Visita a Magdakon

Visita a Magdakon

Mauricio del Castillo


La aeronave estableció una órbita a unos miles de kilómetros de distancia del planeta. Flotó a través de cielos sin nubes, redujo su velocidad de descenso con un golpe de silenciosa potencia y se detuvo con grandes chorros de energía.
El capitán Kastalinn se levantó de su asiento con un suspiro de alivio.

—Estamos de suerte —dijo—. Aún no hay indicios de cambios significativos. La atmósfera es estable y la temperatura óptima.

—Espero que tengamos suficiente tiempo para la operación ―dijo Doilea, administrador en jefe de la comitiva.

—Más tiempo del que disponemos —especificó Kastalinn, mirando el mapa. Durante un instante reinó un pesado silencio. Luego el capitán se dirigió al tablero de mandos y oprimió una serie de conmutadores con habilidad automática.

Una pantalla en el interior de la nave despertó. Las montañas se alineaban como la espina dorsal de un mundo dormido, petrificada en su curtida corteza. El paisaje vibraba con verdes terrosos, amarillos y naranjas tenues en sus árboles y matorrales. Pendientes suaves estaban cubiertas por una capa vegetal púrpura que brillaba bajo la pálida luz de la gran estrella. No soplaba el viento ni caía la lluvia, solo un silencio hondo aplastaba la atmósfera del planeta. Tras un rápido reconocimiento, descubrieron una llanura perfecta para establecer su campamento.

El capitán Kastalinn era de corta estatura y de aspecto fornido. Los viajes intergalácticos eran habituales en él y todo lo que tuviera que ver con planetas inexplorados y habitados por razas alienígenas. Era un hombre con mucho arrojo y confianza. Pensó en las interminables horas de organización, en el poco descanso y en lo que implicaba un declarado choque cultural entre la comisión y los nativos del planeta Magdakon. Se trataba de miles, quienes ignoraban su destino.

Doilea, por su parte, era un profesional competente en astrobiología. Aunque sus gestos y palabras eran de un matiz claramente nervioso, podía destacarse como un hombre que no perdía la serenidad en el momento adecuado para entrar en contacto con razas alienígenas. Era aplicado en su trabajo, aunque a veces su retracción lo alejaba de ser un hombre de acción. Dos horas después, Kastalinn, Doilea y el resto de la comitiva compuesta por diez funcionarios se encaminaron hacia la aldea más cercana.

—Seguramente es una cultura atrasada tecnológicamente —dijo Kastalinn con seguridad—, y la llegada de un artefacto venido del espacio exterior puede parecer como una alerta.

Las nubes sepias se mantenían quietas. Doilea advirtió que la flora extraterrestre era ligeramente parecida a la Tierra, con sus claras excepciones. Había enormes bosques y muchos prados, pero era curioso que el mismo ecosistema se presentara en todo el planeta. Doilea miró a su alrededor, se acercó a Kastalinn y dijo:

—No queda muy lejos la aldea principal. En cuanto demos el aviso, será más fácil que todo el planeta se dé por enterado. ¿Alguna recomendación?

—Ninguna —confirmó el capitán—. Espero no tardemos mucho en convencerlos.

El camino se volvía más difícil a medida que se internaban. El valle se encontraba oculto, pero lograron ver pequeñas formaciones de rocas a lo lejos. Media hora después vieron acercarse a unas pequeñas figuras de aspecto humanoide. Tenían los brazos caídos a la altura de las rodillas, la cabeza hundida en los hombros y ojos sin párpados. Se detuvieron a solo unos cuantos metros de la comitiva y contemplaron el enorme sol arriba de sus cabezas, como si fuera lo único que importara. Kastalinn se adelantó y empezó.

―Hola, nativos del planeta Magdakon. Soy Landa Kastalinn, capitán de la aeronave SRX700 y representante de la Asociación de Integración Planetaria, sistema K-12. Estamos aquí para advertirles de un peligro inminente.
No hubo ninguna respuesta de los nativos. Abrieron la boca tan grande como si fuera a caer un yunque del cielo y lo intentaran atrapar con los labios. Eran cinco de ellos, hombro con hombro. Sus lanzas se mantenían clavadas al suelo.
Kastalinn gruñó y dijo:

―Por Dios, ya quisiera terminar con esto.

Una voz gutural proveniente de uno de los nativos dijo:

―¿Por qué? No puede terminar. Esto seguirá, denlo por hecho. Nos mantendremos aquí hablando durante un tiempo indefinido.

―¡Pueden hablar! ―exclamó Kastalinn.

―No, estás equivocado ―continuó otro nativo―. No podemos hablar. Somos incapaces de eso. No tenemos la capacidad de transmitir ideas lógicas por medio del habla.

Doilea reaccionó luego de sacudir su cabeza.

―Es increíble. Tal vez tengan la capacidad de hablar en cualquier idioma. Veamos. ―Se aclaró la voz y comenzó a hablar en italiano―: Siamo amici. Veniamo da lontano per avvisarvi del pericolo.

Otro de los nativos dijo:

Di che pericolo stai parlando, straniero? Il nostro pianeta è sicuro.

Kastalinn quedó anonadado. Sin quitarles la vista a aquellos habitantes del planeta, dijo:

―No entendí nada de lo que dijiste, Doilea, y tampoco lo que dijeron ellos. Pero es claro que se trataba de italiano.

―Entendió muy bien lo que dije, visitante extraño ―dijo el primero de los nativos, con un tono de molestia y extrañamiento―. Además, no era italiano. Era neerlandés. Fíjate bien la próxima vez.

―Si no sabes mejor no opines ―dijo otro a la derecha.

Doilea se encogió de hombros.

―Estoy seguro de que era italiano ―dijo―. Lo estudié en el Centro de Idiomas de Barcelona.

―No es así ―dijo el segundo que habló―. Fue en el Instituto Peruano de Idiomas. Es totalmente obvio.

Kastalinn tuvo un ataque de ira y exclamó con fuerza:

―¡No parecen tener la razón!

―A ver… ¿Por qué dices que no tenemos razón? Somos seres de gran intelecto y raciocinio. Nuestra amplia cultura es muy adelantada. No sabes nada de nosotros.

Kastalinn se precipitó hacia adelante.

—Vamos a explorar el lugar. No digan nada que los comprometa.

La aldea estaba hecha de cuevas de roca volcánica, con ramas y lianas que protegían sus entradas. Varios rostros pequeños se asomaban para observar a los visitantes. Doilea asentía con la cabeza mientras Kastalinn desaprobaba. No podía creer que un planeta tan próspero fuera desaprovechado por una raza tan atrasada y estúpida. Arribaron a un enorme templo que sobresalía del resto de las viviendas.

―Aguarden aquí la llegada del Gran Zevast’hn ―dijo uno de los magdakonianos.
De interiores surgió la figura de un nativo, más pequeño que el resto y con pelaje blanco. Doilea dedujo que se trataba del “sabio” de la aldea.

―¿Qué desean? ―Su voz era áspera y grave. Su tono adusto logró percibirse en los oídos de los visitantes con desagrado.

―Su planeta está al borde del colapso por una inestabilidad geológica extrema ―explicó Doilea con calma―. Según nuestros estudios, el núcleo contiene elementos radiactivos o está sufriendo un proceso geológico inestable. Esto podría desencadenar una reacción en cadena, aumentando la presión interna hasta el punto de hacer que el planeta colapse desde adentro, liberando una enorme cantidad de energía.

―Imposible. El núcleo del planeta es estable ―dijo el Gran Zevast’hn―. Es un error muy lógico por parte de ustedes. No me extraña. Después de todo, no son de aquí.

―¿Qué no lo entienden? ―expresó Kastalinn con los nervios alterados―. Su planeta está a punto de colapsar, y ustedes lo único que hacen es decir todo lo contrario.

―Lo contrario, no ―dijo el Gran Zevast’hn, con aparente calma, pero con férrea convicción―. Lo más parecido. Ustedes dicen las cosas sin ponerse a pensar. Nosotros decimos la verdad absoluta, aquella que no es cuestionable.
Kastalinn expulsó una bocanada de fastidio.

―Hemos hecho mediciones ―enfatizó―, efectuado estudios, comprobado resultados. El planeta debe ser evacuado lo antes posible.

―Te equivocas, extraño. No han hecho ninguna medición. No han realizado estudios y tampoco han comprobado resultados. El planeta no debe ser evacuado cuanto antes, sino lo más tarde posible

—¿Cómo han logrado sobrevivir tanto tiempo? —preguntó Doilea, entre fascinado e indignado.

—No sobrevivimos. Morimos. Y por eso seguimos aquí. No espero que lo entiendas.

—Muy interesante —interrumpió el capitán Kastalinn—. ¿Qué más tiene su especie? Quiero decir, ¿posee alguna otra capacidad además de su “alto intelecto”?

—Dirá que es muy aburrido —respondió el Gran Zevast’hn—. Y no poseemos ninguna capacidad. Tampoco tenemos ningún intelecto.

—¡Pero usted dijo que su especie era inteligente y a nosotros no nos bajaba de idiotas! —estalló Kastalinn, con la mano en la funda de su arma.
Doilea lo calmó y le pidió escuchar.

—Nunca dije eso —dijo el gran Zevast’hn—. Mi especie es estúpida. Y a ustedes no los subía de genios. Yo recomiendo que regresen de donde vinieron y nos dejen en paz de una buena vez. Somos una raza muy antigua e inteligente. No son los primeros con los que tenemos diferencias. Esto es a causa de nuestro gran intelecto. Como se habrán dado cuenta, ustedes son lentos y lerdos en su forma de dialogar. Consideramos que sería inútil un intercambio de ideas con ustedes. Kastalinn estuvo a punto de decir algo, pero Doilea lo detuvo.

―Capitán, estamos perdiendo tiempo ―dijo el especialista―. No hay nada que podamos hacer para salvarlos. No creo que ningún argumento logre hacer que cambien de opinión.

El Gran Zevast’hn se levantó de su asiento y con estridencia dijo:

―Incorrecto. No están ganando eternidad. Sí hay todo que no podamos deshacer para condenarlos. Sí afirmo que toda contradicción fracase destruir que permanezcan de hecho.

―Por el amor de Dios ―exclamó Kastalinn, con las manos en la cabeza―. Estoy harto. No hacen más que decir incoherencias.

―Se equivoca. Es por el odio del diablo. Y no se dice que está harto. Se dice que no está feliz. Sí deshacen menos y callan verdades.

Los magdakonianos permanecieron inmóviles, sin intentar ponerse a salvo. La presencia de aquellos visitantes parecía ya ser una molestia para ellos.
Kastalinn se quedó petrificado, con la boca abierta, la mirada perdida, los dedos aún sujetos a la funda del arma. Por un momento, consideró alterar el informe. Solo un pequeño cambio bastaría para hacer creer a la Asociación que los nativos los habían atacado y que la comitiva no tuvo más opción que defenderse. No era la primera vez que tenía un impulso así, pero esta vez estaba seguro de que lo justificaba.

—¿Se encuentra bien, capitán? —preguntó Doilea en voz baja.

—¿Te refieres a mí? —replicó Kastalinn, sorprendido.

—Temo que este malentendido se nos vaya de las manos. No podemos evacuarlos a la fuerza. Incurriríamos en la violencia. Nuestra verdadera intención de hacer un bien sería malinterpretada y juzgada por la Asociación.

Luego de meditarlo por unos segundos, el capitán dijo:

—Adelante. ¿Cuál es tu plan?

Tenía que existir una forma de convencerlos, pensó Doilea. Se preguntó qué método funcionaría. Una idea se gestó en su mente.

―Creo saber cómo manejar esto. ―Doilea alzó las manos y elevó su voz para que todo el mundo escuchara―: plantas verdosas de este asteroide cuyo nombre no es Magdakon. Nuestra nave no tiene cupo, no tenemos intención de llevar a nadie más dentro. El planeta no estallará a causa de su núcleo. Somos personas de baja capacidad intelectual. ¡No nos escuchen! No tienen por qué preocuparse. Estén tranquilos. No le hagan saber a los demás que no deseamos que nadie en este planeta sea rescatado.

Esa vez los magdakonianos se pusieron en alerta. Fueron hasta sus casas e intentaron convencer a sus familiares y amigos de un peligro inminente. Incluso el propio Doilea y varios asistentes de Kastalinn extendieron mensajes contradictorios con la intención de que los magdakonianos usaran su absurda lógica y decidieran correr hacia la nave. Sin embargo, unos pocos no captaron el mensaje y optaron por quedarse.

Una hora después uno de ellos observó detenidamente cómo la nave emprendió el vuelo hacia las estrellas y se perdió en la claridad del cielo. Su voz, suave y directa, dijo:

―¿Y si tenían razón…? ¿Y si cabía la posibilidad de que lo que decían fuera cierto? Tal vez el planeta perecerá debido a una inestabilidad en su núcleo.
Una leve vibración recorrió el suelo. Fue la primera de muchas, cada una más intensa que la anterior.

Uno de los magdakonianos miró a su compañero y, con un ligero codazo, murmuró:

—Siempre tienes que llevar la contraria, ¿verdad?