Allá lejos y hace tiempo

Por Miguel Ángel Castelo


En uno de los tantos domingos que salía de trabajar, dando gracias a Dios que ya no iría lunes y martes, me desvié a casa de mis padres. Hacía algunas semanas que no los visitaba. Cuando llegué, me llevé la grata sorpresa de que mi tío Ambrosio, hermano de mi papá, y su esposa Avelina llegaron desde la Ciudad de México. La última vez que los vi fue cuando estaba en cuarto semestre de preparatoria. Los saludé gustoso. Mi mamá me ofreció, aparte de una silla, un vaso de Coca Cola bien fría y, de paso, sirvió también a mi tío. Mi tía rechazó el refresco, pero aceptó una manzana.


—Hace tiempo, a una de mis hijas se le hinchó la cara. El lado derecho. Así nomás, como si le hubieran pegado. Fuimos con los doctores y le dijeron que estaba bien. Que si no era alérgica a nada —dijo mi tío.
—Capaz que era ojo… —habló mi papá, mientras soplaba su café para dar un sorbo.
—Una vez a mí el ojo derecho se me infló como globo. ¿Se acuerdan? —volteé a ver a mis papás.
—Sí. Estuvo feo. Creí que le iba a explotar el ojo —dijo mi madre.
—¿Y tú lo curaste? —preguntó mi tía Avelina.
—Sí, lo curé —respondió mi papá.
—Ambrosio también es brujo —contó mi tía mientras mordía la manzana.
—Pues es que nuestro abuelo nos enseñó. ¿Sí o no, carnal? —mi papá dio una palmada en la espalda su hermano.
—Sí. Nuestro tata Macario sabía mucho. Nomás que ya no le hago a eso.
—Fue desde aquella vez que llegaste de madrugada, todo blanco y frio —dijo mi tía mientras masticaba otro pedazo de manzana.
—Sí, lo recuerdo, nomás que no te lo he contado —mi tío se acomodó en su lugar. Yo bebí un poco de Coca.
—De verdad doy gracias a Dios —se levantó levemente la gorra que traía—, que ese día llegué a la casa. Esto ya pasó hace tiempo y creo, mujer, aprovechando que estamos aquí, es hora de contarte:



En una noche de borrachera, tú te has de acordar bien, estábamos como cuatro o cinco en el patio de la casa. Nosotros vivimos en la Xico. Casi cada semana nos juntábamos algunos vecinos a tomar y esa vez llegó un señor que no había visto. No estaba tan grande, tenía como 35 años. Conforme pasaba la noche, llegó la mujer de este chavo.
—¿No te da vergüenza, Elías? —así se llamaba este amigo. Hasta ese rato supe su nombre—, saliste de trabajar a las 6 de la tarde y prefieres tragar mierda que ver a tu hija enferma —La voz de la señora, aparte de enojada, se oía muy triste.
—¿Qué le pasa a su hija? —le pregunté yo.
—Nada —Me contestó de rápido él —. Está mal de su cabeza.
—Esa es tu gran explicación. Yo sé que mi niña no está loca.
—Conste que yo no lo dije —le contestó casi riéndose el marido. Aquí ya empecé a dudar y le volví a preguntar a la señora.
—Pues nomás se la pasa en el rincón del cuarto como agachadita. Dice que en el techo andan caminando gatos negros y que se le quieren aventar encima, que la quieren arañar —la señora empezó a llorar—. No sale en el día, ni a la escuela la puedo llevar. Y a veces, en las noches, camina sola para afuera de la casa, pero está dormida. Y no la despierto porque dicen que es peligroso.
—Ya te dije, Pilar, que esa chamaca está loca. Se debe internar antes de que nos haga algo a tí o a mí —dijo Elías.
—¡Tiene 12 años! ¡No nos puede hacer nada!
—¿Le ha notado golpes? ¿O que su color es diferente? —le pregunté.
—Sí, en los brazos sobre todo y cada día está más pálida. Pareciera que la muerte la reclama.
Me puse a pensar mientras ellos discutían. Recordé que en el pueblo le pasó lo mismo a una chamaquilla y nuestro tata la curó. Me acabé la cerveza y me levanté.
—¿Me deja ver a su niña? —le dije a la señora en buen plan.
—¿Y tú qué sabes? ¿Eres doctor o qué? —Elías también se levantó y se me puso muy cerca, como si me quisiera pegar.
—Esto no es cosa de médicos.
—¡Creencias de gente pendeja!
—¡Cálmate, Elías! —le gritó la mujer.
—¿De veras usted sabe curar?
—Sí —le dije—. Yo sé de esas cosas.
—Créame que la he llevado con muchos doctores, hasta particulares, y ninguno me ha sabido dar respuesta. Vamos, pues. No pierdo nada con que usted la vea.
Y pues me llevó a su casa en Tláhuac. Pasé a ver a la niña y sí, estaba bastante mal. Pareciera como la niña de la película esta “El aro”: blanca, blanca, con el pelo negro, negro para enfrente, con moretones en las piernitas y los bracitos. Le hablé y me miró muy feo, como si estuviera endemoniada. Le pedí a Elías que se saliera del cuarto. Se enojó mucho más que cuando me ofrecí a ver a su hija, pero se salió mentando madres.
—Mija, este señor te va a curar —le dijo su mamá.
—¿De veras, mamá? —preguntó la niña.
Para ese rato su mirada se le cambió a algo más normal.
—¿Ya no se me van a venir los gatos encima? —me preguntó la niña.
—Pues vamos a hacer lo posible —le contesté—. Acuéstate en tu cama, así como estás.
Cuando se acostó, accidentalmente se le alzó un poco el shortsito negro que traía puesto y le alcancé a ver unas marcas como de dedos arriba de las piernas, casi en el muslo. Le dije a Pilar que le alzara más la ropa y, aparte de las marcas, había golpes. Pedí tres huevos criollos, alcohol, ruda, albahaca y pirul. Me salí junto con la señora y vi a Elías en el marco de la puerta fumando, muy quitado de la pena. Pilar lo mandó por las cosas y él, de mala gana, salió a la calle. Me quedé afuera y al rato llegó Elías. Se me quedó viendo como con desprecio.
—No hubo huevos criollos. Nomás de los normales.
—No le hace. Sirven para lo mismo.
—¿Quién te enseñó?
—Mi abuelo. No sé si era brujo, pero de que sabía, sabía.
—Bueno, pues ya veremos.
Entramos juntos al cuarto de la niña. Encima de una mesita puso las cosas. Cuando me acerqué a tomar las hierbas, empezó a oler como a drenaje, pero horrible, tanto así que me mareó el aroma. Mojé con un poco de alcohol mi mano y la acerqué a la nariz. Armé el manojo, le eché alcohol, me persigné y empecé a ramearla por todo su cuerpito. Desde arriba hasta abajo. Bien, bien rameada. Mientras rezaba un Padre Nuestro, me andaba mareando, ya no por el olor, sino por la vibra que se andaba quitando. Después le pasé los tres huevos, de uno en uno. Ahí me vinieron más mareos, pero logré acabar.
—¿Tienes gasolina? ¿Petróleo? ¿Algo fuerte para quemar? —le pregunté a la señora.
—Sí —me dijo. Me llevó gasolina, una caja de cerillos y salimos a la calle.
Puse los tres huevos en triangulo, eché suficiente gasolina. Les pedí que se alejaran un poco para que no les cayera llama. Elías se quedó en la puerta de nuevo, fumándose otro cigarro. Prendí un cerillo, lo aventé y en cuanto prendió, la lumbre se alzó alto, muy alto y los huevos empezaron a tronar, como si anduvieran echando balazos.
Cuando acabó de tronar, a lo lejos se escuchó unos gritos, pero fuertísimos, como si alguien se estuviera quemando. Nos sorprendimos mucho, la sincera verdad. Ardió por mucho tiempo eso y hasta remolinos se hacían y eso que no había aire. Yo nomás rezaba. Ya que se quemó bien todo, fuimos a ver a la niña. Estaba dormidita, pero el color le volvió. Fui todavía a curarla unas tres o cuatro veces.


—Pero no fue ese día. Fue más después, que llegaste al día siguiente —interrumpió mi tía.
—Espérate, mujer. Esto nomás fue un… ¿cómo le llaman a esto? Cuando quieres explicar antes…
—Un preámbulo, tío… —le dije yo. Volví a dar un sorbo a mi vaso.
—Ándale, un preámbulo a lo que pasó esa vez:


Varias noches después, Elías volvió a la casa a tomar. Ya andaba más calmado. Me llamó aparte, ya bien borrachos.
—Te voy a invitar a una fiesta, como agradecimiento por la curada de mi hija.
—No fue nada —le dije yo—. No te preocupes. Es más, hasta creí que no te importaba tu chamaca.
—Pues ya ves, uno que le anda jugando al descreído. Ándale, no me desprecies. Nos la vamos a pasar bien —me dijo.
Y pues le dije que sí. Nos fuimos caminando de Xico. Caminamos casi una hora. Empecé a ver que nos alejábamos de la colonia. Nomás veía las casas allá lejos con sus lucecitas bien chiquitas. Llegamos como a un desierto.
—¿Cuánto falta? —le pregunté. Ya andaba cansado.
—No mucho —me dijo—. Es nomás aquí adelante. Ya mero llegamos.
Bueno, seguimos. Ya llegamos a un cerro. Había unas cuantas casitas en la base. Caminando más derecho, vi como una cueva que se metía adentro del cerro. Se miraba una luz, pero como roja y en la entrada, un montón de muchachas bonitas. Entramos, nos acercamos a la barra, él pidió cerveza y tomamos otro poco. Una de las muchachas se me acercó y me dijo que si no le invitaba una cerveza. Le hice seña de que se fuera, que no tenía dinero. Andaba muy cansado y me quería ir, pero Elías me dijo que nada más nos acabábamos esa cerveza y me llevaba de regreso.
Como a la hora ya nos salimos los dos. Empezamos a caminar de regreso y cuando andábamos por el desiertito ese, empezó a oler como a quemado. Caminé otro poco y, luego, luego, salieron de la nada unas llamaradas bien altas y como a unos metros enfrente de mí, una lumbrada como de dos metros de alto, pero bien roja. Todo alrededor se veía. Sentí que alguien estaba tras de mí y que me agarra del cuello con su brazo.
—¡Ahora sí! ¡Te voy a matar, brujo jijo de la chingada! —por la voz, reconocí que era el papá de la niña. Inocentemente caí en una trampa.
—Yo no te he hecho nada. ¿Por qué me quieres matar? —empecé a escuchar muchas voces, pero muchas, como si estuvieran cantando en la iglesia.
—Ahora te voy a mandar con el Hermano… —me dijo.
Al otro lado de la lumbre, vi sombras, pero de a madres. Estaban encapuchadas y nomás se les veían los ojos rojos, eran como del color de la sangre. Como pude me le zafé y corrí. Hasta la borrachera se me bajó. Conforme me alejaba, las voces se escuchaban más y más lejos. Cuando vi casas, empecé a tocar las puertas, pero nadie me escuchó. Me escondí en una barda. Yo nomás oía los gritos de aquel: «¡Sal, brujo jijo de la chingada! ¡Te voy a matar! Hijo de tu puta madre, ¡sal que te mato!». Y pues no salí y no salí, hasta que ya no lo escuché.
Corrí viendo hacia atrás, hasta que llegué como a una carretera. Fácil eran las tres de la mañana. No tenía ni un peso y no pasaban carros para la ciudad. Anduve un buen tramo, hasta que me encontré con una pareja de viejitos en una carretita jalada por dos burros. Andaban los dos de blanco, pero la señora traía un rebozo azul cielo que le tapaba la cabeza, pero se le veía la cara.
—¿Qué andas haciendo a esta hora, hijo? —me preguntó la señora.
—Me quisieron matar. Ando perdido —le dije.
—¿Para dónde vas? —me preguntó el señor.
—A Tláhuac.
—No mijo. Tláhuac está pa’l otro lado. Camínale pa’allá y llegarás a Tláhuac.
—Gracias.
—Que Dios te cuide —me dijo la señora.
Me fui para donde me dijeron. De rato volteaba y ya no los vi, ni se oía el ruido de la carreta. Se fueron para el silencio. En ese momento ni me importó. Luego vi una panadería. Ya tenía la luz prendida. Me acerqué a tocar y no me quisieron abrir. A lo mejor me vieron desde la ventana y pensaron que les quería robar. Seguí caminando y como a la hora vi una luz. Era una combi. Le hice señas y se orilló. Creí que se pasaría de largo.
—¿Qué te pasó?
—Me quisieron matar.
—¿Y eso?
—No lo sé.
—¿Para dónde vas?
—A Tláhuac.
—¿Y de ahí?
—A Xico.
—Súbete, te llevo.
Y me llevó hasta la base para agarrar el carro a Xico. Cuando me bajé ahí, me dio dinero para pagar el transporte a la casa. Ya andaba amaneciendo. Llegué casi a las siete de la mañana.
—Ya llegué, gracias a Dios. Bendito Dios que ya estoy en mi casa.
—¿Tú qué traes que andas bendiciendo tan temprano?
—Ya llegué, mujer —me quité la chamarra y me acosté—. Abrázame, por favor.
—No, vete para allá. Andas muy frio.



—Ese día que entró al cuarto, lo vi blanco, blanco. Y le toqué la mano y estaba fría, fría, peor que muerto —dijo mi tía mientras soltaba una risita y tiraba la basura de la manzana.
—¿Y en qué acabó todo eso? —preguntó mi papá.
—Resultó que Elías estaba abusando de la niña, por eso los moretones en las piernas. Y aparte, me dijo Pilar después que, a los días, llegó una mujer toda quemada a su casa a pedirles perdón. Ella confesó que Elías la buscó para hacerle un trabajo a la niña para que la mamá no se enterara de las barbaridades que este cabrón le hacía.
—Pero también a él le fue mal —dijo mi tía—. Como a los dos meses, lo encontraron muerto bajo un puente. Según, que por sobredosis de droga.
—Eso dicen, mujer. Cuando haces el mal se te regresa y al doble. Yo por eso nomás le pido a Dios —volvió a levantarse la gorra— que nos vaya bien. Este mundo está lleno de maldad.
Mis tíos se irán mañana. Una verdadera lástima. Estoy seguro que como esta, tienen más historias, pero ya no me tocará oírlas hasta que ellos vuelvan. Espero que se animen a volver.

Los últimos pasos del amor


Por Javier Huaman


Lo que importa no es lo que te sucede, sino cómo lo llevas”

Séneca

Se había puesto su vestido más elegante, por la ciudad lucía sus finísimos zapatos, haciendo sentir con sus tacones firmeza y seguridad. Por donde iba enamoraba a más de un semental, pero ella no respondía a esas miradas lascivas y dándoles la espalda, disipaba alguna oportunidad amatoria.

Al llegar a su destino, indicó que tenía cita programada. Unos minutos después, la puerta del consultorio se abrió, ella ingresó con su elegante andar.

El doctor miró a contraluz las tomografías, leyó el informe médico y dio su diagnóstico con un tono a sermón rutinario:

―No hay nada que hacer, esto es irreversible, lo siento señora.

―¿Cuánto tiempo? ―preguntó ella, tratando de ser valiente.

―Seis meses, y le aconsejo que para entonces ponga en orden todos sus asuntos ―fue una frase imperativa.

Ella se quedó pensativa unos instantes, para luego marcharse, dejando en el aire del consultorio el aroma de su perfume.

Una vez en casa, ella cruzó la gran sala y corrió las cortinas; tras las ventanas, pudo ver el jardín y el ocaso de aquel inolvidable día. «Se muere el sol, se muere el día, me muero yo», pensó. Llevó a sus delgados labios un vaso de Gin & Tonic; poniendo el codo sobre la chimenea de mármol, y cuidando siempre; de no manchar unos papeles mecanografiados sobre el escritorio.

Sintió su vida flaquear, pronto viviría con un dolor agonizante. No quiso ponerse melancólica ni tampoco llorar, trató de ser de hierro, como le había enseñado su padre, pero no pudo, la cruda realidad era innegable. Se moría.

«Cómo es la vida, a mi mediana edad me viene a dar esta enfermedad, yo que todo el tiempo me cuidé, no lo entiendo» Dijo en la soledad de la habitación. Sacó un espejo de su bolso, todavía mantenía su hermosura, y así se la imaginaría siempre, incluso cuando llegue su hora final. Probó una copa más y siguió reflexionando: «En el colegio, la maestra decía, que todos los días muere una célula de nuestro cuerpo, sí, tenía razón, pero en mi caso son miles de células; y esto me empuja ante el inevitable fin».

El esposo llegó para saber cómo estaba su mujer, la encontró en la sala viendo la noche; y el rostro de la luna triste se ocultaba entre las nubes, impotente de consolarla. Ninguno de los dos habló, al cabo de unos instantes, sin perder su garbo; ella volteó a mirarlo, hubo cierta tensión, como en una pelea de gallos.

Ella dejó el vaso en el escritorio y le dijo:

—Hoy estuviste muy profesional en la consulta, tu diagnostico me sorprendió y aún trato de asimilarlo; pero lo que más me llamó la atención, fue tu frase: “le aconsejo que para entonces ponga en orden todos sus asuntos”. Escúchame querido, esos “asuntos” ya los puse en orden.

Y agarrando las hojas mecanografiadas, las aventó en la mesa:

—Son los papeles del divorcio, hoy los he firmado, ¡Vamos! ¡Cógelos! ¿No es eso lo que tanto querías? —exclamó, al mismo tiempo que se arrepentía de no haberlo hecho tiempo atrás.

Él quiso decir algo, pero ella con un ademán de que no la interrumpiera, continuó:

―En este momento de mi vida, solo puedo cargar una cruz, y esa es mi enfermedad. Y añadió una frase estoica: “No tenemos poco tiempo, sino que perdemos mucho”. Y nuestro amor hace años que se perdió.¡Así que se acabó! Me marcho a disfrutar y resistir lo que me queda de vida; toma las llaves si quieres, y no me jodas más, ¡Adiós!

La puerta se cerró bruscamente, y solo quedó el eco del sonido de sus tacones.

La filosofía interminable de Ende: el grito que destroza la barrera ontológica

Roberto Carlos Garnica Castro


Silfos nocturnos, fuegos fatuos y comerrocas, una tortuga gigante, un monstruo proteico y un dragón de la suerte, oráculos y esfinges, hombres lobo, brujas y vampiros, tres niños (una emperatriz, un héroe y un lector apasionado), y muchas otras criaturas fantásticas, hacen de La historia interminable un impulso para soñar y viajar.

Es también un texto que estimula el pensamiento. ¿Me acompañas a desentrañar sus tesoros filosóficos?

El grito que destroza la barrera ontológica

En Ygrámul el Múltiple (cuarto capítulo de La historia interminable) Atreyu, dejando atrás el Pantano de la Tristeza, se interna en las Montañas Muertas, “un desierto de piedra en el que no había un ser vivo… ni siquiera los buitres que suelen seguir a los caminantes perdidos” (Ende, 2022, p. 77). Sabe que si sigue avanzando se encontrará en el Abismo Profundo con Ygrámul el Múltiple, terrible criatura que adopta innumerables formas y posee un veneno que, aunque mata en una hora, “da también a quien lo recibe la facultad de trasladarse al lugar de Fantasia que desee” (Ende, 2022, p. 86). En un intento desesperado por llegar al Oráculo del sur, Atreyu se deja envenenar.

Además de la historia, que es fascinante, el Capítulo IV aborda varios tópicos filosóficos: la desesperanza y la pérdida del impulso para continuar, el compromiso con los demás, la relación entre lo real y lo imaginario, la exigencia de que el que gobierna respete la esencia de los seres, etc. En esta quinta entrega de La filosofía interminable de Ende, nos sumergimos en dicho apartado para reflexionar en torno a la conexión subyacente entre el libro y la realidad exterior.

El trueno que provoca esta filosófica reacción en cadena es un grito que proviene de otro mundo. Esta es la escena:

Atreyu camina al borde de un gran abismo y se encuentra con una gigantesca telaraña que cuelga de un extremo a otro. Atrapado en sus hilos hay un majestuoso dragón blanco y, mortificándolo, una extraña criatura compuesta de innumerables bichos azules que cambia continuamente de forma: “tan pronto parecía una araña gigante de grandes patas, muchos ojos ardientes… como se convertía en una gran mano de largas garras… y al momento siguiente se transformaba en un gigantesco escorpión negro” (Ende, 2022, p. 82).

Ygrámul, la bestia proteica que ataca al dragón de la suerte, siente la presencia de Atreyu y “da la vuelta con la rapidez de un relámpago, y su aspecto era horrible: ahora era sólo un rostro gigantesco de color azul acerado, con un único ojo” (Ende, 2022, p. 83).

En ese momento Ende cambia la tinta verde por la púrpura y apunta: “Bastián lanzó una pequeña exclamación de horror” (Ibidem.). Y, retomando el verde en el siguiente renglón, relata cómo “un grito de horror resonó en la garganta ­­­­­[de la montaña], rebotando de un lado a otro como un eco” (Ibidem.). Todos se sorprendieron porque no había alma humana que pudiera emitir sonido alguno en cientos de kilómetros a la redonda.

Un paréntesis: recordemos que La historia interminable está escrita en dos tintas: “en púrpura se narra lo que ocurre en el mundo real de Bastián y en verde lo que sucede en el mundo imaginario de Fantasia” (Garnica, 2024a). Y aunque ambos mundos conviven en “el no-lugar del lenguaje” (Foucault, 1968, p. 2), de acuerdo con la lógica interna del libro se trata de dos dimensiones insalvables.

Así pues, con un grito que nace en el “mundo real”, pero que se escucha en el “mundo imaginado”, Ende destroza una barrera ontológica.

Con la breve exclamación de horror de Bastián, La historia interminable se convierte en libro-rizoma que distribuye “en una sola página, en una misma playa: acontecimientos vividos, determinaciones históricas, conceptos pensados, individuos…” (Deleuze y Guattari 2002, p. 15), “no es una imagen o representación del mundo, sino que hace rizoma con él” (Garnica, 2020, p. 141). Como sugerimos en La infinitud exponencial del libro rizoma: el relato sin fin de Ende, al “estar escrito en dos tintas que jerarquizan ontológicamente lo narrado, sigue los principios de conexión y heterogeneidad y saluda al mundo exterior” (Garnica, 2024b).

Finalmente, iluminado por un relámpago de metaconciencia, Bastián, quien hasta el momento se considera un lector pasivo al margen de la historia, se cuestiona si los personajes del libro pudieron escuchar su grito, pero el sentido común le advierte: “No es posible” (Ende, 2022, p. 84).

Y tú, ¿de qué manera te conectas con el relato y con esta reflexión?, ¿qué ocurriría si agregas un comentario al final de este escrito?, ¿podría escucharte?

En esta entrega no abordamos todas las cuestiones filosóficas que se tocan en el Capítulo IV de La historia interminable. Ya habrá ocasión para hablar de ellas. Pero queda claro que tratamos con un libro fantástico y peligroso que amenaza, mi querido lector, con convertirte en un personaje más del libro… “pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión” (Ende, 2022, p. 37).

Créditos de la imagen:
«Trato con la oscuridad por una luz de esperanza» ilustración de: Tomás «Yami» Hernández.

Referencias.

Deleuze, Guilles y Guattari, Félix (2002). Mil mesetas. Pre-Textos.

Ende, Michael (2022). La historia interminable. Alfaguara.

Foucault, Michel (1968). Las palabras y las cosas. Siglo XXI.

Garnica, Roberto (2020). Elementos para una escritura y una antropología rizomáticas. Cuicuilco Revista De Ciencias Antropológicas, 26(76), 129–151. Recuperado de https://revistas.inah.gob.mx/index.php/cuicuilco/article/view/15464

Garnica, Roberto (2024a). La aventura de la recursividad, en La filosofía interminable de Ende. Colectivo Delfos. Recuperado de https://colectivodelfos.com/2024/10/06/la-filosofia-interminable-de-ende-la-aventura-de-la-recursividad/

Garnica, Roberto (2024b). La infinitud exponencial del libro rizoma, en La filosofía interminable de Ende. Colectivo Delfos. Recuperado de https://colectivodelfos.com/2024/11/17/la-filosofia-interminable-de-ende-la-infinitud-exponencial-del-libro-rizoma/

«Ojo de pez» (portada del Fanzine Delfos 5)

Violeta Juárez


«Ojo de Pez.»
Grabado en linóleo.
Violeta Juárez
2016.

Violeta Juárez
ARTISTA GRÁFICA
Diseñadora de la Comunicación Gráfica por la UAM y Maestría en curso de Artes Visuales con especialidad en Grabado en Posgrado de Artes y Diseño FAD-UNAM, Estancia Académica e investigación en la Universidad Politécnica de Valencia, Taller de Buril en La Universidad Politécnica de Valencia.
Incursión en diversos talleres como: talleres libres de Serigrafía Artística y Grabado en Academia de San Carlos UNAM, taller de Litografía en La Ceiba Gráfica A.C., Taller Veta Gráfica y Taller Nacional de la Universidad de las Artes de Aguascalientes.

Ha participado en diversas Ferias de grabado a nivel nacional e internacional
como La Guelaguetza Gráfica ‘19, el Salón de Mini Estampa ‘18, el Encuentro de Gráfica Libre e Independiente en Guadalajara, La Feria Nacional e Internacional de Grabado en Aguascalientes en diversas ediciones, Tianguis C.A.C.A.O. de la UNAM en Oaxaca, Exposición Mujeres Mexicanas México – UK, en Newcastle Inglaterra, así como reseñas culturales en la revista “Nolyx Anitnegra” de la Sociedad de grabadores Xylon de Argentina y publicación de imágenes en revistas y suplementos de periódicos como “La Soldadera” de Zacatecas,
referentes a la cultura y el arte en México Ha participado en diversas exposiciones colectivas, e intercambio de obra a nivel nacional e internacional.

Violeta Juárez.

LA PALABRA DE LOS ABUELOS: «Juan Aktsin, el que retumba en el fondo del mar»

Por Roberto Carlos Garnica Castro


La escritura es mágica y en este preciso instante puedes “oírme” gracias a su poder, pero nunca hay que dejar de abrevar de la ancestral sabiduría oral.

En Papantla, cuna de la hermana vainilla, viven muchos abuelos que desean compartir sus historias.

Aquí, en La palabra de los abuelos, recupero algunas de esas narraciones y las reelaboro de manera literaria.

En esta ocasión, te presento un mito meteorológico que me compartió el maestro Antonio Pérez Jiménez.

Juan Aktsin, el que retumba en el fondo del mar

Era 24 de junio al mediodía. De algún modo los animales y los sabios sentían en sus cuerpos la transición de la primavera al verano. La pequeña Sen (Lluvia) y su abuelo Kiwíkgolo, el Señor del monte, caminaban bajo la mirada del poderoso Chichiní (Sol).

—Abuelito, ¿es cierto que siempre llueve el día de San Juan? —inquirió Sen.

—Así ha sido desde tiempos inmemoriales —sentenció Kiwíkgolo.

—Pero, no está ni un poquito nublado.

—El andar de Kgatuxawat (la Naturaleza) es misterioso, mi río celeste.

En ese momento se escuchó un terrible estruendo que hizo brincar a Sen.

—¡Son truenos de tormenta abuelito!

—No, es el rugido de Juan Aktsin que está encadenado en el fondo del mar.

—¿Hablas del Señor del agua y el trueno? —preguntó asombrada.

—¿Quieres qué te cuente cómo amarraron a Juan Aktsin y lo exiliaron en el fondo del mar?

A Sen le brillaron los ojitos pues supo que sus tres corazones serían alimentados con bellas palabras.

—¡Sí, abuelito!

—Escucha mientras seguimos adelante.

Y fue así como, mientras los abrazaba el corpulento Chichiní y una nube gris florecía en el horizonte, Kiwíkgolo narró esta historia:

***

«Juan Aktsin era el aprendiz de los dioses y vivía con ellos. El pequeño nunca supo de dónde vino ni cuándo nació.

Un día que los dioses debían salir le encargaron el lugar.

—Nosotros no estaremos durante un tiempo. Por favor, cuida la casa —le dijeron.

Le hicieron muchas recomendaciones y, de manera especial, le advirtieron:

—Juan, por ningún motivo te acerques a este baúl.

Pero Juan Aktsin era muy curioso y no respetó la prohibición. No sólo se acercó al baúl, sino que lo tocó, lo abrió y hurgó en sus entrañas.

Allí descansaban una misteriosa capa y una espada brillante.

Se puso la capa y empezó a volar. Atravesó las nubes. Nunca había experimentado una emoción tan grande. Se sentía el Señor del cielo.

Entonces levantó la espada plateada y la agitó. Hasta el más leve movimiento de la poderosa punta producía un relámpago. A Juan le divirtió mucho eso: ver las luces multicolores, oír los ensordecedores truenos. Pero esa imprudencia abrió de par en par las compuertas del cielo y desató las tempestades prohibidas; el agua, el aire y el fuego amenazaban con destruir la tierra.

Cuando los dioses regresaron, se dieron cuenta del trascendental peligro y se preocuparon. Intentaron detener al travieso Juan, pero nadie pudo hacerlo.

La única persona que quizá podía evitar la catástrofe inminente era la Virgen.

—¿Podrías detener al chamaco? Sólo a ti te obedece —le rogaron.

—Veré qué puedo hacer —anunció Ella.

Sin embargo, Juan Aktsin tampoco le hizo caso a la Virgen, se había fundido con la capa y la espada.

Como último recurso, Ella le prometió:

—¡Tranquilízate, Juan! Si dejas todo eso, te regalaré uno de mis preciosos cabellos.

El joven aceptó; se quitó la capa y entregó la espada.

Entonces la Virgen se arrancó el cabello más largo y negro y se lo ofreció a Juan Aktsin.

Al muchacho se le encendieron los ojos y se le alegró el corazón. Pero en el momento que tomó el cabello éste se convirtió en irrompibles cadenas que lo sujetaron con fuerza.

Así apresado, los dioses lo arrojaron al fondo del mar.

—Allí te quedarás, Juan, hasta que descubras cuándo cumples años —lo sentenciaron.

Desde entonces, los días señalados, Juan Aktsin grita y pregunta cuándo es el día de su cumpleaños, pero ninguno de los dioses se lo revelará. No pueden liberarlo porque tomará otra vez la capa y la espada y provocará destrucción. No lo hace por maldad, sino por juego y diversión, para él las luces de los relámpagos y el ¡brooom!, ¡bruuum! de los truenos es pura fiesta».

***

—Y fue así, mi niña, como Juan Aktsin fue atado con cadenas y exiliado en el fondo del mar. Y cuando se escucha un fragor que parece trueno, incluso los días en los que el cielo está despejado, el grito no viene de arriba sino del fondo del mar, es Juan Aktsin que quiere saber cuándo es el día de su cumpleaños.

—¿Y cuándo cumple años, abuelito?

—El 24 de junio.

—Estoy un poco confundida, esta historia me recuerda la de Tajín y los siete truenos, ¿Juan Akstin es Aktsini-Tajín?, ¿es San Juan?, ¿quién es la Virgen?

—Sen, mi hermosa niña, ésas son otras historias y deben ser contadas en otra ocasión.

Agradecimiento:

Al maestro Antonio Pérez Jiménez, por compartirnos la historia de Juan Aktsin.

Crédito de la imagen:

Espartaco Garnica García. «La espada de Juan Aktsin»