Los rayos del sol, taciturnos, acariciaban los zacatonales. Una víbora de cascabel se encontraba enroscada debajo de uno de ellos, con sus ojos de fuego observaba las borregas, que rumiaban, a unos cuantos metros de distancia.
Antonio, después de contar las cuarenta borregas, se recostó sobre el colchón de hojas secas, resguardado en la sombra del enorme pino. Las garapiñas jugueteaban con el viento otoñal. El humo que despedía el cigarro formaba siluetas extrañas, las cuales al momento se esfumaban como los años de su vida.
A lo lejos se escuchaba el cauce del río, al cual seguido lo comparaba con su vida inquieta. A veces se sentía como la corriente que chocaba con las rocas y arrastraba todo a su paso. En otras ocasiones se reflejaba en las pozas de agua turbia. Y unas más en la frialdad de las aguas.
Su alforja con la letra de su nombre grabado siempre lo acompañaba al igual que su yegua colorada. Él se aferró a la vasija y refrescó su garganta. Recostó su cabellera parduzca en la piedra que le servía de almohada y cerró los ojos para mezclarse con los sonidos de su entorno.
La sensación de estar siendo observado lo puso inquieto, lo primero que descubrió en la primera rama frondosa fueron las garras, bien sujetadas, de un enorme gato de monte. Los ojos meticulosos del depredador estaban fijos en él, no en los animales, lo cual lo ponía en una situación difícil. El animal retraía los labios dejando al descubierto los colmillos de una forma que causaba escalofrío.
Las borregas tenían más carne que él, quien estaba casi en los huesos, pero el animal que acababa de saltar a la rama más próxima estaba interesado en su pellejo. Cuando lo tuvo más cerca encontró en sus ojos de fuego algo familiar, pero no pudo entender porqué, el animal retrocedía y estiraba su cabeza como si estuviera jugando con él, el olor a miedo que le provocaba lo divertía.
Antonio tenía que ser cuidadoso, cualquier movimiento en falso podría marcar el fin de su vida y dejar a su esposa y nueve hijos desamparados. Con el sigilo del depredador resbaló su mano debajo de su jorongo —en cuya imagen que lo recorría se reflejaba la pelea de dos gallos encolerizados— y tomó su escuadra colocando el dedo en el gatillo. La pistola fue heredada por Ciro, su hermano menor, y la llevaba como fiel amante.
En un movimiento veloz dejó al descubierto el arma que daría final al enorme gato plomizo. Sin perder más tiempo presionó el gatillo. Para su sorpresa la bala pasó a milímetros de la cabeza del gato, quién demostró contar con una inteligencia maquiavélica.
—Nunca he fallado un solo tiro —refunfuñó.
Antes de que la segunda bala se disparara el enorme gato dio un salto. Cuando Antonio estuvo de pie, sobresaltado y rojo de ira, el gato tomó forma humana, una que conocía bien.
—¡Tranquilo! ¡No me vayas a matar! Yo solo estaba jugando —bromeó con su voz escandalosa Ciro, que se encontraba completamente desnudo.
—¡Maldita sea! ¿Qué maleficio es este?
Braulio se acercó hasta un zacatonal para tomar sus ropas raídas. Mientras se colocaba la camisola se reía peor que loco.
—¡Sácateme de aquí! Antes de que en verdad te mate —le advirtió Antonio encolerizado, la escuadra temblaba en sus dedos.
—Ya me voy hermano, ya me di cuenta de que no andas de humor —respondió entre risas y se perdió entre los zacatonales.
«¿Qué visión ha sido esta?», se cuestionó Antonio mientras caminaba para recoger sus cosas.
Antes de agacharse para sacar la botella llena de pulque, se encontró con una sorpresa desagradable. Sin pensarlo dos veces, vació el cargador en la cabeza de la víbora de cascabel que estaba enroscada en la alforja. Los ojos de fuego del animal lo observaron lastimosamente y el ruido de los cascabeles le taladró el cerebro. Tomó una roca, puntiaguda, y con ella destrozó la cabeza del animal descargando lo que le quedaba de ira.
Cuando vacío la botella decidió que lo mejor era regresar a casa así que se subió al lomo de su caballo y emprendió el viaje de regreso.
—¿Vienes borracho? —lo interrogó su esposa, ella era mujer robusta de piel tan blanca como la leche de vaca. Sus ojos quisquillosos recorrieron los surcos de tierra en la frente de su esposo
—Si te contara lo que me acaba de pasar —le respondió mientras se bajaba del lomo del caballo y las borregas se metían en el corral.
—Lo sé, viejo —contestó su mujer afligida—, y lo siento mucho.
Ella restregaba sus dedos en el babero manchado de guacamole.
—¿Por qué lo sientes? —le preguntó él mientras ella lo abrazaba.
—Encontraron a tu hermano Ciro, desnudo y cocido a tiros con la cara destrozada, en la entrada del magueyal. El rastro de sangre indica que el pobre intentó pedir ayuda, pero la muerte se lo llevó antes de que don Luis lo encontrara. Solo Dios sabe que debía para que le hicieran eso.
—¿A qué hora pasó eso? —la cuestionó mientras se apartaba de ella.
—Antes de que llegaras.
—¿Cómo ha podido pasar?
—Ve y alcanza a tus hermanos, ellos se fueron al monte a buscar al asesino.
Para entonces el cielo ya se estaba cubriendo por estrellas y la luna creciente se asomaba a lo lejos.
