Pancho lo encontró cuando hicieron su casa de adobe. En aquel pedacito de terreno que compraron por unos pesos hace muchos años, allá en Milpa Alta.
Era un huevo carmesí, con el tamaño de un bebé recién nacido.
—Estamos bendecidos, vieja.
—¡Es un huevo de Xiuhcóatl!—le respondió su esposa, María.
—Nunca pasaremos hambre, traen buena fortuna.
—Lo pondré en el fogón debajo de todas las cenizas para que guarde calorcito.
Colocaron el huevo en medio de las tres piedras, lo mantuvieron caliente todos los días del año, y en el ritual anual de la limpia del fogón, mamá María lo cargaba como si fuera un dulce pequeño, arrullándolo con su voz:
Ce conetl moma huiltiaya
Ixpantzico meztli
Huan moilnamiquilliaya
Niquicta meztli in malacath
Tlan íc tlalli
Tlaco malacatl
Huan occe tlacomalacatl
Huan occe tlacomalacatl
Huan occe tlacomalacatl…
Un bebé jugaba
Frente a la luna
Y recordaba
Estoy viendo la redondez de la luna
Le voy a poner a esta redondez
Un medio círculo
Y otro medio círculo
Y otro medio círculo
Y otro medio círculo…i
Pasaron los años, nunca faltó comida, salud y sobre todo el calor en aquella casita. La familia creció y, ahora don José, tataranieto de Pancho, se encuentra dando indicaciones a su sobrino.
—La tarea fue heredada por varias generaciones. El primogénito tiene que quedarse a cuidar del huevo y ahora es tu turno, Simón. Yo ya estoy muy viejo y el huevo requiere más y más calor. Ya no puedo con la responsabilidad.
—¿Por qué necesita más calor?
—En cada generación pide más fuego, su alimento natural hasta que pida nacer —dijo don José—. Ahora vete y preséntate con la pequeña.
Simón no era ajeno a aquel huevo. Era una arcaica costumbre qué lo alcanzó, pues en la línea familiar él era el siguiente. Ahora viviría ahí y abandonaría su casa en la ciudad. Algo en extremo molesto, aunque su familia lo mantendría, pues gracias a su serpentina suerte, hicieron una buena cantidad de dinero y así sustentaban la vida de quien se convertía en el guardián.
El muchacho colocó la madera ardiente al lado de las piedras del fogón; con el atizador retiró la ceniza para dejar al descubierto aquel óvalo colorado. Simón tomó su posición, hincándose y agachando la cabeza.
—NotokaiiSimón. Mi tío ya debe descansar, así que a partir de ahora yo lo haré. Cuidare de él y de ti.
Debido a que el huevo se encontraba a contraluz de las llamas, pudo ver en su interior una sombra que reaccionó a esas palabras; culebreó dentro de su cascaron. Sorprendió, Simón corrió donde su tío.
—¡Tío, tío!, ¡se movió, se movió! Me presenté con ella y la vi.
—¡Qué bueno, hijo! Ya te ha aceptado. Ahora tú estás a cargo.
Simón cumplió su palabra. Iba al centro a comprar los alimentos para los dos, trabajaba en la pequeña milpa cosechando y siempre se encargaba de que el fogón tuviera lumbre. Platicaba con don José de sus vivencias; la vida de su tío fue la de un ermitaño, nunca se casó, pues ninguna de sus parejas quiso vivir en aquella casa tan lejos de todo y de todos. No se lamentaba, con ese pequeño sacrificio ayudaba a la familia.
Pasaron los días, semanas y casi al llegar el año, don José agonizaba en su cama.
—Ni modo mijo, aún con todas las medicinas y las visitas de los doctores privados uno solo vive lo que tiene que vivir.
—¡Vamos al pueblo! Todavía podemos hacer algo.
Simón tomó a José como pudo, lo levantó y caminaron hacia la puerta. Al momento de pasar por el fogón el huevo emitió un chillido; iba a nacer.
—La Xiuhcóatl, Simón. Déjame verla.
—Tío no tenemos tiempo para eso.
Con dificultad, don José se agachó frente al huevo; parecía un carbón al rojo vivo. Su cansado corazón no pudo con la impresión y cayó al suelo.
—Hijo… hazme caso. Afuera hay botes con gasolina, prende la casa. Solo así la ayudaremos.
—¿Cómo me pides hacer eso? ¡Tenemos que ir al hospital!
—Haz lo que te digo…yo ya no tengo salvación…alguien tiene que dar la vida para que ella nazca.
Simón con lágrimas en los ojos acató la petición. Roció por dentro y por fuera la casa con la gasolina. Regresó para despedirse de don José.
—¡Tío!
—No te preocupes… voy con ella al quinto cielo. Ya vete…vete lejos.
Dentro de la casa, don José inició el incendio mientras abrazaba el huevo con todo el amor que le quedaba en el cuerpo y comenzó a cantar suspirando:
Huan occe tlacomalacatl
Huan occe tlacomalacatl
Huan occe tlacomalacatl…
La casita finalmente cedió ante el fuego y colapsó. Simón veía de lejos la escena con una tormenta en sus ojos. De pronto, el suelo comenzó a vibrar con violencia, y un rugido ensordecedor irrumpió el silencio de la noche. El suelo se resquebrajó como un plato de barro al chocar contra el suelo, las grietas formadas dejaban escapar un fulgor carmesí y naranja, mientras un enorme montículo de tierra hacía volar por los aires los viejos ladrillos de adobe.
El cono volcánico se formó a causa del magma que salía escurriendo como miel de las grietas. Una erupción violenta iluminó el cielo, rasgando la tela nocturna y devorando la luz de las estrellas. Del cráter emergió una lengua de fuego descomunal.
—¡Xiuhcóatl! —gritó Simón.
i Arrullo originario de Milpa Alta, Ciudad de México
ii Mi nombre es o Soy. Lengua náhuatl, variante del centro de México.
