Diez extractos de una bibliografía anotada sobre la ocupación colorada

Eduardo Honey


  1. Monsiváis Clon A-Alfa, Carlos, “Crónica del día de los grafitis.” Acta Sociológica FCPyS, 2075, pp. 20-48.

“Fue súbita la aparición de los graffitis en varias ciudades el mismo día. Ocurrió cuando menos en la CDMX, Caracas, Buenos Aires, Sao Paulo y Bogotá dentro de las lumpenzonas. Aparecieron en muros y bajo puentes, los trazos similares, la figura idéntica, sólo cambiaba el idioma del mensaje […] En esos lugares, los habitantes, su cultura popular no siempre aceptaba a los graffiteros anónimos a menos que fuera una persona destacada en el barrio, colonia o rancho. Era una forma autogestiva de marcar terreno, una firma personal pero, sobre todo, arte urbano. […] Mucho tiempo después se logró determinar, imposibilidad dentro de todas las imposibilidades, que ocurrió prácticamente a la misma hora en el continente americano, en áreas o zonas sin cámaras ni dronvigilancia…”

  1. Pietri v.1.8, Uslar. “Los evangelistas colorados”, Montemayor Ediciones, 2052, pp. 2-4.

“No importaba lo agreste de la selva urbana, allí fueron seleccionados. No importaba su origen o educación, sólo ellos fueron ungidos. Las puertas escondidas del cielo, el Amazonas estelar, se abrió para los que escucharon la voz, esa voz, la única voz que podría susurrar el espíritu del advenimiento […] Ezequiel, al igual que escasos otros, fue marcado en el pecho con el símbolo, la gracia santísima y bendita de los que pronto arribarían; los conquistadores de allende el cosmos que, en ocultas naves, cabalgaron la inhóspita vacuidad y soledad del cosmos; aquellos que trajeron la palabra, y lo hicieron su voz. […] fue devuelto Ezequiel a esa gran mancha gris que laceraba los primigenios, casi olvidados, verdes trazos de la herida naturaleza […] se volvió adulto depositado entre los inocentes y abandonados, y primero les susurró, luego habló, les amplió su visión: la promesa de un futuro donde serían conducidos por los que saben y que ya recorrieron el sendero. Él inició su travesía en el desierto de los desposeídos, en el falso bosque de oídos sordos, muy lejos de aquellos que los señalaban, que los marcaban como almas perdidas, que gozaban del privilegio porque lo heredaron, a la par que no reflexionaban sobre sí mismos…”

  1. Vigilante Fernández, Maribel. “Alármala predicador – Entrevistas en la zona”, Letras No Liberadas, CDMXCDMX, 2063, pp. 63-69.

“¿Por qué los aceptamos? ¿Por qué los escuchamos? La neta, porque eran los únicos que sí atendían nuestros problemas. Si a Carmen le pegaba el marido, sólo lo señalaba y el marido era visitado por la voz. Si el hijo de la Malis era un drogo sin esperanza, ella lo susurraba y el hijo se comportaba nomás que se le aparecía la voz. […] ¿Que cómo tiene que escribir voz? Ezequiel siempre dijo que con letras minúsculas. No importaba que él fuera la voz, sólo servía a los colorados en bien de todos, era uno de los nuestros. […] Neta, nos debieron dejar en paz políticos y los falsos predicadores que nos cayeron encima, ya nos valían, claro, querían aprovecharse de la obra de Ezequiel […] ¿Cómo que algo a cambio? ¡Ah! Que si nos pedían algo a cambio […] Ellos, lo de siempre: lana, chavas, un templo. Dinero nunca pidió Ezequiel, se las arreglaba, ni aceptaba regalos, bien humilde siempre […] ¡Favores sexuales! Ya ni la chinga, ¿dónde escuchó eso? Ni que él fuera como los padrecitos de la iglesia de allí enfrente […]”.

  1. Ochoa G., Alvert Michael. “Historia financiera del fin del mundo o de cómo los colorados no necesitaron dinero”, Red Pencil Editions, 2093, pp. 10-15 y 193-206.

“En esencia fueron dos pasos lo que permitieron conquistar la civilización del siglo XXI. Por un lado, era mover la brújula social hacia un conservadurismo más rancio. Esto fue sencillo gracias al ascenso de presidentes populistas y creyentes en los 20s y 30s de este siglo. Dejaron naciones enteras preparadas para que, a través de una religión se cegara a la población y así ocultar las enormes fallas de los gobiernos en turno. Eso lo ha tratado […] El segundo mecanismo: control financiero a través del mismo sistema bancario que se construyó digitalmente. Como una máxima del siglo XX se suponía que los bancos centrales y el FMI eran los garantes del valor de la moneda. Al dejar que los bancos crearan fondos basados en nada, sólo bits y bytes, se abrió la posibilidad para que un agente externo generara riqueza modificando los sistemas e insertando datos, número, dinero a final de cuenta donde requiriera. En una bandeja de plata se entregaron las finanzas mundiales a los Colorados, una civilización extraterrestre muy superior tecnológicamente […] Un caso ampliamente estudiado es el de Ezequiel Guzmán Luera. El Superministerio de Hacienda de México lo tenía como causante cautivo sin ingresos. En realidad, los Colorados crearon a destajo los fondos para sus actos de prédica y proselitismo donde él no aceptaba nada a cambio: contaba con el sistema bancario mundial a sus espaldas. Cuando diversas auditorías detectaron la situación, no había mucho que hacer en México ni en otras partes. Era muy tarde para el capitalismo y la democracia tal como la conocíamos…”

  1. Arconte, El. “Discurso ante la ONU”. 12/dic/2031. Video en Youtube https://youtu.be/SRuwbhAFTX8 consultado el 4/ene/2093

“… Me presento ante ustedes humildemente sólo como un representante. No vengo a imponer forma de pensar ni fe alguna. Sólo quiero señalar, ante ustedes que, desde la fundación de esta organización en 1945, todos los años ocurren guerras. La voz, los colorados, prometen a los pueblos del mundo que no habrá guerras después del 2050. Ni seremos afectados por el cambio climático. No nos detendremos allí, ofreceremos más, mucho más: no homicidios, no violaciones, no asaltos, no violencia, no injusticias, no hambre, no carencias. Alimentos, paz, seguridad, santidad comunión serán los temas a diario. La humanidad será humana y empática por primera vez. Es nuestra promesa, es nuestro juramento, es nuestra fe. Y lo haremos por voluntad y en favor del ánimo de los pueblos, del individuo común. No porque ustedes, supuestos embajadores o emisarios de trescientas naciones lo declaren o lo prometan. No crean que esto es una campaña política donde creen que aún heredarán el poder y el futuro…”

  1. Arroyo, Maximiliano. “Guerra mundial colorada: una historia oral”. Editorial Casa Aleatoria, 1ª. ed., 2070. Incunable localizado en la biblioteca subterránea Slim-Salinas tras su apertura en enero del 2099.

“Y llegaron las nubes, las nubes susurrantes, negras empujadas sin viento porque ellos eran el viento, el ojo de la tormenta.

Vestidas con rayos se anunciaba la presencia cabalgando detrás de los truenos que clamaban, del trazo luminoso que hiere a los ojos, del vestido de cielos sinónimo de humildad.

Súbitas se detuvieron las nubes, callaron los truenos, se apagaron los rayos. Murieron los dioses. Cayó y calló el occidente del hombre blanco.

Despejado el cielo como se despeja la mentira, allí estaban los rojos navíos flotando, pulsando, señalando que no habría tregua.

Entonces, como una voz, una voz quemante, una voz madura en un bosque manchado por las falsas simientes del pasado, habló al unísono.

Resonó en el aire del mundo, en el aire eléctrico: soy, somos y seremos ustedes, hemos llegado. Que empieza el juicio sanguíneo.

Tonalli Nierika

Representante de los Pueblos Originarios de América”

  1. Guzmán Vigilante, Ezequiel. Borrador escrito a mano del primer evangelio de la liberación. Inédito. Tempolocalizado entre el 2043 y 2045. Archivo familiar de los Guzmán. Capítulo VI, Versículo 6-6.

“Cuando la voz susurre la salida del jardín del infierno no creas en ella. No comas del fruto marrón. No dejes que te abran los ojos ya que serás cegado. Presta oídos sordos a las sibilantes palabras corren desde los sangrantes castillos encima de la humanidad. […] Dejad que crean que han derruido la humana obra, dejad que crean que creemos. Esconded las antorchas de los nuevos prometeos. Guardaos para el momento de derrumbarlos, de incinerarlos en su apocalipsis.”

  1. Gandhi, Adolfo. “Refutando a la voz. Entrevistas con El Arconte”. Transmisión vía CaraLibro Live, 10/oct/2051.

“—Entonces, ¿usted acepta que su nombre es Ezequiel Guzmán Luera?

—Si, es el nombre que mi familia me dio y con el que me bautizaron una vez que fui devuelto.

—El que no usó por años mientras predicaba, ¿o no?

—Así es, pero no cambia lo que los colorados vinieron a enseñarnos. En cuanto sus naves aparecieron en las ciudades, yo como voz, como El Arconte, desaparecí. Ya no era necesario.

—¿Igual como su familia?

—Perdón, ¿a qué se refiere?

—A su amante, Maribel Vigilante, y el hijo que tuvieron, el líder rebelde, Ezequiel Guzmán Vigilante…

—Se suspende la entrevista: los colorados me llaman…”

  1. Anónimo. Chat del 12/dic/2070 vía ICQ, extraído de los archivos permanentes de la World Security Agency. Cubo cristalográfico coordenadas 197348-239843-038483.

El Neto

Güey, tuvimos que recurrir al arsenal menchiano. Bien ruskies las armas pero nomás de eso hay.

Yassir “Cachas”

no mames el reginald lo intentó con su célula bien guntrechada lanzaron hasta cuetones a las naves y nada de nadita

El Neto

Hijo de tu reputísima madre, ahora me lo dices… perdí a mi grupo dispararon a lo pendejo, ni rasguños les hicimos nomás abrió el hocico un colorado allí todos de pendejos arrodillándose, pidiendo perdón… me salvé porque yanoigo

Yassir “Cachas”

nomás por querer ganar plaza ya te chingaste te dije que waitearas a la nuky de @ezequi3ljr

ezequi3ljr

¡Madres! Entraron al búnker y disparan a matar. Nuky lanzada ;)”

  1. Anónimo, audio vocodificado de origen y lugar desconocido. Distribuido con la bomba nuke-informática que hackeó a los colorados. Primera aparición confirmada: 12 de diciembre de 2070 2312GMT.

“Alegre la humanidad

Con voz pausada canta,

Y el ancla ya levanta

Con extraño rumor.

La nave va en los cielos

Botando cual mentada.

Adiós, mamá colorada;

Adiós, mi tierno amor.

Y en tanto los humildes

Que ya cantan victoria,

Guardando tu memoria

Sin miedo ni rencor,

Dicen mientras el viento

La voz, es voz infiel;

Adiós, papá Ezequiel;

Adiós, mi tierno amor.”

[enviado a la IA académica isabelina el 27/dic/2100 para la tesis “De los colorados y el nuevo orden, el lumpen fue la voz real” por Ezequiel Luera Vigilante, clon homoentero del original]

Britany

Héctor Cruz Pineda


La patrulla paró en calzada Tlalpan, toda la avenida estaba medio vacía, con una que otra luz de auto pasando en gran velocidad. Yo veía como pasaban como flashes desde atrás de la patrulla, sintiendo como poco a poco mi ojo derecho se iba hinchando. Del lado de la calle solo los anuncios de hoteles y moteles que hay en la calzada brillaban, y bajo ellos prostitutas con cara de aburrición esperaban a algún cliente.

—Es hora de trabajar compañero —dijo el policía en el asiento del copiloto, mientras una risita tonta salía de su boca decorada con un bigote ralo.

El otro policía, gordo y con la cara hinchada se limitó a gruñir aprobando. Con una sonrisa tonta, el policía de bigote ralo salió de la patrulla. Vi cómo se acercaba una de las prostitutas, mucho más alta que el policía y con un vestido tan corto que apenas la cubría en una noche tan fría.

—Oficial Ruíz, ¿cómo estás guapo? ¿Se te ofrece algo? —alcancé a escuchar la voz ronca de la prostituta. Mientras el oficial Ruíz prendía un cigarrillo y reía con más ganas como estúpido.

—¡Jajaja! No preciosa, esta noche no. Tú sabes a que vine, así que, no te hagas pendeja —dijo, mientras extendía la mano. La cara de la prostituta cambio totalmente, con asco y disgusto, la sonrisa coqueta se le borró de inmediato.

—¡No mames Camilo, con lo que te doy a ti y a Juan me quedo sin nada!

—Si quieres te meto a la patrulla, le haces compañía al drogo que tengo ahí atrás.

—¡Huevos! —le gritó, pero de mala gana le dio un pequeño fajo de billetes.

—Ya está. Ahora lárgate que estoy trabajando.

—Vale, ya quedamos preciosa. Solo un favorcito más. Acá el compañero, anda buscando a Britany ¿de casualidad no la haz visto?

—¡Ash! —soltó de hartazgo la prostituta—. Estaba en la esquina de más adelante, con un cliente.

—¡Gracias, y suerte en el trabajo! —gritó burlándose de ella, mientras entraba en la patrulla. Se andaba riendo como si hubiera escuchado un buen chiste, en lo que contaba los billetes que antes le habían dado.

Yo me quedé pegado a la ventana viendo a las chicas, y la misma que le dio el dinero al oficial Ruíz me pintó dedo. Oía como pasaba sus manos flacas en los billetes y reía con una sonrisa simplona.

—Su parte compañerito —le entregó unos billetes y el otro policía solo gruñó, agarrando el dinero—. Y me dicen que aquí adelantito anda la Britany, pero a ver si la encontramos, que está atendiendo a otro caballero —dijo con voz burlona, aunque parecía que al otro oficial no le importó.

La patrulla avanzó lentamente por la calzada, y llegamos a la siguiente esquina. Estaba muy oscura, el poste de luz estaba fundido y se podía oler a orines de vagabundo. Más al fondo en la calle oscura, se veía un montón de bolsas de basura negra y encima una capa de piel, parecía un perro acostado. Estacionaron la patrulla, apagaron las luces, y el oficial Ruíz tiró por la ventana su cigarrillo.

—Se me hace que no está, mi querido compañero. Ni modo, ya mejor mañana vuelve.

Su compañero volvió a gruñir, pero no movió el auto. Con el auto detenido en medio de la oscuridad, sentí como aumentaba el frío de la noche, sobre todo, me entraba frío donde me habían golpeado, en el abdomen y las piernas. Empecé a toser y temblar, tratando de acostarme en la parte de atrás.

—¡Cállate cabrón! —gritó el oficial Ruíz—. Y te sientas bien, estas arrestado, cabrón, no es un motel barato para que descanse la princesa.

Mientras me volvía a sentar en el asiento, volteé a mi derecha, mi ojo hinchado estaba casi cerrado, y de la calle oscura pude ver una sombra acercándose poco a poco a la patrulla. Era la figura de una mujer, delgada, pero desde la sombra se notaba voluptuosa, su andar era hipnótico, sin prisa cada paso revelaba su figura sexy y de a poco unos tacones sonaban. Cuando llegó junto a la ventana de Ruíz, reveló su rostro fino y pelo tan oscuro como la calle de donde salió.

—Hola Manuelito —dijo con una voz aguda y femenina—, ¿cómo haz estado?

El oficial al volante, con su cara regordeta y nariz chata estaba serio, pero noté en sus ojos un deseo muy raro, estaba concentrado en el rostro y cuerpo de la mujer. Gruñendo le dio un codazo a Ruíz y lo obligo a bajarse de la patrulla.

—Ya voy compañerito, no hay necesidad de la violencia —dijo mientras bajaba y corría a abrir la puerta de atrás donde yo estaba recargado—. Tú disculparas preciosa, pero vas a tener compañía de este animal. ¡A ver wey, muévete y hazle espacio a la señorita ¡Permítame limpiar el cochinero que trae aquí este cabrón, ¡ya está! Siéntese, señorita.

Britany se sentó junto a mi sutilmente, con elegancia, mientras Ruíz cerraba la puerta. No podía evitar mirar a Britany, había algo en ella que hacía que no le quitara los ojos de encima, su piel era tan blanca que parecía brillar en medio de la oscuridad del lugar. Y más se notaba por la brillantina que parecía tener en su cuerpo. En ese momento ella volteó a verme, y me dio una sonrisa coqueta con sus labios rojos intensos. Pero de sus ojos noté un brillo verdoso que me asustó, porque no se movían, parecían ojos muertos.

La patrulla avanzó por la calle oscura de donde había salido Britany, se paró justo al lado de la pila de bolsas de basura. No podía dejar de notar el brillo de la piel de la chica, también que el frío era casi insoportable en mis huesos y manos, inclusive los policías y yo exhalábamos vaho, solo Britany parecía cómoda.

—Ahora sí. Date gusto compañerito. Aquí yo te cuido al drogadicto de atrás, y pues disfrutaremos el show. ¿O no, mi pendejo? —dijo Ruíz volteándome a ver desde el retrovisor.

El oficial Manuel volvió a gruñir, mientras con fuerza abría su puerta y salía con trabajos de la patrulla. Yo seguía temblando por el frío, mientras veía a Britany, sus ojos con un brillo verde raro y muertos, su piel brillosa, o acaso ¿viscosa? Esta pregunta pasaba por mi mente, cuando del oído de la mujer empezó a brotar un líquido verde espeso, que resbalaba lentamente por su cara. No pude evitar gritar, mientras el corazón se me aceleraba y traté de abrir la puerta con pánico. Ella se limpió el líquido con la mano, se me quedó viendo y lentamente lamió su mano con una sonrisa juguetona.

—¿Qué paso drogadicto? ¿Te dan miedo las mujeres? ¡Ya cállate! O voy a ir ahí atrás a terminar de romperte tu jeta de animal que tienes.

El oficial Manuel abrió la puerta de Britany, pero ella no dejaba de verme, sonriendo, aún con restos del líquido verde en sus dientes. Con gentileza el policía la sacó de la patrulla. Yo traté de salir gateando por esa puerta, pero de la nada volví a sentir todo el puño del policía gordo en mi mandíbula, lo que llenó de sangre mi boca. El oficial cerró la puerta y me quedé solo con la risa estúpida de Ruíz.

—Tú no te preocupes cabroncito. Solo disfruta el show. ¡Jajajajajaja! ¿Dónde está mi linterna? Quiero ver.

Me levanté como pude, y limpié la ventana empañada de la patrulla. Afuera, junto a la basura, el oficial Manuel estaba pegando contra la pared sucia y despedazada a Britany. Apenas se distinguían en la oscuridad, y solo se oían sonidos de atragantamiento. En ese momento la linterna de Ruíz se encendió, y mis ojos vieron algo que al día de hoy no encuentro explicación.

La linterna mostró a Britany parada desnuda, con la boca enorme y abierta, su mandíbula llegaba hasta las rodillas y unos dientes desiguales como pedazos de vidrio se mostraban. De la enorme mandíbula abierta parecía que salía una enorme lengua roja y viscosa, que chorreaba ese líquido espeso, que caía lentamente en gotas al suelo. La lengua estaba alrededor del oficial Manuel como una anaconda carmesí, cargándolo, lo estaba introduciendo en su boca; ya solo podíamos ver la mitad baja del policía, el resto se perdía en la oscuridad de las fauces del monstruo. Ruíz y yo nos quedamos congelados ante la escena, no podíamos quitar los ojos de lo que veíamos. Vimos cómo, lentamente, mientras se atragantaba, iba introduciendo en su interior lo que sobraba del oficial Manuel. Su lengua fue poco a poco regresando a su interior, mientras la criatura chorreaba de todos sus orificios el líquido.

Cuando terminó, su mandíbula empezó a retorcerse, parecía que le causaba mucho dolor. Pero terminó por quedar como la había conocido. En todo ese tiempo no parecía habernos notado, o simplemente no le importamos. Desnuda empezó a caminar hacía la calzada, y volteo a verme, con esos ojos muertos, se limpió la boca roja del líquido verde y me lanzó un beso. Se volteó y siguió caminando, en ese momento Ruíz apago la linterna.

Por fin pude moverme, mi cuerpo se descongelo y me despegue de la ventana de la puerta. Ninguno de los dos habló, escuchaba el sollozo de Ruíz en la oscuridad del auto. Mi cabeza estaba reventándome, y me acurruque con el frío de la noche. No recuerdo haber dormido, tal vez si lo hice, no estoy seguro, pero cuando el Sol salió, Ruíz abrió la puerta de atrás. Salí a rastras, me dolía todo el cuerpo, ya afuera vi el rostro de Ruíz, perdido, con ojeras y no parpadeaba. No me dijo nada y yo tampoco a él. Caminé a la calzada, las prostitutas ya no estaban y su lugar era tomado por un mar de gente saliendo y entrando al metro.

Llegue a una pequeña farmacia, pedí que me atendiera un doctor, aunque el encargado me vio con asco me dijo que me sentara en la sala de espera, el doctor no iba a tardar en llegar. Así que me senté, y esperé en silencio.

Trayectoria circular

Por Omar Flores


Cesó mi andanza:
el alma hueca,
el cuerpo solo.
La casa en duelo.
Y en el sepulcro,
unas palabras
que se me ahogaron.
Aline Pettersson, Cautiva estoy de mí.

Días y noches corriendo sin descanso. Hace tiempo que no sueño. Todo es un puro abismo; un desligarse del mundo hasta que algo me devuelva a él. Hoy fue el zumbido de una mosca que huye al primero de mis manotazos. Todavía la oigo chocar contra las ventanas.
Limpio mis lagañas mientras abro el refrigerador. Reviso la caducidad de la leche: es hoy, mejor terminarla de un trago. Encuentro una nota sobre la mesa. “Fui a hacer unos pagos, regreso al rato. Dejé tus roles en la cocina.” Son míos porque me gustan, mamá lo sabe.
El sabor de la canela se cuela entre las horas frente al televisor. El reloj me chista desde una de las paredes para que lo mire con desgana. “Cinco para las tres. ¿Dónde andas, mamá?”

“El número que usted marcó no está disponible”, cada llamada rebotada por el contestador vuelve el aire más delgado. Me visto con lo que haya de ropa sobre la cama. Ato los cordones de mis tenis y, antes de abrir la puerta, tomo una foto de ella: era joven entonces. Me sostiene en brazos y está sonriendo.
El mundo inunda mi vista al salir de casa. En sus olas se deforman los cuerpos, las calles se tuercen y el miedo brota como espuma. Acelero el paso para no sentir que me hundo en el pavimento. Sigo sus grietas cómo si fueran las rutas de un mapa pero no reconozco nada. No hay a dónde ir.

La tarde se cae a pedazos y yo sigo sin encontrarla. Todas las casas parecen deshabitadas pero las calles no. Las calles están atestadas de piernas, hombros, pasos, voces y rostros que se destiñen en cuanto los miro por no ser el suyo. Pregunto si la han visto. No, nadie, es menos que un fantasma para ellos.
Papá me llama pero no respondo. El celular resbala entre mis manos temblorosas. Sólo al sentarme sobre el suelo después de recogerlo, contesto:

—Apenas voy saliendo de la fiscalía, ¿no ha llegado?

—No.

—¿Nadie te ha marcado?

—Nadie.

—¡¿Por qué la dejaste ir sola?! ¡¿Por qué no la acompañaste?!

No sé, ¿por qué?¿Qué hice mal?¿Fue mi culpa?¿Por qué se la llevaron? ¿Por qué no me la devuelven?¿Por qué no me dicen dónde está?

Miles de pasos por una colonia imperturbable ante su ausencia. La boca agria, el cuerpo pesado: no puedo más. Adentro crece la noche horadando estas paredes que ya no la guardan. Afuera, un cielo desierto de santos para rezar por su nombre.

Un malestar retumba en mi cuerpo. Sacude mis huesos hasta acurrucarme entre las sábanas. Siento rasgarse mi alma y cómo de ella caen los recuerdos sobre la almohada. Soy yo escuchándola cantar en la cocina; yo haciéndole un café; yo despidiéndome de ella antes de subir al camión; yo molesto por sus sermones; yo pidiendo perdón por una mala respuesta; yo riéndome de sus imitaciones sobre mis gestos; yo cargando sus bolsas en un día de mercado; yo tomando su mano antes de entrar a la escuela; yo detrás de su espalda al ver una película de horror; yo dándole un beso antes de ir a dormir. Y sé que entonces había un nosotros; ahora, ya nunca.


La noche se desgaja con el silencio entre sus brazos. Lentamente, la mañana se abre. Entonces escucho el primero de los golpes. Rápidos, con un zumbido detrás de ellos, resultan muchos como para contarlos. De pronto, el zumbido está sobre mi oreja y yo, con el sueño sobre los párpados, lo ahuyento como puedo. Cuando al fin se larga, ya estoy despierto. No soñé, hace tiempo que no lo hago.

La mosca sigue por ahí, atrapada entre las cortinas de la casa. En su contienda contra las ventanas descubro mis pasos frente al refrigerador. Lo abro mientras limpio mis lagañas. Tomo uno de los cartones de leche y reviso su caducidad: es hoy, mejor terminarla de un trago. Sobre la mesa hay una nota: “Fui a hacer unos pagos, regreso al rato. Dejé tus roles en la cocina.”

Enciendo la tele. Brinco de un canal a otro mientras muerdo los roles. Reportajes, caricaturas, comerciales pero sólo uno me llama la atención. Me detengo en un canal donde una pareja abre la pista con una salsa mal ejecutada. La cámara hace lo menos posible por enfocar sus cuerpos. Torpes y lentos, intentan deslumbrar a la audiencia. No lo logran.

En las comisuras de los cuatro jueces se marca el tedio. Miran con frialdad y en los brazos entrecruzados transmiten la rigidez de su juicio. A mamá le gustaría esto. A la hora de calificar el baile, ninguno de los jueces se tienta el corazón. La crítica es dura y la pareja no tiene de otra más que aguantar. Una de las conductoras lleva su mano derecha al oído e inclina la cabeza dando a entender que está recibiendo un mensaje de último momento. A pesar del bajo puntaje, por solicitud del público, la pareja se ha salvado.

“¡Ay, qué no mamen! Ni saben bailar”, las palabras resuenan por toda la casa. Son de ella, eso diría si estuviera viendo esto. Lo dijo alguna vez. Siento mis comisuras caerse pero las manecillas del reloj impiden el resto. Están atascadas sobre una hora: “Cinco para las tres. ¿Dónde andas, mamá?”.

La casa quedó en silencio. Papá y yo no pudimos ser los mismos de siempre. Sabía que dentro de él se ahogaba un sollozo repleto de reclamos contra mí pero no decía nada. Todo lo guardaba dentro de sí cuando se encerraba en su cuarto a saberse viejo e inútil.

¿Qué tipo de pésame se le da a quien espera a su desaparecido? ¿Qué consuelo hay para nosotros? Mi familia no tenía la respuesta. Todo lo que hacían era sentarse a mi alrededor, verme de lejos y adivinar el momento de mi llanto. Algún valiente se acercaba a mí para rodear mis hombros con su brazo. «Conozco una psicóloga en tal…», «En tal… hay un grupo de ayuda», «En la página tal… dice que puedes hablar con». De tanto insistir, terminé cediendo.

Una de ellas hablaba con la voz entrecortada. Su hijo era un desaparecido. Salió de la secundaria y le permitió regresar solo porque “quería darle chance de sentirse grande”; una culpa terrible. A otro, fue su abuela: iba en dirección al departamento de una vecina para celebrar su cumpleaños y, a dos calles de su edificio, se la llevaron. A otra, fue su amiga: dejó que se volviera sola a casa porque ella no quería irse de la fiesta en la que estaban. No llegó nunca y ella todavía le manda mensajes por si de milagro contesta.

Quien guiaba al grupo me miró un momento. Dijo mi nombre e insistió en que estaba en un lugar seguro. “Todos aquí tenemos un desaparecido. Sabemos cómo te sientes, puedes hablar con nosotros.” Pero nada. Los labios inertes dejaron crecer un silencio largo al que lo siguió un “No estás solo” y alguien más continuó la plática.

No quería la amabilidad ni la compasión de nadie. Quería saber dónde estaba mi mamá. Una de las mujeres me leyó el gesto y, acabada la sesión, se acercó a mí. Me dijo que pertenecía a un grupo de buscadoras del Estado de México. La mayoría eran mujeres pero aceptaban a cualquier persona dispuesta a ayudar. Me pasó el día, hora y lugar en que se iban a reunir para otra búsqueda.
La primera vez nos vimos en Nicólas Romero. A alguien le pasaron el dato de una fosa clandestina en los límites del municipio con Tepotzotlán. Al llegar, excavamos un pozo en el que, inmediatamente, el olor nos dio la razón. La policía llegó entrada la noche y a duras penas los convencimos de llevarse los cuerpos para la mañana siguiente. Los difuntos de aquel día no eran los nuestros. Quise creer que mamá seguía en algún otro lado.

Toluca, Izcalli, Jocotitlán, Atizapán y Tecámac fueron algunos de los municipios en los que excavamos más de una vez por cuatro años. Cavar cansa rápido, por eso tomábamos turnos al hacerlo. La tierra se alza al momento de abrirla y deja poco que ver. El polvo se vuelve bruma y adentro el miedo como un lento animal. Sus pisadas son suaves pero lo delata el lomo propio de un cazador al acecho. Cuanto más profunda era la fosa, más fuertes sus olisqueos. Sentía su saliva resbalar en mi espalda, las garras a punto de desgarrar la piel pero algo impedía la masacre. Algunas veces era el hueco recién excavado; otras, los huesos cubiertos por prendas que no concordaban con las de mamá y los reportes de la fiscalía quitaban lo que quedaba de duda.

Entonces me marchaba a casa hasta recibir la siguiente llamada. Recostado sobre el suelo esperaba su voz atravesando los azulejos para que me dijera al fin el lugar de su tumba. Pero el silencio y su frío eran lo único a mi alrededor. Lo único que permanecía cerca mío.

Visitamos otra fosa hasta Mexicaltzingo. Hallamos tres cadáveres y todos fueron enviados a que se les hiciera la prueba de ADN. Uno dio positivo: el hermano desaparecido hace siete años de una de las buscadoras.
En ese tiempo descubrí el peso de la fe y lo fácil que se acobarda dentro del vientre. Hecho un lastre de piel áspera, descompone el cuerpo de a poco hasta pudrirlo por completo. Pero uno se da cuenta muy tarde.

Nos reunió a todos en su casa para compartir la noticia. Al momento de leer el reporte de la genetista, su angustia al fin se deshizo en berridos. Quedé inmóvil sobre el marco de la puerta mientras todas corrieron hacia ella. Me invitaron a su abrazo. Observé sus lágrimas volverse rocío. Pero de mí sólo brotaron vidrios rotos. Al cortar la carne, la sangre envenenada me mostró el camino afuera.
No llovía. El cielo raso apenas dejaba crecer las sombras. Incluso debajo de los árboles había poco refugio. Tomé la ruta de siempre: Izcalli 123 Palomas. Una cumbia a todo volumen disolvió mis pensamientos. Preferí mirar fuera con la frente golpeando la ventana cada vez que pasaba un bache.

Por los cerros se derramaba el sol. Los tostaba como a un grano de café y lo que se movía entre ellos hervía con la misma violencia. Observé mi cuerpo alejarse de mí. Lo seguí al bajar del camión. El suelo ardía y los pies no descansaban sobre él. Lo vi andar hasta la casa. Posó sus manos sobre el candado del zaguán al momento de abrirlo y, al cerrarlo, el mundo quedó detrás de él. Cerró las rendijas de las ventanas y quitó las pinzas de las cortinas. Ninguna otra sombra habitó la casa. Tomó la vieja foto de mamá y lo vi dormir en el suelo.
Entre sueños dijimos su nombre esperando que fuera ella la que viniera por nosotros.

Con la quietud de un cadáver, sueña que los días se repiten a sí mismos. Todavía duerme con la foto de mamá entre las manos. La casa es ahora uno de esos huecos que tantas veces escarbé. La tele, el reloj, las fotos, las sábanas, la vitrina, los trapos, las sillas, las cucharas, la lámpara, las cortinas; en mi oído se juntan sus voces. Se amontonan y se alzan como los ladridos de un perro. Llevan el nombre de mi madre. Quiero que se callen. Que se vayan a otro lado y me dejen morir a gusto.

Entonces rompo, quiebro, arranco, destrozo, pateo y hasta muerdo. Luego, la sangre calentando mi rostro; la garganta rota de tanto gritar. Bajo las suelas crujen las astillas de lo que antes fue. Las manos arden por los pedazos de piel fuera de su lugar. Las heridas abiertas jadean conmigo, lloran conmigo y juntos repetimos su nombre cada vez más quedo.

Vuelve la mosca azotando el cuerpo contra la ventana de la sala. Aún cuando abro las rendijas, insiste en su trayectoria circular. No le importa su cautiverio ni la libertad del otro lado. Golpe tras golpe, quiebra cada una de sus extremidades. Sobre el vidrio queda una mancha de sangre. Ahora entiendo dónde empieza la muerte.

En la boca de la oscuridad repaso los tristes pedazos de nuestra vida. Su respiración es lo único que desmiembra el tiempo con su ruido acompasado. Pero se está haciendo más suave. No falta mucho para que la pesadilla termine.

Ya nadie dice tu nombre ni el mío. Ya no existimos, mamá. La verdad se volvió nuestra tumba. Lo sé ahora con demasiada certeza.

Nadie me dirá dónde estás.

Crónicas del Hechizero Tlacuache II: «La Maldición del Baño»

Por Sidi A. Hdz.


Un retortijón recorrió las entrañas del Hechicero Tlacuache. Alzó la vista y contempló a sus Aprendices de Hechicero: ratones, erizos, mapaches y tlacuaches jóvenes, todos concentrados, resolviendo su examen, ninguno se movió, murmuró ni alzó la vista. Controlando su estómago lo mejor que pudo, entendió lo que había ocurrido.

―Malditos mocosos ―murmuró para sus adentros―. Les enseñé el hechizo diarreaexplosiva con la promesa de que solo lo usaran en situaciones de defensa propia.

Sintió como si un basilisco recorriera su intestino. Utilizando toda la concentración que le quedaba empezó a caminar hacia la puerta.

―Jóvenes, creo que el director me llama, sigan con su examen ―y desapareció por el pasillo.

Hechizar a un maestro para poder copiar en el examen era un truco muy sucio, era cierto que él mismo había recurrido a ese hechizo en un par de ocasiones, pero era algo completamente diferente, cuando averiguara quién lo había hechizado…

Un nuevo retortijón hizo que le temblaran las piernitas, no llegaría a tiempo al baño de maestros, dio vuelta en un pasillo y entró en el lugar donde ni los dioses ni los directivos han puesto un pie: el baño de alumnos.

Llevaba años sin entrar en este baño, desde su época de estudiante, tras purgar la maldición y recuperar el control de su intestino, el Hechicero Tlacuache pudo apreciar cuánto había cambiado el lugar en más de seis décadas. El olor era el mismo, penetrante y mareador, como si te dieran un puñetazo, aunque el buqué era un poco más añejo.

Las manchas misteriosas del piso y paredes seguían en el mismo lugar, aunque habían crecido. Conocer su procedencia y naturaleza eran el tipo de sabiduría que el Hechicero Tlacuache prefería ignorar, la gotera de residuos químicos que se filtraba del Laboratorio de Pociones había crecido hasta convertirse en un bello charco que cambiaba de color, e inclusive podría jurarse que gruñía.

―Tal vez debería avisar a los directivos ―pensó el Hechicero Tlacuache mientras se lavaba las manos ―. Ese charco cambia a un color amarillo que no se ve muy saludable ―movido por la curiosidad se puso a explorar las paredes.

Es bien sabido que todos los baños escolares, sobre todos los del género masculino, tienen al menos una maldición rayada en las paredes; palabrotas, afirmaciones de que Fulano es medio así, o que Mengano hizo tal cosa allá, groserías, letreros y declaraciones, tan diversas como variopintas. Sin embargo, el Hechicero Tlacuache no esperaba encontrar la pared tan saturada, era un collage inmenso de palabrotas, afirmaciones y letreros tan obscenos que creyó estar leyendo lenguaje demoníaco.

El Hechicero Tlacuache apretó el puño con ira, no podía quitar la vista de aquel muro de barbarie, no obstante, fue el símbolo que más se repetía lo que de verdad lo sacó de quicio: dos círculos pegados y entre ellos un óvalo. El símbolo se repetía una y otra vez, en todas las paredes, piso e incluso techo, con diferentes caligrafías y tintas, inclusive con diferentes figuras, pero siempre representando la misma parte del cuerpo característica de los caballeros…

Esto hizo enfurecer aún más al Hechicero Tlacuache, podían lanzarle una maldición de diarrea a él, pero faltarle el respeto a esta bella institución era ir demasiado lejos.

Él, en su época de estudiante, NUNCA se había atrevido a rayar las paredes de este sacrosanto lugar, o al menos no recordaba que lo hubieran reportado por eso.

―Esto no puede quedarse así ―dijo mientras movía las manos para concentrar el poder mágico. Murmurando en legua mágica dijo: ―Quetodoaquelquehayarayadoestasparedes, zim-zalabín, queselescaigaelpilín.

La ola de magia explotó hacia todas las direcciones, atravesando paredes, aulas y alumnos. En la lejanía el Hechicero Tlacuache escuchó los gritos de sorpresa con miedo de los estudiantes. Había sido una excelente broma, cualquier aprendiz de primero podría hacer un contrahechizo para recuperar la adhesión de cualquier parte del cuerpo que se le hubiera caído, no habría ninguna consecuencia de la cual preocuparse.

El Hechicero Tlacuache rio por lo bajo, pensando en la magnífica venganza que se había cobrado, dio un paso hacia la salida cuando de repente sintió cómo algo se separaba de su cuerpo, se deslizaba por su pierna y caía por los pliegues de su túnica.

Sin entender bien lo que pasaba vio cómo su pilín rodaba hacia el charco de desechos químicos. ―Ay, no ―pensó el Hechicero Tlacuache antes de que su pilín desapareciera en el charco amarillo.

Limo y sangre

Miguel López González


Un auto a toda velocidad derrapa dejando una estela de polvo, se detiene a escasos centímetros de la orilla de un canal. El conductor baja con mucho cuidado de no caer a las aguas negras y se dirige a la parte de atrás del auto. Una segunda persona abre la puerta del pasajero; cuando coloca el primer pie en la tierra sucia, corta cartucho de una reluciente escuadra de 9mm y acompaña al otro sujeto.

Juntos abren el cofre de su automóvil y sacan a un hombre que está atado de pies y manos, con la boca amordazada por un cinturón cubierto de su saliva espumosa. Lo toman de los hombros y pies para arrojarlo con fuerza al suelo seco y duro. El gatillero le apunta, este se pone de rodillas con mucha dificultad; el otro tipo se acerca sereno y retira el cinturón que le tiene la boca cerrada

—Puto asco, ya me llenaste de baba, pendejo.

—Perdón, perdón. No me hagan nada, no diré nada, ya tienen mi cámara. Déjenme aquí y no me volverán a ver, yo veo cómo me regreso.

—¿Cómo ves a este wey? ¿A poco crees que te vamos a dejar ir así nomás?

—No carnalito, a ti no te queda de otra más que un balazo.

El rostro del hombre que pide clemencia se transforma de manera drástica. Pasando por el miedo absoluto, el color de su rostro cambió a un pálido casi como el color de sus dientes. Bajó la mirada comprendiendo su situación mientras lloraba.

—Mira este wey, ya se orinó, ¡ja, ja, ja, ja!

—Muchos huevos pa’ tomar fotos de nuestros bisnes, pero ya a la mera hora te frunces, pinche zacatón.

Los sollozos paran y levanta la vista hacia sus dos captores, los ojos reflejan una enorme furia, inyectados de sangre y casi saliéndose de las órbitas.


—Par de pendejos, me van a matar, pero no crean que no sé cómo van a terminar. ¡Bien pinches muertos, de seguro por alguna pendejada que se les va a regresar como siempre les pasa a vergas como ustedes! Qué pinche lástima que no voy a estar para verlos todos cagados del susto como yo.

El par de criminales abren los ojos sorprendidos por el cambio de actitud, aunque se echan a reír segundos después.

—Ay compita, que mamadas dices. Ya métele un balazo a ese ojete.
Un tiro en medio de los ojos, con una ligera inclinación hacia la derecha, acaba con la vida de su rehén. De nueva cuenta, lo toman de los pies y hombros, arrojándolo al canal; por un último segundo, antes de que cayera a las aguas contaminadas, aquellos hombres observan su rostro, el de un hombre muerto con mucha ira. Suben a su destartalado auto marchándose a toda velocidad.


Kilómetros más adelante de ese mismo canal, hacía tiempo se había gestado una forma de vida particular. Se trata de una masa viscosa, burbujeante y de un apetito insaciable. Su morada consiste en un tapón enorme de basura, con el tamaño de un campo de fútbol, y aquella sustancia se encuentra al frente de ese corcho de podredumbre urbana. ¿Su origen? Desconocido, ¿cuánto tiempo lleva ahí?, quizá años, tal vez antes de que se formara el tapón (o el tapón se formó debido a ella, difícil de saber). Su dieta consiste, principalmente, en todo lo orgánico que es llevado ante ella por la corriente del canal: desperdicios alimenticios, desechos médicos de hospitales, y cadáveres de animales que caían al canal o que sus dueños los arrojaban para deshacerse de ellos cuando morían.

Las sucias corrientes llevan el fiambre de aquel hombre de forma lenta pero directa hasta donde aquella masa amarillenta y gelatinosa se encuentra. Es bien recibida, pues, aunque la cosa viscosa había comido perros de tamaño no mayor a un rottweiler, lo más probable es que nunca se haya topado con semejante festín. Comienza devorando los pies, es fácil para ella, su composición y condición de ebullición perpetua, le resulta práctica para consumir de manera rápida la carne, con los huesos se toma un poco más de tiempo, aunque solo es cuestión de segundos extra el ingerirlos. Al momento de llegar a la cabeza consume primero los ojos, deslizándose por las cuencas entrando directo al cerebro. En el instante en que lo termina un ruido chirriante es emitido por la masa.

Aquel limo se retorcerse, tiembla, se hace jirones y finalmente se derrite para volverse a unir en su habitual constitución en un abrir y cerrar de ojos. Algo ha cambiado después de aquellos movimientos, comienza a moverse de manera lenta, precavida o quizá asustada; se arrastra contra corriente sin dificultad y al mismo tiempo va consumiendo lo que llega hasta ella, el hambre no la ha abandonado. Comió un par de ratas que se encontraban cerca de la orilla del río, las atrapa transformando partes de su cuerpo en tentáculos finos, rápidos como látigos; una nueva habilidad ha sido adquirida.

Sigue su camino, surcando las aguas del sucio canal, saliendo de ellas un poco para atrapar algún animal hambriento. Un perro blanco de pelo rizado se acerca a ella; la masa reacciona y el perro emite un quejido fugaz, el cual, es sofocado por los apéndices amarillos que rodean su pequeño hocico; en el forcejeo para llevarlo hasta donde se encuentra su depredador, el collar azul que llevaba puesto se rompe y queda cerca de la orilla. La placa mostraba un grabado con el nombre de “Muñeca”.

Después de ese peludo tentempié, retoma su trayecto, aunque un poco lenta, pues consumir aquel cuerpo humano y a Muñeca le ha hecho ganar peso; debe comer más para compensar el gasto calórico que le provoca su nuevo tamaño.
El atardecer ilumina el cielo con una mezcla de ligero violeta y un anaranjado crepuscular, los últimos rayos de sol que caen sobre aquel monstruo le dan una tonalidad casi dorada y llamativa que sobresale en las aguas negras. Cerca de una orilla del canal, un niño, no mayor a diez años, que, con una improvisada red hecha de rafia, recoge la basura que pesca de las aguas; recolecta latas y botellas, lo demás lo regresa. Arroja la red de nuevo, el subirla le presenta un gran esfuerzo, sin embargo, cuando vislumbra esa enorme cosa dorada consigue más energía; desea eso tan brillante.

Aquella sustancia glutinosa responde de manera violenta, recorre la red tomando su forma y llega hasta los delgados brazos del niño, él grita horrorizado. El alarido es escuchado, aunque solo por otro pequeño que al ver aquel lodo denso y áureo derretir el rostro de su hermano mayor, echa a correr lejos de la asquerosa y violenta escena. Los huesos del infante, al poseer una mayor flexibilidad, son más rápidos de consumir, así que, al terminar de ingerirlo por completo, la masa, ahora de un color amarillo más oscuro, toma la forma de una pelota y se va rodando hasta el canal. Parece empecinada en seguir navegándolo.

Al anochecer, y después de mucho viajar, la criatura llega a lo que parece ser su destino: el lugar donde una noche antes el hombre al que había devorado fue asesinado. Por fin se anima a salir en su totalidad del canal, se arrastra un poco, pero se detiene después de unos metros, es lenta, muy lenta. Al cabo de unos segundos comienza a separarse en algunos fragmentos, unos pequeños y otro más grande; al final, los más reducidos adoptan la forma de ratas, y el más grande, en aquel perro llamado Muñeca. Al terminar su transformación, los falsos animales se dispersan; el perro pegó su nariz al suelo y comenzó a caminar mientras olfateaba.


—¿Ya viste bien las fotos que nos tomó el wey de anoche?

—Nel, ni tiempo tuve. ¿Salí guapo?

—Ya quisieras, wey. Pinche chango, nos tomó bien atorados, wacha acá se ve como nos entregan los paquetes de coca.

—Iiiiii, no pues si nos había agarrado bien acá. Lo chido que se la peló el wey. Te rifaste con el plomazo, padrino.

—Simón, pero no te creas we, si me sacó de pedo. El vato se fue bien enchilado.

—Al final le salieron los huevos, lástima que ya lo habíamos agarrado.
La plática es interrumpida por golpeteos en la puerta de la casa en obre negra donde esos tipos se encuentran. El llamado a la puerta de aluminio suena desesperado y al final de cada toquido se escucha como si algo se restregara en ella.

—Cámara, wey. Ponte vergas. Suena raro.

—Simón, deja saco mi cuete.

Uno de los hombres, el portador del arma, se acerca a la puerta tomando sus precauciones mientras los toquidos siguen. El otro tipo abre de súbito; una chica con las manos ocupadas cargando una hielera que parecía muy pesada era la que estaba tocando.

—Ora, weyes. Ni me abren y esta madre está bien pesada.

—Pinche Lupe, nos asustaste.

—Pa’ la otra si te meto el balazo.

Uno de ellos sujeta la hielera que le entregó la mujer, ella lucía muy feliz y sorprendida.

—’Iren lo que me encontré de camino pa’ acá. Está bien chistoso, ¿verdad?
Detrás de ella, un can con el pelaje y ojos ocre asoma su cabeza y corre para meterse dentro de la casa.

—No mames Lupe, saca esa madre o le voy a tirar un plomazo.

Aquel hombre le apunta con la pistola al extraño perrito; esté comenzó a vibrar y burbujear hasta disolverse en un charco amarillento. En su shock, el dedo del matón aprieta fuerte el gatillo en dos ocasiones, dejando dos agujeros sobre aquel líquido viscoso que cierran casi al instante. Esa acción parece molestar de sobremanera al fluido; este se abalanza sobre el pecho de su atacante comenzando la ingesta.

—¡Ayúdenme, culeros! ¡Esta madre me está quemando!

Los otros dos presentes se quedaron paralizados al ver semejante suceso, con los ojos bien abiertos y las piernas temblando.

Detrás de Lupe aparecieron algunas de las ratas amarillentas; corren con gran agilidad para arrojarse como proyectiles al pobre infeliz que ya estaba con el costillar expuesto. Las ratas se unen con la masa para aumentar su tamaño y abarcar por completo el tórax y las piernas, las cuales al verse consumidas por completo hicieron que el cuerpo cayera de lado y así le fuera más fácil de consumir.

—Ayúdenme…

Ese débil susurro proveniente de lo que quedaba de la cabeza de su compañero espabila a los dos que quedaban. Lupe huye aterrada por donde vino, gritando y manoteando al aire, pensando tal vez que puede tener pegado algún pedazo de aquello tan grotesco que la devoraría. Por su parte, el hombre restante corre a la parte trasera de la casa, atravesando una reja derribando unos tambos de plástico azul en su pavorosa carrera, provocando que cayera de cara en el pasto seco del traspatio. Aturdido, levanta la mirada para ver la figura de un niño.

—Niño, niño, ¡ayúdame!

Sujeta por un pie al pequeño y su mano comenzó a derretirse, la retira de manera abrupta dejando ver un muñón con una horrible quemadura. El infante se disuelve de manera lenta, a su vez, la otra parte de la criatura sale de la casa de forma tranquila, todavía se aprecian algunos de los huesos del primer hombre en su interior; su color ahora luce azafranado por la cantidad de carne que ha comido.

—¡Mi mano, mi mano!

Antes de que el chiquillo tomara su verdadera forma por completo, la cabeza queda por encima de un charco grumoso, similar a alguien asomando su cabeza por encima del agua para tomar aire. Sus labios comenzaron a hablar con un sonido acuoso y pesado:

—MirA Esste weEy, ya sE Ooorinó, jAaa, jaaa, jAa, jaAa.

El otro fragmento réplica esa risa asquerosa y sobrenatural; le responde:

—AaaA laa meeEra hoOora te frUuncees, jjaja, jAaa, jAjja, jAa.

Ambas plastas se dirigen hacia el infeliz para poder degustarlo de forma tranquila; él se retuerce y llora, pues nada puede hacer. El limo hace pequeños cortes sobre la piel y se introduce por ellos, aunque todo lo disolvía en cuestión de segundos, esta ocasión se dilató, lo estaba disfrutando. La fibra muscular se transforma en pudín de carne, los nervios se trozan cuales cuerdas podridas, el cartílago que cubre los huesos es retirado como un envoltorio de papel. Lo único que deja aquel ser es el cerebro, lo saca de sí misma, semejante a cuando un niño pequeño escupe alguna verdura

Al finalizar todo, la masa se funde en una sola, ahora es una sustancia color granada, brillante por las pocas luces de las casas. Toma de nuevo la forma de bola, solo que ahora aún más grande que la primera vez; rueda tranquila y satisfecha, retomando su camino hacia el canal. Se da un gran chapuzón en aquellas aguas negruzcas, desplegando todo su volumen y nada a contra corriente, pues la ruta que eligió es la que le lleva de vuelta a su hogar.