La autopsia de Dios

La autopsia de Dios

Víctor David Manzo Ozeda


El equipo llegó a las 07:47 horas. El cuerpo estaba tendido sobre una superficie irregular de roca. Medía aproximadamente ochenta y tres metros de largo. No presentaba señales de putrefacción. Tampoco había signos de violencia. La estructura era humanoide, con dos extremidades superiores, dos inferiores y una cabeza bien definida. No tenía vello. No tenía órganos genitales. La superficie de la piel era translúcida en algunas zonas y opaca en otras. No reaccionó a estímulos externos. No hubo movimiento reflejo.

Se montó un perímetro de trabajo de cuarenta metros. Se asignaron turnos de observación, toma de muestras y análisis. Se prohibió el contacto directo sin guantes. El primer corte se realizó con instrumento térmico a la altura del pecho. No hubo sangrado. La cavidad torácica estaba vacía. No se encontraron órganos vitales en su ubicación esperada. Solo una masa central, esférica, adherida al esternón interno, firme al tacto, sin pulsaciones ni temperatura. La retiramos fácilmente. Fue almacenada en contenedor clase IV.

El cráneo se abrió con equipo neumático. El proceso tardó siete horas. La estructura interna no coincidía con ningún patrón anatómico conocido. No había lóbulos cerebrales. No había médula. Solo una cavidad llena de placas lisas, similares a láminas de vidrio. Estaban colocadas una sobre otra. Ciento veintidós en total. Las examinamos bajo microscopio. Contenían inscripciones microscópicas. Algunos patrones se repetían. Otros eran únicos. Se registraron, se copiaron, se sellaron.

El resto del cuerpo fue catalogado por sectores. No se detectaron pulmones, intestinos ni sistema circulatorio. No se hallaron huesos. Todo el soporte estructural era tejido denso, compacto, sin fibras. El peso total del cuerpo era de 3,980 kilogramos. No tenía olor. No tenía sabor. No se descomponía al contacto con bacterias. No reaccionaba al ácido. No ardía con fuego. Se intentó congelarlo. No paso nada.

Después de seis días de análisis, el cuerpo comenzó a desintegrarse. El proceso fue constante, sin intervalos. No emitió calor ni energía detectable. No quedó ningún residuo. Ninguna parte fue posible conservar. Solo las láminas. Las ciento veintidós. Fueron enviadas al archivo central. El informe fue entregado. No hubo conferencias de prensa. No se autorizó publicación.

Días después del cierre del informe, volví a leer la bitácora. Buscaba algo que se me hubiera pasado. Un dato, una anomalía, una omisión. No encontré errores. Todo estaba registrado. Cada incisión, cada hallazgo, cada antecedente. Pero había una negligencia que no era técnica. No era un dato. Era la sensación constante de que habíamos llegado tarde.

No a la escena. A la pregunta.

Habíamos abierto ese cuerpo con escrupulosidad. Lo medimos, lo pesamos, lo clasificamos. Lo convertimos en fenómeno inexplicable. Pero nunca preguntamos si debíamos tocarlo. Si su forma era una respuesta o un intento de retirarse en paz. Fuimos ahí porque el protocolo nos lo exigía. Y cumplimos. Pero nadie volvió igual.

En los días siguientes, varios miembros del equipo comenzaron a escribir sin motivo. Palabras sueltas, sin estructura. Algunos quemaron sus investigaciones. Otros las escondieron. Yo las almacené. Las he leído una a una obsesivamente. No contienen información útil. Pero todas comparten una misma idea, repetida con variaciones:

“Si Dios existía, no era para ser entendido. Solo para irse sin decir nada.”

Y eso hizo. Se fue.

Sin venganza. Sin despedida.

Y el mundo siguió.

Con menos preguntas.

Con menos fe.

No porque hubiera respuestas.

Sino porque lo que nos sostuvo… ya no nos mira, porque nunca le importamos.