Kiwichat, la dueña del monte.

Como no recibe respuesta, la abuelita entra al cuarto donde la niña se alimenta de luz, calidez y música.

—¿Por qué no vienes, nietecita mía? ¿No me escuchas? —pregunta la abuela con ternura.

Sen sacude la cabeza, se talla los ojitos y se disculpa:

—Oh, abuelita, es que Chichiní (Sol) y Patokgtokg (Primavera) me transportaron un ratito al Origen.

El corazón de Kiwichat se emociona porque comprende que su niña ha aprendido a escuchar.

—Tsiyuna (abuelita), el otro día mi tatita me contó cómo Patokgtokg cantó frente a los Señores del sonido y fue elegida para alegrar el nacimiento de Sol, pero también escuché que en el momento indicado estaba cocinando y, por salir apurada de casa, se tropezó y cayó en las cenizas y que, por eso, su color es deslucido. ¿Cuál de las historias es la verdadera?

—Nietecita mía, la verdad tiene múltiples colores, el ser tiene infinitos rostros, ¿quieres que te cuente otra historia de Patokgtokg?

A la niña le brillaron los ojos pues supo que sus tres corazones serían alimentados con bellas palabras.

—¡Sí, abuelita!

—Vamos a la cocina y escucha mientras tomas tu café.

Y fue así como, mientras absorbían la energía del néctar negro, Kiwichat narró esta historia:

«Era el mes de junio y se reunieron, en las ramas de una ceiba frondosa, a los hijos de los grandes señores para que aprendieran el canto que anunciaría la llegada de Corpus Christi. Solo se les dio un lugar a los que estaban bien vestidos y tenían recomendación.

Ahí estaba Sukchalh (Calandria), con su bello traje que combina el negro intenso de la noche y el amarillo brillante del amanecer.

Patokgtokg (Primavera) también quería aprender, pero, como era huérfana y no tenía quién la recomendara ni un buen vestido, la rechazaron.

—Este no es lugar para ti, tú no puedes aprender.

Sin embargo, Patokgtokg no se dio por vencida y desde lejos, desde afuera, atendía las lecciones, seguía los cantos. Nada veía, pero escuchaba con todo su ser. Ella aprendió a través del oído.

Cuando llegó el día de la prueba los maestros pidieron a todos que cantaran y los examinaron, pero ninguno aprobó

—¿Qué sucede?, no hay algo que conmueva, algo falta —se lamentaron.

Patokgtokg se animó y buscó su oportunidad.

—¿Qué es ese alboroto? —preguntaron los maestros.

—Ahí afuera hay una alumna, pero es huérfana y no trae vestimenta.

—Déjenla pasar —dijeron unos.

—A ver si no nos avergüenza —dijeron otros.

—¿Quieres intentarlo? —le preguntaron.

—Sí, pero yo no tengo maestro, si me sale mal no me culpen.

—Manifiesta lo que germina en tu interior.

—Voy a cantar lo que he soñado —musitó Patokgtokg.

Desde la primera nota los señores divinos reconocieron que ella debía ser la que anunciara el ritual de la siembra, la que empezaría a cantar treinta lunas antes de Corpus Christi.

—Pequeña Patokgtokg, eres grande, eres la elegida».

—Y fue así, mi niña, como a Patokgtokg se le dio la encomienda de anunciar la fiesta de Corpus Christi y el tiempo de la siembra.

—Pero, entonces, la del dulce canto no tuvo maestro —inquirió Sen.

—Nada y Todo tienen la misma figura —sentenció la abuela—. De todos aprendió la que no tuvo a nadie: del sol, de la luna, de la mañana, de la noche, de la roca, del río, de las flores, de los animales, del silencio, de la palabra, del pensamiento, del sueño.

—¿Del sueño?

—El buen maestro no es el que te señala lo que tienes que hacer, es el que te ayuda a descubrir tu staku (estrella), tu don —explicó Kiwichat.

—Oh, por eso mi tatita siempre dice: “No te voy a enseñar lo que yo sé, no quiero que seas igual que yo, no quiero que seas mi copia, descubre tu palabra, inventa tu propia música”.

—¿Y cuál es el don de Sukchalh? Me han contado que ella estuvo atenta al llamado de Sipíjchichi (Coyote) y su voz acompañó el nacimiento de Chichiní (Sol)… por eso, entre el manto de la noche que cubre su cuerpo se asoman los vivos colores del sol.

—Sen, mi hermosa niña, mi corazón se alegra porque tienes sed y siempre escuchas lo que te enseñamos, pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Agradecimientos:

A Ramona San Juan Hernández de San Lorenzo Tajín y al maestro Romualdo García de Luna, por compartirnos la historia de Patokgtokg.

Ilustración de entrada:
Título: «Sen y Patokgtokg frente al árbol de la enseñanza».
Autora: Rufina Pérez.

«La grieta» y «El vientre de la noche»

Por Persefone


El vientre de la noche

Caminaba solo, siempre de noche, porque la noche era un vientre seguro. Allí, donde nadie puede verme, la luna era mi cómplice, el asfalto, mi altar.

Un día, me encontré con él: un hombre que llevaba los ojos vacíos, el alma rota y el cuerpo de espinas. “Te está esperando”. No dijo quién.

Corrí sin parar, sin encontrar salida. Pero la noche tenía dientes y me atrapó. Allí quedé, una figura de carne olvidada, un cuerpo mudo devorado por su propia sombra.

La grieta

Desperté con el pecho abierto. Una grieta inmensa se extendía del ombligo a la garganta, y en ella, latía un silencio vivo.

Intenté cerrarla con las manos, pero entre mis dedos salía un viento helado, un eco de voces que decían mi nombre y lo olvidaban.

Me levanté tambaleante, con la grieta exhalando sombras. Al mirarme en el espejo, supe: ya no había nada que reparar.

Allí donde una vez hubo un cuerpo, sólo quedaba un agujero que respiraba despacio, como yo, deseando apagarse.

Persefone  es una figura que se subvierte en el arte contemporáneo, conocido por su enfoque multidisciplinario y su capacidad para fusionar diversas formas de expresión artística. Persefone descubrió su pasión por el arte desde una edad madura y ha continuado explorando y expandiendo su práctica a lo largo de los años.
La temática de su trabajo es diversa, abordan cuestiones que van desde la identidad cultural hasta la naturaleza efímera de la existencia humana. Su enfoque multidisciplinario le permite explorar estas cuestiones desde múltiples perspectivas, utilizando la forma y el medio que mejor se adapten a su visión artística en un momento dado.

La filosofía interminable de Ende: El cruce de puertas como alegoría de la vida


Roberto Carlos Garnica Castro

Silfos nocturnos, fuegos fatuos y comerrocas, una tortuga gigante, un monstruo proteico y un dragón de la suerte, oráculos y esfinges, hombres lobo, brujas y vampiros, tres niños (una emperatriz, un héroe y un lector apasionado), y muchas otras criaturas fantásticas, hacen de La historia interminable un impulso para soñar y viajar. 
Es también un texto que estimula el pensamiento. ¿Me acompañas a desentrañar sus tesoros filosóficos?


El cruce de puertas como alegoría de la vida

En Las tres puertas mágicas (capítulo sexto de La historia interminable), Atreyu sigue recibiendo los cuidados médicos de Urgl y la instrucción de Énguivuck para encontrarse con Uyulala, el Oráculo del Sur, que le revelará quién puede darle un nuevo nombre a la Emperatriz Infantil y así salvar a Fantasia de la Nada. El gnomo le explica que debe atravesar tres puertas mágicas: la Puerta del Gran Enigma que está custodiada por dos esfinges, la Puerta del Espejo Mágico que refleja quién eres en realidad y La Puerta sin Llave que sólo se abre si no deseas entrar. Y cuando llega el momento, el valiente Atreyu enfrenta las tres puertas.

Además de la historia, que es fascinante, el Capítulo VI aborda varios tópicos filosóficos: la contraposición entre conocimiento teórico y saber práctico, la medicina como elemento insuficiente para recuperar la salud (“la medicina sola no basta” -Ende 2022, p. 105-), la paciencia como base de la acción (“con prisas no se hace nada” -Ende 2022, p. 105-), lo sublime como categoría estética (“la belleza puede ser horrible” -Ende 2022, p. 115-).

En sí misma, la puerta es un símbolo muy potente asociado con el esoterismo y los ritos de paso: la frontera, la boca de la caverna, la entrada al templo, son umbrales que transforman y que no se deben franquear sin preparación, la transición de la persona liminar implica muerte y renacimiento (Turner 1980).

En ese sentido, abordaremos la aventura de las tres puertas mágicas como una alegoría de la vida y los proyectos trascendentales. Y el orden es significativo pues cada nueva puerta sólo aparece cuando se ha superado la anterior. ¿Cuáles son las características y el simbolismo de cada una de ellas?

La primera, la Puerta del Gran Enigma, siempre está abierta, pero sólo se puede cruzar si las esfinges cierran los ojos, pues su mirada expresa todos los enigmas del mundo y quien intenta enfrentarlos se queda petrificado (Cf. Ende 2022, p. 108). No hay explicación clara de cuál es la condición para que las esfinges cierren los ojos, silencien las incógnitas y permitan pasar: “han dejado entrar precisamente a algún estúpido o un infame bribón, mientras las personas más decentes y sensatas esperaban a menudo inútilmente durante meses” (Ende 2022, p. 108). Al parecer, no se puede caminar si nos esperamos a tener todas las respuestas. Como lo sugiere Kant en relación con las antinomias y Buda en la parábola de la flecha: el hombre que no presupone el libre albedrío (Kant 2005) o no se decide a seguir el camino recto hasta saber “si el mundo es eterno o no es eterno” (Díaz 2004, p. 194) es como quien, al ser herido por una flecha envenenada, muere porque no acepta el auxilio médico si antes no averigua quién lo hirió, a qué velocidad iba la flecha, de qué material era el arco, etc.

La segunda, la Puerta del Espejo Mágico, “está tanto abierta como cerrada” o, más bien, “no está cerrada ni abierta” (Ende 2022, p. 111). Se trata de una especie de espejo que no muestra el exterior sino el interior, “quien quiera atravesarlo tiene que […] penetrar en sí mismo” (Ende 2022, p. 112). Siguiendo nuestro eje interpretativo, este umbral exige que nos enfrentemos a nosotros mismos, que nos miremos como en realidad somos. Nada fácil, pues muchas veces ocurre que aquellas personas “que se consideran especialmente intachables huyen gritando del monstruo que los mira irónicamente desde el espejo” (Ende 2022, p. 112).

La tercera, la Puerta sin Llave, está cerrada. Además, “no tiene picaporte, ni pomo, ni ojo de cerradura” (Ende 2022, p. 113). Está hecha de un material especial, selén fantástico, que reacciona a la voluntad: “cuanto más se quiere entrar, tanto más se cierra la puerta” (Ende 2022, p. 113). La única manera de franquearla es suprimiendo todo deseo de hacerlo. Se trata de una paradoja en apariencia irresoluble. Sin embargo, reivindica el valor de las acciones en sí mismas: “la buena voluntad no es buena por lo que efectúe o realice […] es buena en sí misma” (Kant 1921, p. 8), “buscad el reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura” (Mateo 6, 33). De acuerdo con nuestra clave interpretativa, se aconseja que hagamos las cosas no por dinero, poder o reconocimiento sino por amor… y lo demás también vendrá. El camino inverso está cerrado y provoca frustración.

En esta entrega no abordamos todas las cuestiones filosóficas que se tocan en el Capítulo VI de La historia interminable. Ya habrá ocasión para hablar de ellas. Pero queda claro que nos propone una profunda manera de concebir la vida y nuestros proyectos: deja atrás las preguntas y las dudas (esa puerta está abierta, sólo basta que te decidas a actuar), enfréntate a ti mismo, ten el valor de ponerte delante del espejo (esa puerta está abierta y cerrada, depende de quién eres) y, finalmente, has las cosas por el gusto de hacerlas y todo saldrá bien (esa puerta está cerrada y sólo una voluntad desinteresada puede trasponerla).


Ilustración de la entrada “El reflejo del portal” por Tomás “Yami” Hernández.

Referencias.

Díaz, Carlos (2004). Manual de Historia de las religiones. Desclée De Brouwer.

Ende, Michael (2022). La historia interminable. Alfaguara.

Kant, Immanuel (1921). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Ed. Pedro M. Rosario Barbosa.

Kant, Immanuel (2005). Crítica de la razón pura. Taurus.

Turner, Victor (1980). La selva de los símbolos. Siglo XXI.

Si no los perros, la gente


Por Antonio Pacheco Zárate


Los perros aullaron la noche entera. El eco de sus aullidos provocó el canto atemporal de las cigarras y apresuró los insomnios de marzo; por eso don Simón se levantó de mal humor.

—Como si no fuera bastante con ese enjambre que no nos deja vida —le dijo a su esposa.

—Se va a morir alguien —respondió doña Sara y subió una olla de peltre al brasero.

—¿Pudiste dormir y lo soñaste?

—Lo soñaron los perros. Por eso aullaban.

Apoyó el hombro en la jamba y perdió la mirada en el verde de las montañas, donde en tiempos remotos había aparecido la milagrosa imagen de la Virgen del Silencio.

—Al menos los perros no joden a diario. El enjambre nace todos los días. Nunca se calla.

Ella dijo sí con la cabeza, metió otro leño al brasero y le sugirió que fuese al patio para que lo animaran los rayos del sol mientras preparaba el café.

Desde el banco de madera, las manos en las rodillas, don Simón descubrió un espléndido cielo azul sobre el caserío de las siete lomas del pueblo. Volvió a escuchar el enjambre. Lo vio elevarse por detrás de la cúpula de la iglesia convertido en una nube negra que manchó el paisaje, sobrevolar el barrio de San Luis Rey y descender en dirección a la casa, asustando a las aves guarecidas entre las ramas de las ceibas y haciendo ladrar enloquecidos a los perros que lo persiguieron hasta una de las ventanas de la cocina, por donde logró colarse. Apenas entró, salió disparado en medio de una humareda. Antes de verlo desaparecer, Don Simón sintió dos aguijonazos: uno en la oreja y otro en la frente. Su humor incendiario se acrecentó y lanzó una maldición.

—Almorzaremos al volver —fue a decirle a su esposa, que parecía apurada en volver a encender el fuego—. Ve al cuarto por tu rebozo y mi bastón.

Isidro encontró a sus padres en el camino real; volvía de ordeñar a las vacas. Supuso que iban a llevar sus condolencias a la familia de algún pariente que habría fallecido al amanecer, y por eso el escándalo de los perros.

—Vamos a buscarte esposa —le anunció su padre—. Se te está pasando la edad.

—Pero no quiero casarme.

—Son muchos años sin querer —dijo doña Sara sin mirarlo—. Tu padre hace lo correcto.

Isidro los vio alejarse rápido con pasos lentos. También estaba harto del enjambre que lo sorprendía a cualquier hora y en cualquier lugar, aguijoneándole la frente, o las mejillas, sonrojándolo como a los timadores del Chamizal cuando eran descubiertas sus tretas en las ferias, pero no creía que el matrimonio fuese la solución, aunque tampoco tuviera otra mejor.

Teresita Vargas se levantó tarde de la cama. La aulladera de los perros le había impedido dormir y tener los sueños de amores que la acechaban sin tregua desde los días en que cesaron las lluvias. En el corredor se topó a su primo. Se miraron a los ojos y él agachó la cabeza; ella apretó los labios con la cabeza altiva y se movió para evitar el roce. Después, saludó a los ancianos visitantes con la certeza de que estaban ahí para comunicarles el fallecimiento de algún familiar desconocido en un pueblo lejano; tal vez por eso habían aullado los perros. Tomó la escoba y comenzó a bajar las telarañas de las esquinas.

—Nuestro hijo Isidro —estaba diciendo el anciano— es un muchacho honrado y trabajador, y ha decidido sentar cabeza, pero es muy tímido. Por eso venimos nosotros.

—Sabemos que Teresita, aquí presente —agregó doña Sara—, está en edad de merecer. Y nuestro muchacho tiene interés en pedir su mano.

Doña Teresita madre les recalcó que lo que se decía “un muchacho”, Isidro ya no lo era. Pero tomando en cuenta sus atributos, podían ponerlo a consideración de la hija.

Teresita bajó una tarántula que se apresuró a aplastar. Otras brotaron de la araña despanzurrada y las aplastó también. De ellas brotaron más.

—¡Dios me libre de estas alimañas en el convento! —dijo.

Y les contó cómo esa madrugada, durante un sueño breve, le había sido revelada su vocación de monja.

—Igual que nuestro sobrino Gaudencio —dijo su padre—, que desde que pasó el tiempo de aguas vive aquí a la espera de ser recibido por los frailes.

Don Simón y doña Sara pretendieron convencerla de que las epifanías sucedían a las seis de la tarde y no de madrugada, y que enclaustrarse a su edad y con su belleza era una mala decisión. Pero Teresita estaba al tanto de los rumores sobre Isidro y no necesitaba meditar su respuesta.

—Les agradezco mucho el interés en mi persona —les dijo—. Pero rechazar el llamado del cielo es pecado mortal.

Doña Teresita madre, esperanzada en la posibilidad de tener una hija santa, se disculpó con ellos.

—Desgraciadamente el destino no quiso emparentarnos —les dijo—, pero con gusto podemos ser padrinos de lo que se le ofrezca a Isidro cuando encuentre esposa. Por cierto, tenemos chivos y borregos que les podemos vender a buen precio para la barbacoa.

Por cortesía, y ánimo de no ver derrotado su orgullo, don Simón pidió revisar los chivos.

—Deberíamos visitar a los parientes ya que andamos en este barrio —sugirió doña Sara cuando subieron a la loma más alta.

—¡No! —respondió tajante don Simón—. Entre ellos nació ese condenado enjambre.

Visitaron cuatro casas más, donde tampoco tuvieron suerte. Rendidos, fueron a ver a la madrina de Isidro, la vieja Damiana, una negra frondosa de carcajadas de estruendo y vestidos floreados; poco letrada, pero de reconocida sabiduría.

—Ninguna quiere ser su mujer —murmuró don Simón con tristeza de desahuciado—. Y estoy seguro de que es culpa del maldito enjambre.

Damiana soltó una risotada.

—Pero, compadre’, pue’ si yo dije desde que’l ahijao tenía quince, que ese no iba pa’ tene’ muje’. Y entonce’ lo podiamo’ mete’ a’ seminario.

—¿Qué hacemos, comadre? —preguntó doña Sara entrelazando los dedos.

—Puede pone’ una cantina —respondió revolviendo azúcar y zumo de limones en una jarra de cristal.

Ellos debieron saber que no opinaría más, porque carecía de la desvergüenza necesaria para usar rodeos y sutilezas.

Esa noche Isidro se enteró de que conseguir esposa no era asunto fácil.

—Dicen que Teresita Vargas…

—Va a ser monja —lo interrumpió doña Sara con remarcada ironía.

—Tal vez en la ciudad puedas encontrar una buena muchacha —sugirió don Simón.

—No me quiero ir.

—Nunca has querido nada. Tal vez quieras poner una cantina.

Por la mañana, Isidro descubrió que el recorrido de sus padres, en lugar de menguar el enjambre, lo había acrecentado en tal proporción que tenía encapotado el cielo.

—¡Pues no me voy! —le gritó levantando los puños.

Se dirigió a la casa de Teresita Vargas y la llamó a gritos desde los platanares en la entrada del predio. El murmullo incesante del enjambre, que ondeaba lentamente arriba, le azotaba los oídos.

—Vine a enamorarte —le dijo cuando ella acudió—. Dime qué debo hacer.

Los padres y el primo de Teresita los observaban desde el corredor.

—No puedo corresponderte. Voy a ser monja —contestó.

—Entonces ayúdame a saber cómo acabar con el enjambre.

—Eso es imposible —dijo—. Pero puedes ignorarlo como los gatos a los niños, como los nopales al desierto. Acostúmbrate y pon cara de palo.

Isidro la vio dirigirse a la casa y al primo seguirle los pasos. Sintió la mirada de lástima de los padres de Teresita y decidió estrenar el consejo. Levantó la cabeza y les sonrió.

Un mes después murió don Simón. Durante el entierro, Isidro escuchó decir que Teresita Vargas estaba embarazada; nadie sabía de quién, si de su casa no salía y tenía decidido enclaustrarse. Sintió lástima por ella. Supo que si don Simón hubiera conocido y puesto en práctica el consejo de Teresita, habría vivido menos agobiado sus últimos días.

Esa noche los perros volvieron a aullar sin misericordia. Pero mientras le servía el desayuno a Isidro, doña Sara le respondió que no había escuchado otra cosa que el ruido brutal de los recuerdos; tal vez, agregó, significaba que el muerto no sería un conocido. En el ir y venir del brasero, vio por la puerta, con el rabillo del ojo, que algo se aproximaba veloz bajo las nubes. Se llevó una mano a la frente para distinguirlo entre la luz. Era el enjambre. Corrió al brasero y azotó furiosa los leños contra la ceniza. No consiguió verlo entre la espesura de la humareda, pero sintió dos aguijonazos: uno en la oreja y otro en el pecho.

Antonio Pacheco Zárate es originario de Oaxaca, México. Escritor autodidacta, inició su formación en foros literarios de internet. Ha publicado cuentos en diversas revistas, antologías y portales literarios de México y el extranjero.

LA PALABRA DE LOS ABUELOS: «Jun, el que regresa al cielo»

Roberto Carlos Garnica


La escritura es mágica y en este preciso instante puedes “oírme” gracias a su poder, pero nunca hay que dejar de abrevar de la ancestral sabiduría oral.
En Papantla, cuna de la hermana vainilla, viven muchos abuelos que desean compartir sus historias. Aquí, en La palabra de los abuelos, recupero algunas de esas narraciones y las reelaboro de manera literaria.
En esta ocasión, te presento un mito que me compartió Alfonso Hernández San Juan de la comunidad de San Lorenzo, Tajín.

Jun, el que regresa al cielo

Jun (Colibrí) anda entre las flexibles ramas de un puan. Coge y come sus frutillas dulces y rojas. Un colibrí se acerca, roza las hojas de variados tonos verdes y chupa alegre el néctar de las florecitas blancas. Sin esperarlo, Jun (el niño) y jun (el pajarillo) se encuentran frente a frente. El niño se lleva un puan a la boca y se extasía con el batir tornasol de las alas del chuparrosa, el pajarillo sumerge su lengua en la miel y sus ojos sonríen, no tiene miedo.
Kiwíkgolo, el dueño del monte, se acerca al pie del árbol y su corazón se hinche de emoción al verlos juntos. “Ya era tiempo de que mis nietos se miraran” le comenta a Pa’un (el Viento).
Jun (el pajarillo) traza una cruz en el aire y luego se lanza veloz hacia lo alto, hasta perderse en el blanquiazul techo del mundo. Jun (el niño) lo mira alejarse y lo despide con un leve vaivén de la mano.

—¿Viste, abuelito?, nuestros ojos se hablaron, ahora somos espejos.

—Sí, mi niño.

—Tenemos el mismo nombre…

—Sí, Jun (colibrí), tus padres lo eligieron para orientar tu staku (estrella).

—Ya no lo veo, ¿a dónde fue?

—Fue a dar una vuelta al cielo.

—¿Hasta el cielo?

—Sí, es el único que puede hacerlo. ¿Quieres saber cómo obtuvo ese don (staku)?

Al niño le brillaron los ojos pues supo que sus tres corazones serían alimentados con bellas palabras.

—¡Sí, abuelito!

—Te lo contaré mientras juntas puanes para tu abuelita y para mí.
Y fue así como, mientras Jun (el niño) se fundía en la imaginación con jun (el pajarillo), Kiwíkgolo narró esta historia:


«El mundo ha acabado muchas veces y de diferentes formas. Una vez se acabó con un diluvio. La tierra entera se cubrió de agua. El tiempo pasaba y no había lugar seco en ninguna parte. Los dioses se dirigieron a Chuun (Zopilote), que es un pájaro muy grande, y le pidieron:

—Baja a la tierra. Ve si ya hay lugar seco, ve si ya se puede pisar, ve si ya se puede vivir.

Chuun extendió sus alas negras y se dispuso a planear y recorrer el mundo.

—Pero no comas nada de lo que hay abajo, porque si lo haces ya no podrás regresar —le advirtieron con severidad.

Chuun descubrió que el nivel del agua había bajado y que algunos lugares ya estaban secos. El pájaro encontró gran cantidad de cadáveres, se trataba de alimento prohibido, pero tenía mucha hambre. Entonces desobedeció el mandato y se alimentó con carne muerta. Es por eso por lo que Chuun ya no regresó al cielo.


Después de algún tiempo sin recibir noticia, los dioses decidieron enviar a otras aves de grandes alas y a todas señalaron:

—Baja a la tierra. Ve si ya hay lugar seco, ve si ya se puede pisar, ve si ya se puede vivir. Pero no comas nada de lo que hay abajo, porque si lo haces ya no podrás regresar.

Después de tanto volar todas las aves sintieron hambre y comieron carne muerta. Ninguna regresó al cielo.

Los dioses se preguntaron:

—¿Qué podemos hacer?

—Enviemos a Jun —dijeron unos.

—Él no podrá, es muy pequeño —dijeron otros.

—¿Entonces que hacemos?

—Yo iré —dijo el pequeño Jun.

—Está bien, pero no comas nada de lo que hay abajo, porque si lo haces ya no podrás regresar.

Jun (colibrí) bajó a la tierra y vio que el agua ya se había acomodado y había dejado espacio para las flores, para los árboles y para los animales que caminan. Tenía mucha hambre, pero resistió. Obedeció a los dioses: no comió el alimento prohibido y regresó al cielo:

—Abajo, en la tierra, ya hay lugar seco, ya se puede pisar, ya se puede sembrar, ya se puede vivir —anunció».


—Y es por eso, mi niño, que a Jun se le entregaron tres dones: alimentarse del divino néctar (no come nada, sólo la miel de las flores), ser muy veloz a pesar de su pequeño tamaño y volar alto, muy alto, hasta alcanzar el cielo.

—Abuelito, yo quisiera ser como Jun.

—Mi niño, tú eres Jun.

—Quisiera volar.

—Poco a poco comprenderás el sentido de tu nombre y de tu estrella (staku).
Jun se quedó pensativo unos segundos. Entonces brillaron sus ojos porque una imagen se le presentó como la promesa de una nueva historia.

—Abuelito, he visto que los zopilotes no tienen plumas en la cabeza ni alrededor del cuello, como si estuvieran chamuscados.

—Jun, mi inquieto pajarillo, eres muy observador y todo tiene su razón de ser, también Chuun (Zopilote) cumple su encomienda, pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Agradecimientos:
A Alfonso Hernández San Juan de la comunidad de San Lorenzo, Tajín por compartirnos la historia de Jun, el que vuela al cielo.
Al maestro José López Tirzo, por asesorarnos con la escritura de los vocablos totonacos.

Crédito de la imagen:
«Pequeño Jun» por Rufina Pérez Jiménez

La filosofía interminable de Ende: conocimiento teórico y sabiduría práctica


Roberto Carlos Garnica Castro


Silfos nocturnos, fuegos fatuos y comerrocas, una tortuga gigante, un monstruo proteico y un dragón de la suerte, oráculos y esfinges, hombres lobo, brujas y vampiros, tres niños (una emperatriz, un héroe y un lector apasionado), y muchas otras criaturas fantásticas, hacen de La historia interminable un impulso para soñar y viajar. Es también un texto que estimula el pensamiento. ¿Me acompañas a desentrañar sus tesoros filosóficos?


Conocimiento teórico y sabiduría práctica

En el capítulo anterior, Atreyu recibió la mordida venenosa de Ygrámul, el Múltiple, como condición para desplazarse mágicamente al Oráculo del Sur. En Los Dos Colonos (quinto capítulo de La historia interminable), Atreyu vuelve en sí después de un brutal desvanecimiento y descubre que, efectivamente, se encuentra cerca del recinto donde vive la misteriosa Uyulala, a quien debe consultar para saber cómo ayudar a la Emperatriz Infantil. Pero antes debe sanar y recibir las indicaciones para traspasar las tres puertas. La curandera Urgl lo salvará de la muerte y el científico Énguivuck lo instruirá.

Además de la historia, que es fascinante, el Capítulo V aborda varios tópicos filosóficos: la suerte y la esperanza como poderes para superar las circunstancias más difíciles, la relevancia de los asuntos ordinarios de la existencia, el dolor como signo inequívoco de vida. En esta sexta entrega de La filosofía interminable de Ende, nos sumergimos en dicho apartado para reflexionar en torno a la complementariedad y contraposición entre el saber práctico y el saber especulativo.

De manera muy bella, Michael Ende nos presenta una pareja de gnomos con rencillas constantes pero que, en el fondo, mantienen una amorosa cohesión. La mujer se llama Urgl y el hombre Énguivuck.

Un acercamiento hermenéutico nos permite comprender que ella es símbolo de la sabiduría práctica y él del conocimiento teórico: ella trabaja con sus manos y compone remedios salutíferos, él recurre a telescopios y entrevistas para interpretar el mundo; ella toca y manipula, él mira a lo lejos; ella cuida y sana, él alecciona y cuestiona.

Reproduzcamos un diálogo representativo:

“—Mujer —rezongó el hombrecillo—, ¡quítate de la luz! No me dejas estudiar.

—¡Tú y tus estudios! —respondió la mujercita—. ¿A quién le interesan? Lo que importa ahora es que se cueza mi elixir mágico. Esos dos de ahí afuera lo necesitan.

—Esos dos de ahí afuera —repuso el hombrecillo irritado— necesitarán mucho más de mi ayuda y mis consejos.

—… pero sólo cuando estén bien. ¡Déjame sitio, viejo!” (Ende, 2022, p. 97).

Recordemos que Atreyu y Fújur (“esos dos de ahí afuera” de los que hablan) están convalecientes y los gnomos discuten sobre qué es lo más importante: para Énguivuck es el estudio y los consejos que le dará a Atreyu, para Urgl la preparación de la medicina. El científico cede pues reconoce, aun a regañadientes, que lo primordial es la vida.

La postura de Énguivuck es similar a la de Aristóteles (1984): aunque la contemplación intelectiva es superior, la experiencia y la técnica tienen mayor efectividad práctica y, de hecho, el desarrollo de la filosofía y la ciencia presupone la satisfacción de las necesidades básicas.

En cambio, Urgl se identifica con Sor Juana Inés de la Cruz quien habla de “filosofías de cocina”, de “filosofar y aderezar la cena” y asegura que “si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito” (De la Cruz, 2019, p.308).

Vemos a ambos personajes descalificarse mutuamente:

Deberías hacer algo útil, “en lugar de estar ahí diciendo bobadas”, le espeta Urgl a Énguivuck. A lo que éste responde: “estoy haciendo algo muy útil, seguramente más útil que tú, pero eso no puedes comprenderlo, ¡so boba!” (Ende, 2022, p. 110).

La mujer se queja de que a él no le interesa nada, sólo sus estudios: “de dónde pueda venir la comida no le preocupa” (Ende, 2022, p. 106). Él sostiene que ella no sabe discernir lo verdaderamente importante, “sólo sabe pensar en cosas prácticas. Para los grandes conceptos no está dotada” (Ende, 2022, p. 110). Incluso la hace llorar.

Al final, ambos se aprecian y saben hacerse a un lado cuando es el turno del otro.

Sin embargo, parece que Ende se inclina por Urgl, la curandera.

Vemos, por una parte, que la mujer encarna la prudencia y la preeminencia de lo elemental: “¡Sandeces! —refunfuñó la viejecita—. Con prisas no se hace nada. ¡Siéntate! ¡Come! ¡Bebe!”, “ante todo tiene que comer y beber” (Ende, 2022, p. 105).

Por otra parte, se nos muestra la presunción y la inutilidad de la ciencia:

Énguivuck se ofende porque Atreyu nunca ha oído hablar de él: “seguramente no te mueves en los medios científicos” (Ende, 2022, p. 99) y evidencia que todo lo que “sabe” es porque otros se lo han dicho pues es incapaz de vivir la experiencia: “Yo trabajo científicamente. He reunido los informes de todos (…) ¡Es un trabajo importantísimo! No puedo permitirme correr riesgos personales. Eso podría afectar a mi obra.” (Ende, 2022, p. 107). Al final, cuando Atreyu le da la clave para desentrañar el misterio de Uyulala, ésta ha dejado de existir.

En esta entrega no abordamos todas las cuestiones filosóficas que se tocan en el Capítulo V de La historia interminable. Ya habrá ocasión para hablar de ellas. Pero queda claro que nos da elementos para indagar en torno a la contraposición y complementariedad entre teoría y práctica y nos sugiere revalorar lo más básico de la existencia.

Referencias.

Aristóteles (1994). Metafísica. Gredos.

De la Cruz, Sor Juana Inés (2019). Respuesta de la poetisa a la muy ilustre sor Filotea de la Cruz, en Vallés, Alejandro (2019). Sor Filotea y Sor Juana. FOEM.

Ende, Michael (2022). La historia interminable. Alfaguara.

Imagen de la entrada: «Mente y corazón, en camino al umbral», autor: Tomás “Yami” Hernández.

LA PALABRA DE LOS ABUELOS:«Kuyu, la alfarera que tejió su vestido»

Roberto Carlos Garnica Castro


La escritura es mágica y en este preciso instante puedes “oírme” gracias a su poder, pero nunca hay que dejar de abrevar de la ancestral sabiduría oral.
En Papantla, cuna de la hermana vainilla, viven muchos abuelos que desean compartir sus historias.
Aquí, en La palabra de los abuelos, recupero algunas de esas narraciones y las reelaboro de manera literaria.
En esta ocasión, te presento un mito cosmogónico que me compartió el contador Juan García San Martín.

Kuyu, la alfarera que tejió su vestido

Sen (Lluvia) se puso en cuclillas para ver de cerca algo que llamó su atención, parecía una piedra de tonos grises, blancos, cafés, amarillos y naranjas, era como una rueda con diseños muy bonitos. Sin embargo, al mirar con más detenimiento, percibió el movimiento acompasado de una suave respiración, era un pequeño armadillo que dormía sin cautela fuera de su madriguera.

Era tal su arrobamiento que Sen no escuchó el crujir de las hojas secas que Kiwichat (la Señora del monte) produjo al acercarse.

—¿Qué beben tus ojos nietecita mía? —preguntó la Abuela.

—Veo las figuras que adornan el cuerpo de este animalito, parece un cuenco de barro o de madera, parecen dibujitos de los dioses.

—Oh, es la pequeña Kuyu (Armadillo). ¿Quieres que te cuente cómo obtuvo su curioso traje?

—Esa historia ya la conozco, abuelita —aseveró Sen con la jactancia de quien cree que ha escuchado muchas narraciones.

Kiwichat la miró con tristeza porque vislumbró que su nieta empezaba a perder la receptividad de una niña. “Ahora cree que ya sabe las cosas”, caviló.

Sen leyó cómo el rostro de la Abuela le aclaraba: “No te pregunté si conocías la historia, te pregunté si querías que te la cuente”. La muchacha reflexionó, se puso de pie y expresó con sus ojos cristalinos: “Sí, abuelita, me encantaría escuchar de qué manera Kuyu obtuvo su misterioso traje”.

Y fue así como, mientras admiraban los artísticos trazos que cubren el cuerpo de Kuyu, Kiwichat narró esta historia:

«Los animales estaban esperando el nacimiento del niño Jesús, pero no sabían cuándo llegaría. Algunos estaban muy atentos, como Sipíjchichi (Coyote); otros estaban muy distraídos, como Kitxka (Tucán); Kuyu (Armadillo) no estaba ni muy atenta ni muy distraída.

La tierna Kuyu iba tejiendo su propio ropaje, sus trazos eran muy precisos a pesar de que estaba rodeaba de negrura, la pequeña quería que la prenda quedara muy bonita, pues se trataba de una ocasión muy especial, era como un quexquén blanco y transparente con muchas figuritas. Lo tejía despacito porque en cada línea estampaba un trozo de su corazón.

Kuyu no imaginó que el niño Dios nacería antes de lo esperado. Y cuando escuchó el anunció del portentoso nacimiento, su vestido todavía no estaba listo. Entonces lo terminó como pudo, muy apurada y a la carrera. Fue así que se presentó, junto con los demás animales, a adorar al Salvador.»

—Y es por eso, mi niña, por lo que el hermoso vestido de Kuyu tiene dos tipos de hechura: una muy finita y otra como martajada.

—Abuelita, es una historia muy bonita, pero yo me sé una diferente.

—Oh, qué bien, me gustaría escucharla.

—El Abuelo me contó que, en el tiempo de la penumbra, todos los animales esperaban el cumplimiento de la profecía: pronto nacería Chichiní, el niño Sol, quien devoraría la oscuridad e instauraría una era de abundancia. Kuyu estaba distraído en sus actividades diarias, era alfarero y modelaba una olla de barro. Sipíjchichi (Coyote) siempre estaba atento a los eventos del cielo y, por eso, fue el primero en reconocer que la hora había llegado. Aulló con tal fuerza que su anuncio se escuchó en todas partes. Kuyu se puso nervioso y la olla que estaba haciendo se le vino encima; el traste se le quedó pegado a la espalda y, al ser tocado por el sol, adquirió el color de la tierra.

—Es una historia muy bonita —expresó la Abuela.

—Pero, abuelita, ¿no te das cuenta de que hablan de cosas muy diferentes?

—A mí me parece que hablan de lo mismo.

—¡No, abuelita! El primer relato habla del niño Jesús y el segundo del niño Sol, en el tuyo Kuyu es una tejedora y en el del abuelo un alfarero, en uno el caparazón del armadillo es un vestido y en el otro una olla.

—Sen, nietecita mía, es inevitable y también bueno que crezcas, pero no dejes que se apaguen tus ojos de niña. Al parecer empiezas a olvidar que la verdad es múltiple y tiene muchos colores. Es cierto que para quienes son incapaces de mirar más allá la verdad es gris y tiene una sola cara, pero…

—Entonces, ¿es cierto que la verdad porta muchos vestidos?

—Así es Sen, mi muchachita, pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Agradecimiento:

Al contador Juan García San Martín, por compartirnos la historia de Kuyu, la alfarera que tejió su vestido

Crédito de la imagen:

Aria Isabella Garnica García «El sueño de Kuyu»

Los últimos pasos del amor


Por Javier Huaman


Lo que importa no es lo que te sucede, sino cómo lo llevas”

Séneca

Se había puesto su vestido más elegante, por la ciudad lucía sus finísimos zapatos, haciendo sentir con sus tacones firmeza y seguridad. Por donde iba enamoraba a más de un semental, pero ella no respondía a esas miradas lascivas y dándoles la espalda, disipaba alguna oportunidad amatoria.

Al llegar a su destino, indicó que tenía cita programada. Unos minutos después, la puerta del consultorio se abrió, ella ingresó con su elegante andar.

El doctor miró a contraluz las tomografías, leyó el informe médico y dio su diagnóstico con un tono a sermón rutinario:

―No hay nada que hacer, esto es irreversible, lo siento señora.

―¿Cuánto tiempo? ―preguntó ella, tratando de ser valiente.

―Seis meses, y le aconsejo que para entonces ponga en orden todos sus asuntos ―fue una frase imperativa.

Ella se quedó pensativa unos instantes, para luego marcharse, dejando en el aire del consultorio el aroma de su perfume.

Una vez en casa, ella cruzó la gran sala y corrió las cortinas; tras las ventanas, pudo ver el jardín y el ocaso de aquel inolvidable día. «Se muere el sol, se muere el día, me muero yo», pensó. Llevó a sus delgados labios un vaso de Gin & Tonic; poniendo el codo sobre la chimenea de mármol, y cuidando siempre; de no manchar unos papeles mecanografiados sobre el escritorio.

Sintió su vida flaquear, pronto viviría con un dolor agonizante. No quiso ponerse melancólica ni tampoco llorar, trató de ser de hierro, como le había enseñado su padre, pero no pudo, la cruda realidad era innegable. Se moría.

«Cómo es la vida, a mi mediana edad me viene a dar esta enfermedad, yo que todo el tiempo me cuidé, no lo entiendo» Dijo en la soledad de la habitación. Sacó un espejo de su bolso, todavía mantenía su hermosura, y así se la imaginaría siempre, incluso cuando llegue su hora final. Probó una copa más y siguió reflexionando: «En el colegio, la maestra decía, que todos los días muere una célula de nuestro cuerpo, sí, tenía razón, pero en mi caso son miles de células; y esto me empuja ante el inevitable fin».

El esposo llegó para saber cómo estaba su mujer, la encontró en la sala viendo la noche; y el rostro de la luna triste se ocultaba entre las nubes, impotente de consolarla. Ninguno de los dos habló, al cabo de unos instantes, sin perder su garbo; ella volteó a mirarlo, hubo cierta tensión, como en una pelea de gallos.

Ella dejó el vaso en el escritorio y le dijo:

—Hoy estuviste muy profesional en la consulta, tu diagnostico me sorprendió y aún trato de asimilarlo; pero lo que más me llamó la atención, fue tu frase: “le aconsejo que para entonces ponga en orden todos sus asuntos”. Escúchame querido, esos “asuntos” ya los puse en orden.

Y agarrando las hojas mecanografiadas, las aventó en la mesa:

—Son los papeles del divorcio, hoy los he firmado, ¡Vamos! ¡Cógelos! ¿No es eso lo que tanto querías? —exclamó, al mismo tiempo que se arrepentía de no haberlo hecho tiempo atrás.

Él quiso decir algo, pero ella con un ademán de que no la interrumpiera, continuó:

―En este momento de mi vida, solo puedo cargar una cruz, y esa es mi enfermedad. Y añadió una frase estoica: “No tenemos poco tiempo, sino que perdemos mucho”. Y nuestro amor hace años que se perdió.¡Así que se acabó! Me marcho a disfrutar y resistir lo que me queda de vida; toma las llaves si quieres, y no me jodas más, ¡Adiós!

La puerta se cerró bruscamente, y solo quedó el eco del sonido de sus tacones.