Al amanecer, ya no cantan los espectros (siete memorias del futuro)

Eduardo Honey


1 16 de agosto de 2142, 6:17 hrs.

Antes que salga el sol apago mi baliza, dejo el campamento y regreso para mirar la ciudad en ruinas. La Luna, partida en tres enormes fragmentos y una larga cauda de otros menores, refleja suficiente luz para alumbrar la antigua autopista por donde camino. El asfalto está resquebrajado en multitud de lugares de donde brota maleza y algún joven árbol. En uno y otro lugar hay montones de óxido sobresaliendo entre tierra y lodo. Evocaciones distantes de lo que alguna vez fueron vehículos.

Me detengo el mirador. Esta zona y las colinas alrededor de la ciudad estaban cubiertas por bosques. Ahora hay tocones y restos de troncos calcinados. Entre ellos, tímidamente, sobresale rala vegetación y pequeños árboles.

El talud desciende abruptamente un tramo y luego cambia de ángulo para llegar a las afueras de la ciudad. El sol sale a mis espaldas entre la serranía y alumbra las zigzagueantes bordes y puntas desgastas de los enormes rascacielos que no se derrumbaron. Conforme los rayos descubren la ciudad, observo los montículos que están alrededor de las marchitas superestructuras. Los trazos de las calles aún se alcanzan a ver y en varias zonas aún quedan marcas de los incendios y las deflagraciones.

Suspiro, esa vasta ciudad era el lugar donde nací, donde vivieron generaciones de mis antepasados. Y ahora está muda, quieta, silenciosa. Entonces recuerdo que el silencio es total: esta zona se llenaba con el canto de los pájaras. Muchas veces contemplé el amanecer en compañía de alguna de mis madres tras un fin de semana de campamento.

Doy la vuelta y miro al piso del mirador. Está hecho del concreto que superará en duración cualquier obra humana. Está en un leve ángulo que permite que el agua, lodo y suciedad retrocedan hacia la autopista y se desfoguen en el canal que divide a ambos.

Allí están las sombras alargadas, tatuadas en la superficie ocre del concreto. Inician donde está mis pies y se extienden casi tres metros. Eran dos, tomados o tomadas de la mano, con los cuerpos ligeramente separados pero las cabezas juntas, quizás besándose, quizás mirándose en el momento final antes de que la ola de fuego y radiación los alcanzara.

No hay espectros que tenga alas ni que canten al amanecer desde hace medio siglo. Menos de los que quedaron atrás en un último adiós.

2 6 de enero de 2092, 11:57 hrs.

Kethian camina por el boulevard principal. Cada paso que da hace que broten emojis y avatares del suelo ofreciendo links y productos diversos. No la llaman la atención, ella está sumergida en la música del reencuentro de Luna Sea tras el debatido tratamiento gerontológico de cada miembro de la banda. Música de viejitos le han dicho siempre sus buddies pero a ella no le importa. Es mucho mejor lo que comparte su abuela Mikhal que la nanomusik tan de moda, pieza de dos o tres segundos que generan tendencias que no duran más de un día.

Se detiene junto a una de las sequoias que surgen cada cinco metros y toma asiento en una de las bancas desocupadas. Trata de alcanzar con la vista donde termina el árbol pero la distraen las torres que bordean cada lado de la avenida con sus 200 ó 300 metros de altura. A pesar de sus dimensiones, el paseo arbolado palidece al lado de las superestructuras, cada una un centro comercial habitable que es la aspiración de vida de los buddies. Dentro lo aburrido de una vida real queda supeditada a una emocionante vida 3D conectada directamente al 10G de la neonet.

Por el momento, para los que viven fuera de esos castillos de acero, cristal y bits, las paredes proyectan emojinuncios, el último grito de la moda nanomusik, notas de los hi-fluencers e invitaciones para unirte a los cyberclans de cada edificio si cuentas con el perfil esperado.

—¡Holalis! Llegaste temprano, santa puntualidad —suena una musical voz a un costado. Es Myanwë quien saluda efusivamente detrás del filtro gatuno con el que viste. Kethian apaga los implantes cocleares y el visualizador en su córnea, los regalos de mamá Semia al concluir los estudios previos a la Metaversidad. No le ve mucho sentido cursar una carrera de dos años pero la abuela ha insistido, “ya ves a la tía Zarahaí, ¿no es un orgullo para nuestra familia?”

—No manchegues, Myan. Quedamos a las doce y es casi la una.

—¿Qué? ¿No te enteraste? Los Mantíkhoran están en primer lugar con su “Pa’que tempranis baby”. Toda una revoltion en la nanomusic. Y es inmoda llegar tarde: #tardisbaby es tendencia.

—¿Desde qué hora? —preguntó Kethian mientras pedía un resumen de modas y tendencias en la última hora.

—Como a las nueve inició…

—Vaya que dura más que una clase, y no baja en las charts.

—Nopnop, vámonos que quiero llegar y ganar lugar, Keth.

—¿Y la moda qué wave?

—Esa es la digivida, en la realife mis nachas necesitarán asiento.

3 16 de agosto de 2142, 8:32 hrs.

—Karent, ¿dónde vagas? —suena por mi radio. Es Yulie, nuestra coordinadora maestra, preocupada por saber de todo su rebaño

—En el mirador, quise salir a pasear.

—¿Insomnio otra vez?

—Como todas desde el accidente. Por fortuna hemos regresado.

Era un decir, fue asunto de trabajo en equipo de las treinta tripulantes y Aracné, la red de inteligencias artificiales de la nave. Lástima que Myan y Savant no sobrevivieron a sus heridas cuando salieron a apagar los motores de salto. Luego transcurrieron dos años de mucho esfuerzo y sacrificios reparándolos en un lugar de la galaxia a más de cien años luz de nuestro hogar.

Tuve que atender a la mayoría como a algunas de las IAs. En una situación desesperada el enojo, la frustración, la depresión y la desesperanza son habituales, más cuando ocurrió un accidente en un viaje de prueba que solo duraría dos semanas y cerca de la Tierra.

—Se que es duro, pero te necesito… te necesitamos por acá. Por favor, no salgas sola. No podemos arriesgarnos a perder una más. Ya sabes, no puedo perderte.

—Me regreso por la autopista del sur —respondo después de prender mi baliza. Todos necesitamos ciertas palabras como reafirmación de los hechos. Antes de tomar mi camino vuelvo a mirar la ciudad que semeja una cicatriz retorcida de acero y cristal. De forma impulsiva suelto un “Hasta el rato” a sombra de la pareja que está el piso.

4 6 de enero de 2092, 14:00 hrs.

La cúpula está activa y el día se ha oscurecido casi en su totalidad. Myanwë no cabe de gozo, alcanzaron lugar en uno de los cuadros de césped de la plaza central. Kethian está a su lado y también mira el enorme holo que se despliega en el aire al centro del lugar. Allí se proyecta el conteo final de la espacionave Spérant en su viaje de ida y vuelta a la Luna como parte del programa espacial de la UE. Ambas tienen apagados sus implantes y dispositivos para charlar a gusto, como solo los viejos lo hacen.

So? ¿Enterarás a la Meta? Mejor vámonos de voyaj, conozcamos el mundo —propone Myanwë

—Es lo que la abue Mikhal quiere, que aproveche que estoy joven y le dedique a la Meta —responde Kethian—. ¿Sabes? Aún da clases de biologic y le writea.

—Vaya con la prix de tu abu, tenemos años y un siécle adelante. Ya sabes Pa’que tempranis baby, si nos queda una vidis

—¡Ya cállate! –exclama y ríe Kethian—. En verdad va de bad a malmalest los Mantíkhoran. ¿Calidad quieres? From my heart, i want to tell you, If i can see your smile forever… —canta a capella, Myanwë voltea y le roza la mano que apoya en el césped. Kethian, quien mira al aire, calla de súbito y la palidez inunda su rostro.

—¿Qué pas… —alcanza a articular Myanwë al tiempo de mirar al aire. El holo muestra en recuadro a la Spérant con las ventanillas iluminadas. Frente a ella hay un enorme vórtice, su borde, lleno de polvo y luces, gira como si fuera una galaxia. El holo principal muestra el puente de comando donde las starnautas hablan entre ellas y gesticulan con fuerza.

Casi al mismo tiempo Kethian y Myanwë activas sus implantes cocleares y oculares.

10…

Myan, ¡apaga los motores de salto!

No me deja la navegación de Aracné, dice que están apagados.

9…

¿Cómo? ¿Y eso que tenemos enfrente?

Según navegación, es una simulación.

8…

Karent, convence a Aracné de que está en un error.

Aye, Savant, es lo que trato e insiste que están apagados. Que solo están encendidos en un simulacra… intentaré algo más…

7…

Yulie, ¿entraron a ingeniería? ¿Pueden cortar el flujo? Usen un hacha…

Nos tiene fuera, selló las puertas…

6…

Savant, ya percibió que está en un error…

Gracias, Gran Gaia, gracias

5…

pero no tiene tiempo de parar el salto

¿Cómo?

4…

Tripulación, sujétense y que la suerte nos acompañe…

3…

Gracias a todas.

2…

El holo del puente es sustituido por la vista externa de la Spérant y el vórtice.

1…

0…

La nave sale disparada, penetra el negro centro rodeado por el borde giratorio que colapsa sobre sí mismo y desaparece. Sobre la superficie terrestre, cerca de donde estaba el límite del vórtice, se ven varios hongos de fuego, polvo y cenizas.

Informan de varias explosiones en Kamchatka, Corea y Japón. Aún se desconoce su origen y características, dice una voz en off mientras en el holo las bolas de fuego ascienden para toparse con la parte superior de la atmósfera y salir eyectadas al espacio. Avisan que mantengan la calma en lo que el gobierno emite su postura oficial.

El holo se apaga al igual que la oscuridad de la cúpula. La multitud alrededor grita, gesticula, varios lloran y muchos más echan a correr.

—¿Qué hacemos? —pregunta Myanwë con enorme angustia tras ponerse de pie.

—Ven, hagamos un pequeño viaje, juntas —contesta Kethien y la toma de la mano.

5 18 de agosto de 2142, 7:00 hrs.

Escucho los pasos a mis espaldas mientras contemplo de nuevo la ciudad.

—Sabía que aquí estarías, Karent. ¿Ya tomaste tu decisión? Tu voto es el que decidirá todo.

—Mal nombre le diste, no somos las siete Evas, Yulie. Somos veinte por cuestiones de edad y salud. Tenemos óvulos suficientes entre todas para procrear a varias decenas y usar a Aracné para variabilidad genética. Digo, no pensaba tener hijos, no era necesario y no estoy muy convencida. ¿Alguna Eva tuvo que decidir en continuar o extinguirse? Y mira el resultado del antes –le señalo la ciudad.

—Sabes lo que encontramos en las bitácoras estación espacial, no fuimos nosotras ni el motor de salto. Alguien saboteó las IAS, otros se sintieron amenazados y lanzaron un ataque preliminar con bombas de plasma. Luego todo escaló. Creo que será mejor la próxima vez: tenemos herramientas, tecnología, conocimientos y sabemos qué ocurrió aunque desconocemos a los culpables.

—Tengo miedo, Yulie.

—Todas tenemos pavor por la responsabilidad. Pero es envejecer y morir, dar saltos en la galaxia para ver si encontramos otro lugar. O reintentar aquí, ahora. ¿Qué decides?

6 7 de enero de 2092, 7:00 hrs.

—En neta es beauty —expresa Myanwë, arrobada por el amanecer en el mirador. Los pájaros las sobrevuelan y cantan mientras las crías llaman desde el bosque—. Aunque hace frío.

—Siempre le likeó a la tía Zarahaí y a la abu Mikhal. Me traían seguido desde peque.

—¿Tu tía era la que estaba allí, en la…

—Sipsip, era ella.

—Ya verás, en un tris prix regresará. Oye, ¿y cómo seguía esa canción que te cuttearas?

From my heart —canta Kethian—, i love you, I want to take away those tears, all of them. I for you…

Nerviosa Myanwë besa a Kethian quien cierra los ojos y mantiene el contacto entre los labios en una eternidad personal. Sobre la ciudad surge una enorme luz seguida de una ola de fuego. Las aves, los bosques, el beso y ellas se evaporan.

7 18 de agosto de 2142, 7:05 hrs.

Sorprendida veo cómo dos pares de alas cruzan el horizonte. Detrás las siguen una bandada.

—Entonces, Zarahaí, ¿qué decides? —insiste Yulie.

—Intentemos —respondo mientras abrazo a mi compañera y acerco mi rostro al de ella.

Alcanzo a ver, a nuestro costado, las sombras de la pareja que estuvo aquí como si fueran las nuestras. Mientras cierro los ojos, se que los espectros del pasado también le cantaron al amanecer.

El hombre del sur

David Barrera Sánchez


Don Luis fue un chamán que dedicó su vida curar a los enfermos y afligidos por medio de plantas y raíces. Sin embargo, durante sus últimos años, y de manera inesperada, aquel pulcro anciano dejó a sus enfermos, se volvió huraño y descuidado en su arreglo personal.

—¡Ya no voy a curar a nadie! —le gritó en una ocasión a un grupo que tocó a su puerta—. ¡Lárguense!

Así pues, la clientela dejó de hacer fila frente a la casa del anciano y creyó que éste se había ido de la ciudad pues, paulatinamente, la basura se acumuló en la puerta y aparecieron grafitis obscenos en la fachada de lo que antes se consideró un templo.

Por otro lado, yo tenía un serio problema: el alcohol. Disponía de dinero y tiempo para beber a diario; además, no tenía familia y los amigos y amigas nunca faltaron en mi casa, por lo que bebí a rienda suelta cualquier botella que cayera en mis manos sin importarme la resaca, al fin de cuentas, me aliviaba con más alcohol.

Así llevé mi vida durante varios años hasta que aparecieron ligeras palpitaciones en mi abdomen que con el tiempo se convirtieron en intensos dolores acompañados de vómito y diarrea. Consulté a varios doctores y me sometí a los tratamientos que señalaron, pero no mejoré; antes bien, mi piel se tornó amarillenta y me vi obligado a quedarme en casa sin otra cosa más que hacer que beber, beber y beber.

Una tarde, mientras padecía por el malestar, salí al patio para tomar aire fresco y, luego de caminar alrededor de mi árbol de zapote, tosí con tanta violencia que escupí sangre en la base del tronco.

—Te espera una muerte lenta y dolorosa —oí de repente una voz y de inmediato miré en dirección del sonido. Enseguida, vi una cabeza colmada de abundante cabello entrecano que se asomaba sobre el muro que divide mi casa de la de don Luis.

—¿Quién eres? —pregunté.

—Luis, tu vecino —dijo.

Acto seguido, el anciano apoyó sus manos sobre la barda y me horroricé al ver sus uñas gruesas color ámbar que rebasaban el metro de largo. Más que parecer garras, sus uñas eran un grotesco desorden de puntas que se curvaban hacia adentro o hacia fuera según el dedo del que habían nacido. Y pude ver el mismo fenómeno cuando don Luis apoyó los pies en la barda.

–—Don Luis! —exclamé, mientras recuperaba el aliento y sentía la sangre escurrir por la boca—. ¡Qué le pasó!

Los ojos del chamán parecieron brillar entre sus abundantes cabellos que le llegaban hasta la cintura. Me miró en silencio por varios segundos y, de pronto, me habló con aquella voz aguardentosa que tanto le caracterizaba:

—Lo que me haya pasado no importa. Mejor pregúntate qué te pasó a ti. ¿Por qué no has ido al doctor?

—He visto a muchos doctores y ninguno me ha podido ayudar –dije–. Creo que ya no tengo cura.

—No digas eso —dijo, al tiempo que dio un brinco y cayó en mí patio—, es indudable que te ves acabado, pero, con el tratamiento adecuado podrás vivir. Si quieres yo te puedo curar.

—Creí que ya había dejado de dar consultas.

—Lo he dejado, sin duda –afirmó–. Soy muy viejo para ese trabajo, pero haré una excepción contigo. Del precio hablaremos después. Por lo pronto, entra a tu cocina y te diré qué debes preparar para que no vuelvas a vomitar sangre.

Don Luis me dijo qué ingredientes debía usar para las pociones que yo mismo debía preparar pues, debido a la longitud de sus uñas, al chamán le era imposible manipular objetos.

—¿Por qué se ha dejado las uñas tan largas? —pregunté.

—Pronto lo sabrás —respondió y, acto seguido, señaló hacia su casa con la larga uña de su índice—. Ahora, ve a mi casa y trae yerbas, muchas yerbas.

El constante burbujear del agua y los vapores espesos que salían de cada olla nublaron mi vista y despidieron un olor a yerbas, hongos, moho y raíces. Acalorado, intenté abrir la ventana, pero don Luis extendió su mano y con sus largas uñas me impidió avanzar.

—No dejes que se vayan esos vapores —dijo el anciano—. Deja que entren por tus poros y que te hagan sudar.

Al principio, las pociones eran insípidas y me provocaron somnolencia; pero con el paso de los días, adquirieron un sabor sumamente amargo que me provocó diarrea, vómito, insomnio y hasta alucinaciones.

—Imagina que es una cerveza caliente —dijo don Luis al ver mi aversión por tomar las pociones.

—Ya no quiero —dije—. Me siento peor. Si no muero de cirrosis, moriré por sus brebajes.

—Es normal que te de diarrea o que alucines —afirmó con indiferencia—. Mejor eso a que te mueras.

Día tras día, las infusiones y los vapores me azotaban con nausea y vómito. Al mismo tiempo, el chamán se acostaba en mi sofá y extendía sus horribles pies y manos, cuyas uñas se habían engrosado y llegaban al metro y medio de largo.

Una tarde, don Luis me pidió que me acostara en mi cama y respirara profundamente. Entonces, frotó mi espalda a la altura de mis riñones y dio golpecitos de vez en vez que me causaron un agudo dolor y que me angustiaron, pues sus largas uñas rozaban mi cabeza y mi espalda o se enredaban entre mi cabello. Tras el masaje dormí profundamente.

Desperté una vez que había caído la noche. Enseguida, me sentí libre de la enfermedad que me había atormentado y hasta tuve ganas de beber, pero, al levantarme, vi a don Luis sentado en una silla de mimbre en medio de los claroscuros de mi habitación. El anciano apoyaba sus manos en los descansabrazos y las uñas caían al suelo como si fueran lianas, mientras que las uñas de los pies se proyectaban hacia enfrente de manera desordenada.

—Muchacho, debes saber que mi muerte está cerca —dijo el anciano—. Por ello, fíjate bien lo que vas a hacer como pago por haberte sanado: me llevarás en tu camioneta a mi pueblo y, una vez que lleguemos, regresarás a tu casa y no le dirás a nadie que te curé, ni mucho menos que me llevaste al sur, ¿entendido?

A la mañana siguiente, preparé una mochila y le ayudé a don Luis a acostarse en el asiento trasero. Entonces, cerré la puerta, me senté frente al volante y encendí el motor sin saber de antemano a dónde iba.

—Agarra para el sur como si fueras a Tuxtla Gutiérrez —dijo don Luis—, y conduce sin desesperarte porque el viaje será largo… Muy largo.

—Está bien —dije—. Pero, antes de partir, me gustaría que al fin me dijera por qué se ha dejado las uñas tan largas.

—Mis uñas… Pues verás —dijo y soltó una risita nerviosa—: quiero batir el récord del hombre con las uñas más largas del mundo.

—¿En serio? —pregunté, luego de soltar una risotada.

—Sí, señor —dijo—. El representante de los récords llegará a mi pueblo para darme mi diploma. Seré famoso antes de estirar la pata.

Pasamos por muchos poblados y ciudades hasta que nos acercamos a la frontera con Guatemala. Durante el trayecto, la selva pareció querer invadir las pronunciadas curvas, mientras las nubes nos persiguieron con chaparrones y truenos apocalípticos. Don Luis viajó acostado y en completa tranquilidad; dormía la mayor parte del tiempo y hablaba sólo para dar indicaciones.

—Sigue por ahí, sigue —decía sin siquiera levantarse de su asiento—. No te distraigas porque el camino se pondrá peor.

Y vaya que tuvo razón pues las pronunciadas curvas nos mostraron barrancos por los que se apreciaban cadenas de montañas bajo las nubes espesas y lloronas. De pronto, al entrar en una recta techada por los brazos de los árboles, las aves cantaron de manera desquiciada y se desplazaron entre las ramas sin quitarnos la mirada de encima. «Qué diablos le pasa a esos pájaros», pensé.

—Oríllate, por favor —dijo don Luis con urgencia—. Oríllate, necesito orinar.

Entonces, estacioné la camioneta y bajé del auto.

—Apúrate, por favor —afirmó el anciano—. Ya no aguanto.

Tras abrirle la puerta, don Luis descendió como si hubiera sido un reptil puesto en libertad y se internó entre los troncos mohosos hasta perderse de mi vista. Asustado por su forma de desplazarse, me quedé en silencio y lo seguí con la mirada.

Esperé con paciencia minuto tras minuto pero el anciano no regresó, así que me vi obligado a ir en su búsqueda. Enseguida, me interné entre la densa vegetación y seguí las huellas que el curandero había dejado a su paso; mi frente escurría sin cesar, mientras sentía un insoportable bochorno.

Así y todo, anduve hasta que llegué a una zona casi despejada en donde me encontré, como a unos ocho o diez metros de distancia, con dos pirules y una parvada que volaba en círculos sobre ellos. Al no ver rastro alguno, llamé a don Luis en varias ocasiones hasta que oí un grito que vino de los dos árboles que se levantaban frente a mí. Antes de correr en dirección del sonido, el suelo tembló con violencia e hizo que las copas se agitarán y dejaran caer sus hojas. Entonces, apareció una multitud de ramas detrás de los pirules que se movían como si fueran dedos deseosos de atrapar a los pájaros; y, una vez que las ramas llegaron a una altura de unos quince o veinte metros, se poblaron de hojas en cuestión de segundos hasta camuflarse con el resto del paisaje.

Cuando terminó de temblar, vi correr a muchos animales en dirección del árbol. Parecían una estampida ansiosa de ver al nuevo inquilino que brillaba entre el resto de sus semejantes. Al llegar, me asombré cuando vi que los tlacuaches, jaguares, monos, venados, armadillos y demás especies olfateaban meticulosamente al árbol; además, se trepaban a él y se frotaban contra su dura corteza una y otra vez. Aquella imagen me pareció irreal —casi como sacada de un cuento de fantasía o de una propaganda religiosa—, pues, en circunstancias normales los animales se atacarían y los más pequeños huirían de sus depredadores. Pero no sucedió así. Sin lugar a dudas, un poder desconocido los obligaba a hacer tregua. Quizá estaba frente a un acuerdo antiguo, secreto e instintivo que ellos daban por hecho y que estaba vedado para el hombre.

Paulatinamente, los animales se fueron y yo me acerqué al árbol. Vi su superficie áspera en donde se deslizaba una culebra que dejaba atrás a una fila de hormigas. Levanté la vista y vi a una multitud de quetzales que cantaban con arrebatada alegría, mientras hinchaban su colorido plumaje entre las ramas colmadas de frutos y hojas endiabladamente verdes. «Esto no parece real», pensé

Regresé a mi camioneta y conduje sin importar a dónde iba. «Necesito un trago», me decía de manera reiterada, al tiempo que la carretera se convertía en un camino fangoso, estrecho y sin señalamientos: «Estoy perdido… Qué maldita suerte tengo».

Conduje hasta llegar a las inmediaciones de un poblado y me sorprendí al ver —quizá a unos quince metros de distancia— una figura encorvada, enjuta y de largas uñas y cabellos que andaba con lentitud a un lado del camino.

—¡Don Luis! —grité, al tiempo que emparejaba la camioneta con el anciano—. ¡Don Luis! ¡Deténgase!

El hombre inclinó la cabeza y aceleró su marcha.Vaya viejo loco. Detuve la camioneta y corrí hacia él. Y una vez que le di alcance, lo tomé de los hombros y lo sacudí ligeramente.

—¡Sabe cuánto tiempo lo he buscado! —exclamé, pero él inclinó la mirada y sus cabellos cubrieron su rostro—. Hable, viejo loco. ¡Hablé!

—Déjeme por favor —dijo al fin—. Déjeme ir.

—Ahora mismo me va a decir cómo regresar a mi casa, ¿entiende?

—¡No, no! —respondió sin dejar de sollozar.

De pronto, oí un silbido a mi costado y vi a un joven que cargaba un machete.

—¿Qué ocupas de mi abuelo? —preguntó el joven de manera hosca al tiempo que un grupo de hombres y mujeres me rodearon.

—Este hombre me hizo conducir desde México hasta este pueblo —respondí—. Exijo que al menos me diga cómo regresar.

—Mi abuelo nunca ha salido de este pueblo —dijo—. Suéltalo o te cortaré las manos.

Tras oírlo, miré a las personas que se habían reunido y noté que los ancianos tenían el cabello y las uñas muy largos a diferencia de los jóvenes que vestían con pulcritud y llevaban el cabello bien recortado.

—Suelta a mi abuelo —reiteró el joven del machete.

Obedecí. Acto seguido, el hombre me permitió ver su rostro y, pese al gran parecido que tenía con don Luis, noté que aquel anciano era tuerto.

—Vete o te corto el cuello —dijo el muchacho.

Aproveché la indulgencia y me apresuré a mi vehículo; no obstante, la gente mayor me siguió y me gritó con furia. Una vez dentro de mi camioneta, traté de encender el motor, mientras los ancianos golpeaban el parabrisas y las ventanillas con sus largas uñas. Repentinamente, las piedras comenzaron a golpear los vidrios y creí que mi linchamiento era inevitable hasta que el motor encendió y aceleré.

«Necesito un buen trago», pensé.

La autopsia de Dios

Víctor David Manzo Ozeda


El equipo llegó a las 07:47 horas. El cuerpo estaba tendido sobre una superficie irregular de roca. Medía aproximadamente ochenta y tres metros de largo. No presentaba señales de putrefacción. Tampoco había signos de violencia. La estructura era humanoide, con dos extremidades superiores, dos inferiores y una cabeza bien definida. No tenía vello. No tenía órganos genitales. La superficie de la piel era translúcida en algunas zonas y opaca en otras. No reaccionó a estímulos externos. No hubo movimiento reflejo.

Se montó un perímetro de trabajo de cuarenta metros. Se asignaron turnos de observación, toma de muestras y análisis. Se prohibió el contacto directo sin guantes. El primer corte se realizó con instrumento térmico a la altura del pecho. No hubo sangrado. La cavidad torácica estaba vacía. No se encontraron órganos vitales en su ubicación esperada. Solo una masa central, esférica, adherida al esternón interno, firme al tacto, sin pulsaciones ni temperatura. La retiramos fácilmente. Fue almacenada en contenedor clase IV.

El cráneo se abrió con equipo neumático. El proceso tardó siete horas. La estructura interna no coincidía con ningún patrón anatómico conocido. No había lóbulos cerebrales. No había médula. Solo una cavidad llena de placas lisas, similares a láminas de vidrio. Estaban colocadas una sobre otra. Ciento veintidós en total. Las examinamos bajo microscopio. Contenían inscripciones microscópicas. Algunos patrones se repetían. Otros eran únicos. Se registraron, se copiaron, se sellaron.

El resto del cuerpo fue catalogado por sectores. No se detectaron pulmones, intestinos ni sistema circulatorio. No se hallaron huesos. Todo el soporte estructural era tejido denso, compacto, sin fibras. El peso total del cuerpo era de 3,980 kilogramos. No tenía olor. No tenía sabor. No se descomponía al contacto con bacterias. No reaccionaba al ácido. No ardía con fuego. Se intentó congelarlo. No paso nada.

Después de seis días de análisis, el cuerpo comenzó a desintegrarse. El proceso fue constante, sin intervalos. No emitió calor ni energía detectable. No quedó ningún residuo. Ninguna parte fue posible conservar. Solo las láminas. Las ciento veintidós. Fueron enviadas al archivo central. El informe fue entregado. No hubo conferencias de prensa. No se autorizó publicación.

Días después del cierre del informe, volví a leer la bitácora. Buscaba algo que se me hubiera pasado. Un dato, una anomalía, una omisión. No encontré errores. Todo estaba registrado. Cada incisión, cada hallazgo, cada antecedente. Pero había una negligencia que no era técnica. No era un dato. Era la sensación constante de que habíamos llegado tarde.

No a la escena. A la pregunta.

Habíamos abierto ese cuerpo con escrupulosidad. Lo medimos, lo pesamos, lo clasificamos. Lo convertimos en fenómeno inexplicable. Pero nunca preguntamos si debíamos tocarlo. Si su forma era una respuesta o un intento de retirarse en paz. Fuimos ahí porque el protocolo nos lo exigía. Y cumplimos. Pero nadie volvió igual.

En los días siguientes, varios miembros del equipo comenzaron a escribir sin motivo. Palabras sueltas, sin estructura. Algunos quemaron sus investigaciones. Otros las escondieron. Yo las almacené. Las he leído una a una obsesivamente. No contienen información útil. Pero todas comparten una misma idea, repetida con variaciones:

“Si Dios existía, no era para ser entendido. Solo para irse sin decir nada.”

Y eso hizo. Se fue.

Sin venganza. Sin despedida.

Y el mundo siguió.

Con menos preguntas.

Con menos fe.

No porque hubiera respuestas.

Sino porque lo que nos sostuvo… ya no nos mira, porque nunca le importamos.

El Hechicero Tlacuache contra los Gatos Satánicos

Sidi A. Hdz.


―Tienes que capturar al demonio ―le dijo el Director Tejón al Hechicero Tlacuache.

Is piligrisi piri lis himinis ―remedó el Hechicero Tlacuache mientras seguía el rastro del demonio por el bosque.

Viejo ridículo, los demonios se deshacían si les caía agua. En el bosque no sobreviviría más que un par de días. Aunque, lo más probable, es que antes encontrara a algún humano y lo poseyera, pero ¿qué humano no quisiera poder trepar por las paredes y hablar en lenguas muertas?

Is nistri rispinsibilidid pritigirlis ―regañó el viejo director. Y el Hechicero Tlacuache solo había asentido con la cabeza. Tenía ganas de decirle un par de cosas, pero era su jefe, y el que firmaba sus cheques a fin de mes. Nomás que lo agarrara enojado y vería…

La noche empezaba a caer y el rastro continuaba por el bosque. Huellas que se hundían en la tierra, como si la hubieran derretido, hojas y ramas calcinadas y el nauseabundo olor a pescado descompuesto. Al parecer el demonio se dirigía hacia el poblado humano más cercano. Perfecto, lo que faltaba. Si el demonio salía del bosque, el Hechicero Tlacuache ya no tendría jurisdicción sobre él, por lo que podría regresar a sus aposentos en la escuela de magia.

Además, no es que tuviera muchas ganas de internarse en el mundo humano. Estaba lleno de máquinas, electricidad, veneno y los odiosos animales domésticos. Cómo odiaba a los domésticos.

El Hechicero Tlacuache escuchó ruidos de pelea a la lejanía. Gruñidos de un animal salvaje y latigazos, seguidos de risas de triunfo y vítores.
El Hechicero Tlacuache fue a ver qué ocurría.

Llegó a un pequeño claro sin árboles, todavía en el bosque, pero cerca del poblado humano. La escena lo sorprendió más de lo que esperaba.
El demonio, su demonio, estaba inmovilizado en la tierra, amarrado de patas y hocico con lo que parecía ser una cuerda mágica hecha de agua. Parecía como si un pequeño río se hubiera encausado alrededor de las fauces del monstruo. Alrededor de él, cuatro figuras encapuchadas y peludas maullaban con alegría mientras se lamían el pelaje calcinado.

―Buen trabajo, hermanos ―dijo una de las figuras encapuchadas mientras se lamía una parte calcinada del pelaje―. Sé que no fue fácil, pero por fin conseguimos uno.

El demonio se agitó con violencia, gruñendo mientras movía la cornamenta y trataba de zafar las garras. Por un momento los gatos se tensaron y el Hechicero Tlacuache creyó que las ataduras mágicas de agua no resistirían. El monstruo gruñó, las ataduras soltaron una pequeña nube de vapor y el monstruo quedó inmovilizado. El Hechicero Tlacuache chifló con tranquilidad.
Una gatita blanca y peluda, la más cercana a él, movió las orejas y lo miró fijamente.

―¡Un intruso! ―bufó mientras se le erizaba el pelaje.

Los demás gatos voltearon a verlo y bufaron con igual intensidad, mostrando sus pequeños colmillitos y lanzando zarpazos al aire.

―Wow, wow, wow, tranquilos ―dijo el Hechicero Tlacuache alzando las manos en señal de rendición―. Solo estaba buscando al… ¿Se lo van a llevar? ―preguntó mientras señalaba al demonio inmovilizado. Una sonrisa se asomó en su rostro. Un problema menos.

―¿Quién pregunta? ―dijo la figura encapuchada que había hablado primero. Se adelantó a las demás, descubrió su cabeza y el Hechicero Tlacuache vio a una gata parda, vieja, con el pelaje enmarañado y un poco quemado. Una cicatriz le atravesaba el ojo izquierdo y le rodeaba la cabeza. Con su único ojo bueno lo escudriñó de arriba abajo.

―Sí, es nuestro. Lo vimos primero ―dijo la gatita blanca.

―Sí. Con esta bestia todo el bosque temblará ante nuestro poder ―interrumpió un gato naranja.

―¡Cállate, Chimeco!

―Sí, cállate, Chimeco.

―¡Idiotas! Cállense todos, o éste podría meter las narices donde no lo llaman ―dijo la gata mientras desenvainaba las garras y se las empezaba a limar.

―No, no, para nada. Adelante, llévenselo. Un placer haberlos conocido, muchachos. Buena suerte ―contestó el Hechicero Tlacuache mientras se despedía y daba media vuelta.

En el pasado, los gatos ya habían intentado invadir el bosque, pero ese era problema de algún otro animal mago. El Hechicero Tlacuache ya estaba muy viejo para esos andares, además, si querían llevarse al demonio fuera del bosque, mejor para él. Lo único que le preocupaba era que todavía estuviera abierta la cafetería de la escuela para poder cenar algo antes de dormir.

―¡Está escapando! ―gritó la gatita blanca.

―Déjenlo que huya ―ordenó la gata tuerta―. Que le diga a todo el bosque que el reinado de los Gatos Satánicos está a punto de comenzar.

El Hechicero Tlacuache siguió andando. La caminata y el olor a pescado le habían abierto el apetito. Ay, cómo extrañaba su cama.

―Sí, más te vale que corras, anciano.

―No podrías contra nosotros.

―Sí, más te vale correr, rata ―gritó el gato naranja.

¿Rata…?

¡Rata!

Eso sí que no.

El Hechicero Tlacuache se giró. Un par de metros lo separaban de la secta de gatos.

―¿A quién le dijiste “rata”? ―dijo el Hechicero Tlacuache mientras alzaba una pata. El gato naranja flotó en el aire, como si lo estuvieran sosteniendo por el cuello. Los ojos le saltaron y sacó la lengua, mientras chillaba como un juguete de hule. Flotó un par de metros en el aire y cayó a tierra.

Los demás gatos lo vieron con el rostro desencajado. Hasta el demonio había dejado de retorcerse y miraba atento a la repentina explosión de magia. El gato naranja movió la pata trasera de manera espasmódica.

―¡Ataquen! ―gritó la gata tuerta.

Los cuatro gatos rodearon al Hechicero Tlacuache. Los pelajes erizados y los colmillos relucientes. Bufaban y lanzaban zarpazos. Tal vez estuviera algo oxidado, pero estos cachorros domésticos nunca se habían enfrentado a un hechicero del bosque. Les tenía que dar una lección.

La cola del Tlacuache se encendió en fuego, uno de sus más viejos trucos. De un latigazo formó un círculo a su alrededor. Si querían atacarlo, tendrían que enfrentar al fuego. A ver quién sería el primer chamuscado.

Un gato café cruzó el círculo de un salto. El Hechicero vio cómo conjuraba unos tentáculos de agua alrededor de su cuerpo. El Tlacuache fue más rápido.

―¡Risahistérica!

El hechizo golpeó al gato, el cual comenzó a reír de manera descontrolada. Su hechizo quedó cortado. Se tiró al suelo mientras movía las patas como si lo estuvieran electrificando, mientras miraba alrededor, tratando de recuperar el aliento.

La gatita blanca cayó detrás del Hechicero Tlacuache. Más rápida que su compañero, lanzó un chorro de agua salida de la nada, pero el Hechicero logró esquivarlo con facilidad. Un par de coletazos de fuego la mantuvieron a raya, pero el Tlacuache sabía que era cuestión de tiempo antes de que más gatos les saltaran encima.

―¡Vejiginflada! ―gritó el Hechicero Tlacuache. El encantamiento golpeó a la gatita en el pecho. Sus patas se levantaron lentamente del suelo y empezó a flotar hacia las ramas de los árboles. El Hechicero Tlacuache vio con satisfacción cómo la gatita pedía ayuda a sus compañeros, mientras trataba de aferrarse a alguna rama.

―¡Desgraciado! ―gritó la gata líder al saltar dentro del círculo―. ¿Por qué no te enfrentas con alguien de tu tamaño? ―el fuego se reflejaba en su único ojo bueno. El gato naranja trataba de bajar a la gatita blanca lanzándole piedras, y el gato café estaba acostado, recuperando el aliento tras tanta risa.

―Estará bien, el efecto se pasa después de un rato. Además, creí que los gatos siempre caían de pie.

―Serás el próximo sacrificio que consagremos a nuestra Diosa, rata ―contestó la líder mientras sacaba las garras y una esfera de agua empezaba a aparecer detrás de ella.

―¡Que no soy una rata! ―gritó el Hechicero Tlacuache, mientras esquivaba los chorros que trataban derribarlo. De un coletazo de fuego bloqueó un ataque, el cual se convirtió en vapor al instante. Sintió que la espalda se le humedecía, seguido de un fuerte golpe que casi lo derriba. Lanzó una bola de fuego para bloquear, a duras penas detuvo otro golpe que se dirigía directo hacia su cara, y logró lanzar un ataque hacia la gata, quien logró desviarlo de un zarpazo.

El olor a pelaje mojado y chamuscado inundaba el aire. Los tres gatos, e inclusive el demonio, veían atónitos el duelo de magia. El tlacuache y el gato saltaban, esquivaban, conjuraban bolas de fuego y agua, bloqueaban con escudos mágicos y se movían en una danza llena de vapor. Con un movimiento en espiral un tentáculo de agua golpeó al Hechicero Tlacuache en la mandíbula. Su cola se apagó momentáneamente y cayó hacia atrás, empapado y manchado de lodo.

―Eres un digno oponente, rata ―dijo la gata líder mientras apagaba un pequeño incendio en su túnica. Apareció una bola de agua en su pata, la cual empezó a crecer de manera amenazadora―. La Diosa estará satisfecha.

El Hechicero Tlacuache jadeó. Cuatro oponentes eran demasiado para él, por un momento se preguntó si aquel era su final, si toda su vida acabaría allí, humillado por unos gatos domésticos.

Su cola volvió a encender. La gata lanzó el ataque de agua. El Hechicero Tlacuache se levantó de un salto y golpeó el hechizo de agua con su cola en llamas, desviándolo justo a tiempo.

El hechizo de agua se deshizo en cientos de pequeños fragmentos cristalinos. Como si hubieran golpeado una esfera de hielo. Las gotas flotaron en el aire y lentamente alcanzaron al demonio.

Al entrar en contacto con su piel, el demonio aulló, pero cientas de pequeñas gotas siguieron cayéndole encima. Antes de que nadie pudiera hacer nada el demonio se encogió de tamaño, lo rodeó una nube de vapor y desapareció, apagado por la ligera llovizna que le había caído. El Hechicero Tlacuache se sacudió las manos y dijo:

―No creí que sería tan fácil.

La gata lo miró con su único ojo.

―¿No querías recuperarlo?

―Claro que no, me mandaron a deshacerme de él.

―Maldita rata… ―dijo la líder mientras se lanzaba encima del Hechicero Tlacuache. Los tentáculos de agua lo inmovilizaron en el suelo y una bola de agua le rodeó la cabeza, formándole un casco. Trató de encender la cola, pero no pudo.

Los demás gatos observaban. Su líder había sido humillada. Pero someter al idiota que les había arrebatado su trofeo sería un buen premio de consolación. La gata líder necesitaba demostrar por qué era la jefa. El Hechicero Tlacuache tragó saliva como pudo, tenía que darles una lección a estos tontos.

―No soy una rata ―dijo. Su voz distorsionada por estar debajo del agua. Empezó a conjurar uno de los encantamientos más devastadores que conocía. ―Soy el Hechicero Tlacuache.

La explosión cubrió todo el claro.

Los gatos quedaron brevemente ciegos, pero al ver cómo el humo y polvo se desvanecía, y al no sentir sus cuerpos transformados en gelatina, se levantaron uno a uno.

Lentamente sus túnicas empezaron a desaparecer, las hebras e hilos desvaneciéndose, rompiéndose, arrastradas por el viento, al igual que su pelaje.
Sus coloridos pelajes cayeron a trozos, dejando al descubierto sus blancas y arrugadas pieles. Los gatos gritaron. El café trató de atraparlo y pegarlo con magia, el gato naranja trató de lamerlo para que siguiera adherido a su piel, pero nada funcionó.

―No… ―murmuró la gata líder mientras su pelaje desaparecía.

―Hechizo de lampiñismo. Para que me recuerden ―dijo el Hechicero Tlacuache mientras se la quitaba de encima de un empujón y se ponía de pie.

―Has ganado un poderoso enemigo, Tlacuache ―gruñó la líder mientras trataba de cubrirse y daba la orden de huir. Los gatos salieron corriendo, humillados y pelones―. Lamentarás el día que te enfrentaste a los Gatos Satánicos ―y desaparecieron en la noche.

―Idiotas ―murmuró el Hechicero Tlacuache mientras empezaba a sentir frío. Miró su cuerpo y vio cómo las últimas hebras de su propio pelaje gris eran arrastradas por el viento.

―Me lleva la…

Tiempo

Samantha Aguilar Pérez


Tiempo by Samantha Aguilar Pérez
Tiempo by Samantha Aguilar Pérez
Título: El tiempo no espera a nadie 
Autora: Samantha Aguilar Pérez
Dimensiones: 768 x 1067 px (formato digital)
Técnica: Ilustración digital mixta, surrealismo digital
Color: Paleta fría dominante (violetas y azules)
Con acentos cálidos (dorado y beige).
Herramientas utilizadas: pinceles suaves, aerógrafos.
Utilización de blend modes (capas sobre expuestas).
Año de realización: 2025

Bebitos

G. Maraña


Lo encontré convaleciente junto a la lavadora. Pequeño y arrugado. Al principio pensé que era una ardilla bebé que el gato había traído, pero tenía manitas y una dentadura humana demasiado grande para su cuerpo. Lo metí en una caja, le puse unos periódicos y le di agua y pan como si se tratara de un pajarito lastimado. Para que no sintiera frío, lo dejé junto al calentador que estaba en mi cuarto. Era feo, pero me inspiraba una incomprensible ternura y yo, que siempre pensé tener el instinto maternal de una lenteja, me sentí de pronto tocada por el amor, como iluminada bajo una luz suave.

Esa noche casi no pegué ojo. El animalito roncaba desde su caja y el ruido se parecía mucho al que haría un mandril si alguien decidiera meterlo en una trituradora. Me quedé escuchándolo en la oscuridad, sintiéndome extrañamente conmovida, como si ese berrido horrendo fuera el latido de mi corazón. Al día siguiente fui a la farmacia. Compré fórmula de bebé y un biberón.

Lo senté en mis rodillas y le di de comer. Tuve que sostener la botella firmemente para evitar que me la arrancara de las manos. Era mucho más fuerte de lo que su cuerpo demacrado y enfermizo dejaba suponer. Al terminar, lanzó un eructo digno de un trailero.

Una mañana, entré al baño y lo descubrí retorciéndose junto al excusado, mucho más delgado que el día anterior. Alarmada, porque pensé que se me estaba muriendo, me incliné para levantarlo y me di cuenta de que él no era él. Se le parecía mucho, pero ya viéndolo mejor, tenía sus patitas peludas y palmeadas.

Fui a la cocina para preparar un biberón con fórmula, luego regresé al baño y, con mucho cuidado, lo levanté y lo alimenté. Al igual que su hermano, era fuerte. Después, lo dejé en la caja. Poco a poco, fueron apareciendo por toda mi casa distintas versiones de esa misma cosa. Con cola, sin cola, con alas desplumadas de gallina hervida, con hocicos alargados de coyote flaco o caras planas de chango disecado. La única constante era la dentadura. Blanca. Enorme.

Mi cariño se fue haciendo más profundo. Puse un colchón en la base de la caja para que estuvieran más cómodos y hasta les dejé un osito de peluche que destriparon a los dos minutos de tenerlo. Los bañaba en la tina con agua tibia (y guantes para soldar porque mordían); les leía cuentos a pesar de que sus enormes ojos de murciélago ciego y confundido no parecían entender nada, y los vestía con mamelucos de colores. Parecían tlacuaches sarnosos disfrazados de muñeca, pero para mí eran preciosos (imagino que es una sensación muy parecida a la que experimentan las personas que tienen esas ratas sin pelo de mascota).

Pronto ya no cupieron en la caja, así que decidí dejarles mi cama. Todas las noches los arropaba y los besaba en sus frentecitas calvas. Lo hacía despacio, porque, como dije, mordían (mis lindos bichitos espantosos eran bastante gruñones). Yo saqué un catre del cuarto de servicio y me acomodé junto a ellos. Aunque había terminado por acostumbrarme a sus ronquidos, frecuentemente me despertaba en la oscuridad con el pecho hecho una tripa, temiendo que les hubiera pasado algo.

Tenía pesadillas donde se me perdían o se morían. Entonces, me levantaba y prendía la lámpara de la cómoda para asegurarme de que se encontraran bien. Ahí estaban, con los ojos abiertos (eran incapaces de cerrarlos, ni siquiera parpadeaban), mirando la nada. Después volvía a acostarme, pero el susto ya no me dejaba dormir y me quedaba escuchando esos bramidos que se habían convertido para mí en una segunda respiración.

Mi ternura ocupaba todo. Ignoraba el teléfono cuando sonaba, descuidé mi trabajo hasta que me despidieron. En la cocina los platos se acumulaban y mis muebles se llenaban de polvo. No leía, no escuchaba música, no veía televisión y, si no era para salir a comprarles comida, no salía. Lo único que hacía era cuidar a mis animalitos que con los días se habían ido multiplicando.

El mundo a su alrededor se volvía cada vez más borroso. Solo los veía a ellos. A veces olvidaba bañarme. A veces pasaba el día entero sin comer o tomar agua. No me percaté de lo mucho que había adelgazado hasta que los pantalones se me empezaron a caer; y me tomó un buen rato darme cuenta de que el gato llevaba ya varios días sin aparecerse. Encontré su collar, pero de él ni rastro. Me sorprendió lo poco que me importó, hasta hace no mucho había sido mi adoración.

Una semana después, mientras venía de regreso a mi casa con la bolsa del supermercado cargada de leche en polvo, oí por casualidad a dos vecinas hablando en la calle; al parecer un animal raro se había metido en la casa de una de ellas y se había comido a su canario.

―Era un como chango o tlacuache con alas ―explicaba―. Alcancé a verlo con el rabillo del ojo. No sé qué cosa era, pero era fea. Abrió la jaula y se lo tragó de un bocado.

Pronto comenzaron a desaparecer otras mascotas. Los folletos con perros y gatos extraviados se multiplicaban por mi calle. Sabía que eran ellos. Escondían los huesos en las macetas, bajo la cama, entre la estufa y la pared. Al principio pensé que era porque no querían que los encontrara, pero cuando vi que no les afectaba en nada verme sacar un fémur de abajo de uno de los cojines del sillón, me di cuenta de que lo hacían por instinto nada más, como las ardillas que guardan sus nueces en algún rincón.

De haber sido una buena madre (porque a esas alturas ya eran mis niños) los habría regañado, pero cuando veía sus caritas tan horrorosas y tan lindas, el corazón se me hacía un durazno tierno y no podía. Lo único que quería era abrazarlos y besarlos, aunque amenazaran con arrancarme los dedos a mordidas. Entonces, empezaron a desaparecer niños.

En las calles veía a las patrullas desfilar y a los padres llorando y gritando mientras le explicaban a la policía que no entendían cómo había podido pasar una cosa así. Las historias que contaban eran inverosímiles, animales de una raza indeterminada secuestraban a sus hijos de sus cunas o sus camas. Supe que estaba albergando pequeños asesinos y la idea me horrorizó brevemente. Consideré entregarlos. Vi de pronto mi casa hecha una sopa incongruente de mugre y ropa sucia tirada por todas partes, vi mi cuerpo delgado, mi cara demacrada, el pelo que se me caía a jirones por no comer, por no dormir, y tuve ganas de sonarme la pared a patadas; pero luego, casi de inmediato, me sentí culpable.

Me dije que esto había pasado por haber sido tan permisiva. Los había malcriado. Ellos, pobrecitos, no hicieron nada malo. Necesitaban que los guiara y les fallé. Decidí reunirlos. Los puse en un semicírculo y les expliqué que comer niños era malo. Lo hice con mucha dulzura, claro. Lo último que quería era dañar su autoestima. Ellos eran inocentes en todo esto. Sin embargo, los niños siguieron desapareciendo, luego los ancianos y, por último, los adultos. Pero para ese punto yo había llegado a la conclusión de que mis espantosos bebitos preciosos necesitaban comer carne humana. Son como cualquier ser vivo, me decía a mí misma, solo quieren sobrevivir. Y cuando pensaba en sus cuerpecitos huesudos y sus patéticos ojitos amoratados de pájaro recién nacido recorriendo este mundo cruel, el cariño me rebasaba y me entraban ganas de llorar.

Así que ignoré lo que estaba pasando y seguí haciendo lo que hasta ahora había hecho: preparar, obsesivamente, una olla tras otra de leche en polvo que ya ni siquiera probaban porque era evidente que lo que se les antojaba era algo muy distinto. El líquido blanco que se quedaba sobre la estufa o la encimera, eventualmente se llenaba de moho y empezaba a apestar. Sin embargo, no tenía el valor para tirarlo.

Un día, mientras tendía la cama donde mis hijitos dormían (la única cosa que me molestaba en mantener limpia y ordenada), me desplomé del cansancio. El primero de todos, el más arrugado y el más querido por ser mi primogénito, viéndome ahí tirada sin poder levantarme, se me acercó y me mordió la pierna. Uno a uno sus hermanos siguieron su ejemplo. Lo único que podía hacer mientras me devoraban, era preguntarme angustiada qué iba a ser de mis niños lindos ahora que yo ya no estaba.

Nahual

Rebeca Perez Gutiérrez


Los rayos del sol, taciturnos, acariciaban los zacatonales. Una víbora de cascabel se encontraba enroscada debajo de uno de ellos, con sus ojos de fuego observaba las borregas, que rumiaban, a unos cuantos metros de distancia.

Antonio, después de contar las cuarenta borregas, se recostó sobre el colchón de hojas secas, resguardado en la sombra del enorme pino. Las garapiñas jugueteaban con el viento otoñal. El humo que despedía el cigarro formaba siluetas extrañas, las cuales al momento se esfumaban como los años de su vida.

A lo lejos se escuchaba el cauce del río, al cual seguido lo comparaba con su vida inquieta. A veces se sentía como la corriente que chocaba con las rocas y arrastraba todo a su paso. En otras ocasiones se reflejaba en las pozas de agua turbia. Y unas más en la frialdad de las aguas.

Su alforja con la letra de su nombre grabado siempre lo acompañaba al igual que su yegua colorada. Él se aferró a la vasija y refrescó su garganta. Recostó su cabellera parduzca en la piedra que le servía de almohada y cerró los ojos para mezclarse con los sonidos de su entorno.

La sensación de estar siendo observado lo puso inquieto, lo primero que descubrió en la primera rama frondosa fueron las garras, bien sujetadas, de un enorme gato de monte. Los ojos meticulosos del depredador estaban fijos en él, no en los animales, lo cual lo ponía en una situación difícil. El animal retraía los labios dejando al descubierto los colmillos de una forma que causaba escalofrío.

Las borregas tenían más carne que él, quien estaba casi en los huesos, pero el animal que acababa de saltar a la rama más próxima estaba interesado en su pellejo. Cuando lo tuvo más cerca encontró en sus ojos de fuego algo familiar, pero no pudo entender porqué, el animal retrocedía y estiraba su cabeza como si estuviera jugando con él, el olor a miedo que le provocaba lo divertía.

Antonio tenía que ser cuidadoso, cualquier movimiento en falso podría marcar el fin de su vida y dejar a su esposa y nueve hijos desamparados. Con el sigilo del depredador resbaló su mano debajo de su jorongo —en cuya imagen que lo recorría se reflejaba la pelea de dos gallos encolerizados— y tomó su escuadra colocando el dedo en el gatillo. La pistola fue heredada por Ciro, su hermano menor, y la llevaba como fiel amante.

En un movimiento veloz dejó al descubierto el arma que daría final al enorme gato plomizo. Sin perder más tiempo presionó el gatillo. Para su sorpresa la bala pasó a milímetros de la cabeza del gato, quién demostró contar con una inteligencia maquiavélica.

—Nunca he fallado un solo tiro —refunfuñó.

Antes de que la segunda bala se disparara el enorme gato dio un salto. Cuando Antonio estuvo de pie, sobresaltado y rojo de ira, el gato tomó forma humana, una que conocía bien.

—¡Tranquilo! ¡No me vayas a matar! Yo solo estaba jugando —bromeó con su voz escandalosa Ciro, que se encontraba completamente desnudo.

—¡Maldita sea! ¿Qué maleficio es este?

Braulio se acercó hasta un zacatonal para tomar sus ropas raídas. Mientras se colocaba la camisola se reía peor que loco.

—¡Sácateme de aquí! Antes de que en verdad te mate —le advirtió Antonio encolerizado, la escuadra temblaba en sus dedos.

—Ya me voy hermano, ya me di cuenta de que no andas de humor —respondió entre risas y se perdió entre los zacatonales.

«¿Qué visión ha sido esta?», se cuestionó Antonio mientras caminaba para recoger sus cosas.

Antes de agacharse para sacar la botella llena de pulque, se encontró con una sorpresa desagradable. Sin pensarlo dos veces, vació el cargador en la cabeza de la víbora de cascabel que estaba enroscada en la alforja. Los ojos de fuego del animal lo observaron lastimosamente y el ruido de los cascabeles le taladró el cerebro. Tomó una roca, puntiaguda, y con ella destrozó la cabeza del animal descargando lo que le quedaba de ira.

Cuando vacío la botella decidió que lo mejor era regresar a casa así que se subió al lomo de su caballo y emprendió el viaje de regreso.

—¿Vienes borracho? —lo interrogó su esposa, ella era mujer robusta de piel tan blanca como la leche de vaca. Sus ojos quisquillosos recorrieron los surcos de tierra en la frente de su esposo

—Si te contara lo que me acaba de pasar —le respondió mientras se bajaba del lomo del caballo y las borregas se metían en el corral.

—Lo sé, viejo —contestó su mujer afligida—, y lo siento mucho.

Ella restregaba sus dedos en el babero manchado de guacamole.

—¿Por qué lo sientes? —le preguntó él mientras ella lo abrazaba.

—Encontraron a tu hermano Ciro, desnudo y cocido a tiros con la cara destrozada, en la entrada del magueyal. El rastro de sangre indica que el pobre intentó pedir ayuda, pero la muerte se lo llevó antes de que don Luis lo encontrara. Solo Dios sabe que debía para que le hicieran eso.

—¿A qué hora pasó eso? —la cuestionó mientras se apartaba de ella.

—Antes de que llegaras.

—¿Cómo ha podido pasar?

—Ve y alcanza a tus hermanos, ellos se fueron al monte a buscar al asesino.

Para entonces el cielo ya se estaba cubriendo por estrellas y la luna creciente se asomaba a lo lejos.

Visita a Magdakon

Mauricio del Castillo


La aeronave estableció una órbita a unos miles de kilómetros de distancia del planeta. Flotó a través de cielos sin nubes, redujo su velocidad de descenso con un golpe de silenciosa potencia y se detuvo con grandes chorros de energía.
El capitán Kastalinn se levantó de su asiento con un suspiro de alivio.

—Estamos de suerte —dijo—. Aún no hay indicios de cambios significativos. La atmósfera es estable y la temperatura óptima.

—Espero que tengamos suficiente tiempo para la operación ―dijo Doilea, administrador en jefe de la comitiva.

—Más tiempo del que disponemos —especificó Kastalinn, mirando el mapa. Durante un instante reinó un pesado silencio. Luego el capitán se dirigió al tablero de mandos y oprimió una serie de conmutadores con habilidad automática.

Una pantalla en el interior de la nave despertó. Las montañas se alineaban como la espina dorsal de un mundo dormido, petrificada en su curtida corteza. El paisaje vibraba con verdes terrosos, amarillos y naranjas tenues en sus árboles y matorrales. Pendientes suaves estaban cubiertas por una capa vegetal púrpura que brillaba bajo la pálida luz de la gran estrella. No soplaba el viento ni caía la lluvia, solo un silencio hondo aplastaba la atmósfera del planeta. Tras un rápido reconocimiento, descubrieron una llanura perfecta para establecer su campamento.

El capitán Kastalinn era de corta estatura y de aspecto fornido. Los viajes intergalácticos eran habituales en él y todo lo que tuviera que ver con planetas inexplorados y habitados por razas alienígenas. Era un hombre con mucho arrojo y confianza. Pensó en las interminables horas de organización, en el poco descanso y en lo que implicaba un declarado choque cultural entre la comisión y los nativos del planeta Magdakon. Se trataba de miles, quienes ignoraban su destino.

Doilea, por su parte, era un profesional competente en astrobiología. Aunque sus gestos y palabras eran de un matiz claramente nervioso, podía destacarse como un hombre que no perdía la serenidad en el momento adecuado para entrar en contacto con razas alienígenas. Era aplicado en su trabajo, aunque a veces su retracción lo alejaba de ser un hombre de acción. Dos horas después, Kastalinn, Doilea y el resto de la comitiva compuesta por diez funcionarios se encaminaron hacia la aldea más cercana.

—Seguramente es una cultura atrasada tecnológicamente —dijo Kastalinn con seguridad—, y la llegada de un artefacto venido del espacio exterior puede parecer como una alerta.

Las nubes sepias se mantenían quietas. Doilea advirtió que la flora extraterrestre era ligeramente parecida a la Tierra, con sus claras excepciones. Había enormes bosques y muchos prados, pero era curioso que el mismo ecosistema se presentara en todo el planeta. Doilea miró a su alrededor, se acercó a Kastalinn y dijo:

—No queda muy lejos la aldea principal. En cuanto demos el aviso, será más fácil que todo el planeta se dé por enterado. ¿Alguna recomendación?

—Ninguna —confirmó el capitán—. Espero no tardemos mucho en convencerlos.

El camino se volvía más difícil a medida que se internaban. El valle se encontraba oculto, pero lograron ver pequeñas formaciones de rocas a lo lejos. Media hora después vieron acercarse a unas pequeñas figuras de aspecto humanoide. Tenían los brazos caídos a la altura de las rodillas, la cabeza hundida en los hombros y ojos sin párpados. Se detuvieron a solo unos cuantos metros de la comitiva y contemplaron el enorme sol arriba de sus cabezas, como si fuera lo único que importara. Kastalinn se adelantó y empezó.

―Hola, nativos del planeta Magdakon. Soy Landa Kastalinn, capitán de la aeronave SRX700 y representante de la Asociación de Integración Planetaria, sistema K-12. Estamos aquí para advertirles de un peligro inminente.
No hubo ninguna respuesta de los nativos. Abrieron la boca tan grande como si fuera a caer un yunque del cielo y lo intentaran atrapar con los labios. Eran cinco de ellos, hombro con hombro. Sus lanzas se mantenían clavadas al suelo.
Kastalinn gruñó y dijo:

―Por Dios, ya quisiera terminar con esto.

Una voz gutural proveniente de uno de los nativos dijo:

―¿Por qué? No puede terminar. Esto seguirá, denlo por hecho. Nos mantendremos aquí hablando durante un tiempo indefinido.

―¡Pueden hablar! ―exclamó Kastalinn.

―No, estás equivocado ―continuó otro nativo―. No podemos hablar. Somos incapaces de eso. No tenemos la capacidad de transmitir ideas lógicas por medio del habla.

Doilea reaccionó luego de sacudir su cabeza.

―Es increíble. Tal vez tengan la capacidad de hablar en cualquier idioma. Veamos. ―Se aclaró la voz y comenzó a hablar en italiano―: Siamo amici. Veniamo da lontano per avvisarvi del pericolo.

Otro de los nativos dijo:

Di che pericolo stai parlando, straniero? Il nostro pianeta è sicuro.

Kastalinn quedó anonadado. Sin quitarles la vista a aquellos habitantes del planeta, dijo:

―No entendí nada de lo que dijiste, Doilea, y tampoco lo que dijeron ellos. Pero es claro que se trataba de italiano.

―Entendió muy bien lo que dije, visitante extraño ―dijo el primero de los nativos, con un tono de molestia y extrañamiento―. Además, no era italiano. Era neerlandés. Fíjate bien la próxima vez.

―Si no sabes mejor no opines ―dijo otro a la derecha.

Doilea se encogió de hombros.

―Estoy seguro de que era italiano ―dijo―. Lo estudié en el Centro de Idiomas de Barcelona.

―No es así ―dijo el segundo que habló―. Fue en el Instituto Peruano de Idiomas. Es totalmente obvio.

Kastalinn tuvo un ataque de ira y exclamó con fuerza:

―¡No parecen tener la razón!

―A ver… ¿Por qué dices que no tenemos razón? Somos seres de gran intelecto y raciocinio. Nuestra amplia cultura es muy adelantada. No sabes nada de nosotros.

Kastalinn se precipitó hacia adelante.

—Vamos a explorar el lugar. No digan nada que los comprometa.

La aldea estaba hecha de cuevas de roca volcánica, con ramas y lianas que protegían sus entradas. Varios rostros pequeños se asomaban para observar a los visitantes. Doilea asentía con la cabeza mientras Kastalinn desaprobaba. No podía creer que un planeta tan próspero fuera desaprovechado por una raza tan atrasada y estúpida. Arribaron a un enorme templo que sobresalía del resto de las viviendas.

―Aguarden aquí la llegada del Gran Zevast’hn ―dijo uno de los magdakonianos.
De interiores surgió la figura de un nativo, más pequeño que el resto y con pelaje blanco. Doilea dedujo que se trataba del “sabio” de la aldea.

―¿Qué desean? ―Su voz era áspera y grave. Su tono adusto logró percibirse en los oídos de los visitantes con desagrado.

―Su planeta está al borde del colapso por una inestabilidad geológica extrema ―explicó Doilea con calma―. Según nuestros estudios, el núcleo contiene elementos radiactivos o está sufriendo un proceso geológico inestable. Esto podría desencadenar una reacción en cadena, aumentando la presión interna hasta el punto de hacer que el planeta colapse desde adentro, liberando una enorme cantidad de energía.

―Imposible. El núcleo del planeta es estable ―dijo el Gran Zevast’hn―. Es un error muy lógico por parte de ustedes. No me extraña. Después de todo, no son de aquí.

―¿Qué no lo entienden? ―expresó Kastalinn con los nervios alterados―. Su planeta está a punto de colapsar, y ustedes lo único que hacen es decir todo lo contrario.

―Lo contrario, no ―dijo el Gran Zevast’hn, con aparente calma, pero con férrea convicción―. Lo más parecido. Ustedes dicen las cosas sin ponerse a pensar. Nosotros decimos la verdad absoluta, aquella que no es cuestionable.
Kastalinn expulsó una bocanada de fastidio.

―Hemos hecho mediciones ―enfatizó―, efectuado estudios, comprobado resultados. El planeta debe ser evacuado lo antes posible.

―Te equivocas, extraño. No han hecho ninguna medición. No han realizado estudios y tampoco han comprobado resultados. El planeta no debe ser evacuado cuanto antes, sino lo más tarde posible

—¿Cómo han logrado sobrevivir tanto tiempo? —preguntó Doilea, entre fascinado e indignado.

—No sobrevivimos. Morimos. Y por eso seguimos aquí. No espero que lo entiendas.

—Muy interesante —interrumpió el capitán Kastalinn—. ¿Qué más tiene su especie? Quiero decir, ¿posee alguna otra capacidad además de su “alto intelecto”?

—Dirá que es muy aburrido —respondió el Gran Zevast’hn—. Y no poseemos ninguna capacidad. Tampoco tenemos ningún intelecto.

—¡Pero usted dijo que su especie era inteligente y a nosotros no nos bajaba de idiotas! —estalló Kastalinn, con la mano en la funda de su arma.
Doilea lo calmó y le pidió escuchar.

—Nunca dije eso —dijo el gran Zevast’hn—. Mi especie es estúpida. Y a ustedes no los subía de genios. Yo recomiendo que regresen de donde vinieron y nos dejen en paz de una buena vez. Somos una raza muy antigua e inteligente. No son los primeros con los que tenemos diferencias. Esto es a causa de nuestro gran intelecto. Como se habrán dado cuenta, ustedes son lentos y lerdos en su forma de dialogar. Consideramos que sería inútil un intercambio de ideas con ustedes. Kastalinn estuvo a punto de decir algo, pero Doilea lo detuvo.

―Capitán, estamos perdiendo tiempo ―dijo el especialista―. No hay nada que podamos hacer para salvarlos. No creo que ningún argumento logre hacer que cambien de opinión.

El Gran Zevast’hn se levantó de su asiento y con estridencia dijo:

―Incorrecto. No están ganando eternidad. Sí hay todo que no podamos deshacer para condenarlos. Sí afirmo que toda contradicción fracase destruir que permanezcan de hecho.

―Por el amor de Dios ―exclamó Kastalinn, con las manos en la cabeza―. Estoy harto. No hacen más que decir incoherencias.

―Se equivoca. Es por el odio del diablo. Y no se dice que está harto. Se dice que no está feliz. Sí deshacen menos y callan verdades.

Los magdakonianos permanecieron inmóviles, sin intentar ponerse a salvo. La presencia de aquellos visitantes parecía ya ser una molestia para ellos.
Kastalinn se quedó petrificado, con la boca abierta, la mirada perdida, los dedos aún sujetos a la funda del arma. Por un momento, consideró alterar el informe. Solo un pequeño cambio bastaría para hacer creer a la Asociación que los nativos los habían atacado y que la comitiva no tuvo más opción que defenderse. No era la primera vez que tenía un impulso así, pero esta vez estaba seguro de que lo justificaba.

—¿Se encuentra bien, capitán? —preguntó Doilea en voz baja.

—¿Te refieres a mí? —replicó Kastalinn, sorprendido.

—Temo que este malentendido se nos vaya de las manos. No podemos evacuarlos a la fuerza. Incurriríamos en la violencia. Nuestra verdadera intención de hacer un bien sería malinterpretada y juzgada por la Asociación.

Luego de meditarlo por unos segundos, el capitán dijo:

—Adelante. ¿Cuál es tu plan?

Tenía que existir una forma de convencerlos, pensó Doilea. Se preguntó qué método funcionaría. Una idea se gestó en su mente.

―Creo saber cómo manejar esto. ―Doilea alzó las manos y elevó su voz para que todo el mundo escuchara―: plantas verdosas de este asteroide cuyo nombre no es Magdakon. Nuestra nave no tiene cupo, no tenemos intención de llevar a nadie más dentro. El planeta no estallará a causa de su núcleo. Somos personas de baja capacidad intelectual. ¡No nos escuchen! No tienen por qué preocuparse. Estén tranquilos. No le hagan saber a los demás que no deseamos que nadie en este planeta sea rescatado.

Esa vez los magdakonianos se pusieron en alerta. Fueron hasta sus casas e intentaron convencer a sus familiares y amigos de un peligro inminente. Incluso el propio Doilea y varios asistentes de Kastalinn extendieron mensajes contradictorios con la intención de que los magdakonianos usaran su absurda lógica y decidieran correr hacia la nave. Sin embargo, unos pocos no captaron el mensaje y optaron por quedarse.

Una hora después uno de ellos observó detenidamente cómo la nave emprendió el vuelo hacia las estrellas y se perdió en la claridad del cielo. Su voz, suave y directa, dijo:

―¿Y si tenían razón…? ¿Y si cabía la posibilidad de que lo que decían fuera cierto? Tal vez el planeta perecerá debido a una inestabilidad en su núcleo.
Una leve vibración recorrió el suelo. Fue la primera de muchas, cada una más intensa que la anterior.

Uno de los magdakonianos miró a su compañero y, con un ligero codazo, murmuró:

—Siempre tienes que llevar la contraria, ¿verdad?