Pancho lo encontró cuando hicieron su casa de adobe. En aquel pedacito de terreno que compraron por unos pesos hace muchos años, allá en Milpa Alta.
Era un huevo carmesí, con el tamaño de un bebé recién nacido.
—Estamos bendecidos, vieja.
—¡Es un huevo de Xiuhcóatl!—le respondió su esposa, María.
—Nunca pasaremos hambre, traen buena fortuna.
—Lo pondré en el fogón debajo de todas las cenizas para que guarde calorcito.
Colocaron el huevo en medio de las tres piedras, lo mantuvieron caliente todos los días del año, y en el ritual anual de la limpia del fogón, mamá María lo cargaba como si fuera un dulce pequeño, arrullándolo con su voz:
Pasaron los años, nunca faltó comida, salud y sobre todo el calor en aquella casita. La familia creció y, ahora don José, tataranieto de Pancho, se encuentra dando indicaciones a su sobrino.
—La tarea fue heredada por varias generaciones. El primogénito tiene que quedarse a cuidar del huevo y ahora es tu turno, Simón. Yo ya estoy muy viejo y el huevo requiere más y más calor. Ya no puedo con la responsabilidad.
—¿Por qué necesita más calor?
—En cada generación pide más fuego, su alimento natural hasta que pida nacer —dijo don José—. Ahora vete y preséntate con la pequeña.
Simón no era ajeno a aquel huevo. Era una arcaica costumbre qué lo alcanzó, pues en la línea familiar él era el siguiente. Ahora viviría ahí y abandonaría su casa en la ciudad. Algo en extremo molesto, aunque su familia lo mantendría, pues gracias a su serpentina suerte, hicieron una buena cantidad de dinero y así sustentaban la vida de quien se convertía en el guardián.
El muchacho colocó la madera ardiente al lado de las piedras del fogón; con el atizador retiró la ceniza para dejar al descubierto aquel óvalo colorado. Simón tomó su posición, hincándose y agachando la cabeza.
—NotokaiiSimón. Mi tío ya debe descansar, así que a partir de ahora yo lo haré. Cuidare de él y de ti.
Debido a que el huevo se encontraba a contraluz de las llamas, pudo ver en su interior una sombra que reaccionó a esas palabras; culebreó dentro de su cascaron. Sorprendió, Simón corrió donde su tío.
—¡Tío, tío!, ¡se movió, se movió! Me presenté con ella y la vi.
—¡Qué bueno, hijo! Ya te ha aceptado. Ahora tú estás a cargo.
Simón cumplió su palabra. Iba al centro a comprar los alimentos para los dos, trabajaba en la pequeña milpa cosechando y siempre se encargaba de que el fogón tuviera lumbre. Platicaba con don José de sus vivencias; la vida de su tío fue la de un ermitaño, nunca se casó, pues ninguna de sus parejas quiso vivir en aquella casa tan lejos de todo y de todos. No se lamentaba, con ese pequeño sacrificio ayudaba a la familia.
Pasaron los días, semanas y casi al llegar el año, don José agonizaba en su cama.
—Ni modo mijo, aún con todas las medicinas y las visitas de los doctores privados uno solo vive lo que tiene que vivir.
—¡Vamos al pueblo! Todavía podemos hacer algo.
Simón tomó a José como pudo, lo levantó y caminaron hacia la puerta. Al momento de pasar por el fogón el huevo emitió un chillido; iba a nacer.
—La Xiuhcóatl, Simón. Déjame verla.
—Tío no tenemos tiempo para eso.
Con dificultad, don José se agachó frente al huevo; parecía un carbón al rojo vivo. Su cansado corazón no pudo con la impresión y cayó al suelo.
—Hijo… hazme caso. Afuera hay botes con gasolina, prende la casa. Solo así la ayudaremos.
—¿Cómo me pides hacer eso? ¡Tenemos que ir al hospital!
—Haz lo que te digo…yo ya no tengo salvación…alguien tiene que dar la vida para que ella nazca.
Simón con lágrimas en los ojos acató la petición. Roció por dentro y por fuera la casa con la gasolina. Regresó para despedirse de don José.
—¡Tío!
—No te preocupes… voy con ella al quinto cielo. Ya vete…vete lejos.
Dentro de la casa, don José inició el incendio mientras abrazaba el huevo con todo el amor que le quedaba en el cuerpo y comenzó a cantar suspirando:
Huan occe tlacomalacatl
Huan occe tlacomalacatl
Huan occe tlacomalacatl…
La casita finalmente cedió ante el fuego y colapsó. Simón veía de lejos la escena con una tormenta en sus ojos. De pronto, el suelo comenzó a vibrar con violencia, y un rugido ensordecedor irrumpió el silencio de la noche. El suelo se resquebrajó como un plato de barro al chocar contra el suelo, las grietas formadas dejaban escapar un fulgor carmesí y naranja, mientras un enorme montículo de tierra hacía volar por los aires los viejos ladrillos de adobe.
El cono volcánico se formó a causa del magma que salía escurriendo como miel de las grietas. Una erupción violenta iluminó el cielo, rasgando la tela nocturna y devorando la luz de las estrellas. Del cráter emergió una lengua de fuego descomunal.
—¡Xiuhcóatl! —gritó Simón.
i Arrullo originario de Milpa Alta, Ciudad de México
ii Mi nombre es o Soy. Lengua náhuatl, variante del centro de México.
“Sueño recurrente”, autora y voz: Sandra Santos Música: Ev Vega (2007) Trío para flautas: I Swallowind: basada en el Sótano de las Golondrinas. Cuento trabajado y presentado en el Taller Delfos de Escritura Creativa durante el año 2024.
Llegaste agitada a casa, te quitaste el suéter del uniforme y lo aventaste al sillón, le diste un beso a tu madre quien al recibirlo notó que tenías la cara mojada de sudor, recogió el pelo de tu rostro, te miró a los ojos y te preguntó:
—¿Qué hiciste?
—Jugamos a las correteadas —respondiste rápidamente, después sacaste aquella libreta con un pequeño candado que llevabas a todos lados, mezclaste la contraseña, se abrió y antes de sumergirte en ella, dirigiste una mano a tu boca, comenzaste a morderte las uñas como lo hacías desde hace no sé cuánto tiempo, al arrancarte un pellejito del dedo índice comenzaste a sangrar, una pequeña gota manchó tus labios dejando un rojizo líquido, muy tenue en ellos, te lamiste.
De pronto, un sonido proveniente del exterior te hizo voltear para después dirigirte a la ventana, afuera, un par de perros copulaban, tiraban baba mientras sacaban la lengua, la perra emitía pequeños chillidos mientras el perro pegado a ella no dejaba de menear su rabo, un señor pasó con su hijo y le tapó los ojos para evitar que el pequeño viera la grotesca escena, el niño intentaba no perder el equilibrio:
—¡Órale, perros puercos! —gritaba el padre, haciendo ademanes con los que sin tener éxito los echaba del sitio.
Una señora salió con una cubeta llena de agua y se las echó encima pero tampoco logró que los perros se separaran. Tú mirabas por la ventana, tenías una ligera sonrisa en tu rostro, probablemente se debía a la escena un tanto caricaturesca, le preguntaste a tu madre desde el sitio en donde estabas por qué el señor llamaba puercos a esos perros. Te respondió irritada: “Esas cosas no se preguntan”.
En casa muchas cosas no se preguntan, ni se hablan, ni se dicen, ni se hacen —al menos eso cree ella—, así que poco a poco las verdades se convierten en secretos, los secretos en heridas, y las heridas en silencios.
Volviste a sentarte, continuaste mordiendo tus uñas, esta vez con mayor intensidad, tus dedos estaban cocidos como cuando pasabas mucho tiempo en la regadera, sangrabas, de tus uñas no quedaba ni un milímetro, pero seguías mordiendo, y aunque te dolía evadías el dolor, quizá en algún momento quisiste comer tus dedos, tus manos, todo, para no tener más esa sensación que desde hacía tiempo te acechaba…
Aquello que provenía de tu interior, de las noches extrañas en las que en sueños tus manos viajaban por todo tu cuerpo, las ganas de tocar tu lugar prohibido, ya no querías hacer esas cochinadas como le llamaba tu madre, no querías defraudarla, pero era inevitable, de manera que lo hacías a escondidas.
***
Querido diario, hace unos días conocí a Paco, el niño más grande de la cuadra en la que juego todas las tardes, quien a pesar de ser más grande que yo y mis amigas de pronto le dio por jugar con nosotras. Fue extraño, jugábamos a las escondidas, yo estaba detrás de un arbusto entonces llegó por detrás y me tapó la boca para que no gritara: Un dos tres por ti y por todas tus amigas, me dijo.
Desde aquel día me la paso contando las horas para poder volver a verlo, el más grande de los vecinos juega sólo conmigo. Metidos entre las pacas del zacate mientras mis amigas corren, se esconden, saltan la cuerda, se ríen entre sí, nosotros inventamos juegos.
Me enseñó algunos trucos para no ser encontrada, trepamos árboles, colocamos trampas con el pasto para que al pasar corriendo los demás niños se caigan, y el otro día me enseñó la diferencia entre mi “cosa” y la suya, algo nos habían dicho en la escuela sobre las diferencias entre niñas y niños, pero no es lo mismo verlo en libros a verlo con los propios ojos. Me dijo que si me lo mostraba, yo haría lo mismo, entonces se bajó los pantalones, después los calzones y en medio de la milpa lo vi, una manguera pequeña, habitaba entre sus piernas, era como el moco de guajolote colgando, me dijo que lo tocara, entonces acerqué poco a poco mi mano, pero no lo toqué completamente, solo alcancé a rozar mi dedo con eso cuando agitó la manguera y me dijo ¡Bu! Es un menso.
Era mi turno, tardé en hacerlo pero había dado mi palabra, las piernas me temblaban y conforme mi falda subía, se me hacia la piel de gallina, Paco me miraba curioso, cuando dejé al descubierto eso de lo que mamá me prohíbe hablar, pensé que quizá no era tan malo, Paco miró por un rato, pero no me tocó, quizá no quiso, quizá simplemente porque no le dije que lo hiciera, después solté mi falda y me subí los calzones rápido. Éste es un secreto. Esa tarde reí mucho con Paco, al parecer los secretos unen a las personas.
Querido diario, hoy vi a unos perros haciendo perritos afuera de mi casa, le pregunté a mamá que porqué un señor los llamaba “perros puercos”, ella se enojó, siempre se enoja, en cambio papá solo mira, mira y calla, me gusta que papá calle, aunque a veces es incómodo.
Querido diario, hace unos días Paco y yo nos besamos, pensé que sería como en las telenovelas que ve mamá, pero no, fue chistoso, teníamos los ojos y también los labios cerrados después me dijo que sacara la lengua y lo hice, entonces él sacó la suya y nuestras lenguas se encontraron, pero no se movieron, eran como chicles pegados, ¿así que los besos de lengua son estos? ¡Qué chiste! Pasó un rato, no sé si un minuto, menos o más, abrí los ojos y me encontré con los de él, me dio pena, los cerré al momento para no parecer tonta, por fin nos separamos. No sé por qué los adultos no quieren hablar de estas cosas, si en realidad no son la gran cosa.
Llegué a casa volando porque me quedé tiempo de más con Paco, mamá me preguntó que en dónde estaba y qué había hecho porque estaba sudando, no sé si fue por correr o porque pareciera que mamá todo lo ve y sus preguntas me ponen aún más nerviosa, pareciera que ya sabe que él y yo nos besamos, le dije que había jugado a las correteadas, pero siento que no me cree, nunca me cree.
Nunca me cree, pero tampoco nunca me pregunta más, mis papás son extraños, o son dos extraños, ella es regañona y preguntona, pero en realidad, no quiere hablar, papá en cambio nunca quiere hablar, es silencioso, es como un mueble, la diferencia es que mientras el mueble no hace nada, a papá lo único que se le mueven son los ojos, aun me mira, me mira mucho, pero no me habla.
Querido diario, hoy de nuevo soñé que algo o alguien estaba en los pies de mi cama, después se acercó y de repente sentí un gran peso sobre mí, Paco dice que se me subió el muerto. Mi abuela decía que los muertos se convertían en polvo y yo he visto en la tele que cuando los muertos son quemados se hace un polvo muy pequeño que se pierde en el aire, así que le he dicho a Paco que el muerto que me acecha es muy pesado, él se ríe, pero yo no. ¿Qué será? Quizá deba hacer caso a mamá y deba ir con ella a misa, ¿Verdad?
***
Tu madre te ordena acomodar tus cosas, lavarte los dientes y ponerte el pijama, te pregunta si terminaste la tarea, le dices que sí, metes tus cosas a la mochila, te lavas los dientes, vas a tu cuarto y como cada noche dejas la puerta entreabierta, dejando pasar un resquicio de luz apenas un rayo porque te da miedo que la oscuridad posea a tu cuarto contigo incluida, te duermes tranquila porque estás en casa y en casa todos los niños están a salvo.
Dejo pasar un par de horas, espero que tu madre duerma, entonces pienso en ti, en lo que haces con Paco cuando crees que nadie te ve, pienso en lo que piensas al ver a esos perros cogiendo. ¿Quién eres niña?
Voy al baño, de regreso observo a tu madre, está dormida, camino un par de metros, tu puerta entreabierta me invita a entrar, no me cuesta trabajo, no hay ruido, me paro en los pies de tu cama, me gusta mirarte, me pregunto si siempre será así. Duermes profundamente, das un par de giros en la cama, algo sueñas, doy un par de pasos más cerca de ti.
Sientes que alguien te mira porque te mueves levemente pero tu sueño es pesado, sí, algo sueñas, aunque quisiera mirarte toda la noche, como lo hago durante el día, tengo que salir, estaba a punto de hacerlo cuando de pronto dijiste su nombre: Paco, con esa voz que está cruzando entre la infancia y la pérdida de ella. Quizá en tus sueños ha aparecido él pidiéndote que saques la lengua, porque la sacas y la mueves como si tu fuera un pez fuera del agua, tus manos viajan y husmean en tus pantalones aquello.
A pesar de estar lo suficientemente cerca quisiera hacerlo un poco más, sólo un poco más, subir a tu cama, olerte, al fin y al cabo, eres mía. Jadeas como los perros que habías visto mientras tus dedos chatos acarician ese lugar del que no se habla, de pronto, después de un largo quejido te quedas quieta y continúas envuelta en la madrugada, espero aún un par de minutos, estoy sudando al igual que tú, debí de haber hecho algún ruido, ya que al dar un paso a la salida escucho tu voz:
Te voy a contar una historia que nadie me cree. Y si te la cuento es porque el metro a estas horas ya está muy solo, creo que éste es el último tren. Nada más te pido, por favor, no me interrumpas:
Esa noche era como hoy pero no tan solo, en el andén habíamos dos: yo, y un tipo barbudo. En las pantallas, intercalados con las noticias y comerciales, pasaban un video musical pop de lo más genérico. Adolescentes plásticos y bonitos, bailando una hueca monodia: “Todo está bien”.
Y apesta, si la música oliera a mierda, ése es su sonido. Y nadie nota que el puto video es un himno al control mental. Otro día más de pandemia y encierro.
Tres chicas escandalosas con sus risas y juegos entraron al andén, cantando el sonsonete de la canción estúpida e inventando sus propias letras. Si acaso la más grande tendría veintitrés años. Sus risas llamaban la atención —son atractivas y lo saben—, se pavoneaban y mostraban desafiantes su cuerpo. La tez morena y el falso color rubio, contrastaban con la mezclilla rota y las faldas cortas. Jugaban con sus smartphones y tomaban fotos, dos que tres selfies cantando.
El metro apareció por fin. El viento que acompaña su llegada llenó todo con su ruido y mis oídos lo agradecieron, porque las dejé de escuchar. Nos subimos. El tren era de esos que parecen la tripa de un gusano, desde adentro se puede ver el principio y el fondo.
Las chicas se subieron al mismo vagón y siguieron fastidiando con su tonada pop y lujuria juvenil. Nosotros, los grises y semi dormidos en fines de quincena, aguantamos saber que la vida no siempre es así. Ni las miramos. Y menos les avisamos de la mierda que les espera, ahí, a la vuelta de la esquina.
En el vagón había un borracho dormido sobre varios asientos. Una pareja de ancianos le miraban con desprecio. Las muchachas seguían haciendo ruido, como si no fueran casi las doce de la noche y su puta juventud no se les vaya acabar nunca. En el vagón de adelante, el barbudo también se subió, jugando sus videojuegos con el celular.
Mi cubrebocas me hacía sudar la cara, me daba comezón y me lo quité. Los pinches viejitos no me dijeron nada, pero me picaron con los ojos como si fueran cuchillos. Pasando Chabacano, por ir en la pendeja, no me fijé en las estaciones y ya no sabía en cuál iba. Según yo, seguía Zócalo.
Después de un rato, noté que llevábamos mucho tiempo en el túnel, más de cinco minutos. Pero los demás no parecían notarlo: los ancianos, el borracho y las tres muchachas seguían en lo suyo. En eso, el pinche metro se detuvo. El ruido disminuyó tan de golpe que nos sorprendió el silencio.
Las luces del vagón de enfrente se apagaron de chingadazo y se escuchó un gran estruendo metálico. Pensé que nos habían chocado. Una de las chicas gritó. La sangre escurría desde el lugar en que estaba sentado el barbudo, sus piernas se asomaban retorcidas por debajo de los fierros.
Los vagones traseros del metro se escuchaban rechinar y crujir a lo lejos, las luces parpadeaban y se apagaban. Era como si una sombra se fuera comiendo el fondo del tren, un animal que no alcanzábamos a ver.
Los ancianos estaban aterrorizados, la señora levantó el indice para señalar algo que se movía fuera de la ventana. Al principio no vi nada, nos quedamos callados por un momento.
Una de las chicas quiso hablar, en eso, el techo y la mitad de la pared se partieron y algo aplastó a los ancianos, los hizo mierda. La sangre brinco por la fuerza y rapidez, parecía que siempre habían sido burbujas a punto de estallar.
Las tres chicas gritaban histéricas, una de ellas se aferró de mi brazo y señaló el agujero del techo. La verdad, hasta yo dudo de lo que vi. Si lo cuento, de todos modos no pienso que alguien me crea.
Era una mano gigantesca como una garra de cuatro dedos, parecía de simio con piel gris de reptil. Quiso tomar a las chicas de un manotazo, pero falló porque la tercera se aferró a mí. Yo me tuve que abrazar del tubo para que no me llevara de pilón.
Ella estaba agarrándome tan duro del brazo que me lastimaba, traté de soltarme, sólo logré que me abrazara. Sus amigas seguían gritando frenéticas, pero se escuchaban cada vez más lejos.
Nos quedamos así un rato, solos.
Bueno, el borracho seguía ahí, tirado en el suelo, y dudé si estuvo vivo desde un principio. Entonces le dije a la chica:
—Mira, nos tenemos que ir. Este tren ya valió madres, nos vamos a bajar y nos regresamos a la estación anterior.
—¡Noo, noo, no, nos va a comer, como a los viejitos! ¡Tú lo viste! ¿Verdad que también lo viste? ¡Se los comió, como si fueran nada! ¡Los mató, los mató!
Se soltó a llorar sobre mí, al tiempo que relajó su cuerpo, parecía que se iba a desmayar. Le di unas leves cachetadas:
—Oye, no te duermas. ¡Despierta, nos tenemos que ir, oye, oye vámonos! ¿cómo te llamas?
—Me llamo Norma —respondió por fin, tratando de contenerse el llanto—. No me dejes, voy contigo.
—Pues levántate y agárrate. Nos vamos a ir, me bajo primero y luego te ayudo a bajar, ¿sale?
Me tardé un rato en abrir una de las puertas y descolgar la escalera de emergencia que estaba debajo del asiento. El túnel era tan grande, que la luz interior del metro no alcanzaba a iluminar sus muros. Encendí la luz de mi celular y aún así era difícil ver, las paredes del techo estaban a unos quince metros. Percibí el declive del suelo, estábamos en una línea más profunda. No era un túnel regular.
Regresamos caminando junto al riel, tratando de ignorar los vagones aplastados como latas de aluminio por algún pie gigante. Intenté llamar a emergencias, pero no había señal. Norma vio la luz primero:
—Mira, ¿qué es eso?
—¿Qué cosa?
—Esa luz… una luz roja moviéndose.
La luz se movía como llamándonos a la salida. Aceleramos el paso, porque a lo mejor nos encontraba alguien de mantenimiento o el policía de la estación. Cuando nos acercamos lo suficiente, Norma ya no quiso caminar:
—¿Qué tienes? ¿Qué pasa? Ya nos encontraron, no va a pasar nada.
—Fíjate bien desde aquí. Que raro, la persona que tiene la luz…
Noté a lo que se refería. Era un hombre de unos sesenta años de edad, su cabello era largo, negro y entrecano, arreglado al modo de los indígenas. Llevaba un topilli en la frente, adornado con un tocado de plumas, sólo una era de quetzal. Vestía un atuendo completo, maxtlatl negro con tilmatl rojo. Con su mano derecha, sostenía un bastón eléctrico, la luz roja provenía de uno de sus extremos.
El hombre nos esperó por unos segundos, luego la luz se movió a la izquierda y desapareció, engullida por la oscuridad. Nos acercamos con recelo, le dije a Norma que lo más probable es que ahí se encontrara el camino a la salida y fuimos.
Había una puerta que daba a unas escaleras de concreto. Estaba oscuro, pero nos alumbramos bien con los celulares y subimos, la escalera se hacia estrecha y tenía una extravagante forma de caracol. Conforme subimos, las losas ya no eran del mismo material, parecían de tezontle y piedra volcánica.
Hasta que subimos entendí porqué. No era la salida, era un salón de ceremonias. Parecía una caverna, pero la arquitectura esculpida directa en la piedra, denotaban una capacidad superior.
El resplandor del fuego alumbraba el zomplantli, el trepidar de las llamas y el olor del copal, parecían sacados fuera del tiempo. Estábamos viendo muertos, a los antiguos mexicas.
Ya sabes, debajo de toda nuestra mierda de concreto, aquí antes hubo un mundo. Nosotros somos posapocalípticos. Para ellos todo se ha perdido, ya nada queda, más que seguramente: la venganza.
Vi al viejo junto a la fogata que iluminaba a las otras chicas tiradas sobre una piedra circular, tallada con grecas y glifos. Norma gritaba histérica:
—¡Mirna, Mirna! ¡Chicas, despierten! ¿Qué les pasó? ¿Están bien? Blanca, por favor, ¡despierten! ¡No se mueran!
Pero las chicas no despertaban. El anciano comenzó a caminar a la derecha encendiendo cada ciertos pasos, unas lámparas de aceite hechas con ollas de barro. Así fue iluminaba la caratula de piedra, adornada por millares de cráneos humanos: el rostro de Tzinacantecuhtli Camazotz.
Atrás de mí, escuché el sonido cavernoso de algo enorme que se movía hacia nosotros. Para cuando giré, sólo pude agacharme. Vi su garra gigante estirarse sobre mí y agarrar a Mirna. La tomó como si fuera una muñeca y antes de que ella pudiera terminar su último alarido, le arrancó la cabeza de una mordida.
El monstruo masticaba lento, triturando bien con sus muelas de elefante los huesos de la chica. El viejo comenzó a cantar en náhuatl, y Camazotz se detuvo frente a la piedra de sacrificio, como si fuera su plato de cena.
Sus ojos era azules con bordes rojos, el hocico parecía el de un gran cerdo horrible con enormes colmillos; no entendí si eran protuberancias o tenía varias fosas nasales. Desde sus axilas se desprendían unos asquerosos pliegues de carne que le colgaban hasta llegar al suelo. Al caminar, o mejor dicho, arrastrarse, parecía un pingüino gigantesco y obeso, como oso deforme.
Cuando acabó de engullir a Mirna, con la garra izquierda, acarició la espalda de Blanca que seguía inconsciente. La muchacha despertó desorientada, le miró con horror, al tiempo que gritó aferrándose al brazo de Norma. El coro de alaridos llegó a su cúspide, cuando la bestia tomó entre sus garras la cabeza de Norma y la torció de golpe en un terrible crack; luego, la arrancó de cuajo y se la comió, como si fuera uva pasa.
Ya no pude más y traté de huir. El viejo estaba esperándome con el otro extremo del bastón eléctrico encendido. No me dejé amedrentar, e intenté pasar corriendo, pero me electrocutó el cabrón
Desperté en el piso, vi que ya estaba terminando de masticar a Blanca. Y seguía yo. Medio consciente, también vi al borracho que creí muerto, hablando con el viejo que le decía:
—Esta vez no estuvo tan mal, pero te trajiste a éste pendejo. Acuérdate que estos, luego no se los come.
—Pos yo que voy a saber que se le antoja.
—Si no es antojo, pendejo, así también te salvaste tú. ¡Ya cállate y vete a esconder todo, que van a andar como locos buscando ese tren y todavía no has pagado tu deuda!
Entonces despidió al borracho, que más bien parecía sobrio. El anciano notó que recobraba la conciencia y se acercó para electrocutarme otra vez.
Cuando desperté, ya estaba en la piedra de sacrificio. Los cabrones me habían encuerado y amarrado. No sé que chingados me dieron, pero clarito vi cómo el viejo me abrió el pecho con un cuchillo de obsidiana. Esculcó con sus dedos dentro de mí, lo sentí debajo de mi piel como una quemadura que no puedes localizar. Luego, sacó un bulto envuelto en grumos de sangre. Yo gritaba como loco.
El monstruo también estaba ahí. El anciano le ofreció con las dos manos mi corazón y la bestia resopló para olfatearlo. De su hocico babeante, estiró una lengua bífida para probar la ofrenda. Gruñó como si fuera una carcajada gruesa y deforme. Luego se retiró en la oscuridad, mientras sus fosforescentes ojos azules me miraban hasta el fondo del pensamiento.
El anciano metió otra vez sus manos a mi pecho, luego agarró una espina de maguey e hilo, y tejió mis adentros. Me dijo al oído antes de desmayarme:
—Te salvaste, cabrón jodido. Resulta que tienes más sangre nuestra de la que mereces.
Te lo dije, nadie me cree. Pero la verdad no me importa. De todos modos, casi completo la deuda de sangre. Y lo bueno, es que logré traerte al metro a estas horas.