Soledad

José Luis Ramírez


Nadie me llamó nunca por mi nombre. Me decían Sol, Sole, Solecita. Ni siquiera mi madre, Helena, cuando estaba enojada o la abuela Marisol, para pedirme que le convidara un dulce a escondidas.

En la escuela, la maestra Jacinta me decía la-niña-sol, así todo junto, las otras estudiantes me decían ‘campamocha’ porque no tenían mucha imaginación para los apodos, y sí, desde muy peque era yo toda menudita. Además, no era mal apodo, peor habría sido más al sur, donde a los fásmidos se les conocía como palotes o matacaballos.

Mi abuela Marisol murió de diabetes, bueno, fue más bien una necrosis de tipo colicuativo, se le infectó una uña del pie y la gangrena se fue extendiendo por todo su cuerpo. En algún momento oí a mi madre sugerir que podía cortarle la pierna, desde el muslo, para salvarla, pero la abuela debió escucharla también, porque se hizo de un cuchillo de carne y lo tenía agarrado siempre del mango, por si alguien, que no fuera yo, se le acercaba.

Recuerdo que la cremamos en un valle de humedales rodeado de montañas, embadurnada de aceite de flores: estaba toda cubierta con ramas de pino que ardieron enseguida, convirtiéndola en humo primero y enseguida en cenizas. Las plañideras: Arcelia, Carmen y Mónica, la lloraron durante el fuego y enseguida machacaron con palos los huesos y dientes que no se consumieron, para dejar luego que sus cenizas se dispersaran al viento, que era mucho y hasta hacía tolvaneras.

Luego seguimos nuestro camino. Ninguna se lamentó por la abuela después de cremarla, ni siquiera madre, y yo, lo más que sentí fue una cierta inquietud. No sabía qué iba a hacer con los dulces de miel que me guardaba en el morral.
Seguimos caminando por la ribera del río, el agua estaba muy sucia y la maestra Altagracia nos advirtió que no debíamos beber de ella, ni siquiera tras filtrarla y hervirla, pues, además de bacterias y micro-plásticos tenía solventes.
Así que las ingenieras hicieron como hacían siempre, buscar dónde cavar un foso; comenzaron a cortar la maleza con los machetes y meter los dedos en la tierra, para ver no sólo cuál era la más negra, sino también donde había hilos blancos de micelo. Cuando hallaban un buen sitio, comenzaban las cavadoras a palear y las cargadoras a acarrear la tierra lejos del agujero.

Los días de sacar agua del suelo eran cuando pasábamos más tiempo en un mismo lugar, las soldaderas establecían un perímetro de seguridad alrededor del campamento, armadas, no con las viejas herramientas que usaban las ingenieras, sino con arcos, el carcaj lleno de flechas con punta de pedernal.
La comandanta Ramona solía contarnos que el acero era muy valioso para arriesgarse a perderlo en un combate cuerpo a cuerpo contra otras tribus, por eso entrenaba a nuestras niñas a enderezar las ramas secas y sacar filo a los pedernales o la obsidiana, que abundaba desde la gran erupción de la caldera de Yellowstone, mientras a las adolescentes nos entrenaba en el tiro a distancia con arco largo.

Solían poner las dianas al menos a 70 pasos de nosotras, eran varios círculos concéntricos trazados con un hilo y tiza en un trozo de corteza blanqueado con cal. La idea era recuperar las flechas tras una ronda de disparos, aunque algunas solían perderse en la distancia, sobre todo con las arquistas más jóvenes.
Así que, llegadas a cierta edad, acompañábamos a las soldaderas a cazar para entrenarnos en el tiro con blancos móviles. Los animales que habían sobrevivido a la erupción del supervolcán no eran muy grandes, muchas ardillas, liebres y ratas de campo, y —cerca de las ruinas— había también perras salvajes y gatas ferales, a las que siempre era mejor evitar porque eran carnívoras, además de andar siempre en manadas.

De cualquier manera, tarde o temprano acabábamos en las orillas de alguna vieja ciudad.Las edificaciones destruidas por los terremotos o enterradas entre las cenizas.

Y, pese a los riesgos, no eran malas noticias; las exploradoras Yolanda, Carolina y María Luisa solían regresar con tesoros como herramientas de acero inoxidable o medicamentos, incluso alguna reliquia. Éstas eran las menos comunes, que sobreviviese el papel de los libros a la humedad o los hongos, ocultos quizás en una maleta que la ceniza había mantenido hermética u otros aún con su emplayado de celofán aún intacto.

Si las exploradoras encontraban alguna reliquia debían llevarla de inmediato al campamento, marcando su ruta; aunque todas en la tribu sabíamos leer y escribir, sólo quienes podían memorizar los textos completos aspiraban a ser maestras. Ellas recibían la reliquia antes que ninguna para rescatar lo más que se pudiera del conocimiento.

Al día siguiente (pues debían regresar siempre antes del ocaso), todas las exploradoras marchaban juntas escoltadas por un pequeño grupo de soldaderas, para que pudieran hurgar a fondo en el lugar donde habían hallado la primera reliquia, rebuscando en los alrededores, por si había alguna otra ahí cerca.

Mi sueño, cuando niña, era convertirme, si no en maestra, en exploradora; pero al parecer no tenía aptitudes suficientes para ninguna de esas profesiones, así que madre me entrenó en su propio oficio: doctora.

“Siempre habrá bebés” solía decirme, “y malestares sobran”. Pero yo solía preguntarme de qué servía meter las manos entre las piernas de una parturienta para ayudarla a sacar la cría, quitar a la neonata la placenta de nariz y boca antes de nalguearla y cortar el umbilical con un bisturí quirúrgico (que era el tesoro más preciado de madre).

Por supuesto, la valía de la doctora estaba en los casos cuando la bebé venía volteada o traía el umbilical enredado, cuando por más que se pujaba la criatura nada más no salía y había que cortarle la panza a una para sacar por ahí a la otra, para luego zurcir a la recién parida, como a un vestido, limpiando la herida cada tanto y poniendo emplastos para que no se infectase, además de darle jugo de moho mientras convalecía.

Si se preguntan: ¿quién ayudó a madre a parirme a mí?, fue una maestra, Diotima, que se especializaba en las reliquias que hablaban de salud y nos enseñó el oficio de médica cirujana y partera, primero a madre y luego a mí.
Ella no me decía la-niña-sol, como la maestra Jacinta, sino que sabía, por sus gemelas —que eran de mi edad— cómo me apodaban de niña y así me decía en las clases: ‘doctora Campamocha’. Creo yo que no lo decía con sorna, sino que había algo de envidia o respeto, porque sus propias hijas solo habían mostrado aptitud para pizcar grano y hacer hilos con el huso.

Cuando autofecundé mi primer óvulo, a los 19 años, fue madre quien me atendió. Cosa que me alegró porque la bebé no alcanzó a pasar por el canal vaginal, por mucho que pujé, al punto de quedar exhausta durante el prolongado trabajo de parto.Madre me realizó la cesárea con su bisturí y sacó a mi bebé del vientre, cortó el cordón umbilical y todavía le hizo respiración cardiopulmonar para reanimarla, pero a mí no me suturó la herida porque ya no tenía pulso. La niña sobrevivió. Madre le puso mi nombre, Soledad: aunque estaba prohibido que dos mujeres de la tribu tuviesen el mismo nombre, nada impedía volver a usar el de nuestras muertas.

La filosofía interminable de Ende: «La Nada como problema antropológico y político»


Roberto Carlos Garnica Castro


Silfos nocturnos, fuegos fatuos y comerrocas, una tortuga gigante, un monstruo proteico y un dragón de la suerte, oráculos y esfinges, hombres lobo, brujas y vampiros, tres niños (una emperatriz, un héroe y un lector apasionado), y muchas otras criaturas fantásticas, hacen de La historia interminable un impulso para soñar y viajar. 
Es también un texto que estimula el pensamiento. ¿Me acompañas a desentrañar sus tesoros filosóficos?


La Nada como problema antropológico y político

En el capítulo octavo de La historia interminable (En el País de la Gentuza), Atreyu y Fújur intentan traspasar las fronteras de su mundo para encontrar un ser humano que le pueda dar un nuevo nombre a la Emperatriz Infantil. Sin embargo, por más que avanzan, no logran acercarse a su destino pues, como les revelarán los cuatro gigantes del viento, Fantasia no tiene fronteras. En ese recorrido miran cómo la Nada se extiende por todas partes y, al internarse en una terrible tormenta, Atreyu cae de su montura, pierde el Áuryn y se precipita al mar. Unas sirenas lo rescatan y lo dejan en la playa. Cuando el joven solitario recupera la conciencia, se interna en el País de la Gentuza.

Además de la historia, que es fascinante, el Capítulo VIII aborda varios tópicos filosóficos: la posibilidad o imposibilidad de traspasar las fronteras del universo, la tematización de la Nada, la normalización del horror y la corrupción, la dificultad para discernir la perseverancia de la necedad, el valor del miedo y la prudencia como mecanismos de salvaguarda, la pulsión de los poderosos de pelear por pelear y los efectos devastadores de esa guerra, el lugar y la relevancia de lo monstruoso.

La Nada es el motivo que atraviesa La Historia Interminable, es el antihéroe informe que amenaza con disolver los mundos, es la no-cosa que de algún modo todo lo rodea.

Pero, como lo sugerimos en La esperanza como superación del nihilismo (Garnica, 2025), hablar de la Nada es un contrasentido pues “a la nada no le es posible ser” (Parménides, 2008, p. 309). Sin embargo, como lo aventura Platón en El Sofista, la nada debe ser algo, pues podemos hablar de ella, es lo que hace espacio a la mentira: “es necesario que lo que no es, exista de algún modo, si alguien piensa algo falso respecto de algo” (Platón, 1992, p. 399).

En ese sentido, a pesar de que la nada absoluta “es impronunciable, indecible, informulable e impensable” (Platón, 1992, p. 400), Michael Ende la personifica y la hace avanzar y crecer: “más de una vez, en aquel largo vuelo, había visto debajo, en el paisaje, aquellos lugares en que la Nada se extendía” (Ende, 2022, p. 142), “la Nada se acercaba lenta, muy lentamente, pero sin pausa” (Ende, 2022, p. 152; aunque no es algo tangible y “mirarla” produce “la sensación de haberse quedado ciego” (Ende, 2022, p. 129), su contacto tiene efectos: hace que te falte algo hasta que dejas de existir (Cf. Garnica, 2025).

La fuerza de la Nada radica también en su poder de atracción: Ende describe, por ejemplo, cómo todos los seres espectrales del País de la gentuza fueron arrastrados como hojas secas, “se precipitaron al mismo tiempo hacia la Nada y cayeron, se desplomaron o saltaron dentro de ella” (Ende, 2022, p. 152), el mismo Atreyu sintió “con espanto que también su cuerpo comenzaba a moverse, con pequeñas sacudidas, hacia la Nada” (Ende, 2022, p. 153), un deseo irresistible de precipitarse en ella se apoderó de él… y sólo el acopio de toda su fuerza de voluntad permitió que, por el momento, escapara de ella.

Estas cuestiones ya las había expuesto Ende en otras partes del libro, particularmente en el capítulo titulado La Vetusta Morla, sin embargo, en el presente apartado realiza una reflexión que nos exige profundizar en los terribles efectos de la Nada: “una cosa rara es que el horror pierde su espanto cuando se repite mucho” (Ende, 2022, p. 142), lo cual ilustra de este modo: “como los lugares de aniquilación no disminuían sino que eran cada vez más numerosos, Fújur y Atreyu se habían acostumbrado poco a poco a ellos… o, más bien, les había entrado una especie de indiferencia. Apenas les prestaban ya atención” (Ende, 2022, p. 142).

Lamentablemente, esto es lo que ocurre con fenómenos como la discriminación, la explotación, la enajenación, la corrupción, la violencia y otros bastardos de la Nada; los normalizamos psicológica y sociológicamente, es decir, los dejamos de percibir como negación y destrucción para considerarlos lo ordinario, la única opción.

Y es en ese sentido que la aventura de Atreyu y Bastián nos impele a reconocer que estamos cercados por la Nada, por una Nada que hemos normalizado y que amenaza con destruirlo todo…

En esta entrega no abordamos todas las cuestiones filosóficas que se tocan en el Capítulo VIII de La historia interminable. Ya habrá ocasión para hablar de ellas. Sin embargo, es claro que el tema de la Nada es fundamental para Michael Ende, aunque no se trata de un problema ontológico y epistemológico sino de una grave inquietud antropológica y política.

Ilustración de la entrada “La tormenta de las cuatro caras” por Tomás “Yami” Hernández.

Referencias.

Ende, Michael (2022). La historia interminable. Alfaguara.

Garnica (2025). La esperanza como superación del nihilismo.En La filosofía interminable de Ende, columna del Blog de Colectivo Delfos. Recuperado de https://colectivodelfos.com/2025/01/26/la-filosofia-interminable-de-ende-la-esperanza-como-superacion-del-nihilismo/

Parménides (2008). Fragmentos, en Eggers Lan, Conrado (2008). Los filósofos presocráticos. Gredos.

Platón (1992). Sofista, en Platón (1992), Diálogos V. Gredos.

Reseña a Lo mejor de la ciencia ficción mexicana 2023

Luis Flores


Trascurrían los años ochenta y los aficionados a la ciencia ficción consumíamos principalmente los libros de Ficción Norteamericana, traducciones que llegaban principalmente desde España. La ciencia ficción mexicana era desconocida para el público general. Algunas revistas como Contactos Extraterrestres publicaban cuentos de CFM, pero es hasta que la Revista Ciencia y Desarrollo del CONACYT (Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología) empieza a publicar ficciones que se tiene una verdadera difusión. Posteriormente llegaría el premio Puebla de ciencia ficción auspiciado por el mismo CONACYT y el reconocimiento a los autores que en aquel entonces cultivaban el género. El auge de aquel entonces permitió que se organizaran convenciones nacionales y toda una pléyade de revistas y fanzines vieran la luz. ¿Qué ocurrió después? Es difícil de saber, apenas iniciaba mi camino en las letras y tengo solo una versión de los hechos que puede ser errada. A finales de los años noventa y principios de los 2000 el impulso de la CFM virtualmente se detuvo. Han pasado dos décadas y la situación ha vuelto a cambiar.

En este contexto llego a mis manos “Lo mejor de la ciencia ficción mexicana 2023” (150 paginas, Kindle Edition, publicado 30 de Julio 2024). Compilado por Jose Luis Ramírez con textos seleccionados por Efraím Blanco, Laura Elena Cáceres, Miguel Ángel Fernández, Marina Gavito y Federico Schaffler.

Antes que nada, felicito y agradezco a quienes tuvieron la iniciativa de llevar a cabo este proyecto. Las circunstancias que han facilitado la elaboración de esta antología es el surgimiento de diversas publicaciones especializadas en lo fantástico y en la ciencia ficción, las cuales sorprenden con su profesionalismo.

Antes de mostrarnos los relatos seleccionados, la antología nos presenta un prefacio que explica el proceso para llegar a los mejores cuentos de ciencia ficción de entre todos los propuestos por las revistas especializadas. Siguen los comentarios del jurado quienes ahondan en los criterios para obtener esta selección. Dado que los lineamientos para llevar a cabo la selección quedan muy claros al leer la antología, me atrevo a revisar los cuentos bajo los míos.

El primer lineamiento lo nombro Ambición, esto es que tan vasto o complejo es el tema que expone el relato o el mundo que crea el escritor. En este rubro sobresale «La anomalía de Shiva» de Ajedsus Balcázar Padilla. Una historia sobre la apertura de portales dimensionales, la exploración por parte de la humanidad y de los seres que rigen tales portales.

La siguiente categoría es lo Extraño: que prepondera la audacia de las ideas, las cuales pueden ir de lo grotesco a lo sublime.

Así tenemos a «La madre sumergida» de Yuri Bautista. La historia de una madre que se obsesiona por recuperar a su bebé y el ser que usurpa su lugar. «Biofilia» de Julio María Fernández Meza. Sobre un investigador, especialista en hongos, y el descubrimiento que habrá de cambiar al mundo. «Implante obligatorio» de Axel lima Muñiz. una historia sobre la violencia y el control sobre la sociedad.

La última categoría es la Emoción; esto es la empatía que la historia logra sobre el lector. Una característica que para dominarla requiere del autor una gran malicia literaria. «Los herederos» de Adriana Letechipia (a quien conozco y felicito por este logro) es ejemplo de ello. Nos narra en voz de sus personajes la historia de una familia que sobrevivió el apocalipsis y como la vida prosigue.

«Espuma cuántica» de José Luis Ramírez. Es la reflexión de un científico sobre la física cuántica y la supervivencia de la conciencia después de la muerte.

«Calabozo de 256 pantallas» de Jorge Guerrero de la Torre nos muestra las correrías de un personaje a través de lo que asumimos como una realidad virtual.

Al final he dejado tres relatos, los cuales cumplen en las tres categorías propuestas y considero los mejores de la antología.

«El rostro de Dios» de Damián Neri (a quien también conozco y me sorprende su gran progreso como escritor) Nos presenta, a modo de documental, la reacción de los personajes ante la aparición en el cielo de un cadáver antropomorfo de proporciones planetarias que se dirige a la tierra.

«El valor de la Cresta Pufuthea» de Mical Karina García Reyes. Nos muestra un asombroso mundo con una peculiar biología, mientras conocemos la difícil vida de su protagonista, su conflicto interno y la necesaria aceptación de sus circunstancias y de su cuerpo.

El relato que a mi gusto es el mejor de toda la antología es «El lenguaje olvidado» de Gabriela Damián Miravete. Un viaje al centro de la tierra con remembranzas sobre Julio Verne donde la ficción dentro de otra ficción se va mezclando ante la mirada de la protagonista y narradora.

Esta es mi opinión después de leer a los diez jóvenes escritores. Espero que este esfuerzo se convierta en una entrañable tradición.


Publicado originalmente en el blog del autor: www.nacidoenlacurva.blogspot.com

Fuente de la imagen de la entrada: https://www.facebook.com/mejorcifimx

Luis Flores Aguilar. Nací en la ciudad de México en Julio de 1969, aficionado a la lectura, los comics y las caricaturas desde pequeño. Escribí mi primer cuento en 1987 para un concurso de la escuela que no gane. Participe en distintos talleres literarios desde 1994 hasta el 2003. Fui editor de la revista Voces de la primera Imprenta del número 6 al número 8. Coordiné el taller de Ciencia Ficción de la Tertulia de Ciencia Ficción de la Ciudad de México. Gané el segundo lugar en el premio de cuento de Ciencia Ficción de la revista Conozca Mas. Después de una larga temporada sin escribir ni publicar estoy retornando al trabajo literario.