Legado de fuego (audiocuento)

Miguel López González


Pancho lo encontró cuando hicieron su casa de adobe. En aquel pedacito de terreno que compraron por unos pesos hace muchos años, allá en Milpa Alta.

Era un huevo carmesí, con el tamaño de un bebé recién nacido.

—Estamos bendecidos, vieja.

—¡Es un huevo de Xiuhcóatl!—le respondió su esposa, María.

—Nunca pasaremos hambre, traen buena fortuna.

—Lo pondré en el fogón debajo de todas las cenizas para que guarde calorcito.

Colocaron el huevo en medio de las tres piedras, lo mantuvieron caliente todos los días del año, y en el ritual anual de la limpia del fogón, mamá María lo cargaba como si fuera un dulce pequeño, arrullándolo con su voz:

Ce conetl moma huiltiaya

Ixpantzico meztli

Huan moilnamiquilliaya

Niquicta meztli in malacath

Tlan íc tlalli

Tlaco malacatl

Huan occe tlacomalacatl

Huan occe tlacomalacatl

Huan occe tlacomalacatl…

Un bebé jugaba

Frente a la luna

Y recordaba

Estoy viendo la redondez de la luna

Le voy a poner a esta redondez

Un medio círculo

Y otro medio círculo

Y otro medio círculo

Y otro medio círculo…i

Pasaron los años, nunca faltó comida, salud y sobre todo el calor en aquella casita. La familia creció y, ahora don José, tataranieto de Pancho, se encuentra dando indicaciones a su sobrino.

—La tarea fue heredada por varias generaciones. El primogénito tiene que quedarse a cuidar del huevo y ahora es tu turno, Simón. Yo ya estoy muy viejo y el huevo requiere más y más calor. Ya no puedo con la responsabilidad.

—¿Por qué necesita más calor?

—En cada generación pide más fuego, su alimento natural hasta que pida nacer —dijo don José—. Ahora vete y preséntate con la pequeña.

Simón no era ajeno a aquel huevo. Era una arcaica costumbre qué lo alcanzó, pues en la línea familiar él era el siguiente. Ahora viviría ahí y abandonaría su casa en la ciudad. Algo en extremo molesto, aunque su familia lo mantendría, pues gracias a su serpentina suerte, hicieron una buena cantidad de dinero y así sustentaban la vida de quien se convertía en el guardián.

El muchacho colocó la madera ardiente al lado de las piedras del fogón; con el atizador retiró la ceniza para dejar al descubierto aquel óvalo colorado. Simón tomó su posición, hincándose y agachando la cabeza.

NotokaiiSimón. Mi tío ya debe descansar, así que a partir de ahora yo lo haré. Cuidare de él y de ti.

Debido a que el huevo se encontraba a contraluz de las llamas, pudo ver en su interior una sombra que reaccionó a esas palabras; culebreó dentro de su cascaron. Sorprendió, Simón corrió donde su tío.

—¡Tío, tío!, ¡se movió, se movió! Me presenté con ella y la vi.

—¡Qué bueno, hijo! Ya te ha aceptado. Ahora tú estás a cargo.

Simón cumplió su palabra. Iba al centro a comprar los alimentos para los dos, trabajaba en la pequeña milpa cosechando y siempre se encargaba de que el fogón tuviera lumbre. Platicaba con don José de sus vivencias; la vida de su tío fue la de un ermitaño, nunca se casó, pues ninguna de sus parejas quiso vivir en aquella casa tan lejos de todo y de todos. No se lamentaba, con ese pequeño sacrificio ayudaba a la familia.

Pasaron los días, semanas y casi al llegar el año, don José agonizaba en su cama.

—Ni modo mijo, aún con todas las medicinas y las visitas de los doctores privados uno solo vive lo que tiene que vivir.

—¡Vamos al pueblo! Todavía podemos hacer algo.

Simón tomó a José como pudo, lo levantó y caminaron hacia la puerta. Al momento de pasar por el fogón el huevo emitió un chillido; iba a nacer.

—La Xiuhcóatl, Simón. Déjame verla.

—Tío no tenemos tiempo para eso.

Con dificultad, don José se agachó frente al huevo; parecía un carbón al rojo vivo. Su cansado corazón no pudo con la impresión y cayó al suelo.

—Hijo… hazme caso. Afuera hay botes con gasolina, prende la casa. Solo así la ayudaremos.

—¿Cómo me pides hacer eso? ¡Tenemos que ir al hospital!

—Haz lo que te digo…yo ya no tengo salvación…alguien tiene que dar la vida para que ella nazca.

Simón con lágrimas en los ojos acató la petición. Roció por dentro y por fuera la casa con la gasolina. Regresó para despedirse de don José.

—¡Tío!

—No te preocupes… voy con ella al quinto cielo. Ya vete…vete lejos.

Dentro de la casa, don José inició el incendio mientras abrazaba el huevo con todo el amor que le quedaba en el cuerpo y comenzó a cantar suspirando:

Huan occe tlacomalacatl

Huan occe tlacomalacatl

Huan occe tlacomalacatl…

La casita finalmente cedió ante el fuego y colapsó. Simón veía de lejos la escena con una tormenta en sus ojos. De pronto, el suelo comenzó a vibrar con violencia, y un rugido ensordecedor irrumpió el silencio de la noche. El suelo se resquebrajó como un plato de barro al chocar contra el suelo, las grietas formadas dejaban escapar un fulgor carmesí y naranja, mientras un enorme montículo de tierra hacía volar por los aires los viejos ladrillos de adobe.

El cono volcánico se formó a causa del magma que salía escurriendo como miel de las grietas. Una erupción violenta iluminó el cielo, rasgando la tela nocturna y devorando la luz de las estrellas. Del cráter emergió una lengua de fuego descomunal.

—¡Xiuhcóatl! —gritó Simón.

i Arrullo originario de Milpa Alta, Ciudad de México

ii Mi nombre es o Soy. Lengua náhuatl, variante del centro de México.

Entrevista a José Luis Ramírez

Entrevistador: Miguel Almanza


José Luis Ramírez (Puebla, Pue. 1974). Es Ingeniero Industrial en Electrónica y estudió una maestría en Ciencias de la Computación. Ha sido publicado en distintas antologías entre las que destacan: Mundos Posibles, Auroras y Horizontes, El crimen como una de las bellas artes Vol.III, Los Mejores Cuentos Mexicanos Ed.2003, Visiones Periféricas, El hombre en las Dos Puertas, Los Mapas del Caos y Silicio en la Memoria; así como en varias revistas y fanzines. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción 1998, con el cuento “Hielo”. Es el coordinador y editor de la Antología Lo mejor de la ciencia ficción mexicana y administrador del portal cifi.mx que cataloga todas las producciones con temática de ciencia ficción en México.

CD: Pues este ahí va mi primera pregunta. Después de 25 años de escribir ciencia ficción, creo que tienes más, me parece, ¿verdad?

José Luis Ramírez: Voy a cumplir treinta, o ya cumplí treinta, ahorita en 2025.

CD: Sí. Después de este periodo que ya tienes. ¿Cuál sería el primer consejo a los escritores que se inician en este género, en esta vertiente, ¿cuál sería un primer consejo para escritores de ciencia ficción mexicana?

José Luis Ramírez: Leer, leer mucho. Este, creo creo que es algo que siempre siempre ayuda. Este, no solo ciencia ficción, fantasía, policíaco terror; mainstream, biografías, historia, todo, todo lo que lo que quieran. Para mí la lectura es, además de la parte lúdica y de la parte de entretenimiento, del aprendizaje, de la parte de enriquecerte con la cultura. La lectura para mí es, en mi experiencia, es el disparador, es lo que me lleva a escribir historias, ¿no?

Leo algo que me gusta mucho, el mundo que construye y de pronto siento que faltó explorar una parte de ese universo, ¿no? O de pronto siento que no es la historia como a mí me hubiera gustado que me la contaran o que dejó de lado algo. Y siempre ha sido, en mi caso, un disparador la lectura. Y no solamente la lectura, digo, también ver películas, jugar videojuegos y demás.
Pero creo que la lectura es lo más importante y mi primer consejo para cualquiera que quiera, esté, comenzando a escribir, es que lea mucho.

CD: Muy bien. ¿Algún autor que nos recomiendes o autores?

José Luis Ramírez: Esa pregunta es muy tramposa. Mi libro, mis libros favoritos con los que me iría a una isla, siempre digo este suena suena muy raro, ¿no? O sea, me gusta mucho: El paraíso perdido de de John Milton. Me gusta mucho la Divina Comedia de de Dante Alighieri. Me parece, o sea, me gustan mucho, más que cualquier autor vivo o muerto, esos son los libros que que considero los mejores.
Obviamente, recomiendo leer a Dante, recomiendo leer a Milton. Me gusta mucho William Blake; Las Bodas del Cielo y del Infierno. Me gusta mucho La Odisea, me gusta mucho La Iliada y me gustan mucho Las Metamorfosis.

Me gusta mucho la literatura clásica y y autores que recomiendo, pero ya de ciencia ficción y contemporáneos y que estén vivos los viejitos. No que sean este señores y señoras. Ursula K. Leguin. Me parece maravilloso. Curiosamente no me gusta mucho, no voy a decir no me gusta mucho. La prefiero como autora de fantasía, prefiero los libros de Terramar, a La mano izquierda de la oscuridad y otras obras suyas icónicas, pero Ursula K. Leguin me gusta mucho.

Señoros actuales que son el ABCD de la ciencia ficción: Asimov, Bradbury, Clark y Philip K. Dick. Me parecen maravillosos. Dick particularmente es una cosa es un autor que no es imprescindible, no en la ciencia ficción, en la Literatura, así con mayúscula. Al nivel de Borges o de Cortázar. Me gusta mucho José Emilio Pacheco, me gusta mucho este Jorge Ibargüengoitia, pero en ciencia ficción, insisto, contemporánea: William Gibson. William Gibson todo lo del cyberpunk, me voló la cabeza.

Curiosamente, no solo Neuromante. Todas sus cinco novelas del Sprawl, de sus seis novelas del Sprawl y del puente. Y las novelas nuevas, que ya son más cyberpunk y The Peripheral, todo lo que ha escrito Gibson, todo me encanta. Lo que escribió con Sterling, también recomiendo mucho a Sterling, este sobre todo la máquina diferencial, el steampunk de ellos dos. Es lo mejor del del steampunk que he leído en muchos en muchos casos, entonces los recomiendo muchísimo. Entonces, este sí, Sterling, Gibson, Lewis Shiner y Greg Egan.

No le sigo porque no acabo, o sea, todos los autores este que están este eh publicando ciencia ficción este mainstreamosa, los he tratado de leer, he tratado de seguir su obra y estos han resaltado de una forma así muchísimo. Alguien me me decía, «Es que Bradbury no es ciencia ficción, es más fantasía.» Y bueno, yo creo que Fahrenheit es de lo mejorcito de la ciencia ficción. Nunca me acuerdo del número, Fahrenheit 451 o los grados que sean. Me parece una obra maravillosa, Las Crónicas Marcianas me parece una obra maravillosa, El hombre ilustrado me parece una obra maravillosa. Entonces, yo defiendo mucho a Bradbury como autor este de ciencia ficción, me parece maravilloso. Igual Asimov, este yo empecé a leer era ciencia ficción cuando estaba en la secundaria con Asimov y se me quedó.

O sea, es una cosita que después despotriqué y después dije: Escribe como ingeniero. Y después, es demasiado yanqui, imperialista, colonialista y y demás. Pero pues se me quedó en mi corazoncito Las bóvedas de acero, Yo robot y pues no me lo puedo quitar. Y soy fan de La Fundación, Imperio y los robots y los mil libros que sacó de eso y lo recomiendo mucho. ¿Para qué te miento? Igual Clark. Me gusta Kim Stanley Robinson. Amé Marte rojo, Marte verde, Marte azul.

Me encanta este este muchachito Andy Weir con El Marciano y está otro que se me fue el nombre que acaban de hacer película con el Ryan Gosling, Contacto extraterrestre, está buenísima. Y bueno, su misión en la luna también me encanta. Entonces, ¿qué te digo? Casi cualquier autor que lea este le encuentra dentro algo que me gusta.

Pero si los pongo que recomendar y si tienes que leerlo así a fuerza, pues sí: yo sigo aprovechándome de la mitología griega, aprovechándome de toda esta mitología cristiana de ángeles y demonios, y de toda esta ciencia ficción clásica, hegemónica, imperialista, yanqui y demás. Y bueno, de un autores mexicanos, porque también también me gustan mucho: Alberto Chimal, Zárate y y Gabriela Damián, me gustan mucho.

Pero sí, no me preguntes eso porque ni te contesto con la verdad porque no tengo un autor favorito, un autor que recomiende, tengo cientos de autores que te recomiende y esa es una pregunta muy tramposa y nos vamos a encandilar ahí. Pues ya no Pero sí, Gibson, Gibson Gibson es de mis favoritos, Dick es de mis favoritos. Bradbury, es de mis favoritos.

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Bitácora de la doctora Xóchitl

Miguel López González


Hospital San Rafael

Turno: Vespertino

8:30 a.m. – Consulta, masculino, 37 años.

Nombre del paciente: Víctor Castro Álvarez.

Motivo de consulta: Dolor agudo en el flanco izquierdo, irradiado hacia la región inguinal. El paciente se mostraba visiblemente incómodo. Describió la molestia como punzante y sumamente dolorosa. Comenzó un día antes y el primer síntoma fue orina con sangre. Sus signos revelaban una hipertensión y febrícula.

Durante la exploración, el paciente señaló que hace un par de años había presentado cálculos renales, pero la situación, sus palabras, no se podía comparar a la de aquella vez.

09:15 a.m. – Hipótesis y estudios:

Análisis de orina: Evidencia de hematuria.

Ultrasonido renal: Presencia de dilatación de la pelvis renal izquierda. Se identificó una sombra acústica, urolitiasis, sin embargo, la sombra posee una morfología atípica, no se parece a algo que haya visto en pacientes o en libros.

Diagnóstico probable: Presencia de cálculos y/o cuerpos extraños; posible litiasis ureteral con obstrucción parcial.

11:45 a.m. – Ingreso del paciente.

Se ingresó al paciente, afortunadamente, había cama disponible. Se administraron analgésicos y antiespasmódicos vía intravenosa, así como suero para mantenerlo hidratado. El paciente expresó: Doctora, ayúdeme por favor. Siento que me desgarro por dentro. Lucía asustado, pude escuchar una leve risa, deben ser sus nervios. Se programó una cirugía para más tarde.

12:27 p.m. – Toma de signos preoperatoria.

La enfermera Laguna, tomó los signos. El paciente mostraba un ritmo cardiaco de 110 latidos por minuto, algo normal dada la situación que experimentaba. Con él se encontraba un colega de su trabajo que funge como contacto de emergencia; se le informó de la situación, sin embargo, solo se limitó a asentir y sonreír.

1:27 p.m. – Cirugía: litiasis renal.

Debido al tamaño, la litotripsia extracorpórea no fue una opción. Se optó por la nefrolitotomía percutánea litiasis renal. Realizar el abordaje percutáneo fue sencillo, rutinario diría sin duda, sin embargo, al introducir el elemento flexible comenzaron los problemas.

Dicho elemento fue introducido con sumo cuidado, como siempre se ha realizado, más grande fue nuestra sorpresa cuando el catéter flexible fue halado hacia adentro del cuerpo del paciente con una velocidad impresionante. El doctor Terrones tuvo que soltarlo pues la fricción quemó sus guantes y ambas manos, tan solo pudo cortar la tira con un escalpelo antes de que toda desapareciera dentro del paciente.

El monitor no mostró nada anómalo, todo era estático salvo la sombra del tubo flexible enrollado en forma de espiral dentro del riñón. La operación no pudo ser llevada a cabo como se planeó; dadas las extrañas circunstancias, se votó por realizar una extracción total del órgano. Al realizar el primer corte escuchamos una risa ahogada, nos miramos los unos a los otros y el anestesista revisó a Víctor, pero este se encontraba sedado.

Terrones trajo el instrumental para laparoscopia, tres tubos con cámaras para maniobrar correctamente. Al realizar las otras dos incisiones la risa se hizo más fuerte, se escuchó cavernosa y líquida; venía del interior de Víctor. La enfermera Cruz, aterrada por lo que escuchó, abandonó su puesto y no puedo culparla, la situación ya poseía tintes inverosímiles; solo quedamos Terrones, García el anestesiólogo y yo.

No fingiré que me encontraba tranquila, no creo que exista una persona con nervios de acero que pudiese mantenerse enteramente calmada ante a lo que nos enfrentamos.Entonces lo vimos, por tan solo unos breves segundos, quizá milésimas, antes de que la cámara fuera destrozada y tuviéramos que retirar el endoscopio. Yo quedé helada, Terrones logró pinchar esa cosa con la aguja de Veress y la escuchamos chillar; fue espantoso y repugnante.

Nos miramos a los ojos, incrédulos de lo que acababa de pasar. Sin embargo, no podíamos dejar al paciente con eso dentro de él. No tuvimos elección, no nos dejó extirparlo con métodos no invasivos. Terrones y yo decidimos hablamos susurrando, no fue intencional, fue una reacción meramente instintiva. Utilizaríamos un método que se califica como salvaje en estos tiempos. Me concentré y dejé atrás mi nerviosismo, puesto Terrones al atacar aquella cosa ya no se encontraba en las condiciones ideales; podía ver en su rostro una expresión de asco, miedo y duda. Considero que yo tampoco contaba con una estabilidad perfecta sobre todo porque aquella asquerosa risa seguía y seguía.

Realicé la incisión correspondiente para la nefrectomía radical. Mi pulso tembló un poco, pero nada significativo que hubiera comprometido la vida del paciente; tal vez dejaría una cicatriz irregular. La sangre fluyó de manera normal, nada extraño, si dejamos de lado la risa de aquello, hasta que llegamos a la zona; tomamos mucha precaución pues si aquella anomalía había podido trozar el instrumento nuestros dedos no le producirían ningún problema. Coloqué los fórceps y lo observamos claramente. Era un riñón, mostraba una sonrisa retorcida y ensangrentada; pudimos distinguir incisivos, premolares y caninos. Mi estómago se comprimió y los pies me temblaron cuando abrió su cavidad bucal para soltar esa risa vomitiva.

Abrimos lo más que pudimos la incisión, el órgano lanzaba mordiscos al azar; Terrones vigilaba aquella criatura, dueña de esa enferma dentadura, con mucho cuidado de que ninguno de los dos fuera presa de sus salvajes mordidas. Tuve que actuar rápido y acepto la culpa por el trabajo tan descuidado realizado en el paciente, sin embargo, a riesgo de sonar repetitiva, la situación desbordaba al equipo. Al finalizar con la última incisión y separar aquella cosa, comenzó a chillar y a reír más fuerte; sentí mis oídos perforados, juro que sentí recorrer esa carcajada por todo mi ser; me descuidé.

Justo cuando lo retirábamos el riñón dio una gran mordida a los tejidos del paciente, vimos brotar su sangre y terminó por romperme. Solté los fórceps con el monstruo y este rodó por el suelo, dejando un rastro de sangre tras él. Doy gracias al cielo que García intervino; tomó un hemostato y apuñaló a esa cosa que se encontraba ahogándose y riendo con la carne de Víctor. Terrones le proporcionó un recipiente redondo para cubrirla.

No sabíamos qué hacer y pensé en el alcohol y grité: ¡Tenemos que quemarlo, ahora!

Corrí por la botella y con mucho cuidado levantamos un lado del cuenco y vertí dentro el líquido, afortunadamente García además de ser un excelente anestesiólogo es un fumador consumado; tomó sus cerillos y le prendió fuego. Aquello se retorcía, gritaba y reía de manera frenética hasta que paró después de unos minutos.

Tuvimos miedo de levantar el recipiente, pues no estábamos seguros de que aquel “ser” estuviera muerto. Terrones colocó todo lo que pudo sobre él cuenco y procedimos a controlar la hemorragia de Víctor para estabilizarlo y revisar el daño que habíamos provocado y la monstruosa mordida que sufrió.

4:52 p.m. – Postoperatorio.

El riñón, el monstruo, no sé cómo referirme a eso, fue llevado por García al incinerador para eliminarlo por completo. Víctor estuvo sedado y monitorizado ante cualquier anomalía. El equipo y yo estuvimos preocupados por la situación, decidimos realizar un reporte normal, pues nadie podría creer lo vivido en la cirugía. El paciente despertó y honestamente desearía que eso no hubiera pasado.

Víctor mencionó encontrarse bien, adolorido como era de esperarse y con una presión extraña en el pecho. Al momento de auscultar, lo escuché. Entre los palpitares, una etérea risa se manifestaba en su corazón. Abandoné la habitación sin decir nada y presenté mi renuncia.

12:43 a.m. – En casa.

No pienso volver al hospital. Aún percibo esa maldita risa, ¿está grabada en mi mente? Rio de nerviosismo…eso es… sólo se trata de nerviosismo.

Colaboración especial de Iván Ambrouken quien ilustró este cuento con su obra «La Criatura».

Colmillos en la Jalisco

Adriana de Jesús Casas Moreno


Todo comenzó una noche cualquiera en el Parque Rojo. Yo había salido a despejarme porque el WiFi de mi casa se fue, y con él, mi voluntad de vivir. Caminaba como zombi, pero no de los cool de las películas. Yo era más bien un desempleado con acné adulto, o sea: un triste mortal.

Y ahí estaba ella.

Sentada en una banca, como si estuviera esperando desde hace siglos. Vestía de negro, con un corset que parecía sacado de una subasta gótica del 1800. No pestañeaba. No se movía. No parpadeaba. Claramente, pensé: esta morra es arte… o me va a asaltar.

—¿Te perdiste? —me preguntó con una voz tan dulce como la de Alexa, pero más hipnotizante.

—Eh… no. Bueno, un poco sí. De la vida.

Sonrió. Sus colmillos, largos y afilados, brillaron con la luz de la farola. Pero mi mente, en su infinita negación, decidió ignorarlos como ignoro las notificaciones del SAT.

—Soy Vanessa. ¿Y tú?

—Ulises, como el del libro. Pero sin barco. Ni gloria.

Esa noche hablamos horas. De literatura, de la muerte, de cómo los mangos con chile del parque Rojo están sobrevalorados. Todo muy normal, salvo porque ella nunca parpadeó ni una vez. Tampoco respiró. Yo, por supuesto, no le di importancia. Estaba ocupado enamorándome.

Pasaron varias noches. Un día, Vanessa me invitó a su casa en la colonia Jalisco. «Vive con su abuela», pensé. «O con gatos.» Lo que no pensé es que viviría… en un ataúd.

—¿Ese es tu… clóset horizontal? —pregunté, fingiendo calma mientras veía el sarcófago tapizado en terciopelo rojo.

—Es mi lecho eterno —respondió mientras se quitaba los botines. ¿Quién se quita los botines para meterse a un ataúd? Ella.

—¿Eres…? —no me salían las palabras. Ni la saliva.

—No muerta. Vampira. Vampiresa, si prefieres el término con perspectiva de género.

Yo, que hasta entonces solo había lidiado con exnovias pasivo-agresivas, estaba ante una mujer que dormía en ataúd y tomaba sangre. Y sin embargo, le dije:

—Muérdeme.

—¿Estás seguro?

—Mi única otra opción era volver con mi ex o trabajar en un call center.

Esa noche me mordió el cuello con ternura y firmeza, como quien da el primer beso pero también te chupa el alma. Cuando desperté, tenía colmillos, sed de sangre… y una inexplicable necesidad de burlarme de los humanos.

Desde entonces, Vanessa y yo nos convertimos en los Bonnie y Clyde vampíricos de la colonia Jalisco. Nadie sospechaba. Con nuestras chamarras negras, parecíamos pareja darks saliendo del Salón Guadalajara. Pero en realidad, estábamos cenando.

Nuestro menú: transeúntes imprudentes, amantes distraídos, y ocasionalmente, vendedores de seguros. Para despistar, les robábamos la cartera después del mordisco, así los medios decían que fue «la maña». Pero la verdadera maña éramos nosotros: dos muertos vivientes con problemas de control de impulsos.

El tiempo pasó. Llegaron los tianguis navideños. ¡Benditos sean los buñuelos y las multitudes! Para nosotros era como un bufet nocturno: luces de colores, posadas, niños cantando villancicos mientras nosotros cazábamos en silencio.

Yo me encargaba de los que se quedaban atrás, tomándose selfies con inflables de Santa Claus. Vanessa era más poética: elegía a quienes compraban piñatas de Hello Kitty. “Nadie que compre eso merece vivir”, decía, mientras les daba el beso final.

A veces nos escondíamos entre los puestos de luces LED y películas piratas. Escogíamos bien. Nada de niños ni ancianos. Solo adultos medio tontos. O sea, bastantes.

Y así, en cada banqueta húmeda de la colonia, dejábamos cuerpos exangües con cara de haber visto algo más feo que el recibo de la luz.

Nunca nos atraparon.

Una noche, mientras descansábamos en el techo de una casa de lámina, Vanessa me miró con esa mirada que solo los muertos saben dar.

—¿Te arrepientes?

—Solo de no haberte conocido antes. Cuando todavía tenía seguro médico.

Nos reímos. Un perro ladró. Una sirena de patrulla pasó de largo. Ahí seguimos. Enamorados. Eternos. Raros.

Si alguna vez visitas la colonia Jalisco de noche y ves dos sombras besándose cerca del tianguis… corre.

O mejor quédate. Puede que te toque un beso que dure para siempre.

Al amanecer, ya no cantan los espectros (siete memorias del futuro)

Eduardo Honey


1 16 de agosto de 2142, 6:17 hrs.

Antes que salga el sol apago mi baliza, dejo el campamento y regreso para mirar la ciudad en ruinas. La Luna, partida en tres enormes fragmentos y una larga cauda de otros menores, refleja suficiente luz para alumbrar la antigua autopista por donde camino. El asfalto está resquebrajado en multitud de lugares de donde brota maleza y algún joven árbol. En uno y otro lugar hay montones de óxido sobresaliendo entre tierra y lodo. Evocaciones distantes de lo que alguna vez fueron vehículos.

Me detengo el mirador. Esta zona y las colinas alrededor de la ciudad estaban cubiertas por bosques. Ahora hay tocones y restos de troncos calcinados. Entre ellos, tímidamente, sobresale rala vegetación y pequeños árboles.

El talud desciende abruptamente un tramo y luego cambia de ángulo para llegar a las afueras de la ciudad. El sol sale a mis espaldas entre la serranía y alumbra las zigzagueantes bordes y puntas desgastas de los enormes rascacielos que no se derrumbaron. Conforme los rayos descubren la ciudad, observo los montículos que están alrededor de las marchitas superestructuras. Los trazos de las calles aún se alcanzan a ver y en varias zonas aún quedan marcas de los incendios y las deflagraciones.

Suspiro, esa vasta ciudad era el lugar donde nací, donde vivieron generaciones de mis antepasados. Y ahora está muda, quieta, silenciosa. Entonces recuerdo que el silencio es total: esta zona se llenaba con el canto de los pájaras. Muchas veces contemplé el amanecer en compañía de alguna de mis madres tras un fin de semana de campamento.

Doy la vuelta y miro al piso del mirador. Está hecho del concreto que superará en duración cualquier obra humana. Está en un leve ángulo que permite que el agua, lodo y suciedad retrocedan hacia la autopista y se desfoguen en el canal que divide a ambos.

Allí están las sombras alargadas, tatuadas en la superficie ocre del concreto. Inician donde está mis pies y se extienden casi tres metros. Eran dos, tomados o tomadas de la mano, con los cuerpos ligeramente separados pero las cabezas juntas, quizás besándose, quizás mirándose en el momento final antes de que la ola de fuego y radiación los alcanzara.

No hay espectros que tenga alas ni que canten al amanecer desde hace medio siglo. Menos de los que quedaron atrás en un último adiós.

2 6 de enero de 2092, 11:57 hrs.

Kethian camina por el boulevard principal. Cada paso que da hace que broten emojis y avatares del suelo ofreciendo links y productos diversos. No la llaman la atención, ella está sumergida en la música del reencuentro de Luna Sea tras el debatido tratamiento gerontológico de cada miembro de la banda. Música de viejitos le han dicho siempre sus buddies pero a ella no le importa. Es mucho mejor lo que comparte su abuela Mikhal que la nanomusik tan de moda, pieza de dos o tres segundos que generan tendencias que no duran más de un día.

Se detiene junto a una de las sequoias que surgen cada cinco metros y toma asiento en una de las bancas desocupadas. Trata de alcanzar con la vista donde termina el árbol pero la distraen las torres que bordean cada lado de la avenida con sus 200 ó 300 metros de altura. A pesar de sus dimensiones, el paseo arbolado palidece al lado de las superestructuras, cada una un centro comercial habitable que es la aspiración de vida de los buddies. Dentro lo aburrido de una vida real queda supeditada a una emocionante vida 3D conectada directamente al 10G de la neonet.

Por el momento, para los que viven fuera de esos castillos de acero, cristal y bits, las paredes proyectan emojinuncios, el último grito de la moda nanomusik, notas de los hi-fluencers e invitaciones para unirte a los cyberclans de cada edificio si cuentas con el perfil esperado.

—¡Holalis! Llegaste temprano, santa puntualidad —suena una musical voz a un costado. Es Myanwë quien saluda efusivamente detrás del filtro gatuno con el que viste. Kethian apaga los implantes cocleares y el visualizador en su córnea, los regalos de mamá Semia al concluir los estudios previos a la Metaversidad. No le ve mucho sentido cursar una carrera de dos años pero la abuela ha insistido, “ya ves a la tía Zarahaí, ¿no es un orgullo para nuestra familia?”

—No manchegues, Myan. Quedamos a las doce y es casi la una.

—¿Qué? ¿No te enteraste? Los Mantíkhoran están en primer lugar con su “Pa’que tempranis baby”. Toda una revoltion en la nanomusic. Y es inmoda llegar tarde: #tardisbaby es tendencia.

—¿Desde qué hora? —preguntó Kethian mientras pedía un resumen de modas y tendencias en la última hora.

—Como a las nueve inició…

—Vaya que dura más que una clase, y no baja en las charts.

—Nopnop, vámonos que quiero llegar y ganar lugar, Keth.

—¿Y la moda qué wave?

—Esa es la digivida, en la realife mis nachas necesitarán asiento.

3 16 de agosto de 2142, 8:32 hrs.

—Karent, ¿dónde vagas? —suena por mi radio. Es Yulie, nuestra coordinadora maestra, preocupada por saber de todo su rebaño

—En el mirador, quise salir a pasear.

—¿Insomnio otra vez?

—Como todas desde el accidente. Por fortuna hemos regresado.

Era un decir, fue asunto de trabajo en equipo de las treinta tripulantes y Aracné, la red de inteligencias artificiales de la nave. Lástima que Myan y Savant no sobrevivieron a sus heridas cuando salieron a apagar los motores de salto. Luego transcurrieron dos años de mucho esfuerzo y sacrificios reparándolos en un lugar de la galaxia a más de cien años luz de nuestro hogar.

Tuve que atender a la mayoría como a algunas de las IAs. En una situación desesperada el enojo, la frustración, la depresión y la desesperanza son habituales, más cuando ocurrió un accidente en un viaje de prueba que solo duraría dos semanas y cerca de la Tierra.

—Se que es duro, pero te necesito… te necesitamos por acá. Por favor, no salgas sola. No podemos arriesgarnos a perder una más. Ya sabes, no puedo perderte.

—Me regreso por la autopista del sur —respondo después de prender mi baliza. Todos necesitamos ciertas palabras como reafirmación de los hechos. Antes de tomar mi camino vuelvo a mirar la ciudad que semeja una cicatriz retorcida de acero y cristal. De forma impulsiva suelto un “Hasta el rato” a sombra de la pareja que está el piso.

4 6 de enero de 2092, 14:00 hrs.

La cúpula está activa y el día se ha oscurecido casi en su totalidad. Myanwë no cabe de gozo, alcanzaron lugar en uno de los cuadros de césped de la plaza central. Kethian está a su lado y también mira el enorme holo que se despliega en el aire al centro del lugar. Allí se proyecta el conteo final de la espacionave Spérant en su viaje de ida y vuelta a la Luna como parte del programa espacial de la UE. Ambas tienen apagados sus implantes y dispositivos para charlar a gusto, como solo los viejos lo hacen.

So? ¿Enterarás a la Meta? Mejor vámonos de voyaj, conozcamos el mundo —propone Myanwë

—Es lo que la abue Mikhal quiere, que aproveche que estoy joven y le dedique a la Meta —responde Kethian—. ¿Sabes? Aún da clases de biologic y le writea.

—Vaya con la prix de tu abu, tenemos años y un siécle adelante. Ya sabes Pa’que tempranis baby, si nos queda una vidis

—¡Ya cállate! –exclama y ríe Kethian—. En verdad va de bad a malmalest los Mantíkhoran. ¿Calidad quieres? From my heart, i want to tell you, If i can see your smile forever… —canta a capella, Myanwë voltea y le roza la mano que apoya en el césped. Kethian, quien mira al aire, calla de súbito y la palidez inunda su rostro.

—¿Qué pas… —alcanza a articular Myanwë al tiempo de mirar al aire. El holo muestra en recuadro a la Spérant con las ventanillas iluminadas. Frente a ella hay un enorme vórtice, su borde, lleno de polvo y luces, gira como si fuera una galaxia. El holo principal muestra el puente de comando donde las starnautas hablan entre ellas y gesticulan con fuerza.

Casi al mismo tiempo Kethian y Myanwë activas sus implantes cocleares y oculares.

10…

Myan, ¡apaga los motores de salto!

No me deja la navegación de Aracné, dice que están apagados.

9…

¿Cómo? ¿Y eso que tenemos enfrente?

Según navegación, es una simulación.

8…

Karent, convence a Aracné de que está en un error.

Aye, Savant, es lo que trato e insiste que están apagados. Que solo están encendidos en un simulacra… intentaré algo más…

7…

Yulie, ¿entraron a ingeniería? ¿Pueden cortar el flujo? Usen un hacha…

Nos tiene fuera, selló las puertas…

6…

Savant, ya percibió que está en un error…

Gracias, Gran Gaia, gracias

5…

pero no tiene tiempo de parar el salto

¿Cómo?

4…

Tripulación, sujétense y que la suerte nos acompañe…

3…

Gracias a todas.

2…

El holo del puente es sustituido por la vista externa de la Spérant y el vórtice.

1…

0…

La nave sale disparada, penetra el negro centro rodeado por el borde giratorio que colapsa sobre sí mismo y desaparece. Sobre la superficie terrestre, cerca de donde estaba el límite del vórtice, se ven varios hongos de fuego, polvo y cenizas.

Informan de varias explosiones en Kamchatka, Corea y Japón. Aún se desconoce su origen y características, dice una voz en off mientras en el holo las bolas de fuego ascienden para toparse con la parte superior de la atmósfera y salir eyectadas al espacio. Avisan que mantengan la calma en lo que el gobierno emite su postura oficial.

El holo se apaga al igual que la oscuridad de la cúpula. La multitud alrededor grita, gesticula, varios lloran y muchos más echan a correr.

—¿Qué hacemos? —pregunta Myanwë con enorme angustia tras ponerse de pie.

—Ven, hagamos un pequeño viaje, juntas —contesta Kethien y la toma de la mano.

5 18 de agosto de 2142, 7:00 hrs.

Escucho los pasos a mis espaldas mientras contemplo de nuevo la ciudad.

—Sabía que aquí estarías, Karent. ¿Ya tomaste tu decisión? Tu voto es el que decidirá todo.

—Mal nombre le diste, no somos las siete Evas, Yulie. Somos veinte por cuestiones de edad y salud. Tenemos óvulos suficientes entre todas para procrear a varias decenas y usar a Aracné para variabilidad genética. Digo, no pensaba tener hijos, no era necesario y no estoy muy convencida. ¿Alguna Eva tuvo que decidir en continuar o extinguirse? Y mira el resultado del antes –le señalo la ciudad.

—Sabes lo que encontramos en las bitácoras estación espacial, no fuimos nosotras ni el motor de salto. Alguien saboteó las IAS, otros se sintieron amenazados y lanzaron un ataque preliminar con bombas de plasma. Luego todo escaló. Creo que será mejor la próxima vez: tenemos herramientas, tecnología, conocimientos y sabemos qué ocurrió aunque desconocemos a los culpables.

—Tengo miedo, Yulie.

—Todas tenemos pavor por la responsabilidad. Pero es envejecer y morir, dar saltos en la galaxia para ver si encontramos otro lugar. O reintentar aquí, ahora. ¿Qué decides?

6 7 de enero de 2092, 7:00 hrs.

—En neta es beauty —expresa Myanwë, arrobada por el amanecer en el mirador. Los pájaros las sobrevuelan y cantan mientras las crías llaman desde el bosque—. Aunque hace frío.

—Siempre le likeó a la tía Zarahaí y a la abu Mikhal. Me traían seguido desde peque.

—¿Tu tía era la que estaba allí, en la…

—Sipsip, era ella.

—Ya verás, en un tris prix regresará. Oye, ¿y cómo seguía esa canción que te cuttearas?

From my heart —canta Kethian—, i love you, I want to take away those tears, all of them. I for you…

Nerviosa Myanwë besa a Kethian quien cierra los ojos y mantiene el contacto entre los labios en una eternidad personal. Sobre la ciudad surge una enorme luz seguida de una ola de fuego. Las aves, los bosques, el beso y ellas se evaporan.

7 18 de agosto de 2142, 7:05 hrs.

Sorprendida veo cómo dos pares de alas cruzan el horizonte. Detrás las siguen una bandada.

—Entonces, Zarahaí, ¿qué decides? —insiste Yulie.

—Intentemos —respondo mientras abrazo a mi compañera y acerco mi rostro al de ella.

Alcanzo a ver, a nuestro costado, las sombras de la pareja que estuvo aquí como si fueran las nuestras. Mientras cierro los ojos, se que los espectros del pasado también le cantaron al amanecer.

El hombre del sur

David Barrera Sánchez


Don Luis fue un chamán que dedicó su vida curar a los enfermos y afligidos por medio de plantas y raíces. Sin embargo, durante sus últimos años, y de manera inesperada, aquel pulcro anciano dejó a sus enfermos, se volvió huraño y descuidado en su arreglo personal.

—¡Ya no voy a curar a nadie! —le gritó en una ocasión a un grupo que tocó a su puerta—. ¡Lárguense!

Así pues, la clientela dejó de hacer fila frente a la casa del anciano y creyó que éste se había ido de la ciudad pues, paulatinamente, la basura se acumuló en la puerta y aparecieron grafitis obscenos en la fachada de lo que antes se consideró un templo.

Por otro lado, yo tenía un serio problema: el alcohol. Disponía de dinero y tiempo para beber a diario; además, no tenía familia y los amigos y amigas nunca faltaron en mi casa, por lo que bebí a rienda suelta cualquier botella que cayera en mis manos sin importarme la resaca, al fin de cuentas, me aliviaba con más alcohol.

Así llevé mi vida durante varios años hasta que aparecieron ligeras palpitaciones en mi abdomen que con el tiempo se convirtieron en intensos dolores acompañados de vómito y diarrea. Consulté a varios doctores y me sometí a los tratamientos que señalaron, pero no mejoré; antes bien, mi piel se tornó amarillenta y me vi obligado a quedarme en casa sin otra cosa más que hacer que beber, beber y beber.

Una tarde, mientras padecía por el malestar, salí al patio para tomar aire fresco y, luego de caminar alrededor de mi árbol de zapote, tosí con tanta violencia que escupí sangre en la base del tronco.

—Te espera una muerte lenta y dolorosa —oí de repente una voz y de inmediato miré en dirección del sonido. Enseguida, vi una cabeza colmada de abundante cabello entrecano que se asomaba sobre el muro que divide mi casa de la de don Luis.

—¿Quién eres? —pregunté.

—Luis, tu vecino —dijo.

Acto seguido, el anciano apoyó sus manos sobre la barda y me horroricé al ver sus uñas gruesas color ámbar que rebasaban el metro de largo. Más que parecer garras, sus uñas eran un grotesco desorden de puntas que se curvaban hacia adentro o hacia fuera según el dedo del que habían nacido. Y pude ver el mismo fenómeno cuando don Luis apoyó los pies en la barda.

–—Don Luis! —exclamé, mientras recuperaba el aliento y sentía la sangre escurrir por la boca—. ¡Qué le pasó!

Los ojos del chamán parecieron brillar entre sus abundantes cabellos que le llegaban hasta la cintura. Me miró en silencio por varios segundos y, de pronto, me habló con aquella voz aguardentosa que tanto le caracterizaba:

—Lo que me haya pasado no importa. Mejor pregúntate qué te pasó a ti. ¿Por qué no has ido al doctor?

—He visto a muchos doctores y ninguno me ha podido ayudar –dije–. Creo que ya no tengo cura.

—No digas eso —dijo, al tiempo que dio un brinco y cayó en mí patio—, es indudable que te ves acabado, pero, con el tratamiento adecuado podrás vivir. Si quieres yo te puedo curar.

—Creí que ya había dejado de dar consultas.

—Lo he dejado, sin duda –afirmó–. Soy muy viejo para ese trabajo, pero haré una excepción contigo. Del precio hablaremos después. Por lo pronto, entra a tu cocina y te diré qué debes preparar para que no vuelvas a vomitar sangre.

Don Luis me dijo qué ingredientes debía usar para las pociones que yo mismo debía preparar pues, debido a la longitud de sus uñas, al chamán le era imposible manipular objetos.

—¿Por qué se ha dejado las uñas tan largas? —pregunté.

—Pronto lo sabrás —respondió y, acto seguido, señaló hacia su casa con la larga uña de su índice—. Ahora, ve a mi casa y trae yerbas, muchas yerbas.

El constante burbujear del agua y los vapores espesos que salían de cada olla nublaron mi vista y despidieron un olor a yerbas, hongos, moho y raíces. Acalorado, intenté abrir la ventana, pero don Luis extendió su mano y con sus largas uñas me impidió avanzar.

—No dejes que se vayan esos vapores —dijo el anciano—. Deja que entren por tus poros y que te hagan sudar.

Al principio, las pociones eran insípidas y me provocaron somnolencia; pero con el paso de los días, adquirieron un sabor sumamente amargo que me provocó diarrea, vómito, insomnio y hasta alucinaciones.

—Imagina que es una cerveza caliente —dijo don Luis al ver mi aversión por tomar las pociones.

—Ya no quiero —dije—. Me siento peor. Si no muero de cirrosis, moriré por sus brebajes.

—Es normal que te de diarrea o que alucines —afirmó con indiferencia—. Mejor eso a que te mueras.

Día tras día, las infusiones y los vapores me azotaban con nausea y vómito. Al mismo tiempo, el chamán se acostaba en mi sofá y extendía sus horribles pies y manos, cuyas uñas se habían engrosado y llegaban al metro y medio de largo.

Una tarde, don Luis me pidió que me acostara en mi cama y respirara profundamente. Entonces, frotó mi espalda a la altura de mis riñones y dio golpecitos de vez en vez que me causaron un agudo dolor y que me angustiaron, pues sus largas uñas rozaban mi cabeza y mi espalda o se enredaban entre mi cabello. Tras el masaje dormí profundamente.

Desperté una vez que había caído la noche. Enseguida, me sentí libre de la enfermedad que me había atormentado y hasta tuve ganas de beber, pero, al levantarme, vi a don Luis sentado en una silla de mimbre en medio de los claroscuros de mi habitación. El anciano apoyaba sus manos en los descansabrazos y las uñas caían al suelo como si fueran lianas, mientras que las uñas de los pies se proyectaban hacia enfrente de manera desordenada.

—Muchacho, debes saber que mi muerte está cerca —dijo el anciano—. Por ello, fíjate bien lo que vas a hacer como pago por haberte sanado: me llevarás en tu camioneta a mi pueblo y, una vez que lleguemos, regresarás a tu casa y no le dirás a nadie que te curé, ni mucho menos que me llevaste al sur, ¿entendido?

A la mañana siguiente, preparé una mochila y le ayudé a don Luis a acostarse en el asiento trasero. Entonces, cerré la puerta, me senté frente al volante y encendí el motor sin saber de antemano a dónde iba.

—Agarra para el sur como si fueras a Tuxtla Gutiérrez —dijo don Luis—, y conduce sin desesperarte porque el viaje será largo… Muy largo.

—Está bien —dije—. Pero, antes de partir, me gustaría que al fin me dijera por qué se ha dejado las uñas tan largas.

—Mis uñas… Pues verás —dijo y soltó una risita nerviosa—: quiero batir el récord del hombre con las uñas más largas del mundo.

—¿En serio? —pregunté, luego de soltar una risotada.

—Sí, señor —dijo—. El representante de los récords llegará a mi pueblo para darme mi diploma. Seré famoso antes de estirar la pata.

Pasamos por muchos poblados y ciudades hasta que nos acercamos a la frontera con Guatemala. Durante el trayecto, la selva pareció querer invadir las pronunciadas curvas, mientras las nubes nos persiguieron con chaparrones y truenos apocalípticos. Don Luis viajó acostado y en completa tranquilidad; dormía la mayor parte del tiempo y hablaba sólo para dar indicaciones.

—Sigue por ahí, sigue —decía sin siquiera levantarse de su asiento—. No te distraigas porque el camino se pondrá peor.

Y vaya que tuvo razón pues las pronunciadas curvas nos mostraron barrancos por los que se apreciaban cadenas de montañas bajo las nubes espesas y lloronas. De pronto, al entrar en una recta techada por los brazos de los árboles, las aves cantaron de manera desquiciada y se desplazaron entre las ramas sin quitarnos la mirada de encima. «Qué diablos le pasa a esos pájaros», pensé.

—Oríllate, por favor —dijo don Luis con urgencia—. Oríllate, necesito orinar.

Entonces, estacioné la camioneta y bajé del auto.

—Apúrate, por favor —afirmó el anciano—. Ya no aguanto.

Tras abrirle la puerta, don Luis descendió como si hubiera sido un reptil puesto en libertad y se internó entre los troncos mohosos hasta perderse de mi vista. Asustado por su forma de desplazarse, me quedé en silencio y lo seguí con la mirada.

Esperé con paciencia minuto tras minuto pero el anciano no regresó, así que me vi obligado a ir en su búsqueda. Enseguida, me interné entre la densa vegetación y seguí las huellas que el curandero había dejado a su paso; mi frente escurría sin cesar, mientras sentía un insoportable bochorno.

Así y todo, anduve hasta que llegué a una zona casi despejada en donde me encontré, como a unos ocho o diez metros de distancia, con dos pirules y una parvada que volaba en círculos sobre ellos. Al no ver rastro alguno, llamé a don Luis en varias ocasiones hasta que oí un grito que vino de los dos árboles que se levantaban frente a mí. Antes de correr en dirección del sonido, el suelo tembló con violencia e hizo que las copas se agitarán y dejaran caer sus hojas. Entonces, apareció una multitud de ramas detrás de los pirules que se movían como si fueran dedos deseosos de atrapar a los pájaros; y, una vez que las ramas llegaron a una altura de unos quince o veinte metros, se poblaron de hojas en cuestión de segundos hasta camuflarse con el resto del paisaje.

Cuando terminó de temblar, vi correr a muchos animales en dirección del árbol. Parecían una estampida ansiosa de ver al nuevo inquilino que brillaba entre el resto de sus semejantes. Al llegar, me asombré cuando vi que los tlacuaches, jaguares, monos, venados, armadillos y demás especies olfateaban meticulosamente al árbol; además, se trepaban a él y se frotaban contra su dura corteza una y otra vez. Aquella imagen me pareció irreal —casi como sacada de un cuento de fantasía o de una propaganda religiosa—, pues, en circunstancias normales los animales se atacarían y los más pequeños huirían de sus depredadores. Pero no sucedió así. Sin lugar a dudas, un poder desconocido los obligaba a hacer tregua. Quizá estaba frente a un acuerdo antiguo, secreto e instintivo que ellos daban por hecho y que estaba vedado para el hombre.

Paulatinamente, los animales se fueron y yo me acerqué al árbol. Vi su superficie áspera en donde se deslizaba una culebra que dejaba atrás a una fila de hormigas. Levanté la vista y vi a una multitud de quetzales que cantaban con arrebatada alegría, mientras hinchaban su colorido plumaje entre las ramas colmadas de frutos y hojas endiabladamente verdes. «Esto no parece real», pensé

Regresé a mi camioneta y conduje sin importar a dónde iba. «Necesito un trago», me decía de manera reiterada, al tiempo que la carretera se convertía en un camino fangoso, estrecho y sin señalamientos: «Estoy perdido… Qué maldita suerte tengo».

Conduje hasta llegar a las inmediaciones de un poblado y me sorprendí al ver —quizá a unos quince metros de distancia— una figura encorvada, enjuta y de largas uñas y cabellos que andaba con lentitud a un lado del camino.

—¡Don Luis! —grité, al tiempo que emparejaba la camioneta con el anciano—. ¡Don Luis! ¡Deténgase!

El hombre inclinó la cabeza y aceleró su marcha.Vaya viejo loco. Detuve la camioneta y corrí hacia él. Y una vez que le di alcance, lo tomé de los hombros y lo sacudí ligeramente.

—¡Sabe cuánto tiempo lo he buscado! —exclamé, pero él inclinó la mirada y sus cabellos cubrieron su rostro—. Hable, viejo loco. ¡Hablé!

—Déjeme por favor —dijo al fin—. Déjeme ir.

—Ahora mismo me va a decir cómo regresar a mi casa, ¿entiende?

—¡No, no! —respondió sin dejar de sollozar.

De pronto, oí un silbido a mi costado y vi a un joven que cargaba un machete.

—¿Qué ocupas de mi abuelo? —preguntó el joven de manera hosca al tiempo que un grupo de hombres y mujeres me rodearon.

—Este hombre me hizo conducir desde México hasta este pueblo —respondí—. Exijo que al menos me diga cómo regresar.

—Mi abuelo nunca ha salido de este pueblo —dijo—. Suéltalo o te cortaré las manos.

Tras oírlo, miré a las personas que se habían reunido y noté que los ancianos tenían el cabello y las uñas muy largos a diferencia de los jóvenes que vestían con pulcritud y llevaban el cabello bien recortado.

—Suelta a mi abuelo —reiteró el joven del machete.

Obedecí. Acto seguido, el hombre me permitió ver su rostro y, pese al gran parecido que tenía con don Luis, noté que aquel anciano era tuerto.

—Vete o te corto el cuello —dijo el muchacho.

Aproveché la indulgencia y me apresuré a mi vehículo; no obstante, la gente mayor me siguió y me gritó con furia. Una vez dentro de mi camioneta, traté de encender el motor, mientras los ancianos golpeaban el parabrisas y las ventanillas con sus largas uñas. Repentinamente, las piedras comenzaron a golpear los vidrios y creí que mi linchamiento era inevitable hasta que el motor encendió y aceleré.

«Necesito un buen trago», pensé.

La autopsia de Dios

Víctor David Manzo Ozeda


El equipo llegó a las 07:47 horas. El cuerpo estaba tendido sobre una superficie irregular de roca. Medía aproximadamente ochenta y tres metros de largo. No presentaba señales de putrefacción. Tampoco había signos de violencia. La estructura era humanoide, con dos extremidades superiores, dos inferiores y una cabeza bien definida. No tenía vello. No tenía órganos genitales. La superficie de la piel era translúcida en algunas zonas y opaca en otras. No reaccionó a estímulos externos. No hubo movimiento reflejo.

Se montó un perímetro de trabajo de cuarenta metros. Se asignaron turnos de observación, toma de muestras y análisis. Se prohibió el contacto directo sin guantes. El primer corte se realizó con instrumento térmico a la altura del pecho. No hubo sangrado. La cavidad torácica estaba vacía. No se encontraron órganos vitales en su ubicación esperada. Solo una masa central, esférica, adherida al esternón interno, firme al tacto, sin pulsaciones ni temperatura. La retiramos fácilmente. Fue almacenada en contenedor clase IV.

El cráneo se abrió con equipo neumático. El proceso tardó siete horas. La estructura interna no coincidía con ningún patrón anatómico conocido. No había lóbulos cerebrales. No había médula. Solo una cavidad llena de placas lisas, similares a láminas de vidrio. Estaban colocadas una sobre otra. Ciento veintidós en total. Las examinamos bajo microscopio. Contenían inscripciones microscópicas. Algunos patrones se repetían. Otros eran únicos. Se registraron, se copiaron, se sellaron.

El resto del cuerpo fue catalogado por sectores. No se detectaron pulmones, intestinos ni sistema circulatorio. No se hallaron huesos. Todo el soporte estructural era tejido denso, compacto, sin fibras. El peso total del cuerpo era de 3,980 kilogramos. No tenía olor. No tenía sabor. No se descomponía al contacto con bacterias. No reaccionaba al ácido. No ardía con fuego. Se intentó congelarlo. No paso nada.

Después de seis días de análisis, el cuerpo comenzó a desintegrarse. El proceso fue constante, sin intervalos. No emitió calor ni energía detectable. No quedó ningún residuo. Ninguna parte fue posible conservar. Solo las láminas. Las ciento veintidós. Fueron enviadas al archivo central. El informe fue entregado. No hubo conferencias de prensa. No se autorizó publicación.

Días después del cierre del informe, volví a leer la bitácora. Buscaba algo que se me hubiera pasado. Un dato, una anomalía, una omisión. No encontré errores. Todo estaba registrado. Cada incisión, cada hallazgo, cada antecedente. Pero había una negligencia que no era técnica. No era un dato. Era la sensación constante de que habíamos llegado tarde.

No a la escena. A la pregunta.

Habíamos abierto ese cuerpo con escrupulosidad. Lo medimos, lo pesamos, lo clasificamos. Lo convertimos en fenómeno inexplicable. Pero nunca preguntamos si debíamos tocarlo. Si su forma era una respuesta o un intento de retirarse en paz. Fuimos ahí porque el protocolo nos lo exigía. Y cumplimos. Pero nadie volvió igual.

En los días siguientes, varios miembros del equipo comenzaron a escribir sin motivo. Palabras sueltas, sin estructura. Algunos quemaron sus investigaciones. Otros las escondieron. Yo las almacené. Las he leído una a una obsesivamente. No contienen información útil. Pero todas comparten una misma idea, repetida con variaciones:

“Si Dios existía, no era para ser entendido. Solo para irse sin decir nada.”

Y eso hizo. Se fue.

Sin venganza. Sin despedida.

Y el mundo siguió.

Con menos preguntas.

Con menos fe.

No porque hubiera respuestas.

Sino porque lo que nos sostuvo… ya no nos mira, porque nunca le importamos.