Bitácora de la doctora Xóchitl

´La Criatura´, acuarela, lápiz y lápiz de color, 40x30cm, Iván Ambrouken, 2025, $1690

Miguel López González


Hospital San Rafael

Turno: Vespertino

8:30 a.m. – Consulta, masculino, 37 años.

Nombre del paciente: Víctor Castro Álvarez.

Motivo de consulta: Dolor agudo en el flanco izquierdo, irradiado hacia la región inguinal. El paciente se mostraba visiblemente incómodo. Describió la molestia como punzante y sumamente dolorosa. Comenzó un día antes y el primer síntoma fue orina con sangre. Sus signos revelaban una hipertensión y febrícula.

Durante la exploración, el paciente señaló que hace un par de años había presentado cálculos renales, pero la situación, sus palabras, no se podía comparar a la de aquella vez.

09:15 a.m. – Hipótesis y estudios:

Análisis de orina: Evidencia de hematuria.

Ultrasonido renal: Presencia de dilatación de la pelvis renal izquierda. Se identificó una sombra acústica, urolitiasis, sin embargo, la sombra posee una morfología atípica, no se parece a algo que haya visto en pacientes o en libros.

Diagnóstico probable: Presencia de cálculos y/o cuerpos extraños; posible litiasis ureteral con obstrucción parcial.

11:45 a.m. – Ingreso del paciente.

Se ingresó al paciente, afortunadamente, había cama disponible. Se administraron analgésicos y antiespasmódicos vía intravenosa, así como suero para mantenerlo hidratado. El paciente expresó: Doctora, ayúdeme por favor. Siento que me desgarro por dentro. Lucía asustado, pude escuchar una leve risa, deben ser sus nervios. Se programó una cirugía para más tarde.

12:27 p.m. – Toma de signos preoperatoria.

La enfermera Laguna, tomó los signos. El paciente mostraba un ritmo cardiaco de 110 latidos por minuto, algo normal dada la situación que experimentaba. Con él se encontraba un colega de su trabajo que funge como contacto de emergencia; se le informó de la situación, sin embargo, solo se limitó a asentir y sonreír.

1:27 p.m. – Cirugía: litiasis renal.

Debido al tamaño, la litotripsia extracorpórea no fue una opción. Se optó por la nefrolitotomía percutánea litiasis renal. Realizar el abordaje percutáneo fue sencillo, rutinario diría sin duda, sin embargo, al introducir el elemento flexible comenzaron los problemas.

Dicho elemento fue introducido con sumo cuidado, como siempre se ha realizado, más grande fue nuestra sorpresa cuando el catéter flexible fue halado hacia adentro del cuerpo del paciente con una velocidad impresionante. El doctor Terrones tuvo que soltarlo pues la fricción quemó sus guantes y ambas manos, tan solo pudo cortar la tira con un escalpelo antes de que toda desapareciera dentro del paciente.

El monitor no mostró nada anómalo, todo era estático salvo la sombra del tubo flexible enrollado en forma de espiral dentro del riñón. La operación no pudo ser llevada a cabo como se planeó; dadas las extrañas circunstancias, se votó por realizar una extracción total del órgano. Al realizar el primer corte escuchamos una risa ahogada, nos miramos los unos a los otros y el anestesista revisó a Víctor, pero este se encontraba sedado.

Terrones trajo el instrumental para laparoscopia, tres tubos con cámaras para maniobrar correctamente. Al realizar las otras dos incisiones la risa se hizo más fuerte, se escuchó cavernosa y líquida; venía del interior de Víctor. La enfermera Cruz, aterrada por lo que escuchó, abandonó su puesto y no puedo culparla, la situación ya poseía tintes inverosímiles; solo quedamos Terrones, García el anestesiólogo y yo.

No fingiré que me encontraba tranquila, no creo que exista una persona con nervios de acero que pudiese mantenerse enteramente calmada ante a lo que nos enfrentamos.Entonces lo vimos, por tan solo unos breves segundos, quizá milésimas, antes de que la cámara fuera destrozada y tuviéramos que retirar el endoscopio. Yo quedé helada, Terrones logró pinchar esa cosa con la aguja de Veress y la escuchamos chillar; fue espantoso y repugnante.

Nos miramos a los ojos, incrédulos de lo que acababa de pasar. Sin embargo, no podíamos dejar al paciente con eso dentro de él. No tuvimos elección, no nos dejó extirparlo con métodos no invasivos. Terrones y yo decidimos hablamos susurrando, no fue intencional, fue una reacción meramente instintiva. Utilizaríamos un método que se califica como salvaje en estos tiempos. Me concentré y dejé atrás mi nerviosismo, puesto Terrones al atacar aquella cosa ya no se encontraba en las condiciones ideales; podía ver en su rostro una expresión de asco, miedo y duda. Considero que yo tampoco contaba con una estabilidad perfecta sobre todo porque aquella asquerosa risa seguía y seguía.

Realicé la incisión correspondiente para la nefrectomía radical. Mi pulso tembló un poco, pero nada significativo que hubiera comprometido la vida del paciente; tal vez dejaría una cicatriz irregular. La sangre fluyó de manera normal, nada extraño, si dejamos de lado la risa de aquello, hasta que llegamos a la zona; tomamos mucha precaución pues si aquella anomalía había podido trozar el instrumento nuestros dedos no le producirían ningún problema. Coloqué los fórceps y lo observamos claramente. Era un riñón, mostraba una sonrisa retorcida y ensangrentada; pudimos distinguir incisivos, premolares y caninos. Mi estómago se comprimió y los pies me temblaron cuando abrió su cavidad bucal para soltar esa risa vomitiva.

Abrimos lo más que pudimos la incisión, el órgano lanzaba mordiscos al azar; Terrones vigilaba aquella criatura, dueña de esa enferma dentadura, con mucho cuidado de que ninguno de los dos fuera presa de sus salvajes mordidas. Tuve que actuar rápido y acepto la culpa por el trabajo tan descuidado realizado en el paciente, sin embargo, a riesgo de sonar repetitiva, la situación desbordaba al equipo. Al finalizar con la última incisión y separar aquella cosa, comenzó a chillar y a reír más fuerte; sentí mis oídos perforados, juro que sentí recorrer esa carcajada por todo mi ser; me descuidé.

Justo cuando lo retirábamos el riñón dio una gran mordida a los tejidos del paciente, vimos brotar su sangre y terminó por romperme. Solté los fórceps con el monstruo y este rodó por el suelo, dejando un rastro de sangre tras él. Doy gracias al cielo que García intervino; tomó un hemostato y apuñaló a esa cosa que se encontraba ahogándose y riendo con la carne de Víctor. Terrones le proporcionó un recipiente redondo para cubrirla.

No sabíamos qué hacer y pensé en el alcohol y grité: ¡Tenemos que quemarlo, ahora!

Corrí por la botella y con mucho cuidado levantamos un lado del cuenco y vertí dentro el líquido, afortunadamente García además de ser un excelente anestesiólogo es un fumador consumado; tomó sus cerillos y le prendió fuego. Aquello se retorcía, gritaba y reía de manera frenética hasta que paró después de unos minutos.

Tuvimos miedo de levantar el recipiente, pues no estábamos seguros de que aquel “ser” estuviera muerto. Terrones colocó todo lo que pudo sobre él cuenco y procedimos a controlar la hemorragia de Víctor para estabilizarlo y revisar el daño que habíamos provocado y la monstruosa mordida que sufrió.

4:52 p.m. – Postoperatorio.

El riñón, el monstruo, no sé cómo referirme a eso, fue llevado por García al incinerador para eliminarlo por completo. Víctor estuvo sedado y monitorizado ante cualquier anomalía. El equipo y yo estuvimos preocupados por la situación, decidimos realizar un reporte normal, pues nadie podría creer lo vivido en la cirugía. El paciente despertó y honestamente desearía que eso no hubiera pasado.

Víctor mencionó encontrarse bien, adolorido como era de esperarse y con una presión extraña en el pecho. Al momento de auscultar, lo escuché. Entre los palpitares, una etérea risa se manifestaba en su corazón. Abandoné la habitación sin decir nada y presenté mi renuncia.

12:43 a.m. – En casa.

No pienso volver al hospital. Aún percibo esa maldita risa, ¿está grabada en mi mente? Rio de nerviosismo…eso es… sólo se trata de nerviosismo.

Colaboración especial de Iván Ambrouken quien ilustró este cuento con su obra «La Criatura».