Inevitable

Inevitable

Satori Ko


Al despertar.
Me doy cuenta.
Hoy es el día en que me casaré.

Sólo lo sé. Aunque no he tenido novia en años, ni siquiera prospecto, estoy seguro de que hoy es el día. Nunca he pensado con seriedad en casarme, mas esta certeza, tan firme que incluso me ha despertado, vino acompañada de una tenue y agradable sensación de bienestar. Es un buen día para casarme.
Permanezco aún un rato en la cama. No pienso en nada en especial, sólo son los nervios. No es inseguridad, sólo esa presión cuando algo de enorme importancia está a punto de suceder.

Saco mi mano de entre las sábanas y la miro entre las tinieblas. Trato de adivinar su forma mientras mis ojos se acostumbran a la penumbra. Mi mano. Ahí está ya, la veo con nitidez. Reparo en su complexión algo cuadrada, tal vez pequeña y me pregunto cómo serán las manos de otras personas. Al final, he decidido que es una buena mano, pero… ¿es en ésta en la que se lleva el anillo
Lo averiguaré en su momento, pienso. En su momento. Lo sabré justo como he sabido que me casaría desde el momento en que me desperté.

El despertador no alcanza a sonar. Mi mano, más habituada a la obscuridad que mis propios ojos, lo apaga sin hacer casi ruido. Me levanto con tranquilidad y comienzo el ritual matutino. Me paro, busco las sandalias con mis pies, me quito la pijama y me dirijo al armario. No tengo más que hurgar un momento antes de encontrar lo que busco.

Es el traje con el que se había desposado mi abuelo. No recuerdo la forma exacta en que acabó ahí. Tal vez me lo habían regalado o había llegado por accidente de la tintorería o acaso perdió su lugar en un viaje entre casa y casa. No importa, ahora está allí, justo en el momento más oportuno. Lo tomo con cierta naturalidad y me lo pongo. Me queda perfecto (bueno, un poquito largo). Me dirijo fuera del cuarto para regresar momentos después.

«Soy muy descuidado, así que será mejor que deje aquí el saco mientras desayuno y me lavo los dientes».

Desayuno con tranquilidad, me acompañan las últimas sombras de la madrugada. Disfruto la comida. El día anterior no le habría prestado atención, dado que suelo desayunar a toda prisa, inquieto, basándome en mi vieja creencia de que el desayuno con celeridad equivale a otros pocos minutos de sueño. Hoy es diferente, lo hago con lentitud, deseando saborear cada instante. Cada mordida de este pan equivale a una mordida de sosiego. Disfruto de mi último desayuno a solas, a partir de mañana seré un hombre casado. Y una sonrisa cruza por mi cara.

Después de lavarme los dientes, peinarme y ponerme algo de loción de lavanda, me coloco el saco. Sólo falta la corbata. Al terror de saberme incapaz de tal hazaña de nudos corredizos (o cómo se les llame) le sigue la tranquilidad de ver una corbata con el nudo ya hecho (¿previsión tal vez de mi madre?). Salgo como siempre, rumbo a la universidad. Llevo únicamente los útiles necesarios, nada más. No debo llevar mucho equipaje para este día tan especial. Me vuelvo a preguntar mientras espero el camión:

«¿En qué mano va el anillo?».

Me subo con cuidado pues no deseo estropear el traje. Tengo suerte y logro encontrar un lugar donde sentarme, junto a la ventana, para así poder ver las luces que la noche había prendido, la madrugada sigue manteniendo y el alba aún no despacha.

Las personas a mi alrededor me ven con cierta curiosidad. No es normal ver a un tipo de traje tan formal a esas horas de la mañana. Pero cuando uno se va a casar, tiene que lucirse un poco y vestirse lo mejor posible. El resto de los pasajeros no pueden sino coincidir con mi pensar y todos seguimos tranquilos nuestro camino. Y si algún nuevo pasajero ingresa para hacer uso del servicio público, alguien le dirá con voz cordial y amable: «ese tipo se casa hoy, debe verse bien», a lo que el nuevo asentirá con cierta complicidad.

Me bajo donde siempre y un escalofrío de emoción me recorre, falta menos para mi boda. ¿Y la novia? No lo sé, no la conozco. Pero así como yo había sabido, al despertar, que este día me casaría, lo mismo le habrá pasado a ella. La reconoceré al verle, pues en caso de que alguna duda quede, ella llevará sin falta su vestido de novia. No me cabe la menor duda en nada de ello.

Las clases pasan sin contratiempos, las felicitaciones de compañeros y maestros ante mis súbitas e inesperadas nupcias no se hacen esperar, para después seguir con el tema del día: la historia de la filosofía antigua (Heráclito y su obsesión con el devenir) o los comentarios sobre un accidente fatal del día anterior (una chica de nuestra edad que apenas logro ubicar).

Salgo de clases, entro en otras, como (con mucho cuidado para no ensuciar mi traje), y regreso a las aulas. Siempre muy atento al frufrú que pueda delatar la compleja falda de una novia así como cualquier otra señal de índole semejante. Al final, el cielo comienza a teñirse de naranja. Calculo que serán las seis de la tarde, y justo donde golpea aquel rayo anaranjado de luz me quedo estático. Aquí es el lugar. En este pequeño cruce de caminos en un remoto sitio del campus. Éste es el lugar donde conoceré por fin a la novia. Y he llegado a tiempo, compruebo con alegría al ver mi reloj. Así que espero.

Espero.

Me siento a esperar.

Y sigo esperando cuando ya la noche enciende luces por aquí y por allá.

¿Será que no se enteró de que hoy es el día de nuestros esponsales? Eso no puede ser, debe ser otra cosa, algo debió retrasarla, no es posible que no sepa que éste es el día de nuestra boda.

Nervioso y desesperado, comienzo a dar vueltas a grandes pasos, exigiendo una explicación. ¡Porque debe haberla! Si no está aquí, ¡debe haber una razón!
¡Una razón enorme, tan grande como para no asistir a su propia boda!
¡Algo como…!

Recuerdo.
Me doy cuenta de todo.
Ella no vendrá.
Ella no puede…
Hay una razón… una razón poderosa… absoluta.
Recuerdo a aquella chica, la encontraba todos los miércoles en este mismo cruce. No sé mucho de ella, pero ahora que la veo en mi mente, no me cabe de que ella es quien sería mi esposa. Pero aquel comentario de la mañana, en clases, sobre un accidente fatal cualquiera. De esos que se sienten tan lejanos incluso cuando te incumben. Ella. La chica que apenas lograba ubicar. La víctima del accidente… Ahora me era obvio por qué no había llegado.

Hoy me casaba, y ayer había enviudado.

Regreso a casa con la mirada tranquila y anegada en tristeza. La sonrisa triste y amable. Ceno aturdido, habíame hecho ya a la idea de que no volvería a comer solo durante algún tiempo. Reflexiono un momento sobre el funeral de mi esposa. ¿Dónde se llevará a cabo?, es la pregunta. A ella la habría reconocido sin problemas, ¿pero a su familia? ¿Habrá forma de contactarme con sus amigos? ¿Será buena idea ir de velorio en velorio, pasando por los dolorosos abrazos de rigor antes de echar un vistazo indiscreto al féretro? Mientras esas preguntas se suceden como en una procesión fúnebre, entro a mi cuarto y revuelvo el clóset, preguntándome si también el traje para el velorio estará ahí, listo, justo como en la mañana lo estuvo mi traje nupcial.

Pero no encuentro nada.

Con gran parsimonia me siento sobre mi cama y me debato si ir con este traje será lo mejor. Pero el cansancio del día se empieza a agolpar y con la lentitud de la melancolía me recuesto para dejar pasar las ideas y las interrogantes. Mi conciencia se adormece, se adelgaza, deja de poner atención mientras sentimientos y recuerdos dispares se suceden.

Mi cuerpo está relajado. Inmóvil y pesado. En un resquicio mental pienso que estoy casi inerte… como mi esposa. La tristeza se derrama sobre mí, concentrada y pura. Sin la multitud de mensajes que mi sistema nervioso suele enviar y sin pensamientos de fuerza suficiente como para ocupar mi conciencia. Estoy vacío, en blanco. Como una hoja de papel inmaculada donde un sentimiento cae áspero y nítido como una mancha de tinta negra. Tristeza sin diluir que abre grietas y las llena, quemando como ácido frío.

La imagen de una mañana, una comida en compañía, miradas tras el velo, sonrojos, rutinas que no llegaron a existir más allá del germen, el paseo con la familia, mi familia, mi esposa, mi hija, sonrien….

¡Mi hija…!

Abro los ojos aterrado.

Mi conciencia se reestablece y todos mis músculos responden al llamado del sistema nervioso central. Me concentro:

«Mi hija, ¿dónde está mi hija?».

Busco con la mirada alrededor del cuarto en busca de una pista sobre lo que debo hacer. Pero las tinieblas callan, negándome la respuesta que sólo puedo encontrar en mí. Cierro los ojos. Mi hija, huérfana de madre ahora, está afuera, en algún lugar. Será grave no asistir al funeral de mi propia esposa, pero mi hija está primero, ella, mi querida esposa, que en paz descanse, lo habría querido así.

Salto de la cama. Por la ventana ya se vislumbran las primeras luces del amanecer. No puedo perder más tiempo. Pido un auto prestado y salgo en busca de mi niña. No repararé hasta dentro de varios días que no sé manejar, pero uno hace cosas increíbles por los hijos.

Cerca de las once, tras una infructuosa mañana de vueltas erráticas por toda la ciudad, la encuentro en una intersección de avenidas vendiendo dulces a los conductores. Le pido que se acerque y ella parece intuir la noticia, pues se echa a llorar apenas se acerca lo suficiente para reconocerme. Trato de consolarla con toda la torpeza de un papá primerizo. Por una vez el tráfico es condescendiente con nosotros. Nadie brama o desgañita su auto, ella ha perdido a su mamá y yo, a mi esposa.

Regresamos a casa juntos, haciendo un pequeño desvío para comprar algunos enseres. En otra situación habría sido una actividad jubilosa, todo un jolgorio. Pero en este caso nos sonreímos tratando de animarnos el uno al otro.
Ya en la casa, toma un baño y se pone ropas limpias (las que recién compramos). Se suelta a llorar nuevamente hasta dormirse con los ojos cansados. Su mano no deja de apretar mi camisa, así que decido dormir a su lado. La verdad, yo tampoco quiero dormir solo.

Mientras veo su cara dormida, al fin descansando, reconozco mis rasgos en ella con el orgullo que todo padre siente. También reconozco la figura de mi esposa, su recuerdo encoge mi corazón con un escalofrío helado que amenaza con dejarme la cara lívida, pero aprieto los dientes, obligándome a mantenerme firme.

No sé cuánto tiempo me quede de vida, podría morir mañana mismo, pero mientras tanto, todavía hay algo que puedo hacer. No le ha tocado conocer a su mamá (a quien yo apenas llegué a ver) pero eso no ha de ser obstáculo para que viva una vida plena, hermosa. Quiero asegurarme de que le quede cuando menos el recuerdo de ésta, nuestra hermosa familia.