G. Maraña
Lo encontré convaleciente junto a la lavadora. Pequeño y arrugado. Al principio pensé que era una ardilla bebé que el gato había traído, pero tenía manitas y una dentadura humana demasiado grande para su cuerpo. Lo metí en una caja, le puse unos periódicos y le di agua y pan como si se tratara de un pajarito lastimado. Para que no sintiera frío, lo dejé junto al calentador que estaba en mi cuarto. Era feo, pero me inspiraba una incomprensible ternura y yo, que siempre pensé tener el instinto maternal de una lenteja, me sentí de pronto tocada por el amor, como iluminada bajo una luz suave.
Esa noche casi no pegué ojo. El animalito roncaba desde su caja y el ruido se parecía mucho al que haría un mandril si alguien decidiera meterlo en una trituradora. Me quedé escuchándolo en la oscuridad, sintiéndome extrañamente conmovida, como si ese berrido horrendo fuera el latido de mi corazón. Al día siguiente fui a la farmacia. Compré fórmula de bebé y un biberón.
Lo senté en mis rodillas y le di de comer. Tuve que sostener la botella firmemente para evitar que me la arrancara de las manos. Era mucho más fuerte de lo que su cuerpo demacrado y enfermizo dejaba suponer. Al terminar, lanzó un eructo digno de un trailero.
Una mañana, entré al baño y lo descubrí retorciéndose junto al excusado, mucho más delgado que el día anterior. Alarmada, porque pensé que se me estaba muriendo, me incliné para levantarlo y me di cuenta de que él no era él. Se le parecía mucho, pero ya viéndolo mejor, tenía sus patitas peludas y palmeadas.
Fui a la cocina para preparar un biberón con fórmula, luego regresé al baño y, con mucho cuidado, lo levanté y lo alimenté. Al igual que su hermano, era fuerte. Después, lo dejé en la caja. Poco a poco, fueron apareciendo por toda mi casa distintas versiones de esa misma cosa. Con cola, sin cola, con alas desplumadas de gallina hervida, con hocicos alargados de coyote flaco o caras planas de chango disecado. La única constante era la dentadura. Blanca. Enorme.
Mi cariño se fue haciendo más profundo. Puse un colchón en la base de la caja para que estuvieran más cómodos y hasta les dejé un osito de peluche que destriparon a los dos minutos de tenerlo. Los bañaba en la tina con agua tibia (y guantes para soldar porque mordían); les leía cuentos a pesar de que sus enormes ojos de murciélago ciego y confundido no parecían entender nada, y los vestía con mamelucos de colores. Parecían tlacuaches sarnosos disfrazados de muñeca, pero para mí eran preciosos (imagino que es una sensación muy parecida a la que experimentan las personas que tienen esas ratas sin pelo de mascota).
Pronto ya no cupieron en la caja, así que decidí dejarles mi cama. Todas las noches los arropaba y los besaba en sus frentecitas calvas. Lo hacía despacio, porque, como dije, mordían (mis lindos bichitos espantosos eran bastante gruñones). Yo saqué un catre del cuarto de servicio y me acomodé junto a ellos. Aunque había terminado por acostumbrarme a sus ronquidos, frecuentemente me despertaba en la oscuridad con el pecho hecho una tripa, temiendo que les hubiera pasado algo.
Tenía pesadillas donde se me perdían o se morían. Entonces, me levantaba y prendía la lámpara de la cómoda para asegurarme de que se encontraran bien. Ahí estaban, con los ojos abiertos (eran incapaces de cerrarlos, ni siquiera parpadeaban), mirando la nada. Después volvía a acostarme, pero el susto ya no me dejaba dormir y me quedaba escuchando esos bramidos que se habían convertido para mí en una segunda respiración.
Mi ternura ocupaba todo. Ignoraba el teléfono cuando sonaba, descuidé mi trabajo hasta que me despidieron. En la cocina los platos se acumulaban y mis muebles se llenaban de polvo. No leía, no escuchaba música, no veía televisión y, si no era para salir a comprarles comida, no salía. Lo único que hacía era cuidar a mis animalitos que con los días se habían ido multiplicando.
El mundo a su alrededor se volvía cada vez más borroso. Solo los veía a ellos. A veces olvidaba bañarme. A veces pasaba el día entero sin comer o tomar agua. No me percaté de lo mucho que había adelgazado hasta que los pantalones se me empezaron a caer; y me tomó un buen rato darme cuenta de que el gato llevaba ya varios días sin aparecerse. Encontré su collar, pero de él ni rastro. Me sorprendió lo poco que me importó, hasta hace no mucho había sido mi adoración.
Una semana después, mientras venía de regreso a mi casa con la bolsa del supermercado cargada de leche en polvo, oí por casualidad a dos vecinas hablando en la calle; al parecer un animal raro se había metido en la casa de una de ellas y se había comido a su canario.
―Era un como chango o tlacuache con alas ―explicaba―. Alcancé a verlo con el rabillo del ojo. No sé qué cosa era, pero era fea. Abrió la jaula y se lo tragó de un bocado.
Pronto comenzaron a desaparecer otras mascotas. Los folletos con perros y gatos extraviados se multiplicaban por mi calle. Sabía que eran ellos. Escondían los huesos en las macetas, bajo la cama, entre la estufa y la pared. Al principio pensé que era porque no querían que los encontrara, pero cuando vi que no les afectaba en nada verme sacar un fémur de abajo de uno de los cojines del sillón, me di cuenta de que lo hacían por instinto nada más, como las ardillas que guardan sus nueces en algún rincón.
De haber sido una buena madre (porque a esas alturas ya eran mis niños) los habría regañado, pero cuando veía sus caritas tan horrorosas y tan lindas, el corazón se me hacía un durazno tierno y no podía. Lo único que quería era abrazarlos y besarlos, aunque amenazaran con arrancarme los dedos a mordidas. Entonces, empezaron a desaparecer niños.
En las calles veía a las patrullas desfilar y a los padres llorando y gritando mientras le explicaban a la policía que no entendían cómo había podido pasar una cosa así. Las historias que contaban eran inverosímiles, animales de una raza indeterminada secuestraban a sus hijos de sus cunas o sus camas. Supe que estaba albergando pequeños asesinos y la idea me horrorizó brevemente. Consideré entregarlos. Vi de pronto mi casa hecha una sopa incongruente de mugre y ropa sucia tirada por todas partes, vi mi cuerpo delgado, mi cara demacrada, el pelo que se me caía a jirones por no comer, por no dormir, y tuve ganas de sonarme la pared a patadas; pero luego, casi de inmediato, me sentí culpable.
Me dije que esto había pasado por haber sido tan permisiva. Los había malcriado. Ellos, pobrecitos, no hicieron nada malo. Necesitaban que los guiara y les fallé. Decidí reunirlos. Los puse en un semicírculo y les expliqué que comer niños era malo. Lo hice con mucha dulzura, claro. Lo último que quería era dañar su autoestima. Ellos eran inocentes en todo esto. Sin embargo, los niños siguieron desapareciendo, luego los ancianos y, por último, los adultos. Pero para ese punto yo había llegado a la conclusión de que mis espantosos bebitos preciosos necesitaban comer carne humana. Son como cualquier ser vivo, me decía a mí misma, solo quieren sobrevivir. Y cuando pensaba en sus cuerpecitos huesudos y sus patéticos ojitos amoratados de pájaro recién nacido recorriendo este mundo cruel, el cariño me rebasaba y me entraban ganas de llorar.
Así que ignoré lo que estaba pasando y seguí haciendo lo que hasta ahora había hecho: preparar, obsesivamente, una olla tras otra de leche en polvo que ya ni siquiera probaban porque era evidente que lo que se les antojaba era algo muy distinto. El líquido blanco que se quedaba sobre la estufa o la encimera, eventualmente se llenaba de moho y empezaba a apestar. Sin embargo, no tenía el valor para tirarlo.
Un día, mientras tendía la cama donde mis hijitos dormían (la única cosa que me molestaba en mantener limpia y ordenada), me desplomé del cansancio. El primero de todos, el más arrugado y el más querido por ser mi primogénito, viéndome ahí tirada sin poder levantarme, se me acercó y me mordió la pierna. Uno a uno sus hermanos siguieron su ejemplo. Lo único que podía hacer mientras me devoraban, era preguntarme angustiada qué iba a ser de mis niños lindos ahora que yo ya no estaba.
