La silla era blanca, de dimensiones estandarizadas y totalmente anodina. La habían elegido por su precio, seguramente. Pasaba totalmente desapercibida en un largo corredor de pequeños cubículos donde se resolvían toda clase de asuntos sin importancia.
La verdad no me molestaba la burocracia. Toda la vida había llevado a cabo mis propios asuntos, tanto por un tema de discreción como por tener “todo el tiempo del mundo”. En la puerta estaba el letrero “Dirección general de asuntos generales”, un nombre de lo más conspicuo solo para ocultar su verdadera actividad, la Dirección General de Asuntos Vampíricos.
Necesaria en cualquier país, la Dirección General de Asuntos Vampíricos trabajaba en una red de colaboración Internacional para relocalizar a vampiros por el mundo, darles documentos oficiales, renovar actas de nacimiento, pasaportes, agilizar contratos de compraventa para que el dueño no fuera, por siglos, la misma persona viva. Esta oficina también ofrecía asesoría en derecho vampírico según la legislación vigente en cada país y los gobiernos la procuraban en demasía por los generosos aportes a los impuestos que siempre hicimos.
En ningún país había tenido yo problemas con la Dirección general de asuntos generales, pero recientemente había decidido mover mi residencia permanente a México por los beneficios fiscales que todos presumían. Sin embargo, me aclararon: “Bueno, viejo, es que México… Ya verás. Es otra cosa.”
Y allí estaba yo: sobre de papel manila con todo lo que me pidieron en original, dos copias, tres sellos. Todo lo que venía en la muy discreta, oculta y secreta página de la Dirección General de Asuntos Vampíricos, para formalizar mi ciudadanía vampírica en México. Cambiar de residencia: que engorro.
La puerta se abrió. La oficina solo operaba de noche, así que la luz fría de la oficina mostró una silueta rechoncha: era un tipo con una camisa azulada y una corbata a juego, ligeramente más oscura. Las manchas de sudor se le destacaban en la tela. El anómalo calor de la media noche hacía que el espacio encerrado tuviera un olor mezcla de sudor y colonia herbal barata. Parecía que había podado el pasto en algún parque público.
De su piel grasienta se le desprendía un leve brillo, como si recién hubiera salido del transporte público; sus zapatos ligeramente roídos por el tiempo parecían lustrosos, quizá demasiado, como si el zapato y el cepillo se conocieran de largo tiempo y se saludaran diario.
Una breve inspección me hizo saber que era soltero y vivía solo, atendiendo diversos malestares; apestaba a ansiedad y antiácidos.
—Víctor Ramos, a su servicio —aseguró, tendiendo su mano regordeta. La rocé ligeramente, por protocolo.
—Dígame, ¿en qué podemos ayudarlo?
—Verá usted, llené una forma XT-596 para renovar mi residencia y establecer una nueva identidad en México, pero cuando estaba por enviarlo todo vi que es un trámite que tenía que realizarse en persona.
—Así es, así es. La nueva legislación vigente nos exige unos biométricos; sin tanta importancia, no se preocupe. Además, son importantes para su afiliación tributaria. Con XT-596 podrá usted ser un vampiro mexicano —una sonrisilla jocosa se dibujó en su cara, como si hubiera contado un chiste muy gracioso. No me dio gracia y se hizo un silencio incómodo.
Le tendí el sobre de papel manila, desganadamente. Él abrió el hilillo con pasmosa lentitud, sacó el legajo y revisó todos los originales con minuciosa atención, como quien se toma muy en serio su labor o hace algo realmente importante. ¡Por favor, son copias, no neurocirugía!
Yo creía que ya no podría disimular más mi asco y mi desprecio, cuando me señaló una puerta adicional.
—Sí, sí, todo está completo; gracias. Por favor pase al otro cuarto, para tomar sus biométricos.
Vergonzoso, mínimo, que a un vampiro de mi linaje y mi alcurnia le quieran tomar fotografías, pero esta vez era una medición del iris y huellas dactilares.
Humillante.
Fatídico.
Fastidioso.
Intentando no girar los ojos al cielo permití la tramitología del caso.
—¡Hemos terminado!
—Excelente, ¿cuándo estará listo el documento de ciudadanía?
—Probablemente en unos meses, nosotros le avisa…
—¿Cómo que unos meses? ¿No se tramita en esta misma oficina?
—Pues sí, sí, pero tenemos varios documentos más en la fila, usted entenderá…
—¿Cómo podemos arreglarlo más rápido?
Un destello rápido se mostró en sus ojos, como un rayo. Vi un tigre cazando a su presa, se volvió más sigiloso. (Bueno, en su caso más que un tigre podría haber sido un gatito rechoncho que vio un periquito).
—Claro, claro, siempre se puede agilizar todo. Después de todo, es México.
—Claro —afirmé yo—, ¿cómo nos arreglamos?
—Pues verá… siempre he querido ser un vampiro, me encanta la cultura vampírica, cuando logré entrar a la Dirección General de Asuntos Generales lo consideré la cumbre de mi carrera, pero ahora veo yo que lo mío, lo mío, será ser vampiro. Tantos años de verlos pasar por esas puertas me han convencido.
Traté de imaginar a Víctor Ramos en un baile de vampiros, en una reunión con mis amigos o en una cena elegante. Quise enseguida borrar esa imagen de la cabeza para no traslucir una sonrisa socarrona.
—Ya veo.
—¡Y sé mucho sobre la conversión! —un entusiasta Víctor Ramos era peor que un desganado Víctor Ramos. Lo averigüé enseguida. Durante unos minutos describió a detalle el rito de transición sacado posiblemente de una película o una novela para señoras bobaliconas aficionadas al romance.
Luego imaginé la cara de mi cofradía si sabían que había integrado a Víctor al mundo vampiro.
Vergonzoso.
Humillante.
Fatídico.
Fastidioso.
—Ya veo, sí, está muy enterado. ¿Qué tal mañana?
Parecía que empezaría a llorar de la alegría.
Llovía esa noche. Un olor a drenaje se colaba por toda la ciudad y la convertía en una cloaca descubierta. Vi llegar al lugar de la cita a Víctor Ramos con su paso ligeramente renqueante, como si alguien le hubiera dado un pisotón en el traslado hacia la oficina. Traía en la mano el documento con mi acelerado trámite de ciudadanía. Se había esmerado un poco en su arreglo, como si quisiera empezar su transición a vampiro con sus mejores galas. Me hizo esbozar una sonrisa.
Me acerqué a él con cautela. Un rápido movimiento de mi daga le cortó la yugular. Me gusta pensar que ni se enteró. Su cuerpo despatarrado quedó tirado en ese callejón, con la garganta abierta, lívido y sin gracia. Tuve la tentación de dejarle algún sello de la familia, pero preferí no aportar nada a la policía: solo un caso más al que darle carpetazo y colocar en el archivo muerto de una gran ciudad.
Tomé su cartera para hacerlo parecer un robo. Ya la tiraría después por allí. El sobre manila con mi documento tenía algunas manchas de lodo y sangre, pero posiblemente terminara en algún cajón de mi biblioteca, sin usar.