Britany

Héctor Cruz Pineda


La patrulla paró en calzada Tlalpan, toda la avenida estaba medio vacía, con una que otra luz de auto pasando en gran velocidad. Yo veía como pasaban como flashes desde atrás de la patrulla, sintiendo como poco a poco mi ojo derecho se iba hinchando. Del lado de la calle solo los anuncios de hoteles y moteles que hay en la calzada brillaban, y bajo ellos prostitutas con cara de aburrición esperaban a algún cliente.

—Es hora de trabajar compañero —dijo el policía en el asiento del copiloto, mientras una risita tonta salía de su boca decorada con un bigote ralo.

El otro policía, gordo y con la cara hinchada se limitó a gruñir aprobando. Con una sonrisa tonta, el policía de bigote ralo salió de la patrulla. Vi cómo se acercaba una de las prostitutas, mucho más alta que el policía y con un vestido tan corto que apenas la cubría en una noche tan fría.

—Oficial Ruíz, ¿cómo estás guapo? ¿Se te ofrece algo? —alcancé a escuchar la voz ronca de la prostituta. Mientras el oficial Ruíz prendía un cigarrillo y reía con más ganas como estúpido.

—¡Jajaja! No preciosa, esta noche no. Tú sabes a que vine, así que, no te hagas pendeja —dijo, mientras extendía la mano. La cara de la prostituta cambio totalmente, con asco y disgusto, la sonrisa coqueta se le borró de inmediato.

—¡No mames Camilo, con lo que te doy a ti y a Juan me quedo sin nada!

—Si quieres te meto a la patrulla, le haces compañía al drogo que tengo ahí atrás.

—¡Huevos! —le gritó, pero de mala gana le dio un pequeño fajo de billetes.

—Ya está. Ahora lárgate que estoy trabajando.

—Vale, ya quedamos preciosa. Solo un favorcito más. Acá el compañero, anda buscando a Britany ¿de casualidad no la haz visto?

—¡Ash! —soltó de hartazgo la prostituta—. Estaba en la esquina de más adelante, con un cliente.

—¡Gracias, y suerte en el trabajo! —gritó burlándose de ella, mientras entraba en la patrulla. Se andaba riendo como si hubiera escuchado un buen chiste, en lo que contaba los billetes que antes le habían dado.

Yo me quedé pegado a la ventana viendo a las chicas, y la misma que le dio el dinero al oficial Ruíz me pintó dedo. Oía como pasaba sus manos flacas en los billetes y reía con una sonrisa simplona.

—Su parte compañerito —le entregó unos billetes y el otro policía solo gruñó, agarrando el dinero—. Y me dicen que aquí adelantito anda la Britany, pero a ver si la encontramos, que está atendiendo a otro caballero —dijo con voz burlona, aunque parecía que al otro oficial no le importó.

La patrulla avanzó lentamente por la calzada, y llegamos a la siguiente esquina. Estaba muy oscura, el poste de luz estaba fundido y se podía oler a orines de vagabundo. Más al fondo en la calle oscura, se veía un montón de bolsas de basura negra y encima una capa de piel, parecía un perro acostado. Estacionaron la patrulla, apagaron las luces, y el oficial Ruíz tiró por la ventana su cigarrillo.

—Se me hace que no está, mi querido compañero. Ni modo, ya mejor mañana vuelve.

Su compañero volvió a gruñir, pero no movió el auto. Con el auto detenido en medio de la oscuridad, sentí como aumentaba el frío de la noche, sobre todo, me entraba frío donde me habían golpeado, en el abdomen y las piernas. Empecé a toser y temblar, tratando de acostarme en la parte de atrás.

—¡Cállate cabrón! —gritó el oficial Ruíz—. Y te sientas bien, estas arrestado, cabrón, no es un motel barato para que descanse la princesa.

Mientras me volvía a sentar en el asiento, volteé a mi derecha, mi ojo hinchado estaba casi cerrado, y de la calle oscura pude ver una sombra acercándose poco a poco a la patrulla. Era la figura de una mujer, delgada, pero desde la sombra se notaba voluptuosa, su andar era hipnótico, sin prisa cada paso revelaba su figura sexy y de a poco unos tacones sonaban. Cuando llegó junto a la ventana de Ruíz, reveló su rostro fino y pelo tan oscuro como la calle de donde salió.

—Hola Manuelito —dijo con una voz aguda y femenina—, ¿cómo haz estado?

El oficial al volante, con su cara regordeta y nariz chata estaba serio, pero noté en sus ojos un deseo muy raro, estaba concentrado en el rostro y cuerpo de la mujer. Gruñendo le dio un codazo a Ruíz y lo obligo a bajarse de la patrulla.

—Ya voy compañerito, no hay necesidad de la violencia —dijo mientras bajaba y corría a abrir la puerta de atrás donde yo estaba recargado—. Tú disculparas preciosa, pero vas a tener compañía de este animal. ¡A ver wey, muévete y hazle espacio a la señorita ¡Permítame limpiar el cochinero que trae aquí este cabrón, ¡ya está! Siéntese, señorita.

Britany se sentó junto a mi sutilmente, con elegancia, mientras Ruíz cerraba la puerta. No podía evitar mirar a Britany, había algo en ella que hacía que no le quitara los ojos de encima, su piel era tan blanca que parecía brillar en medio de la oscuridad del lugar. Y más se notaba por la brillantina que parecía tener en su cuerpo. En ese momento ella volteó a verme, y me dio una sonrisa coqueta con sus labios rojos intensos. Pero de sus ojos noté un brillo verdoso que me asustó, porque no se movían, parecían ojos muertos.

La patrulla avanzó por la calle oscura de donde había salido Britany, se paró justo al lado de la pila de bolsas de basura. No podía dejar de notar el brillo de la piel de la chica, también que el frío era casi insoportable en mis huesos y manos, inclusive los policías y yo exhalábamos vaho, solo Britany parecía cómoda.

—Ahora sí. Date gusto compañerito. Aquí yo te cuido al drogadicto de atrás, y pues disfrutaremos el show. ¿O no, mi pendejo? —dijo Ruíz volteándome a ver desde el retrovisor.

El oficial Manuel volvió a gruñir, mientras con fuerza abría su puerta y salía con trabajos de la patrulla. Yo seguía temblando por el frío, mientras veía a Britany, sus ojos con un brillo verde raro y muertos, su piel brillosa, o acaso ¿viscosa? Esta pregunta pasaba por mi mente, cuando del oído de la mujer empezó a brotar un líquido verde espeso, que resbalaba lentamente por su cara. No pude evitar gritar, mientras el corazón se me aceleraba y traté de abrir la puerta con pánico. Ella se limpió el líquido con la mano, se me quedó viendo y lentamente lamió su mano con una sonrisa juguetona.

—¿Qué paso drogadicto? ¿Te dan miedo las mujeres? ¡Ya cállate! O voy a ir ahí atrás a terminar de romperte tu jeta de animal que tienes.

El oficial Manuel abrió la puerta de Britany, pero ella no dejaba de verme, sonriendo, aún con restos del líquido verde en sus dientes. Con gentileza el policía la sacó de la patrulla. Yo traté de salir gateando por esa puerta, pero de la nada volví a sentir todo el puño del policía gordo en mi mandíbula, lo que llenó de sangre mi boca. El oficial cerró la puerta y me quedé solo con la risa estúpida de Ruíz.

—Tú no te preocupes cabroncito. Solo disfruta el show. ¡Jajajajajaja! ¿Dónde está mi linterna? Quiero ver.

Me levanté como pude, y limpié la ventana empañada de la patrulla. Afuera, junto a la basura, el oficial Manuel estaba pegando contra la pared sucia y despedazada a Britany. Apenas se distinguían en la oscuridad, y solo se oían sonidos de atragantamiento. En ese momento la linterna de Ruíz se encendió, y mis ojos vieron algo que al día de hoy no encuentro explicación.

La linterna mostró a Britany parada desnuda, con la boca enorme y abierta, su mandíbula llegaba hasta las rodillas y unos dientes desiguales como pedazos de vidrio se mostraban. De la enorme mandíbula abierta parecía que salía una enorme lengua roja y viscosa, que chorreaba ese líquido espeso, que caía lentamente en gotas al suelo. La lengua estaba alrededor del oficial Manuel como una anaconda carmesí, cargándolo, lo estaba introduciendo en su boca; ya solo podíamos ver la mitad baja del policía, el resto se perdía en la oscuridad de las fauces del monstruo. Ruíz y yo nos quedamos congelados ante la escena, no podíamos quitar los ojos de lo que veíamos. Vimos cómo, lentamente, mientras se atragantaba, iba introduciendo en su interior lo que sobraba del oficial Manuel. Su lengua fue poco a poco regresando a su interior, mientras la criatura chorreaba de todos sus orificios el líquido.

Cuando terminó, su mandíbula empezó a retorcerse, parecía que le causaba mucho dolor. Pero terminó por quedar como la había conocido. En todo ese tiempo no parecía habernos notado, o simplemente no le importamos. Desnuda empezó a caminar hacía la calzada, y volteo a verme, con esos ojos muertos, se limpió la boca roja del líquido verde y me lanzó un beso. Se volteó y siguió caminando, en ese momento Ruíz apago la linterna.

Por fin pude moverme, mi cuerpo se descongelo y me despegue de la ventana de la puerta. Ninguno de los dos habló, escuchaba el sollozo de Ruíz en la oscuridad del auto. Mi cabeza estaba reventándome, y me acurruque con el frío de la noche. No recuerdo haber dormido, tal vez si lo hice, no estoy seguro, pero cuando el Sol salió, Ruíz abrió la puerta de atrás. Salí a rastras, me dolía todo el cuerpo, ya afuera vi el rostro de Ruíz, perdido, con ojeras y no parpadeaba. No me dijo nada y yo tampoco a él. Caminé a la calzada, las prostitutas ya no estaban y su lugar era tomado por un mar de gente saliendo y entrando al metro.

Llegue a una pequeña farmacia, pedí que me atendiera un doctor, aunque el encargado me vio con asco me dijo que me sentara en la sala de espera, el doctor no iba a tardar en llegar. Así que me senté, y esperé en silencio.