El Hechicero Tlacuache contra los Gatos Satánicos

Sidi A. Hdz.


―Tienes que capturar al demonio ―le dijo el Director Tejón al Hechicero Tlacuache.

Is piligrisi piri lis himinis ―remedó el Hechicero Tlacuache mientras seguía el rastro del demonio por el bosque.

Viejo ridículo, los demonios se deshacían si les caía agua. En el bosque no sobreviviría más que un par de días. Aunque, lo más probable, es que antes encontrara a algún humano y lo poseyera, pero ¿qué humano no quisiera poder trepar por las paredes y hablar en lenguas muertas?

Is nistri rispinsibilidid pritigirlis ―regañó el viejo director. Y el Hechicero Tlacuache solo había asentido con la cabeza. Tenía ganas de decirle un par de cosas, pero era su jefe, y el que firmaba sus cheques a fin de mes. Nomás que lo agarrara enojado y vería…

La noche empezaba a caer y el rastro continuaba por el bosque. Huellas que se hundían en la tierra, como si la hubieran derretido, hojas y ramas calcinadas y el nauseabundo olor a pescado descompuesto. Al parecer el demonio se dirigía hacia el poblado humano más cercano. Perfecto, lo que faltaba. Si el demonio salía del bosque, el Hechicero Tlacuache ya no tendría jurisdicción sobre él, por lo que podría regresar a sus aposentos en la escuela de magia.

Además, no es que tuviera muchas ganas de internarse en el mundo humano. Estaba lleno de máquinas, electricidad, veneno y los odiosos animales domésticos. Cómo odiaba a los domésticos.

El Hechicero Tlacuache escuchó ruidos de pelea a la lejanía. Gruñidos de un animal salvaje y latigazos, seguidos de risas de triunfo y vítores.
El Hechicero Tlacuache fue a ver qué ocurría.

Llegó a un pequeño claro sin árboles, todavía en el bosque, pero cerca del poblado humano. La escena lo sorprendió más de lo que esperaba.
El demonio, su demonio, estaba inmovilizado en la tierra, amarrado de patas y hocico con lo que parecía ser una cuerda mágica hecha de agua. Parecía como si un pequeño río se hubiera encausado alrededor de las fauces del monstruo. Alrededor de él, cuatro figuras encapuchadas y peludas maullaban con alegría mientras se lamían el pelaje calcinado.

―Buen trabajo, hermanos ―dijo una de las figuras encapuchadas mientras se lamía una parte calcinada del pelaje―. Sé que no fue fácil, pero por fin conseguimos uno.

El demonio se agitó con violencia, gruñendo mientras movía la cornamenta y trataba de zafar las garras. Por un momento los gatos se tensaron y el Hechicero Tlacuache creyó que las ataduras mágicas de agua no resistirían. El monstruo gruñó, las ataduras soltaron una pequeña nube de vapor y el monstruo quedó inmovilizado. El Hechicero Tlacuache chifló con tranquilidad.
Una gatita blanca y peluda, la más cercana a él, movió las orejas y lo miró fijamente.

―¡Un intruso! ―bufó mientras se le erizaba el pelaje.

Los demás gatos voltearon a verlo y bufaron con igual intensidad, mostrando sus pequeños colmillitos y lanzando zarpazos al aire.

―Wow, wow, wow, tranquilos ―dijo el Hechicero Tlacuache alzando las manos en señal de rendición―. Solo estaba buscando al… ¿Se lo van a llevar? ―preguntó mientras señalaba al demonio inmovilizado. Una sonrisa se asomó en su rostro. Un problema menos.

―¿Quién pregunta? ―dijo la figura encapuchada que había hablado primero. Se adelantó a las demás, descubrió su cabeza y el Hechicero Tlacuache vio a una gata parda, vieja, con el pelaje enmarañado y un poco quemado. Una cicatriz le atravesaba el ojo izquierdo y le rodeaba la cabeza. Con su único ojo bueno lo escudriñó de arriba abajo.

―Sí, es nuestro. Lo vimos primero ―dijo la gatita blanca.

―Sí. Con esta bestia todo el bosque temblará ante nuestro poder ―interrumpió un gato naranja.

―¡Cállate, Chimeco!

―Sí, cállate, Chimeco.

―¡Idiotas! Cállense todos, o éste podría meter las narices donde no lo llaman ―dijo la gata mientras desenvainaba las garras y se las empezaba a limar.

―No, no, para nada. Adelante, llévenselo. Un placer haberlos conocido, muchachos. Buena suerte ―contestó el Hechicero Tlacuache mientras se despedía y daba media vuelta.

En el pasado, los gatos ya habían intentado invadir el bosque, pero ese era problema de algún otro animal mago. El Hechicero Tlacuache ya estaba muy viejo para esos andares, además, si querían llevarse al demonio fuera del bosque, mejor para él. Lo único que le preocupaba era que todavía estuviera abierta la cafetería de la escuela para poder cenar algo antes de dormir.

―¡Está escapando! ―gritó la gatita blanca.

―Déjenlo que huya ―ordenó la gata tuerta―. Que le diga a todo el bosque que el reinado de los Gatos Satánicos está a punto de comenzar.

El Hechicero Tlacuache siguió andando. La caminata y el olor a pescado le habían abierto el apetito. Ay, cómo extrañaba su cama.

―Sí, más te vale que corras, anciano.

―No podrías contra nosotros.

―Sí, más te vale correr, rata ―gritó el gato naranja.

¿Rata…?

¡Rata!

Eso sí que no.

El Hechicero Tlacuache se giró. Un par de metros lo separaban de la secta de gatos.

―¿A quién le dijiste “rata”? ―dijo el Hechicero Tlacuache mientras alzaba una pata. El gato naranja flotó en el aire, como si lo estuvieran sosteniendo por el cuello. Los ojos le saltaron y sacó la lengua, mientras chillaba como un juguete de hule. Flotó un par de metros en el aire y cayó a tierra.

Los demás gatos lo vieron con el rostro desencajado. Hasta el demonio había dejado de retorcerse y miraba atento a la repentina explosión de magia. El gato naranja movió la pata trasera de manera espasmódica.

―¡Ataquen! ―gritó la gata tuerta.

Los cuatro gatos rodearon al Hechicero Tlacuache. Los pelajes erizados y los colmillos relucientes. Bufaban y lanzaban zarpazos. Tal vez estuviera algo oxidado, pero estos cachorros domésticos nunca se habían enfrentado a un hechicero del bosque. Les tenía que dar una lección.

La cola del Tlacuache se encendió en fuego, uno de sus más viejos trucos. De un latigazo formó un círculo a su alrededor. Si querían atacarlo, tendrían que enfrentar al fuego. A ver quién sería el primer chamuscado.

Un gato café cruzó el círculo de un salto. El Hechicero vio cómo conjuraba unos tentáculos de agua alrededor de su cuerpo. El Tlacuache fue más rápido.

―¡Risahistérica!

El hechizo golpeó al gato, el cual comenzó a reír de manera descontrolada. Su hechizo quedó cortado. Se tiró al suelo mientras movía las patas como si lo estuvieran electrificando, mientras miraba alrededor, tratando de recuperar el aliento.

La gatita blanca cayó detrás del Hechicero Tlacuache. Más rápida que su compañero, lanzó un chorro de agua salida de la nada, pero el Hechicero logró esquivarlo con facilidad. Un par de coletazos de fuego la mantuvieron a raya, pero el Tlacuache sabía que era cuestión de tiempo antes de que más gatos les saltaran encima.

―¡Vejiginflada! ―gritó el Hechicero Tlacuache. El encantamiento golpeó a la gatita en el pecho. Sus patas se levantaron lentamente del suelo y empezó a flotar hacia las ramas de los árboles. El Hechicero Tlacuache vio con satisfacción cómo la gatita pedía ayuda a sus compañeros, mientras trataba de aferrarse a alguna rama.

―¡Desgraciado! ―gritó la gata líder al saltar dentro del círculo―. ¿Por qué no te enfrentas con alguien de tu tamaño? ―el fuego se reflejaba en su único ojo bueno. El gato naranja trataba de bajar a la gatita blanca lanzándole piedras, y el gato café estaba acostado, recuperando el aliento tras tanta risa.

―Estará bien, el efecto se pasa después de un rato. Además, creí que los gatos siempre caían de pie.

―Serás el próximo sacrificio que consagremos a nuestra Diosa, rata ―contestó la líder mientras sacaba las garras y una esfera de agua empezaba a aparecer detrás de ella.

―¡Que no soy una rata! ―gritó el Hechicero Tlacuache, mientras esquivaba los chorros que trataban derribarlo. De un coletazo de fuego bloqueó un ataque, el cual se convirtió en vapor al instante. Sintió que la espalda se le humedecía, seguido de un fuerte golpe que casi lo derriba. Lanzó una bola de fuego para bloquear, a duras penas detuvo otro golpe que se dirigía directo hacia su cara, y logró lanzar un ataque hacia la gata, quien logró desviarlo de un zarpazo.

El olor a pelaje mojado y chamuscado inundaba el aire. Los tres gatos, e inclusive el demonio, veían atónitos el duelo de magia. El tlacuache y el gato saltaban, esquivaban, conjuraban bolas de fuego y agua, bloqueaban con escudos mágicos y se movían en una danza llena de vapor. Con un movimiento en espiral un tentáculo de agua golpeó al Hechicero Tlacuache en la mandíbula. Su cola se apagó momentáneamente y cayó hacia atrás, empapado y manchado de lodo.

―Eres un digno oponente, rata ―dijo la gata líder mientras apagaba un pequeño incendio en su túnica. Apareció una bola de agua en su pata, la cual empezó a crecer de manera amenazadora―. La Diosa estará satisfecha.

El Hechicero Tlacuache jadeó. Cuatro oponentes eran demasiado para él, por un momento se preguntó si aquel era su final, si toda su vida acabaría allí, humillado por unos gatos domésticos.

Su cola volvió a encender. La gata lanzó el ataque de agua. El Hechicero Tlacuache se levantó de un salto y golpeó el hechizo de agua con su cola en llamas, desviándolo justo a tiempo.

El hechizo de agua se deshizo en cientos de pequeños fragmentos cristalinos. Como si hubieran golpeado una esfera de hielo. Las gotas flotaron en el aire y lentamente alcanzaron al demonio.

Al entrar en contacto con su piel, el demonio aulló, pero cientas de pequeñas gotas siguieron cayéndole encima. Antes de que nadie pudiera hacer nada el demonio se encogió de tamaño, lo rodeó una nube de vapor y desapareció, apagado por la ligera llovizna que le había caído. El Hechicero Tlacuache se sacudió las manos y dijo:

―No creí que sería tan fácil.

La gata lo miró con su único ojo.

―¿No querías recuperarlo?

―Claro que no, me mandaron a deshacerme de él.

―Maldita rata… ―dijo la líder mientras se lanzaba encima del Hechicero Tlacuache. Los tentáculos de agua lo inmovilizaron en el suelo y una bola de agua le rodeó la cabeza, formándole un casco. Trató de encender la cola, pero no pudo.

Los demás gatos observaban. Su líder había sido humillada. Pero someter al idiota que les había arrebatado su trofeo sería un buen premio de consolación. La gata líder necesitaba demostrar por qué era la jefa. El Hechicero Tlacuache tragó saliva como pudo, tenía que darles una lección a estos tontos.

―No soy una rata ―dijo. Su voz distorsionada por estar debajo del agua. Empezó a conjurar uno de los encantamientos más devastadores que conocía. ―Soy el Hechicero Tlacuache.

La explosión cubrió todo el claro.

Los gatos quedaron brevemente ciegos, pero al ver cómo el humo y polvo se desvanecía, y al no sentir sus cuerpos transformados en gelatina, se levantaron uno a uno.

Lentamente sus túnicas empezaron a desaparecer, las hebras e hilos desvaneciéndose, rompiéndose, arrastradas por el viento, al igual que su pelaje.
Sus coloridos pelajes cayeron a trozos, dejando al descubierto sus blancas y arrugadas pieles. Los gatos gritaron. El café trató de atraparlo y pegarlo con magia, el gato naranja trató de lamerlo para que siguiera adherido a su piel, pero nada funcionó.

―No… ―murmuró la gata líder mientras su pelaje desaparecía.

―Hechizo de lampiñismo. Para que me recuerden ―dijo el Hechicero Tlacuache mientras se la quitaba de encima de un empujón y se ponía de pie.

―Has ganado un poderoso enemigo, Tlacuache ―gruñó la líder mientras trataba de cubrirse y daba la orden de huir. Los gatos salieron corriendo, humillados y pelones―. Lamentarás el día que te enfrentaste a los Gatos Satánicos ―y desaparecieron en la noche.

―Idiotas ―murmuró el Hechicero Tlacuache mientras empezaba a sentir frío. Miró su cuerpo y vio cómo las últimas hebras de su propio pelaje gris eran arrastradas por el viento.

―Me lleva la…

Crónicas del Hechizero Tlacuache II: «La Maldición del Baño»

Por Sidi A. Hdz.


Un retortijón recorrió las entrañas del Hechicero Tlacuache. Alzó la vista y contempló a sus Aprendices de Hechicero: ratones, erizos, mapaches y tlacuaches jóvenes, todos concentrados, resolviendo su examen, ninguno se movió, murmuró ni alzó la vista. Controlando su estómago lo mejor que pudo, entendió lo que había ocurrido.

―Malditos mocosos ―murmuró para sus adentros―. Les enseñé el hechizo diarreaexplosiva con la promesa de que solo lo usaran en situaciones de defensa propia.

Sintió como si un basilisco recorriera su intestino. Utilizando toda la concentración que le quedaba empezó a caminar hacia la puerta.

―Jóvenes, creo que el director me llama, sigan con su examen ―y desapareció por el pasillo.

Hechizar a un maestro para poder copiar en el examen era un truco muy sucio, era cierto que él mismo había recurrido a ese hechizo en un par de ocasiones, pero era algo completamente diferente, cuando averiguara quién lo había hechizado…

Un nuevo retortijón hizo que le temblaran las piernitas, no llegaría a tiempo al baño de maestros, dio vuelta en un pasillo y entró en el lugar donde ni los dioses ni los directivos han puesto un pie: el baño de alumnos.

Llevaba años sin entrar en este baño, desde su época de estudiante, tras purgar la maldición y recuperar el control de su intestino, el Hechicero Tlacuache pudo apreciar cuánto había cambiado el lugar en más de seis décadas. El olor era el mismo, penetrante y mareador, como si te dieran un puñetazo, aunque el buqué era un poco más añejo.

Las manchas misteriosas del piso y paredes seguían en el mismo lugar, aunque habían crecido. Conocer su procedencia y naturaleza eran el tipo de sabiduría que el Hechicero Tlacuache prefería ignorar, la gotera de residuos químicos que se filtraba del Laboratorio de Pociones había crecido hasta convertirse en un bello charco que cambiaba de color, e inclusive podría jurarse que gruñía.

―Tal vez debería avisar a los directivos ―pensó el Hechicero Tlacuache mientras se lavaba las manos ―. Ese charco cambia a un color amarillo que no se ve muy saludable ―movido por la curiosidad se puso a explorar las paredes.

Es bien sabido que todos los baños escolares, sobre todos los del género masculino, tienen al menos una maldición rayada en las paredes; palabrotas, afirmaciones de que Fulano es medio así, o que Mengano hizo tal cosa allá, groserías, letreros y declaraciones, tan diversas como variopintas. Sin embargo, el Hechicero Tlacuache no esperaba encontrar la pared tan saturada, era un collage inmenso de palabrotas, afirmaciones y letreros tan obscenos que creyó estar leyendo lenguaje demoníaco.

El Hechicero Tlacuache apretó el puño con ira, no podía quitar la vista de aquel muro de barbarie, no obstante, fue el símbolo que más se repetía lo que de verdad lo sacó de quicio: dos círculos pegados y entre ellos un óvalo. El símbolo se repetía una y otra vez, en todas las paredes, piso e incluso techo, con diferentes caligrafías y tintas, inclusive con diferentes figuras, pero siempre representando la misma parte del cuerpo característica de los caballeros…

Esto hizo enfurecer aún más al Hechicero Tlacuache, podían lanzarle una maldición de diarrea a él, pero faltarle el respeto a esta bella institución era ir demasiado lejos.

Él, en su época de estudiante, NUNCA se había atrevido a rayar las paredes de este sacrosanto lugar, o al menos no recordaba que lo hubieran reportado por eso.

―Esto no puede quedarse así ―dijo mientras movía las manos para concentrar el poder mágico. Murmurando en legua mágica dijo: ―Quetodoaquelquehayarayadoestasparedes, zim-zalabín, queselescaigaelpilín.

La ola de magia explotó hacia todas las direcciones, atravesando paredes, aulas y alumnos. En la lejanía el Hechicero Tlacuache escuchó los gritos de sorpresa con miedo de los estudiantes. Había sido una excelente broma, cualquier aprendiz de primero podría hacer un contrahechizo para recuperar la adhesión de cualquier parte del cuerpo que se le hubiera caído, no habría ninguna consecuencia de la cual preocuparse.

El Hechicero Tlacuache rio por lo bajo, pensando en la magnífica venganza que se había cobrado, dio un paso hacia la salida cuando de repente sintió cómo algo se separaba de su cuerpo, se deslizaba por su pierna y caía por los pliegues de su túnica.

Sin entender bien lo que pasaba vio cómo su pilín rodaba hacia el charco de desechos químicos. ―Ay, no ―pensó el Hechicero Tlacuache antes de que su pilín desapareciera en el charco amarillo.

Crónicas del Hechicero Tlacuache

Autor: Sidi Alejandro Hernández Osorio


―¡Demonios! ―gritó el Hechicero Tlacuache al ver un ser de aspecto indescriptible salir a rastras del portal. Del monstruo surgió un alarido que helaba los huesos, el solo hecho de escucharlo enloquecería al más fuerte de los hombres.

―Ooohhh ―exclamaron admirados los aprendices tlacuache que atendía la clase, mientras se apresuraban a tomar notas en sus pequeñas libretas.

―Lamento mucho este malentendido, no veremos demonios hasta el próximo parcial, supongo que habré revuelto los libros de invocación ―se disculpó el Hechicero Tlacuache.

―Ahhh― exclamaron decepcionados los Aprendices Tlacuache.

El ser de aspecto indescriptible se torcía sobre sí mismo, como si en lugar de carne estuviera hecho de masa, los huesos traspasaban la carne, se rompían y reacomodaban de maneras que hubieran hecho enloquecer a cualquier anatomista. Los alaridos que profería retumbaban en las entrañas de la tierra, reverberando horrores arcanos otrora olvidados.

Uno de los Aprendices Tlacuache alzó la mano.

―Profesor Hechicero Tlacuache, ¿y qué haremos con el demonio?

―Ah, no se preocupen, jóvenes, a mi señal todos hagan el hechizo fingirqueestamosmuertos.

A la señal todos los tlacuaches se tiraron al piso, cerraron los ojos y sacaron la lengua. El demonio por fin rompió el portal y pasó sobre ellos sin siquiera notarlos. Se perdió en la negrura, mientras sus gritos resonaban en la oscuridad.

―Listo, jóvenes― dijo el Hechicero Tlacuache poniéndose en pie. ―Perdonen que la clase haya sido tan corta, nos vemos mañana.

―Profesor, ¿y el demonio?

―Ah, descuiden, ahora es problema de los humanos.