Allá lejos y hace tiempo

Por Miguel Ángel Castelo


En uno de los tantos domingos que salía de trabajar, dando gracias a Dios que ya no iría lunes y martes, me desvié a casa de mis padres. Hacía algunas semanas que no los visitaba. Cuando llegué, me llevé la grata sorpresa de que mi tío Ambrosio, hermano de mi papá, y su esposa Avelina llegaron desde la Ciudad de México. La última vez que los vi fue cuando estaba en cuarto semestre de preparatoria. Los saludé gustoso. Mi mamá me ofreció, aparte de una silla, un vaso de Coca Cola bien fría y, de paso, sirvió también a mi tío. Mi tía rechazó el refresco, pero aceptó una manzana.


—Hace tiempo, a una de mis hijas se le hinchó la cara. El lado derecho. Así nomás, como si le hubieran pegado. Fuimos con los doctores y le dijeron que estaba bien. Que si no era alérgica a nada —dijo mi tío.
—Capaz que era ojo… —habló mi papá, mientras soplaba su café para dar un sorbo.
—Una vez a mí el ojo derecho se me infló como globo. ¿Se acuerdan? —volteé a ver a mis papás.
—Sí. Estuvo feo. Creí que le iba a explotar el ojo —dijo mi madre.
—¿Y tú lo curaste? —preguntó mi tía Avelina.
—Sí, lo curé —respondió mi papá.
—Ambrosio también es brujo —contó mi tía mientras mordía la manzana.
—Pues es que nuestro abuelo nos enseñó. ¿Sí o no, carnal? —mi papá dio una palmada en la espalda su hermano.
—Sí. Nuestro tata Macario sabía mucho. Nomás que ya no le hago a eso.
—Fue desde aquella vez que llegaste de madrugada, todo blanco y frio —dijo mi tía mientras masticaba otro pedazo de manzana.
—Sí, lo recuerdo, nomás que no te lo he contado —mi tío se acomodó en su lugar. Yo bebí un poco de Coca.
—De verdad doy gracias a Dios —se levantó levemente la gorra que traía—, que ese día llegué a la casa. Esto ya pasó hace tiempo y creo, mujer, aprovechando que estamos aquí, es hora de contarte:



En una noche de borrachera, tú te has de acordar bien, estábamos como cuatro o cinco en el patio de la casa. Nosotros vivimos en la Xico. Casi cada semana nos juntábamos algunos vecinos a tomar y esa vez llegó un señor que no había visto. No estaba tan grande, tenía como 35 años. Conforme pasaba la noche, llegó la mujer de este chavo.
—¿No te da vergüenza, Elías? —así se llamaba este amigo. Hasta ese rato supe su nombre—, saliste de trabajar a las 6 de la tarde y prefieres tragar mierda que ver a tu hija enferma —La voz de la señora, aparte de enojada, se oía muy triste.
—¿Qué le pasa a su hija? —le pregunté yo.
—Nada —Me contestó de rápido él —. Está mal de su cabeza.
—Esa es tu gran explicación. Yo sé que mi niña no está loca.
—Conste que yo no lo dije —le contestó casi riéndose el marido. Aquí ya empecé a dudar y le volví a preguntar a la señora.
—Pues nomás se la pasa en el rincón del cuarto como agachadita. Dice que en el techo andan caminando gatos negros y que se le quieren aventar encima, que la quieren arañar —la señora empezó a llorar—. No sale en el día, ni a la escuela la puedo llevar. Y a veces, en las noches, camina sola para afuera de la casa, pero está dormida. Y no la despierto porque dicen que es peligroso.
—Ya te dije, Pilar, que esa chamaca está loca. Se debe internar antes de que nos haga algo a tí o a mí —dijo Elías.
—¡Tiene 12 años! ¡No nos puede hacer nada!
—¿Le ha notado golpes? ¿O que su color es diferente? —le pregunté.
—Sí, en los brazos sobre todo y cada día está más pálida. Pareciera que la muerte la reclama.
Me puse a pensar mientras ellos discutían. Recordé que en el pueblo le pasó lo mismo a una chamaquilla y nuestro tata la curó. Me acabé la cerveza y me levanté.
—¿Me deja ver a su niña? —le dije a la señora en buen plan.
—¿Y tú qué sabes? ¿Eres doctor o qué? —Elías también se levantó y se me puso muy cerca, como si me quisiera pegar.
—Esto no es cosa de médicos.
—¡Creencias de gente pendeja!
—¡Cálmate, Elías! —le gritó la mujer.
—¿De veras usted sabe curar?
—Sí —le dije—. Yo sé de esas cosas.
—Créame que la he llevado con muchos doctores, hasta particulares, y ninguno me ha sabido dar respuesta. Vamos, pues. No pierdo nada con que usted la vea.
Y pues me llevó a su casa en Tláhuac. Pasé a ver a la niña y sí, estaba bastante mal. Pareciera como la niña de la película esta “El aro”: blanca, blanca, con el pelo negro, negro para enfrente, con moretones en las piernitas y los bracitos. Le hablé y me miró muy feo, como si estuviera endemoniada. Le pedí a Elías que se saliera del cuarto. Se enojó mucho más que cuando me ofrecí a ver a su hija, pero se salió mentando madres.
—Mija, este señor te va a curar —le dijo su mamá.
—¿De veras, mamá? —preguntó la niña.
Para ese rato su mirada se le cambió a algo más normal.
—¿Ya no se me van a venir los gatos encima? —me preguntó la niña.
—Pues vamos a hacer lo posible —le contesté—. Acuéstate en tu cama, así como estás.
Cuando se acostó, accidentalmente se le alzó un poco el shortsito negro que traía puesto y le alcancé a ver unas marcas como de dedos arriba de las piernas, casi en el muslo. Le dije a Pilar que le alzara más la ropa y, aparte de las marcas, había golpes. Pedí tres huevos criollos, alcohol, ruda, albahaca y pirul. Me salí junto con la señora y vi a Elías en el marco de la puerta fumando, muy quitado de la pena. Pilar lo mandó por las cosas y él, de mala gana, salió a la calle. Me quedé afuera y al rato llegó Elías. Se me quedó viendo como con desprecio.
—No hubo huevos criollos. Nomás de los normales.
—No le hace. Sirven para lo mismo.
—¿Quién te enseñó?
—Mi abuelo. No sé si era brujo, pero de que sabía, sabía.
—Bueno, pues ya veremos.
Entramos juntos al cuarto de la niña. Encima de una mesita puso las cosas. Cuando me acerqué a tomar las hierbas, empezó a oler como a drenaje, pero horrible, tanto así que me mareó el aroma. Mojé con un poco de alcohol mi mano y la acerqué a la nariz. Armé el manojo, le eché alcohol, me persigné y empecé a ramearla por todo su cuerpito. Desde arriba hasta abajo. Bien, bien rameada. Mientras rezaba un Padre Nuestro, me andaba mareando, ya no por el olor, sino por la vibra que se andaba quitando. Después le pasé los tres huevos, de uno en uno. Ahí me vinieron más mareos, pero logré acabar.
—¿Tienes gasolina? ¿Petróleo? ¿Algo fuerte para quemar? —le pregunté a la señora.
—Sí —me dijo. Me llevó gasolina, una caja de cerillos y salimos a la calle.
Puse los tres huevos en triangulo, eché suficiente gasolina. Les pedí que se alejaran un poco para que no les cayera llama. Elías se quedó en la puerta de nuevo, fumándose otro cigarro. Prendí un cerillo, lo aventé y en cuanto prendió, la lumbre se alzó alto, muy alto y los huevos empezaron a tronar, como si anduvieran echando balazos.
Cuando acabó de tronar, a lo lejos se escuchó unos gritos, pero fuertísimos, como si alguien se estuviera quemando. Nos sorprendimos mucho, la sincera verdad. Ardió por mucho tiempo eso y hasta remolinos se hacían y eso que no había aire. Yo nomás rezaba. Ya que se quemó bien todo, fuimos a ver a la niña. Estaba dormidita, pero el color le volvió. Fui todavía a curarla unas tres o cuatro veces.


—Pero no fue ese día. Fue más después, que llegaste al día siguiente —interrumpió mi tía.
—Espérate, mujer. Esto nomás fue un… ¿cómo le llaman a esto? Cuando quieres explicar antes…
—Un preámbulo, tío… —le dije yo. Volví a dar un sorbo a mi vaso.
—Ándale, un preámbulo a lo que pasó esa vez:


Varias noches después, Elías volvió a la casa a tomar. Ya andaba más calmado. Me llamó aparte, ya bien borrachos.
—Te voy a invitar a una fiesta, como agradecimiento por la curada de mi hija.
—No fue nada —le dije yo—. No te preocupes. Es más, hasta creí que no te importaba tu chamaca.
—Pues ya ves, uno que le anda jugando al descreído. Ándale, no me desprecies. Nos la vamos a pasar bien —me dijo.
Y pues le dije que sí. Nos fuimos caminando de Xico. Caminamos casi una hora. Empecé a ver que nos alejábamos de la colonia. Nomás veía las casas allá lejos con sus lucecitas bien chiquitas. Llegamos como a un desierto.
—¿Cuánto falta? —le pregunté. Ya andaba cansado.
—No mucho —me dijo—. Es nomás aquí adelante. Ya mero llegamos.
Bueno, seguimos. Ya llegamos a un cerro. Había unas cuantas casitas en la base. Caminando más derecho, vi como una cueva que se metía adentro del cerro. Se miraba una luz, pero como roja y en la entrada, un montón de muchachas bonitas. Entramos, nos acercamos a la barra, él pidió cerveza y tomamos otro poco. Una de las muchachas se me acercó y me dijo que si no le invitaba una cerveza. Le hice seña de que se fuera, que no tenía dinero. Andaba muy cansado y me quería ir, pero Elías me dijo que nada más nos acabábamos esa cerveza y me llevaba de regreso.
Como a la hora ya nos salimos los dos. Empezamos a caminar de regreso y cuando andábamos por el desiertito ese, empezó a oler como a quemado. Caminé otro poco y, luego, luego, salieron de la nada unas llamaradas bien altas y como a unos metros enfrente de mí, una lumbrada como de dos metros de alto, pero bien roja. Todo alrededor se veía. Sentí que alguien estaba tras de mí y que me agarra del cuello con su brazo.
—¡Ahora sí! ¡Te voy a matar, brujo jijo de la chingada! —por la voz, reconocí que era el papá de la niña. Inocentemente caí en una trampa.
—Yo no te he hecho nada. ¿Por qué me quieres matar? —empecé a escuchar muchas voces, pero muchas, como si estuvieran cantando en la iglesia.
—Ahora te voy a mandar con el Hermano… —me dijo.
Al otro lado de la lumbre, vi sombras, pero de a madres. Estaban encapuchadas y nomás se les veían los ojos rojos, eran como del color de la sangre. Como pude me le zafé y corrí. Hasta la borrachera se me bajó. Conforme me alejaba, las voces se escuchaban más y más lejos. Cuando vi casas, empecé a tocar las puertas, pero nadie me escuchó. Me escondí en una barda. Yo nomás oía los gritos de aquel: «¡Sal, brujo jijo de la chingada! ¡Te voy a matar! Hijo de tu puta madre, ¡sal que te mato!». Y pues no salí y no salí, hasta que ya no lo escuché.
Corrí viendo hacia atrás, hasta que llegué como a una carretera. Fácil eran las tres de la mañana. No tenía ni un peso y no pasaban carros para la ciudad. Anduve un buen tramo, hasta que me encontré con una pareja de viejitos en una carretita jalada por dos burros. Andaban los dos de blanco, pero la señora traía un rebozo azul cielo que le tapaba la cabeza, pero se le veía la cara.
—¿Qué andas haciendo a esta hora, hijo? —me preguntó la señora.
—Me quisieron matar. Ando perdido —le dije.
—¿Para dónde vas? —me preguntó el señor.
—A Tláhuac.
—No mijo. Tláhuac está pa’l otro lado. Camínale pa’allá y llegarás a Tláhuac.
—Gracias.
—Que Dios te cuide —me dijo la señora.
Me fui para donde me dijeron. De rato volteaba y ya no los vi, ni se oía el ruido de la carreta. Se fueron para el silencio. En ese momento ni me importó. Luego vi una panadería. Ya tenía la luz prendida. Me acerqué a tocar y no me quisieron abrir. A lo mejor me vieron desde la ventana y pensaron que les quería robar. Seguí caminando y como a la hora vi una luz. Era una combi. Le hice señas y se orilló. Creí que se pasaría de largo.
—¿Qué te pasó?
—Me quisieron matar.
—¿Y eso?
—No lo sé.
—¿Para dónde vas?
—A Tláhuac.
—¿Y de ahí?
—A Xico.
—Súbete, te llevo.
Y me llevó hasta la base para agarrar el carro a Xico. Cuando me bajé ahí, me dio dinero para pagar el transporte a la casa. Ya andaba amaneciendo. Llegué casi a las siete de la mañana.
—Ya llegué, gracias a Dios. Bendito Dios que ya estoy en mi casa.
—¿Tú qué traes que andas bendiciendo tan temprano?
—Ya llegué, mujer —me quité la chamarra y me acosté—. Abrázame, por favor.
—No, vete para allá. Andas muy frio.



—Ese día que entró al cuarto, lo vi blanco, blanco. Y le toqué la mano y estaba fría, fría, peor que muerto —dijo mi tía mientras soltaba una risita y tiraba la basura de la manzana.
—¿Y en qué acabó todo eso? —preguntó mi papá.
—Resultó que Elías estaba abusando de la niña, por eso los moretones en las piernas. Y aparte, me dijo Pilar después que, a los días, llegó una mujer toda quemada a su casa a pedirles perdón. Ella confesó que Elías la buscó para hacerle un trabajo a la niña para que la mamá no se enterara de las barbaridades que este cabrón le hacía.
—Pero también a él le fue mal —dijo mi tía—. Como a los dos meses, lo encontraron muerto bajo un puente. Según, que por sobredosis de droga.
—Eso dicen, mujer. Cuando haces el mal se te regresa y al doble. Yo por eso nomás le pido a Dios —volvió a levantarse la gorra— que nos vaya bien. Este mundo está lleno de maldad.
Mis tíos se irán mañana. Una verdadera lástima. Estoy seguro que como esta, tienen más historias, pero ya no me tocará oírlas hasta que ellos vuelvan. Espero que se animen a volver.

El container

Autora: Carmen Macedo Odilón


«Nadie aguanta más de una semana en esta chamba». Fueron las palabras que un apenas despierto jefe dirigió con aire senil a Damaris, su nueva empleada, sin molestarse en explicar más.


En los alrededores del muelle, los contenedores oxidados armonizaban con las olas de espuma aceitosa. Cajones inmensos de acero donde Dios ocultaba lo que no quería mostrar a los creyentes: un depósito de granadas decomisadas, dos toneladas de fayuca y los futuros muebles de un junior a quien se le cruzó la aduana. Damaris se haría cargo del container REST 901366 6, repleto de cajas envueltas en plástico de burbujas. A diario, debía correr los pasadores, abrir las puertas metálicas y limpiar caja por caja para espantar a las ratas, con la esperanza de que alguien acudiera a reclamar la mercancía.


El interior del container le recordaba a la celda de aislamiento, solo que más limpia y sin las paredes pintarrajeadas. Veinte años atrás, jamás hubiera creído que ese sería su papel en la vida; jugar a la casita en una lata rectangular, solo que sin esposo. «Otra vez». Al medio día, Damaris se dio de golpecitos en la espalda, debajo de la cicatriz de la puñalada ahora sensible al frío. Se sonó la nariz y tosió por el exceso de cloro y la nula ventilación del container. Levantó un rollo de plástico para embalaje que envolvía a medias las orillas de una caja mal clavada, arrumbada al fondo de la bodega.


Un puñado de cucarachas salió huyendo y Damaris no se contuvo de aplastarlas con el pie. «Ahora, a arreglar este desmadre». Quitó el plástico viejo y se asomó al agujero de la caja. Desde la penumbra, una mirada se clavó en los ojos de Damaris, luego la madera se sacudió. La mujer soltó una maldición, y altiva pateó la caja, pero solo escuchó el tintinear de vidrios que se estrellaban. Buscó una barreta y abrió el cajón; pipas rotas con restos de humo, probetas y jeringas usadas. Humedeció su dedo y lo deslizó sobre un mortero para recoger restos de polvo que se llevó a los labios; nada que le sirviera. Dejó todo en su lugar y se fue al albergue.


La siguiente mañana, Damaris descubrió huellas de botas y restos de lodo, así como la falta de la caja de madera. En su lugar, había una de cartón tan envuelta en plástico de burbujas que parecía un enorme huevo de araña al que se le ha aplastado con los dedos. La única orilla visible estaba desgarrada. En el suelo, se expandía un charco de líquido rojizo, tan espeso que reflejaba el techo; con aroma semejante al metal. Familiar y a la vez tan lejano. El cuajo se adhería al plástico mientras que el fluido en descomposición se expandía por el piso. Damaris tomó un trapeador y jergas, trajo dos cubetas de agua, un fardo de periódico, jabón y cloro, el único limpiador que podía contra la sangre. Talló el suelo hasta que las lágrimas le nublaron la vista, entre estornudos y un ardor al respirar. «Pendejos, tan fácil que es desaparecer un cuerpo, lo malo es cuando le echan el pitazo a la tira». Tras una inspección del jefe, Damaris se contuvo el mencionar su hallazgo. «Qué capo, y tan inofensivo que se veía el ruco como para esconder esas chingaderas».


—Se le pasó la mano con el cloro, doñita. —El jefe se llevó el antebrazo al rostro—. Ventílele o nos intoxicamos.


En medio de un inquietante silencio, Damaris siguió sacudiendo y reacomodando las demás cajas, entre excremento de rata, telarañas y peces de plata. A media tarde empezó a llover; un rayo alertó a Damaris a salir del metal antes de que el trueno, que vino también de adentro, hiciera canon con el sacudir de la caja envuelta. El líquido rojo volvió a filtrarse por el plástico de burbujas. Damaris regresó con furia al fondo del container, volteó a todos lados por la sensación de ser observada, tomó con ambas manos el plástico y antes de que se manchara todo a su paso, arrastró la caja hasta la esquina más alejada, mas por la base humedecida, el cartón no resistió y se desfundó. Una gelatina humana, restos coagulados de lo que parecía ser un hombre: vísceras, cabello y restos de piel. La mitad de un cadáver.


«Pobrecito», pensó entre arcadas, «casi igualito que Ignacio». La mujer se acarició la cicatriz de la puñalada, «Algo hizo para acabar así». Se enjuagó la boca con el agua sobrante de una cubeta, y apenas lúcida acercó con la escoba cada despojo para meterlo de vuelta en una caja vacía, a la que tuvo que escribirle el número de inventario por si alguien venía a reclamarla. Buscó el rollo de plástico y cubrió con dos vueltas para que no se saliera nada. La caja vencida tenía una de las orillas hecha jirones e incluso se distinguían marcas de dientes. Damaris trapeó con torpeza y vació el galón de cloro que debía rendirle el mes completo para dejar todo como si nada hubiera pasado. «Ya estoy vieja para estos juegos».


Afuera, apenas si lloviznaba. La mujer cerró lentamente las puertas del container y por el rabillo del ojo alcanzó a distinguir una sombra que se dirigía hacía su hallazgo. Entre los murmullos de la noche, un olfateo salvaje y una respiración asesina se apoderaron de la oscuridad. Ese «algo» destrozaba el cartón recién envuelto buscando alimento, cual espíritu vengativo que demanda su cuerpo arrebatado en esos rincones olvidados de Dios. «Nadie aguanta más de una semana en esta chamba…» Recordó Damaris.

—Perdóname, Ignacio, pero yo ya aguanté veinte años.


La vacante sigue publicada en el periódico.

The summoning of Felinara

Autor: Andrés Lechuga


Título: “The Summoning of Felinara”

Año de realización: 2024.

Técnica mixta sobre marquilla: Prismacolor, acuarela, acrílico, pastel, tintas & hoja de oro.

Dimensión: 42×60 cm

SINOPSIS DE OBRA
Esta obra es la culminación de un proceso que tomo 5 años, el concepto evoluciono a través de varios bocetos, ilustraciones pequeñas e ilustraciones completas que se fusionan para esta pieza. Representa un aquelarre adorando a una diosa recién nacida, durante la noche de Samhain. La obra culmina también una investigación de magia apotropaica de diversas culturas y se integra con la intención original del autor, tener una memoria de/para todos los gatos que
han estado en compañía de la humanidad y han partido en situaciones lamentables y dolorosas.


“Familiares fieles e inocentes, guardianes de los sueños, han partido y ahora yacen arropados por la noche. Aun veo sus ojos en las estrellas, escucho su llamado y lloro su partida en 13 lunas”.

Felinara es un nombre original y es parte de una historia en desarrollo de esta obra.

Agua y espinas


Autor: Juan Pablo Sotomayor Rivas


“…la llevaba hasta su cueva debajo del agua,

dónde le arrancaba los ojos, los dientes y las uñas

Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de la Nueva España.

I

Salir de viaje en busca de un pueblo mágico pareció en su momento una buena idea para romper con la monotonía de lo cotidiano. Sin embargo, así como el clima de febrero suele ser cambiante y caprichoso, de la misma manera el humor de algunas personas puede ser movedizo y variar radicalmente de un momento a otro, sin advertencias.

Joseph estaba molesto. Lo mortificaba en extremo la apatía que se adueñó inesperadamente de Evelin desde su salida de casa. Apenas había abierto la boca durante las horas que les tomó ir desde la ciudad hasta Huasca, el pueblo elegido para vacacionar.

Sentirse ignorado en medio de sus silencios, de su aire indiferente, lo sacaba de quicio y aunque se trataba de una situación que no se repetía con frecuencia, Joseph no había aprendido a lidiar con ella en los cuatro años que tenían de relación. Por otro lado, a Evelin le tenía sin cuidado los estragos que su comportamiento errático podía generar en el ánimo de su esposo.

Ella acostumbraba a ser optimista y divertida ya fuera en casa o en el trabajo; pero, cuando simplemente no le venía en gana hablar, se retraía ensimismada por el tiempo que a ella le pareciera necesario.

Era, en realidad, alguien bastante egoísta.

II

Al segundo día de su llegada a Huasca la tensión entre la pareja pareció disminuir después de una noche de sexo extenuante y de algunos otros excesos. Luego de un abundante desayuno revisaron las actividades sugeridas por la guía turística de la posada donde se hospedaron y decidieron ir de excursión a la laguna del Bosque de las Truchas.

― ¿Primera vez que nos visitan? ―preguntó el chofer del vehículo.

―Sí ―respondió Joseph sujetando su sombrero, disfrutando la sensación del aire fresco y del verdor del paisaje boscoso.

―Verán qué bien lo pasan en la laguna. Pueden rentar una canoa para remar un rato, hay también un restaurantito económico en el que hacen muy rico de comer, ahí entre los árboles ―continuó hablando el chofer con buen ánimo―. Nada más no se queden solos en la orilla de la laguna. Ya saben, hay duendes por aquí. Y a veces también hay cosas peores ―, agregó el hombre con un matiz misterioso en su voz.

―¿Cosas peores? ―preguntó Evelin interesándose por la conversación ―. ¿Cosas peores cómo qué?

El chofer rio al notar que su intrigante advertencia había logrado el efecto deseado en el par de turistas citadinos.

―Sólo son cuentos señorita. Leyendas de criaturas y aparecidos que cuenta la gente supersticiosa de pueblo.

Joseph y Evelin se miraron extrañados en silencio.

III

Acordaron no pasar por el local de las canoas. Ninguno tenía el ánimo para ponerse a remar. Bebían la botella de vino helado de Joseph, sentados sobre la hierba, frente a la laguna apacible, cuando Evelin, con la mirada fija en la superficie reflejante del agua, comenzó a hablar.

―Un jueves, hace como un mes, me topé con Alfredo Garrido en el centro comercial.

― ¿Alfredo? ¿Tu novio de la prepa? ―preguntó Joseph sorprendido por la repentina revelación.

― Sí. Ese. Tú entonces habías ido por unos días a Monterrey, para tomar un curso.

Aquella plática comenzaba a tomar un rumbo peculiar. Invadido por un mal presentimiento, Joseph se puso tenso y guardó silencio esperando a que ella siguiera hablando.

―Comimos juntos, charlamos un rato ―Evelin hizo una pausa para terminar su vino―. Pasamos juntos la noche en un motel.

Él sintió una intensa ola de calor recorrerle el cuerpo entero comenzando desde la cabeza. Quiso responder algo de inmediato, pero ¿qué podía decir que realmente valiera la pena? ¿Por qué lo hiciste? ¿No pensaste en mí, en nosotros? ¿Qué creíste que pasaría después? Se enderezó y apretó los dientes. Ella continuó, sin mirarlo.

―Creo que, simplemente, lo hice porque se me antojó.

Se hizo el silencio entre ellos. El rumor del viento deslizándose a través de las ramas de los árboles se combinaba con el trinar de las aves y el llanto distante de un niño pequeño. Evelin permaneció sentada con las piernas cruzadas. Joseph, asimilando el golpe, bebió un poco. Sabía que a últimas fechas las cosas no marchaban bien con Evelin, pero no creyó que pudieran estar tan mal como para que ella se hubiera conseguido un amante. Enojado y triste pensaba que lo había traicionado. ¿Y si se trataba de algo más serio que una aventura de una sola noche? Tal vez por eso se había decidido a contárselo, quizás ella planeaba abandonarlo por Alfredo Garrido.

―¿No escuchas a un bebé sollozando por aquí? ―preguntó Evelin, interrumpiendo las cavilaciones de Joseph.

Ambos prestaron atención y en seguida escucharon nuevamente el sonido claro de un llanto infantil, esta vez más cercano a ellos.

―Se oye por allí. Pero no veo a nadie cerca ― confirmó él.

―¿Será un bebé abandonado?

Ambos se pusieron de pie y recorrieron la orilla de la laguna buscando entre las rocas y los arbustos.

―Por aquí no hay nada.

―¿No te parece extraño?

Joseph sonrió ante la pregunta de Evelin. Por supuesto que le parecía extraño que su mujer le hubiera sido infiel y que encima aprovechara un viaje vacacional para revelarle su deslealtad. Volvieron a escuchar el sonido del bebé llorando, pero ahora parecía provenir de otro lado.

―¿Lo escuchas? Viene de donde estábamos. Eso no tiene sentido. Voy a buscar al hombre que renta las canoas para que venga a ayudarnos.

―Sí, ve, pero no… ―dijo Joseph deteniéndose en mitad de la frase.

―¿No qué? ―preguntó a su vez Evelin que se quedó observando el rostro de Joseph. Ambos se miraron a los ojos por un instante y supieron que su relación estaba acabada, separados al fin por una dolorosa distancia tan definitiva que los había fragmentado en miles de formas, volviéndolos irreconocibles el uno para el otro, incluso hasta para sí mismos. Él iba a decirle, como una broma amarga, como un reproche, que no se fuera a coger al hombre de las canoas, pero se arrepintió de último momento.

―Quiero decir que no tardes.

IV

El llanto del bebé se dejó oír con toda claridad. Estaba cerca. Acaso demasiado. Joseph se acercó a las rocas en el borde de la laguna. Observó que las aguas se agitaban brevemente por algo que se desplazaba lentamente bajo la superficie. Pensó en un animal. Tal vez un pez. Del agua comenzaron a surgir en seguida una hilera de largas espinas azules. Luego, la punta de los dedos de una mano.

―Pero qué demonios es esto? ―dijo Joseph, y la mano se lanzó sobre él de forma tan rápida, que no pudo esquivarla.

Evelin y don Fernando, el encargado de las canoas, llegaron un poco después al lugar. Como no encontraron a Joseph lo llamaron a gritos, sin conseguir respuesta. Preocupados, revisaron los alrededores. Al cabo de un rato descubrieron el sombrero de Joseph flotando en medio de la laguna, empujado suavemente por el viento tibio del atardecer.

Pueblo Viejo

Autor: Israel Rojas


Un puyazo, palpitaciones en la piel como pequeños colmillos peludos arando una protuberancia colorada, luego una incontrolable comezón que lo saca de un sueño nebuloso, caótico. Piensa, entre la modorra etílica y el desconcierto, que se trata del piquete de un mosco, pero es cuando se rasca con insistencia frenética que cae en la cuenta de que un zancudo no pudo haberlo picado en la cabeza del pene, lugar de donde proviene la imperante necesidad de rascarse sin obtener alivio.

Teo se incorpora, prende la luz y se asoma al espejo con los calzones hasta las rodillas. Lo que resta de la borrachera se agolpa en su cerebro y por un momento duda de que ese bulto rojo y de circunferencia amoratada esté ahí, en su pito flácido. Pero el roce de su dedo sobre la protuberancia y el dolor como respuesta a la presión, lo petrifican en un instante de miedo que se vuelca terror puro. Se lleva las manos al pelo diciéndose que es cosa de la peda, de los excesos, pero no, una punzada aguda entre el escroto y la ingle lo devuelve a la realidad inexorable.

Nuevamente se acerca al cristal sólo para comprobar que ese amasijo rojo sobre su glande se hincha cada vez más, como si adentro estuviera creciendo algo. Las maldiciones que Teo grita, mientras deshace un pequeño sofá a puñetazos, se confunden con los golpes y bramidos pornográficos que provienen de cada uno de los cuartos del hostal enchinchado y pringoso. Se pregunta entonces, ante la ventana que da a la calle semidesierta, fantasmal, ¿qué chingados está haciendo en México? ¿Qué ha venido a hacer a un país que se desangra en su guerra interna y donde la mayor parte de las personas son gandallas o pendejos con ínfulas de chingones?

Y la pregunta más urgente que desata otras: qué me ha hecho esa mujer, quién era y cuál es la cura para lo que sea que le haya contagiado. Teo no encuentra respuestas ¿Ir con un doctor? Imposible. Una semana atrás ejecutaron al único galeno que quedaba en la localidad, cuando lo confundieron con un traficante de fentanilo.

Clay, su asistente AI, lo exaspera aún más con información abundante y confusa, sólo medio comprende que aquello podría ser herpes, sífilis o cualquier otra cosa con nombre raro y que sólo agrega incertidumbre al desconcierto inicial. Sale de la aplicación y sin que una idea mejor cruce por su cabeza, febril por el miedo y el enojo, Teo se decide regresar al Buena Beata, el congal que se lo tragó los últimos tres días de perdición.

Camino al tugurio, Teo piensa en la peculiar relación de los mexicanos con el sarcasmo y la ironía, pues el Buena Beata era uno de los puteros más populares del valle. El nombre era una contraseña entre la gente del lugar, tipo: “Nos vemos en la capilla”, o “si preguntan por mí, diles que salí a la capilla a rezar”. Pero, qué devoción ni que santa madre, si en Pueblo Viejo sólo quedaban narcos, sicarios, viciosos y putas.

Escupió al barranco, nada en México era como lo imaginaba antes de su llegada; su rica belleza, calidez y alegría, se reducía a una urbe mal oliente poblada de la sombra de muertos y desaparecidos, y de vivos atizados por la ambición, el enojo y el abuso de confianza. Él, un hedonista aventurero adicto a su propia autodestrucción, se siente rebasado por el horror de Pueblo Viejo. Teo camina enfrascado en dos pensamientos: saber qué le ha pasado en la verga; y salir de México inmediatamente.

Debería de sorprenderse, pero tanto tiempo en estas tierras le han arrancado la capacidad de quedar perplejo ante el imposible y el absurdo diluidos. El espacio de lo que había sido el burdel Buena Beata es ante sus ojos un almacén en escombros de color óxido que hace juego con el cielo plomizo. Aquello es contrario a la naturaleza del mundo, tres días con sus noches había estado allá adentro entre narcocorridos, alcohol, metralla y el cuerpo de Desdémona; la mujer de la que inhalaba cocaína en su vientre, la fémina fatal que lo había llevado a su cama de placer y tortura, a pesar de que los matones le advirtieron de sus tretas: “No, gachupo, mejor no la meta ahí, esa plebita lo va a desangrar”. Todo saturaba su mente: el calor de sus besos, el olor de su sexo, el coito oscuro y perverso.

Ahora nada, sólo el silencio que se agrieta con el paso de una troca y un par de teporochos que descansan la borrachera bajo la puerta del almacén liminal; Teo sacude la cabeza y por un momento se siente apartado brutalmente de la realidad, como si él junto con el planeta fueran lo único que existieran en un vacío presidido por dioses sin forma y con tantos eones atrás como hocicos y tentáculos. Pero no, se halla quizá en algo peor, en una esquina plegada del espacio-tiempo en que aquel rincón de Pueblo Viejo había desaparecido junto a sus pocos habitantes o, lo más seguro, se encontraba hacia el fin inevitable de una comarca, una parte del país arrasada por la arena, la corrupción y la sangre.

Para cuando Teo llega ante el borracho que escribe y borra sobre el polvo, y que dice llamarse Nadie; el extranjero siente que ha caminado por días, meses y bien pudo haber olvidado el motivo de su andar, de no ser por los ojos granate de Desdémona. Mirada que lo obsesiona y lo guía, lo mismo que el dolor en los genitales inflamados que entorpece su paso.

—Tú también caíste —Nadie ríe con desprecio, sin dejar de garabatear sobre la polvareda con un dedo, y anular lo escrito con el puño—. Pues no, Desdémona y el Buena Beata ya no están aquí, por el momento. Ella y el burdel son como Pueblo Viejo: una desolación que se anda paseando por todo México. Pero descuida, si Desdémona dejó su marca en ti, la volverás a ver… eso tenlo por seguro.

—¡No! —responde Teo— Yo lo que quiero es salir de aquí, irme de México.

—¿Irte de aquí? ¡Ja! Lo puedes intentar, pero México es una pesadilla que una vez que te sueña, te sueña hasta matarte, como Pueblo Viejo, como Desdémona.

Teo da la espalda al borracho y su risa que se vuelve más terrorífica por lo ridículo de su excentricidad, sin embargo, no logra dar más de un millar de pasos. El dolor en el pene lo derriba y se retuerce hasta quedar con los calzones hasta las rodillas y descubrir que el bubón del glande ha reventado en pus y sangre, para darle paso a un arácnido con el rostro de Desdémona que sonríe exhibiendo sus colmillos peludos, antes de saltar contra la cara de Teo que desespera y se retuerce en su propio vómito escarlata. Un último pensamiento sacude su mente moribunda: México es una pesadilla que te sueña hasta matarte.