Trayectoria circular

Trayectoria Circular

Por Omar Flores


Cesó mi andanza:
el alma hueca,
el cuerpo solo.
La casa en duelo.
Y en el sepulcro,
unas palabras
que se me ahogaron.
Aline Pettersson, Cautiva estoy de mí.

Días y noches corriendo sin descanso. Hace tiempo que no sueño. Todo es un puro abismo; un desligarse del mundo hasta que algo me devuelva a él. Hoy fue el zumbido de una mosca que huye al primero de mis manotazos. Todavía la oigo chocar contra las ventanas.
Limpio mis lagañas mientras abro el refrigerador. Reviso la caducidad de la leche: es hoy, mejor terminarla de un trago. Encuentro una nota sobre la mesa. “Fui a hacer unos pagos, regreso al rato. Dejé tus roles en la cocina.” Son míos porque me gustan, mamá lo sabe.
El sabor de la canela se cuela entre las horas frente al televisor. El reloj me chista desde una de las paredes para que lo mire con desgana. “Cinco para las tres. ¿Dónde andas, mamá?”

“El número que usted marcó no está disponible”, cada llamada rebotada por el contestador vuelve el aire más delgado. Me visto con lo que haya de ropa sobre la cama. Ato los cordones de mis tenis y, antes de abrir la puerta, tomo una foto de ella: era joven entonces. Me sostiene en brazos y está sonriendo.
El mundo inunda mi vista al salir de casa. En sus olas se deforman los cuerpos, las calles se tuercen y el miedo brota como espuma. Acelero el paso para no sentir que me hundo en el pavimento. Sigo sus grietas cómo si fueran las rutas de un mapa pero no reconozco nada. No hay a dónde ir.

La tarde se cae a pedazos y yo sigo sin encontrarla. Todas las casas parecen deshabitadas pero las calles no. Las calles están atestadas de piernas, hombros, pasos, voces y rostros que se destiñen en cuanto los miro por no ser el suyo. Pregunto si la han visto. No, nadie, es menos que un fantasma para ellos.
Papá me llama pero no respondo. El celular resbala entre mis manos temblorosas. Sólo al sentarme sobre el suelo después de recogerlo, contesto:

—Apenas voy saliendo de la fiscalía, ¿no ha llegado?

—No.

—¿Nadie te ha marcado?

—Nadie.

—¡¿Por qué la dejaste ir sola?! ¡¿Por qué no la acompañaste?!

No sé, ¿por qué?¿Qué hice mal?¿Fue mi culpa?¿Por qué se la llevaron? ¿Por qué no me la devuelven?¿Por qué no me dicen dónde está?

Miles de pasos por una colonia imperturbable ante su ausencia. La boca agria, el cuerpo pesado: no puedo más. Adentro crece la noche horadando estas paredes que ya no la guardan. Afuera, un cielo desierto de santos para rezar por su nombre.

Un malestar retumba en mi cuerpo. Sacude mis huesos hasta acurrucarme entre las sábanas. Siento rasgarse mi alma y cómo de ella caen los recuerdos sobre la almohada. Soy yo escuchándola cantar en la cocina; yo haciéndole un café; yo despidiéndome de ella antes de subir al camión; yo molesto por sus sermones; yo pidiendo perdón por una mala respuesta; yo riéndome de sus imitaciones sobre mis gestos; yo cargando sus bolsas en un día de mercado; yo tomando su mano antes de entrar a la escuela; yo detrás de su espalda al ver una película de horror; yo dándole un beso antes de ir a dormir. Y sé que entonces había un nosotros; ahora, ya nunca.


La noche se desgaja con el silencio entre sus brazos. Lentamente, la mañana se abre. Entonces escucho el primero de los golpes. Rápidos, con un zumbido detrás de ellos, resultan muchos como para contarlos. De pronto, el zumbido está sobre mi oreja y yo, con el sueño sobre los párpados, lo ahuyento como puedo. Cuando al fin se larga, ya estoy despierto. No soñé, hace tiempo que no lo hago.

La mosca sigue por ahí, atrapada entre las cortinas de la casa. En su contienda contra las ventanas descubro mis pasos frente al refrigerador. Lo abro mientras limpio mis lagañas. Tomo uno de los cartones de leche y reviso su caducidad: es hoy, mejor terminarla de un trago. Sobre la mesa hay una nota: “Fui a hacer unos pagos, regreso al rato. Dejé tus roles en la cocina.”

Enciendo la tele. Brinco de un canal a otro mientras muerdo los roles. Reportajes, caricaturas, comerciales pero sólo uno me llama la atención. Me detengo en un canal donde una pareja abre la pista con una salsa mal ejecutada. La cámara hace lo menos posible por enfocar sus cuerpos. Torpes y lentos, intentan deslumbrar a la audiencia. No lo logran.

En las comisuras de los cuatro jueces se marca el tedio. Miran con frialdad y en los brazos entrecruzados transmiten la rigidez de su juicio. A mamá le gustaría esto. A la hora de calificar el baile, ninguno de los jueces se tienta el corazón. La crítica es dura y la pareja no tiene de otra más que aguantar. Una de las conductoras lleva su mano derecha al oído e inclina la cabeza dando a entender que está recibiendo un mensaje de último momento. A pesar del bajo puntaje, por solicitud del público, la pareja se ha salvado.

“¡Ay, qué no mamen! Ni saben bailar”, las palabras resuenan por toda la casa. Son de ella, eso diría si estuviera viendo esto. Lo dijo alguna vez. Siento mis comisuras caerse pero las manecillas del reloj impiden el resto. Están atascadas sobre una hora: “Cinco para las tres. ¿Dónde andas, mamá?”.

La casa quedó en silencio. Papá y yo no pudimos ser los mismos de siempre. Sabía que dentro de él se ahogaba un sollozo repleto de reclamos contra mí pero no decía nada. Todo lo guardaba dentro de sí cuando se encerraba en su cuarto a saberse viejo e inútil.

¿Qué tipo de pésame se le da a quien espera a su desaparecido? ¿Qué consuelo hay para nosotros? Mi familia no tenía la respuesta. Todo lo que hacían era sentarse a mi alrededor, verme de lejos y adivinar el momento de mi llanto. Algún valiente se acercaba a mí para rodear mis hombros con su brazo. «Conozco una psicóloga en tal…», «En tal… hay un grupo de ayuda», «En la página tal… dice que puedes hablar con». De tanto insistir, terminé cediendo.

Una de ellas hablaba con la voz entrecortada. Su hijo era un desaparecido. Salió de la secundaria y le permitió regresar solo porque “quería darle chance de sentirse grande”; una culpa terrible. A otro, fue su abuela: iba en dirección al departamento de una vecina para celebrar su cumpleaños y, a dos calles de su edificio, se la llevaron. A otra, fue su amiga: dejó que se volviera sola a casa porque ella no quería irse de la fiesta en la que estaban. No llegó nunca y ella todavía le manda mensajes por si de milagro contesta.

Quien guiaba al grupo me miró un momento. Dijo mi nombre e insistió en que estaba en un lugar seguro. “Todos aquí tenemos un desaparecido. Sabemos cómo te sientes, puedes hablar con nosotros.” Pero nada. Los labios inertes dejaron crecer un silencio largo al que lo siguió un “No estás solo” y alguien más continuó la plática.

No quería la amabilidad ni la compasión de nadie. Quería saber dónde estaba mi mamá. Una de las mujeres me leyó el gesto y, acabada la sesión, se acercó a mí. Me dijo que pertenecía a un grupo de buscadoras del Estado de México. La mayoría eran mujeres pero aceptaban a cualquier persona dispuesta a ayudar. Me pasó el día, hora y lugar en que se iban a reunir para otra búsqueda.
La primera vez nos vimos en Nicólas Romero. A alguien le pasaron el dato de una fosa clandestina en los límites del municipio con Tepotzotlán. Al llegar, excavamos un pozo en el que, inmediatamente, el olor nos dio la razón. La policía llegó entrada la noche y a duras penas los convencimos de llevarse los cuerpos para la mañana siguiente. Los difuntos de aquel día no eran los nuestros. Quise creer que mamá seguía en algún otro lado.

Toluca, Izcalli, Jocotitlán, Atizapán y Tecámac fueron algunos de los municipios en los que excavamos más de una vez por cuatro años. Cavar cansa rápido, por eso tomábamos turnos al hacerlo. La tierra se alza al momento de abrirla y deja poco que ver. El polvo se vuelve bruma y adentro el miedo como un lento animal. Sus pisadas son suaves pero lo delata el lomo propio de un cazador al acecho. Cuanto más profunda era la fosa, más fuertes sus olisqueos. Sentía su saliva resbalar en mi espalda, las garras a punto de desgarrar la piel pero algo impedía la masacre. Algunas veces era el hueco recién excavado; otras, los huesos cubiertos por prendas que no concordaban con las de mamá y los reportes de la fiscalía quitaban lo que quedaba de duda.

Entonces me marchaba a casa hasta recibir la siguiente llamada. Recostado sobre el suelo esperaba su voz atravesando los azulejos para que me dijera al fin el lugar de su tumba. Pero el silencio y su frío eran lo único a mi alrededor. Lo único que permanecía cerca mío.

Visitamos otra fosa hasta Mexicaltzingo. Hallamos tres cadáveres y todos fueron enviados a que se les hiciera la prueba de ADN. Uno dio positivo: el hermano desaparecido hace siete años de una de las buscadoras.
En ese tiempo descubrí el peso de la fe y lo fácil que se acobarda dentro del vientre. Hecho un lastre de piel áspera, descompone el cuerpo de a poco hasta pudrirlo por completo. Pero uno se da cuenta muy tarde.

Nos reunió a todos en su casa para compartir la noticia. Al momento de leer el reporte de la genetista, su angustia al fin se deshizo en berridos. Quedé inmóvil sobre el marco de la puerta mientras todas corrieron hacia ella. Me invitaron a su abrazo. Observé sus lágrimas volverse rocío. Pero de mí sólo brotaron vidrios rotos. Al cortar la carne, la sangre envenenada me mostró el camino afuera.
No llovía. El cielo raso apenas dejaba crecer las sombras. Incluso debajo de los árboles había poco refugio. Tomé la ruta de siempre: Izcalli 123 Palomas. Una cumbia a todo volumen disolvió mis pensamientos. Preferí mirar fuera con la frente golpeando la ventana cada vez que pasaba un bache.

Por los cerros se derramaba el sol. Los tostaba como a un grano de café y lo que se movía entre ellos hervía con la misma violencia. Observé mi cuerpo alejarse de mí. Lo seguí al bajar del camión. El suelo ardía y los pies no descansaban sobre él. Lo vi andar hasta la casa. Posó sus manos sobre el candado del zaguán al momento de abrirlo y, al cerrarlo, el mundo quedó detrás de él. Cerró las rendijas de las ventanas y quitó las pinzas de las cortinas. Ninguna otra sombra habitó la casa. Tomó la vieja foto de mamá y lo vi dormir en el suelo.
Entre sueños dijimos su nombre esperando que fuera ella la que viniera por nosotros.

Con la quietud de un cadáver, sueña que los días se repiten a sí mismos. Todavía duerme con la foto de mamá entre las manos. La casa es ahora uno de esos huecos que tantas veces escarbé. La tele, el reloj, las fotos, las sábanas, la vitrina, los trapos, las sillas, las cucharas, la lámpara, las cortinas; en mi oído se juntan sus voces. Se amontonan y se alzan como los ladridos de un perro. Llevan el nombre de mi madre. Quiero que se callen. Que se vayan a otro lado y me dejen morir a gusto.

Entonces rompo, quiebro, arranco, destrozo, pateo y hasta muerdo. Luego, la sangre calentando mi rostro; la garganta rota de tanto gritar. Bajo las suelas crujen las astillas de lo que antes fue. Las manos arden por los pedazos de piel fuera de su lugar. Las heridas abiertas jadean conmigo, lloran conmigo y juntos repetimos su nombre cada vez más quedo.

Vuelve la mosca azotando el cuerpo contra la ventana de la sala. Aún cuando abro las rendijas, insiste en su trayectoria circular. No le importa su cautiverio ni la libertad del otro lado. Golpe tras golpe, quiebra cada una de sus extremidades. Sobre el vidrio queda una mancha de sangre. Ahora entiendo dónde empieza la muerte.

En la boca de la oscuridad repaso los tristes pedazos de nuestra vida. Su respiración es lo único que desmiembra el tiempo con su ruido acompasado. Pero se está haciendo más suave. No falta mucho para que la pesadilla termine.

Ya nadie dice tu nombre ni el mío. Ya no existimos, mamá. La verdad se volvió nuestra tumba. Lo sé ahora con demasiada certeza.

Nadie me dirá dónde estás.