Entrevista a José Luis Ramírez

Entrevistador: Miguel Almanza


José Luis Ramírez (Puebla, Pue. 1974). Es Ingeniero Industrial en Electrónica y estudió una maestría en Ciencias de la Computación. Ha sido publicado en distintas antologías entre las que destacan: Mundos Posibles, Auroras y Horizontes, El crimen como una de las bellas artes Vol.III, Los Mejores Cuentos Mexicanos Ed.2003, Visiones Periféricas, El hombre en las Dos Puertas, Los Mapas del Caos y Silicio en la Memoria; así como en varias revistas y fanzines. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción 1998, con el cuento “Hielo”. Es el coordinador y editor de la Antología Lo mejor de la ciencia ficción mexicana y administrador del portal cifi.mx que cataloga todas las producciones con temática de ciencia ficción en México.

CD: Pues este ahí va mi primera pregunta. Después de 25 años de escribir ciencia ficción, creo que tienes más, me parece, ¿verdad?

José Luis Ramírez: Voy a cumplir treinta, o ya cumplí treinta, ahorita en 2025.

CD: Sí. Después de este periodo que ya tienes. ¿Cuál sería el primer consejo a los escritores que se inician en este género, en esta vertiente, ¿cuál sería un primer consejo para escritores de ciencia ficción mexicana?

José Luis Ramírez: Leer, leer mucho. Este, creo creo que es algo que siempre siempre ayuda. Este, no solo ciencia ficción, fantasía, policíaco terror; mainstream, biografías, historia, todo, todo lo que lo que quieran. Para mí la lectura es, además de la parte lúdica y de la parte de entretenimiento, del aprendizaje, de la parte de enriquecerte con la cultura. La lectura para mí es, en mi experiencia, es el disparador, es lo que me lleva a escribir historias, ¿no?

Leo algo que me gusta mucho, el mundo que construye y de pronto siento que faltó explorar una parte de ese universo, ¿no? O de pronto siento que no es la historia como a mí me hubiera gustado que me la contaran o que dejó de lado algo. Y siempre ha sido, en mi caso, un disparador la lectura. Y no solamente la lectura, digo, también ver películas, jugar videojuegos y demás.
Pero creo que la lectura es lo más importante y mi primer consejo para cualquiera que quiera, esté, comenzando a escribir, es que lea mucho.

CD: Muy bien. ¿Algún autor que nos recomiendes o autores?

José Luis Ramírez: Esa pregunta es muy tramposa. Mi libro, mis libros favoritos con los que me iría a una isla, siempre digo este suena suena muy raro, ¿no? O sea, me gusta mucho: El paraíso perdido de de John Milton. Me gusta mucho la Divina Comedia de de Dante Alighieri. Me parece, o sea, me gustan mucho, más que cualquier autor vivo o muerto, esos son los libros que que considero los mejores.
Obviamente, recomiendo leer a Dante, recomiendo leer a Milton. Me gusta mucho William Blake; Las Bodas del Cielo y del Infierno. Me gusta mucho La Odisea, me gusta mucho La Iliada y me gustan mucho Las Metamorfosis.

Me gusta mucho la literatura clásica y y autores que recomiendo, pero ya de ciencia ficción y contemporáneos y que estén vivos los viejitos. No que sean este señores y señoras. Ursula K. Leguin. Me parece maravilloso. Curiosamente no me gusta mucho, no voy a decir no me gusta mucho. La prefiero como autora de fantasía, prefiero los libros de Terramar, a La mano izquierda de la oscuridad y otras obras suyas icónicas, pero Ursula K. Leguin me gusta mucho.

Señoros actuales que son el ABCD de la ciencia ficción: Asimov, Bradbury, Clark y Philip K. Dick. Me parecen maravillosos. Dick particularmente es una cosa es un autor que no es imprescindible, no en la ciencia ficción, en la Literatura, así con mayúscula. Al nivel de Borges o de Cortázar. Me gusta mucho José Emilio Pacheco, me gusta mucho este Jorge Ibargüengoitia, pero en ciencia ficción, insisto, contemporánea: William Gibson. William Gibson todo lo del cyberpunk, me voló la cabeza.

Curiosamente, no solo Neuromante. Todas sus cinco novelas del Sprawl, de sus seis novelas del Sprawl y del puente. Y las novelas nuevas, que ya son más cyberpunk y The Peripheral, todo lo que ha escrito Gibson, todo me encanta. Lo que escribió con Sterling, también recomiendo mucho a Sterling, este sobre todo la máquina diferencial, el steampunk de ellos dos. Es lo mejor del del steampunk que he leído en muchos en muchos casos, entonces los recomiendo muchísimo. Entonces, este sí, Sterling, Gibson, Lewis Shiner y Greg Egan.

No le sigo porque no acabo, o sea, todos los autores este que están este eh publicando ciencia ficción este mainstreamosa, los he tratado de leer, he tratado de seguir su obra y estos han resaltado de una forma así muchísimo. Alguien me me decía, «Es que Bradbury no es ciencia ficción, es más fantasía.» Y bueno, yo creo que Fahrenheit es de lo mejorcito de la ciencia ficción. Nunca me acuerdo del número, Fahrenheit 451 o los grados que sean. Me parece una obra maravillosa, Las Crónicas Marcianas me parece una obra maravillosa, El hombre ilustrado me parece una obra maravillosa. Entonces, yo defiendo mucho a Bradbury como autor este de ciencia ficción, me parece maravilloso. Igual Asimov, este yo empecé a leer era ciencia ficción cuando estaba en la secundaria con Asimov y se me quedó.

O sea, es una cosita que después despotriqué y después dije: Escribe como ingeniero. Y después, es demasiado yanqui, imperialista, colonialista y y demás. Pero pues se me quedó en mi corazoncito Las bóvedas de acero, Yo robot y pues no me lo puedo quitar. Y soy fan de La Fundación, Imperio y los robots y los mil libros que sacó de eso y lo recomiendo mucho. ¿Para qué te miento? Igual Clark. Me gusta Kim Stanley Robinson. Amé Marte rojo, Marte verde, Marte azul.

Me encanta este este muchachito Andy Weir con El Marciano y está otro que se me fue el nombre que acaban de hacer película con el Ryan Gosling, Contacto extraterrestre, está buenísima. Y bueno, su misión en la luna también me encanta. Entonces, ¿qué te digo? Casi cualquier autor que lea este le encuentra dentro algo que me gusta.

Pero si los pongo que recomendar y si tienes que leerlo así a fuerza, pues sí: yo sigo aprovechándome de la mitología griega, aprovechándome de toda esta mitología cristiana de ángeles y demonios, y de toda esta ciencia ficción clásica, hegemónica, imperialista, yanqui y demás. Y bueno, de un autores mexicanos, porque también también me gustan mucho: Alberto Chimal, Zárate y y Gabriela Damián, me gustan mucho.

Pero sí, no me preguntes eso porque ni te contesto con la verdad porque no tengo un autor favorito, un autor que recomiende, tengo cientos de autores que te recomiende y esa es una pregunta muy tramposa y nos vamos a encandilar ahí. Pues ya no Pero sí, Gibson, Gibson Gibson es de mis favoritos, Dick es de mis favoritos. Bradbury, es de mis favoritos.

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Soledad

José Luis Ramírez


Nadie me llamó nunca por mi nombre. Me decían Sol, Sole, Solecita. Ni siquiera mi madre, Helena, cuando estaba enojada o la abuela Marisol, para pedirme que le convidara un dulce a escondidas.

En la escuela, la maestra Jacinta me decía la-niña-sol, así todo junto, las otras estudiantes me decían ‘campamocha’ porque no tenían mucha imaginación para los apodos, y sí, desde muy peque era yo toda menudita. Además, no era mal apodo, peor habría sido más al sur, donde a los fásmidos se les conocía como palotes o matacaballos.

Mi abuela Marisol murió de diabetes, bueno, fue más bien una necrosis de tipo colicuativo, se le infectó una uña del pie y la gangrena se fue extendiendo por todo su cuerpo. En algún momento oí a mi madre sugerir que podía cortarle la pierna, desde el muslo, para salvarla, pero la abuela debió escucharla también, porque se hizo de un cuchillo de carne y lo tenía agarrado siempre del mango, por si alguien, que no fuera yo, se le acercaba.

Recuerdo que la cremamos en un valle de humedales rodeado de montañas, embadurnada de aceite de flores: estaba toda cubierta con ramas de pino que ardieron enseguida, convirtiéndola en humo primero y enseguida en cenizas. Las plañideras: Arcelia, Carmen y Mónica, la lloraron durante el fuego y enseguida machacaron con palos los huesos y dientes que no se consumieron, para dejar luego que sus cenizas se dispersaran al viento, que era mucho y hasta hacía tolvaneras.

Luego seguimos nuestro camino. Ninguna se lamentó por la abuela después de cremarla, ni siquiera madre, y yo, lo más que sentí fue una cierta inquietud. No sabía qué iba a hacer con los dulces de miel que me guardaba en el morral.
Seguimos caminando por la ribera del río, el agua estaba muy sucia y la maestra Altagracia nos advirtió que no debíamos beber de ella, ni siquiera tras filtrarla y hervirla, pues, además de bacterias y micro-plásticos tenía solventes.
Así que las ingenieras hicieron como hacían siempre, buscar dónde cavar un foso; comenzaron a cortar la maleza con los machetes y meter los dedos en la tierra, para ver no sólo cuál era la más negra, sino también donde había hilos blancos de micelo. Cuando hallaban un buen sitio, comenzaban las cavadoras a palear y las cargadoras a acarrear la tierra lejos del agujero.

Los días de sacar agua del suelo eran cuando pasábamos más tiempo en un mismo lugar, las soldaderas establecían un perímetro de seguridad alrededor del campamento, armadas, no con las viejas herramientas que usaban las ingenieras, sino con arcos, el carcaj lleno de flechas con punta de pedernal.
La comandanta Ramona solía contarnos que el acero era muy valioso para arriesgarse a perderlo en un combate cuerpo a cuerpo contra otras tribus, por eso entrenaba a nuestras niñas a enderezar las ramas secas y sacar filo a los pedernales o la obsidiana, que abundaba desde la gran erupción de la caldera de Yellowstone, mientras a las adolescentes nos entrenaba en el tiro a distancia con arco largo.

Solían poner las dianas al menos a 70 pasos de nosotras, eran varios círculos concéntricos trazados con un hilo y tiza en un trozo de corteza blanqueado con cal. La idea era recuperar las flechas tras una ronda de disparos, aunque algunas solían perderse en la distancia, sobre todo con las arquistas más jóvenes.
Así que, llegadas a cierta edad, acompañábamos a las soldaderas a cazar para entrenarnos en el tiro con blancos móviles. Los animales que habían sobrevivido a la erupción del supervolcán no eran muy grandes, muchas ardillas, liebres y ratas de campo, y —cerca de las ruinas— había también perras salvajes y gatas ferales, a las que siempre era mejor evitar porque eran carnívoras, además de andar siempre en manadas.

De cualquier manera, tarde o temprano acabábamos en las orillas de alguna vieja ciudad.Las edificaciones destruidas por los terremotos o enterradas entre las cenizas.

Y, pese a los riesgos, no eran malas noticias; las exploradoras Yolanda, Carolina y María Luisa solían regresar con tesoros como herramientas de acero inoxidable o medicamentos, incluso alguna reliquia. Éstas eran las menos comunes, que sobreviviese el papel de los libros a la humedad o los hongos, ocultos quizás en una maleta que la ceniza había mantenido hermética u otros aún con su emplayado de celofán aún intacto.

Si las exploradoras encontraban alguna reliquia debían llevarla de inmediato al campamento, marcando su ruta; aunque todas en la tribu sabíamos leer y escribir, sólo quienes podían memorizar los textos completos aspiraban a ser maestras. Ellas recibían la reliquia antes que ninguna para rescatar lo más que se pudiera del conocimiento.

Al día siguiente (pues debían regresar siempre antes del ocaso), todas las exploradoras marchaban juntas escoltadas por un pequeño grupo de soldaderas, para que pudieran hurgar a fondo en el lugar donde habían hallado la primera reliquia, rebuscando en los alrededores, por si había alguna otra ahí cerca.

Mi sueño, cuando niña, era convertirme, si no en maestra, en exploradora; pero al parecer no tenía aptitudes suficientes para ninguna de esas profesiones, así que madre me entrenó en su propio oficio: doctora.

“Siempre habrá bebés” solía decirme, “y malestares sobran”. Pero yo solía preguntarme de qué servía meter las manos entre las piernas de una parturienta para ayudarla a sacar la cría, quitar a la neonata la placenta de nariz y boca antes de nalguearla y cortar el umbilical con un bisturí quirúrgico (que era el tesoro más preciado de madre).

Por supuesto, la valía de la doctora estaba en los casos cuando la bebé venía volteada o traía el umbilical enredado, cuando por más que se pujaba la criatura nada más no salía y había que cortarle la panza a una para sacar por ahí a la otra, para luego zurcir a la recién parida, como a un vestido, limpiando la herida cada tanto y poniendo emplastos para que no se infectase, además de darle jugo de moho mientras convalecía.

Si se preguntan: ¿quién ayudó a madre a parirme a mí?, fue una maestra, Diotima, que se especializaba en las reliquias que hablaban de salud y nos enseñó el oficio de médica cirujana y partera, primero a madre y luego a mí.
Ella no me decía la-niña-sol, como la maestra Jacinta, sino que sabía, por sus gemelas —que eran de mi edad— cómo me apodaban de niña y así me decía en las clases: ‘doctora Campamocha’. Creo yo que no lo decía con sorna, sino que había algo de envidia o respeto, porque sus propias hijas solo habían mostrado aptitud para pizcar grano y hacer hilos con el huso.

Cuando autofecundé mi primer óvulo, a los 19 años, fue madre quien me atendió. Cosa que me alegró porque la bebé no alcanzó a pasar por el canal vaginal, por mucho que pujé, al punto de quedar exhausta durante el prolongado trabajo de parto.Madre me realizó la cesárea con su bisturí y sacó a mi bebé del vientre, cortó el cordón umbilical y todavía le hizo respiración cardiopulmonar para reanimarla, pero a mí no me suturó la herida porque ya no tenía pulso. La niña sobrevivió. Madre le puso mi nombre, Soledad: aunque estaba prohibido que dos mujeres de la tribu tuviesen el mismo nombre, nada impedía volver a usar el de nuestras muertas.

Espuma cuántica

Autor: José Luis Ramírez.


Συνέθιζε δὲ ἐν τῷ νομίζειν μηδὲν πρὸς ἡμᾶς εἶναι τὸν θάνατον· ἐπεὶ πᾶν ἀγαθὸν καὶ κακὸν ἐν αἰσθήσει· στέρησις δέ ἐστιν αἰσθήσεως ὁ θάνατος
—Ἐπίκουρος

Habitúate a pensar que no es nada para nosotros la muerte, porque todo bien y todo mal residen en la sensación, y es privación del sentir la muerte.
—Epicuro

Entré a casa abrazando la urna con las cenizas de Sara, mi esposa, quien murió de covid durante la segunda ola de la pandemia.

No hubo servicio fúnebre.

Por las restricciones del Estado, el hospital despachaba los cuerpos directamente al crematorio y, con el acta de defunción, cada deudo iba a un mostrador a reclamar los suyos.

Mi cuñada, mi concuño y mi sobrina presentaron sus respetos sin quitarse el cubrebocas ni bajar las ventanillas de su coche, aparcado justo detrás del mío; su otro hermano estaba varado en el extranjero, pues permanecían cerrados los aeropuertos internacionales.

Era toda su familia.

Sus padres habían muerto hacía ya varios años y los míos eran muy mayores para arriesgarlos a salir de casa; mis hermanas, las dos médicos, trabajaban en el hospital a marchas completas.

Cuando entré a mi automóvil, coloqué la urna sobre el asiento del copiloto y luego me quedé ahí sentado sin idea de qué hacer, no supe si convenía más asegurarla con el cinturón de seguridad o mejor ponerla en el piso alfombrado del vehículo.

Llovía, pero no recuerdo si antes de meterme al coche lloviznaba ya o la tromba cayó un instante después de ponerme en marcha.

Todo el camino fui mirando el vaivén de los limpiadores en el parabrisas mientras las lágrimas me escurrían por el rostro; no encontré ningún otro auto en mi camino, pero igual conduje muy despacio, deteniéndome en cada uno de los cruceros.

Al llegar al fraccionamiento abrí el portón eléctrico y, en el momento exacto en que apagué el motor tras estacionarme en nuestra cochera, el aguacero cesó como de milagro.

No éramos creyentes.

Aunque estábamos casados por la iglesia, la ceremonia religiosa había sido más para darle gusto a su madre y mi abuela, que entonces aún vivían, y supongo un poco también para tomarnos la foto.

Pero ella era completamente anticlerical y yo ateo, aunque nos decíamos católicos no practicantes; llevábamos quince años casados, no teníamos hijos, aunque sí un par de perros adoptados de un albergue y que llevé a casa de mi hermana menor cuando Sara ingresó al hospital.

No habían pasado ni cinco días de eso, desde el jueves pasado.

Así que estábamos solos, de vuelta en casa, la puse sobre la credenza del comedor y me senté en una silla de éste, completamente abatido, sin que me cupiera dentro de la cabeza como esa urna delante mío era todo cuanto tenía yo de Sara, pero entendiendo perfecto que en esas cenizas no quedaba ya nada de ella.

La consciencia existe en el cerebro, un órgano formado de tejidos, células con un origen embrionario común y un comportamiento fisiológico coordinado que, en este caso, es crear experiencias subjetivas mediante reacciones electroquímicas.

Siendo las células básicamente grasas y proteínas termolábiles, el fuego las había reducido a minerales inertes, estériles por calor seco; tal vez quedara algún rastro de ADN en los huesos o los dientes pulverizados, pero del encéfalo nada.

Y teniendo claro que la consciencia estaba dentro de ese sistema nervioso central, ¿a dónde iría cuando éste se consumió? ¿Había una válvula o un apagador que interrumpía el flujo? ¿O simplemente se evanescía en el éter cuando las Moiras cortaban el hilo?

«No, David, por supuesto que no.»

Su voz sonaba como si estuviera ahí, pero no era sino un acúfeno, una manifestación de mi propio subconsciente con la que pretendía reemplazar su ausencia, llenar el vacío.

«¿Vacío, David? Sabes perfectamente que si tomas un recipiente desprovisto de toda materia, lo enfrías hasta el cero absoluto y todavía lo aíslas del exterior, aún habrá algo ahí dentro.»

Fluctuaciones cuánticas entrando y saliendo de la existencia.

Lo habíamos estudiado juntos en la facultad, las leyes de la física dictando que las partículas también eran ondas o que los gatos estaban vivos y muertos a la vez, que en un espacio supuestamente vacío aún podía aparecer algo a partir de la nada.

Espuma cuántica.

De eso había hecho su tesis Sara en el doctorado (la mía era sobre las aplicaciones prácticas del entrelazamiento cuántico).

En teoría, su investigación iba a permitir desentrañar los secretos del tejido mismo del espacio-tiempo, crear agujeros de gusano entre distancias inconmensurables para recorrerlas instantáneamente; mientras que mi trabajo serviría si acaso para hacer ligeramente más potentes los ordenadores cuánticos.

«Te menosprecias, David.»

Sí, un poco, quizá mayor potencia de cómputo permitiría a los neurocientíficos desentrañar los secretos de la mente y mapear la consciencia; era teóricamente posible, existía ya tecnología capaz de medir las iteraciones directamente mediante resonancia magnética funcional, electroencefalografía y registros de una sola neurona.

Había experimentos que predecían elecciones personales a partir de la actividad del lóbulo frontal, antes incluso de que el sujeto fuera consciente de haber tomado su decisión. Usando escáneres cerebrales, se podía reconstruir incluso, en una imagen generada por inteligencia artificial, lo que una persona estuviese mirando.

«Eso lo convierte en un problema de escala.»

Claro, era el mismo lío que tenía Sara con la teletransportación, era fácil hacerlo en el laboratorio para transmitir determinada característica de un fotón a distancia, pero infinitamente complejo replicar para todas las propiedades de un simple átomo monoelectrónico de hidrógeno.

«Necesitas una computadora del tamaño del universo.»

Su chiste me hizo gracia, aún teniendo ese poder de cómputo, por el principio de incertidumbre era imposible tomar una instantánea de ningún sistema dinámico y, por lo tanto, nunca podríamos replicar ni un solo átomo.

«Nada de Beam me up, Scotty.»

—Ni de tener un respaldo de tu consciencia en un archivo que pudiera restaurar en cualquier momento.

«Pero si tuvieras multiversos infinitos…»

—Claro, entonces cualquier combinación sería matemáticamente posible. Podríamos usar un universo cualquiera para computar el estado de algún otro y obtener el resultado deseado.

«Me parece que ya tienes una línea base.»

Tal vez era así como de verdad funcionaba, si la mente no dependía únicamente del cerebro vivo, sino que sus estados posibles podían cuantificarse de algún modo en cierto conjunto de magnitudes discretas. ¿Podía la conciencia ser fundamental para el cosmos? ¿Hacer surgir partículas y campos con interacciones complejas a partir de… nada?

«Eureka, David.»

Según la teoría de la información todo sistema físico, desde un átomo hasta una galaxia, contiene unos y ceros en los estados de sus partículas componentes; esto nos da una capacidad de proceso aproximada de 10120 bits en todo el universo, pero ¿y si utilizáramos también la nada?

La energía de vacío puede crear partículas de materia y antimateria, éstas se aniquilan de manera casi instantánea, pero si consideramos, en cada instante efímero, que la superficie de esa partícula es la representación holográfica de su propio universo…

«Si tuvieras multiversos infinitos…»

—Sara, mi amor.

Imaginé a los «cuantos» que formaban su mente teletransportándose, desde su dispersión en el momento de su muerte, hacia un solo punto de luz brillante apareciendo de pronto en algún lugar más allá de nuestro propio universo; entonces, me vino esta sensación de sosiego con la idea de que ella, su consciencia al menos, sólo se había transferido a cualquier otro espacio de probabilidades.