Al amanecer, ya no cantan los espectros (siete memorias del futuro)

Eduardo Honey


1 16 de agosto de 2142, 6:17 hrs.

Antes que salga el sol apago mi baliza, dejo el campamento y regreso para mirar la ciudad en ruinas. La Luna, partida en tres enormes fragmentos y una larga cauda de otros menores, refleja suficiente luz para alumbrar la antigua autopista por donde camino. El asfalto está resquebrajado en multitud de lugares de donde brota maleza y algún joven árbol. En uno y otro lugar hay montones de óxido sobresaliendo entre tierra y lodo. Evocaciones distantes de lo que alguna vez fueron vehículos.

Me detengo el mirador. Esta zona y las colinas alrededor de la ciudad estaban cubiertas por bosques. Ahora hay tocones y restos de troncos calcinados. Entre ellos, tímidamente, sobresale rala vegetación y pequeños árboles.

El talud desciende abruptamente un tramo y luego cambia de ángulo para llegar a las afueras de la ciudad. El sol sale a mis espaldas entre la serranía y alumbra las zigzagueantes bordes y puntas desgastas de los enormes rascacielos que no se derrumbaron. Conforme los rayos descubren la ciudad, observo los montículos que están alrededor de las marchitas superestructuras. Los trazos de las calles aún se alcanzan a ver y en varias zonas aún quedan marcas de los incendios y las deflagraciones.

Suspiro, esa vasta ciudad era el lugar donde nací, donde vivieron generaciones de mis antepasados. Y ahora está muda, quieta, silenciosa. Entonces recuerdo que el silencio es total: esta zona se llenaba con el canto de los pájaras. Muchas veces contemplé el amanecer en compañía de alguna de mis madres tras un fin de semana de campamento.

Doy la vuelta y miro al piso del mirador. Está hecho del concreto que superará en duración cualquier obra humana. Está en un leve ángulo que permite que el agua, lodo y suciedad retrocedan hacia la autopista y se desfoguen en el canal que divide a ambos.

Allí están las sombras alargadas, tatuadas en la superficie ocre del concreto. Inician donde está mis pies y se extienden casi tres metros. Eran dos, tomados o tomadas de la mano, con los cuerpos ligeramente separados pero las cabezas juntas, quizás besándose, quizás mirándose en el momento final antes de que la ola de fuego y radiación los alcanzara.

No hay espectros que tenga alas ni que canten al amanecer desde hace medio siglo. Menos de los que quedaron atrás en un último adiós.

2 6 de enero de 2092, 11:57 hrs.

Kethian camina por el boulevard principal. Cada paso que da hace que broten emojis y avatares del suelo ofreciendo links y productos diversos. No la llaman la atención, ella está sumergida en la música del reencuentro de Luna Sea tras el debatido tratamiento gerontológico de cada miembro de la banda. Música de viejitos le han dicho siempre sus buddies pero a ella no le importa. Es mucho mejor lo que comparte su abuela Mikhal que la nanomusik tan de moda, pieza de dos o tres segundos que generan tendencias que no duran más de un día.

Se detiene junto a una de las sequoias que surgen cada cinco metros y toma asiento en una de las bancas desocupadas. Trata de alcanzar con la vista donde termina el árbol pero la distraen las torres que bordean cada lado de la avenida con sus 200 ó 300 metros de altura. A pesar de sus dimensiones, el paseo arbolado palidece al lado de las superestructuras, cada una un centro comercial habitable que es la aspiración de vida de los buddies. Dentro lo aburrido de una vida real queda supeditada a una emocionante vida 3D conectada directamente al 10G de la neonet.

Por el momento, para los que viven fuera de esos castillos de acero, cristal y bits, las paredes proyectan emojinuncios, el último grito de la moda nanomusik, notas de los hi-fluencers e invitaciones para unirte a los cyberclans de cada edificio si cuentas con el perfil esperado.

—¡Holalis! Llegaste temprano, santa puntualidad —suena una musical voz a un costado. Es Myanwë quien saluda efusivamente detrás del filtro gatuno con el que viste. Kethian apaga los implantes cocleares y el visualizador en su córnea, los regalos de mamá Semia al concluir los estudios previos a la Metaversidad. No le ve mucho sentido cursar una carrera de dos años pero la abuela ha insistido, “ya ves a la tía Zarahaí, ¿no es un orgullo para nuestra familia?”

—No manchegues, Myan. Quedamos a las doce y es casi la una.

—¿Qué? ¿No te enteraste? Los Mantíkhoran están en primer lugar con su “Pa’que tempranis baby”. Toda una revoltion en la nanomusic. Y es inmoda llegar tarde: #tardisbaby es tendencia.

—¿Desde qué hora? —preguntó Kethian mientras pedía un resumen de modas y tendencias en la última hora.

—Como a las nueve inició…

—Vaya que dura más que una clase, y no baja en las charts.

—Nopnop, vámonos que quiero llegar y ganar lugar, Keth.

—¿Y la moda qué wave?

—Esa es la digivida, en la realife mis nachas necesitarán asiento.

3 16 de agosto de 2142, 8:32 hrs.

—Karent, ¿dónde vagas? —suena por mi radio. Es Yulie, nuestra coordinadora maestra, preocupada por saber de todo su rebaño

—En el mirador, quise salir a pasear.

—¿Insomnio otra vez?

—Como todas desde el accidente. Por fortuna hemos regresado.

Era un decir, fue asunto de trabajo en equipo de las treinta tripulantes y Aracné, la red de inteligencias artificiales de la nave. Lástima que Myan y Savant no sobrevivieron a sus heridas cuando salieron a apagar los motores de salto. Luego transcurrieron dos años de mucho esfuerzo y sacrificios reparándolos en un lugar de la galaxia a más de cien años luz de nuestro hogar.

Tuve que atender a la mayoría como a algunas de las IAs. En una situación desesperada el enojo, la frustración, la depresión y la desesperanza son habituales, más cuando ocurrió un accidente en un viaje de prueba que solo duraría dos semanas y cerca de la Tierra.

—Se que es duro, pero te necesito… te necesitamos por acá. Por favor, no salgas sola. No podemos arriesgarnos a perder una más. Ya sabes, no puedo perderte.

—Me regreso por la autopista del sur —respondo después de prender mi baliza. Todos necesitamos ciertas palabras como reafirmación de los hechos. Antes de tomar mi camino vuelvo a mirar la ciudad que semeja una cicatriz retorcida de acero y cristal. De forma impulsiva suelto un “Hasta el rato” a sombra de la pareja que está el piso.

4 6 de enero de 2092, 14:00 hrs.

La cúpula está activa y el día se ha oscurecido casi en su totalidad. Myanwë no cabe de gozo, alcanzaron lugar en uno de los cuadros de césped de la plaza central. Kethian está a su lado y también mira el enorme holo que se despliega en el aire al centro del lugar. Allí se proyecta el conteo final de la espacionave Spérant en su viaje de ida y vuelta a la Luna como parte del programa espacial de la UE. Ambas tienen apagados sus implantes y dispositivos para charlar a gusto, como solo los viejos lo hacen.

So? ¿Enterarás a la Meta? Mejor vámonos de voyaj, conozcamos el mundo —propone Myanwë

—Es lo que la abue Mikhal quiere, que aproveche que estoy joven y le dedique a la Meta —responde Kethian—. ¿Sabes? Aún da clases de biologic y le writea.

—Vaya con la prix de tu abu, tenemos años y un siécle adelante. Ya sabes Pa’que tempranis baby, si nos queda una vidis

—¡Ya cállate! –exclama y ríe Kethian—. En verdad va de bad a malmalest los Mantíkhoran. ¿Calidad quieres? From my heart, i want to tell you, If i can see your smile forever… —canta a capella, Myanwë voltea y le roza la mano que apoya en el césped. Kethian, quien mira al aire, calla de súbito y la palidez inunda su rostro.

—¿Qué pas… —alcanza a articular Myanwë al tiempo de mirar al aire. El holo muestra en recuadro a la Spérant con las ventanillas iluminadas. Frente a ella hay un enorme vórtice, su borde, lleno de polvo y luces, gira como si fuera una galaxia. El holo principal muestra el puente de comando donde las starnautas hablan entre ellas y gesticulan con fuerza.

Casi al mismo tiempo Kethian y Myanwë activas sus implantes cocleares y oculares.

10…

Myan, ¡apaga los motores de salto!

No me deja la navegación de Aracné, dice que están apagados.

9…

¿Cómo? ¿Y eso que tenemos enfrente?

Según navegación, es una simulación.

8…

Karent, convence a Aracné de que está en un error.

Aye, Savant, es lo que trato e insiste que están apagados. Que solo están encendidos en un simulacra… intentaré algo más…

7…

Yulie, ¿entraron a ingeniería? ¿Pueden cortar el flujo? Usen un hacha…

Nos tiene fuera, selló las puertas…

6…

Savant, ya percibió que está en un error…

Gracias, Gran Gaia, gracias

5…

pero no tiene tiempo de parar el salto

¿Cómo?

4…

Tripulación, sujétense y que la suerte nos acompañe…

3…

Gracias a todas.

2…

El holo del puente es sustituido por la vista externa de la Spérant y el vórtice.

1…

0…

La nave sale disparada, penetra el negro centro rodeado por el borde giratorio que colapsa sobre sí mismo y desaparece. Sobre la superficie terrestre, cerca de donde estaba el límite del vórtice, se ven varios hongos de fuego, polvo y cenizas.

Informan de varias explosiones en Kamchatka, Corea y Japón. Aún se desconoce su origen y características, dice una voz en off mientras en el holo las bolas de fuego ascienden para toparse con la parte superior de la atmósfera y salir eyectadas al espacio. Avisan que mantengan la calma en lo que el gobierno emite su postura oficial.

El holo se apaga al igual que la oscuridad de la cúpula. La multitud alrededor grita, gesticula, varios lloran y muchos más echan a correr.

—¿Qué hacemos? —pregunta Myanwë con enorme angustia tras ponerse de pie.

—Ven, hagamos un pequeño viaje, juntas —contesta Kethien y la toma de la mano.

5 18 de agosto de 2142, 7:00 hrs.

Escucho los pasos a mis espaldas mientras contemplo de nuevo la ciudad.

—Sabía que aquí estarías, Karent. ¿Ya tomaste tu decisión? Tu voto es el que decidirá todo.

—Mal nombre le diste, no somos las siete Evas, Yulie. Somos veinte por cuestiones de edad y salud. Tenemos óvulos suficientes entre todas para procrear a varias decenas y usar a Aracné para variabilidad genética. Digo, no pensaba tener hijos, no era necesario y no estoy muy convencida. ¿Alguna Eva tuvo que decidir en continuar o extinguirse? Y mira el resultado del antes –le señalo la ciudad.

—Sabes lo que encontramos en las bitácoras estación espacial, no fuimos nosotras ni el motor de salto. Alguien saboteó las IAS, otros se sintieron amenazados y lanzaron un ataque preliminar con bombas de plasma. Luego todo escaló. Creo que será mejor la próxima vez: tenemos herramientas, tecnología, conocimientos y sabemos qué ocurrió aunque desconocemos a los culpables.

—Tengo miedo, Yulie.

—Todas tenemos pavor por la responsabilidad. Pero es envejecer y morir, dar saltos en la galaxia para ver si encontramos otro lugar. O reintentar aquí, ahora. ¿Qué decides?

6 7 de enero de 2092, 7:00 hrs.

—En neta es beauty —expresa Myanwë, arrobada por el amanecer en el mirador. Los pájaros las sobrevuelan y cantan mientras las crías llaman desde el bosque—. Aunque hace frío.

—Siempre le likeó a la tía Zarahaí y a la abu Mikhal. Me traían seguido desde peque.

—¿Tu tía era la que estaba allí, en la…

—Sipsip, era ella.

—Ya verás, en un tris prix regresará. Oye, ¿y cómo seguía esa canción que te cuttearas?

From my heart —canta Kethian—, i love you, I want to take away those tears, all of them. I for you…

Nerviosa Myanwë besa a Kethian quien cierra los ojos y mantiene el contacto entre los labios en una eternidad personal. Sobre la ciudad surge una enorme luz seguida de una ola de fuego. Las aves, los bosques, el beso y ellas se evaporan.

7 18 de agosto de 2142, 7:05 hrs.

Sorprendida veo cómo dos pares de alas cruzan el horizonte. Detrás las siguen una bandada.

—Entonces, Zarahaí, ¿qué decides? —insiste Yulie.

—Intentemos —respondo mientras abrazo a mi compañera y acerco mi rostro al de ella.

Alcanzo a ver, a nuestro costado, las sombras de la pareja que estuvo aquí como si fueran las nuestras. Mientras cierro los ojos, se que los espectros del pasado también le cantaron al amanecer.

Madre Terrible

Eduardo Honey


Mantengo mi forma humana al correr por la calle de Madero rumbo a la plaza central, el Zócalo. Son las cuatro de la mañana y los antros aún no vomitan a sus borrachos ni drogos antes de los afters. Solo algún vagabundo arropado con sucias cobijas y periódicos que duerme encima de cartones a pesar de la ligera llovizna. En una que otra esquina te topas a algún policía refugiado y embutido en su uniforme para aguantar el frío o, a pesar de la baja temperatura, examinando su celular.

—Doña Jacinta —dice por el auricular Sonia, mi compañera de aventuras y mi sombra vía dron— comenta que Huitzilopochtli está por aparecer en el lugar donde dio su mandato. Y no es donde décadas atrás pusieron esa estatua tan gacha… Está a un costado del Templo Mayor donde colinda con la Plaza Manuel Gamio.

Miento madres por el tiempo que tardé en eliminar una tzitzimime en La Alameda. Iba con tiempo suficiente para llegar al lugar que me indicó doña Jacinta y su grupo de curanderas. El Syndicat des Ténèbres no las consideraba dignas de atención aún cuando tuvimos el incidente en el Cerro de la Estrella. Si no es por ellas y su clan con apoyo de Eulogio, se habría terminado el mundo en el ciclo de 52 años. Desde entonces las cosas se pusieron raras, algo no se cerró o no se ató de forma adecuada.

Desaparecieron las plagas habituales de Europa y Asia que intentaban asentarse en la smógpolis central de México. Los k’pterion en las sombras de los edificios antiguos, indicadores del balance con la otredad en el mundo, no emergían de las paredes. Le comenté a Donatello, quien por primera vez, calló y me dio la espalda.

Desemboco en el Zócalo. Del lado izquierdo está la Catedral, al frente Palacio Nacional y a la derecha, la Jefatura del gobierno citadino. Al centro se levanta la inmensa asta de donde cuelga el lábaro patrio. Por encima refulge una luna creciente. Me percato de su presencia junto con sus huestes que llueven desde cada estrella.

—¡Sonia! ¡Que el grupo de asalto no avance! ¡Sácalos de allí!

—¿Qué? ¿Por qué?

—Aquí está nuestra querida Itzpapalotl, la inestimable mariposa de obsidiana. Y no viene sola. Trajo una horda de tzitzimitl de las cuatro regiones del Tamoanchan. No importa que contemos con licántropos, strigoi o ghoules —expreso. Teníamos una posibilidad de distraer a un dios pero no a dos y menos con lo que se viene encima.

—¿Qué diablos? Alfredo, no te atrevas…

—Es un buen día para morir, besos como siempre —contesto mientras tiraba el auricular y me despojaba de la ropa.

A mi alrededor caen enormes jaguares y perros que de inmediato se convierten en las mujeres descarnadas de más de dos metros y medio de altura, con el rostro, cuello y pecho sin piel; aunque las mamas, largas y secas, les colgaban a la par que el collar de corazones y cráneos. Debajo del costillar, apenas sostenido por tejidos, se ven el hígado, estómago y otras vísceras. Sus brazos, esqueléticos, terminan en garras. Debajo de la falda sobresale tanto la cabeza como el cascabel de una víbora. A los lados de ella se abren de una forma obscena, como si estuviera trozada la cadera al dar a luz, dos piernas esqueléticas que finalizan en las garras de un águila. Sin embargo, lo que más detesto son los ojos y dentaduras arriba de cada articulación. No tiene punto ciego.

Al quedar desnudo me transformo en mi nahual, un coyote. Continúo mi carrera. Casi al llegar a la asta bandera se forman grietas en el suelo de concreto. Ahora debo cuidarme del cielo y del infierno. Por fin puedo ver más allá de la reja que rodea al Sagrario y la Catedral Metropolitana: de una rajadura flotante de borde rojo y negro, emerge Huitzilopochtli con su penacho, escudo y un macuáhuitl de color azul con sus dos líneas laterales de obsidianas incrustadas.

Desde Palacio Nacional, los soldados y la guardia presidencial disparan por doquier en un rapto frenético. Me sobrevuela una lluvia de flechas que lanzan las tzitzimitl a mis espaldas. Caen los soldados y agentes del gobierno. El dios levanta el escudo a la par que crece a seis metros de altura. Ningún proyectil lo alcanza, hace girar su arma y una negra nube de hojas de obsidiana salen proyectadas. Maldigo en una de las necrolenguas y tengo que desviarme cuando de una de las grietas del suelo emerge un guerrero águila recién llegado del inframundo, del Mictlan.

No me hace caso y se lanza contra una tzitzimime que aterriza y se transforma. A una veintena de metros de Huitzilopochtli alcanzo a ver mi objetivo alrededor de su cuello. De sorpresa Itzpapalotl se arroja a sus espaldas desde el cielo. De inmediato cambio mi trayectoria hacia la izquierda, al tiempo que ella lo impacta y lo golpea con sus oscuras alas de obsidiana. Ruedan una decena de metros y aprovecho para ojear el Zócalo: cientos son los que combaten arrancándose extremidades, partiéndose el cráneo al tiempo de lanzar gritos de guerra. Al ser entes descarnados y almas de personas fallecidas, no sangran ni aúllan de dolor.

Me llega el sonido agudo, como de enormes avispas desde el cielo. Son varios drones de combate que se enfilan a donde se baten ambos dioses. Rápido retrocedo y me refugio detrás de la reja de la catedral. El plan era usar uno o dos, no la docena que trajimos. El estallido es brutal y, apenas pasa la onda expansiva con su ola de fuego, corro en cuatro patas a donde Huitzilopochtli está tirado de espaldas intentando entender qué pasó. De un salto llego a su pecho, con otro a su cuello y empleando a fondo mis mandíbulas, corto la cuerda de cuero entretejido del que cuelga el dije. Un brinco más me lleva al pavimento e inicio una desaforada carrera por la calle de Moneda. A cuadras de distancia escucho cómo retumba el combate.

—¿Qué madres pasó ahí? —grité arrojando el dije en la mesa del comedor en la casona del centro de Coyoacán.

Alrededor estaban doña Jacinta, sus curanderas y sabias; don Eulogio con el capitán de su escuadra de xólotls y nahuales; Sonia y, para mi sorpresa, Donatello. Están rodeados de velas, veladoras y sahumerios. El suelo y las paredes refulgen con las invocaciones de protección pintadas con el humo, perfume de cempasúchil y cenizas de peyote. A un lado del altar está una televisión encendida.

—Lo siento mi niño —habla Jacinta con su ronca voz, llena de eras pasadas—, no lo vimos venir. Ni siquiera la Tonantzin, está muy atribulada y siente una enorme pena.

—Tampoco supimos de esto en las mesas —continúa don Eulogio—, nada indicaron los rezos ni las danzas…

—O sea —arrebaté la palabra a un Mayor, era mucho mi enojo—, apenas sobrevivo el ensayo de un Ragnarok y ninguno recibió el memo. Si no es por Sonia y sus drones, no salgo de allí. ¿No se supone que están en comunión y comunicación con el mithocosmos mesoamericano? ¿O qué ch…

—Sssssssiento interrumpirte Alfredo —corta Donatello—, pero ssssssssi había “memo” —hizo el gesto de entrecomillar con largos y pálidos índices de cinco falanges—. Essssssstaba trassssssspapelado en Missssssskatonic.

Callo. Conozco bien buena parte de su biblioteca maldita y allí, fuera de cierto códex hecho con piel humana que recuperé en mi primer caso, no tienen material prehispánico. En el Vaticano, bajo bóvedas y trampas mágicas, se esconde un buen de material al que ni siquiera el Concilio del Syndicat tiene acceso.

Donatello deposita una caja de madera en la mesa. Me contengo de tomarla al primer impulso. Las imágenes en la vieja televisión muestran que amanece y los dioses, combatientes y caídos se esfuman ante la luz solar. Quedó solo un feo cráter donde impactaron los drones, así como multitud de grietas a lo largo y ancho de la Plaza Mayor y calles aledañas. Los comentaristas están muy alarmados y el ejército despliega sus fuerzas.

Tomo la caja y la abro. En su interior encuentro un cristal de forma casi triangular del doble de mi puño. El interior son multitud de metales, otros minerales y material que no supe distinguir. Casi invisible y difuso al principio, se ilumina con una tonalidad verde que crece en intensidad hasta cegar al tiempo que un vaivén surge del suelo, nos eleva unos centímetros y nos deja caer. Disminuye la intensidad de la luz y se apaga. De inmediato lo regreso y cierro la tapa.

Donatello la recoge para desaparecerla debajo de la capa que siempre porta. De allí extrae un cuadernillo y me lo pasa. En la carátula está pirograbado: A.H. Claramente era del siglo XIX y un post-it amarillo indicaba la página que debía leer.

—En corto, Donatello, ¿qué encontraste?

—Anexxxxxxxo al diario de Alexxxxxxxander Humboldt, lo olvidó en Missssssskatonic en un viaje. Junto con un baúl y la cajita. Que el cristal le fue dado por un grupo de anccccccianosssssss en la ssssssserranía del sssssssur de México. Cuando se enccccccendiera, la Madre Terrible essssssstaría por dessssssspertar.

—¿Quién es esa Madre Terrible? —pregunto algo desconcertado.

—Cipactli, mi niño —contesta en tono muy serio doña Jacinta—. La diosa cósmica madre del origen, aquella que al morir de su cuerpo se creó el mundo. Las escamas de su piel son las montañas y el cristal es un fragmento de una de ellas.

—Pero el morir para ella —continúa don Eulogio— es un momento del dormir y del soñar. No es morir en el sentido que trajeron los europeos. Ellas, las múltiples diosas que a la vez son las madres, creadoras y destructoras, están regresando, Alfredo. Hay un cambio en el orden y las jerarquías. La Gran Madre Terrible lo sabe y despierta. Y nada puedes hacer tú, en especial.

Me quedo estupefacto. Mi grupo de irregulares tolerados por el Syndicat, hemos estado ocupados una veintena de años resolviendo casos donde ellos nunca intervendrían. Más de una vez ayudamos a mantener la mithósfera en equilibrio a pesar de las seelies, primigenios y némesis vangelsianos. Incluso detuvimos la intromisión de los angeloups gracias a una antigua bruja y un loup garoup.

—No significa que estemos condenados a un final del mundo —interviene mi querida Sonia—. Es que eres varón, un varón que será inútil en el cambio que viene.

—Pérame, barajeámela más despacito. ¿Cómo que soy un inútil, Sonia?

—Entendiste mal, veamos cómo te lo explico. ¿Te acuerdas del yin-yang? Allí donde tú haces equipo conmigo, combinados: tú el yang con su trocito del yin y yo viceversa. Pues, para lo que haremos, necesitamos solo del yin en la creación de la nueva senda. En eso eres inútil.

—Pero, pero… —intenté argumentar.

—Mi niño, ¿puedes cargar una vida en tu vientre y parirla? —cuestiona doña Jacinta.

—No, pero…

—Eso zanja la cuestión —continúa doña Jacinta—. Sonia hará lo que nosotras le digamos, ¿quedó claro? Tú ayudarás por detrás pero no puedes intervenir, ¿entendido?

Es extraño estar rodeado solo por elementos masculinos de mi grupo de choque. Donatello, con sus extraños contactos o lanzando hechizos, nos consiguió un centro móvil de comando y control del Ejército Mexicano. Veinte strigoi, loup garoups además de xólotls y guerreros de las mesas de don Jacinto están sentados frente a las consolas de triple pantalla. Cuidan a doña Jacinta y sus brujas en el Cerro de la Estrella, así como a las santeras y curanderas en el extinto afluente en Chapultepec. Han iniciado el rito para dormir a Cipactli.

Un tercer grupo debería estar donde Huitzilopochtli demandó la fundación de Tenochtitlan, pero él sostiene su posición inicial junto con los guerreros jaguar y águila que el Mictlan le cedió. Si no se puede el rito en paz y armonía, será el baño de sangre.

En la esquina lejana del Zócalo yace Itzpapalotl muy mal herida. El combate, aunque oculto por la luz solar, duró tres días. La cuidan otras diosas madre, Mayahuel y Xochiquetzal. El panteón mesoamericano es muy complejo, queda claro que están divididos en un bando masculino y otro femenino además de un grupo que no interviene como Quetzalcóatl, Tláloc o la pareja que rige el inframundo. Sospecho que tiene que ver con que es la guerra para que terminen las guerras y representan a los pacifistas.

Esta tercera noche es vital, es cuando la Luna de Sangre colgará cual orejera en la noche. Otro sismo inicia y el CC&C se bambolea lado a lado por dos minutos. Leo en pantalla que fue de 7.2 en escala Richter. Cada vez son más seguidos y de mayor duración. Don Eulogio dice que cuando pase de doce grados y no pare, es que Cipactli ha despertado y estará levantándose. Espero que no lleguemos a eso.

Sonia, tras la bendición de Tonantzin a través de doña Jacinta, será la Gran Comandante. Su clan infectó a las tzitzimitl con los gusanos que los vuelven una unimente que se puede coordinar en masa, por grupos, o actuar de forma independiente. Está apoyada por strigoi hembra, nyx, black seelies que llegaron sin pedírselos, además de banshees y otras entes del Syndicat de la capital de México.

A diferencia de las huestes de Huitzilopochtli que atacan a lo bruto, ellas traen consigo la coordinación, estrategia, tecnología y magia de miles de años. Deben crear un frente de punta de flecha para que por allí logre penetrar Sonia y su escuadrón de apoyo. De súbito las vermii reinas, que han atraído como distractor a cientos de personas infectadas, casi zombificadas, desbordan el perímetro y las calles del centro de la ciudad.

Si sale el plan, Huitzilopochtli quedara a distancia de tiro del atlatl de Sonia, el lanzador jabalina en cuyo extremo está el espejo humeante que robé, ya cortado, pulido y afilado. Debe atinarle al corazón o, de perdis, a un ojo para matarlo. A continuación, lo desmembrará como él lo hizo con Coyolxauqhui, su hermana. Con eso lograremos tanto generar un equilibrio como que Coatlicue, la madre de ellos y otros dioses, se tranquilice en su dolor. Esto, a su vez, hará que Cipactli duerma otra vez. En verdad es enredado este cosmos de la mithósfera.

—Sonia —aviso—, el CC&C listo. Seré tu sombra de aquí al final.

—Gracias, Alfredo. Empezamos en diez, nueve, ocho…

Estamos tranquilos, siempre hemos sido un gran equipo, un yin-yang. Algún día nos tocará el verdadero final del mundo. Hoy no dejaremos que ocurra.

Diez extractos de una bibliografía anotada sobre la ocupación colorada

Eduardo Honey


  1. Monsiváis Clon A-Alfa, Carlos, “Crónica del día de los grafitis.” Acta Sociológica FCPyS, 2075, pp. 20-48.

“Fue súbita la aparición de los graffitis en varias ciudades el mismo día. Ocurrió cuando menos en la CDMX, Caracas, Buenos Aires, Sao Paulo y Bogotá dentro de las lumpenzonas. Aparecieron en muros y bajo puentes, los trazos similares, la figura idéntica, sólo cambiaba el idioma del mensaje […] En esos lugares, los habitantes, su cultura popular no siempre aceptaba a los graffiteros anónimos a menos que fuera una persona destacada en el barrio, colonia o rancho. Era una forma autogestiva de marcar terreno, una firma personal pero, sobre todo, arte urbano. […] Mucho tiempo después se logró determinar, imposibilidad dentro de todas las imposibilidades, que ocurrió prácticamente a la misma hora en el continente americano, en áreas o zonas sin cámaras ni dronvigilancia…”

  1. Pietri v.1.8, Uslar. “Los evangelistas colorados”, Montemayor Ediciones, 2052, pp. 2-4.

“No importaba lo agreste de la selva urbana, allí fueron seleccionados. No importaba su origen o educación, sólo ellos fueron ungidos. Las puertas escondidas del cielo, el Amazonas estelar, se abrió para los que escucharon la voz, esa voz, la única voz que podría susurrar el espíritu del advenimiento […] Ezequiel, al igual que escasos otros, fue marcado en el pecho con el símbolo, la gracia santísima y bendita de los que pronto arribarían; los conquistadores de allende el cosmos que, en ocultas naves, cabalgaron la inhóspita vacuidad y soledad del cosmos; aquellos que trajeron la palabra, y lo hicieron su voz. […] fue devuelto Ezequiel a esa gran mancha gris que laceraba los primigenios, casi olvidados, verdes trazos de la herida naturaleza […] se volvió adulto depositado entre los inocentes y abandonados, y primero les susurró, luego habló, les amplió su visión: la promesa de un futuro donde serían conducidos por los que saben y que ya recorrieron el sendero. Él inició su travesía en el desierto de los desposeídos, en el falso bosque de oídos sordos, muy lejos de aquellos que los señalaban, que los marcaban como almas perdidas, que gozaban del privilegio porque lo heredaron, a la par que no reflexionaban sobre sí mismos…”

  1. Vigilante Fernández, Maribel. “Alármala predicador – Entrevistas en la zona”, Letras No Liberadas, CDMXCDMX, 2063, pp. 63-69.

“¿Por qué los aceptamos? ¿Por qué los escuchamos? La neta, porque eran los únicos que sí atendían nuestros problemas. Si a Carmen le pegaba el marido, sólo lo señalaba y el marido era visitado por la voz. Si el hijo de la Malis era un drogo sin esperanza, ella lo susurraba y el hijo se comportaba nomás que se le aparecía la voz. […] ¿Que cómo tiene que escribir voz? Ezequiel siempre dijo que con letras minúsculas. No importaba que él fuera la voz, sólo servía a los colorados en bien de todos, era uno de los nuestros. […] Neta, nos debieron dejar en paz políticos y los falsos predicadores que nos cayeron encima, ya nos valían, claro, querían aprovecharse de la obra de Ezequiel […] ¿Cómo que algo a cambio? ¡Ah! Que si nos pedían algo a cambio […] Ellos, lo de siempre: lana, chavas, un templo. Dinero nunca pidió Ezequiel, se las arreglaba, ni aceptaba regalos, bien humilde siempre […] ¡Favores sexuales! Ya ni la chinga, ¿dónde escuchó eso? Ni que él fuera como los padrecitos de la iglesia de allí enfrente […]”.

  1. Ochoa G., Alvert Michael. “Historia financiera del fin del mundo o de cómo los colorados no necesitaron dinero”, Red Pencil Editions, 2093, pp. 10-15 y 193-206.

“En esencia fueron dos pasos lo que permitieron conquistar la civilización del siglo XXI. Por un lado, era mover la brújula social hacia un conservadurismo más rancio. Esto fue sencillo gracias al ascenso de presidentes populistas y creyentes en los 20s y 30s de este siglo. Dejaron naciones enteras preparadas para que, a través de una religión se cegara a la población y así ocultar las enormes fallas de los gobiernos en turno. Eso lo ha tratado […] El segundo mecanismo: control financiero a través del mismo sistema bancario que se construyó digitalmente. Como una máxima del siglo XX se suponía que los bancos centrales y el FMI eran los garantes del valor de la moneda. Al dejar que los bancos crearan fondos basados en nada, sólo bits y bytes, se abrió la posibilidad para que un agente externo generara riqueza modificando los sistemas e insertando datos, número, dinero a final de cuenta donde requiriera. En una bandeja de plata se entregaron las finanzas mundiales a los Colorados, una civilización extraterrestre muy superior tecnológicamente […] Un caso ampliamente estudiado es el de Ezequiel Guzmán Luera. El Superministerio de Hacienda de México lo tenía como causante cautivo sin ingresos. En realidad, los Colorados crearon a destajo los fondos para sus actos de prédica y proselitismo donde él no aceptaba nada a cambio: contaba con el sistema bancario mundial a sus espaldas. Cuando diversas auditorías detectaron la situación, no había mucho que hacer en México ni en otras partes. Era muy tarde para el capitalismo y la democracia tal como la conocíamos…”

  1. Arconte, El. “Discurso ante la ONU”. 12/dic/2031. Video en Youtube https://youtu.be/SRuwbhAFTX8 consultado el 4/ene/2093

“… Me presento ante ustedes humildemente sólo como un representante. No vengo a imponer forma de pensar ni fe alguna. Sólo quiero señalar, ante ustedes que, desde la fundación de esta organización en 1945, todos los años ocurren guerras. La voz, los colorados, prometen a los pueblos del mundo que no habrá guerras después del 2050. Ni seremos afectados por el cambio climático. No nos detendremos allí, ofreceremos más, mucho más: no homicidios, no violaciones, no asaltos, no violencia, no injusticias, no hambre, no carencias. Alimentos, paz, seguridad, santidad comunión serán los temas a diario. La humanidad será humana y empática por primera vez. Es nuestra promesa, es nuestro juramento, es nuestra fe. Y lo haremos por voluntad y en favor del ánimo de los pueblos, del individuo común. No porque ustedes, supuestos embajadores o emisarios de trescientas naciones lo declaren o lo prometan. No crean que esto es una campaña política donde creen que aún heredarán el poder y el futuro…”

  1. Arroyo, Maximiliano. “Guerra mundial colorada: una historia oral”. Editorial Casa Aleatoria, 1ª. ed., 2070. Incunable localizado en la biblioteca subterránea Slim-Salinas tras su apertura en enero del 2099.

“Y llegaron las nubes, las nubes susurrantes, negras empujadas sin viento porque ellos eran el viento, el ojo de la tormenta.

Vestidas con rayos se anunciaba la presencia cabalgando detrás de los truenos que clamaban, del trazo luminoso que hiere a los ojos, del vestido de cielos sinónimo de humildad.

Súbitas se detuvieron las nubes, callaron los truenos, se apagaron los rayos. Murieron los dioses. Cayó y calló el occidente del hombre blanco.

Despejado el cielo como se despeja la mentira, allí estaban los rojos navíos flotando, pulsando, señalando que no habría tregua.

Entonces, como una voz, una voz quemante, una voz madura en un bosque manchado por las falsas simientes del pasado, habló al unísono.

Resonó en el aire del mundo, en el aire eléctrico: soy, somos y seremos ustedes, hemos llegado. Que empieza el juicio sanguíneo.

Tonalli Nierika

Representante de los Pueblos Originarios de América”

  1. Guzmán Vigilante, Ezequiel. Borrador escrito a mano del primer evangelio de la liberación. Inédito. Tempolocalizado entre el 2043 y 2045. Archivo familiar de los Guzmán. Capítulo VI, Versículo 6-6.

“Cuando la voz susurre la salida del jardín del infierno no creas en ella. No comas del fruto marrón. No dejes que te abran los ojos ya que serás cegado. Presta oídos sordos a las sibilantes palabras corren desde los sangrantes castillos encima de la humanidad. […] Dejad que crean que han derruido la humana obra, dejad que crean que creemos. Esconded las antorchas de los nuevos prometeos. Guardaos para el momento de derrumbarlos, de incinerarlos en su apocalipsis.”

  1. Gandhi, Adolfo. “Refutando a la voz. Entrevistas con El Arconte”. Transmisión vía CaraLibro Live, 10/oct/2051.

“—Entonces, ¿usted acepta que su nombre es Ezequiel Guzmán Luera?

—Si, es el nombre que mi familia me dio y con el que me bautizaron una vez que fui devuelto.

—El que no usó por años mientras predicaba, ¿o no?

—Así es, pero no cambia lo que los colorados vinieron a enseñarnos. En cuanto sus naves aparecieron en las ciudades, yo como voz, como El Arconte, desaparecí. Ya no era necesario.

—¿Igual como su familia?

—Perdón, ¿a qué se refiere?

—A su amante, Maribel Vigilante, y el hijo que tuvieron, el líder rebelde, Ezequiel Guzmán Vigilante…

—Se suspende la entrevista: los colorados me llaman…”

  1. Anónimo. Chat del 12/dic/2070 vía ICQ, extraído de los archivos permanentes de la World Security Agency. Cubo cristalográfico coordenadas 197348-239843-038483.

El Neto

Güey, tuvimos que recurrir al arsenal menchiano. Bien ruskies las armas pero nomás de eso hay.

Yassir “Cachas”

no mames el reginald lo intentó con su célula bien guntrechada lanzaron hasta cuetones a las naves y nada de nadita

El Neto

Hijo de tu reputísima madre, ahora me lo dices… perdí a mi grupo dispararon a lo pendejo, ni rasguños les hicimos nomás abrió el hocico un colorado allí todos de pendejos arrodillándose, pidiendo perdón… me salvé porque yanoigo

Yassir “Cachas”

nomás por querer ganar plaza ya te chingaste te dije que waitearas a la nuky de @ezequi3ljr

ezequi3ljr

¡Madres! Entraron al búnker y disparan a matar. Nuky lanzada ;)”

  1. Anónimo, audio vocodificado de origen y lugar desconocido. Distribuido con la bomba nuke-informática que hackeó a los colorados. Primera aparición confirmada: 12 de diciembre de 2070 2312GMT.

“Alegre la humanidad

Con voz pausada canta,

Y el ancla ya levanta

Con extraño rumor.

La nave va en los cielos

Botando cual mentada.

Adiós, mamá colorada;

Adiós, mi tierno amor.

Y en tanto los humildes

Que ya cantan victoria,

Guardando tu memoria

Sin miedo ni rencor,

Dicen mientras el viento

La voz, es voz infiel;

Adiós, papá Ezequiel;

Adiós, mi tierno amor.”

[enviado a la IA académica isabelina el 27/dic/2100 para la tesis “De los colorados y el nuevo orden, el lumpen fue la voz real” por Ezequiel Luera Vigilante, clon homoentero del original]

Volar, sólo volar

Autor: Eduardo Omar Honey Escandón.


Escuchas tu respiración. Una y otra vez. Apagaste la radio, no quieres oír todo lo que se dice desde el centro de control. Has hecho esto decenas de veces. Excepto que nunca aquí, tan lejos de donde naciste. El panel junto a la puerta indica que únicamente queda el oxígeno residual. Compruebas los sensores de tu traje, corres una prueba final para verificar que todo está listo. Activas tu radio:

—Doble revisión. Listo —comunicas con tranquilidad.

—También terminamos: tienes luz verde. Es todo tuyo el EVA.

Tocas el panel para que se abra la compuerta. Frente a ti está Plutón iluminado por un sol tan distante que parece un accidente. Con la voz activas la música que siempre te ha acompañado: el remix del «Bach G minor» hecho por EduTry. Te tomas del marco de la puerta para acuclillarte, cierras los ojos mientras te sumerges en la melodía y te impulsas con las piernas y los brazos para salir

Tu cerebro dice que caes rumbo al planetoide que tienes frente a ti. Sin embargo, estás prácticamente ingrávido. A esta distancia, Plutón no tiene masa suficiente para atraerte con fuerza.

Tampoco estás nervioso por tener no más de dos centímetros de diversas capas de tela, aislantes, metales y otros compuestos entre tu cuerpo y el vacío que te rodea. Sin esa protección, hervirías y te congelarías casi al mismo tiempo.

Estás aquí para tratar de romper tu propio récord, cumplir tu sueño.

El blanco cordón umbilical que te une a la nave se desenrolla lentamente. Esta vez serán sólo cinco kilómetros. Con tu fama y lo que ha costado llegar a este lugar, la Comandante no quiso tener que correr riesgos de más.

Abres los ojos, quieres mirar cómo la superficie se aproxima, aunque el proceso llevará varias horas. En su momento sentirás el tirón del conector cuando se tense. Mientras quieres entregarte a la sensación de caída. Te corriges: no es caída, hoy es momento de volar.

¿Por qué sigues en la cama? —pregunta tu madre cuando entra al cuarto—. ¿Te sientes mal?

No, mamá, no quería despertarme —contestas con tristeza a la par que tu madre se sienta en la cama y te acaricia la sien—. Soñé que estaba en un enorme prado verde iluminado por el sol de mediodía. Estaba feliz, tan feliz que empecé a brincar. Con cada brinco tomaba más impulso y me elevaba más. Seguí brincando y por fin alcancé las nubes. Ya no caí, volé por encima del prado por muchas horas. El viento me pegaba en el rostro, jugaba con mi cabello. Creo que era feliz como nunca lo seré. Quiero volver a sentir esa libertad, esa alegría, quiero regresar allí.

Tu madre te abraza mientras sollozas por el sueño perdido.

La superficie de Plutón cubre todo tu campo visual. Entonces sientes el tirón de tu línea de salvamento y, sin dejar de percibir que sigues descendiendo, tu trayectoria se modifica un poco. La nave por encima de ti te jalará lentamente con el fin de que también adquieras aceleración de forma horizontal.

Se activan pequeños cohetes en el armazón que está a tus espaldas para corregir levemente tu dirección y sentido. La computadora del traje te avisa que todo está en los límites establecidos.

La música sigue sonando.

Llevas meses entrenando con el grupo de paracaidistas. Hoy será tu décima ocasión. Vibra bastante la avioneta en la que vuelan, pero todos están sonrientes. Comparten este momento, tanto el rito previo como el posterior. El piloto indica que ya están a la altura y posición correcta.

El que está junto a la puerta corrediza hace el honor de abrirla. Cuando está listo hace la señal de siempre y se lanza. Uno tras otro salen. Hoy optaste por ser el último. Brincas y el aire resuena en tu derredor. Los demás casi están en posición para formar una flor. Abres los brazos con el fin de frenar tu descenso y miras hacia abajo consciente de la cámara que está unida a tu casco. Ser el último conlleva también la responsabilidad de registrar debidamente las acciones del grupo e individuales.

El líder indica que es momento de separarse. El grupo lo hace así y los paracaídas se abren como si fueran fuegos artificiales en telas de diverso color. Para ti no es suficiente, sólo han sido unos segundos. Aún intentando frenar con brazos y piernas, cruzas el plano donde tus compañeros ya descienden colgados por sus paracaídas.

Apenas pasando el límite de seguridad abres el paracaídas y te deslizas al punto de encuentro. En tierra el líder del grupo está enardecido y va en tu busca. Te regaña, pero no le prestas atención. Te acaba de llegar el mensaje de que has sido aceptado en la Academia del Espacio.

La computadora del traje indica que sigues en la trayectoria esperada. No han sido necesarias otras correcciones. Esta será la última vez que te permitirán hacer algo así. Te has vuelto símbolo de la importancia de conquistar el espacio exterior, aprender a vivir en el vacío e iniciar la expansión a otros planetas y, pronto, a otras estrellas.

Sabes que, a cambio de hacer este viaje, vendrán meses y años donde tendrás que ser entrevistado en múltiples idiomas, acompañar a políticos en sus campañas, asistir a festivales y cenas de gala, hablar ante cientos de miles de niños y adolescentes para que decidan salir de la Tierra, escribir algún libro y, quizás, tener un cameo en una película que honre tu vida y tus hazañas.

Por eso has estado planeando hacer algo único, especial, para esta última ocasión.

—Computadora, corre simulación del plan de apoyo. ¿Es factible?

—Ejecutando.

Mientras esperas el resultado que no te detendrá aunque no sea favorable, abres comunicación de nuevo con la nave. Tal vez sea lo último que escuchen de ti.

Tras años de entrenamiento en tierra, órbita baja y puntos Lagrange adquiriste mucha habilidad para maniobrar en el vacío, eres un genio en el Extravehicular Activity o EVA. Podías usar el equipo mínimo y maniobrar de módulo en módulo en las estaciones espaciales. O portar una de los mechas, robots de control humano, que se unen a los trajes espaciales en las estaciones más avanzadas como Petipa en L5.

Aprendiste a manipular objetos grandes como si fueran pequeños usando las líneas de seguridad para maniobras que pocos podían ejecutar. Todo esto era mucho más satisfactorio que lanzarse en paracaídas.

Pero aún no era suficiente.

Por las noches en tu litera, mientras el demás personal dormía, recordabas aquel sueño y la sensación que te produjo. Sabías que debería haber una forma.

¿Ya miraste las noticias? —te comentó un día uno de tus compañeros del escuadrón de reparación apenas entraste al comedor—. Hay unos tipos allá afuera a punto de hacer un slingshot.

Te fijaste en la pantalla: eran unos corredores de velocidad que iban de lugar en lugar con trayectorias óptimas para la aceleración de honda, el slingshot: caer hacia el planeta de forma tal que se es lanzado a enorme velocidad a otro punto. Ya era una técnica muy vieja en los albores de la conquista del espacio. Pero se estaba convirtiendo en un deporte extremo. No despegaste la mirada de la transmisión mientras sucedía la aproximación a Júpiter y gritaste de emoción cuando esa pequeña nave salió disparada rumbo a Saturno. Entonces se te ocurrió algo.

Durante las semanas siguientes hiciste cálculos y corriste simulaciones en tus tiempos de descanso. Ya con un plan claro y factible lograste convencer a varias personas para que fueran parte de lo que llamaron tu «locura». Modificaron uno de los trajes EVA, consiguieron ser transferidos a una órbita baja y, finalmente, llegó el día en que todos se subieron a un vehículo de transferencia.

Saliste al vacío a varios miles de kilómetros de la superficie terrestre, te arrastraron con el cordón de seguridad y la computadora te soltó en el momento correcto. Saliste proyectado como un bólido que hizo un paso tangencial sobre la Tierra. El mecha añadido a tu traje corrigió la trayectoria y velocidad más de una vez. Miles de kilómetros más adelante te atraparon para volver sanos y salvos.

No pudieron regañarlos. La transmisión en vivo y directo de tu hazaña rompió récords de audiencia y de súbito muchos quisieron entrar a la Academia. Tras varias discusiones, el Alto Mando aceptó tus planes y cada vez fueron por retos mayores: Marte, Venus, varias de las lunas de Júpiter, anillos de Saturno, Ceres y Urano. Era la ventaja del vacío: no había una atmósfera que te frenara.

—Comandante —comentas por la radio—, voy a seguir un plan alterno. Está ya cargado en su computadora. Si todo sale como lo calculé, tendrán que mover un poco la malla de captura.

—¿Cómo? ¿Qué…? —alcanza a decir la Comandante antes de que cortes la comunicación. Das la orden y el armazón de navegación acelera de súbito y baja un poco la trayectoria. Luego, con suavidad, se separa y te suelta. Tú y tu frágil traje sobrevuelan la superficie de Plutón. Como un guiño tuyo, extiendes los brazos al frente.

El futuro no importa. Estás volando con la libertad y la alegría del sueño, tu sueño, aquí, hoy.