Colmillos en la Jalisco

Colmillos en la Jalisco

Adriana de Jesús Casas Moreno


Todo comenzó una noche cualquiera en el Parque Rojo. Yo había salido a despejarme porque el WiFi de mi casa se fue, y con él, mi voluntad de vivir. Caminaba como zombi, pero no de los cool de las películas. Yo era más bien un desempleado con acné adulto, o sea: un triste mortal.

Y ahí estaba ella.

Sentada en una banca, como si estuviera esperando desde hace siglos. Vestía de negro, con un corset que parecía sacado de una subasta gótica del 1800. No pestañeaba. No se movía. No parpadeaba. Claramente, pensé: esta morra es arte… o me va a asaltar.

—¿Te perdiste? —me preguntó con una voz tan dulce como la de Alexa, pero más hipnotizante.

—Eh… no. Bueno, un poco sí. De la vida.

Sonrió. Sus colmillos, largos y afilados, brillaron con la luz de la farola. Pero mi mente, en su infinita negación, decidió ignorarlos como ignoro las notificaciones del SAT.

—Soy Vanessa. ¿Y tú?

—Ulises, como el del libro. Pero sin barco. Ni gloria.

Esa noche hablamos horas. De literatura, de la muerte, de cómo los mangos con chile del parque Rojo están sobrevalorados. Todo muy normal, salvo porque ella nunca parpadeó ni una vez. Tampoco respiró. Yo, por supuesto, no le di importancia. Estaba ocupado enamorándome.

Pasaron varias noches. Un día, Vanessa me invitó a su casa en la colonia Jalisco. «Vive con su abuela», pensé. «O con gatos.» Lo que no pensé es que viviría… en un ataúd.

—¿Ese es tu… clóset horizontal? —pregunté, fingiendo calma mientras veía el sarcófago tapizado en terciopelo rojo.

—Es mi lecho eterno —respondió mientras se quitaba los botines. ¿Quién se quita los botines para meterse a un ataúd? Ella.

—¿Eres…? —no me salían las palabras. Ni la saliva.

—No muerta. Vampira. Vampiresa, si prefieres el término con perspectiva de género.

Yo, que hasta entonces solo había lidiado con exnovias pasivo-agresivas, estaba ante una mujer que dormía en ataúd y tomaba sangre. Y sin embargo, le dije:

—Muérdeme.

—¿Estás seguro?

—Mi única otra opción era volver con mi ex o trabajar en un call center.

Esa noche me mordió el cuello con ternura y firmeza, como quien da el primer beso pero también te chupa el alma. Cuando desperté, tenía colmillos, sed de sangre… y una inexplicable necesidad de burlarme de los humanos.

Desde entonces, Vanessa y yo nos convertimos en los Bonnie y Clyde vampíricos de la colonia Jalisco. Nadie sospechaba. Con nuestras chamarras negras, parecíamos pareja darks saliendo del Salón Guadalajara. Pero en realidad, estábamos cenando.

Nuestro menú: transeúntes imprudentes, amantes distraídos, y ocasionalmente, vendedores de seguros. Para despistar, les robábamos la cartera después del mordisco, así los medios decían que fue «la maña». Pero la verdadera maña éramos nosotros: dos muertos vivientes con problemas de control de impulsos.

El tiempo pasó. Llegaron los tianguis navideños. ¡Benditos sean los buñuelos y las multitudes! Para nosotros era como un bufet nocturno: luces de colores, posadas, niños cantando villancicos mientras nosotros cazábamos en silencio.

Yo me encargaba de los que se quedaban atrás, tomándose selfies con inflables de Santa Claus. Vanessa era más poética: elegía a quienes compraban piñatas de Hello Kitty. “Nadie que compre eso merece vivir”, decía, mientras les daba el beso final.

A veces nos escondíamos entre los puestos de luces LED y películas piratas. Escogíamos bien. Nada de niños ni ancianos. Solo adultos medio tontos. O sea, bastantes.

Y así, en cada banqueta húmeda de la colonia, dejábamos cuerpos exangües con cara de haber visto algo más feo que el recibo de la luz.

Nunca nos atraparon.

Una noche, mientras descansábamos en el techo de una casa de lámina, Vanessa me miró con esa mirada que solo los muertos saben dar.

—¿Te arrepientes?

—Solo de no haberte conocido antes. Cuando todavía tenía seguro médico.

Nos reímos. Un perro ladró. Una sirena de patrulla pasó de largo. Ahí seguimos. Enamorados. Eternos. Raros.

Si alguna vez visitas la colonia Jalisco de noche y ves dos sombras besándose cerca del tianguis… corre.

O mejor quédate. Puede que te toque un beso que dure para siempre.