Literomancia: tres consejos para no caer en el amarillismo literario

Miguel Almanza


Existe en internet una proliferación de textos narrativos con intención literaria de horror o terror (gore, splaterpunk, etcétera) que no cumplen con el precepto narrativo del conflicto. Algunos escritores creen que la simple enunciación del hecho horroroso en un texto con pretensiones literarias, ya convierte su texto en crítica social, pero esto no es así. Si así fuera, el amarillismo periodístico sería denuncia, cuando todos sabemos que no; buscan la mirada fácil, utilizan el morbo para lograr ventas.

A los humanos nos fascina la muerte y la carne, son misterios. Cuando abordemos temas tabú en nuestros escritos, no debemos olvidar que la literatura busca una nueva manera de decir las cosas, una perspectiva diferente, que renueva el abordaje del tema. Primera recomendación: no caer en el efectismo, evitarlo equivale a evitar la carcajada fácil en la comedia.

¿Qué es efectista? Mostrar lo horrendo o grotesco de un accidente o crimen sin que exista una trama, busca generar emociones de modo fácil e irreflexivamente. La imagen de un perro atropellado es horrible, grotesca; causa automáticamente un efecto. Es como cuando en el cine la música suena alta para generar un “susto”, que en realidad no tiene que ver con la calidad de la trama, los personajes o la atmósfera, sino con un reflejo biológico innato del cual no se tiene control.

Para no caer en el amarillismo literario y el efectismo, propongo tres filtros de la violencia o evento tabú que puedes aplicar a tus historias:

1) El mensaje. Tener muy claro el discurso, la idea, el motivo del autor para escribir el texto y cómo se desea abordarlo. Debes saber muy bien qué quieres decir. La confusión y la ambigüedad tienen una cura muy sencilla, tiempo de reflexión, introspección, o lo que se sugiere muy seguido: pensar antes de escribir o hablar. Tener un discurso bien pensado nos hace auténticos y permite conectar con el lector pues no se le está haciendo perder el tiempo, al contrario, se le brinda algo significativo.

2) Lo explícito. Prueba de la omisión; una vez escrito el texto, trata de omitir el evento o hecho violento; o redúcelo a lo mínimo. Si la historia aún se sigue entendiendo, es que en realidad no es necesario el fragmento. La sugerencia suele ser más efectiva y memorable que lo repugnante y explícito, además de que incentiva la imaginación y permite la satisfacción de la inferencia al lector. Recuerda que todo elemento que carezca de función en la historia no merece ser mencionado.

3) Evitar la ambigüedad discursiva, resolver siempre el conflicto narrativo. A este problema le llamo el error del retrato repugnante, que muchas veces pretende ser un retrato de denuncia; una narración de este tipo suele retratar explícitamente un suceso violento y/o grotesco en el cual, el relato termina sin plantear o resolver un conflicto más allá del evento en sí. Apuesta al dramatismo del suceso y al efectismo de lo explícito; no busca enunciar un discurso claro, son textos más cercanos a lo catártico, pues carecen de conflicto: nadie detiene al malhechor, nada antagoniza para crear una lucha de voluntades que permitan crear el vaivén de la historia, es plano.

Al no tener un núcleo narrativo, el texto se convierte en un retrato de lo horroroso, como la fotografía de un evento horrible en primera plana que llama la atención. Busca repugnar o causar un efecto en el lector, pero al carecer de conflicto —y por ende de resolución—, la interpretación se hace ambigua; y el texto que buscaba ser una crítica social, también puede ser interpretado como una apología. Esto es lo que debemos evitar. Para ello resolver el conflicto narrativo es crucial, además de elevar la calidad y brindar tensión narrativa al texto, define el discurso y motivo del autor para la escritura del cuento, aunque este mensaje quede oculto o sea implícito.

Debo subrayar que el error de carecer de conflicto, despoja de la forma literaria al texto; se convierte en un suceso horroroso o una anécdota terrible, tal vez un retrato, pero difícilmente tendrá interés literario. Como dice el cuentista Guillermo Samperio en su libro Después apareció una nave (2002): “Sin conflicto, no hay cuento”. Si evitas el amarillismo literario aseguras cierta calidad de tus textos, además de ganar claridad en el discurso y temas de tus escritos.

Estos tres consejos o filtros tienen la finalidad de mejorar el nivel de tu escritura al abordar temas o eventos tabú. Te recomiendo también, a utilizarlos para analizar los textos de otros: ¿tiene conflicto la narración? ¿Es necesaria la escena violenta para el desarrollo de la trama?¿Qué reflexión nos quiere provocar el autor?

Soledad

José Luis Ramírez


Nadie me llamó nunca por mi nombre. Me decían Sol, Sole, Solecita. Ni siquiera mi madre, Helena, cuando estaba enojada o la abuela Marisol, para pedirme que le convidara un dulce a escondidas.

En la escuela, la maestra Jacinta me decía la-niña-sol, así todo junto, las otras estudiantes me decían ‘campamocha’ porque no tenían mucha imaginación para los apodos, y sí, desde muy peque era yo toda menudita. Además, no era mal apodo, peor habría sido más al sur, donde a los fásmidos se les conocía como palotes o matacaballos.

Mi abuela Marisol murió de diabetes, bueno, fue más bien una necrosis de tipo colicuativo, se le infectó una uña del pie y la gangrena se fue extendiendo por todo su cuerpo. En algún momento oí a mi madre sugerir que podía cortarle la pierna, desde el muslo, para salvarla, pero la abuela debió escucharla también, porque se hizo de un cuchillo de carne y lo tenía agarrado siempre del mango, por si alguien, que no fuera yo, se le acercaba.

Recuerdo que la cremamos en un valle de humedales rodeado de montañas, embadurnada de aceite de flores: estaba toda cubierta con ramas de pino que ardieron enseguida, convirtiéndola en humo primero y enseguida en cenizas. Las plañideras: Arcelia, Carmen y Mónica, la lloraron durante el fuego y enseguida machacaron con palos los huesos y dientes que no se consumieron, para dejar luego que sus cenizas se dispersaran al viento, que era mucho y hasta hacía tolvaneras.

Luego seguimos nuestro camino. Ninguna se lamentó por la abuela después de cremarla, ni siquiera madre, y yo, lo más que sentí fue una cierta inquietud. No sabía qué iba a hacer con los dulces de miel que me guardaba en el morral.
Seguimos caminando por la ribera del río, el agua estaba muy sucia y la maestra Altagracia nos advirtió que no debíamos beber de ella, ni siquiera tras filtrarla y hervirla, pues, además de bacterias y micro-plásticos tenía solventes.
Así que las ingenieras hicieron como hacían siempre, buscar dónde cavar un foso; comenzaron a cortar la maleza con los machetes y meter los dedos en la tierra, para ver no sólo cuál era la más negra, sino también donde había hilos blancos de micelo. Cuando hallaban un buen sitio, comenzaban las cavadoras a palear y las cargadoras a acarrear la tierra lejos del agujero.

Los días de sacar agua del suelo eran cuando pasábamos más tiempo en un mismo lugar, las soldaderas establecían un perímetro de seguridad alrededor del campamento, armadas, no con las viejas herramientas que usaban las ingenieras, sino con arcos, el carcaj lleno de flechas con punta de pedernal.
La comandanta Ramona solía contarnos que el acero era muy valioso para arriesgarse a perderlo en un combate cuerpo a cuerpo contra otras tribus, por eso entrenaba a nuestras niñas a enderezar las ramas secas y sacar filo a los pedernales o la obsidiana, que abundaba desde la gran erupción de la caldera de Yellowstone, mientras a las adolescentes nos entrenaba en el tiro a distancia con arco largo.

Solían poner las dianas al menos a 70 pasos de nosotras, eran varios círculos concéntricos trazados con un hilo y tiza en un trozo de corteza blanqueado con cal. La idea era recuperar las flechas tras una ronda de disparos, aunque algunas solían perderse en la distancia, sobre todo con las arquistas más jóvenes.
Así que, llegadas a cierta edad, acompañábamos a las soldaderas a cazar para entrenarnos en el tiro con blancos móviles. Los animales que habían sobrevivido a la erupción del supervolcán no eran muy grandes, muchas ardillas, liebres y ratas de campo, y —cerca de las ruinas— había también perras salvajes y gatas ferales, a las que siempre era mejor evitar porque eran carnívoras, además de andar siempre en manadas.

De cualquier manera, tarde o temprano acabábamos en las orillas de alguna vieja ciudad.Las edificaciones destruidas por los terremotos o enterradas entre las cenizas.

Y, pese a los riesgos, no eran malas noticias; las exploradoras Yolanda, Carolina y María Luisa solían regresar con tesoros como herramientas de acero inoxidable o medicamentos, incluso alguna reliquia. Éstas eran las menos comunes, que sobreviviese el papel de los libros a la humedad o los hongos, ocultos quizás en una maleta que la ceniza había mantenido hermética u otros aún con su emplayado de celofán aún intacto.

Si las exploradoras encontraban alguna reliquia debían llevarla de inmediato al campamento, marcando su ruta; aunque todas en la tribu sabíamos leer y escribir, sólo quienes podían memorizar los textos completos aspiraban a ser maestras. Ellas recibían la reliquia antes que ninguna para rescatar lo más que se pudiera del conocimiento.

Al día siguiente (pues debían regresar siempre antes del ocaso), todas las exploradoras marchaban juntas escoltadas por un pequeño grupo de soldaderas, para que pudieran hurgar a fondo en el lugar donde habían hallado la primera reliquia, rebuscando en los alrededores, por si había alguna otra ahí cerca.

Mi sueño, cuando niña, era convertirme, si no en maestra, en exploradora; pero al parecer no tenía aptitudes suficientes para ninguna de esas profesiones, así que madre me entrenó en su propio oficio: doctora.

“Siempre habrá bebés” solía decirme, “y malestares sobran”. Pero yo solía preguntarme de qué servía meter las manos entre las piernas de una parturienta para ayudarla a sacar la cría, quitar a la neonata la placenta de nariz y boca antes de nalguearla y cortar el umbilical con un bisturí quirúrgico (que era el tesoro más preciado de madre).

Por supuesto, la valía de la doctora estaba en los casos cuando la bebé venía volteada o traía el umbilical enredado, cuando por más que se pujaba la criatura nada más no salía y había que cortarle la panza a una para sacar por ahí a la otra, para luego zurcir a la recién parida, como a un vestido, limpiando la herida cada tanto y poniendo emplastos para que no se infectase, además de darle jugo de moho mientras convalecía.

Si se preguntan: ¿quién ayudó a madre a parirme a mí?, fue una maestra, Diotima, que se especializaba en las reliquias que hablaban de salud y nos enseñó el oficio de médica cirujana y partera, primero a madre y luego a mí.
Ella no me decía la-niña-sol, como la maestra Jacinta, sino que sabía, por sus gemelas —que eran de mi edad— cómo me apodaban de niña y así me decía en las clases: ‘doctora Campamocha’. Creo yo que no lo decía con sorna, sino que había algo de envidia o respeto, porque sus propias hijas solo habían mostrado aptitud para pizcar grano y hacer hilos con el huso.

Cuando autofecundé mi primer óvulo, a los 19 años, fue madre quien me atendió. Cosa que me alegró porque la bebé no alcanzó a pasar por el canal vaginal, por mucho que pujé, al punto de quedar exhausta durante el prolongado trabajo de parto.Madre me realizó la cesárea con su bisturí y sacó a mi bebé del vientre, cortó el cordón umbilical y todavía le hizo respiración cardiopulmonar para reanimarla, pero a mí no me suturó la herida porque ya no tenía pulso. La niña sobrevivió. Madre le puso mi nombre, Soledad: aunque estaba prohibido que dos mujeres de la tribu tuviesen el mismo nombre, nada impedía volver a usar el de nuestras muertas.

La filosofía interminable de Ende: «La Nada como problema antropológico y político»


Roberto Carlos Garnica Castro


Silfos nocturnos, fuegos fatuos y comerrocas, una tortuga gigante, un monstruo proteico y un dragón de la suerte, oráculos y esfinges, hombres lobo, brujas y vampiros, tres niños (una emperatriz, un héroe y un lector apasionado), y muchas otras criaturas fantásticas, hacen de La historia interminable un impulso para soñar y viajar. 
Es también un texto que estimula el pensamiento. ¿Me acompañas a desentrañar sus tesoros filosóficos?


La Nada como problema antropológico y político

En el capítulo octavo de La historia interminable (En el País de la Gentuza), Atreyu y Fújur intentan traspasar las fronteras de su mundo para encontrar un ser humano que le pueda dar un nuevo nombre a la Emperatriz Infantil. Sin embargo, por más que avanzan, no logran acercarse a su destino pues, como les revelarán los cuatro gigantes del viento, Fantasia no tiene fronteras. En ese recorrido miran cómo la Nada se extiende por todas partes y, al internarse en una terrible tormenta, Atreyu cae de su montura, pierde el Áuryn y se precipita al mar. Unas sirenas lo rescatan y lo dejan en la playa. Cuando el joven solitario recupera la conciencia, se interna en el País de la Gentuza.

Además de la historia, que es fascinante, el Capítulo VIII aborda varios tópicos filosóficos: la posibilidad o imposibilidad de traspasar las fronteras del universo, la tematización de la Nada, la normalización del horror y la corrupción, la dificultad para discernir la perseverancia de la necedad, el valor del miedo y la prudencia como mecanismos de salvaguarda, la pulsión de los poderosos de pelear por pelear y los efectos devastadores de esa guerra, el lugar y la relevancia de lo monstruoso.

La Nada es el motivo que atraviesa La Historia Interminable, es el antihéroe informe que amenaza con disolver los mundos, es la no-cosa que de algún modo todo lo rodea.

Pero, como lo sugerimos en La esperanza como superación del nihilismo (Garnica, 2025), hablar de la Nada es un contrasentido pues “a la nada no le es posible ser” (Parménides, 2008, p. 309). Sin embargo, como lo aventura Platón en El Sofista, la nada debe ser algo, pues podemos hablar de ella, es lo que hace espacio a la mentira: “es necesario que lo que no es, exista de algún modo, si alguien piensa algo falso respecto de algo” (Platón, 1992, p. 399).

En ese sentido, a pesar de que la nada absoluta “es impronunciable, indecible, informulable e impensable” (Platón, 1992, p. 400), Michael Ende la personifica y la hace avanzar y crecer: “más de una vez, en aquel largo vuelo, había visto debajo, en el paisaje, aquellos lugares en que la Nada se extendía” (Ende, 2022, p. 142), “la Nada se acercaba lenta, muy lentamente, pero sin pausa” (Ende, 2022, p. 152; aunque no es algo tangible y “mirarla” produce “la sensación de haberse quedado ciego” (Ende, 2022, p. 129), su contacto tiene efectos: hace que te falte algo hasta que dejas de existir (Cf. Garnica, 2025).

La fuerza de la Nada radica también en su poder de atracción: Ende describe, por ejemplo, cómo todos los seres espectrales del País de la gentuza fueron arrastrados como hojas secas, “se precipitaron al mismo tiempo hacia la Nada y cayeron, se desplomaron o saltaron dentro de ella” (Ende, 2022, p. 152), el mismo Atreyu sintió “con espanto que también su cuerpo comenzaba a moverse, con pequeñas sacudidas, hacia la Nada” (Ende, 2022, p. 153), un deseo irresistible de precipitarse en ella se apoderó de él… y sólo el acopio de toda su fuerza de voluntad permitió que, por el momento, escapara de ella.

Estas cuestiones ya las había expuesto Ende en otras partes del libro, particularmente en el capítulo titulado La Vetusta Morla, sin embargo, en el presente apartado realiza una reflexión que nos exige profundizar en los terribles efectos de la Nada: “una cosa rara es que el horror pierde su espanto cuando se repite mucho” (Ende, 2022, p. 142), lo cual ilustra de este modo: “como los lugares de aniquilación no disminuían sino que eran cada vez más numerosos, Fújur y Atreyu se habían acostumbrado poco a poco a ellos… o, más bien, les había entrado una especie de indiferencia. Apenas les prestaban ya atención” (Ende, 2022, p. 142).

Lamentablemente, esto es lo que ocurre con fenómenos como la discriminación, la explotación, la enajenación, la corrupción, la violencia y otros bastardos de la Nada; los normalizamos psicológica y sociológicamente, es decir, los dejamos de percibir como negación y destrucción para considerarlos lo ordinario, la única opción.

Y es en ese sentido que la aventura de Atreyu y Bastián nos impele a reconocer que estamos cercados por la Nada, por una Nada que hemos normalizado y que amenaza con destruirlo todo…

En esta entrega no abordamos todas las cuestiones filosóficas que se tocan en el Capítulo VIII de La historia interminable. Ya habrá ocasión para hablar de ellas. Sin embargo, es claro que el tema de la Nada es fundamental para Michael Ende, aunque no se trata de un problema ontológico y epistemológico sino de una grave inquietud antropológica y política.

Ilustración de la entrada “La tormenta de las cuatro caras” por Tomás “Yami” Hernández.

Referencias.

Ende, Michael (2022). La historia interminable. Alfaguara.

Garnica (2025). La esperanza como superación del nihilismo.En La filosofía interminable de Ende, columna del Blog de Colectivo Delfos. Recuperado de https://colectivodelfos.com/2025/01/26/la-filosofia-interminable-de-ende-la-esperanza-como-superacion-del-nihilismo/

Parménides (2008). Fragmentos, en Eggers Lan, Conrado (2008). Los filósofos presocráticos. Gredos.

Platón (1992). Sofista, en Platón (1992), Diálogos V. Gredos.

Reseña a Lo mejor de la ciencia ficción mexicana 2023

Luis Flores


Trascurrían los años ochenta y los aficionados a la ciencia ficción consumíamos principalmente los libros de Ficción Norteamericana, traducciones que llegaban principalmente desde España. La ciencia ficción mexicana era desconocida para el público general. Algunas revistas como Contactos Extraterrestres publicaban cuentos de CFM, pero es hasta que la Revista Ciencia y Desarrollo del CONACYT (Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología) empieza a publicar ficciones que se tiene una verdadera difusión. Posteriormente llegaría el premio Puebla de ciencia ficción auspiciado por el mismo CONACYT y el reconocimiento a los autores que en aquel entonces cultivaban el género. El auge de aquel entonces permitió que se organizaran convenciones nacionales y toda una pléyade de revistas y fanzines vieran la luz. ¿Qué ocurrió después? Es difícil de saber, apenas iniciaba mi camino en las letras y tengo solo una versión de los hechos que puede ser errada. A finales de los años noventa y principios de los 2000 el impulso de la CFM virtualmente se detuvo. Han pasado dos décadas y la situación ha vuelto a cambiar.

En este contexto llego a mis manos “Lo mejor de la ciencia ficción mexicana 2023” (150 paginas, Kindle Edition, publicado 30 de Julio 2024). Compilado por Jose Luis Ramírez con textos seleccionados por Efraím Blanco, Laura Elena Cáceres, Miguel Ángel Fernández, Marina Gavito y Federico Schaffler.

Antes que nada, felicito y agradezco a quienes tuvieron la iniciativa de llevar a cabo este proyecto. Las circunstancias que han facilitado la elaboración de esta antología es el surgimiento de diversas publicaciones especializadas en lo fantástico y en la ciencia ficción, las cuales sorprenden con su profesionalismo.

Antes de mostrarnos los relatos seleccionados, la antología nos presenta un prefacio que explica el proceso para llegar a los mejores cuentos de ciencia ficción de entre todos los propuestos por las revistas especializadas. Siguen los comentarios del jurado quienes ahondan en los criterios para obtener esta selección. Dado que los lineamientos para llevar a cabo la selección quedan muy claros al leer la antología, me atrevo a revisar los cuentos bajo los míos.

El primer lineamiento lo nombro Ambición, esto es que tan vasto o complejo es el tema que expone el relato o el mundo que crea el escritor. En este rubro sobresale «La anomalía de Shiva» de Ajedsus Balcázar Padilla. Una historia sobre la apertura de portales dimensionales, la exploración por parte de la humanidad y de los seres que rigen tales portales.

La siguiente categoría es lo Extraño: que prepondera la audacia de las ideas, las cuales pueden ir de lo grotesco a lo sublime.

Así tenemos a «La madre sumergida» de Yuri Bautista. La historia de una madre que se obsesiona por recuperar a su bebé y el ser que usurpa su lugar. «Biofilia» de Julio María Fernández Meza. Sobre un investigador, especialista en hongos, y el descubrimiento que habrá de cambiar al mundo. «Implante obligatorio» de Axel lima Muñiz. una historia sobre la violencia y el control sobre la sociedad.

La última categoría es la Emoción; esto es la empatía que la historia logra sobre el lector. Una característica que para dominarla requiere del autor una gran malicia literaria. «Los herederos» de Adriana Letechipia (a quien conozco y felicito por este logro) es ejemplo de ello. Nos narra en voz de sus personajes la historia de una familia que sobrevivió el apocalipsis y como la vida prosigue.

«Espuma cuántica» de José Luis Ramírez. Es la reflexión de un científico sobre la física cuántica y la supervivencia de la conciencia después de la muerte.

«Calabozo de 256 pantallas» de Jorge Guerrero de la Torre nos muestra las correrías de un personaje a través de lo que asumimos como una realidad virtual.

Al final he dejado tres relatos, los cuales cumplen en las tres categorías propuestas y considero los mejores de la antología.

«El rostro de Dios» de Damián Neri (a quien también conozco y me sorprende su gran progreso como escritor) Nos presenta, a modo de documental, la reacción de los personajes ante la aparición en el cielo de un cadáver antropomorfo de proporciones planetarias que se dirige a la tierra.

«El valor de la Cresta Pufuthea» de Mical Karina García Reyes. Nos muestra un asombroso mundo con una peculiar biología, mientras conocemos la difícil vida de su protagonista, su conflicto interno y la necesaria aceptación de sus circunstancias y de su cuerpo.

El relato que a mi gusto es el mejor de toda la antología es «El lenguaje olvidado» de Gabriela Damián Miravete. Un viaje al centro de la tierra con remembranzas sobre Julio Verne donde la ficción dentro de otra ficción se va mezclando ante la mirada de la protagonista y narradora.

Esta es mi opinión después de leer a los diez jóvenes escritores. Espero que este esfuerzo se convierta en una entrañable tradición.


Publicado originalmente en el blog del autor: www.nacidoenlacurva.blogspot.com

Fuente de la imagen de la entrada: https://www.facebook.com/mejorcifimx

Luis Flores Aguilar. Nací en la ciudad de México en Julio de 1969, aficionado a la lectura, los comics y las caricaturas desde pequeño. Escribí mi primer cuento en 1987 para un concurso de la escuela que no gane. Participe en distintos talleres literarios desde 1994 hasta el 2003. Fui editor de la revista Voces de la primera Imprenta del número 6 al número 8. Coordiné el taller de Ciencia Ficción de la Tertulia de Ciencia Ficción de la Ciudad de México. Gané el segundo lugar en el premio de cuento de Ciencia Ficción de la revista Conozca Mas. Después de una larga temporada sin escribir ni publicar estoy retornando al trabajo literario.

La filosofía interminable de Ende: «La voz del silencio»


Roberto Carlos Garnica Castro


Silfos nocturnos, fuegos fatuos y comerrocas, una tortuga gigante, un monstruo proteico y un dragón de la suerte, oráculos y esfinges, hombres lobo, brujas y vampiros, tres niños (una emperatriz, un héroe y un lector apasionado), y muchas otras criaturas fantásticas, hacen de La historia interminable un impulso para soñar y viajar. 
Es también un texto que estimula el pensamiento. ¿Me acompañas a desentrañar sus tesoros filosóficos?

La voz del silencio

En La voz del silencio (capítulo séptimo de La historia interminable) se hace presente la entidad con la que Atreyu, después de traspasar las tres puertas mágicas, dialoga en un “bosque de columnas que, a la clara luz de la luna, arrojaban sus sombras negras” (Ende 2022, p. 123). Se trata de “Uyulala, la voz del silencio, voz del Palacio del Profundo Misterio” (Ende 2022, p. 125). Dicho ser invisible, pero omnipresente le revela a Atreyu la cura para salvar a la Emperatriz Infantil: se le debe dar un nuevo nombre, pero sólo puede hacerlo “una criatura humana del mundo situado más allá de las fronteras de Fantasia” (Ende 2022, p. 131).

Además de la historia, que es fascinante, el Capítulo VII aborda varios tópicos filosóficos: la posibilidad de ubicar y rebasar la frontera entre realidad y fantasía, el carácter belicoso de la sociedad, la relatividad del tiempo, la exigencia posmetafísica de que el lector entre al libro, la paradoja que implica comprender algo sólo cuando no existe más y, por supuesto, la pregunta fundamental de la antropología filosófica: ¿quién soy?

La primera inquietud metafísica que se nos presenta es dilucidar en qué clase de lugar se encuentra Atreyu. Se describe como un bosque de columnas que no sostienen nada, encima se aprecia el cielo nocturno, un profundo silencio lo envuelve todo, el suelo está cubierto de mosaicos con dibujos enigmáticos y proliferan escaleras que suben y bajan. No hay que olvidar que, para llegar allí, el héroe superó la mirada de las esfinges, enfrentó su imagen real en el espejo mágico y abrió la puerta sin llave. ¿Se trata del interior de Atreyu?, ¿de un supramundo?, ¿de una especie de no-lugar más allá de Fantasia? La cuestión es que allí, en el Palacio del Profundo Misterio, el niño ya no sabe quién es ni como se llama, ni cómo llegó allí ni qué busca.

Otra cuestión metafísica consiste en indagar qué es Uyulala. Emerge, en medio del silencio, como un sonido, como una “voz flotante […] muy bella y argentina y alta como la de un niño, pero que sonaba infinitamente triste e incluso parecía a veces sollozar” (Ende 2022, p. 123). En ocasiones se manifiesta muy fuerte y otras muy débil, pero nunca cesa por completo, incluso cuando calla flota alrededor en un tono constante. Es latido y respuesta. Nadie la puede ver, su “cuerpo es acento y tono” (Ende 2022, p. 126), y dejará de existir cuando la canción acabe. Finalmente, en un ejercicio de metacognición y sabiéndose parte de una historia, concluye: “somos un cuento trivial, personajes poco claros. Sueños de amor y cariño” (Ende 2022, p. 129).

Un efecto interesante ocurre cuando Atreyu le pregunta a Uyulala “¿Quién eres?”: como ella sólo comprende lo que se expresa en verso, a manera de eco le revira “¿Quién eres?”. El joven piel verde reflexiona e intenta responder: “¿Quién soy? No podría decirlo. Me parece que alguna vez sí que lo he sabido. Pero, ¿es tan importante” (Ende 2022, p. 124).

El pasaje nos sugiere que preguntar por el ser del otro es, en última instancia, preguntarnos por nosotros mismos, pero hay algo en el cuestionamiento final (¿en realidad es tan relevante saber quién soy?) que exige una exégesis más compleja y profunda.

Hasta ahora hemos destacado los rasgos filosóficos de La historia interminable, pero el camino nos impulsa, cada vez más, a reconocer los elementos simbólicos y esotéricos: esfinges, espejos, puertas sin llave, columnas sin techo, escaleras…

Es poco probable que Michael Ende leyera La voz del silencio de Helena Blavatsky, sin embargo, estimula el pensamiento identificar aquel título con el del capítulo VII de La historia interminable. Es por ello por lo que, aunque quizá se trate de un exceso hermenéutico, retomamos algunos conceptos de la fundadora de la Sociedad Teosófica para comprender de otra manera nuestro texto.

Blavatsky asevera que para escuchar la voz de Nâda se debe practicar la perfecta concentración de la mente en un objeto interior, la abstracción absoluta de todo lo relacionado con el Universo externo (lo sensorial). Nâda es “the Soundless Sound”, the “Voice of the Silence” (Blavatsky 2015, p. 1) y significa, literalmente, “Voice in the Spiritual Sound” (Blavatsky 2015, p. 73). La Mente es la gran Asesina de lo Real y, por ello, el Discípulo debe asesinar a la Asesina (Blavatsky 2015, p.1). Sólo entonces podrá liberarse de la ilusión y escuchar la Voz del Silencio.

En este sentido, retomando lo desarrollado en la entrega anterior (Garnica 2025), nuestro niño héroe se embarcó en una búsqueda mística en la que, para alcanzar la revelación, debió dejar atrás las preguntas y las dudas, enfrentar su imagen real, aprender a actuar sin finalidad, olvidarse de sí mismo, dejar de buscar y escuchar la voz del silencio.

En esta entrega no abordamos todas las cuestiones filosóficas que se tocan en el Capítulo VII de La historia interminable. Ya habrá ocasión para hablar de ellas. Pero queda claro que propone una forma revolucionaria y transfilosófica de concebir el conocimiento: para descubrir lo que de verdad sana es necesario buscar otras vías, abandonar los sentidos, superar la razón, mirar hacia dentro y desvelar la Voz del Silencio.

Ilustración de la entrada “Del silencio al vuelo” por Tomás “Yami” Hernández.

Referencias.

Blavatsky, Helena (2015). The Voice of th Silence. Theosophical University Press.

Ende, Michael (2022). La historia interminable. Alfaguara.

Garnica, Roberto Carlos (2025). El cruce de puertas como alegoría de la vida. En La filosofía interminable de Ende, columna del Blog de Colectivo Delfos. Recuperado de https://colectivodelfos.com/2025/06/01/la-filosofia-interminable-de-ende-el-cruce-de-puertas-como-alegoria-de-la-vida/

Colaboradores del Fanzine Delfos 6


Agradecemos a los y las colaboradores del Fanzine Delfos 6 por su participación, así como a todas las personas involucradas en el proceso de creación de este número.

Consejo Editorial del Fanzine Electrónico Delfos

Miguel Ángel Almanza Hernández
Director general y editor

Mayra Daniel Arganis
Consultora editorial

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Producción ejecutiva

Yolanda Pomposo Díaz
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Adriana de Jesús Casas Moreno. Soy neuropsicóloga mexicana. Me han publicado cuentos en redes y revistas digitales. Gané dos veces el concurso de cuentos de la Revista Sublime Digital. Obtuve el Premio Narrativa Los Masticadores 2025 con el cuento Renacer. He incursionado en microrrelatos, ciencia ficción, realismo mágico, terror y cuento infantil. Mis cuentos “El día que te encontré”, “Mutación”, “Un equipo especial” y “Edipo” han sido publicados en distintas antologías. 
David Barrera Sánchez. Nací el diecisiete de noviembre de mil novecientos ochenta y cuatro en la Ciudad de México. Estudié la Licenciatura en Literatura Dramática y Teatro en la UNAM, de la que egresé como dramaturgo. He escrito textos para las puestas en escena El ayapaneco (2013 y 2014), Argos Club (2015), El charro de Culhuacán (2017 y 2018), Té para corazones rotos (2019 y 2020), entre otras. Actualmente, junto con mi actividad teatral y mi trabajo en la editorial San Pablo, escribo un libro de cuentos de terror.   
Eduardo Honey (México, 1969) Ing. en sistemas. Autor de Códex Obsidiana, Espejos Humeantes Cósmicos, Cronofauna, Séptima Puerta y Firmamentos Ocaso. Participante desde los 90s en talleres literarios bajo la guía de diversos escritores. Publica constantemente en plaquettes, revistas físicas, virtuales e internet. Textos suyos han ganado premios o fueron finalistas. Participa en diversas antologías e imparte talleres de escritura. Pertenece a la generación 2020-2022 de Soconusco Emergente. Cursa la Licenciatura en Creación y Estudios Literarios del Centro Morelense de las Artes. Prepara dos libros de cuentos y su primera novela.
Giula Magaña (G. Maraña) es licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana. Es correctora de estilo, traductora y escritora. Ha publicado en LIJ y Literaria. Ganó la convocatoria de cuentos de tema libre publicada por Factor Literario en el 2025. 
Iván Ambrouken (1995) En 2014 ingresó a la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM para estudiar la licenciatura de Artes Visuales. Al año siguiente expuso una de sus piezas en la Biblioteca Vasconcelos de la Ciudad de México con motivo del concurso Diálogo Abierto “Retrato/Antirretrato”. En 2020 exhibió en Aguafuerte Galería representando al Estado de México en una exposición colectiva, así como en Plaza Loreto y el Museo del Tequila y el Mezcal con motivo del Octavo Concurso Nacional de Pintura Rodin-Royal Talens. Un año después se integró a Classic Times Studio, donde obtuvo experiencia en el ámbito del tatuaje. Ingresó al Diplomado de Arte Forense de la UNAM y en 2022 concluyó el Diplomado en Dirección de Arte para Cine de la Facultad de artes y Diseño con motivo de titulación participando en varios proyectos audiovisuales, entre los que destacan comerciales, videoclips para músicos independientes y dos cortometrajes. En 2023 expuso en colectivo dos piezas con motivo del Concurso Internacional “La Expresión Dibujística” en Galería Goya, así como dos piezas para la revista Delfos Colectivo y al año siguiente colaboró en Radio Faro para el Seminario de Estudios Sobre Heavy Metal. En el Fanzine Delfos 6 colaboró con “La Criatura” una obra creada para ilustrar el cuento “Bitácora de la doctora Xóchitl” de Miguel López González. 
José Luis Ramírez (Puebla, Pue. 1974). Es Ingeniero Industrial en Electrónica y estudió una maestría en Ciencias de la Computación. Ha sido publicado en distintas antologías entre las que destacan: Mundos Posibles, Auroras y Horizontes, El crimen como una de las bellas artes Vol.III, Los Mejores Cuentos Mexicanos Ed.2003, Visiones Periféricas, El hombre en las Dos Puertas, Los Mapas del Caos y Silicio en la Memoria; así como en varias revistas y fanzines. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción 1998, con el cuento “Hielo.”
Mauricio del Castillo (Ciudad de México, 1979) es licenciado en Comunicación por parte de la UNAM. Leer, escribir e imaginar ocupan todo su tiempo libre. Ha publicado cuentos en diversas páginas y revistas de ciencia ficción, algunos de ellos recopilados en dos colecciones: La variable multimillonaria y otros relatos (2012) y La nave de la discordia y otras piezas de anticipación (2014). Entre sus novelas se encuentran Metástasis mental (2017), El huevo de !knat (2020) y Los advenedizos (2022). Ganó el primer Concurso de Cuento de Ciencia Ficción del Festival Semillas 2020 con el relato "La gente de la capital".
Rebeca Perez Gutiérrez. Escritora del libro “HABITANTES DE LA OSCURIDAD” y relatos publicados en distintas antologías de “Gold Editorial”.
Sidi Hernández. Al autor le encanta escribir sobre el Hechicero Tlacuache. Espera que la gente se divierta leyéndolo tanto como él escribiendo. El universo del Hechicero Tlacuache poco a poco se va expandiendo más y más, y todo gracias a ustedes, los lectores, y al Fanzine Delfos, por darle la oportunidad de que más gente conozca a este travieso marsupial. Esperamos vernos el próximo número.
Miguel López González nacido en el Distrito Federal, ahora Ciudad de México o  CDMX. Se graduó de la Universidad Intercultural con una licenciatura en Lengua y Cultura. Desde su infancia ha sido un entusiasta del terror y la ciencia ficción, siendo fanático de maestros como H.P. Lovecraft, Edgar Alan Poe, Ray Bradbury, entre otros. Es miembro del Colectivo Delfos y del Gran Colisionador de Textos Especulativos.Sus trabajos se centran principalmente en el folklore, la creación propia y en la transformación de sus sueños en cuentos.
Víctor D. Manzo Ozeda (Scardavino). Nací en Mexicali y actualmente resido en Durango con mi esposa, mi hija y varias mascotas. Soy autor de las novelas El diario de una mujer dormida, Oneiros y la obra de teatro El último Berserker, disponibles en Amazon.
He sido publicado en más de 80 revistas y antologías internacionales, y he recibido varios galardones en narrativa, micro ficción y poesía.
Colaboró con textos de literatura y crítica social en mis blogs.
Actualmente desarrolló una nueva novela y una serie de cuentos donde exploró temas diversos. Web: https://scardavino.wordpress.com/
Juan Fleites, Semblanza: Activo desde el año 2000; trabajando para diversas editoriales independientes europeas y en USA. Inicié dibujando hentai-manga para Ncomix y editopóster; tras eso,  auto publiqué una revista con otros colegas llamada Azimut, de la cuál
salieron dos números. Luego continué trabajando de manera esporádica con editoriales independientes de USA. Colaboré en dos novelas gráficas para Blue Fox Comics y luego con portadas e historias cortas para Swampline comics, ambas de Inglaterra. Tras eso, regresé a la ciencia ficción con Snowyworks dentro del título Caspian Porter, del cuál salieron seis números. Actualmente trabajo en Tin Can historia de cifi.
Karla Itzel Chable Tamayo, licenciada en Artes Visuales con el seudónimo de Emptyheart. Su obra explora un universo íntimo donde conviven pensamientos, sueños y símbolos, con una mirada que transita entre lo figurativo y lo onírico. Su práctica abarca tanto técnicas tradicionales como digitales. A pesar de su corta trayectoria, se encuentra en constante búsqueda, explorando nuevos lenguajes y formas de expresión visual. Su obra "Intersecciones del tiempo" adorna la contraportada del Fanzine Delfos 6
Samantha Aguilar Pérez.Publicó en el Fanzine Delfos 6 la obra "Tiempo", ilustración de fantasía.

«La Criatura» portada del Fanzine Delfos 6

Iván Ambrouken


Nombre de la pieza: "La Criatura"
Técnica: Acuarela, lápices de grafito y lápices de color sobre papel
Medidas: 40x30cm
Autor: Iván Ambrouken 
Año: 2025
Valúo: $1,690°°


“La Criatura” es una obra creada por Iván Ambrouken para ilustrar el cuento “Diario de la doctora Xóchitl” de Miguel López González; llena de horror corporal muestra un rostro grotesco que sugiere un movimiento visceral y monstruoso que perturba y fascina al espectador.

Del ensayo especulativo al ensayo ficticio

R. Flores
Traducido al español, dialecto mexicano, por Héctor Sapiña en 2025


Hacia la tercera década del siglo XXI, los humanos habían cuestionado los límites de la verdad tantas veces que las categorías construidas en torno a ella (o por contraste con ella) comenzaron a diluirse. Aquí me referiré específicamente al género del ensayo acompañado por los conceptos especulativo y ficción, este último equivalía a lo que en el siglo XXII denominamos potencias. La principal diferencia, sobre todo en el Periodo del Consumo, es que los humanos añadieron a lo ficcional (o ficticio) un rasgo de ingenuidad infantil; se promovía como simulación para el esparcimiento sin influencia directa sobre la vida cotidiana. Por lo tanto, no significaba un riesgo para el orden establecido.

Hay otras formas de comunicación que empezaron a tambalear por la erosión de la verdad: la noticia, el discurso político, la crónica, historia, la geografía, la reputación pública de personas físicas y de organizaciones —a lo que curiosamente llamaban imagen—, e incluso el discurso de sus artes del universo —que ingenuamente llamaron ciencia, cuyo origen lingüístico indicaba conocimiento.

Desde finales del siglo previo arrancó el proceso de reemplazar la verdad por la verosimilitud, una propiedad que se creía relegada a las artes potenciales o de la ficción. Básicamente, una afirmación verosímil es cualquier enunciado verdadero para el sujeto que lo dice o dentro del contexto en que se dice, aunque no sea cierto en otro. Si bien, este entender resulta perfectamente común para nosotros, para los humanos de la posmodernidad supuso una crisis porque durante al menos doscientos años habían justificado su estructura de poder bajo el supuesto de que la verdad única era comprensible para una cadena de instituciones autorizadas.

Pero no es el objetivo de este texto trazar el panorama histórico de la ficción (esa labor la llevan a cabo nuestros amigos del Proyecto de Erúntica Uqbar, donde quiera que anden ahora), sino explorar una de sus manifestaciones más curiosas: el ensayo especulativo y, su hijo, el ensayo ficticio.

Qué no es el ensayo

Desde los inicios de la educación pública en el Estado Moderno, el ensayo literario se enseñó como un tabique de opiniones de intelectuales donde se explicaba en qué consistía la ideología oficial o por qué era válida (por qué debía considerarse una verdad). A veces se enfocaba en enumerar los rasgos de las identidades nacionales y otras en justificar qué obras artísticas tenían valor por ser compatibles con los dos aspectos previos.

Lógicamente, conforme se resquebrajaban los proyectos nacionales, las afirmaciones ensayísticas se volvían cada vez más obsoletas, o pasaban de lo verdadero a lo verosímil. Aquí un ejemplo. Fragmento conservado del compendio «El laberinto de la soledad» (cuya autoría se perdió en los registros tras la Gran Desconexión del 2117 de la Última Era Nacional, Línea Temporal Terra-1):

El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual. Y esta tendencia beneficia a nuestra imaginación tanto como a nuestra sensibilidad, siempre afinadas y despiertas. (Anónimo, ¶1, §3; c. ½ s. XX e. n.)

Tanto por el soporte material como por el registro dialectal, los archivistas de la ATU han determinado que el texto fue escrito y distribuido en masa principalmente dentro la zona mesoamericana a inicios de la posmodernidad, Periodo del Consumo Pleno (en el entonces México: 1939-1968 e. n.). Del fragmento resulta llamativo que se considera rasgo de mexicanidad a un comportamiento que supuestamente abarca a todos los habitantes de su denominación territorial. Es decir, da por hecho que cualquier individuo que haya nacido al interior de fronteras geopolíticas artificialmente delimitadas apenas un siglo antes compartiría con su grupo la tendencia al festejo. Por las noticias que tenemos sobre el pensamiento de la mitad del siglo XX, para ese momento se consideraba superada la justificación del carácter de los pueblos con base en la genética y los elementos climáticos del entorno; sin embargo, el fragmento citado expresa una visión no menos determinista y esencialista.

¿Acaso no existía un solo grupo, ni una sola persona identificada como mexicana que se resistiera a las fiestas? Y, más allá de la estadística, ¿no había otros pueblos altamente rituales? ¿No, más bien, todos los pueblos poseen sus propios ritos y la excepción mundial sería encontrar uno que careciera de ellos? Más aún, ¿qué pasaría con esta definición de lo mexicano el día en que el concepto de México dejara de existir… tal como sucedió poco más de un siglo después?

Para algunos divulgadores de propaganda de aquella época, el ensayo hubiera dejado de existir si no fuera capaz de superar la prueba de la ideología nacional. O sea, si no funcionara como “expresión del espíritu de un pueblo” para esparcir el punto de vista oficial con solemnidad, erudición y pompa. Por fortuna para las expresiones humanas, el ensayo nunca se redujo únicamente a aparato ideológico. En último caso, se utilizó como herramienta de unificación política en un tiempo en que el mundo requería reflexionar sobre la nacionalidad; y eso sólo en algunos casos más visibilizados por los medios de su época. Claro que había otras maneras del ensayo, en tanto estilización del registro del pensamiento, el género ha sido independiente siempre, si bien se encuentra ligado como toda obra artística a sus coordenadas.

El ensayo, pues, nunca fue un registro de la verdad; pese a que algunos libros de texto de la época parezcan sugerirlo. Si algo compartió con la ciencia no fue la certeza del conocimiento, sino la experimentación. El ensayo, ¡su nombre lo indica!, es un laboratorio. Hacia el declive de la Última Era Nacional (prácticamente todo el siglo XXI), el ánimo relativista permitió el reconocimiento de este rasgo esencial de la escritura ensayística.

La humanidad había perdido toda certidumbre general, pero recuperó (o subrayó) la idea de que el único terreno firme del saber es el puente que se construye entre las diferencias del yo y los otros. Poco a poco, escribir artes dejó de ser una lucha por la legitimidad y se volvió una red de miradas recíprocas. En pocas palabras, terminó el dominio de la autoría y se entabló la búsqueda de la lectoría (palabra bastante desagradable al oído, pero con un proyecto menos impositivo).
¿Qué sí es el ensayo? El despliegue del pensamiento propio frente a un otro que, aunque diferente, está dispuesto a escuchar mi imaginación.

Nacimiento del ensayo especulativo

No nos engañemos, el ensayo siempre fue especulativo, en el sentido de formar conjeturas o hipótesis sobre algún aspecto. Sin embargo, en el siglo XXI se vio obligado a luchar contra el aparato que se le había impuesto para anunciar su capacidad de rebasar los límites de la “verdad”, pues su posibilidad argumentativa se había confundido con la necesidad de demostrar, de llegar a conclusiones. Ese antiguo aparato era —jugando un poco con los latinajos— al mismo tiempo aparare y aparere, es decir, dispositivo preparado con un fin (político) y también apariencia exterior que ofrece una imagen parcial de la realidad.

Desde su origen en el siglo XVI, el ensayo se sumergía en la mirada propia para descubrir en sí a la voz de otros, poner en crisis principios establecidos, imaginar caminos contrafactuales de la historia, asimilar la razón humana al juicio animal. Siempre fue especulativo. Pero desde la ilustración, el positivismo y el nacionalismo, la escritura ensayística fue enjaulada para comprometerse con los paradigmas vigentes.

En esos tiempos, la especulación ensayística no fue perseguida, sino silenciada por quienes aspiraban a un canon ajustado a la intelectualidad, la guardiana de las murallas de la élite. La especulación fue relegada a narrativas producidas en masa (o de distribución limitada), pues se entregaban al gran público a modo de autocomplacencia. El máximo valor estético para mantener el consumo era la identificación moral con el protagonista; así, la audiencia se reafirmaba sin cuestionarse. De ahí que especular ensayísticamente resultara más peligroso porque, en la imaginación argumentativa, no queda tan clara la distinción respecto al mundo “real”: ejercitar la crítica fuera de los marcos de la ficción es demasiado incómodo para un orden que se reproduce mecánicamente.

La paulatina liberación del ensayar especulativo suena como un triunfo emancipador…en realidad no fue así. Fue más bien un movimiento transversal que acompañó a diferentes emancipaciones. Me explico: el renacimiento de la especulación ensayística se da cuando se consolida la descentralización de los valores artísticos al final de la posmodernidad. Antes, en los siglos XIX y XX, se había llevado a cabo la gran centralización de la cultura, donde se jerarquizó con precisión taxonómica la escala de las expresiones humanas: la literatura era la reina de las artes; dentro de ella, la lírica y la novela social sus formas cumbre; de ahí hacia abajo se organizaban el resto de las artes según una dignidad inventada por las autoridades en turno. Geográficamente, mientras más cerca de una capital cultural fuera producida una obra, mayor prestigio; en cuanto al género (gender), reinaba la masculinidad. Desde el siglo XXI, como consecuencia de la Web 2.0 y el surgimiento del prosumidor, comenzó la descentralización de los contenidos.

Aunque mercantil y políticamente la (aparente) descentralización técnica generó un estado de alta confusión ideológica para lograr mayor dominio, en el ámbito de la producción artística permitió el trazo de redes colaborativas que, cuando resultaban bien, visibilizaban voces comúnmente marginadas. La transformación de la cultura hacia estas redes desvaneció poco a poco las capitales físicas de la cultura: se pasó de grandes núcleos culturales a nodos dispersos; después la crisis institucional general se llevó con ella a las capitales del arte y finalmente se transformaron también las autoridades simbólicas. En breve, los premios literarios dejaron de importar y también el reconocimiento del Autor, mito romántico que sobrevivió por un buen tiempo.

En este proceso, la literatura no dejó de ser literatura, sino que volvió a hermanarse con las demás artes. Como era en un principio, cuando nacieron en el entorno creativo rupestre. La palabra dejó de ser frontera de sí misma para reencontrarse con la imagen y el sonido y el espacio. Pronto surgieron fenómenos como arte transmedial, intermedial, escritura caligramática, iconotextualidad, crossmedia, poema objeto, arte tipográfico, fotoensayo, sinestesia artística, media migration, remediation y remix, metamedia, convergencia, cyborgmedia, artes inter-inteligencia —que combinaba obra humana con IA, entre muchos otros.

El ensayo especulativo acompañó este desvanecimiento de las fronteras porque él, en sí mismo, fue siempre el centauro de las artes, y diría yo, una flecha cruzando las potencias. Tradicionalmente se había asociado únicamente a la literatura porque (1) nació en una era que privilegiaba la expresión lingüística, (2) durante siglos fue más fácil ensayar sobre papel que sobre otros soportes. Pero en el entorno de la digitalidad, cada vez le fue más fácil encontrar su cuerpo extenso. Todo esto antes de la Gran Desconexión, claro.

En la segunda década del siglo XXI se encuentra ya un volumen donde se señala esta cualidad transfronteriza del ensayo y aparece, por primera vez (hasta donde tenemos registro), con el apellido de “especulativo”. Se trata de En una orilla brumosa, editado por Verónica Gerber Bicecci. En su prólogo, la editora definía al ensayo especulativo como “una forma de sopesar (dejarse infiltrar por fragmentos del mundo) y diagnosticar (infiltrarse en las cavidades del mundo) con herramientas verbales y visuales que, a su vez, se dirigen al pasado o al futuro para reescribir el presente” (¶3, §1; c. ¼ s. XXI u. e. n.). Esta definición deriva de las etimologías de las dos palabras:

ensayar < exagium = sopesar

+especular < speculari(s) = observar desde lo alto; lo relativo a un espejo.

A esto añade Bicecci que la ensayística exhuma nociones del pasado para reescribir el presente, por su parte, la ficción especulativa se introduce en algún futuro posible para alumbrar el presente. Entonces, la síntesis de ambas “se trataría precisamente de algo así: una conciencia del tiempo ‘al revés’ (…) ensayar especulativamente es considerar que se pueden hacer mundos poniendo atención a lo que nos circunda” (¶4-6, §1; c. ¼ s. XXI u. e. n.). Y los textos contenidos en Una orilla brumosa hicieron justamente eso: empujar la lengua a sus límites para introducirse en el cuerpo, traspasar el tiempo, adoptar perspectivas no humanas, antagonizar la centralidad de lo masculino. El ensayo especulativo sirve como dispositivo de desplazamiento por excelencia: máquina del tiempo y del espacio.

El volumen se corona con el ensayo “Hacer mundos” de Ursula K. Le Guin, texto de 1989 que la editora hizo viajar a su presente para indicar que los nuevos mundos se construyen sobre los anteriores. Le Guin afirma que una artista hace “una selección particularmente hábil del cosmos (…) hace del mundo su mundo” y, aunque en ese ensayo no da el paso hacia el otro cosmos (el ficticio), sugiere que la línea entre nacer, mirar al futuro y escribir ficción es mucho más delgada de lo que parece.

El ensayo ficticio

Para la humanidad actual todo ensayo es ficticio en tanto expresa una potencia. Puesto que es imposible abarcar con certeza la totalidad de un conocimiento, el acto de ensayar es en sí mismo un reconocimiento de que la reflexión sobre la experiencia propia nunca alcanza a establecer hechos universales. La ensayística ni siquiera registra verdades irrevocables para el yo que habla, pues, por su naturaleza dubitativa, el ensayista volverá a titubear sobre sus conclusiones, sea un año más tarde o una hora después de la publicación. Ya Montaigne auguraba la incertidumbre científica cuando criticaba la necedad de registrar un saber acabado:

Yo quisiera que cada cual escribiese sobre aquello que conoce bien (…) pues tal puede hallarse que posea particular ciencia o experiencia de la naturaleza de un río o de una fuente y que en lo demás sea lego en absoluto. Sin embargo, si le viene a las mientes escribir sobre el río o la fuente, englobará con ello toda la ciencia física. De este vicio surgen varios inconvenientes. (¶7, §30; 1590, Era Protonacional)

Todo ensayo que aspira a un conocimiento estable se encuentra condenado a la obsolescencia. Ensayar, por lo tanto, es triangular la vivencia, el saber heredado y la especulación. ¡Pero he ahí algunos que sucumben a la tentación de desbordar el eje de lo especulativo! Y por la necesidad de hacer caso a la voz que aparece en su cabeza arrastran las coordenadas convencionales del ensayo hacia otros mundos. De ello deriva una relocalización del yo ensayístico en el problema del What if? especulativo:

• ¿Qué pasaría si no fuera el yo de Montaigne quien se pregunta por la amistad, sino un colonizador de Marte?
• ¿Qué diría José Arcadio Buendía si se sentara a escribir por qué todos los días son lunes?
• ¿Qué escribiría un prologuista humano de una antología de literatura elaborada por inteligencias artificiales?
• ¿Cómo justificaría un tlacuache su rescate de los libros legados por la humanidad tras el apocalipsis climático?

Aquí se da el paso del ensayo especulativo al ficticio. La diferencia fundamental es que, mientras el primero hace una síntesis del pasado y el futuro desde el presente, el segundo no se resiste a proyectar el futuro (entendiendo futuro no sólo como el devenir en alguna cronología específica, sino como todo lo no visto).

Aunque con antecedentes notables, el ensayo ficticio proliferó a mediados del siglo XXI. Por las razones ya mencionadas y algunas más: relativismo e incertidumbre, reflexión y autorreflexión de la transversalidad mediática, pero también la creciente autonomía de las culturas IA y sus detractores, la disolución definitiva de las fronteras nacionales, el descubrimiento y catalogación de líneas temporales paralelas a las de Terra 1, la posibilidad de la escritura cuántica y el advenimiento de las lenguas no lineales, etc.

En su momento de mayor auge, la noción de autoría se había reemplazado por la de lectoría. No profundizaremos al respecto aquí, pero a grandes rasgos es una consecuencia tardía del surgimiento del prosumidor en las redes culturales: el mito del autor como genio singular responsable de la producción estética cedió su lugar al entendimiento de que un artista configura su obra en colaboración con otros (muertos y vivos), incluido el receptor. El arte, por lo tanto, es fruto de un diálogo colectivo; muchas veces incluso conflictivo.

Los colectivos de lectores de ensayo ficticio más notables en América Latina surgieron de lo que a principios del siglo XXI se llamaba “literatura independiente” por oposición a la literatura comercial y/o institucionalizada. Entre las formas y temas más explorados se encuentran: la reescritura de ensayos de la verdad, los ensayos transmedia e intermedia, las crónicas de posthumanas, las reflexiones sobre la mortalidad en voces inmortales, las diplomacias cyborg-robot y las dignidades animales.

Nota final

Nunca existió la no-ficción. Hoy todavía podemos pasearnos por los restos de las librerías y encontrar estanterías con el rótulo “no ficción”. El término, más que un género discursivo estable, era una etiqueta para inventariar bienes y acelerar el proceso consumo. Si en el siglo XXII nos hemos decantado por el concepto de potencia no ha sido mero capricho, el declive de la idea de ficción se debe a que dependía de la verdad y la referencialidad. Muerta la primera, inestable la segunda y comprobado el multiverso, hemos preferido construir categorías que reemplacen el criterio de lo que no es por lo que puede ser bajo otras condiciones.

El ensayo no habita en un reino, viaja entre todos. Si es o no ensayo depende de sus funciones internas —ante todo, predominio del flujo de pensamiento sobre el lirismo o el relato— y si es o no ficcional depende de qué tanto se aventure a rebasar los límites del yo-ahora. Cuando rompemos el grillete para ingresar en la voz del tú posible, inauguramos otro mundo.

Corredor Abyamericano
Lugosto 2187


Héctor Sapiña. Ensayista, profesor y “postfan”. Obtuvo la maestría en Letras (UNAM) con una investigación sobre ciencia ficción mexicana y es maestrante en Comunicación (UACH). Ganador del 2º lugar en el premio de ensayo sobre una Sociedad Sustentable de la Revista de la Universidad de México. Recientemente publicó la plaquette Crasística y el texto "…es mexicana porque ocurre en México" en el libro Mexafuturismo contemporáneo (Ed. J. L. Ramírez). Participa en varios proyectos de creación y difusión de la ciencia ficción en México. Miembro de la Sociedad Tolkiendili México.
FB hector.sapinaflores Tiktok @h.sapina28 IG hsapina19

Boca del Diablo


Por David Barrera Sánchez


Aquellos días fueron tan asfixiantes y abrasadores que los habitantes del puerto, al intuir lo que estaba por venir, empezaron a hablar con dramatismo mientras limpiaban sus frentes con las manos temblorosas. Pero no era propiamente a la canícula a lo que temían, sino a lo que ésta anunciaba: la visita del Diablo y el inevitable hecho de que se llevaría a alguno de ellos.

¿A quién tendrá en mente en esta ocasión?, se preguntaba la gente.
Debido al inusual calor, los apagones sumieron al puerto en la penumbra. Y durante noches enteras me vi obligado a dormir en la hamaca que colgaba en mi patio.

Mi casa se encuentra en los límites de la ciudad y la reserva natural conocida como Boca del Diablo, la cual es el hábitat de los monos aulladores a quienes había estudiado durante más de veinte años. Fueron ellos el motivo por el cual me había mudado al puerto y la razón por la que me dediqué a hacer todo cuanto pudiera para salvarlos de la depredación.

Se volvió común que a cualquier hora se oyeran vociferaciones provenientes de las zonas protegidas. Era una repentina y demencial mezcolanza de aullidos, cacareos, rugidos y demás exclamaciones al unísono que se prolongaban durante diez o quince segundos hasta apagarse con lentitud. «¿Qué diablos los hace reaccionar así?», pensaba. Por desgracia, fueron pocas mis incursiones a la reserva durante la canícula y no pude descubrir la causa hasta muchos días después.

Cierta mañana, salí temprano para comprar comida y medicamentos. Como ningún servicio de taxi estuvo disponible —o mejor dicho, nadie quiso trabajar—, me trasladé a pie a pesar del horrible calor. El camino, custodiado por enormes árboles parecía concentrar la humedad. No había viento. Y de vez en vez, oía caer los mangos hasta golpear el suelo con un sonido seco. Aquellos frutos eran invadidos casi de inmediato por las moscas; y el infecto olor de los que ya llevaban días en el suelo me provocó náuseas.

Cuando recorrí unos ochenta metros, me detuve al oír la voz de mi vecina, Dolores, quien me hacía una seña para que me acercara a su casa cuyo patio estaba sombreado por un árbol de aguacates. Su rostro lucía brilloso por el sudor, sus trenzas se veían chuecas y comía un mango petacón al que le dio una mordida:

—¿Qué no sabe que hay que guardarse hasta que se acabe el calorón?

—Necesito hacer algunas compras —respondí—. Y de paso no me caería mal echarme un chapuzón.

—¡Válgame el cielo! —Exclamó con nerviosismo.— ¡No se le ocurra hacer semejante cosa! —Y movió las manos como si las tuviera acalambradas.— Sepa usted que, mientras caiga fuego del cielo, Él dominará las aguas y la tierra.

—¿Quién? —pregunté.

—¡Pues quién más! —Y agarró sus trenzas entrecanas y las levantó como si fueran cuernos. 

Solté una carcajada al ver su ridícula caracterización.

—¡No, no se ría! —Dijo después de bajar sus trenzas.— Dios no quiera que le metan un buen susto por andar en donde no se debe.

—¿No me diga que cree en esas patrañas?

—Qué gano con mentirle —contestó—. Siga mi consejo y quédese encerrado.

—¿Encerrado sin ventilador?

—Así es. En estos días hasta el patio es peligroso.

—Vaya locura —dije mientras me rascaba las ronchas del brazo—. No se puede vivir así. Simplemente no se puede.

—Hay que aguantarse, don Fausto. No hay de otra. Aunque fíjese que para estos calores ayuda mucho comer carne de chango. Es buenísima porque tiene una vitamina muy especial que vigoriza el cuerpo y el alma. Si quiere le preparo uno.

—¡Vaya descaro! ¡Qué no sabe que está prohibido cazarlos!

—Ay, relájese, señor. Para usted todo está prohibido. Nada le quita si prueba un poco —dijo con desenfado—. Ya verá qué sabroso me queda y, sobre todo, lo mucho que le va a ayudar a aguantar el calor.

—Quisiera saber cómo va a conseguir al simio ahora que las leyes son más severas.

—Serán más severas en el papel, pero en la vida real no hacen ni cosquillas. Le adelanto que voy a conseguir al chango de la misma manera en que he conseguido a los otros animales. Pero no se preocupe, siempre dejaré unos cuantos para que los pueda ver con esa cara de bobo que pone —dijo y, de inmediato, puso los ojos en blanco y se quedó con la boca abierta.

Enojado, di media vuelta y, tras recorrer un par de metros, escuché de nuevo su voz:

—¡Se lo dejo en su cocina, como la vez anterior que preparé tortuga!

Acabada la charla, seguí mi camino y resonó en mi mente aquella frase que había usado Dolores: «cuando cae fuego del cielo». La primera vez que la escuché fue durante mi primer visita a la Boca del Diablo.

Tendría acaso veintitrés años cuando el camión me dejó en la terminal de autobuses en donde contacté a un guía, quién me llevó por las calles principales hasta desembocar en el camino que lleva a la boca. Durante el trayecto, las nubes se tornaron grises al tiempo que aparecieron robustos árboles por donde volaban aves y trepaban simios que nos miraban con curiosidad.

Más adelante, el sendero se volvió escarpado, pedregoso y con raíces que se asomaban de la superficie; no obstante, avancé cuesta arriba con todo y tropiezos hasta que los árboles quedaron atrás y me permitieron ver la famosa Boca del Diablo que estaba a unos treinta o cuarenta metros de distancia. Vista desde lejos la boca me infundió temor, pero una vez que estuve frente a ella me di cuenta de que sólo se trataba de un cúmulo de árboles y enredaderas que formaban una abertura como de unos diez metros de alto en donde se amontonan las sombras.

—¿Qué te parece? —preguntó el guía.

—Desde mi punto de vista, es una simple tomada de pelo o una broma pesada por parte de la naturaleza. No menosprecio el valor que pueda tener su leyenda, pero estoy más interesado en su valor biológico.

—Tal vez tienes razón —dijo el guía, mientras el ruido del trueno me estremecía—. Algunas personas creen que este lugar no es la Boca del Diablo. De hecho, hay gente mayor que sugiere que la boca no está en un lugar en específico, sino que puede aparecer en cualquier parte. Hay un par de ancianos que cuentan haber visto el momento en que la boca apareció. Uno de ellos dice que la vio en la playa, y el otro en plena avenida costera.

—¿Y te contaron cómo era? —pregunté.

—Sólo dicen que es un lugar horrible y que aparece cuando cae fuego del cielo.

«Cuando cae fuego del cielo», pensé mientras me refugiaba bajo la sombra de una marquesina y secaba mi arrugada frente. Tuvieron que pasar más de veinte años para que volviera a oír esa frase y, sobre todo, para que pudiera entender su significado. Mi paso lento y un tanto torpe me llevó a las calles del centro.

Semanas antes, en aquel lugar, la brisa agitó los cabellos de las muchachas bronceadas que sonreían a sus amantes con la inocencia y el deseo de la juventud. No había lugar que no fuera perfumado por las flores, la fruta y el café recién tostado; especialmente en la pequeña librería en donde los gatos se echaban en las mesas repletas de libros para dejarse rascar la panza.

Pero, durante los días de la canícula, las calles fueron gobernadas por una inquietante inmovilidad al tiempo que oleadas de luz solar parecían calcinar con lentitud la viveza multicolor de las casas. Si bien el silencio no era total, pesaba lo suficiente como para hacer notar que había algo único y perturbador. Así lo sentí y creo que así lo sintió también la poca gente que deambulaba nerviosa y que se perdía al dar vuelta de manera brusca en los cruces, con lo que daban la impresión de ser fantasmas.

En algunos comercios y casas —sobre todo los más cercanos al malecón—había electricidad. Sin embargo, conforme avanzó la mañana, la electricidad se volvió intermitente y el mal humor se evidenció en los rostros de los trabajadores y clientes que buscaban refugio en el aire acondicionado. Poco a poco, las discusiones por cualquier nimiedad transformaron el rostro de los clientes que empezaron a insultar y a desear que el diablo viniera por los dueños de la tienda. A pesar de todo, hice mis compras y dejé atrás aquel hervidero para encaminarme a la playa.

Dejé mis bolsas debajo de una solitaria sombrilla y contemplé al inmenso monstruo salado que me llamaba con el rumor de su oleaje. Me dirigí a él y, poco a poco, su frialdad alivió el bochorno que llevaba a cuestas, al tiempo que su constante ir y venir me relajó. Y cuando el agua me llegó al pecho, nadé como en mis buenos tiempos y me quedé boca arriba una vez que ya estaba exhausto. Después, miré en dirección a la playa y vi la ciudad que parecía un conjunto de gemas multicolores. Detrás de ella, se veían los picos de los cerros colmados de verdor y, encima, el inmenso firmamento endiabladamente azul. «Y pensar que el caos reina en aquella ciudad tan callada», pensé.

De pronto, me pareció oír sutiles murmullos a mi alrededor, por lo que miré en todas direcciones pero sólo el océano estaba presente con su inquietante movimiento. Sin embargo, los murmullos continuaron y se convirtieron en burlas hechas por una voz rasposa que hizo que me estremeciera y nadara de regreso pero, durante el trayecto, alguien me sujetó de la cabeza y me sumergió con violencia hasta que mis pies tocaron fondo. Rasguñe y golpeé aquellas manos que se sentían de acero y que estaban saturadas de pelos gruesos cuyas uñas se enterraron en mi cabeza. La lucha fue inútil. Los segundos hicieron que mis fuerzas se acabaran.

Creí que perdería el conocimiento pero, sorpresivamente, las mismas manos que me tenían sujeto me sacaron del agua con un movimiento y me arrojaron por el aire hasta caer de nuevo en el mar. Saqué la cabeza y jalé aire con desesperación. El mar estaba embravecido y me empujó una y otra vez con desprecio hasta dejarme arrumbado en la playa como si fuera un cadáver indeseado.

Ya en la playa, escupí el agua salada y un intenso ardor me castigó las heridas que tenía en el rostro. Entonces, al normalizar mi respiración, vi cómo el mar pasó del fragor al sosiego en cuestión de segundos. Me quedé perplejo ante tan brusco cambio; fue como si aquel inmenso monstruo azul hubiera obedecido una orden. Y una vez que las olas restablecieron ese ir y venir hipnótico, vino de nuevo a mis oídos ese murmullo ronco que, en ese momento, se expresó de forma burlona:

—¿Quieres entrar otra vez?

Asustado, corrí hacia la avenida que bordea la costa y me llevé las manos a la sienes.

—¡Cálmate, cálmate! ¡No fue real, no fue real! —dije una y otra vez hasta que vi mis manos manchadas de sangre.

Para mi fortuna, no estaba muy lejos la sombrilla en donde había dejado mis compras, así que las tomé y regresé a la avenida en donde vi un taxi estacionado. Al acercarme, noté que el chofer se pasó una botella de cerveza por la frente y luego bebió con avidez como si tomara de una simple botella de agua.

—Por favor, ayúdeme —dije con voz temblorosa.

El hombre no volteó, pues aún estaba en el éxtasis que provoca un buen trago de cerveza. No obstante, una vez que bajó la botella, soltó un ronco eructo y su rostro se puso pálido al verme.

—Por favor, ayúdeme.

—No… no puedo —respondió—. No estoy en servicio.

—Por favor, necesito que me lleve al doctor. Ya no puedo caminar con este calor y me duelen mucho las heridas de mi rostro.

El chófer no quitaba su cara de terror. Insistí y le conté mi horrible experiencia. Entonces, paulatinamente, su expresión cambió a la de un estúpido que miraba sin reaccionar hasta que, luego de carraspear y escupir hacia la calle, fijó sus ojos en mí al tiempo que le dio un trago a la botella.

—¿Qué no sabe que en estos días no se debe andar en la calle? —preguntó.

—Necesitaba comprar medicinas y comida.

De inmediato me ayudó a subir al auto y condujo hasta un pequeño consultorio en donde me esperó. Me sentí contento al subir de nuevo a su auto, pensé que mi pesadilla se había acabado, pero mi tranquilidad terminó cuando vi la cara del chofer que me veía por el espejo retrovisor.

—Tiene que saber que hace más de veinte años vi al diablo a la cara —dijo y abrió otra botella de cerveza a la que le dio un buen trago—. En ese entonces llegó en forma de viejito y era muy parecido a usted… Bueno, quizá era un poco más alto, pero se veía igual de flaco y estaba lleno de vellos en los brazos. Usaba pantalón blanco, guayabera, sombrero tipo Panamá y lentes de sol. Me acuerdo que cuando entró al auto se quitó las gafas y el sombrero, su cabello era abundante y blanco. Sus ojos eran de un azul diabólico, casi como el que se puede ver en el mar durante estos días de calor.

—No sé si sentirme halagado o avergonzado por tal semejanza, pero pierda cuidado, no soy el diablo y no pienso llevarlo conmigo.

—Ya sé que no es usted. Y si lo fuera, qué más da si me lleva. Confieso que no he sido el mejor cristiano. La verdad es que le he sido infiel a mi mujer en un par de ocasiones; nada fuera de lo normal para estas tierras en donde todos engañan a todos. Pero el tema no soy yo… Sino usted.

Noté que sus ojos tenían una expresión burlona que rayaba en la locura:

—¿Yo?

—Sí, usted. Debería pensar en que si ya lo atacó mientras nadaba, puede que le prepare algo peor.

Tras sus palabras, y a pesar del calor, mi cuerpo se congeló y sentí que un sudor frío corría por mi espalda.

—Tome en cuenta lo que le pasó, señor… En fin, yo ya cumplí con decirle. Espero equivocarme.

Las palabras del chófer hicieron eco en mi cabeza incluso después de haber llegado a casa. No pude leer ni hacer nada como hubiera querido. En su lugar, recorrí las habitaciones y pasillos con una sensación de espanto; y cuando entré al baño y vi mi rostro pálido y bañado en sudor, pensé que estaría a un paso de volverme loco. Entonces, abrí la llave de la regadera y dejé que el agua relajara mis viejos músculos.

«Te tienes que calmar, Fausto —me dije—. Vaya calamidad: mi nombre no ayuda en mucho para esta situación. ¡Serénate, hombre! El chofer estaba borracho… Y lo que pasó en el mar debe tener alguna explicación, sí, debe tener alguna explicación. No hay razón para que te lleve a ti, no has hecho nada malo… ¿O sí?».

La noche llegó colmada de profundas sombras, cuyas entrañas eran habitadas por los mosquitos hambrientos. No tuve otra opción que dormir en mi hamaca; pero mi sueño fue intranquilo y despertaba a los pocos minutos con pesadez en los ojos y bañado en sudor. Noté que las sombras se acumulaban delante de mí, y nunca antes me habían parecido tan espantosas pues me imaginé que alguien las habitaba: «¡El Diablo está por llegar! ¡El Diablo está cerca! ¡Está cerca!», pensaba una y otra vez.

En medio de mis pensamientos, repentinamente, oí un alarido… Pero, por curioso que parezca, no me causó miedo pues lo reconocí de inmediato. 
Fui hacia la ventana de la sala y, al recorrer la cortina con discreción, vi una sombra en medio del camino iluminada por la luz de la luna. Miré por varios segundos pero la sombra no se movió. Entonces, abrí lentamente la ventana y apunté la linterna hacia aquel personaje oscuro. ¡Y cuál fue mi sorpresa cuando la luz mostró la inconfundible y extraordinaria figura de un mono aullador que, al sentir la luz, desplegó su cola y puso sus ojos en mí!

—¡Qué bello ejemplar! —dije al ver su tamaño y su pelaje negro y brilloso. Noté que estaba asustado y de su hocico escurría sangre; además, parecía que abrazaba un objeto contra su pecho que ocultaba de mi vista. «Esconde a su cría», pensé. El mono comenzó a aullar, así que, sin haber cerrado la ventana, me metí a la cocina y corté una manzana. Cuando regresé a la sala, los aullidos ya no se oían y me topé con una extraña sorpresa: Dolores se asomaba hacia el interior de mi casa desde la ventana que yo había dejado abierta. 

—¿Qué diablos hace aquí? —pregunté de manera hosca—. ¡No quiero su maldito guisado, váyase!

—Olvídate del guisado, Fausto —dijo Dolores—. Vengo por ti… ¡Vengo por ti miserable fisgón! —entonces soltó una risita siniestra cuyo tono agudo cambió lentamente a uno grave y rasposo.

—¿Qué le pasa?

Acto seguido, la cabeza de Dolores se movió como si fuera la de un títere: se inclinaba de un lado a otro al tiempo que sonreía. Enseguida, me sobresalté al notar que del cuello colgaban nervios y venas como jirones de ropa y que una pequeña mano la sujetaba de la columna vertebral. O, mejor dicho, lo que quedaba de la columna.

—He venido por ti, Fausto. ¡He venido por ti! —dijo el titiritero y saltó al marco y comenzó a aullar.

El terror me hizo huir. Quizá tropecé en un par de ocasiones, pero me levanté cada vez que oía las pisadas del mono. De pronto, lo vi trepar con rapidez de una copa a otra con la cabeza de Dolores en su mano.

—¡Se hizo chango! ¡Se hizo chango! —gritó la anciana una y otra vez— ¡Lo iba a cocinar y resultó que era Él! ¡Era Él!

Oí las exclamaciones de los animales y me dieron la impresión de que celebraban los actos del simio. También creí que se reían de mí, de mi vejez y de lo ignorante que había sido al creer que conocía todo sobre ellos.

Exhausto, tropecé y sentí que mi pecho iba a estallar. Puse mis manos en el suelo y cerré los puños al palpar la tierra. Entonces, para mi asombro, la luna comenzó a apagarse con lentitud al tiempo que los alaridos se intensificaron. De pronto, levanté la vista y me encontré dentro de una inmensa bóveda oscura que me pareció tan vasta como el universo, sólo que no tenía estrellas y era habitada por el grito de las especies al que se añadieron voces de hombres y mujeres que eran torturados.

—¡Se hizo chango! ¡Se hizo chango! —escuché la voz de Dolores entre tanta vociferación hasta que la debilidad me atenazó y perdí el conocimiento.